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  • La callejuelas dormidas

    calles mojadas

    Autora: Marisa Peral

     

    Por calles donde la luz se filtra vergonzosa, quizás, de vez en cuando, contaré algún que otro gajo de naranjas prendido en los aleros y balcones de los que cuelgan rastras coloradas de pimientos entre burdas y nobles ropas de trabajo. Son esos lugares apacibles donde curiosas y tímidas ancianas juegan a la brisca sentadas junto a los portones, con una niebla de leña y olor a guiso recio flotando en el ambiente.

    ¡Es un ritual reconfortante el contemplar antiguas celosías y adivinar que, tras el gastado apresto de los encajes, hay ojos inocentes que nos siguen! O presentir, tras las enmohecidas cancelas, patios que son pequeños reinos en los que siempre mandan los rosales para entregar una rosa distinta cada día: las más perfumadas y erguidas, las que resplandecían casi con luz propia o las relegadas, cubiertas con suaves telarañas.

    En el letargo silencioso de las siestas era el aire tan dulce que se saboreaba hasta el cansancio con la apacible necesidad de los conversos. Entre claroscuros jugaban las manos con sombras chinescas y un zumbido de moscas nos recordaba que había llagado la hora de la merienda: ¡limonada con masitas francesas horneadas!

    A veces, cuando la tarde no tiene apenas resplandores, nos sorprendía el viento de poniente. Es como si los visillos se rebelasen detrás de los cristales emplomados. De pronto las calles se colmaban de lluvia. Una lluvia caliente y vaporosa con un susurro placentero y decoroso que le daba al ambiente una tibieza de crepúsculo, la paciencia del remanso, la claridad sumisa del río cotidiano. Y al pasar la borrasca me enseñaron las calles ese fulgor que se volvía espacio y la vida volvía a sus portones y ventanas.

    No he nacido yo para moverme en lujosas avenidas, sino en las callejuelas quietas y sombrías con caminitos y recodos donde también es posible descubrir una estrella.

    30 junio, 2017 • Relato, Revistas • Vistas: 0

  • Número 7

    autobus 7

    Autor: Allen Rambó

    Es buena hora para montarse en el autobús. No es ni tarde ni pronto. Sino la hora del autobús. El número 7. Siempre que lo espero me invade una infantil alegría de victoria. Como el que va a un zoo por primera vez. Tantas especies, tantos animales, tanta crueldad encerrada en una gran jaula con ruedas. Sólo estamos 2 personas esperándolo. Una señora sin rostro, como el que nunca ha visto un atardecer o ha subido una montaña, y yo. Pero eso me da igual. Ella no es quien quiero ver. Lo quiero a él. O a ella. Es como un ángel, sin sexo ni memoria. Y por fin, grandilocuente y puro, llega la gran bestia tallada en acero y aluminio. Se balancea con su ópera de gruñidos y humo negro. Se arrodilla ante mí, sumiso, como pidiéndome por favor que pruebe su esencia de todos los días. El conductor no es partícipe de esta historia. Siempre los he odiado. Intentan amansar a una fiera salvaje de por sí. Pago y entro. No está lleno, pero tampoco está vacío. Unos cuantos escolares con sus retráctiles uniformes, una anciana con la fatal etiqueta de la muerte y la chica pelirroja con lo efímero tatuado en sus ojos. Podría pasarme días hablando de ella. Pero esto no es un poema. Ni un cuadro. Me limitaré a observarla como se hace en los zoos. Me siento en el asiento más próximo al motor de esta máquina, quiero sentir su corazón incoloro. Puede que lo haga como un recuerdo de cuando yo te sentía a ti y tú a mí. O puede que no. Puede que solo sea un último intento de ver que hay alguien vivo. Me siento un superviviente de una gran peste que busca, sin remedio, el inútil roce de lo humano. Hoy solo lo sentiré 2 paradas. Echo un vistazo (esta vez más profundo) de las especies y de la crueldad que escode su gran alma mecánica. Los escolares parece que ya no están. No lo sé, no me interesan. La mujer con la etiqueta de la muerte puede que ya haya muerto. No me importa. La señora que se ha subido conmigo salió volando. Tal vez. Pero la chica. Yo quería buscar a la chica pelirroja. Sólo para buscar un hálito de ti. O si no para buscarte a ti, en unos ojos sin quiebros ni maniobras raras. Unos ojos vírgenes. ¿Es eso lo que buscaré en las mujeres que vea en el autobús el resto de mi vida? No lo sé. Me gusta pensar que tú estás en todas ellas. Sigo sin encontrarla. Los asientos, las ventanas, la música de mis cascos me dicen que nunca existió. Prefiero pensar que ahora es ceniza. Así podré seguir buscándote en los ojos de todas las chicas que vea en el autobús. Pero eso será mañana. Ahora tengo que bajarme y dejar que su carrocería arda. Sé que todos los días, a la hora del autobús, vendrás para desnudar todos tus pasajeros. Y otro día más, sé que me brindarás unos ojos en los que poder buscarla.
    “¿A qué hora pasa el número 7?”

    30 junio, 2017 • Relato, Revistas • Vistas: 0

  • El anciano en la sala de música

    anciano

    Autor: Óscar Distéfano

    La conversación quedó cortada como por una filosa guadaña invisible; y las palabras, las últimas que se pronunciaron, heridas en la abierta garganta, salpicaron deletreadas el espacio para ir perdiéndose como un eco de estupor con el humo de los cigarrillos. El sudoroso olor de los jóvenes en aquella tarde de tórrido verano, contribuían también, al acre olor que despedía el ambiente.

    Las miradas quedaron paralizadas, los ojos derrotados como astros caídos de sus órbitas, las bocas semiabiertas, en el silencio agobiante que se produjo.

    Hasta los Beatles parecieron titubear en aquel pasaje de “Lady Madonna”, cuando la silueta del anciano apareció entrecortada por la hoja de la puerta.

    Frente a la intermitente fuerza del ventilador, la otra hoja fue abriéndose lentamente, desprendiendo un gemido cansado y sin final. Y se vieron los ojos del viejo hombre aparecido, más azules que el cielo, más cansados que el de Cristo en el Gólgota. Era su apariencia la de un gladiador vencido, agonizando sobre las arenas, que buscaba revertir la incoherencia del orden existencial.

    El cuerpo de hombros caídos y de piernas dobladas sobre sus rodillas, soportaba estoico el viejo traje de hilo color marrón desteñido que probablemente lo había utilizado por última vez veinte o treinta años atrás; y que hoy, luego de haberlo meditado mucho tiempo (de lo cual disponía en su monótona existencia), luego de haber madurado la idea durante meses, decidió ponérselo. Y probablemente, también, para expresar en aquel último lenguaje disponible, el deseo de recuperación de su latir humano. No era un pedido demente que exigía el título de Napoleón, sino el grito del alma en el cuerpo derruido, el clamoroso gemido del hombre enfermo, del hombre marginado en la senectud que, dolorosa e injustamente, era empujado hacia el abismo de la soledad y el abandono.

    Nadie pudo soportar el estrujo de aquella presencia, de aquella cabeza canosa casi pelada, de aquellas manos temblorosas y arrugadas, de aquel rostro enjuto y triste que expresaba décadas de sol y lluvias, de risas, llantos, odios y pasiones definitivamente idos. Ninguno tuvo el coraje de sostener la mirada. Todos bajaban los ojos hacia las frías baldosas, y el más sensible se cubría el rostro disimuladamente con los brazos.

    Un cigarrillo iba quemándose entre los dedos inmóviles.

    Terminó la música en el tocadiscos automático, y ello sumió a los hombres en un silencio insoportable. Se oía, tan sólo, el aullido lejano de un perro callejero. Se hacía difícil hasta respirar. Algunos detenían momentáneamente el ritmo de sus respiraciones, por temor a los resoplidos.
    A pesar del trabajo persistente del ventilador, los jóvenes sudaban copiosamente. Los sudores se deslizaban en los rostros, por las mejillas, y nadie se atrevía a secárselos.

    Luego, cuando todo inducía a pensar que el ambiente iría a estallar en cualquier momento, se escuchó como un débil quejido que parecía nacer de la entraña misma de la tierra. Entonces, las miradas se alzaron, tal vez animadas en que todas las hicieran juntas, y vieron que unos inseguros dedos trataban de enjugar las lágrimas que se desprendían del mismo cielo. Las pupilas acuosas parecían mundos que sangraban transparentes. Fuera de toda duda, se advertía que aquellas retinas seguían imprimiendo las imágenes de muchachos vigorosos, con sus torsos desnudos, escuchando música; la guitarra descansando sobre un sofá; los vasos, el humo, los pósteres de grupos de rock famosos pegados en la pared, los libros en la pequeña biblioteca; es decir, la imagen del desparpajo de la juventud. Tal vez esos ojos veían ya, no ese momento, sino el suyo propio, el de sus veinte años, el de su propia juventud para siempre perdida.

    Todo fue doloroso y patético.

    Cuando uno de los jóvenes –el dueño de casa- se levantó y dijo: “-¿qué haces aquí, papá? Vamos, te llevo de regreso a tu cuarto”, los otros quedaron perturbados y paradójicamente aliviados por la visión de aquella figura humana en decadencia que se alejaba.
    Uno de los jóvenes, el que siempre ensayaba pensamientos filosóficos, murmuró: “La vida es un relámpago en el tiempo eterno”.

    30 junio, 2017 • Relato, Revistas • Vistas: 0

  • Los amoríos de Doña María del Real y Don Gabriel Mendieta

    Autora: Marisa Peral

    Cuentan las viejas leyendas que Doña María del Real fue presa del mal de  amores y que, debido al abandono que sufría por parte de su amado D. Gabino, cedió al acoso de un insigne y apuesto caballero que, procedente de las tierras de ultramar, se asentó en la ciudad malacitana.

    Doña María se enamoró perdidamente de Don Gabriel Mendieta y en sus ardores escribió un único e inédito soneto que, pese a la casualidad del diminutivo utilizado, no quiso dejar en manos de nadie que pudiera descubrir su infidelidad. La depositaria de este documento fue una gitana; Dolores “La Dormilona” llamada así por su gesto somnoliento que atribuían al humo del cigarro que pendía permanentemente de la comisura de su desdentada boca, a la que acudía Doña María para que la echase las cartas con el fin de saber lo que le deparaba el futuro y averiguar los deslices de su, antes, bien amado Don Gabino. Al morir “La Dormilona” su cueva fue saqueada por su prole y el soneto, junto a otros documentos, que creyeron sin valor, fue vendido como papel al peso para sacar unos cuantos reales. Un viejo librero, sabedor de que encontraría auténticas joyas escondidas, visitaba a esos compradores de papel y encontró el susodicho soneto que, años más tarde y tras arduas investigaciones, supo de quién procedía y a quién fue dedicado.

    Ante la imposibilidad del chantaje, pues Doña María ya era una anciana y sus amantes habían fallecido, el librero decidió publicarlo en el noticiero local con el consiguiente escándalo para la egregia familia de Doña María.

    Se hace mención a que, debido al estado de enamoramiento de Doña María del Real, este soneto podría llamarse “enajenado” o, quizá, “dislocado”, incluso podría llamarse “irreverente” pues ni es endecasílabo ni alejandrino ni inglés ni caudato, ni siquiera es un soneto reversible, y no fue capaz de escribir un soneto “poliginio” Ni siquiera respetó el orden lógico de los sonetos.
    Una auténtica joya que nadie ha sido capaz de catalogar a pesar de que algunos de sus versos, alguna vez, riman.

     

    SONETO DEL AMOR INCOMPRENDIDO

    Si al llegar al punto del encuentro
    observáis en mi rostro un arrebato
    no lo tengáis en cuenta, seguid el rastro,

    es tan sólo un disimulo timorato
    y yo os haré pasar tan buenos ratos
    que olvidaréis del mundo su maltrato.

    Rendida y enamorada de vuestra gran elocuencia
    me tenéis a vuestros pies sin paliativos ni antojos
    amadme sin compasión, más sin espinas ni abrojos
    que yo os daré dulce miel para colmar la impaciencia.

    Hoy os debo confesar, Gabi de los bellos ojos,
    que a pesar de mis enojos por vuestra cruel insistencia
    mi cuerpo es débil, señor, y no soporta abstinencia
    en consecuencia, mi amor, esperadme en los matojos.

    Gabi de mis amores, ardo en deseo
    en unas pocas horas os poseo.

    Vuestra en cuerpo, y también en alma.

     

    30 junio, 2017 • Artículos, Revistas • Vistas: 0

  • Poemas

    Selección de poemas del foro Alaire, por Víctor Mallada y Armilo Brotón

    poemas

    En tus manos 

    Manuel Alonso    

     

    En tus manos,
    por culpa de la nieve,
    un pájaro se posa en una sílaba,
    que no cuenta,
    y entran y se cuelgan,
    como peces brillantes
    los amores más extraños.
    Ángeles huérfanos,
    como bestias hermosas,
    de la mano del amor.
    Cómplices de un invierno,
    muy parecido a un niño.
    Y fiel a su propio espíritu,
    el último suida.
    En tus manos diáfanas, sobreseídas,
    por dinero negro y olvido.

     

     

    La epístola de Sabina

    E.R. Aristy

     

    Según se revelaron los hechos,
    yo, Sabina, una analfabeta,
    poseía – en parte- y en completa colaboración,
    una Biblia, un par de chancletas,
    y los pantis de la vergüenza,
    por si acaso, el diablo tiente,
    y me llevan de emergencia
    a la mano de un doctor.
    ¡ Guay mi mai! Era 1965 cuando los yanqui
    probaron los dulces de Lucinda,
    con la culata de un rifle
    quebraron la vitrina,
    y se ñampiaron- por lo meno- cuatro libra
    de bolas de tamarindo.
    Sabina bien callaíta,
    me colé patio atrá,
    y encontrándono con Rosanita,
    no abrazamo a cantar.
    Las balas sonaban cerca,
    y olía a goma quemá
    !jaleluya! Dio é bueno,
    del mandil manchao
    saqué mi libro santo,
    ¡Jaleluya, Dio é bueno!
    esta ve no fue la niña,
    Sabina fijó los ojo
    en el libro de corintio,
    y leí toíta la letras,
    ¡Jaleluya, Dio é bueno!
    como to una maetra.

     

     

    Frío

    Armilo Brotón

     

    Es verdad que los ojos de viejo
    lloran un palomar helado
    alumbre
    que disuelve la córnea hasta los pies
    dolorosa búsqueda del color
    que el tiempo roba.
    En esa textura de vidrio
    escucho
    se deslizan las palabras
    son arados
    mientras el pensamiento
    abre las venas que el invierno atora
    en un ictus asesino.
    Una taberna abriga
    el viejo llora un relámpago
    que recorre mi cuerpo
    tiene ganas de vivir
    sus manos tiemblan
    su voz se entrecorta.
    ¡Como no vengas me voy!
    Mi mano en su hombro.
    ¿Dónde viejo
    dónde fueron tus aperos
    de sólida muleta enamorada?
    En la herrumbre del vino
    en la esquina de la mesa
    cuando el decanter
    posó un rumor ácido de madrugada
    cuando eran las tres
    y todo sabía a dios
    cuando dos miradas apuntaban
    al cono sur de barlovento
    observando emocionadas
    cómo queda impreso el pasado
    en el mármol líquido
    de un leve y preciso instante.

     

    El tiempo es más terco que los mitos

    Rafel Calle

     

    Conozco dos maneras de juzgarme,
    reírme de mi suerte o llorar hombre abajo.
    Atisbo las virtudes temerarias de un anticiclón
    que, si bien, como todas mis bonanzas, sé que solo está de paso,
    me seduce el carmín de la sangre cansina,
    es un pulso de paz, un preludio afectado
    de antiguallas románticas y modernos equívocos
    en los trémolos hitos del pasado.
    Parece reclamar que acaben mis desganas,
    me pide aventurarnos en la vitalidad de los sentidos;
    dice que el tacto de la vida a veces nos engaña
    por más que decidamos vivir a flor de piel,
    menciona las cosas por sentir que aún siguen intactas,
    el armazón de sueños, la luna de papel,
    la rebelión de las entrañas,
    el aroma de la luz
    de un astro diligente en la evocación del alba.
    Sí, me asegura que todo es veraz, como el vasto vigor
    que sucede en un efluvio de corazones y sábanas.
    Y, yo, sin poder remediarlo, aún temo transmitir las sensaciones de un castillo de arena en la orilla de un azar implacable, bajo un sol de justicia, cuando azuzan las olas y los miedos ancestrales que se muestran sumisos con las almenas informes, las alturas en vilo, los muros sin rigor, deteriorados, o bien, ya derruidos sobre la base que soporta el peso de la tierra, en la gravedad de saber que de tierra es el destino.

     

    Y, sí, el tiempo es más terco que los mitos.

     

     

    Noches de luna llena

    Ramón Carballal

     

    Siempre a la espera de un quizá.

    Esta noche invita la palabra a ser comedia azul,
    brillos de copas, melancolía, faros de neón
    en autos incombustibles…
    Y el camino, el paso como gimnasia rota
    con la sed de los rótulos
    parpadeando en la risa.
    No había un nombre que decir,
    tampoco un cuerpo
    o su refractaria exactitud.
    Era demasiado pronto para el olvido,
    demasiada la luz del artificio
    para que el reloj no inventara
    una historia.
    El látigo de un verbo me indica el sol ausente,
    la salida hacia el claror de la luna sólita.
    Somos tres las pieles sin sombra,
    tu miras,
    yo miro
    ella mira
    el oscuro pozo de los ventanales,
    los pájaros del parque callan
    como músculos de piedra.
    Así comenzará el sueño de una primavera virgen,
    su largo talle, sus medias negras,
    el color impertinente de sus vestidos.
    En la mágica deriva de mi juventud,
    caen los fuegos fatuos igual que luces de mar.
    Hombre de agua soy,
    náufrago o capitán de un barco errante
    ya ido.

