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  • Especial, José María Fayos

    Autor: Rafel Calle

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    20 mayo, 2018 • Artículos, Revistas • Vistas: 0

  • Selección de poemas del foro Alaire

    Selección de Rafel Calle

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    18 mayo, 2018 • Poemas, Revistas • Vistas: 0

  • Nostalgia en un acorde

    Autor: Alfonso Alfaro

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    17 mayo, 2018 • Relato, Revistas • Vistas: 0

  • La tela de araña (Microrrelato)

    Autora: Pascua Lira

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    17 mayo, 2018 • Relato, Revistas • Vistas: 0

  • Lo puedes conseguir

    Autor: Manuel Sánchez

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    17 mayo, 2018 • Relato, Revistas • Vistas: 0

  • Destronar al Principito

    Autor: F. Enrique

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    17 mayo, 2018 • Relato, Revistas • Vistas: 0

  • Un joven cualquiera (Primera parte. Cap.2)

    Autor: Ramón Carballal

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    17 mayo, 2018 • Relato, Revistas • Vistas: 0

  • Salle de Bains

    Autora: Marisa Peral

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    17 mayo, 2018 • Relato, Revistas • Vistas: 0

  • Un día cualquiera de íntimo diario

    Autora: Marisa Peral

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    17 mayo, 2018 • Relato, Revistas • Vistas: 0

  • Golosinas literarias

    Autor: Macedonio Tracel

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    17 mayo, 2018 • Poesía, literatura y arte, Revistas • Vistas: 0

  • Selección de poemas del foro Alaire

    Selección de Hallie Hernández Alfaro

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    17 mayo, 2018 • Poemas, Revistas • Vistas: 0

  • Carlos Oroza: entrega, autenticidad y vida en simbiosis con la poesía

    Autor: J. J. Martínez Ferreiro

    (Este artículo no podría ser escrito si la aportación de documentos de Xaime Oroza, su sobrino.)

    Grazas, Xaime.

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    17 mayo, 2018 • Revistas, Textos rescatados • Vistas: 0

  • Jacques Brel – Ne me quitte pas

     

     

    Autor: F. Enrique

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    17 mayo, 2018 • Artículos, Revistas • Vistas: 0

  • El éxito del Quijote

    Autor: Julio González Alonso

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    17 mayo, 2018 • Poesía, literatura y arte, Revistas • Vistas: 0

  • Complementación pertinente y no pertinente en la poesía

    Autor: Jerónimo Muñoz

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    17 mayo, 2018 • Asuntos de Taller, Revistas • Vistas: 0

  • Cinco mujeres de las letras españolas del siglo XIX

    Autor: Alonso Vicent

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    17 mayo, 2018 • Artículos, Revistas • Vistas: 0

  • El ritmo. Un debate caliente

    Resumen del debate mantenido en los foros de Alaire sobre el ritmo en poesía

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    17 mayo, 2018 • Asuntos de Taller, Revistas • Vistas: 0

  • Carta a Ferreiro

    Rafel Calle

    J. J. Martínez Ferreiro y Rafel Calle, en los inicios de Alaire

     

    Autor: Rafel Calle

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    17 mayo, 2018 • Cartas Forales, Revistas • Vistas: 0

  • MemoriaDos: Blanca & Ramón

    Ley de Memoria: un homenaje de Alaire a Blanca Sandino y Ramón Ataz

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    17 mayo, 2018 • Reportajes y noticias, Revistas • Vistas: 0

  • Entrevista a Pablo Ibáñez

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    Autor: Rafel Calle

     

     

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    17 mayo, 2018 • A Portada, Revistas • Vistas: 0

  • Revista Nº19 – Mayo 2018

     

    Portada

    ALAIRE: LEY DE MEMORIA

    Edita: Asociación Poético Cultural Alaire.

    www.editorialalaire.es

    info@editorialalaire.es

    Director: Rafel Calle

    Dto. de contenidos: Hallie Hernández Alfaro

    Dto. técnico: Pablo Ibáñez

    17 mayo, 2018 • Revistas • Vistas: 0

  • Pequeños textos

    Autor: Macedonio Tracel.

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    26 octubre, 2017 • Relato, Revistas • Vistas: 0

  • Un joven cualquiera (Cap. 1)

    Autor: Ramón Carballal.

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    26 octubre, 2017 • Relato, Revistas • Vistas: 0

  • Miedo

    Autor: María R. Alfano.

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    26 octubre, 2017 • Relato, Revistas • Vistas: 0

  • Ofelia (personaje de Shakespeare)

    Autor: Alfonso Alfaro.

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    26 octubre, 2017 • Relato, Revistas • Vistas: 0

  • Rememorando el olvido

     

    Autor: Ventura Morón.

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    26 octubre, 2017 • Relato, Revistas • Vistas: 0

  • Selección de poemas

    Selección realizada por: Hallie Hernández Alfaro y Rafel Calle.

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    26 octubre, 2017 • Poemas, Revistas • Vistas: 0

  • Después del frío

    Autor: Arturo Rodríguez Milliet.

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    25 octubre, 2017 • Revistas, Teatro • Vistas: 0

  • Explorando la narrativa del Boom

    Autora: Marimar González.

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    25 octubre, 2017 • Poesía, literatura y arte, Revistas • Vistas: 0

  • Exopoética

    Autora: Hallie Hernández Alfaro.

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    25 octubre, 2017 • Poesía, literatura y arte, Revistas • Vistas: 0

  • Con Borges y contra Borges

    borges

    Autores: Cristóbal Loriente y Pablo Ibáñez Continue Reading

    25 octubre, 2017 • Poesía, literatura y arte, Revistas • Vistas: 0

  • La invención poética del Quijote

    Autor: Julio González Alonso.

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    25 octubre, 2017 • Poesía, literatura y arte, Revistas • Vistas: 0

  • Stephen King

    king

    Autora: Hallie Hernández Alfaro.

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    25 octubre, 2017 • Poesía, literatura y arte, Revistas • Vistas: 0

  • Unidos

    Autora: Hallie Hernández Alfaro.

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    25 octubre, 2017 • Artículos, Revistas • Vistas: 0

  • Apego

    Autora: Hallie Hernández Alfaro.

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    25 octubre, 2017 • Artículos, Revistas • Vistas: 0

  • Avenida de la poesía

    Avda de la poesía

    Autor: Rafael Valdemar

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    24 octubre, 2017 • Artículos, Revistas • Vistas: 0

  • El verso de la escuela Alaire

    Autor: Rafel Calle.

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    24 octubre, 2017 • Asuntos de Taller, Revistas • Vistas: 0

  • A vueltas con el evolucionismo

    Autor: Rafel Calle.

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    24 octubre, 2017 • Cartas Forales, Revistas • Vistas: 0

  • Entrevista a Óscar Distéfano

    Oscar

    Autora: Hallie Hernández Alfaro.

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    24 octubre, 2017 • Entrevistas, Revistas • Vistas: 0

  • Entrevista a Carlos Justino Caballero

    foto Carlos JC

    Autora: Hallie Hernández Alfaro.

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    24 octubre, 2017 • Entrevistas, Revistas • Vistas: 0

  • Revista Nº18 – Octubre 2017

     

    Julio, Rafel, Ferreiro, en la presentación de la antología Alaire 2016

    Julio G. Alonso, Rafel Calle, J.J.M. Ferreiro, en la presentación de la antología “Alaire 2016″. Centro Riojano de Madrid, julio 2017

     

     

    CRECIENDO ALAIRE

    Edita: Asociación Poético Cultural Alaire.
    www.editorialalaire.es
    info@editorialalaire.es
    Director: Rafel Calle
    Dto. de contenidos: Hallie Hernández Alfaro
    Dto. técnico: Pablo Ibáñez

    24 octubre, 2017 • Revistas • Vistas: 0

  • La callejuelas dormidas

    calles mojadas

    Autora: Marisa Peral

     

    Por calles donde la luz se filtra vergonzosa, quizás, de vez en cuando, contaré algún que otro gajo de naranjas prendido en los aleros y balcones de los que cuelgan rastras coloradas de pimientos entre burdas y nobles ropas de trabajo. Son esos lugares apacibles donde curiosas y tímidas ancianas juegan a la brisca sentadas junto a los portones, con una niebla de leña y olor a guiso recio flotando en el ambiente.

    ¡Es un ritual reconfortante el contemplar antiguas celosías y adivinar que, tras el gastado apresto de los encajes, hay ojos inocentes que nos siguen! O presentir, tras las enmohecidas cancelas, patios que son pequeños reinos en los que siempre mandan los rosales para entregar una rosa distinta cada día: las más perfumadas y erguidas, las que resplandecían casi con luz propia o las relegadas, cubiertas con suaves telarañas.