     

    La casa del mar

    Javier Dicenzo

     

    Hay una casa en el mar lleno de fantasmas
    mientras el cielo gira en sus dolencias;
    Un fuego alto que el universo
    Quema en cada segundo de los latidos
    Aquellos que fugaron las madrugadas.
    En la casa del mar existen maldiciones
    Potencias que buscan milagros del anochecer.
    Las voces de la soledad van hacia el sur
    Las islas y los imposibles se resguardan
    en la casa hay sangre de dioses inmortales
    de fugitivos días que nunca serán.
    Irrumpen las paredes y espejos
    esas diminutas partículas de sol
    han aparecido imágenes en sus lugares.
    Dicen en las leyendas
    que los relojes tocan los inviernos,
    que esa casa anuncia el Apocalipsis,
    que las bocas nunca fueron siete,
    que nada existe en su alma de casa.
    He decidido siendo un hombre
    ir hacia esas latitudes
    donde lo misterioso ocupa cada lugar.
    A pesar de los dioses
    desisto un destino en esa mansión
    la casa del mar es tenebrosa
    por eso no buscaré mas al viento
    ni el guía que me lleve a esa soledad.
    Ignoro si alguna cruz de mediodía
    padece los fantasmas de la casa de azul.
    Recorreré unas millas hasta la lancha
    crujiré un poco para disimular mi estado
    sobre la historia predicha.
    Esa casa padece un quejido de pájaros suicidas
    es por eso que maldije mi guarida
    es por eso queescribo versos de Baudelaire;
    no puedo contra la incógnita
    de revivir cada día en ese sitio oscuro
    donde las lombrices van y acechan las hendijas.
    Tirados están los murciélagos
    tras la isla perdida en medio de la noche
    los búhos blancos van al campanario.
    Sé muy bien que hace poco el viento
    soplaba la bandera roja de la casa del mar,
    que unas miradas cruzaron el descampado
    que los gritos se escuchaban
    hacia unos espejos
    que reflejaron otro mundo de visiones
    Imposibles de rescatar en el viento.
    Aún así tengo temor
    de nombrar
    la casa del mar sin que se me hiele la sangre.
    Al tomar esta copa de vino en esta habitación
    la espera es otra cosa que no existe allá
    en la casa.
    ( Los colmillos blancos están colgados en una habitación de la casa del mar)

     

     

    Navegando

    Óscar Distéfano

     

    No es el rumbo calculado,
    no es el pilotaje que imprime a la apatía
    la emoción de avistar la lumbre
    creciendo en lontananza.
    Ni los asomos pueblan
    estas horas de duro sol
    donde el céfiro calla inerte
    al garete de nuestras ambiciones.
    Es viva la inquietud,
    es penoso el naufragio
    en la tarea inútil de medir distancias.
    Debería volver
    al punto de partida
    para ajustar los matices del sueño.
    La travesía espera de las nubes
    oráculo de buena singladura:
    vuelos de pájaros,
    el resplandor creciente y la esperanza ciega
    del puerto de jamás llegada.

     

    Ahora

    F. Enrique

     

    You will tell me you love me

    Tonight at noon

    (Adrian Henri)

     

    Tú me dirás que me amas
    esta noche al mediodía.
    Ahora, detenidos en ese murmullo del mar de nuestra vida
    que nos trae los años lejanos que no vuelven a la playa,
    sin poder descifrar la noche que tuvimos
    la primera vez que nos colmamos de besos
    sin pausa, sin cadena.
    Ahora que se nos fue aquel bandolero insolente
    que el niño de la Cuesta imitaba
    con gritos y un caballo imaginario,
    sin aquel edificio sin futuro que nos ocultaba a los ojos de los otros
    cuando se abría tu falda y mis dedos retaban
    los botones de tu blusa,
    sin aquella farola donde leíste
    la declaración de amor que se me pierde
    en la espesura de las rimas,
    sin aquel brillo extraño que descubrí en tus ojos
    y aún tiembla en cada estrella.
    Ahora que la tarde se cierra con los barcos
    que pasan por los sueños en busca de otros mares,
    que los contrabandistas cenan con políticos, banqueros,
    mientras hay abogados que limpian expedientes
    y algunos comerciantes que extienden sus alfombras
    mientras Dios cambia su rostro un poco más cada noche.
    Ahora que la avenida ya no nos reconoce y el alma se estremece
    buscando la juventud que se nos fue con un billete de ida
    sin fecha y sin retorno.
    Ahora que ansío decirte nuevamente que te amo
    como aquellos que soñaban “esta noche al mediodía”,
    decirte que te quiero otra vez en las aceras de tu calle
    como si la palabra, la nube y el deseo
    no se hubieran marchado con los vientos del sur
    sin decirnos adiós, sin hacer la maleta,
    como si el corazón de aquella adolescente con tu nombre en el pecho
    volviera a visitarme y se quedara
    y yo no estuviera en el alambre persiguiendo la luna que quisiste
    como un gato que llora trastornado,
    sin red y sin confianza.

     

    Días

    Marius Gabureanu

     

    Algunos domingos son como romances de entierro
    susurrados por el sordo ente de las campanas.
    Entonces venero la obscenidad del mismo refugio
    como un alma de caracol.
    Algunos sábados son un espasmo dilatado,
    un ocaso acuchillado por garzas.
    Es cuando me siento libre de todos los crímenes
    y mastico el musgo de lamento
    crecido sobre la mueca de la nada.
    Algunos viernes el aire se inquieta
    y vomita más sombras de lo que merezco.
    Y me destierro del pasado, me arranco los cuerpos
    de la telaraña del credo, me vuelvo ateo de mi mismo.
    Algunos jueves llueve y el universo parece que se resume a llover.
    Entonces padezco de lluvia y de lenguas de albatros naufragado.
    Algunos miércoles son el soplo ácido de las primaveras del veneno
    y uno se adhiere al trance de escalofríos,
    uno cree que la salvación es cosa de bruja.
    Algunos martes son el miedo silencioso
    sin gatos y sin calles que olvidar,
    como el galope de las amebas.
    Algunos lunes son esqueletos de domingo
    y un duelo de murciélagos
    advierte que el tiempo devora al tiempo.

     

     

    Papel

    Julio González Alonso

     

    Papel impoluto. El tiempo en los relojes
    y los calendarios sin fechas.
    La mañana es oscura habitación,
    tintero gigantesco que se tragará el día.
    Será el tiempo
    la pluma que escriba la historia en el blanco
    de la memoria; tinta amarga de escritura
    sobre el papel luminoso y la llegada de la muerte,
    alba del último día, última sonrisa,
    fecha última,
    lápida
    de la vida.

     

    Canción virgen

    Hallie Hernández Alfaro

     

    Líbame Hombre,
    afloja el nudo de mi pecho,
    alarga el blanco solsticio
    con este gemido que hace espuma del sí;
    no pares de moldear adagios
    o de hacer música para la sed.
    Líbame Incendio,
    carbonero blues que me consume;
    las horas tardan un abril o más,
    la noche empeña su ardor en los costados
    y el frío ya no tiembla
    ha corrido el verso en la panacea de tus dedos.
    Líbame Amor,
    que nadie
    ha sido antes que tú.

     

    Surf

    Luis M.

     

    Venías con una flor salada en la cara
    y aquella mochila,
    presumida y amaestrada,
    devoto apéndice y jovial
    guardaespaldas de tus andares.

    Y ese océano ineludible
    de tus ojos
    que traía al mismo sol
    bajo su mando,
    derritiendo mi ultra estudiado/insolvente
    guión diario,

    …remolino estelar que desencajaba
    y al segundo se tragaba
    de un solo bocado
    la horma de mis tan trabajadas
    seguridades de tiza
    y cristal caramelizado.

    Venías con un centro comercial
    de feromonas
    emboscando a la estruendosa
    y babeante nidada adolescente
    con la hisca de tus brillos
    y no transparencias afiladas,
    venenosas,
    subrayando a pincel
    esa rima prolífica
    que era tu cuerpo de diosa
    juvenil.

    Solíamos surfear en las orillas
    de aquel instituto,
    para envidias insanas
    de fantasmales y multiclonados
    transeúntes,
    desalados y unicolor.

    Aquella primavera, cuando tú,
    con esa playa en tus labios,
    aliviabas mis prematuras arcadas
    existenciales.
    Entonces espolvoreabas
    tu adictiva y candente seda
    sobre mis alas de zángano azul.
    Alguna vez, también, te llovías
    a mi espalda;
    entonces yo moría varias veces
    (hasta la siguiente cita)
    en un interminable invierno
    de veinticuatro horas.

    Intuíamos el frágil desequilibrio
    de aquellos días
    entre ecuaciones de pétalos impares,
    gramáticas furtivas y silenciosas,
    maremotos familiares
    y otros arrecifes inevitables
    de la edad.

    ¡Cuánto surfeábamos
    en esas tardes de lunas rosas
    que aceleraban mis arterias
    e insuflaban sus palpitantes
    atolones emergentes!.

    ¡Cuánto confluían en mi estómago
    aquellos puertos nocturnos
    y sus tormentas de mariposas carnívoras,
    desinventando los relojes
    tras los inflamables poros
    de nuestro inverosímil reino
    de cera, salumbres y miel.

    Luego volvió el frío.
    Y yo ya solo podía ver
    una aleta de tiburón
    rondando la sopa
    a la hora de la cena,
    una boca de cocodrilo
    dibujada en tus labios,
    que ya no me veían;
    y junto al viejo y seco
    acantilado de hormigón,
    y aquel último rayo de sol
    hincándose en mi pecho,
    me regresaban aquellas náuseas
    de escolar en su primer día
    de colegio.

    Y las olas se desinflaban
    al tiempo de mi risa.
    La playa me gruñía.
    Y otra vez volvía a mi esencia,
    a mi versión original
    de náufrago,
    …o de común -y eterna-
    sardina gris,
    orbitando a coletazos
    entre el tráfico ciego y hambriento
    de la desencantada
    y mate ciudad

    sin mar.

     

    Servilleta de papel

    Roberto López

    A partir de la tercera copa,
    el jardín parecía ubicarse en sus palabras,
    el eco de su voz era quien levantaba muros
    y dibujaba callejones en la noche.
    Magia condensada en pequeñas ampollas,
    el amor como trasunto literario
    discurre en ondas de complicidad
    universalmente aceptadas.
    Abrir, cerrar, trazar rayas y dibujos
    en un panel que simula la noche primordial,
    algo así como si fuéramos los artistas de Nazca,
    los demiurgos de Rapa Nui
    o los Magos de Oriente.
    En medio de los ruidos de siempre,
    los conocidos ruidos que nos erigen y nos crean
    como monstruos, carne consciente,
    en medio -digo- del taller de Penélope,
    que teje y deshace desmenuzando el tiempo de la espera,
    un sutil len de la memoria despechada
    cruza veloz la noche de mi mente acallada,
    abandonado el sebo del ayer,
    la estridente minucia de la herida que otrora ardió en mis venas,
    la delicada red que intuyó un mundo inabarcable
    en la imposible superficie de una servilleta de papel.

     

    Back to Black

    Pablo Ibáñez

     

    Tú vuelves a ella y yo vuelvo a lo negro. 
    Amy Winehouse, Back to Black

     

    Ese César que obscenamente arenga
    sus legiones en víspera de muerte
    desdeña la templanza que hace fuerte,
    la ingrávida quietud que amor devenga.
    El miedo es su razón. Tal vez obtenga
    corona de laureles, roce inerte
    de algún esclavo griego que liberte,
    mas no brillar de ojos que sostenga.

    Tú tampoco dejabas prisionero
    detrás de tu dolor de poetisa;
    tu victimismo dandy era tu acero.

    Es fácil no escuchar si hay parapeto:
    tú vuelves a tu prosa blanca y lisa
    y yo retorno al negro y al soneto.

     

    A sensación

    J.J.M. Ferreiro

    Para crealo todo de novo,
    acantoade o ollo, transgredide
    sangrando a cicatriz do un.
    O mar caeu do ceo.
    A Terra ergueuse dos infernos.
    O home,
    a traxedia e a sensación;
    o vermello da cor, a turbación da imaxe.

    Na pantalla nocturna
    está detido
    o retrinco dun lóstrego.
    Descansa gozoso en se mesmo.

    Versión en castellano:

    Para crearlo todo de nuevo,
    aislad el ojo, transgredid
    desangrando la cicatriz de lo uno.
    El mar cayó del cielo.
    La Tierra se encumbró de los infiernos.
    El hombre,
    la sensación y la tragedia;
    el rojo del color, la emoción de la imagen.

    En la esfera nocturna
    está paralizado
    el jirón de un relámpago.
    Descansa gozoso en sí mismo.

     

    Way Tuli

    Víctor Mallada

     

    Way tuli, way tuli, los niños cantaban
    mientras se mofaban de uno que estaba sin circuncidar
    él era mestizo de blanco y nativa
    wai tuli escuchaba con sorna encendida
    y sólo quería ser como los otros
    un niño normal.

    Un día de junio, con unos amigos
    se fueron al río cercano a bañarse.

    Estuvieron un rato bien largo jugando
    en el agua, saltando desde un cocotero
    y cuando ya estaba medio tiritando,
    el miembro bien recogidito,
    mascando las hojas de una guayaba
    apoyado el prepucio en un tocho cercano
    de un golpe certero de un palo
    sobre una navaja de las de afeitar
    le hicieron el corte que le confería
    ser adolescente como los demás.

    El mismo escupió las hojas masticadas
    sobre aquella herida y en aquel lugar
    se vendó temblando, mordiendo la rabia
    porque le esperaban unos cuantos días
    de andar más despacio, curarse la herida con mucho cuidado
    y poner todo el tacto del mundo para miccionar.

    Pero ya podía ser uno de tantos,
    sentirse orgulloso por haber cruzado
    la verja dificil de la adolescencia
    con la frente inhiesta
    y ya, sin prepucio, enfrentarse a la vida
    sin tener que escuchar con despecho
    las voces que un día cantaran way tuli, way tuli…
    pues era valiente curtido en dolores…
    tan sólo un muchacho…
    como los demás.

     

    Animal palabra

    Rosa Marzal

     

    Un silencio rojo
    te precede.
    Te preceden
    el aullido de perros
    que husmean un rastro de abismo
    en la opacidad de los silencios,
    y bendicen
    la infancia de tus lágrimas.

    Vistes de largo
    las torres de papel
    que me refugian
    de la jauría del tiempo.
    Aligeras
    mi equipaje de tumbas.
    Apareces,
    repentina,
    desnuda..
    profunda.
    Sola en el grito
    de ese látigo
    que viola
    la estación de las esperas.

    -Rugido
    de animal- palabra
    enaltecido por el fango de mis vísceras-

    Centellean las alas de un cometa
    sobre el escaparate del poema
    y las avispas de una muerte lenta
    hieren el candor de la luz
    cuando zumba el barro de tu aura
    en los altares raídos
    de un recuerdo.

    Solsticio de noche
    bajo ubres de llanto.
    Verbos-espada
    desarmando pretéritos;
    palomas de sangre
    sobrevolando un beso suicida
    florecido en el magma de la duda.

    Yo,
    guardiana de los guarismos de tu alma,
    mantengo encendido
    el fuego de tu hálito sagrado.

    Te retengo
    en el barbecho de mi hipocondría.

     

    La penúltima partida

    Gerardo Mont

     

    Oteando
    los yoes que me endosan los cincuenta,
    navegando las lluvias
    del paraguas,las estelas de Machado,
    encalla esta rancia humanidad
    en boga… Cosas del poeta.

    Y un bombín a lo Magritte robo a Sabina
    y discurro en sobriedades con tarjeta:
    del negocio de mi vida
    con fondos del estado;
    de la arcilla de una culpa
    pagada por mis deudos;
    de los miedos recontando en códigos actuales,
    resumiendo las distancias
    en ópticas de fibra… Es lo mismo aquí que allá,
    sin especias de Las Indias.

    Y por si acaso caen otras manzanas
    y alguna Eva se deshoja en la webcam,
    entre los hombres rezagados en mis cómics,
    deidades del flash drive invoco del bolsillo.
    ¡Qué es suficiente computar peces y panes!

    Arreboles de neón en el turbión de la avenida,
    van pactando mis mareas en los cuerpos aledaños,
    a las puertas y a ventanas ataviadas de sus fobias,
    a la afonía de las teclas,
    a esos vértigos de esquinas.

    Y hago el amor en cielos escarchados de botellas
    con mensajes que quizás nadie recoja;
    y hago del vocablo, ritos
    entre dientes, repujando en las piedras
    ojivas para email;
    ajustando estos dioses que soy
    y me vomitan .

    ¿Y quién calzará mis pies de golondrinas?
    ¿Y quién sembrará mi grano de mostaza?
    ¿Por la turbación del puente, se devuelve el agua
    a los cántaros ilesos?

    Googleo en las voces del follaje
    y en las verdades de los álamos umbríos,
    el verbo en el reverso de la historia,
    entre la savia de las fuentes primigenias
    y esta orilla, me rescribe.

    Y en el mármol agrietado
    por los ángeles del pecho,
    este hombre solo
    con la laptop, casi siente,
    casi sueña,
    casi gana su penúltima partida.

     

    Licántropo

    Ventura Morón

     

    No, no todo eso es
    lo que piensas.
    No, no todo eso
    es,

    no.

    Es,
    todo lo que de un día sorbió la luna de mis hombros,
    en aullidos, libre, tras los campos,
    en cruz políglota mis piernas desnudas,
    el beso de piedra bajo las suelas,
    el invierno que no duele,
    un fino olor a sangre
    que me llama,
    y mis dientes gritando antes del alba.
    No soy tan malo, sólo
    el mundo hundió su trémula liturgia en mi corazón de crudo barro,
    y ahora, asoman mis fauces al desequilibrio
    de no ser casi nada, tan sólo
    algo parecido a algún lobo que huye tras tu rastro,
    un humo consistente que toma forma de sombra y garras como adioses,
    un delirio de estrellas conmovidas que se balancean en mi carrera
    hacia tus pasos de seda blanca, transmisora de caminos,
    hacia el lugar donde pueda saciarme con tu recuerdo
    y devorarlo, poco a poco, mientras lloro a la vez tu pérdida,
    y sigo corriendo
    bajo un violento infinito que lanza cometas de preguntas en mi busca,
    que no entiende esta naturaleza animal que me nombra,
    y exhala enredaderas que se cuelan por mi boca,
    para hacerme caer,
    mientras aúllo, sin remedio,
    mientras me cazan
    y nublan este oasis de sentimientos que se deseca
    hasta que llega el innombrable día.
    Entonces, me desentierro, hago
    como si fuera como ellos, astuto, invisible
    recorro metódicos supermercados , aceras desnutridas, la rabia
    que se acumula en los apretados infiernos armados de sus zapatos,
    la naftalina que cuelga de la lengua
    dejando unas palabras densas que huelen
    a olvido.
    Y me digo que debo intentarlo.
    Espero a la madrugada
    mientras se transfigura mi alma en sinestesia,
    voy tomando curvas a la velocidad en que mueren los besos,
    muerdo otras huellas a mi encuentro transformándolas en metáforas de un deseo,
    y acelero con mi camada atravesando grutas de avenidas como destierros,
    dando al mundo un río agrio de evadidos
    que avivan el clamor de la noche inundándola, eufóricos,
    de irrefrenables aullidos,
    mientras mi corazón se bebe el reflejo
    de tu palpitante luna
    en el espejo manso de mi memoria.

     

    Un fado en la voz

    Pilar Morte

    Traigo la aflicción de los fados,
    el triste corazón debilitado,
    voz del pueblo en su nostalgia,
    acompañando su miseria.

    Llevo adentro de mi alma
    todo el mundo con el canto,
    un océano por agua,
    suave como llega el alba.

    Esta música brota
    para abandonar las sombras,
    anudar a las almas la esperanza,
    y amor al maltratado pueblo.

    Lloro porque me duele la vida
    de la desdicha que arrastra,
    por los sueños que no han muerto
    y que callan por las venas.

    Oh fado, voz del hombre,
    que entonas sufrimiento y pena
    canta dulce en estas horas,
    hunde en la raíz tus notas.
    Oh fado, fado mío,
    tú que habitas la tierra más profunda
    consuela del dolor y de la muerte,
    pon tu mirar sereno a esta condena.

    Oh fado, fado mío
    música del pueblo.

     

    Los hombres de Aia

    José Manuel Saiz

     

    Los hallaron en Aia- le dije. Él
    al fin descansa.

    Eran siete, según
    la crónica de entonces.
    No eran soldados.
    Tampoco eran del pueblo.
    Los enterraron juntos al amparo
    de un hayedo,
    con una piedra encima y una cruz
    hecha con palos.

    Y yo también le dije,
    sin saberlo, pues nunca
    se supo quiénes fueron,
    que el más joven (que Dios
    y ese hombre me perdonen)
    era el abuelo.

    Mamá decía siempre,
    que murió en Aia. Sí, solo eso.
    Como tantos y tantos otros, pensaba yo (y ella
    fingía no saberlo). En un hayedo
    una lápida hoy habla de Manuel y tal vez
    él nunca estuvo allí.

    Esa tumba hace tiempo
    que está vacía. Pero esto…
    ¿ya qué importa?
    Si mamá ya lo sabe, si mi abuelo
    me perdona, si un hombre extraño
    recibe una oración…
    demuestra que el amor
    solo es misericordia.

    Ahora nadie llora.
    Ahora nadie busca.… Y además
    aquellos hombres tienen
    al menos un poema
    que les nombra.

    De sastre

    Josefa Agüera Sánchez

     

    (Para todas la abuelas que eran -y son- unas artistas de la aguja)

    Empiezo por las letras, lo primero.
    No quiero que se pierda una puntada.
    Una vez la inicial esta hilvanada
    el resto van sumándose al reguero.

    ¿Una palabra? Más de lo que espero.
    Mi labor quiere ser recompensada.
    ¿Una frase? La dicha no soñada.
    Mucho hilo para tan poco acero.

    La paciencia me empuja a que persista
    en mi modesto arte de modista
    que hasta el punto final no esta completo.

    Y con esta labor, mi poesía,
    -Pobre infeliz que no lo merecía-
    podrá vestirse un traje de soneto.

     

    29 junio, 2017 • Poemas, Revistas • Vistas: 0

  • El versículo de la Escuela Alaire

    Autor: Rafel Calle

    Para saber lo que es un versículo tenemos que tener muy claro lo que es un verso.

    El verso es la unidad resultante de la segmentación del lenguaje entre pausas métricas.

    El verso está delimitado por la pausa versal, es decir, la pausa versal es lo que convierte un renglón en un verso, por eso también se llama pausa métrica. Sin la pausa versal o métrica no puede haber verso

    Bien, pero lo dicho, que es tan fácil de entender, sufre los ataques provenientes de las ocurrencias de muchos escritores de poemas. Por ejemplo, los encabalgamientos léxico y sintáctico, no son más que ocurrencias de autores de poemas; después, los estudiosos de la métrica, los han calificado como accidentes métricos, porque, para no perder el sentido de lo que se está leyendo, no hay más opción que romper la pausa versal, es decir, también se rompe el patrón métrico pretendido.

    Otro ejemplo de supuesta ingeniosidad se da en la terminación del verso en partícula átona (artículo, preposición, conjunción…). De acuerdo, son ocurrencias y para los estudiosos pueden significar elementos de reflexión con los que hallar nuevos movimientos conceptuales en el mundo de la versificación.

    Lo que pasa es que la mayoría de esas ocurrencias provienen de un elemento lúdico que aparece en la versificación, las más de las veces se trata de juegos estilísticos sin más, a los que acompaña infatigablemente un proceso rimático. Es decir, la rima es la responsable de la primeras y desde luego de la mayoría de incursiones en los muestrarios lúdicos de la combinaciones supuestamente versales.

    Por fortuna, hoy en día no se dan tantos artificios en la versificación, hace bastantes años que los autores se han dado cuenta de que el lenguaje literario es inherente a la eufonía, no hace falta buscar rarezas genialoides para hallar coincidencia fónica, porque basta con una buena labor mediante el lenguaje literario. Digo eufonía y no digo musicalidad, porque me parece necesario diferenciarlos. Aunque esa es otra cuestión que ahora nos llevaría mucho tiempo.

    Veamos algunos ejemplos de ocurrencias en supuestos versos:

    3 ejemplos de Antonio Carvajal

     Rosas, todas; y no son
    la rosa. Todos los ti-
    los, no la paz. El jazmi-
    nero enlaza su canción
    con la cal, […]
    ¡Oh nube, cuánta calén-
    dula en flor espera llu-
    via que le niegas tan hu-
    raña y avara sabien-
    do que es el agua sostén
    ……………………………………………………

    Amo los días de
    noviembre: vino nuevo y crisantemos.
    Días para la fe
    perdida, cuando hemos
    de estar luchando por lo que queremos
    y contra lo que no
    queremos.
    …………………………………………….

    …de abnegaciones que
    los ojos y sus lágrimas, los labios
    y la memoria de
    los besos, de tan sabios
    no sabían. Tiene el agua resabios…

    Pérez de Ayala

    Sus brazos, marmórea guirnalda
    tibia y sensual, me asieron, y
    ardió en sus ojos de esmeralda
    una infinita luz. Cedí.

    Luis Carlos López

     Hombre de pelo en pecho, rubio como la estopa
    rubrica con la punta de su machete. Y por
    la noche cuando toma la lugareña sopa
    de tallarines y ajos, se afloja el cinturón…

    Rubén Darío

    …a pesar de Nabuco, embajador, y de
    los delegados panamericanos que
    hicieron lo posible por hacer cosas buenas….
    con las alondras y con Garcilaso y con
    el sport. ¡Bravo! Sí. Bien. Muy bien. ¿Y La Nación?
    Por eso los astutos, los listos, dicen que
    no conozco el valor del dinero. ¡Lo sé!
    El temporal no deja que entren los vapores. Y
    un yacht de lujo busca refugio en Porto-Pí..
    Ah, señora, si fuere posible a algunos el
    dejar su babilonia, su Tiro, su Babel…

    Bueno, podríamos seguir poniendo ejemplos de ocurrencias en poetas que, sin duda, tienen su importancia en la historia de la poesía, pero creo que con estos ejemplos puede ser suficiente. Obsérvese que siempre el meollo de la cuestión es la rima o, mejor dicho, una coincidencia fónica al final del verso.

    A raíz de las ocurrencias, sobre todo, en poetas de renombre, dichas gracias se extienden hasta el verso multimétrico, pero ya sin objeto de crear coincidencias fónicas, sino por un puro entretenimiento estético. Y ahí sí que se entra en un estado conceptual tremendamente confuso, porque no hay la más mínima razón objetiva para tanto desaguisado.

    A todo esto, Tomás de Iriarte, no puede menos que reírse de tal estado de cosas versales, cuando dice en las siguientes líneas:


    Muchos dicen que porque al
    verso siguiente va con
    las palabras de otro, don
    Fulano pasa por mal
    versista; pero aun con tal
    error, cumple como buen

    poeta, pues poniendo en
    sus versos cabales las
    sílabas, deja a otro más
    hábil colocarlas bien.

     

    Estoy con D. Tomás, lo mejor es colocar correctamente las sílabas, no porque queramos prohibir los ejercicios lúdicos, no, que cada cual haga lo que quiera, pero, por favor, que no nos haga comulgar con ruedas de molino. Los versos tienen que atenerse a unas reglas, básicas, pero primordiales para la propia supervivencia de los versos. Es decir, si en la versificación damos todo por bueno, más pronto que tarde el verso desaparecerá, porque cualquier ocurrencia será indiscutiblemente un verso.

    Podría poner muchos ejemplos de teorías de filólogos, tratadistas, poetas, catedráticos de literatura…, pero en ninguna de ellas hay un concepto claro como el agua con respecto a la versificación, todas son contradictorias, porque no se atreven a cortar el problema por lo sano.

    La versificación de la escuela Alaire se basa en tres premisas fundamentales:

    1. La pausa versal es inamovible, se debe respetar siempre y en todo caso.
    2. Todos los versos deben poder subsistir a la pausa versal, sin perder el sentido de lo que se está diciendo y formando una unidad sintáctica; hablamos de esticomitia.
    3. Los signos de puntuación impiden la sinalefa, es decir, no se puede hacer sinalefa entre signos de puntuación.

     

    Estos tres puntos se pueden desarrollar profusamente y también dotarlos de mucha complejidad, es una cuestión de tiempo, práctica y aptitudes.

    – A partir de ahí, es fácil afirmar que un versículo no es un verso, porque un versículo no observa la pausa versal.

    – Un versículo solo termina su sentido por medio del signo de puntuación, por lo tanto, en el versículo no se puede hablar de encabalgamientos, puesto que se lee exactamente igual que la prosa.

    – Si un verso quiere terminar con una partícula átona, no resultará un verso sino un versículo.

    – El versículo se parece mucho al verso multimétrico (llamado libre), porque emplea o puede emplear el lenguaje literario con la misma profusión que en el caso del verso, por lo cual, está a caballo entre el verso y la prosa literaria. Del verso, la técnica literaria; de la prosa, su misma estructura formal que puede ser corta, media o larga, pero formalmente prosa.

    – El versículo es la forma del poema en la que prácticamente no existe ninguna norma, todo cabe, ahí caben todas las ocurrencias habidas y por haber.

    – Sin embargo, en el verso, se tienen que respetar unas premisas, lo cual no significa que no se pueda evolucionar, claro que sí, pero dentro de las normas, básicas; unas normas muy básicas, pero que bastan y sobran para desautorizar cualquier ocurrencia que se quiera hacer pasar por un verso.

    – El concepto de la escuela Alaire permite cualquier ocurrencia en el poema, para eso decimos que el versículo es poesía.

    – El versículo está para amparar aquellos poemas que se saltan las normas de la versificación.

    – El versículo es un seguro de vida para el verso y para toda la versificación.

     

     

    29 junio, 2017 • Asuntos de Taller, Revistas • Vistas: 0

  • Diferencias entre poema en prosa y prosa poética

    Autor: Rafel Calle

     

    Queridos amigos del foro Alaire:

    Lo primero que apunto es que la diferencia no está entre poesía y narrativa, por la sencilla razón de que la narrativa no es exclusiva de la prosa, es decir, existe el poema que narra tal y como puede hacerlo la prosa.

    La poesía no es antagónica de la prosa. Antagónicos son prosa y verso. El poema puede escribirse en verso y en prosa. La prosa no puede escribirse en verso.

    Una novela, una obra de teatro, un diálogo…, incluso, por poner un ejemplo extremo, un anuncio de prensa o televisión, a su vez, pueden ser poemas. Todo depende del lenguaje que se haya utilizado en cada caso. La poesía es el padre y la madre de la literatura, por consiguiente, es el cénit del lenguaje literario.

    Dentro de las más de trescientas figuras retóricas que forman el lenguaje literario, unas son más complejas que otras desde el punto de vista cognitivo. Los tropos, el tratamiento sinestésico, la polisemia, el simbolismo… pueden procurar una gran complejidad semántica, lo cual nos lleva a la dificultad de comprensión de lo leído, a diferencia de otros elementos que ayudan a la comprensión, por ejemplo, el símil, aforismo, anáfora, perífrasis, en general las figuras de dicción…; así que, con mucha frecuencia, cuando un texto se nos presente con la suficiente complejidad, no tendremos problemas para catalogarlo como poema. Las dudas vendrán cuando un texto se presente a base de un lenguaje que no tenga obstaculos para ser aprehendido, cuando el mensaje sea o parezca nítido desde el punto de vista literal.  Sin embargo, en todos los casos podemos hablar de poema. Es decir, el poema está por encima de la dificultad de ser comprendido desde la racionalidad. Sencillo o complejo, ambos pueden ser poemas.

    Se tiene que ir con mucho cuidado al utilizar el término “poético”. Poesía no es una escultura ni una pintura ni cualquier otro elemento que no pertenezca al lenguaje literario. La excepción está en la música. Obviamente, la poesía está casada con la música, basta con escuchar cualquier pieza de la música ligera y nos daremos cuenta de que las letras son poemas, de más o menos calidad, de más o menos rigor literario, pero conforman una especie de poema o pseudopoema donde se suele echar mano de los recursos más fáciles y/o más eficaces desde el punto de vista rítmico, cuales son las rimas, asonancias y, claro está, las anáforas (repeticiones continuas). Este asunto, viene a incidir en mi teoría de que actualmente se escucha más poesía que nunca; la poesía se lee muy poco, porque continuamente se está escuchando. Todo el mundo escucha canciones. Y sí, ese es el gran problema que tenemos los poetas que escribimos. Se me ocurre que lo único que podemos hacer es intentar escribir lo mejor que nos sea posible. Y ya veremos si cambian las modas.

    El poema en prosa, tanto si es narrativo, como si no, independientemente de su complejidad literario-semántica, solo se diferencia del poema en verso, en su estructura formal. El verso busca la estética y, deshaciéndola, se halla la prosa; eso es todo.

    La prosa poética no tiene nada que ver con el poema, si bien, esta clase de textos pueden albergar pasajes donde el lenguaje rítmico-literario aparezca tan profuso y/o complejo como en un poema, en general, se tratará de un lenguaje literario más sencillo, más aprehensible para el lector. Por otro lado, en la prosa poética, la eficacia rítmico-melódica de los campos sintáctico-semánticos, no es la misma que en el poema en prosa.

    Seguiremos, queridos colegas.

    Abrazos.

     

    29 junio, 2017 • Cartas Forales, Revistas • Vistas: 0

  • Miguel Hernández Gilabert

    MiguelHernandez

     

    Autor: Julio González Alonso

    Hizo 100 años, aquél de 2010, del nacimiento del poeta; 68 de su muerte en las cárceles franquistas, con 31 de edad. Y hoy perviven el hombre y el mito; pero, por encima de todo, su obra literaria.

    Del hombre y sus contradicciones sabemos los orígenes en Orihuela (Alicante), su formación en el espíritu católico conservador de las Escuelas del Ave María, también de sus estudios de bachillerato con los jesuitas, de disponer a su alcance de profesor particular cuando su padre, mirando bien por el negocio familiar, lo pone a trabajar como cabrero. Hombre extremadamente observador que  su estrecho contacto con la Naturaleza lo llevará al conocimiento minucioso de los nombres y características de toda clase de pájaros y otros animales y plantas. Inteligente y brillante en sus estudios y con ganas ilimitadas de saber y aprender. Será, en este sentido, ocasión para que le saque provecho a la extraña amistad con Ramón Sijé teniendo acceso a una bibliografía extensa, al igual que su relación con el controvertido Luís Almarcha que acabaría -una vez terminada la guerra civil- siendo obispo de León. Tanto Ramón como Almarcha eran de derechas, incluso se podría decir que de extrema derecha si atendemos a las veleidades ideológicas y políticas  predicadas y practicadas por Sijé: impulsar a la juventud a una actitud antiliberalista, poniendo como objetivo de la vida un orden moral basado en un concepto retrógrado de la decencia y animando a esa misma juventud a luchar contra los subversivos utilizando la violencia, haciendo uso de lo que en aquel entonces se conocía como el derecho de estaca. De Luís Almarcha qué decir si lo dejó morir en la cárcel. Él mismo escribió, confesando su remordimiento: Dicen que el tiempo lo borra todo y, a veces, lo único que hace es reavivar el fuego de los recuerdos con mayor fuerza para nuestro pesar. Almarcha es quien pagará la primera edición del poemario de Miguel titulado Perito en Lunas. Le consigue publicaciones en el periódico El Pueblo (Orihuela) que él mismo dirige  y Miguel le solicita algunas influencias para buscar trabajo en Madrid que no prosperarán. Pero cuando puede salvarle la vida, no lo hace.

    ¿Cómo un hombre como Miguel Hernández llega a un compromiso tan fuerte con las izquierdas después de haberse rodeado de estas amistades? Tal vez la respuesta, una respuesta posible, la encontremos en su natural inteligencia, por un lado, y por otro la apuesta por las libertades y el compromiso con el pueblo por un progreso social que él veía necesario y que adivinaba posible con el proyecto de la II República. Las amistades madrileñas, Antolaguirre, Rafael Alberti, Cernuda, Delia del Carril, María Zambrano, Vicente Aleixandre y, sobre todo, la influencia de Pablo Neruda, resultaron decisivas en el enfoque político de sus ideas y la asunción de su compromiso que dará comienzo nada más proclamarse  la II República al ser nombrado presidente de las recién constituidas Juventudes Socialistas de Orihuela. Participará de manera muy activa en las Misiones Pedagógicas de 1935 con M.Zambrano, la pintora Maruja Mallo, V. Aleixandre y el propio Pablo Neruda.  Más adelante, sorprendido y aterrorizado por el asesinato de Federico García Lorca en los primeros días de la sublevación militar del 36, se apunta al Partido Comunista y marcha al frente. Escribe Viento del Pueblo. También ha escrito la Elegía primera dedicada a F.García Lorca. A diferencia de la elegía a su amigo Ramón Sijé, escrita desde el remordimiento y el sentimiento de culpa por su alejamiento y práctico abandono de dicha amistad, ésta se escribe desde la admiración por la talla literaria de Lorca (admiración no correspondida, pues García Lorca no lo podía sufrir y evitaba a Miguel) y también desde el miedo por lo que significaba de amenaza para todos este crimen. Se casa por lo civil en 1937 con Josefina Manresa, hija de un guardia civil sublevado , y viaja a Rusia con una delegación cultural de la República. En aquel contexto escribe con fervor revolucionario versos exaltados sobre el país soviético, admirado por el adelanto de su industria. A su vuelta, cuando intenta huir a Portugal, es apresado por la guardia de frontera portuguesa y entregado a la guardia civil española. Es condenado a muerte. La presión desde el exterior promovida por Neruda, Cossío, Fray Justo Pérez de Urbel y Aleixandre, junto con la mediación de Luis Almarcha a petición del propio Miguel que confiaba en el obispo, harán que le sea conmutada la pena de muerte por la de 30 años de cárcel. Las condiciones impuestas por Almarcha a Miguel serán leoninas: 1.- Que se casara por la Iglesia. 2.- Retractarse públicamente de sus ideas políticas confesando su arrepentimiento y declarar que lo mejor para España era lo que estaba pasando porque era una regeneración moral para el país. 3.- Firmar algunos poemas que le dieron ya escritos, de carácter religioso y conservador y 4.- Renunciar a la publicación de Viento del Pueblo.