    En el letargo silencioso de las siestas era el aire tan dulce que se saboreaba hasta el cansancio con la apacible necesidad de los conversos. Entre claroscuros jugaban las manos con sombras chinescas y un zumbido de moscas nos recordaba que había llagado la hora de la merienda: ¡limonada con masitas francesas horneadas!

    A veces, cuando la tarde no tiene apenas resplandores, nos sorprendía el viento de poniente. Es como si los visillos se rebelasen detrás de los cristales emplomados. De pronto las calles se colmaban de lluvia. Una lluvia caliente y vaporosa con un susurro placentero y decoroso que le daba al ambiente una tibieza de crepúsculo, la paciencia del remanso, la claridad sumisa del río cotidiano. Y al pasar la borrasca me enseñaron las calles ese fulgor que se volvía espacio y la vida volvía a sus portones y ventanas.

    No he nacido yo para moverme en lujosas avenidas, sino en las callejuelas quietas y sombrías con caminitos y recodos donde también es posible descubrir una estrella.

    30 junio, 2017 • Relato, Revistas • Vistas: 0

  • Número 7

    autobus 7

    Autor: Allen Rambó

    Es buena hora para montarse en el autobús. No es ni tarde ni pronto. Sino la hora del autobús. El número 7. Siempre que lo espero me invade una infantil alegría de victoria. Como el que va a un zoo por primera vez. Tantas especies, tantos animales, tanta crueldad encerrada en una gran jaula con ruedas. Sólo estamos 2 personas esperándolo. Una señora sin rostro, como el que nunca ha visto un atardecer o ha subido una montaña, y yo. Pero eso me da igual. Ella no es quien quiero ver. Lo quiero a él. O a ella. Es como un ángel, sin sexo ni memoria. Y por fin, grandilocuente y puro, llega la gran bestia tallada en acero y aluminio. Se balancea con su ópera de gruñidos y humo negro. Se arrodilla ante mí, sumiso, como pidiéndome por favor que pruebe su esencia de todos los días. El conductor no es partícipe de esta historia. Siempre los he odiado. Intentan amansar a una fiera salvaje de por sí. Pago y entro. No está lleno, pero tampoco está vacío. Unos cuantos escolares con sus retráctiles uniformes, una anciana con la fatal etiqueta de la muerte y la chica pelirroja con lo efímero tatuado en sus ojos. Podría pasarme días hablando de ella. Pero esto no es un poema. Ni un cuadro. Me limitaré a observarla como se hace en los zoos. Me siento en el asiento más próximo al motor de esta máquina, quiero sentir su corazón incoloro. Puede que lo haga como un recuerdo de cuando yo te sentía a ti y tú a mí. O puede que no. Puede que solo sea un último intento de ver que hay alguien vivo. Me siento un superviviente de una gran peste que busca, sin remedio, el inútil roce de lo humano. Hoy solo lo sentiré 2 paradas. Echo un vistazo (esta vez más profundo) de las especies y de la crueldad que escode su gran alma mecánica. Los escolares parece que ya no están. No lo sé, no me interesan. La mujer con la etiqueta de la muerte puede que ya haya muerto. No me importa. La señora que se ha subido conmigo salió volando. Tal vez. Pero la chica. Yo quería buscar a la chica pelirroja. Sólo para buscar un hálito de ti. O si no para buscarte a ti, en unos ojos sin quiebros ni maniobras raras. Unos ojos vírgenes. ¿Es eso lo que buscaré en las mujeres que vea en el autobús el resto de mi vida? No lo sé. Me gusta pensar que tú estás en todas ellas. Sigo sin encontrarla. Los asientos, las ventanas, la música de mis cascos me dicen que nunca existió. Prefiero pensar que ahora es ceniza. Así podré seguir buscándote en los ojos de todas las chicas que vea en el autobús. Pero eso será mañana. Ahora tengo que bajarme y dejar que su carrocería arda. Sé que todos los días, a la hora del autobús, vendrás para desnudar todos tus pasajeros. Y otro día más, sé que me brindarás unos ojos en los que poder buscarla.
    “¿A qué hora pasa el número 7?”

    30 junio, 2017 • Relato, Revistas • Vistas: 0

  • El anciano en la sala de música

    anciano

    Autor: Óscar Distéfano

    La conversación quedó cortada como por una filosa guadaña invisible; y las palabras, las últimas que se pronunciaron, heridas en la abierta garganta, salpicaron deletreadas el espacio para ir perdiéndose como un eco de estupor con el humo de los cigarrillos. El sudoroso olor de los jóvenes en aquella tarde de tórrido verano, contribuían también, al acre olor que despedía el ambiente.

    Las miradas quedaron paralizadas, los ojos derrotados como astros caídos de sus órbitas, las bocas semiabiertas, en el silencio agobiante que se produjo.

    Hasta los Beatles parecieron titubear en aquel pasaje de “Lady Madonna”, cuando la silueta del anciano apareció entrecortada por la hoja de la puerta.

    Frente a la intermitente fuerza del ventilador, la otra hoja fue abriéndose lentamente, desprendiendo un gemido cansado y sin final. Y se vieron los ojos del viejo hombre aparecido, más azules que el cielo, más cansados que el de Cristo en el Gólgota. Era su apariencia la de un gladiador vencido, agonizando sobre las arenas, que buscaba revertir la incoherencia del orden existencial.

    El cuerpo de hombros caídos y de piernas dobladas sobre sus rodillas, soportaba estoico el viejo traje de hilo color marrón desteñido que probablemente lo había utilizado por última vez veinte o treinta años atrás; y que hoy, luego de haberlo meditado mucho tiempo (de lo cual disponía en su monótona existencia), luego de haber madurado la idea durante meses, decidió ponérselo. Y probablemente, también, para expresar en aquel último lenguaje disponible, el deseo de recuperación de su latir humano. No era un pedido demente que exigía el título de Napoleón, sino el grito del alma en el cuerpo derruido, el clamoroso gemido del hombre enfermo, del hombre marginado en la senectud que, dolorosa e injustamente, era empujado hacia el abismo de la soledad y el abandono.

    Nadie pudo soportar el estrujo de aquella presencia, de aquella cabeza canosa casi pelada, de aquellas manos temblorosas y arrugadas, de aquel rostro enjuto y triste que expresaba décadas de sol y lluvias, de risas, llantos, odios y pasiones definitivamente idos. Ninguno tuvo el coraje de sostener la mirada. Todos bajaban los ojos hacia las frías baldosas, y el más sensible se cubría el rostro disimuladamente con los brazos.

    Un cigarrillo iba quemándose entre los dedos inmóviles.

    Terminó la música en el tocadiscos automático, y ello sumió a los hombres en un silencio insoportable. Se oía, tan sólo, el aullido lejano de un perro callejero. Se hacía difícil hasta respirar. Algunos detenían momentáneamente el ritmo de sus respiraciones, por temor a los resoplidos.
    A pesar del trabajo persistente del ventilador, los jóvenes sudaban copiosamente. Los sudores se deslizaban en los rostros, por las mejillas, y nadie se atrevía a secárselos.

    Luego, cuando todo inducía a pensar que el ambiente iría a estallar en cualquier momento, se escuchó como un débil quejido que parecía nacer de la entraña misma de la tierra. Entonces, las miradas se alzaron, tal vez animadas en que todas las hicieran juntas, y vieron que unos inseguros dedos trataban de enjugar las lágrimas que se desprendían del mismo cielo. Las pupilas acuosas parecían mundos que sangraban transparentes. Fuera de toda duda, se advertía que aquellas retinas seguían imprimiendo las imágenes de muchachos vigorosos, con sus torsos desnudos, escuchando música; la guitarra descansando sobre un sofá; los vasos, el humo, los pósteres de grupos de rock famosos pegados en la pared, los libros en la pequeña biblioteca; es decir, la imagen del desparpajo de la juventud. Tal vez esos ojos veían ya, no ese momento, sino el suyo propio, el de sus veinte años, el de su propia juventud para siempre perdida.

    Todo fue doloroso y patético.

    Cuando uno de los jóvenes –el dueño de casa- se levantó y dijo: “-¿qué haces aquí, papá? Vamos, te llevo de regreso a tu cuarto”, los otros quedaron perturbados y paradójicamente aliviados por la visión de aquella figura humana en decadencia que se alejaba.
    Uno de los jóvenes, el que siempre ensayaba pensamientos filosóficos, murmuró: “La vida es un relámpago en el tiempo eterno”.