    Miguel Hernández se niega y comprendiendo que solamente pretenden instrumentalizarlo en  favor del Régimen franquista, repudia a la familia Almarcha. Únicamente accederá, más tarde y viéndose morir, a casarse por la Iglesia para no perjudicar más a su hijo y a su mujer, que había solicitado  la administración de un estanco como hija de guardia civil muerto en la contienda bélica.

    Miguel enferma. Solicita su traslado a Valencia para ser asistido en un hospital, pero su reclamación no será atendida y su precario estado de salud empeora, acelerándose su final. Muere en la cárcel de Alicante el 28 de marzo de 1942 afectado de tuberculosis. Nace el mito.

    Aún después de muerto, el obispo Almarcha lo perseguirá insistiendo a la viuda para que le entregue -según él para asegurar su custodia– la obra inédita de Miguel Hernández y la presiona, a su vez, para que renuncie a la publicación en  Argentina de Viento del Pueblo. Josefina ni renuncia ni  entregará nunca a Luís Almarcha los escritos inéditos de Miguel.

    Mito, hombre, poeta; ya para siempre estas tres características acompañarán su nombre y su memoria. A los 100 años de su nacimiento en 2010, 75 éste de 2017 de su muerte  abandonado a la suerte de la tuberculosis en el penal de Alicante, es de justicia reconocer su figura y la trascendencia de la obra literaria de un hombre honesto con su tiempo y consigo mismo, víctima de una España atormentada por el odio de la guerra y lo que la sobrevino, una crueldad sin parangón en una dictadura entregada a los excesos

    29 junio, 2017 • Poesía, literatura y arte, Revistas • Vistas: 0

  • Con Bukowski y contra Bukowski

    Malowski

    Autores: Cristóbal Loriente y Pablo Ibáñez

    Con Bukowski, por Cristóbal Loriente.

     

    Estimados compañeros:

     

    Los poemas de Charles comienzan con una imagen:

    unas tetas adolescentes o un culo en vaquero bien ajustado,

    o un incendio en una biblioteca,

    o una rata en el pecho de un mendigo,

    o un gato cojeando y medio muerto.

     

    Los poemas de Bukowski son una escalera de imágenes que

    reflejan la catástrofe personal de seres abominables,

    como el tuerto que soba los cuadernos de una niña;

    el loco que recoge flores de un jardín ajeno,

    o el sepulturero resacoso que escupe encima del

    ataúd.

     

    Los poemas de Bukowski me incitan a beber sin contemplaciones,

    sin remordimientos de conciencia, sin ratas en el

    corazón;

    empino el codo y me toco la polla,

    -qué gusto, Charles-,

    no serás un buen poeta,

    pero cómo me ayudas

    a vivir.

     

    “El whiskey es la sangre de los débiles”, escribiste.

     

    En fin, los poemas de Bukowski pusieron a mi polla

    en pie de guerra.

     

    Qué más le puedo pedir a un puto poeta.

     

     

    Contra Bukowski, por Pablo Ibáñez

     

    No me gusta la poesía de Charles Bukowski. No me emociona, no me ayuda a vivir, no me divierte, no me inspira nada bueno (ni malo), no me interesa. Me aburre. Me aburre soberanamente su ortodoxia sucio-realista. Es como un macarra de discoteca: aburre, siempre tiene que ser el que más bebe, el que más putas conoce, el que más tacos dice, el mayor fracasado, el que más escandaliza. Me aburre la tramposa glorificación del fracaso urbano, década tras década, siempre el mismo rollo. Me aburre la academia de la contracultura bukowskiana, su rigidez minimalista, su insípida sobriedad.

    “El whiskey es la sangre de los débiles”

    Me parece una metáfora mediocre, gastada y rancia. Y cursi.

    29 junio, 2017 • Poesía, literatura y arte, Revistas • Vistas: 0

  • Acerca del prólogo a las Novelas Ejemplares de Miguel de Cervantes Saavedra

    novelas ejemplares

    Autor: Julio González Alonso

    Lejos de los 22 años que tenía cumplidos antes de huir a Italia e intentar escapar al riguroso castigo de serle amputada la mano derecha en condena por las heridas inferidas a Antonio de Sigura en una mala partida, y que más tarde la batalla de Lepanto se cobrará con la herida de su mano izquierda, Miguel de Cervantes, concluida y publicada la primera parte de su don Quijote, enfrenta el prólogo de las Novelas Ejemplares en el que, con más amargura que sorna, da comienzo con su autorretrato: Éste que veis aquí, de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada; de alegres ojos y de nariz corva, aunque bien proporcionada; las barbas de plata, que no ha veinte años que fueron de oro; los bigotes grandes, la boca pequeña, los dientes ni menudos ni crecidos, porque no tiene sino seis, y ésos mal acondicionados y peor puestos, porque no tienen correspondencia los unos con los otros; el cuerpo entre dos extremos, ni grande ni pequeño; la color viva, antes blanca que morena; algo cargado de espaldas, y no muy ligero de pies. Éste, digo, que es el rostro del autor de La Galatea y de Don Quijote de la Mancha, y del que hizo el Viaje del Parnaso, a imitación del de César Caporal Perusino, y otras obras que andan por ahí descarriadas, y quizá sin el nombre del dueño, llámase comúnmente Miguel de Cervantes Saavedra. Fue soldado muchos años, y cinco y medio cautivo, donde aprendió a tener paciencia en las adversidades.

    Declara Cervantes su condición de tartamudo, aunque no lo sea en absoluto para dejar por escrito las verdades que pueden ser entendidas aun por señas. Y tratando de lector amable a quien lea el prólogo, le advierte de la honestidad y valor del conjunto de las llamadas Novelas Ejemplares, imposibles de mover a mal pensamiento al descuidado o cuidadoso que las leyere.

    Reitera la bondad y provecho de estas doce novelas en las horas de asueto y recreo donde el afligido espíritu descanse. Y antes, confiesa, se cortaría la mano con que las escribió que permitir que de su lectura se siguiera algún mal deseo o pensamiento, porque –asegura- mi edad no está ya para burlarse con la otra vida, que al cincuenta y cinco de los años gano por nueve más y por la mano.

    Tres detalles no menores podemos encontrar en el párrafo que cierra este interesante prólogo:

    1.- Proclamar  ser el primero en haber novelado en lengua castellana sus propias obras, no imitadas ni hurtadas.

    2.- Adelantar, si la vida no le abandona antes, el anuncio de la aparición de los Trabajos de Persiles, una segunda parte de las dilatadas hazañas de don Quijote y donaires de Sancho Panza y luego las Semanas del jardín.

    3.- Dedicar las novelas al poderoso Conde de Lemos, esperando que Dios le dé paciencia para llevar bien el mal que han de decir de mí más de cuatro sutiles y almidonados.

    Miguel de Cervantes parece querer curarse en salud atacando con elegancia a los encumbrados académicos y universitarios pedantes y pagados de sí mismos que tanto aborrecía, entre los que se cuenta Lope de Vega, más que posible autor del Quijote apócrifo de Avellaneda, y acérrimo enemigo de Cervantes. El Fénix de los Ingenios era incapaz de reconocer, por temerlo, el talento narrativo del autor de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, aunque en su fuero interno sabía de su verdadero alcance. Casi hasta el final de su vida no hizo otra cosa que denostar la escritura de Cervantes y despreciar su valía en general y particularmente en el género dramático, género en el que Lope se encumbró y rayó a gran altura de una manera incuestionable.

    Del prólogo se desprenden algunas reflexiones; unas, nos llevan a percibir la soledad del genio de las letras españolas, incapaz de conseguir apoyos para sus obras en forma de escritos, cartas, sonetos o poemas laudatorios, y encajar, en cambio, numerosas críticas y burlas por ello, dando a entender la falta de nivel y calidad literaria de Cervantes. Contra esta situación se revuelve con amargura y, de forma irónica, alumbrará sus obras con escritos de su puño y letra atribuidos por él mismo a personalidades imaginadas. Otras reflexiones nos detienen ante la excesiva prevención sobre la subrayada bondad y moralidad de sus escritos, lo que no es para menos en una España convertida en imperio con pies de barro, en la cual el hierro fiero e implacable de la Inquisición era una espada de Damocles para los cristianos nuevos o judíos conversos, en cuya nómina es probable que estuviera  Miguel de Cervantes.

    Hay algo trascendental en las Novelas Ejemplares y en el Quijote, como es que fueran escritas desde la ironía, la imaginación y la locura, que casi todo lo excusa y hace pasar por irreal e irrelevante, cuando lo que dejó escrito, de haber sido cabalmente entendido e interpretado, habría sido suficiente para enviar a la hoguera al autor junto con sus obras. Y no fue entendido el profundo mensaje de su obra porque, perdidos en lo más irrelevante y grotesco, no vieron y menospreciaron el valor y alcance de lo escrito por quien había sabido ver el futuro en el presente. Se le ignoró y no hizo caso, como el resto de sus coetáneos. En una lectura mostrenca de los textos cervantinos, no fueron capaces de interpretar las claves que con tanta claridad se nos revelan tras el paso de los años, razón por la cual no tuvo que vérselas seriamente con la Inquisición.

    El ingenio de Cervantes en un mundo hostil para alumbrar sus escritos de reflejos equívocos, salvaron para el mundo una de las obras más grandes de la literatura, desde sus prólogos a su más ignorado poema u obra de teatro, de lo cual –los que conformamos este mundo o gran parte de él- nos alegramos y celebramos con indisimulado entusiasmo.

     

     

    29 junio, 2017 • Poesía, literatura y arte, Revistas • Vistas: 0

  • Playboy

    playboy

    Autora: Hallie Hernández Alfaro

    Comprar alegría; un momento de placer y belleza au natural.. o con artificios, importa muy poco.

    Mujer, femenina liturgia, estrógenos y poco abrigo. Inusitada y preferente en el recinto de ellos, en las cantinas de etílico bagaje, en los rincones semioscuros de la psique… A solas y frente a la arcaica fantasía, a raudales implícita en los motivos del hombre.

    Acceder a las páginas donde el ojo es majestad y complacencia. De carne y hueso, con olor a tinta recién editada; la emoción agota los párpados y la imagen prevalece en la nocturnidad que gime.

    Insinúa el pliegue y la eclosión, el subastado instante de la cercanía; esa íntima lealtad al labio captor, al movimiento presentido.

    La hipotermia social encuentra un sitio de apego, una columna que favorece el despertar en muchos aspectos. Símbolos y hedonismo, lúbrica esencia que aborda las zonas más primitivas y sublimes del cerebro humano.

    Portada, instinto en pose, desafiando el mito entre las manos, obturando el lente gélido de la realidad sin colores.

    Tentación y primor, demasiado inmaterial para producir celos, demasiado perfecta para la competencia terrenal. ¿Quién ha pensado en enamorarse de la chica de abril? ¿quién ha pensado siquiera poder tocar la voluble inmanencia de sus piernas al aire? Más aún, ¿quién ha querido verla en las proximidades de su cocina, disponiendo tostadas y preparando un café? ¿O sí, o ha sido ese, el sueño más recurrente de cualquiera de sus lectores?

    Playboy, juego de hombres, pulsiones, ocio, deseo.

    Nació en Chicago en 1953 y voló alto, dejando su influjo en incontables parcelas del inconsciente…

    29 junio, 2017 • Artículos, Revistas • Vistas: 0

  • Entrevista a Vicente Fernández Cortés

    Vicente

    Entrevista por: Hallie Hernández Alfaro

     

    Sus sonetos fechos al itálico modo me descubrieron un mundo insólito y deslumbrante

     

    – ¿Cuándo descubres el escritor de poemas que te habita?

    La verdad es que mi inclinación hacia la literatura se va perfilando desde mi lejana adolescencia. En mis clases de bachillerato descubrí todo aquel universo literario que me brindaban los textos que nos imponían de aquella manera, torcida y obligada, pero aún así devino fascinante mi primera aproximación a la palabra escrita.

     

    – Tus sonetos son una grandiosa mezcla de belleza y excelencia. ¿Cómo se inicia tu amor por la poesía clásica?

    Bueno, el ideal de belleza es un concepto vago, siempre relativo. Como digo, el colegio me abrió las puertas, estimuló mi afición dormida.

    Sucede que mi padre contribuyó al impulso a través de una amplia biblioteca de contenido ecléctico que yo escarbaba sin su consentimiento para no incurrir en libros prohibidos que, a su juicio, no me correspondía acometer aún. Pero se me escurrió entre las manos un ejemplar de las Poesías Completas del Marqués de Santillana. Sus sonetos fechos al itálico modo me descubrieron un mundo insólito y deslumbrante.

     

    – ¿Hay alguna autora que podrías calificar como importante en tu formación literaria ?

    En narrativa me inicié con Carmen Laforet, Agatha Christie, Fernán Caballero y algunas otras que me hicieron ver que la literatura no se postulaba necesariamente en masculino. Más adelante me interesaron Selma Lagerlof, Grazia Deledda, Francoise Sagan y, como no, Marguerite Yourcenar y sus Memorias de Adriano. En Poesía hay muchas. Dicen que todo hombre tiene su lado femenino y a mí siempre me has fascinado entender el hecho poético desde la perspectiva de una mujer. Por darte algunos nombres se me vienen a la cabeza la polaca Wislawa Szymborka, Concha Zardoya (nada que ver), Gabriela Mistral, Alejandra Pizarnik y más recientemente, Sara Castelar Lorca, insigne poeta que comparte vida y libros con mi buen amigo Benjamín León. Y todas aquellas que lucharon con su pluma contra la discriminación por razón de sexo.

     

    – Se ha debatido mucho acerca de la vivencia del acto creativo y de cómo se origina el producto literario. ¿Cómo llega Vicente al último verso de un poema?

    Es éste un asunto complejo. Alguien dijo que el hombre es solo la mitad de sí mismo, la otra mitad es su expresión. En mi personal manera de concebir el estímulo creativo tiene mucho que ver la emoción y todos sus laberintos. Un poema tiene que emocionar, conmover, o no es poema. Me parece plausible la acometida de un texto poético por el mero placer de escribirlo pero creo que, sin entrar en dignísimas excepciones, supone una empresa arriesgada. Pienso que eso que se ha dado en llamar inspiración debe siempre estar sustentado en una mínima formación literaria que la oriente. Lo sustancial es tener una idea a desarrollar que dote de contenido a la forma que lo sostiene.

     

    – ¿Has deseado alguna vez escribir una novela? ¿Qué novelistas contemporáneas/os podrías decir que son materia obligada para los jóvenes interesados en narrativa?

    Claro que sí pero ya sabes que la narrativa transita por senderos muy distintos a la poesía, son aventuras literarias muy distintas. La poesía protege, en los escuetos márgenes que le concede un folio, el arrebato y la emoción mientras que la novela exige una actitud creativa que se desarrolla en términos mucho más serenos y alargados. No tengo favoritos actuales pero considero novelistas de obligada lectura en lengua extranjera a Thomas Mann, Joseph Conrad, Henry James y Alice Munro. En español, García Márquez, Ana María Matute, Eduardo Mendoza.

     

    – Puesto a elegir, ¿jurado o participante en un concurso de poesía?

    No soy yo, Hallie, poeta aficionado a los certámenes. Nunca me ha movido la comparación excluyente y competitiva pero si me obligas a elegir siempre preferiré la participación a la selección.

     

    – ¿Ha sido tu enorme sensibilidad una cualidad difícil de compaginar con la realidad inmediata o al contrario ambas conviven en total armonía?

    Anticiparé a mi respuesta una precisión que me parece obligada: mi sensibilidad como poeta resulta tan limitada como inducida. Las escurridizas musas solo nos ofrecen sus favores agazapadas entre los versos de los grandes poetas cuando se les lee a pecho descubierto, es solo desde esa realidad donde se nos brindan.

    A mí me cuesta encontrar el argumento poético pero entiendo que la Poesía se nutre de todo aquello que a la persona le es inherente, nada le es ajeno si procede del avatar humano. El Arte en general, no es más que el resultado de un feliz encuentro: la mera y variopinta realidad y la sensibilidad para arrancarle lo que tiene de conmovedor.

     

    – Si tuvieses la posibilidad de publicar una antología sólo con seis poetas… ¿a quiénes elegirías ?

    Es difícil elegir a solo seis poetas para una antología pues requiere una sintonía, una aproximación estética e intelectual entre los poetas que debieran configurarla. Si fuera solo por placer personal elegiría a Antonio Machado, Miguel Hernández, Ángel González, Gabriela Mistral, Jorge Guillén y tal vez a Luis Alberto de Cuenca.

     

    Ha sido un placer dialogar contigo, Vicente; gracias mil por tu valiosa presencia en este espacio.

    Toda mi gratitud a ti por regalarme la oportunidad de expresarme. Todo un placer departir contigo.

     

    Tres poemas de Vicente Fernández Cortés:

     

    Armisticio

     

    Vencida mi alma inquieta, desespera

    en un desdén letal que en ella impacta,

    se parapeta en la trinchera abstracta

    de una vana ilusión, de una quimera.

     

    Soldado soy y alborotar quisiera

    la paz secreta de tu piel intacta,

    ser el asedio en la medida exacta

    del cerco de tu boca guerrillera.

     

    ¡Ay furia colosal, tormentos raros!

    reprime mi invasión, que ya no aspire

    a la conquista de tus labios caros.

     

    Concédeme, si acaso, que no expire

    la ardiente llama de tus ojos claros

    y aunque así me miraras, que te mire

     

    Así te quiero yo

     

    Si alguna vez en mi avatar te extraño

    es náufrago en tu boca delincuente.

    Mi mar es solo mar si es tu torrente

    y tu aguacero, amor, su dulce caño.

     

    Todo me acerca a ti, todo me ata

    en este fuego lento que me arde

    eres mi cruz, mi miedo más cobarde

    la cegadora llama que me mata.

     

    Una galerna fiera en tu sonrisa

    alborota mi nave y mi cordura

    y en su humedal caliente me aposenta.

     

    Así te quiero yo, diosa indecisa

    Electra hoy, mañana Vesta pura

    ardiente brasa o tempestad violenta.

     

    Mientras duermes

     

    Me asaltas sin piedad a pura lencería

    con una mueca obscena y transgresora

    mientras esgrimes, desafiante, una exigua divisa de satén.

    Con la precisa habilidad de Ariadna me enredas en tu trama como un Teseo inerme.

    Y te asedio.

    Y reprimes mi embestida como una loba enferma transida de su celo.

    Y me buscas

    y pongo en cuarentena todas las leyes del recato.

    Hasta que agotes los límites de mi desenvoltura y determine:

    -Ya eres mía-

    Y te adhieres a mi causa anticipando un ademán perverso en inequívoca seña de capitulación.

    Luego, al fin, cansado de pensarte, te encontraré yacente, ajena a mi batalla

    y preso de una ternura innumerable

    te observaré rendida ante mi almohada en brazos de Morfeo.

    -Buenas noches princesa-

    Y cuando un suspiro insomne corrija tu sosiego y me increpes contrariada:

    -¿por qué me has despertado?-yo te diré en voz baja:

    Discúlpame amor mío, ya sabes que me muero por mirarte mientras duermes.

    Que descanses.

    Y amortiguando un beso en tu mejilla apagaré el candil que iluminó mi sueño.

    29 junio, 2017 • Entrevistas, Revistas • Vistas: 0

  • Entrevista a Arturo Rodríguez Millet

    Arturo

    Entrevista por: Hallie Hernández Alfaro

    • Egresado de la Universidad Central de Venezuela (UCV) como Médico Cirujano en 1983 y Post-grado en Psiquiatría en 1989
    • Formación en Psicoterapia Cognitiva en la Unidad de Terapia Cognitiva y Sexual de Caracas en 1990
    • Colaborador docente en cursos de post grado en Psiquiatría de la UCV
    • Coautor del libro “Terapia Cognitiva para los Trastornos de la Personalidad” Ed. El Nacional, Caracas 2008.
    • Incursión en actividad teatral amateur con el Grupo Escénic del Centro Catalán de Caracas en 2011
    • Premio como “Mejor Actor Principal” en Festival de Teatro Interclubes de Caracas los años 2011 y 2012. Mención especial como “Mejor Dramaturgia” en el mismo Festival del año 2014 con la opera prima “Abuelo Meu”
    • Segundo Premio Concurso de Relato Alaire “Ramón Ataz” 2013
    • Autoría de obras de teatro breve presentadas en Caracas: “almagemela.net” 2015 y en Madrid: “5ta. Esencia” 2017. En fase de montaje la obra larga “Desde la Cornisa”

     

    – ¿ Cómo nace la poesía dentro del humano erudito y sensible que te define ?

    Puedo asegurarte que estoy muy lejos de ser un erudito, simplemente tengo el nivel de formación e información suficiente para desempeñarme adecuadamente en mi profesión y en mi rol de ciudadano común. La sensibilidad, en cambio, es un don que la divina providencia puede otorgar, no hay ningún mérito propio en tenerla, aunque si es responsabilidad de cada quien tratar de desarrollarla.

    De allí, tal vez, nace la poesía, de la necesidad inherente al ser humano de expresar la mucha o poca información que como individuos únicos e irrepetibles hemos podido acumular, para compartirla con el resto de nuestros semejantes y construir entre todos este universo abstracto que llamamos cultura. La poesía es el divino accidente dondeconfluye lo que somos, lo que necesitamos expresar, el don de la sensibilidad y la palabra.

    – Llevar a Catalunya en la sangre es una predisposición a la valentía moral, cuéntanos un poco ¿ cómo ha manejado tu yo la fuerza de tus ancestros ?

    En realidad, no llevo sangre catalana en mis venas. Es más bien mi sangre venezolana la que está en Catalunya porque mi único hijo vive en Barcelona desde hace cinco años y mi sangre brotará en esa tierra porque allí nacerán mis nietos. En mi caso, la “valentía moral” no es algo que me tocó manejar como una reminiscencia ancestral lejana, todo lo contrario, la viví intensamente y en primera fila. Tengo la dicha de tener por padre a uno de los más importantes intelectuales y artistas plásticos de mi país y de nuestro tiempo, Alirio Rodríguez. Crecer a su lado siendo testigo excepcional del desarrollo de su creación pictórica y escrita, verme involucrado en la épica de su obra, ha sido y sigue siendo uno de los principales bastiones para cualquier cosa que pueda llamar mi fortaleza ética e ideológica.

    – ¿ Qué autores venezolanos, poetas o narradores, han sido para ti fuente de inspiración?

    Si hablamos de autores venezolanos que hayan hecho impronta en mis años juveniles, tendría que mencionarte a José Rafael Pocaterra con sus “Cuentos Grotescos” y a Pedro Emilio Coll con su entrañable cuento “El diente roto”. En cuanto a poetas, fue un hallazgo importante para mí la obra de José Antonio Ramos Sucre. Sin embargo, no sé si resulte muy atrevido afirmarlo, pero en realidad no creo que mi fuente de inspiración haya estado nunca en los autores que he leído. La pulsión para escribir, en mi caso, ha surgido siempre de la vivencia activa, de las bofetadas directas que nos da la realidad en la cara sin la mediación de otro intérprete por los transeúntes desconocidos con los que me tropiezo a diario en una urbe cada vez más seducida por los demonios de la anomia. Es allí donde creo se encuentra eso que solemos llamar inspiración; los pocos autores que leo, en todo caso, más han servido para evadirme que para imbuirme en el accidente creativo.

    – Sin pensar demasiado, ¿ qué libro o libros has leído y nunca has podido olvidar ?

    “Las lanzas coloradas” de Arturo Uslar Pietri; “Narciso y Goldmundo” de Herman Hess; “Veinte poemas de amor y una canción desesperada” de Pablo Neruda; “1.984” de George Orwell; “Un mundo Feliz” de Aldous Huxley; “El nombre de la rosa” de Umberto Eco.

    – El teatro es una expresión artística donde somos más de uno y las emociones son un compendio que mueve las tablas. ¿ Qué influencia ha tenido tu experiencia como actor en el desarrollo de tu poesía ?

    Los seres humanos no contamos con la suficiente capacidad cognitiva para comprender la integralidad de lo que somos, por eso nos valemos del recurso de“departamentizarnos” pero ese esfuerzo lo único que logra, en verdad, es producir. Me siento incapaz de comprender: cómo el hombre que soy se convirtió en psiquiatra, qué movió al psiquiatra a escribir; qué influencia tuvo en el poeta hacer teatro… no sería cierta ni honesta cualquier elucubración que haga sobre la concatenación de influencias en ese mestizaje de roles. Todo cuanto soy ahora es consecuencia de lo que he hecho y todo cuanto hago en la consulta, en las tablas o en una página en blanco, es un destilado último de cuanto he hecho, de mi esencia. Sólo a modo anecdótico, podría decirte que incursionar en la actuación me llevó de nuevo a la escritura, justo ayer me informaron que mi obra, “Después del frío”, ganó un concurso de dramaturgia en otro portal literario donde participo y la misma será presentada por un grupo teatral en España.

     

    – Sabemos en Prosa Alaire de tu talento para los micro-relatos y para la narrativa corta. ¿ Cómo percibes a los jóvenes autores venezolanos que han optado por la aventura de escribir una novela ? ¿ Cuál de ellos recomendarías como lectura nutritiva e imprescindible para los amantes de la literatura ?

    En efecto, tanto en narrativa como en poesía, siempre me ha atraído el minimalismo, la célebre expresión del Arquitecto Mies Van der Rohe: “ menos es más ”, ha sido por mucho tiempo un lineamiento importante entre mis búsquedas a la hora de escribir: una aproximación estética a la médula conceptual de cuanto pretendo expresar. Debo confesar que no soy un consumidor sistemático y organizado de literatura, mi actividad profesional compromete la mayor parte de mi tiempo útil, así que no podría hablar con propiedad sobre las actuales tendencias o el surgimiento de nuevos movimientos literarios que sin duda se vienen generando en mi país. Sin embargo, pienso que autores actuales como Boris Izaguirre, Francisco Súñiga y Federico Vega constituyen una referencia importante en ese género.

     

    – Recuerdo haber tenido el honor de dialogar en una entrevista virtual para Alaire con Antonieta Madrid. ¿ Hay algún libro de ella que sientas cercano a tu corazón ?

    Una buena demostración de que estoy muy lejos de la erudición. Antonieta Madrid es una importante autora venezolana y, según tengo entendido, buena parte de su obra ha sido traducida a varios idiomas, sin embargo, no he leído nada de su autoría. Tu pregunta me obliga a incluirla en mis lecturas pendientes.

    – Si, en el aquí y ahora, tuvieses la posibilidad de publicar a tres escritores de poesía, ¿ quiénes serían los afortunados ?

    No podría darte tres nombres, de lo que sí estoy seguro es que todos serían de la comunidad poética de Alaire.

     

    Mil gracias por tu tiempo y tu bondad al responder, Arturo. Placer haber conversado contigo.

     

    Tres poemas de Arturo Rodríguez Millet

     

    Tiranía

     

    Algo perverso hay, sin duda,

    en los espejos de palacio

    frente a los cuales pasa revista el tirano

    a las arrugas en su traje.

     

    Algo abyecto hay, estoy seguro,

    en las lisonjas oportunas

    y repugnantes complacencias

    de genuflexos serviles

    con voracidad aurífera.

     

    Algo queda en las calles, solo un poco,

    del eco de ilusas promesas,

    retumbando una y mil veces

    para convertir la utopía

    en esperanza perdida.

     

    Algo de sangre queda, en este caso no poca,

    en el asfalto que alguna vez afianzo la protesta.

    A estas playas llega, de recónditos lugares,

    un oleaje de indiferencia, o peor aún, de vítores

    a la épica mentira de revoluciones ajenas.

     

    El tirano se peina frente al espejo,

    los adulantes celebran,

    la justicia se oculta sonrojada entre las piedras

    mientras gárgolas de palacio escupen fuego a la tierra

    porque de esa tierra está hecha la gente…

     

    Y un imbécil foráneo

    justifica lo que ve en el espejo,

    que algo tiene de perverso…

    no hay duda.

     

     

    Efervescencia

     

    Nívea gaviota, vuelas, con alas de tenue efervescencia,

    así te esfumas, así destierras mis pupilas del perfil de tu horizonte.

    Sediento de marejadas, has decretado en mis playas templanza de acantilado.

     

    Fuiste promesa de sol en atardecer de tormenta

    pero siguen salpicando los charcos reflejos de luna en mengua.

     

    Aún conservo la lejanía que tu brisa impregnó en un pañuelo,

    el cartucho de tinta que diluye los versos que aún no escribo

    y la placenta que nutre cada uno de tus desdibujados besos.

     

    Todavía mis dedos preguntan por aquel pliegue oculto en tu piel,

    siguen mis ojos despeinando el perfume escondido en cualquier cabellera negra

    y regresa tu voz emergiendo de cada vacío, maltratando mi nombre a silencios.

     

    Los colores del ocaso acortan las horas mientras las sombras se elongan,

    el reloj se torna sospechoso de reiterar escenarios

    y la araña duerme a la espera del primer insecto suicida.

     

    Un chubasco de agua clara cae donde reinan las arenas

    se evaporan las gotas antes de tocar el suelo,

    alas de gaviota que, efervescentes, alzan vuelo.

     

     

    Justo al final

     

    Justo al final de tu muslo izquierdo

    – en un pliegue íntimo y discreto –

    dejé oculto en su humedad

    al ente de mi deseo.

     

    No tiene forma ni sustancia.

    Se alimentará de sí mismo

    cada vez que tus labios

    pronuncien mi nombre en un quejido.

     

    Emanará el placer de cada surco

    que rozaron mis manos

    y de mis ojos invocarás la calma

    para acallar los gemidos…

     

    Cada vez que mis labios

    se fundan en tu cuello

    y susurren tu nombre

    en un soplido.

     

    29 junio, 2017 • Entrevistas, Revistas • Vistas: 0

  • Entrevista a Carmen Pla

    CarmenPla

    Entrevista por: Hallie Hernández Alfaro

    Soy profesora titulada en yoga terapéutico, amante de la naturaleza y de los animales, pero lo que más me gusta es rodearme de buena gente.

     

    – Tu poética es sólida y muy cuidada. ¿ Cómo ha sido tu incursión en el mundo de la escritura ?

    Desde niña siempre me fomentaron la lectura. Las aventuras de Julio Verne me abrieron todo un mundo, creo que es fundamental la lectura para enriquecer la palabra. En mi época de estudiante tuve la suerte de tener un profesor de lengua y literatura que me hizo valorar ” el arte de la palabra” y la importancia del buen uso del lenguaje. Me presenté a un concurso de poesía y quedé finalista. Ahí comenzó todo. Me aficioné y realicé dos talleres de creación literaria que me han servido de mucho.

    – ¿Qué autores han sido fundamentales para tu formación literaria?

    Me fascinaron: Pedro Salinas, Miguel Hernández, García Lorca, Machado… me despertaron la sensibilidad para cultivar los buenos sentimientos, sentirme humana y útil. Me llevaron por un camino de aprendizaje continuo. También tuve dos grandes referentes; Hermann Hesse y Walt Whitman, me pusieron el mundo al revés.

    – A menudo se habla de poesía de género, ¿Existe, en tu opinión, una diferencia sustancial entre la poesía escrita por mujeres y la escrita por hombres?

    Creo firmemente que la sensibilidad abarca a los dos géneros, la facultad humana y la inteligencia para escribir una obra. Es cierto que la mujer necesita trabajar más para conseguir lo mismo, es el handicap y estereotipos fundados que aún laten y nos han perjudicado. Se sigue leyendo poco a las mujeres. También es verdad que hay mujeres que han marcado historia por su tenacidad admirable.

    – Puestas a fantasear, ¿Cómo visionas la poesía dentro de medio siglo? ¿Avanzaremos con las tecnologías de punta o quedaremos rezagados y con posibilidades de extinción?

    Como decía Gabriel Celaya “La poesía es un arma cargada de futuro”. Mientras el ser humano necesite expresarse, comunicarse y tenga memoria, la poesía estará presente, no creo que muera en el tiempo, siempre que nos identifiquemos con una obra será actual. La tecnología avanza, prueba de ello es todo lo que ahora mismo se mueve por internet. El problema, es cuando no se hace buen uso y se convierte en un espacio tóxico promoviendo la competitividad o el narcisismo. Ahí estaremos perdidos. Creo que la palabra se puede prestar para hacer verdaderas innovaciones virtuales, crear nuevos conceptos o símbolos con el fin de trasmitir y comunicar.

    Muchas veces sucede que nos identificamos plenamente con una obra y casi sentimos que somos parte de ella. ¿Ha habido alguna obra de narrativa, novela/ensayo/ cuento corto/ que hayas leído y que sintieses tan propia que hubieses querido escribirla tú?

    El libro “Nada” de Carmen Laforet por la mezcla de realismo y existencialismo.

    – ¿ Cómo sientes el acto creativo ? ¿Pulsión, visión, mezcla de ambas, razón?

    La necesidad de escribir va surgiendo, me ayuda mucho el espacio abierto. La filosofía es otra de mis pasiones, me gusta encontrar respuestas y de un modo u otro me sirve de guía para escribir. Tengo la suerte de poder compaginar mi profesión con la afición a escribir, me sirve de puente y punto de referencia con la creatividad, donde afloran con facilidad los sentidos y la sensibilidad. Creo que mi profesión es la continuidad de mi poesía y viceversa. Me hace desarrollar la intuición que me resulta favorable y positivo para escribir.

    – Según tu criterio, ¿qué función cumplen los foros virtuales de poesía en el desarrollo de los autores noveles?

    Cumplen un papel fundamental, te abre una puerta, te permite conocer, aprender y corregir, siempre que sea un lugar donde se valore a la persona y el ánimo para desarrollar crecimiento. El trabajo y las exigencias son de cada uno, después siempre puedes seguir por otras sendas. Para escribir poesía hay que leer mucha poesía, me parece un requisito fundamental.

    – De los poemas que has leído, me gustaría que nombraras dos de tus favoritos.

    Me gusta mucho el poema de Maria Pilar Gonzalo “Ya no estás solo” por la fuerza de trasmisión del vacío de dolor y de ausencia, es un poema que ayuda a sentir y a pensar el sentimiento. Y el de Jerónimo Muñoz ” Orden remendada” por el conocimiento en técnica y calidad poética.

     

    Ha sido un placer y un honor compartir este momento contigo, Carmen, Mil gracias.

     

    Tres poemas de Carmen Pla:

     

    Te explicas como nadie

     

    Llegas y vas más adentro

    donde hablan los deseos,

     

    un beso no se hace sin revuelo,

    sin labios, dedos, y un iris muy secreto.

     

    Me oyes y te oigo, me tocas

    con tu deseo realizado,

     

    sobre neblinas de aureolas

    de senos sonrosados.

     

    Un océano diminuto

    de savia verdadera,

    entre huecos que presienten

    las últimas prendas.

     

    Tócame, si logro imaginar

    tus manos tibias,

    mientras mi sudor

    humedece tu rostro.

     

    Tócame, tócame otra vez,

    que algo dentro se suicida

    mientras los dedos juegan

    los últimos milímetros.

     

     

    Tres hojas

     

    Soy del poema la cabecilla de un pozo seco,

    argumento que desborda la imaginación.

     

    Elevación y crecida

    vida y muerte,

    una escalera medida y desnuda

    revestida de la creación.

     

    No sé si me sostienen sus peldaños,

    sus barandillas,

    el ruiseñor diabólico

    que me tala en silencio interior;

    la aurora de la conciencia

    en toda la jornada en sus frágiles ramas,

    o la extremada fragancia que huelo a rededor.

     

    Estrella del destino, puerta que me ciñe

    de un patio mi prisión,

    flores serviles me recogen

    en esa oscuridad y reclusión,

    formando un áspero ascetismo

    del discernimiento mi conclusión.

     

    Tres hojas de la tierra prometida:

    la de mis ojos en sueño,

    la vigilia de la razón,

    y una última postergada y ufana

    escondida en el áurea dormida;

    que sólo me despierta

    el oído del creador.

     

     

    La palabra que te lee

     

    Las palabras nos leen con la misma emoción

    que un pájaro atraviesa el cielo de tu verso,

    con el labio preciso de tu boca que modela

    la inusitada llama;

    el pétalo de lluvia ajado por la lágrima.

     

    No sé de ti ni de tu silencio,

    no sé cuando golpearon los tibios recuerdos

    transportando la pasión que siento.

     

    Las noches con engendros de quimeras viejas,

    que olvidaron la identidad de nuestros cuerpos.

     

    Volví a creerme una alondra con viento en las entrañas,

    una flor deshojada por la nieve del abismo,

    un afán recubierto de anillos añorando el olvido,

    las palabras,- tan tuyas -, siguieron haciendo mi trabajo.