    30 junio, 2017 • Relato, Revistas • Vistas: 0

  • Los amoríos de Doña María del Real y Don Gabriel Mendieta

    Autora: Marisa Peral

    Cuentan las viejas leyendas que Doña María del Real fue presa del mal de  amores y que, debido al abandono que sufría por parte de su amado D. Gabino, cedió al acoso de un insigne y apuesto caballero que, procedente de las tierras de ultramar, se asentó en la ciudad malacitana.

    Doña María se enamoró perdidamente de Don Gabriel Mendieta y en sus ardores escribió un único e inédito soneto que, pese a la casualidad del diminutivo utilizado, no quiso dejar en manos de nadie que pudiera descubrir su infidelidad. La depositaria de este documento fue una gitana; Dolores “La Dormilona” llamada así por su gesto somnoliento que atribuían al humo del cigarro que pendía permanentemente de la comisura de su desdentada boca, a la que acudía Doña María para que la echase las cartas con el fin de saber lo que le deparaba el futuro y averiguar los deslices de su, antes, bien amado Don Gabino. Al morir “La Dormilona” su cueva fue saqueada por su prole y el soneto, junto a otros documentos, que creyeron sin valor, fue vendido como papel al peso para sacar unos cuantos reales. Un viejo librero, sabedor de que encontraría auténticas joyas escondidas, visitaba a esos compradores de papel y encontró el susodicho soneto que, años más tarde y tras arduas investigaciones, supo de quién procedía y a quién fue dedicado.

    Ante la imposibilidad del chantaje, pues Doña María ya era una anciana y sus amantes habían fallecido, el librero decidió publicarlo en el noticiero local con el consiguiente escándalo para la egregia familia de Doña María.

    Se hace mención a que, debido al estado de enamoramiento de Doña María del Real, este soneto podría llamarse “enajenado” o, quizá, “dislocado”, incluso podría llamarse “irreverente” pues ni es endecasílabo ni alejandrino ni inglés ni caudato, ni siquiera es un soneto reversible, y no fue capaz de escribir un soneto “poliginio” Ni siquiera respetó el orden lógico de los sonetos.
    Una auténtica joya que nadie ha sido capaz de catalogar a pesar de que algunos de sus versos, alguna vez, riman.

     

    SONETO DEL AMOR INCOMPRENDIDO

    Si al llegar al punto del encuentro
    observáis en mi rostro un arrebato
    no lo tengáis en cuenta, seguid el rastro,

    es tan sólo un disimulo timorato
    y yo os haré pasar tan buenos ratos
    que olvidaréis del mundo su maltrato.

    Rendida y enamorada de vuestra gran elocuencia
    me tenéis a vuestros pies sin paliativos ni antojos
    amadme sin compasión, más sin espinas ni abrojos
    que yo os daré dulce miel para colmar la impaciencia.

    Hoy os debo confesar, Gabi de los bellos ojos,
    que a pesar de mis enojos por vuestra cruel insistencia
    mi cuerpo es débil, señor, y no soporta abstinencia
    en consecuencia, mi amor, esperadme en los matojos.

    Gabi de mis amores, ardo en deseo
    en unas pocas horas os poseo.

    Vuestra en cuerpo, y también en alma.

     

    30 junio, 2017 • Artículos, Revistas • Vistas: 0

  • Poemas

    Selección de poemas del foro Alaire, por Víctor Mallada y Armilo Brotón

    poemas

    En tus manos 

    Manuel Alonso    

     

    En tus manos,
    por culpa de la nieve,
    un pájaro se posa en una sílaba,
    que no cuenta,
    y entran y se cuelgan,
    como peces brillantes
    los amores más extraños.
    Ángeles huérfanos,
    como bestias hermosas,
    de la mano del amor.
    Cómplices de un invierno,
    muy parecido a un niño.
    Y fiel a su propio espíritu,
    el último suida.
    En tus manos diáfanas, sobreseídas,
    por dinero negro y olvido.

     

     

    La epístola de Sabina

    E.R. Aristy

     

    Según se revelaron los hechos,
    yo, Sabina, una analfabeta,
    poseía – en parte- y en completa colaboración,
    una Biblia, un par de chancletas,
    y los pantis de la vergüenza,
    por si acaso, el diablo tiente,
    y me llevan de emergencia
    a la mano de un doctor.
    ¡ Guay mi mai! Era 1965 cuando los yanqui
    probaron los dulces de Lucinda,
    con la culata de un rifle
    quebraron la vitrina,
    y se ñampiaron- por lo meno- cuatro libra
    de bolas de tamarindo.
    Sabina bien callaíta,
    me colé patio atrá,
    y encontrándono con Rosanita,
    no abrazamo a cantar.
    Las balas sonaban cerca,
    y olía a goma quemá
    !jaleluya! Dio é bueno,
    del mandil manchao
    saqué mi libro santo,
    ¡Jaleluya, Dio é bueno!
    esta ve no fue la niña,
    Sabina fijó los ojo
    en el libro de corintio,
    y leí toíta la letras,
    ¡Jaleluya, Dio é bueno!
    como to una maetra.

     

     

    Frío

    Armilo Brotón

     

    Es verdad que los ojos de viejo
    lloran un palomar helado
    alumbre
    que disuelve la córnea hasta los pies
    dolorosa búsqueda del color
    que el tiempo roba.
    En esa textura de vidrio
    escucho
    se deslizan las palabras
    son arados
    mientras el pensamiento
    abre las venas que el invierno atora
    en un ictus asesino.
    Una taberna abriga
    el viejo llora un relámpago
    que recorre mi cuerpo
    tiene ganas de vivir
    sus manos tiemblan
    su voz se entrecorta.
    ¡Como no vengas me voy!
    Mi mano en su hombro.
    ¿Dónde viejo
    dónde fueron tus aperos
    de sólida muleta enamorada?
    En la herrumbre del vino
    en la esquina de la mesa
    cuando el decanter
    posó un rumor ácido de madrugada
    cuando eran las tres
    y todo sabía a dios
    cuando dos miradas apuntaban
    al cono sur de barlovento
    observando emocionadas
    cómo queda impreso el pasado
    en el mármol líquido
    de un leve y preciso instante.

     

    El tiempo es más terco que los mitos

    Rafel Calle

     

    Conozco dos maneras de juzgarme,
    reírme de mi suerte o llorar hombre abajo.
    Atisbo las virtudes temerarias de un anticiclón
    que, si bien, como todas mis bonanzas, sé que solo está de paso,
    me seduce el carmín de la sangre cansina,
    es un pulso de paz, un preludio afectado
    de antiguallas románticas y modernos equívocos
    en los trémolos hitos del pasado.
    Parece reclamar que acaben mis desganas,
    me pide aventurarnos en la vitalidad de los sentidos;
    dice que el tacto de la vida a veces nos engaña
    por más que decidamos vivir a flor de piel,
    menciona las cosas por sentir que aún siguen intactas,
    el armazón de sueños, la luna de papel,
    la rebelión de las entrañas,
    el aroma de la luz
    de un astro diligente en la evocación del alba.
    Sí, me asegura que todo es veraz, como el vasto vigor
    que sucede en un efluvio de corazones y sábanas.
    Y, yo, sin poder remediarlo, aún temo transmitir las sensaciones de un castillo de arena en la orilla de un azar implacable, bajo un sol de justicia, cuando azuzan las olas y los miedos ancestrales que se muestran sumisos con las almenas informes, las alturas en vilo, los muros sin rigor, deteriorados, o bien, ya derruidos sobre la base que soporta el peso de la tierra, en la gravedad de saber que de tierra es el destino.

     

    Y, sí, el tiempo es más terco que los mitos.

     

     

    Noches de luna llena

    Ramón Carballal

     

    Siempre a la espera de un quizá.

    Esta noche invita la palabra a ser comedia azul,
    brillos de copas, melancolía, faros de neón
    en autos incombustibles…
    Y el camino, el paso como gimnasia rota
    con la sed de los rótulos
    parpadeando en la risa.
    No había un nombre que decir,
    tampoco un cuerpo
    o su refractaria exactitud.
    Era demasiado pronto para el olvido,
    demasiada la luz del artificio
    para que el reloj no inventara
    una historia.
    El látigo de un verbo me indica el sol ausente,
    la salida hacia el claror de la luna sólita.
    Somos tres las pieles sin sombra,
    tu miras,
    yo miro
    ella mira
    el oscuro pozo de los ventanales,
    los pájaros del parque callan
    como músculos de piedra.
    Así comenzará el sueño de una primavera virgen,
    su largo talle, sus medias negras,
    el color impertinente de sus vestidos.
    En la mágica deriva de mi juventud,
    caen los fuegos fatuos igual que luces de mar.
    Hombre de agua soy,
    náufrago o capitán de un barco errante
    ya ido.