     

    Fueron bocas que humedecieron los sueños

    proclamando: las tardes que no vivimos,

    las lluvias que no mojaron.

     

    Ayer las vi,

    salían del cincel de las sombras,

    vibrando con la misma intensidad que el amor

    y zozobrando estriadas huellas viscosas.

     

    No encuentro los adjetivos adecuados

    ni los amaneceres deslumbrantes,

    pero… – si la palabra que te lee –

    leyendo te siento sin dividir el tiempo,

    con todas las cortinas ocres de tus ojos.

     

    Cuando caen de un soplo en su letargo,

    mi voz descansa todavía en ti.

    29 junio, 2017 • Entrevistas, Revistas • Vistas: 0

  • Revista Nº17 – Julio 2017

    Portada. Conspiración poética permanente. Ven y Rebélate Alaire!.

    CONSPIRACIÓN POÉTICA PERMANENTE

    ¡VEN, REBÉLATE ALAIRE!

    Edita: Asociación Poético Cultural Alaire.

    www.editorialalaire.es

    info@editorialalaire.es

    Director: Rafel Calle

    Dto. de contenidos: Hallie Hernández Alfaro

    Dto. técnico: Pablo Ibáñez

    29 junio, 2017 • Revistas • Vistas: 0

  • El monje de “El mercenario”

    Autor: Dark Moon Walker.

    Tal vez sepas que los escritores nos inventamos todas las historias que contamos, incluso las que son ciertas, ya sea por proteger la intimidad o integridad de sus involucrados, porque la realidad es tan dura que queremos suavizarla, porque, por el contrario, la exageramos para denunciarla o, simplemente, porque desde nuestros cerebros hasta las letras que escribimos están nuestros recuerdos; y estos no son del todo fiables. Razones por las que pueda que ahora no creas la siguiente historia; pese a cierta. Pues, de seguro, la verdadera trama de este relato, ocurrió en algún sitio, cuyo nombre nunca supe, a un tipo tal cual hay miles. Por lo que no nombraré lugares ni el nombre real de quién me contó la historia por la que, ahora, me invento la siguiente. O tal vez, quién sabe, pueda que nunca lo sepas y te esté mintiendo en todo; y sinceramente.

    El caso fue que, hace tiempo, conviví por unos meses con ciertos mercenarios muy nacionalistas, aunque ellos se llamaban militares, más promovido por este afán mío de documentarme que por involucrarme con ellos. Y porque, por esos azares de la vida (aunque el azar no existe), no me quedó otra salida más consecuente que vivir con ellos, pues siempre he sido de economía más bien pobre.
    Eran tres y, todo hay que decirlo, militares de élite, pertenecientes a dos fuerzas especiales militares del país en el que resido, aunque todos se habían formado en la misma base. Por su trabajo habían viajado a muchos países y, bien pagados, a otros tantos habían ido por su cuenta. Eran grandes y fuertes, todos tenían tatuajes, aunque ninguno visible a simple vista, y, al menos dos de ellos, eran groseros y fanfarrones. La verdad es que eran groseros, bien groseros, pues suele ser una característica de los miembros de estos cuerpos militares especiales, y es que pasan mucho tiempo a solas con su unidad en condiciones inclementes, con lo que esa es su forma de animar al que se ha caído, al herido, al débil, o a sí mismos.

    Por esta deformación profesional primero me llamaron “Gafas”, luego “Letritas”, después me llamaron “Pico de Oro” pero por último decidieron tácitamente llamarme por mi nombre; cosa que les agradecí, y les agradezco.

    Mas no hablaré de los tres, pese a que me contaron todos muchísimas historias, me centraré sólo en uno, el de mayor rango e inteligencia, aquel que hablaba varios idiomas con corrección y de forma educada; y a quien yo llamaba “Jefe”. Aquel al que sólo me referiré en esta historia como “El mercenario”.

    Lo podría llamar “El militar” pero creo que se ajusta mejor el otro nombre ya que entre los mercenarios y los militares sólo veo una diferencia. Y es que el militar, si le conviene, mata a sus enemigos mas, el mercenario, si puede, mata los enemigos de otros. Y este caso, el que ahora os cuento, se ajusta más a lo segundo que a lo primero. Aunque nunca hablé de esto con “El mercenario” ni con ninguno de los otros dos, ni en sus borracheras más sinceras, que fueron muchas y con diversas drogas. Y, aunque tampoco creas esto, no se los dije más por pena de ellos, por lo que podrían pensar de sí mismos con tal idea, que porque aún tenía que vivir allí; y me podían inflar a golpes.

    En una de esas noches en las que los cuatro estábamos ebrios, a las tantas de la madrugada, cuando uno de ellos estaba follándose a una en su cuarto, el otro estaba inconsciente en el sofá y “El mercenario”, sentando a mi lado, haciéndose un porro, me contaba no sé qué de las prostitutas vietnamitas y porque ellos entraban de tres en tres a los burdeles. “El mercenario”, aquel hombre alto, musculoso, fuerte, de mirada dura y ancha mandíbula; se me echó a llorar.

    Fue un llanto extraño, no por la impactante imagen de ver a aquel hombretón llorar, sino porque, simplemente, en silencio, sin proferir ningún sonido, le empezaron a caer mansas lágrimas desde sus ojos que recorrieron su moreno rostro hasta gotear por su barbilla, enmudeciéndolo de repente, y haciendo que desenfocase su vista.

    Recuerdo que, en ese momento, por mi ebriedad y natural sensibilidad, me dio por extender una mano y con su dorso secar las lágrimas que ya caían desde su barbilla, tras lo que me espetó un seco: “¡¿Qué haces?!” Pregunta a la que yo respondí mintiendo, diciendo que iba a mojar el porro.

    Pasó un tiempo callado, hasta que terminó de hacerse el porro y empezó a relajarse fumándolo, instante en que me hizo una extraña pregunta para la situación en la que nos encontrábamos pues, como quien pregunta si sabes la verdad de un secreto, me dijo: “¿Crees en Dios?” A lo que no respondí pues de inmediato continuó hablando.

    Me contó que él antes no creía pero que empezaba a creer, por lo que le pregunté a qué se debía el cambio y, tras mirarme seria y fijamente a los ojos, como sopesando si me reía de él o si era conveniente contestarme, en el breve espacio de tiempo que duró aquel porro, me contó la verdadera trama de esta historia.

    Él me dijo que se la habían contado, que le había pasado a un conocido pero, los silencios que tuvo mientras me contó la historia, aquellos momentos en los que perdía la vista, se llevaba el porro a los labios y era cuando se daba cuenta de que ya estaba apagado. Aquellos extraños y largos momentos en los que brillaban sus ojos pidiendo más llanto; no me dejaron duda alguna de que era él quien había vivido todo aquello.

    Creo que me lo contó a mí porque, aunque esto tampoco te lo creas, la gente suele contarme sus intimidades, supongo que pensando que, no siendo para ellos mal tipo, si yo no les censuro, si no los juzgo o los critico; lo que hicieron estuvo bien.
    Me lo contó a mí y en voz baja, con voz impersonal, hueca, porque tenía que contárselo a alguien. Así, de un tú a tú, sincero, sin uniformes ni galones. Me lo contó a mí y de esta manera porque hay secretos que matan; y matan literalmente. Me lo contó a mí, simplemente, porque, por muchas razones, yo estaba allí y le escuchaba. Me lo contó a mí y, pese a que fue hace muchos años, y nunca lo he escrito y a nadie hablado; yo ahora a ti te lo cuento.

    Las fuerzas especiales militares trabajan siempre en toda zona de conflicto bélico, sea o no oficialmente. Cuando es oficial lo denominan “operaciones especiales” y, cuando no es oficial, “guerra no convencional”. Estas “operaciones”, tanto oficiales como no oficiales, son de multitud de tipos según su objetivo. Así las hay de reconocimiento, para recabar información sobre el enemigo comunicándose con contactos nativos, las de sabotaje de objetivos militares, las de formar la milicia o cuerpos de seguridad nativos (a lo que llaman algunos, en argot militar, “multiplicar”) o, simplemente, matar a alguien en particular. Y, esto último, fue la misión que le encomendaron a “El mercenario” y a otro militar. La misión que me contó.

    Alrededor de un año antes de esa conversación que tuvimos “El mercenario” y yo dicha noche, como ya dije, lo mandaron a él y a otro a matar a alguien, un dirigente político, en un país extranjero. Los motivos, que por años investigué después, fueron bien sórdidos; crear inestabilidad política e iniciar un nuevo conflicto armado para lo de siempre. Destruir un país con el negocio de la guerra y hacer negocio después con su reconstrucción. Cosa que bien sabía “El mercenario”; pues de tonto no tenía nada.
    La misión se llevó a cabo como todas las misiones de alto secreto, con sumo celo, bien estudiadas, sin dejar ningún cabo suelto. O eso trataron, pues aquellos mandos militares, los que planearon la misión, no sabían nada sobre el alma humana; por lo que jamás la tuvieron en cuenta.

    Así, en el mayor de los secretos militares (aquellos que jamás son reconocidos ni en sus victorias ni en sus fracasos) “El mercenario” y el otro militar viajaron en avión, por separado y como turistas, hasta un país. Desde donde viajaron a otro país en un helicóptero militar de una autonomía de vuelo de doscientos kilómetros con el que, de esta manera, de doscientos en doscientos kilómetros, desde base militar a base militar, volaron sobre todo éste segundo país hasta la frontera de un tercero; lugar en el se encontraba su objetivo.

    Una noche, pese a que el tiempo no acompañaba, pues era la época de lluvias de la zona, tras que sus mandos se enteraran de que su objetivo no andaba lejos, les ordenaron a él y al otro tomar sus equipos que, según “El mercenario” me explicó con mucho detalle, contaba esa vez con un fusil de francotirador, un arma voluminosa y pesada, que utilizaría su compañero. Supongo que me lo explicó con tal detalle para distenderse, para tratar en algo de quitarle gravedad al asunto hablando de naderías que le entretenían mientras buscaba el valor para seguir hablando.

    De esta forma me explicó que esa noche, “El mercenario” y el otro, saltaron con cuerdas sobre la selva de ese tercer país desde un silencioso helicóptero que voló a tan baja altura, para evitar los radares, y en tan oscura noche, que en una ocasión, tras chocar las ruedas del pequeño helicóptero con las copas de los árboles, según sus propias palabras, casi se van todos a la mierda.
    De esta manera entraron clandestinamente en el país, sin insignia en sus uniformes ni identificación alguna, portando equipo procedente de multitud de países; bajo el más absoluto secreto. Y una insistente lluvia.

    “El mercenario” me contó que el descenso del helicóptero fue complicado, pues no sólo fue esquivando árboles y bajo una fuerte lluvia, sino que cayeron sobre una pendiente llena de lodo por la que se deslizaron, cayendo al suelo más de una vez, dando vueltas aparatosamente junto a su pesado equipo. Hasta que llegaron a terreno más llano.

    Allí se orientaron y empezaron a hacer camino por horas, sobre blando barro y bajo una lluvia persistente. Sus órdenes eran buscar la aldea donde se encontraba el objetivo, aldea que se hallaba a unos veinte kilómetros de su posición, vigilar apostados en una loma cercana, desde donde se podía divisar perfectamente la aldea, coordinados por radio con sus mandos a la espera de la descripción del objetivo, asesinar a su objetivo, caminar a marchas forzadas treinta kilómetros hasta el punto de evacuación donde un helicóptero los recogería; y olvidar todo el asunto.

    Caminaron los dos, por estos motivos y de esta manera, por muchos kilómetros hacia dicha loma pero la lluvia no sólo insistió sino que aumentó de tal forma que se les hizo impracticable el camino por lo que, tras haber visto por el trayecto una cueva, decidieron regresar y refugiarse en ella. Mas la cueva estaba habitada.

    Pues en ella vivía un viejo monje, un anciano ermitaño y ciego. Según lo que me contó “El mercenario”, al anciano se lo encontraron de pie y sonriente, apoyado en un palo, que le hacía las veces de bastón. Me dijo que tenía unos ojos brillantes, muy brillantes y oscuros, esas arrugas de los ancianos amables y una sonrisa de dientes tan blancos que, en conjunto, daba la sensación que era un niño sucio y no un anciano vestido con harapos.

    Cuando entraron el anciano no más les sonrió con esa sonrisa espontánea que tienen a veces los niños, mientras les brillaban sus ciegos ojos, y les hizo alegres ademanes para que entraran, señalando una pequeña hoguera, invitándoles a calentarse. “El mercenario” y el otro, tras registrar toda la cueva, mientras el anciano se afanaba en hacer una infusión para sus invitados, resolvieron quedarse allí hasta que amainara la tormenta y así volver a hacer camino hacia su objetivo. Y allí, en ese momento, tras que el anciano les sirviera una infusión, que ninguno de los dos tomó, y se sentara frente a ellos con sus manos sobre su rústico y pequeño bastón, sin dejar de sonreírles; empezó la discusión. La discusión que tuvieron “El mercenario” y el otro sobre qué debían de hacer con el anciano.

    “El mercenario” opinaba que simplemente debían dejarlo atado y con una mordaza, pues siendo ciego no podía describirlos y ya que los dos se hablaban en inglés y con diferentes acentos, pues ambos procedían de países muy distintos, no podría dar ninguna información útil sobre ellos, más que eran extranjeros; cosa que nada importaba pues, tras matar a su objetivo, todos deducirían que habrían sido extranjeros. Sin embargo, el otro opinaba que era mejor matarlo para no correr riesgos. Algo a lo que se refirió por dos veces como “divertirse” con una sádica sonrisa en su rostro y tocando con una mano su puñal de combate. “El mercenario” insistió en que no era necesario matar al anciano, pues, tal cual era, no era peligro alguno para la misión. Mas el otro continuó opinando que era mejor matarlo.

    Y así se pasaron discutiendo acaloradamente durante casi dos horas ante el silencioso, sonriente y ciego anciano hasta que la lluvia paró de repente y se hizo un patente silencio en la selva. Momento en el que el otro, sin dejar de sonreír con sus dientes y labios pero mirando de una forma grave y oscura, se dirigió al anciano sacando su puñal de combate. “El mercenario” le dijo que parase, el otro no le respondió y continuó su camino moviendo el puñal como si cortara el aire, sádico y divertido, mirando al anciano que no dejaba de sonreírles. Pero, cuando se acercó al anciano, éste, sin dejar de sonreír ni levantarse de su asiento, cual niño contento, le propinó dos fuertes golpes con el palo, uno en la mano y otro en el diafragma, lo que casi provocó que el otro dejara caer el puñal y que perdiera casi por completo la respiración; haciéndolo retroceder. Motivo por el que el militar, lleno de ira, cuando recobró el aliento, profiriese un “ahora si me voy a divertir” y se dispusiese de nuevo a matar al anciano. Y posiblemente lo hubiera matado si el “El mercenario”, en un acto visceral e irreflexivo, movido por sus propias pasiones, por su ego y por su odio, no hubiese sacado su pistola y le hubiese pegado un tiro en la nuca al otro. Un disparo que, amplificado por la cueva, sonó por la silenciosa selva, resonó, patentemente, durante muchos kilómetros, alertando a todos los que lo escucharon. Y, cuando se acabó de propagar el sonido, para sorpresa de “El mercenario”, el anciano, aún sonriente, le dijo en inglés: “Buen chico.”

    Tras ello, impactado, “El mercenario” abortó la misión, enterró el cadáver del otro junto al equipo de éste en la selva, caminó hasta el punto de evacuación, comunicó por radio que habían sido casualmente sorprendidos por unos milicianos mientras se dirigían a la loma, que sólo él había conseguido sobrevivir. Y fue evacuado de allí en helicóptero.

    Cuando terminó de contarme todo esto, “El mercenario” me preguntó sin mirarme, sin querer mirarme, con un hilo de voz, casi musitando: “¿Crees que hizo bien mi amigo? ¿Que tenía razón el anciano?” Yo no le contesté, simplemente, tomé de su mano el porro apagado, lo encendí y, tras inspirar largamente por la nariz y exhalar con mi aliento un suspiro lleno de humo, mientras fumaba, embriagado por las drogas que había tomado, a esas horas de la madrugada y embargado por mis propias emociones y ego; comencé a llorar en silencio, extrañamente, sin proferir sonido alguno.

    Sé que lo más seguro es que no me creas pues soy escritor, por lo que pensarás que sólo es una impostura, un invento, que “El mercenario” no existe, que nunca ha existido, y aún menos los monjes ancianos, ciegos y ermitaños que saben defenderse y hablan inglés; pero lo cierto es que esta historia es tan cierta como mis propios recuerdos.
    O tal vez no, quién sabe, pueda que nunca lo sepas; y tan sólo mienta…

    Aunque, realmente; qué más da.

    26 febrero, 2017 • Relato, Revistas • Vistas: 0

  • Matar la Omertá

    Autor: Pablo Ibáñez.

    Tu bata respira la cocina y el pasillo de la misma manera que entonces, madre, pero tus pasos son ahora cuidadosos y meditados, de pingüino. Has perdido brío, es normal. Calientas el café en la misma encimera de granito negro, acaso ya un poco macilenta por el paso del tiempo, y tu conversación sigue siendo reposada y gráfica, incluso al adentrarnos en revelaciones mucho tiempo postergadas.

    — Pero tú no eras Borderline. Lo dijo un psiquiatra de Madrid, muy reputado.

    Estiras un brazo lentamente al azúcar de las baldas; me levanto y te ayudo. Tengo miedo y vergüenza: he venido a que me cuentes qué paso hace muchos años, qué recuerdas, si la leyenda que bulle en mi cabeza contiene realidad. Yo ahora estoy mal y no sé por qué. Yo no sé si hablar en crudo del pasado es bueno o no, si es justo o no. Dicen que sí —ese terapeuta tan serio y tan caro…—, yo no sé.

    — Mamá, ¿conservas el cuchillo?

    De repente suena el timbre del portal, siempre has tenido suerte en estas lides. Un técnico que viene al ascensor, no sé qué pasa, ha venido ya dos veces. Prefieres concentrarte en esas cosas del día a día, es normal. ¿Yo qué hago aquí?

    Detrás de la ventana está lloviendo suavemente. La calle se parece a la de entonces, más pequeña. Han construido un bloque de viviendas enfrente, en el solar que estuvo condenado de maleza muchos años. Un perro monstruoso protegía la verja de lanzas herrumbrosas, yo pasaba por delante cada día hacia el colegio. Me enseñaba los dientes desde dentro y me ladraba sordamente, bestialmente, me buscaba los ojos con sus ojos llenos de odio.

    — ¿Te acuerdas de Rodrigo?