     

    La casa del mar

    Javier Dicenzo

     

    Hay una casa en el mar lleno de fantasmas
    mientras el cielo gira en sus dolencias;
    Un fuego alto que el universo
    Quema en cada segundo de los latidos
    Aquellos que fugaron las madrugadas.
    En la casa del mar existen maldiciones
    Potencias que buscan milagros del anochecer.
    Las voces de la soledad van hacia el sur
    Las islas y los imposibles se resguardan
    en la casa hay sangre de dioses inmortales
    de fugitivos días que nunca serán.
    Irrumpen las paredes y espejos
    esas diminutas partículas de sol
    han aparecido imágenes en sus lugares.
    Dicen en las leyendas
    que los relojes tocan los inviernos,
    que esa casa anuncia el Apocalipsis,
    que las bocas nunca fueron siete,
    que nada existe en su alma de casa.
    He decidido siendo un hombre
    ir hacia esas latitudes
    donde lo misterioso ocupa cada lugar.
    A pesar de los dioses
    desisto un destino en esa mansión
    la casa del mar es tenebrosa
    por eso no buscaré mas al viento
    ni el guía que me lleve a esa soledad.
    Ignoro si alguna cruz de mediodía
    padece los fantasmas de la casa de azul.
    Recorreré unas millas hasta la lancha
    crujiré un poco para disimular mi estado
    sobre la historia predicha.
    Esa casa padece un quejido de pájaros suicidas
    es por eso que maldije mi guarida
    es por eso queescribo versos de Baudelaire;
    no puedo contra la incógnita
    de revivir cada día en ese sitio oscuro
    donde las lombrices van y acechan las hendijas.
    Tirados están los murciélagos
    tras la isla perdida en medio de la noche
    los búhos blancos van al campanario.
    Sé muy bien que hace poco el viento
    soplaba la bandera roja de la casa del mar,
    que unas miradas cruzaron el descampado
    que los gritos se escuchaban
    hacia unos espejos
    que reflejaron otro mundo de visiones
    Imposibles de rescatar en el viento.
    Aún así tengo temor
    de nombrar
    la casa del mar sin que se me hiele la sangre.
    Al tomar esta copa de vino en esta habitación
    la espera es otra cosa que no existe allá
    en la casa.
    ( Los colmillos blancos están colgados en una habitación de la casa del mar)

     

     

    Navegando

    Óscar Distéfano

     

    No es el rumbo calculado,
    no es el pilotaje que imprime a la apatía
    la emoción de avistar la lumbre
    creciendo en lontananza.
    Ni los asomos pueblan
    estas horas de duro sol
    donde el céfiro calla inerte
    al garete de nuestras ambiciones.
    Es viva la inquietud,
    es penoso el naufragio
    en la tarea inútil de medir distancias.
    Debería volver
    al punto de partida
    para ajustar los matices del sueño.
    La travesía espera de las nubes
    oráculo de buena singladura:
    vuelos de pájaros,
    el resplandor creciente y la esperanza ciega
    del puerto de jamás llegada.

     

    Ahora

    F. Enrique

     

    You will tell me you love me

    Tonight at noon

    (Adrian Henri)

     

    Tú me dirás que me amas
    esta noche al mediodía.
    Ahora, detenidos en ese murmullo del mar de nuestra vida
    que nos trae los años lejanos que no vuelven a la playa,
    sin poder descifrar la noche que tuvimos
    la primera vez que nos colmamos de besos
    sin pausa, sin cadena.
    Ahora que se nos fue aquel bandolero insolente
    que el niño de la Cuesta imitaba
    con gritos y un caballo imaginario,
    sin aquel edificio sin futuro que nos ocultaba a los ojos de los otros
    cuando se abría tu falda y mis dedos retaban
    los botones de tu blusa,
    sin aquella farola donde leíste
    la declaración de amor que se me pierde
    en la espesura de las rimas,
    sin aquel brillo extraño que descubrí en tus ojos
    y aún tiembla en cada estrella.
    Ahora que la tarde se cierra con los barcos
    que pasan por los sueños en busca de otros mares,
    que los contrabandistas cenan con políticos, banqueros,
    mientras hay abogados que limpian expedientes
    y algunos comerciantes que extienden sus alfombras
    mientras Dios cambia su rostro un poco más cada noche.
    Ahora que la avenida ya no nos reconoce y el alma se estremece
    buscando la juventud que se nos fue con un billete de ida
    sin fecha y sin retorno.
    Ahora que ansío decirte nuevamente que te amo
    como aquellos que soñaban “esta noche al mediodía”,
    decirte que te quiero otra vez en las aceras de tu calle
    como si la palabra, la nube y el deseo
    no se hubieran marchado con los vientos del sur
    sin decirnos adiós, sin hacer la maleta,
    como si el corazón de aquella adolescente con tu nombre en el pecho
    volviera a visitarme y se quedara
    y yo no estuviera en el alambre persiguiendo la luna que quisiste
    como un gato que llora trastornado,
    sin red y sin confianza.

     

    Días

    Marius Gabureanu

     

    Algunos domingos son como romances de entierro
    susurrados por el sordo ente de las campanas.
    Entonces venero la obscenidad del mismo refugio
    como un alma de caracol.
    Algunos sábados son un espasmo dilatado,
    un ocaso acuchillado por garzas.
    Es cuando me siento libre de todos los crímenes
    y mastico el musgo de lamento
    crecido sobre la mueca de la nada.
    Algunos viernes el aire se inquieta
    y vomita más sombras de lo que merezco.
    Y me destierro del pasado, me arranco los cuerpos
    de la telaraña del credo, me vuelvo ateo de mi mismo.
    Algunos jueves llueve y el universo parece que se resume a llover.
    Entonces padezco de lluvia y de lenguas de albatros naufragado.
    Algunos miércoles son el soplo ácido de las primaveras del veneno
    y uno se adhiere al trance de escalofríos,
    uno cree que la salvación es cosa de bruja.
    Algunos martes son el miedo silencioso
    sin gatos y sin calles que olvidar,
    como el galope de las amebas.
    Algunos lunes son esqueletos de domingo
    y un duelo de murciélagos
    advierte que el tiempo devora al tiempo.

     

     

    Papel

    Julio González Alonso

     

    Papel impoluto. El tiempo en los relojes
    y los calendarios sin fechas.
    La mañana es oscura habitación,
    tintero gigantesco que se tragará el día.
    Será el tiempo
    la pluma que escriba la historia en el blanco
    de la memoria; tinta amarga de escritura
    sobre el papel luminoso y la llegada de la muerte,
    alba del último día, última sonrisa,
    fecha última,
    lápida
    de la vida.

     

    Canción virgen

    Hallie Hernández Alfaro

     

    Líbame Hombre,
    afloja el nudo de mi pecho,
    alarga el blanco solsticio
    con este gemido que hace espuma del sí;
    no pares de moldear adagios
    o de hacer música para la sed.
    Líbame Incendio,
    carbonero blues que me consume;
    las horas tardan un abril o más,
    la noche empeña su ardor en los costados
    y el frío ya no tiembla
    ha corrido el verso en la panacea de tus dedos.
    Líbame Amor,
    que nadie
    ha sido antes que tú.

     

    Surf

    Luis M.

     

    Venías con una flor salada en la cara
    y aquella mochila,
    presumida y amaestrada,
    devoto apéndice y jovial
    guardaespaldas de tus andares.

    Y ese océano ineludible
    de tus ojos
    que traía al mismo sol
    bajo su mando,
    derritiendo mi ultra estudiado/insolvente
    guión diario,

    …remolino estelar que desencajaba
    y al segundo se tragaba
    de un solo bocado
    la horma de mis tan trabajadas
    seguridades de tiza
    y cristal caramelizado.

    Venías con un centro comercial
    de feromonas
    emboscando a la estruendosa
    y babeante nidada adolescente
    con la hisca de tus brillos
    y no transparencias afiladas,
    venenosas,
    subrayando a pincel
    esa rima prolífica
    que era tu cuerpo de diosa
    juvenil.

    Solíamos surfear en las orillas
    de aquel instituto,
    para envidias insanas
    de fantasmales y multiclonados
    transeúntes,
    desalados y unicolor.

    Aquella primavera, cuando tú,
    con esa playa en tus labios,
    aliviabas mis prematuras arcadas
    existenciales.
    Entonces espolvoreabas
    tu adictiva y candente seda
    sobre mis alas de zángano azul.
    Alguna vez, también, te llovías
    a mi espalda;
    entonces yo moría varias veces
    (hasta la siguiente cita)
    en un interminable invierno
    de veinticuatro horas.