    De repente te muestras animada, me sirves un café, intentas rebajar mi gravedad azucarándola, anegar un pasado dudoso con un presente mío que entiendes muy brillante. Gracias madre.

    —Tu padre siempre decía que llegaría lejos. Está de reponedor en el Día de la esquina.

    Un día cogí un pequeño cuchillo de la cocina y lo escondí en la maleta del cole. Al pasar por delante de la verja, abrí la maleta, saqué el cuchillo y comencé a acuchillar los dientes de aquel maldito perro. Notaba la manga del jersey ensangrentándose, pero el perro no cedía en su odio, ladraba y ladraba, intentaba morderme desesperadamente y yo acuchillaba y acuchillaba su hocico, el metal afilado crujía al golpear en calcio, perforaba sus enormes encías torpemente. Sus ojos odiaban y odiaban, totalmente enloquecidos, y los míos también. Y aquel policía de barrio se aburría mucho, era el jefe, estaba deseando acción contra alguien débil. Me apartó de la verja, tiró el cuchillo y se cebó en mí a golpes. Su uniforme olía a naftalina, el perro no callaba.

    — Cariño, fue hace muchos años… Aquello ya pasó. Tu padre ya no puede recordarlo, ya no puede recordártelo en silencio en cada una de sus miradas de decepción. Has salido de aquello, has sobrevivido. Dorita la del quinto me dice siempre lo alto y lo guapo que estás, y lo educado, lo elegante, qué buen mozo. Olvídalo.

    Madre, me has dado un beso en el umbral, una sonrisa cariñosa y cómplice. Afuera sigue lloviendo suavemente; la calle es la misma de entonces pero nosotros hemos cambiado. Yo he cambiado. El mundo ha cambiado, y quizá no quiera o no sea capaz de asimilarlo en algún recodo de mí mismo. Una brisa de otoño remonta la avenida y azuza las agujas de aguacero. Respiro unos minutos el portal, me arropo el loden y camino lentamente hacia la noche.

    26 febrero, 2017 • Relato, Revistas • Vistas: 0

  • Mi noche de espanto a lo Chéjov

    Autor: Gerardo Mont.

    Al norte, la ciudad abre su mejor sonrisa: casas de lujo, edificios modernos, servicios múltiples y exclusivos, como dientes bien tratados, adornan la zona de los ricos. Al sur, los colores se van degradando, acercándose a las tonalidades de la miseria y el vicio: salas de masaje con final feliz, cantinuchas, sodas sucias, moteles de baño compartido y de divisiones a media altura entre los cuartos, donde se entremezclan los gemidos, logrando ráfagas de placer fingido muy parecidas al dolor o a la desesperanza de aquellos que, tendidos en la acera, no son más que el crudo testimonio de que siempre hay daños colaterales en los negocios lucrativos. Hacia el este, asciende el asfalto hacia otra provincia, dejando desperdigadas las tiendas de precio moderado y las económicas americanas que exhiben ropas de marca, usadas, y de tallas desproporcionadas para físicos, digamos reservados – que no quieren llamar la atención de otras especies –, pero nada que un par de costuras no pudieran corregir. Hacia el oeste las ventas callejeras, la avenida principal, el tráfico infatigable, las presas continuas y extenuantes, las multitudes que acuden a sus buses como a su última esperanza, soñando con sueños que se cumplen. Y yo allí en el medio como un punto que no sabe con quién tiene que tomar partido.

    Mi amigo circunstancial, al que yo llamo Aznavour porque cada vez que viene al país, a observar aves y mujeres, empalaga el edificio con la música del famoso trovador, me había dicho un par de horas atrás, en un español terriblemente francés, con gárgaras incluidas: “Creo que su ami ggo Ricagdo mug-rió”. “¿Y porqué lo cree?”, pregunté de inmediato demasiado sorprendido. “Pogque hagbía un ¿fég-retro? en su apagtamento y mugcha gente que me degcía: mug-rió Ricagdo”. Luego desapareció tras su puerta, como por arte de magia, aunque le hice evidente mi deseo de continuar interrogándolo. Mi corazón se movía como una mujer al ritmo del perreo. La noche anterior yo había soñado que mi amigo yacía rígido y amoratado en un gran cajón, tan grande como un congelador de cantina; y en el contexto de mi afición reciente por lo paranormal, la adrenalina me gritaba que así, tan pronto, me estaba haciendo receptivo.
    A pesar de la terrible noticia pude pensar que eso de la elegancia y la respetuosa manera de conducirse del francés es otra mentira, de esas que llevan sólo la intención de enfatizar nuestros descuidos y carencias tercermundistas; roles perpetuados por el cine que sólo muestra la cara amable y romántica de aquellas naciones europeas y la triste y miserable de nuestros países.

    No sé por qué razón mi mente, no obedecía a mi intención de concentrarme en el lógico y necesario dolor que me tendría que tener clavado, dado el reciente deceso de mi gran amigo Ricardo. Aunque como siempre, tuvo poco tino aun para su última despedida, así que no debía esperar mucho sentimiento por su ausencia, máxime que había muerto precisamente en lunes, cuando ni las gallinas ponen.

    Un día para volver a la realidad, era el lunes, para calentar motores e iniciar el rutinario viaje del burócrata hacia los viernes por la tarde. No era un día para morir, sino para otro maldito principio, como el de un zombi, que hasta días después decide tomarse algunas energéticas para blandir sus gruñidos e intentar con ellos la imposible coherencia del mensaje. Para colmo de males caía una noche fría y una terrible bruma hacía sentir los cuerpos en la calle como tras un muro, o en otra dimensión y eso se traducía en un bloqueo parcial de mis nuevas habilidades, y aunque lo intentaba no lograba captar, sino, leves impulsos, tenues percepciones entremezcladas con mi lógica preocupación, ya no por el muerto, pero sí por los vivos, por lo que yo tendría que decirles, para parecer coherente y sensible.

    El lunes, definitivamente, no era un día para morir. Quién querría morir un lunes, si espera, como sé que lo esperaba mi amigo, que muchos asistan a la vela con una alegre versión de “los dolientes”: con lágrimas, pero con mucho que decir respecto al muerto. Yo hubiera preferido, en el peor de los casos, un fin de semana, que aunque hubiera estropeado planes previos, o interrumpido algunos tragos, la lengua, por decirlo de alguna manera, hubiera estado más ligera…, capaz de sacar los ases de la manga, porque sin duda aquel “vicho”, así lo requería desde el otro lado, donde le hubiere tocado en suerte, estar.

    Bueno, y allí estaba yo, recostado al poste del alumbrado, intentando planificar mi ascenso hacia el departamento de esa esquina, que reniega de los puntos cardinales y que así, a la deriva, trazaba en mi mente una noche de espanto a lo Chejov, con féretro en la sala, y la mierda de una trama macabra de muertos y sus formas de morir, con las que pretenden engañar a sus amigos, haciéndoles creer que antes de aquello estaban vivos… Aunque en honor a la verdad, no recordaba bien la trama del famoso cuento y casi estaba seguro de que no iba por allí, a mi mente le daba, en ese mal momento, por hacerse la interesante ante la inminente necesidad de subir aquellas gradas y robarle un buen tanto de protagonismo al muerto… Y mal, no podía concentrarme para no caer en los excesos de un llorón que no acepta la inevitabilidad de la muerte, pero tampoco en los del impasible, tan cercano a lo inhumano, tan político.

    Miré al segundo piso, las sombras parecían espectros a la luz de las lámparas y al ritmo de ese metal tan pesado que escuchaba en vida o más bien ingería como una droga. La escena para alguien que le conocía tan bien como yo, no era nada extraña, pues solía decir en vida: “A mi muerte quiero metal y un ambiente de tragos y luz baja para que los compas me sientan a su lado y en su ambiente”. Creo que él no consideró que tratándose de un muerto, se colarían los malos y los buenos vecinos, alguno que otro enemigo, para gozar de aquello, los compañeros de trabajo y no pocos vampiros del estado, de esos que eternizan los linajes políticos a cambio de un buen puesto. ¡Qué de vibras encontradas debía haber allí dentro!

    En los minutos subsiguientes hice un mayor esfuerzo por concentrarme, pero no logré imaginar una postura adecuada y aún menos un discurso. Las manos entre las bolsas del pantalón me harían parecer un tonto, pero mis manos sueltas y nerviosas harían ademanes que de seguro, serían contrarios el apropiado sentimiento. Mi mente, entonces, decidió divagar en las muchas perspectivas que apuntaban a la esquina. Extrañamente en Ricardo, como en su apartamento, también confluían todos los índices. Como burócrata choricero había amalgamado alguna fortuna, recibiendo untadas de dudosos extranjeros, que le permitía ser bien aceptado en los clubes exclusivos del norte, en sus fiestas privadas y en sus submundos de excesos, digamos elegantes; pero como divorciado andropaúsico, rodaba desvergonzadamente en los excesos, digamos poco elegantes, del sur; y como uno de ellos, al sur o al norte, siempre era el alma de la fiesta. Además, aunque venía del este, de aquella otra provincia, más rural, más apacible, cuna de algunos próceres, abordaba siempre su apartamento por las congojas del oeste, bien acongojado.

    Encendí un Marlboro mentolado, aunque estaba dejando de fumar pues ya había calado en mí, eso de, “fumar mata”. Sentí un placer indescriptible, casi sexual, pero cuando ya había terminado con un jalón de a pulmones llenos, me sentí culpable. Sin embargo, me consolé pensando que la muerte de mi mejor amigo lo ameritaba, y encendí el segundo. Me gustó observar como las volutas de humo se mezclaban con la niebla, la usurpaban, pero luego se perdían en ella. En ese momento, aquello me pareció sexual, también, y con la culpa a flor de piel, froté mi cabeza y pensé en la muerte de Ricardo, en las posibles razones del deceso.

    Barajé primero, los clásicos motivos: Accidente, suicidio y homicidio. Por supuesto, era casi imposible imaginar que un hombre de edad media, deportista y mujeriego incorregible, pudiera decir adiós, así como así, de manera natural, a un mundo al que amaba y escurría.

    Sus ancianos padres, de acuerdo a mis cavilaciones, llorarían con certeza un accidente. “Sin duda – dirían –, habrá preparado la leche con veneno para algún gato, y su estado etílico y el hambre habrían hecho el resto. Desde niño jugaba a darles muerte. ‘La venganza del ratón’, solía llamar el juego. Pero era sólo un juego, él era incapaz de una maldad premeditada”.
    Claro, yo asumí que siendo Ricardo tan predecible, tendría que haber muerto de algo así, como con leche envenenada. Una muerte sin garbo, cinematográficamente trillada, como todas sus bromas, y terriblemente estúpida como su sentido del humor… Por Dios, mi mente aún divagaba. Recordé los malos ratos que me hizo pasar, burlándose simuladamente de mi raquítica conversación, de mi manera de quedarme ido y llenar mi boca con cerveza para aparentar –según él – que era algo más que un vegetal, porque tenía movimientos voluntarios. Aunque la realidad es, que voluntariamente escojo para mí, un perfil bajo, que encubra mis intereses y capacidades, para no involucrarme en esas estupideces que llegaron a cansarme después de algunos años: jugar de técnico de fútbol avezado, de un don Juan con muchos pluses, de gran aventurero y millonario, o de gran cantante en los Karaokes y cosas por el estilo, que todos en el grupo vomitaban de los demás compañeros, pero perpetuaban, asintiendo con una risa sorprendida, para recibir en consecuencia, el mismo trato cuando les llegara el turno de exagerar lo propio.

    Por esa razón, por burlarse, un par de meses atrás yo le había acertado un puñetazo en el rostro, que de inmediato se le inflamó y poco después fue tomando, color de golpe en serio, con el ojo correspondiente, rojísimo del rebote, para completar el cuadro. Desde ese día, no sólo él, sino que todos me trataban con más consideración y a veces abordaban temas de mi interés en los cuáles yo era la última palabra (fácil ante su absoluto desconocimiento). Sin embargo, a pesar de su nuevo y excelente trato, yo había acumulado tal rencor, que un solo golpe no lo podía haber desahogado, aunque tuve que aprender a disimular, para aparentar la nobleza y el temple cristiano que yo profesaba cuando, como ya dije, de vez en cuando abordábamos mis temas sobre ciencia, o más recientemente, sobre temas paranormales y espirituales.

    Pero ahora, yo tendría que ser convincente, pues de seguro alguien tan aferrado a lo terreno, aún vagaría entre esas cuatro paredes observándonos, añorando su fama de hombre de mundo, los halagos, sus excesos. Lo imaginé con su maldita risita de entre dientes, mirándome y luego mirando a los otros, queriéndoles decir quién sabe que barrabasadas del que llamaba mejor amigo. Casi le doy gracias a Dios por habérmelo quitado del camino, pero desistí a mitad del intento, avergonzado. Entonces sentí una especie de miedo premonitorio caminándome en la espalda, mientras se entremetía un flash de mi memoria que me hizo recordar como algunos meses antes, el primo de una prima, llamado Josúa, tras tomarme las manos, me advirtió que debía cuidarme, que no debía involucrarme en asuntos paranormales en los que yo no fuera completamente imparcial. Quise hacer caso a la advertencia y no pecar de necio.

    Bueno, pero cuando uno divaga, divaga. Retomé las posibilidades clásicas y consideré la perspectiva que de seguro asumirían los hermanos: por su parte jurarían que habría mano criminal. Quizás algún dinero del que ellos aún no estaban enterados, habría sido el móvil (nos es natural a los humanos la ambición), y vivir en los lindes de una vecindad patibularia, habría sido su desgracia. “Con un revólver en la cabeza, cualquiera se la juega a ingerir veneno, para luego vomitar, tomar leche pura como loco, o correr al hospital si tiene chance”, diría la hermana menor de los tres hermanos vivos, la cirujana, tan bella como engreída.

    Los amigos, sin duda, no estarían de acuerdo. “Un suicidio, es lo que aquí ha pasado – dirían –. Con todos los enredos que este man tenía, cualquiera agarra a martillazos el reloj”. “Que si qué, no entiendo como no lo hizo antes. Tres pensiones, una güila preñada y deudas de juego y droga a más no poder, a cualquiera le dan un buen motivo. ¿No creen?”.

    Yo por mi parte llegaría de último, dándole un matiz propio a la cosa: “Todos tienen la razón. La leche preparada para envenenar un gato, sería el detonante de esas ganas de suicido, pero en el momento preciso para evitarlo, habrían llegado los acreedores, tan violentos como inmisericordes, y lo habrían obligado a beber la leche del animal, como una manera de humillarlo. Y ante el pronto efecto, de la fuerte dosis del veneno, habrían desistido de dispararle para mirarlo sufrir un rato”. De inmediato recapacité, el mismo frío en la espalda me advirtió que Ricardo esperaba lo mejor de mí.

    La noche se volvía tétrica, la bruma era tan densa que imaginé que podría untarme el dedo y chuparla, pero que esa noche tendría un sabor amargo. Me abstuve. El féretro en el centro, la escasa luz, esas voces guturales del heavy metal y el punk rock, convertían la escena en un ritual satánico, con sacrificio y todos los ingredientes ¿Cómo no se me había ocurrido antes? Por respeto al muerto que aún vagaba en la estancia, sacudí de mi mente el pensamiento.

    Una prostituta al otro lado de la calle me distrajo. Era hermosa, con tacones y una falda corta sin excesos, bien entallada. “Con este frío – pensé –cómo anda con las piernas descubiertas. Claro, ella sabe lo que tiene… Pero –recapacité – no parece una prostituta ¿qué hace allí entonces, de ese lado del mundo, sola y tan elegantemente vestida?”. Pude notar, entonces, que miraba hacia la ventana, como preguntándose qué pasaba, y yo que andaba un poco sexual después de varios días de ayuno involuntario, crucé la calle (extrañamente me sentí inseguro), le ofrecí un cigarrillo y fuego a la vez. Aceptó con un gesto que decía ¿y por qué no?, y sin más me puse a explicarle que había un muerto, uno que merecía estarlo por patán, pero que era mi mejor amigo. Ella paró los ojos, se recostó contra la pared flexionando una rodilla. Interpreté esa flexión como un lenguaje corporal, una invitación al acercamiento. Adopté la misma postura al lado y le conté todas las horribles acciones de mi amigo muerto, su manera de burlar a las mujeres (y a cuantos podía), cosa que ninguna, fuera cual fuera su condición, merecía. A esa distancia tuve un mejor panorama del interior y pude observar cómo, ritualmente quizás, se acercaban de uno en uno al féretro, corrían la tapa – deduje por el movimiento a pesar de que me daban la espalda –, y luego la cerraban para volver a su lugar. Ella se mostró demasiado receptiva, entonces le pregunté: “¿Qué haces aquí, a esta hora?”. “No, nada, sólo pasaba y me quedé mirando. No soy prostituta, por si acaso”, contestó. “Bueno, no lo pensé, por si acaso. Y también sólo miraba, porque no sé qué hacer, ni que decir. Tal vez puedas ayudarme…”

    Acto seguido la invité a una cerveza en el bar más próximo, como ha treinta metros hacia el sur. Y como dicen por allí, una cosa condujo a otra. Fuimos a un motel muy próximo. Ella una mujer desconsolada por alguna razón que no quiso decirme y yo necesitado de una piel tibia, que alejara ese frío que expiden los muertos y envuelve a los suyos los primeros días.

    Antes de despedirse con un beso en la mejilla, me dijo: “Sabes, estoy embarazada, aún no se me nota, ¿verdad?”. “No, no se te nota. Para nada”, le respondí y ella continuó: “Estuvo rico, sabía a venganza”. “Por qué”. “Por el malparido que me preñó”. De súbito tomó hacia el norte a toda marcha, yo la seguí a alguna distancia hasta llegar de nuevo al poste. Entre flashes de su maravilloso cuerpo, reflexioné sobre lo que me había aconsejado. Al fin, me decidí a ascender.

    ¡Por Dios!, cuando llegué a la escalera, un par de conocidos, casi amigos, gritaron hacia arriba: “Llegó Ricardo”. Me pareció de mal gusto, un irrespeto para los verdaderos dolientes, que aunque serían muy pocos, merecían consideración; y no sólo por gritar, sino por llamarme con el nombre del difunto, doblemente desacertado. De esas cosas yo si tenía cuidado, porque a mi manera de ver, sin ser profundas, mantienen la sociedad más o menos cohesionada. Seguí ascendiendo lentamente, el cuerpo de la hembrita titilaba entre mis dudas. Al llegar a la puerta, me faltaba el aire, como si hubiese ascendido varios pisos rápidamente. Sentí una debilidad en las rodillas, fruto quizás, de esos pensamientos encontrados que se agolparon en mi mente. Hasta el miedo asomó su nariz fría, inconsecuente.