    Intuíamos el frágil desequilibrio
    de aquellos días
    entre ecuaciones de pétalos impares,
    gramáticas furtivas y silenciosas,
    maremotos familiares
    y otros arrecifes inevitables
    de la edad.

    ¡Cuánto surfeábamos
    en esas tardes de lunas rosas
    que aceleraban mis arterias
    e insuflaban sus palpitantes
    atolones emergentes!.

    ¡Cuánto confluían en mi estómago
    aquellos puertos nocturnos
    y sus tormentas de mariposas carnívoras,
    desinventando los relojes
    tras los inflamables poros
    de nuestro inverosímil reino
    de cera, salumbres y miel.

    Luego volvió el frío.
    Y yo ya solo podía ver
    una aleta de tiburón
    rondando la sopa
    a la hora de la cena,
    una boca de cocodrilo
    dibujada en tus labios,
    que ya no me veían;
    y junto al viejo y seco
    acantilado de hormigón,
    y aquel último rayo de sol
    hincándose en mi pecho,
    me regresaban aquellas náuseas
    de escolar en su primer día
    de colegio.

    Y las olas se desinflaban
    al tiempo de mi risa.
    La playa me gruñía.
    Y otra vez volvía a mi esencia,
    a mi versión original
    de náufrago,
    …o de común -y eterna-
    sardina gris,
    orbitando a coletazos
    entre el tráfico ciego y hambriento
    de la desencantada
    y mate ciudad

    sin mar.

     

    Servilleta de papel

    Roberto López

    A partir de la tercera copa,
    el jardín parecía ubicarse en sus palabras,
    el eco de su voz era quien levantaba muros
    y dibujaba callejones en la noche.
    Magia condensada en pequeñas ampollas,
    el amor como trasunto literario
    discurre en ondas de complicidad
    universalmente aceptadas.
    Abrir, cerrar, trazar rayas y dibujos
    en un panel que simula la noche primordial,
    algo así como si fuéramos los artistas de Nazca,
    los demiurgos de Rapa Nui
    o los Magos de Oriente.
    En medio de los ruidos de siempre,
    los conocidos ruidos que nos erigen y nos crean
    como monstruos, carne consciente,
    en medio -digo- del taller de Penélope,
    que teje y deshace desmenuzando el tiempo de la espera,
    un sutil len de la memoria despechada
    cruza veloz la noche de mi mente acallada,
    abandonado el sebo del ayer,
    la estridente minucia de la herida que otrora ardió en mis venas,
    la delicada red que intuyó un mundo inabarcable
    en la imposible superficie de una servilleta de papel.

     

    Back to Black

    Pablo Ibáñez

     

    Tú vuelves a ella y yo vuelvo a lo negro. 
    Amy Winehouse, Back to Black

     

    Ese César que obscenamente arenga
    sus legiones en víspera de muerte
    desdeña la templanza que hace fuerte,
    la ingrávida quietud que amor devenga.
    El miedo es su razón. Tal vez obtenga
    corona de laureles, roce inerte
    de algún esclavo griego que liberte,
    mas no brillar de ojos que sostenga.

    Tú tampoco dejabas prisionero
    detrás de tu dolor de poetisa;
    tu victimismo dandy era tu acero.

    Es fácil no escuchar si hay parapeto:
    tú vuelves a tu prosa blanca y lisa
    y yo retorno al negro y al soneto.

     

    A sensación

    J.J.M. Ferreiro

    Para crealo todo de novo,
    acantoade o ollo, transgredide
    sangrando a cicatriz do un.
    O mar caeu do ceo.
    A Terra ergueuse dos infernos.
    O home,
    a traxedia e a sensación;
    o vermello da cor, a turbación da imaxe.

    Na pantalla nocturna
    está detido
    o retrinco dun lóstrego.
    Descansa gozoso en se mesmo.

    Versión en castellano:

    Para crearlo todo de nuevo,
    aislad el ojo, transgredid
    desangrando la cicatriz de lo uno.
    El mar cayó del cielo.
    La Tierra se encumbró de los infiernos.
    El hombre,
    la sensación y la tragedia;
    el rojo del color, la emoción de la imagen.

    En la esfera nocturna
    está paralizado
    el jirón de un relámpago.
    Descansa gozoso en sí mismo.

     

    Way Tuli

    Víctor Mallada

     

    Way tuli, way tuli, los niños cantaban
    mientras se mofaban de uno que estaba sin circuncidar
    él era mestizo de blanco y nativa
    wai tuli escuchaba con sorna encendida
    y sólo quería ser como los otros
    un niño normal.

    Un día de junio, con unos amigos
    se fueron al río cercano a bañarse.

    Estuvieron un rato bien largo jugando
    en el agua, saltando desde un cocotero
    y cuando ya estaba medio tiritando,
    el miembro bien recogidito,
    mascando las hojas de una guayaba
    apoyado el prepucio en un tocho cercano
    de un golpe certero de un palo
    sobre una navaja de las de afeitar
    le hicieron el corte que le confería
    ser adolescente como los demás.

    El mismo escupió las hojas masticadas
    sobre aquella herida y en aquel lugar
    se vendó temblando, mordiendo la rabia
    porque le esperaban unos cuantos días
    de andar más despacio, curarse la herida con mucho cuidado
    y poner todo el tacto del mundo para miccionar.

    Pero ya podía ser uno de tantos,
    sentirse orgulloso por haber cruzado
    la verja dificil de la adolescencia
    con la frente inhiesta
    y ya, sin prepucio, enfrentarse a la vida
    sin tener que escuchar con despecho
    las voces que un día cantaran way tuli, way tuli…
    pues era valiente curtido en dolores…
    tan sólo un muchacho…
    como los demás.

     

    Animal palabra

    Rosa Marzal

     

    Un silencio rojo
    te precede.
    Te preceden
    el aullido de perros
    que husmean un rastro de abismo
    en la opacidad de los silencios,
    y bendicen
    la infancia de tus lágrimas.

    Vistes de largo
    las torres de papel
    que me refugian
    de la jauría del tiempo.
    Aligeras
    mi equipaje de tumbas.
    Apareces,
    repentina,
    desnuda..
    profunda.
    Sola en el grito
    de ese látigo
    que viola
    la estación de las esperas.

    -Rugido
    de animal- palabra
    enaltecido por el fango de mis vísceras-

    Centellean las alas de un cometa
    sobre el escaparate del poema
    y las avispas de una muerte lenta
    hieren el candor de la luz
    cuando zumba el barro de tu aura
    en los altares raídos
    de un recuerdo.

    Solsticio de noche
    bajo ubres de llanto.
    Verbos-espada
    desarmando pretéritos;
    palomas de sangre
    sobrevolando un beso suicida
    florecido en el magma de la duda.

    Yo,
    guardiana de los guarismos de tu alma,
    mantengo encendido
    el fuego de tu hálito sagrado.

    Te retengo
    en el barbecho de mi hipocondría.

     

    La penúltima partida

    Gerardo Mont

     

    Oteando
    los yoes que me endosan los cincuenta,
    navegando las lluvias
    del paraguas,las estelas de Machado,
    encalla esta rancia humanidad
    en boga… Cosas del poeta.

    Y un bombín a lo Magritte robo a Sabina
    y discurro en sobriedades con tarjeta:
    del negocio de mi vida
    con fondos del estado;
    de la arcilla de una culpa
    pagada por mis deudos;
    de los miedos recontando en códigos actuales,
    resumiendo las distancias
    en ópticas de fibra… Es lo mismo aquí que allá,
    sin especias de Las Indias.

    Y por si acaso caen otras manzanas
    y alguna Eva se deshoja en la webcam,
    entre los hombres rezagados en mis cómics,
    deidades del flash drive invoco del bolsillo.
    ¡Qué es suficiente computar peces y panes!

    Arreboles de neón en el turbión de la avenida,
    van pactando mis mareas en los cuerpos aledaños,
    a las puertas y a ventanas ataviadas de sus fobias,
    a la afonía de las teclas,
    a esos vértigos de esquinas.

    Y hago el amor en cielos escarchados de botellas
    con mensajes que quizás nadie recoja;
    y hago del vocablo, ritos
    entre dientes, repujando en las piedras
    ojivas para email;
    ajustando estos dioses que soy
    y me vomitan .

    ¿Y quién calzará mis pies de golondrinas?
    ¿Y quién sembrará mi grano de mostaza?
    ¿Por la turbación del puente, se devuelve el agua
    a los cántaros ilesos?

    Googleo en las voces del follaje
    y en las verdades de los álamos umbríos,
    el verbo en el reverso de la historia,
    entre la savia de las fuentes primigenias
    y esta orilla, me rescribe.

    Y en el mármol agrietado
    por los ángeles del pecho,
    este hombre solo
    con la laptop, casi siente,
    casi sueña,
    casi gana su penúltima partida.

     

    Licántropo

    Ventura Morón

     

    No, no todo eso es
    lo que piensas.
    No, no todo eso
    es,

    no.

    Es,
    todo lo que de un día sorbió la luna de mis hombros,
    en aullidos, libre, tras los campos,
    en cruz políglota mis piernas desnudas,
    el beso de piedra bajo las suelas,
    el invierno que no duele,
    un fino olor a sangre
    que me llama,
    y mis dientes gritando antes del alba.
    No soy tan malo, sólo
    el mundo hundió su trémula liturgia en mi corazón de crudo barro,
    y ahora, asoman mis fauces al desequilibrio
    de no ser casi nada, tan sólo
    algo parecido a algún lobo que huye tras tu rastro,
    un humo consistente que toma forma de sombra y garras como adioses,
    un delirio de estrellas conmovidas que se balancean en mi carrera
    hacia tus pasos de seda blanca, transmisora de caminos,
    hacia el lugar donde pueda saciarme con tu recuerdo
    y devorarlo, poco a poco, mientras lloro a la vez tu pérdida,
    y sigo corriendo
    bajo un violento infinito que lanza cometas de preguntas en mi busca,
    que no entiende esta naturaleza animal que me nombra,
    y exhala enredaderas que se cuelan por mi boca,
    para hacerme caer,
    mientras aúllo, sin remedio,
    mientras me cazan
    y nublan este oasis de sentimientos que se deseca
    hasta que llega el innombrable día.
    Entonces, me desentierro, hago
    como si fuera como ellos, astuto, invisible
    recorro metódicos supermercados , aceras desnutridas, la rabia
    que se acumula en los apretados infiernos armados de sus zapatos,
    la naftalina que cuelga de la lengua
    dejando unas palabras densas que huelen
    a olvido.
    Y me digo que debo intentarlo.
    Espero a la madrugada
    mientras se transfigura mi alma en sinestesia,
    voy tomando curvas a la velocidad en que mueren los besos,
    muerdo otras huellas a mi encuentro transformándolas en metáforas de un deseo,
    y acelero con mi camada atravesando grutas de avenidas como destierros,
    dando al mundo un río agrio de evadidos
    que avivan el clamor de la noche inundándola, eufóricos,
    de irrefrenables aullidos,
    mientras mi corazón se bebe el reflejo
    de tu palpitante luna
    en el espejo manso de mi memoria.

     

    Un fado en la voz

    Pilar Morte

    Traigo la aflicción de los fados,
    el triste corazón debilitado,
    voz del pueblo en su nostalgia,
    acompañando su miseria.

    Llevo adentro de mi alma
    todo el mundo con el canto,
    un océano por agua,
    suave como llega el alba.

    Esta música brota
    para abandonar las sombras,
    anudar a las almas la esperanza,
    y amor al maltratado pueblo.

    Lloro porque me duele la vida
    de la desdicha que arrastra,
    por los sueños que no han muerto
    y que callan por las venas.

    Oh fado, voz del hombre,
    que entonas sufrimiento y pena
    canta dulce en estas horas,
    hunde en la raíz tus notas.
    Oh fado, fado mío,
    tú que habitas la tierra más profunda
    consuela del dolor y de la muerte,
    pon tu mirar sereno a esta condena.

    Oh fado, fado mío
    música del pueblo.

     

    Los hombres de Aia

    José Manuel Saiz

     

    Los hallaron en Aia- le dije. Él
    al fin descansa.

    Eran siete, según
    la crónica de entonces.
    No eran soldados.
    Tampoco eran del pueblo.
    Los enterraron juntos al amparo
    de un hayedo,
    con una piedra encima y una cruz
    hecha con palos.

    Y yo también le dije,
    sin saberlo, pues nunca
    se supo quiénes fueron,
    que el más joven (que Dios
    y ese hombre me perdonen)
    era el abuelo.

    Mamá decía siempre,
    que murió en Aia. Sí, solo eso.
    Como tantos y tantos otros, pensaba yo (y ella
    fingía no saberlo). En un hayedo
    una lápida hoy habla de Manuel y tal vez
    él nunca estuvo allí.

    Esa tumba hace tiempo
    que está vacía. Pero esto…
    ¿ya qué importa?
    Si mamá ya lo sabe, si mi abuelo
    me perdona, si un hombre extraño
    recibe una oración…
    demuestra que el amor
    solo es misericordia.

    Ahora nadie llora.
    Ahora nadie busca.… Y además
    aquellos hombres tienen
    al menos un poema
    que les nombra.

    De sastre

    Josefa Agüera Sánchez

     

    (Para todas la abuelas que eran -y son- unas artistas de la aguja)

    Empiezo por las letras, lo primero.
    No quiero que se pierda una puntada.
    Una vez la inicial esta hilvanada
    el resto van sumándose al reguero.

    ¿Una palabra? Más de lo que espero.
    Mi labor quiere ser recompensada.
    ¿Una frase? La dicha no soñada.
    Mucho hilo para tan poco acero.

    La paciencia me empuja a que persista
    en mi modesto arte de modista
    que hasta el punto final no esta completo.

    Y con esta labor, mi poesía,
    -Pobre infeliz que no lo merecía-
    podrá vestirse un traje de soneto.

     

    29 junio, 2017 • Poemas, Revistas • Vistas: 0

  • El versículo de la Escuela Alaire

    Autor: Rafel Calle

    Para saber lo que es un versículo tenemos que tener muy claro lo que es un verso.

    El verso es la unidad resultante de la segmentación del lenguaje entre pausas métricas.

    El verso está delimitado por la pausa versal, es decir, la pausa versal es lo que convierte un renglón en un verso, por eso también se llama pausa métrica. Sin la pausa versal o métrica no puede haber verso

    Bien, pero lo dicho, que es tan fácil de entender, sufre los ataques provenientes de las ocurrencias de muchos escritores de poemas. Por ejemplo, los encabalgamientos léxico y sintáctico, no son más que ocurrencias de autores de poemas; después, los estudiosos de la métrica, los han calificado como accidentes métricos, porque, para no perder el sentido de lo que se está leyendo, no hay más opción que romper la pausa versal, es decir, también se rompe el patrón métrico pretendido.

    Otro ejemplo de supuesta ingeniosidad se da en la terminación del verso en partícula átona (artículo, preposición, conjunción…). De acuerdo, son ocurrencias y para los estudiosos pueden significar elementos de reflexión con los que hallar nuevos movimientos conceptuales en el mundo de la versificación.

    Lo que pasa es que la mayoría de esas ocurrencias provienen de un elemento lúdico que aparece en la versificación, las más de las veces se trata de juegos estilísticos sin más, a los que acompaña infatigablemente un proceso rimático. Es decir, la rima es la responsable de la primeras y desde luego de la mayoría de incursiones en los muestrarios lúdicos de la combinaciones supuestamente versales.

    Por fortuna, hoy en día no se dan tantos artificios en la versificación, hace bastantes años que los autores se han dado cuenta de que el lenguaje literario es inherente a la eufonía, no hace falta buscar rarezas genialoides para hallar coincidencia fónica, porque basta con una buena labor mediante el lenguaje literario. Digo eufonía y no digo musicalidad, porque me parece necesario diferenciarlos. Aunque esa es otra cuestión que ahora nos llevaría mucho tiempo.

    Veamos algunos ejemplos de ocurrencias en supuestos versos:

    3 ejemplos de Antonio Carvajal

     Rosas, todas; y no son
    la rosa. Todos los ti-
    los, no la paz. El jazmi-
    nero enlaza su canción
    con la cal, […]
    ¡Oh nube, cuánta calén-
    dula en flor espera llu-
    via que le niegas tan hu-
    raña y avara sabien-
    do que es el agua sostén
    ……………………………………………………

    Amo los días de
    noviembre: vino nuevo y crisantemos.
    Días para la fe
    perdida, cuando hemos
    de estar luchando por lo que queremos
    y contra lo que no
    queremos.
    …………………………………………….

    …de abnegaciones que
    los ojos y sus lágrimas, los labios
    y la memoria de
    los besos, de tan sabios
    no sabían. Tiene el agua resabios…

    Pérez de Ayala

    Sus brazos, marmórea guirnalda
    tibia y sensual, me asieron, y
    ardió en sus ojos de esmeralda
    una infinita luz. Cedí.

    Luis Carlos López

     Hombre de pelo en pecho, rubio como la estopa
    rubrica con la punta de su machete. Y por
    la noche cuando toma la lugareña sopa
    de tallarines y ajos, se afloja el cinturón…

    Rubén Darío

    …a pesar de Nabuco, embajador, y de
    los delegados panamericanos que
    hicieron lo posible por hacer cosas buenas….
    con las alondras y con Garcilaso y con
    el sport. ¡Bravo! Sí. Bien. Muy bien. ¿Y La Nación?
    Por eso los astutos, los listos, dicen que
    no conozco el valor del dinero. ¡Lo sé!
    El temporal no deja que entren los vapores. Y
    un yacht de lujo busca refugio en Porto-Pí..
    Ah, señora, si fuere posible a algunos el
    dejar su babilonia, su Tiro, su Babel…

    Bueno, podríamos seguir poniendo ejemplos de ocurrencias en poetas que, sin duda, tienen su importancia en la historia de la poesía, pero creo que con estos ejemplos puede ser suficiente. Obsérvese que siempre el meollo de la cuestión es la rima o, mejor dicho, una coincidencia fónica al final del verso.

    A raíz de las ocurrencias, sobre todo, en poetas de renombre, dichas gracias se extienden hasta el verso multimétrico, pero ya sin objeto de crear coincidencias fónicas, sino por un puro entretenimiento estético. Y ahí sí que se entra en un estado conceptual tremendamente confuso, porque no hay la más mínima razón objetiva para tanto desaguisado.

    A todo esto, Tomás de Iriarte, no puede menos que reírse de tal estado de cosas versales, cuando dice en las siguientes líneas:


    Muchos dicen que porque al
    verso siguiente va con
    las palabras de otro, don
    Fulano pasa por mal
    versista; pero aun con tal
    error, cumple como buen

    poeta, pues poniendo en
    sus versos cabales las
    sílabas, deja a otro más
    hábil colocarlas bien.

     

    Estoy con D. Tomás, lo mejor es colocar correctamente las sílabas, no porque queramos prohibir los ejercicios lúdicos, no, que cada cual haga lo que quiera, pero, por favor, que no nos haga comulgar con ruedas de molino. Los versos tienen que atenerse a unas reglas, básicas, pero primordiales para la propia supervivencia de los versos. Es decir, si en la versificación damos todo por bueno, más pronto que tarde el verso desaparecerá, porque cualquier ocurrencia será indiscutiblemente un verso.

    Podría poner muchos ejemplos de teorías de filólogos, tratadistas, poetas, catedráticos de literatura…, pero en ninguna de ellas hay un concepto claro como el agua con respecto a la versificación, todas son contradictorias, porque no se atreven a cortar el problema por lo sano.

    La versificación de la escuela Alaire se basa en tres premisas fundamentales:

    1. La pausa versal es inamovible, se debe respetar siempre y en todo caso.
    2. Todos los versos deben poder subsistir a la pausa versal, sin perder el sentido de lo que se está diciendo y formando una unidad sintáctica; hablamos de esticomitia.
    3. Los signos de puntuación impiden la sinalefa, es decir, no se puede hacer sinalefa entre signos de puntuación.

     

    Estos tres puntos se pueden desarrollar profusamente y también dotarlos de mucha complejidad, es una cuestión de tiempo, práctica y aptitudes.

    – A partir de ahí, es fácil afirmar que un versículo no es un verso, porque un versículo no observa la pausa versal.

    – Un versículo solo termina su sentido por medio del signo de puntuación, por lo tanto, en el versículo no se puede hablar de encabalgamientos, puesto que se lee exactamente igual que la prosa.

    – Si un verso quiere terminar con una partícula átona, no resultará un verso sino un versículo.

    – El versículo se parece mucho al verso multimétrico (llamado libre), porque emplea o puede emplear el lenguaje literario con la misma profusión que en el caso del verso, por lo cual, está a caballo entre el verso y la prosa literaria. Del verso, la técnica literaria; de la prosa, su misma estructura formal que puede ser corta, media o larga, pero formalmente prosa.

    – El versículo es la forma del poema en la que prácticamente no existe ninguna norma, todo cabe, ahí caben todas las ocurrencias habidas y por haber.

    – Sin embargo, en el verso, se tienen que respetar unas premisas, lo cual no significa que no se pueda evolucionar, claro que sí, pero dentro de las normas, básicas; unas normas muy básicas, pero que bastan y sobran para desautorizar cualquier ocurrencia que se quiera hacer pasar por un verso.

    – El concepto de la escuela Alaire permite cualquier ocurrencia en el poema, para eso decimos que el versículo es poesía.

    – El versículo está para amparar aquellos poemas que se saltan las normas de la versificación.

    – El versículo es un seguro de vida para el verso y para toda la versificación.

     

     

    29 junio, 2017 • Asuntos de Taller, Revistas • Vistas: 0

  • Diferencias entre poema en prosa y prosa poética

    Autor: Rafel Calle

     

    Queridos amigos del foro Alaire:

    Lo primero que apunto es que la diferencia no está entre poesía y narrativa, por la sencilla razón de que la narrativa no es exclusiva de la prosa, es decir, existe el poema que narra tal y como puede hacerlo la prosa.

    La poesía no es antagónica de la prosa. Antagónicos son prosa y verso. El poema puede escribirse en verso y en prosa. La prosa no puede escribirse en verso.

    Una novela, una obra de teatro, un diálogo…, incluso, por poner un ejemplo extremo, un anuncio de prensa o televisión, a su vez, pueden ser poemas. Todo depende del lenguaje que se haya utilizado en cada caso. La poesía es el padre y la madre de la literatura, por consiguiente, es el cénit del lenguaje literario.

    Dentro de las más de trescientas figuras retóricas que forman el lenguaje literario, unas son más complejas que otras desde el punto de vista cognitivo. Los tropos, el tratamiento sinestésico, la polisemia, el simbolismo… pueden procurar una gran complejidad semántica, lo cual nos lleva a la dificultad de comprensión de lo leído, a diferencia de otros elementos que ayudan a la comprensión, por ejemplo, el símil, aforismo, anáfora, perífrasis, en general las figuras de dicción…; así que, con mucha frecuencia, cuando un texto se nos presente con la suficiente complejidad, no tendremos problemas para catalogarlo como poema. Las dudas vendrán cuando un texto se presente a base de un lenguaje que no tenga obstaculos para ser aprehendido, cuando el mensaje sea o parezca nítido desde el punto de vista literal.  Sin embargo, en todos los casos podemos hablar de poema. Es decir, el poema está por encima de la dificultad de ser comprendido desde la racionalidad. Sencillo o complejo, ambos pueden ser poemas.

    Se tiene que ir con mucho cuidado al utilizar el término “poético”. Poesía no es una escultura ni una pintura ni cualquier otro elemento que no pertenezca al lenguaje literario. La excepción está en la música. Obviamente, la poesía está casada con la música, basta con escuchar cualquier pieza de la música ligera y nos daremos cuenta de que las letras son poemas, de más o menos calidad, de más o menos rigor literario, pero conforman una especie de poema o pseudopoema donde se suele echar mano de los recursos más fáciles y/o más eficaces desde el punto de vista rítmico, cuales son las rimas, asonancias y, claro está, las anáforas (repeticiones continuas). Este asunto, viene a incidir en mi teoría de que actualmente se escucha más poesía que nunca; la poesía se lee muy poco, porque continuamente se está escuchando. Todo el mundo escucha canciones. Y sí, ese es el gran problema que tenemos los poetas que escribimos. Se me ocurre que lo único que podemos hacer es intentar escribir lo mejor que nos sea posible. Y ya veremos si cambian las modas.

    El poema en prosa, tanto si es narrativo, como si no, independientemente de su complejidad literario-semántica, solo se diferencia del poema en verso, en su estructura formal. El verso busca la estética y, deshaciéndola, se halla la prosa; eso es todo.

    La prosa poética no tiene nada que ver con el poema, si bien, esta clase de textos pueden albergar pasajes donde el lenguaje rítmico-literario aparezca tan profuso y/o complejo como en un poema, en general, se tratará de un lenguaje literario más sencillo, más aprehensible para el lector. Por otro lado, en la prosa poética, la eficacia rítmico-melódica de los campos sintáctico-semánticos, no es la misma que en el poema en prosa.

    Seguiremos, queridos colegas.

    Abrazos.

     

    29 junio, 2017 • Cartas Forales, Revistas • Vistas: 0

  • Miguel Hernández Gilabert

    MiguelHernandez

     

    Autor: Julio González Alonso

    Hizo 100 años, aquél de 2010, del nacimiento del poeta; 68 de su muerte en las cárceles franquistas, con 31 de edad. Y hoy perviven el hombre y el mito; pero, por encima de todo, su obra literaria.

    Del hombre y sus contradicciones sabemos los orígenes en Orihuela (Alicante), su formación en el espíritu católico conservador de las Escuelas del Ave María, también de sus estudios de bachillerato con los jesuitas, de disponer a su alcance de profesor particular cuando su padre, mirando bien por el negocio familiar, lo pone a trabajar como cabrero. Hombre extremadamente observador que  su estrecho contacto con la Naturaleza lo llevará al conocimiento minucioso de los nombres y características de toda clase de pájaros y otros animales y plantas. Inteligente y brillante en sus estudios y con ganas ilimitadas de saber y aprender. Será, en este sentido, ocasión para que le saque provecho a la extraña amistad con Ramón Sijé teniendo acceso a una bibliografía extensa, al igual que su relación con el controvertido Luís Almarcha que acabaría -una vez terminada la guerra civil- siendo obispo de León. Tanto Ramón como Almarcha eran de derechas, incluso se podría decir que de extrema derecha si atendemos a las veleidades ideológicas y políticas  predicadas y practicadas por Sijé: impulsar a la juventud a una actitud antiliberalista, poniendo como objetivo de la vida un orden moral basado en un concepto retrógrado de la decencia y animando a esa misma juventud a luchar contra los subversivos utilizando la violencia, haciendo uso de lo que en aquel entonces se conocía como el derecho de estaca. De Luís Almarcha qué decir si lo dejó morir en la cárcel. Él mismo escribió, confesando su remordimiento: Dicen que el tiempo lo borra todo y, a veces, lo único que hace es reavivar el fuego de los recuerdos con mayor fuerza para nuestro pesar. Almarcha es quien pagará la primera edición del poemario de Miguel titulado Perito en Lunas. Le consigue publicaciones en el periódico El Pueblo (Orihuela) que él mismo dirige  y Miguel le solicita algunas influencias para buscar trabajo en Madrid que no prosperarán. Pero cuando puede salvarle la vida, no lo hace.

    ¿Cómo un hombre como Miguel Hernández llega a un compromiso tan fuerte con las izquierdas después de haberse rodeado de estas amistades? Tal vez la respuesta, una respuesta posible, la encontremos en su natural inteligencia, por un lado, y por otro la apuesta por las libertades y el compromiso con el pueblo por un progreso social que él veía necesario y que adivinaba posible con el proyecto de la II República. Las amistades madrileñas, Antolaguirre, Rafael Alberti, Cernuda, Delia del Carril, María Zambrano, Vicente Aleixandre y, sobre todo, la influencia de Pablo Neruda, resultaron decisivas en el enfoque político de sus ideas y la asunción de su compromiso que dará comienzo nada más proclamarse  la II República al ser nombrado presidente de las recién constituidas Juventudes Socialistas de Orihuela. Participará de manera muy activa en las Misiones Pedagógicas de 1935 con M.Zambrano, la pintora Maruja Mallo, V. Aleixandre y el propio Pablo Neruda.  Más adelante, sorprendido y aterrorizado por el asesinato de Federico García Lorca en los primeros días de la sublevación militar del 36, se apunta al Partido Comunista y marcha al frente. Escribe Viento del Pueblo. También ha escrito la Elegía primera dedicada a F.García Lorca. A diferencia de la elegía a su amigo Ramón Sijé, escrita desde el remordimiento y el sentimiento de culpa por su alejamiento y práctico abandono de dicha amistad, ésta se escribe desde la admiración por la talla literaria de Lorca (admiración no correspondida, pues García Lorca no lo podía sufrir y evitaba a Miguel) y también desde el miedo por lo que significaba de amenaza para todos este crimen. Se casa por lo civil en 1937 con Josefina Manresa, hija de un guardia civil sublevado , y viaja a Rusia con una delegación cultural de la República. En aquel contexto escribe con fervor revolucionario versos exaltados sobre el país soviético, admirado por el adelanto de su industria. A su vuelta, cuando intenta huir a Portugal, es apresado por la guardia de frontera portuguesa y entregado a la guardia civil española. Es condenado a muerte. La presión desde el exterior promovida por Neruda, Cossío, Fray Justo Pérez de Urbel y Aleixandre, junto con la mediación de Luis Almarcha a petición del propio Miguel que confiaba en el obispo, harán que le sea conmutada la pena de muerte por la de 30 años de cárcel. Las condiciones impuestas por Almarcha a Miguel serán leoninas: 1.- Que se casara por la Iglesia. 2.- Retractarse públicamente de sus ideas políticas confesando su arrepentimiento y declarar que lo mejor para España era lo que estaba pasando porque era una regeneración moral para el país. 3.- Firmar algunos poemas que le dieron ya escritos, de carácter religioso y conservador y 4.- Renunciar a la publicación de Viento del Pueblo.

    Miguel Hernández se niega y comprendiendo que solamente pretenden instrumentalizarlo en  favor del Régimen franquista, repudia a la familia Almarcha. Únicamente accederá, más tarde y viéndose morir, a casarse por la Iglesia para no perjudicar más a su hijo y a su mujer, que había solicitado  la administración de un estanco como hija de guardia civil muerto en la contienda bélica.

    Miguel enferma. Solicita su traslado a Valencia para ser asistido en un hospital, pero su reclamación no será atendida y su precario estado de salud empeora, acelerándose su final. Muere en la cárcel de Alicante el 28 de marzo de 1942 afectado de tuberculosis. Nace el mito.

    Aún después de muerto, el obispo Almarcha lo perseguirá insistiendo a la viuda para que le entregue -según él para asegurar su custodia– la obra inédita de Miguel Hernández y la presiona, a su vez, para que renuncie a la publicación en  Argentina de Viento del Pueblo. Josefina ni renuncia ni  entregará nunca a Luís Almarcha los escritos inéditos de Miguel.

    Mito, hombre, poeta; ya para siempre estas tres características acompañarán su nombre y su memoria. A los 100 años de su nacimiento en 2010, 75 éste de 2017 de su muerte  abandonado a la suerte de la tuberculosis en el penal de Alicante, es de justicia reconocer su figura y la trascendencia de la obra literaria de un hombre honesto con su tiempo y consigo mismo, víctima de una España atormentada por el odio de la guerra y lo que la sobrevino, una crueldad sin parangón en una dictadura entregada a los excesos

    29 junio, 2017 • Poesía, literatura y arte, Revistas • Vistas: 0

  • Con Bukowski y contra Bukowski

    Malowski

    Autores: Cristóbal Loriente y Pablo Ibáñez

    Con Bukowski, por Cristóbal Loriente.

     

    Estimados compañeros:

     

    Los poemas de Charles comienzan con una imagen:

    unas tetas adolescentes o un culo en vaquero bien ajustado,

    o un incendio en una biblioteca,

    o una rata en el pecho de un mendigo,

    o un gato cojeando y medio muerto.

     

    Los poemas de Bukowski son una escalera de imágenes que

    reflejan la catástrofe personal de seres abominables,

    como el tuerto que soba los cuadernos de una niña;

    el loco que recoge flores de un jardín ajeno,

    o el sepulturero resacoso que escupe encima del

    ataúd.

     

    Los poemas de Bukowski me incitan a beber sin contemplaciones,

    sin remordimientos de conciencia, sin ratas en el

    corazón;

    empino el codo y me toco la polla,

    -qué gusto, Charles-,

    no serás un buen poeta,

    pero cómo me ayudas

    a vivir.

     

    “El whiskey es la sangre de los débiles”, escribiste.

     

    En fin, los poemas de Bukowski pusieron a mi polla

    en pie de guerra.

     

    Qué más le puedo pedir a un puto poeta.

     

     

    Contra Bukowski, por Pablo Ibáñez

     

    No me gusta la poesía de Charles Bukowski. No me emociona, no me ayuda a vivir, no me divierte, no me inspira nada bueno (ni malo), no me interesa. Me aburre. Me aburre soberanamente su ortodoxia sucio-realista. Es como un macarra de discoteca: aburre, siempre tiene que ser el que más bebe, el que más putas conoce, el que más tacos dice, el mayor fracasado, el que más escandaliza. Me aburre la tramposa glorificación del fracaso urbano, década tras década, siempre el mismo rollo. Me aburre la academia de la contracultura bukowskiana, su rigidez minimalista, su insípida sobriedad.

    “El whiskey es la sangre de los débiles”

    Me parece una metáfora mediocre, gastada y rancia. Y cursi.

    29 junio, 2017 • Poesía, literatura y arte, Revistas • Vistas: 0

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