    Ingresé lento, de acuerdo al plan que me había trazado, todos se habían alineado delimitando el camino ineludible hacia la muerte. De fondo los gritos guturales a un volumen moderado, las luces más tenues de lo que había imaginado y la terrible (así me pareció en el momento) ausencia de sus padres y hermanos. “¿Habría pasado algo entre ellos de lo cual yo no estaba enterado?, me pregunté. “Ya habrá tiempo para indagar en los detalles”, me contesté. Las miradas penetrantes también acosaban mis rodillas, bajé aún más el paso y mire hacia ambos lados con el mejor gesto de pesar que pudo dibujar mi rostro. Pensé que serían adecuadas algunas lágrimas, pero éstas, no me obedecieron.

    Antes de descorrer la tapa, puse la mano sobre la misma…, no sé, quizás para ser consecuente con mi nueva nota parasicológica.
    De pronto un grito cortó el silencio, como un bisturí que expone las entrañas. Un torrente de ideas sanguíneas probó mi salud cardíaco al máximo. Allí estaba, desencajada, la hermosa mujer de la que me había despedido minutos antes. Se tendió sobre la tapa maldiciendo la desgracia de haber conocido a Ricardo, y de que así porque así, la dejara con su hijo en las entrañas y el mundo encima.

    La abracé procurando mi mejor abrazo, puro, sincero, solidario, pero solo quise besarla. Mientras lloraba en mi pecho, no pude evitar que mi mente se desbocara nuevamente. Imaginé a Ricardo herido, ingiriendo su diabólica medicina, con la que él pretendía “ambientar” a sus amigos. Muy a pesar de mi voluntad, sentí una enorme satisfacción y quise sacarle el dedo al espectro que sin duda precedía aquel rito espectral de desencantos y malicias. Permanecí sumido como en una burbuja con ella aferrada a mí y yo a ella algunos minutos. Quise eternizar aquel momento, pero ella miró hacia todos lados y me soltó con el gesto de alguien que se lanza al vacío. Una rockera que yo no conocía la tomó de las manos y la sentó en una silla. Tuve entonces que confrontar el rostro de aquel “vicho”, en mi interior ya no podría llamarlo amigo. “Ojalá estés ardiendo en el infierno”, le dije entre dientes mientras descorría la tapa.

    Alguien subió la música al máximo, los vidrios retumbaron y todas las luces se encendieron. Mayor susto jamás me había llevado. Tras la distracción redireccioné la mirada a punto del desmayo.

    ¡Latas de cerveza entre hielo, eso era lo que había en el féretro, no más que eso! El maldito féretro era una gigantesca hielera, muy al estilo de ese estilo de todos los presentes.

    Había caído otra vez… y todos se burlaban. Simulé como mejor pude, ya con lágrimas de risa en los ojos, ya con maldiciones. Al voltearme estaba mi maldito amigo con sus brazos abiertos y me tendí sobre ellos abrazándole, como él a mí, con toda fuerza. Sobre el hombro miré los ojos de la mujer clavados en los míos. Sólo ella no reía.

    26 febrero, 2017 • Relato, Revistas • Vistas: 0

  • Poemas seleccionados del foro Alaire

    Selección de: E.R. Aristy y Óscar Distéfano

    El hundimiento de las pirámides

    Qué extraña distracción tomar asiento
    detrás de las pirámides altivas;
    sentir cómo comienza a removerse
    la arena que sustenta su grandeza.

    Qué síntoma, qué adiós, qué vaticinio
    previene al solitario observador,
    hundido en una silla sin respaldo,
    de la mortalidad de lo inmortal.

    No escucha más que vientos declinantes
    peinándoles la piedra milenaria.

    Qué raro sentimiento compasivo
    convierte el estupor en carcajadas.

    Podría levantarse, golpear,
    chillar como gaviota satisfecha,
    o traspasar la tierra movediza
    y ser como el ajuar que los cadáveres
    se llevan del lugar en que murieron.

    Ramón Ataz

    ~°O°~

    En mí arden pájaros

    No importa irse. Irse vale quizá como quedarse.
    Quizá mas.
    J. R. Jimenez

    DEFINICION Y SUSTANCIA
    Todo se olvida, dices.
    Y el verano, pienso, llegara, como siempre.
    Y el otoño:
    simplicidad perfecta de lo esperado.

    EXPULSADA DE LA MEMORIA

    No te escucho:
    oigo cómo crecen mis uñas,
    cómo el miedo se ha hecho dueño del barrio,
    de la ciudad.

    Cómo se acercan tus pasos.

    O se alejan.
    DE LA CALLE CÉNTRICA DE TU POESÍA

    Vuelves. Crees que todo puedes conjurarlo.
    Como antes.
    Que aún juegas a plantarle batalla a tu abecedario de soldaditos de plomo.

    Nadie está solo cuando a nadie espera, pienso.

    EN ESAS TARDES CANSINAS

    Limosneas mi tiempo. Espera, dices.

    (Sí, aún lo recuerdo: tus dedos encalaban
    la línea del horizonte de mis párpados;
    avaro, el mediodía se enrocaba en las flores del almendro.
    Pasó la lluvia. Y te amé).

    No preguntes: se extravió el futuro.

    LA LUZ INSINÚA LOS GESTOS

    Por eso siempre vuelve, dices.

    «No importa irse. Irse vale quizá como quedarse. Quizá más»
    -pienso-.

    Insinúa esa luz que no se extinguirá nunca.
    Quizá hablas de aquella que asomaba tus ojos
    al borde de los míos, y acallaba instantes
    y derrumbaba límites.
    Olvidas que cada singladura reclama sus olas,
    sus espumas.
    Creo.
    DONDE GRITO TU NOMBRE

    si redescubro espliegos
    y lagartos dormitando a la sombra de las espadañas
    -o transparencias de sol entre las buganvillas-
    y hallo tu comienzo, atempero mi pulso.
    Busco un despertar súbito, silencioso, certero como un disparo
    y asciendo desde la oscuridad a la luz
    camuflada en la mísera condena perpetua del día
    (antes de que la palabra me mate poco a poco:
    cuando le apetezca).

    Si me ha de encontrar la muerte,
    al menos
    que se tome el trabajo de buscarme entre los pájaros que arden en mí
    o en el impronunciable magma de sílabas.

    Blanca Sandino

    ~°O°~

    Lluvia

    De la lluvia amo el brillo
    que deja en la piel de las fachadas.

    A veces furia
    otras calidez,
    beso o ternura.

    La lluvia es un grito
    que se derrama entre las olas del aire,
    su corazón de ángel
    enciende los ríos de la vida,
    su raíz viste de agua
    la memoria de los impermeables,
    el descuido de los paraguas,
    el canto irreal de las alcantarillas.

    Cuando tú paseas vestida de humedad
    hay un eco gris que te sigue
    como una jauría de perros líquidos,
    callados, fieles.

    Me entretiene la redondez y el espasmo
    que la gota huida dibuja en el cristal.

    Veo a lo lejos
    los labios de la gárgola,
    su saliva incansable,
    su acuosa serenidad
    de símbolo.

    Y es en su ferocidad de ráfaga
    donde yo encuentro mi ser,
    desnudo, parado en las esquinas,
    el agua, el viento, la sal
    golpean mi rostro infantil;
    y sé que más allá de este instante de fragor
    hay una bendición que me atrae,
    me doblega,
    me abraza
    con sus tentáculos de ninfa.

    Ramón Carballal

    ~°O°~

    La vida es sueño en llamas

    Sospecho que la vida me reclama
    un poco de la anciana valentía,
    recuperar la ensoñación de llama
    porque es de hielo cada día.

    Y si pretendo vertebrar un mundo
    a la medida del disfraz que pido
    para mutar en Segismundo
    que quiere liberar al reprimido
    buscón de incendios sensoriales,
    habré de convertir la vida en sueño
    que guarde el combustible entre cristales,
    urna, dos brasas y el empeño
    de implosionar su origen de animales.

    De los sueños exploro el prender la consciencia,
    yo y mi obrero del fogón. Y olvido;
    no quiero congelarme en la nieve-cadencia
    que despierta los mantras de las noches en vilo.

    Rafel Calle

    ~°O°~

    Vivir

    Vivir. Seguir morando en la partida
    como el humo en la boca de la hoguera;
    al borde, como el humo, en la ladera
    de la llama que alienta oscurecida.

    Redimir en el fuego cada herida
    abierta al declinar la primavera.
    Ese fuego escondido, brasa austera
    que habitó en el rubor, de amanecida.

    Y límite del mar donde concluye
    -en sueño del azul, su voz de adviento-
    la espuma que, naciente, se diluye,

    dejar al polvo el último fragmento
    de la carne que aún nos constituye
    y erguirse libre,
    interminable,
    al viento.

    Felipe Fuentes

    ~°O°~

    Soy

    Soy el hambre que madruga su sentencia,
    en el olvido y en el antes del sol.

    Soy el verso, la lágrima, la senda.

    Aparezco repetido
    en mascaras
    en juegos de rayuela.

    Amanezco, pero no soy el cimiento.

    Cruzo la puerta y el laberinto,
    Siento la herida, el sino.

    Estoy despierto en la sala de mis condenaciones,
    Por ello huyo de las lágrimas y sus encrucijadas.

    Pero mi jardín se va secando,
    luego abro la puerta y soy
    esto que lees sobre esta hoja.

    Javier Dicenzo

    ~°O°~

    A roza abierta

    Es una paradoja sin sentido
    este cavar el tiempo, a roza abierta,
    minas de soledad entre los ojos
    y, a cambio, no dejar en la senda

    huellas de su pisada taciturna.
    Me asalta en lo profundo de la noche
    su pulso irrefrenable, me lacera
    en la sien como un mínimo martillo.

    No hay nada que parezca más ligero:
    mas como se detiene en las heridas
    a hurgar y hacer más férreo su dominio,

    nada marca su paso lento y firme.
    Sólo esa permanencia en las agujas
    y saber que se fue mientras miraba.

    Josefa A. Sánchez

    ~°O°~

    – Asedio –

    Aúlla la manada desde lo alto del risco,
    el viento acaricia los árboles,
    ríe escondido el diablo
    en su madriguera de sangre.

    La luna baña los barrios,
    sucios haces rompen
    contra ventanas-espejos,
    y mil lentes se enfocan hacia el centro,
    donde los lobos vigilan.

    La avenida es un río furioso,
    desgasta el asfalto las vibraciones,
    se cierran los balcones,
    se tapian las puertas,
    cometas de vidrio surcan los cielos
    y estallan,
    cobardes,
    a escasos metros de la entrada al infierno.

    Suenan los cantos de sirenas,
    agudos, desquiciados,
    desde los cuatro puntos cardinales
    torres de sonido se alzan
    acuchillando palomas
    rumbo al olvido.

    Los nervios se desatan,
    nieve combustible y corazas de arena,
    las calles arden bajo el aguacero.

    Israel Liñán

    ~°O°~

    Risk

    Para inferir en el reino de coltán he olvidado las naves,
    alambique en el zodiaco de la noche.

    Atocha desnuda en flor,
    los andenes, besados por la psicosis de Cupido.

    Para inferirte crucé dígitos en la memoria
    y jugué al milagro terco,
    a colonizar defensas,
    a renacer en modus corazón.

    Tu avance conquistó el funeral del miedo.
    El riesgo mordisqueó neuronas en la carrera;
    pobre adrenalina, pobre historia.

    Para inferirnos ha triunfado el mineral más oscuro.

    Hallie Hernandez Alfaro

    ~°O°~

    Mucho González, poco Ángel

    Pidiendo ayuda a gritos en silencio
    salía del poema hacia la calle.
    Pausaba diez minutos en el atrio, así que remansara
    la tensa inanición de la palabra.

    La brisa del canal soplaba fresca.
    Abría mis entrañas para olerla, sacaba un cigarrillo;
    la noche transitaba sin esfuerzo, algún claxon lejano
    manaba del rumor del universo.
    Fumaba como un niño, libremente.

    Tenía que decir mucho de ti.

    De cómo desalojas la norma cuando pasas,
    del mar de kriptonita en tus pupilas,
    ese mohín cerval cuando calculas,
    las trazas en idioma neardental si te ensimismas.

    Tendría que decir, pero ya sabes
    que hay mucho González, poco Ángel.

    Pablo Ibañez

    ~°O°~

    Desde Blas de Otero

    ” ¿Quién escribe, ¿quién me coge de la mano?
    No es mía ” (Blas de Otero)

    Pero me sirvo de ella, Blas Eterno,
    para esculpir en las rocas todo su nombre,
    aun sabiendo que
    entero su nombre, me cabría en la niña de mis ojos.

    Como el trueno eyacula en la tormenta sin pudores
    y al orgasmo,
    gime al cielo cada uno de los rayos que penetra,
    es su mano,
    Blas del Cielo,
    no mi mano.

    Pero me sirvo de ella, a ras de arena.

    En ofrenda.

    Concha Vidal

    ~°O°~

    El viaje

    El valle estrecho
    que delimitan las cumbres del dolor
    permite vahos de libertad
    que laten aquietados,
    como si la felicidad tan solo fuese
    un lapsus momentáneo
    entre contrariedades.
    Dijo Li Po:
    “Eres bella como una flor,
    Pero las nubes nos separan”.
    ¿Quién podía adivinar que en esas nubes
    viajaban madres imperiosas,
    padres ausentes que de pronto
    sentían la exaltación en la entrepierna
    de una paternidad ausente?
    Así es la vida, la verdad,
    la gran conspiración que nos ocupa
    tantos años.
    Viajamos buscando los oasis
    para olvidar montañas tenebrosas.
    Y, entretanto, el amor
    nos despedaza
    con sus poliédricas cuchillas.

    Roberto López

    ~°O°~

    Ecce Homo

    Porque ¿de qué aprovecha al hombre, si ganare todo el mundo,
    y perdiere su alma?
    JesuCristo

    Hoy desperté sin dios y sin demonios,
    nada más que estas banderas
    colgando de mis venas,
    en la Avenida Las Américas,
    voy a sacarles partido.

    Avanzo hacia donde quiero,
    me valgo de lo que sea,
    a veces dejo hablar al culo,
    de los dos, es él quien mejor besa.

    Hoy sólo hay hombres,
    mujeres y niños,
    ¡sálvese quien pueda¡

    Si me obliga el momento
    al servilismo, fiel complicidad
    de la balanza ciega,
    lo hago, pero no lo sostengo.

    Soy el clérigo ardiente
    del altar Mancebo,
    el watergate del papeleo.

    Que no se me cruce nadie,
    puñal en mano,
    le clavaremos todos,
    ¿traición?,
    ¿a quién culpar?
    ¿a quién se lanza al silencio
    sin pestañear?

    Vendrá dios a colación,
    si me conviene,
    si viene al caso,
    si acaso me hace «el bueno».

    Miserables,
    insípidos,
    ineptos haraposos,
    ¿qué quieren, sueños?

    Mi sueño es de proezas,
    yo sabré invertir en sueños,
    un capital que compre la conciencia.

    No hay límites,
    quiero lucírmela,
    y si no puedo,
    será ojo por ojo,
    y diente por diente.

    Mis razones son muchas,
    mis delirios tantos,
    mi inconformidad,
    como el caldero curtido
    de las instituciones.

    Si no soy yo,
    no es nadie,
    ese es mi más sentido pésame,
    mi cura, mi fiebre,
    la frigidez de todos
    mis estruendosos orgasmos.

    E. R. Aristy

    ~°O°~

    Rasgos

    A grandes rasgos
    puedo decirte que el aire pesa levemente,
    puedo pintarte dormida entre grises nubes,
    puedo cocinarte un pastel de cumpleaños
    en una función de teatro interpretando mi vida en láminas,
    repitiendo acto tras acto los pasos de la razón y los errores
    huyendo en cada soplo de ese aire impensable que, ya te digo,
    levemente pesa.

    A grandes rasgos,
    Atormentado por esta física implacable que me rige cuerpo
    envuelto de pasiones, celofán interior ocupando el espacio
    con misterios que pesan levemente, igual que el aire ausente
    creando ángulos.

    Así, a grandes rasgos, me debilito en cada formación del día
    a la vez que, a grandes rasgos, me configuro.

    Ignacio Mincholed

    ~°O°~

    Desidia.

    Lo despertó la indolencia
    cuando el sueño deja ya de ser un sueño
    y se convierte en pereza que aplatana
    los sentidos después de una meridiana
    distendida, sin agobios.

    No fue el whisky,
    que casi ni lo cataba, ni una comida copiosa,
    los causantes del erguido pensamiento,
    sino el recuerdo de un día y unos dedos
    enlazados con intenciones traviesas.

    Pero, entre tanto sopor, con la tarde a medio hacer
    para colmo de su vicio, le visitó la desidia
    y no quiso terminar el argumento iniciado
    en aras de una moral que le quedaba en el fondo
    de su armario escrupuloso y algo de remordimiento.

    Y es que, a veces, engañándonos un poco,
    hacemos que una desgana vital
    torne el gozo en negligencia
    pensando que es por virtud
    lo que es solo aburrimiento.

    Victor F. Mallada

    ~°O°~

    Anochecer sin ti

    Acabo de perder en este instante
    el tren de la esperanza.

    Hoy se cumple lo cierto de tu augurio:
    Cuando me dejes, cuando por fin no estés conmigo,
    habrá otro anochecer que te recordará el fuego incierto
    que alumbra este crepúsculo; y, entonces, recuérdalo,
    te dolerán las cosas y lugares
    que ahora no te duelen, porque piensas que no fue hecho
    para los dos este camino.

    Recuerdo
    la tarde en la que tú hablabas de nosotros con palabras
    que solo el alma entiende. La penumbra
    cubría lentamente la plaza de este pueblo,
    borrando de la tierra y nuestra vida la última
    sombra de nuestras manos.

    Desde la misma cruz
    que encumbra el campanario,
    en un ocaso igual a este,
    sentimos descender el ángelus sobre las espigas
    doradas de los campos. A lo lejos
    el ángel del silencio apagaba como ahora
    la candela que brilla sobre el mundo
    y, de la misma forma que hoy aquí
    me anudo a tu presagio, esa noche me deshice
    de ti y de tu camino.

    Aquel anochecer te hizo perder
    el tren de la esperanza, y no lo supe. Soy yo
    en este el que lo pierde, y me duelen los lugares,
    las cosas y lo sabes.

    Por eso tengo el alma preñada de nostalgia
    y te hablo en la distancia
    con las mismas palabras de oración
    que, como tú decías, son las únicas
    que el corazón entiende.

    José Manuel Sáiz

    ~°O°~

    El mundo se derrama

    No sé por qué los males se acercan, si el bien también.
    A veces me presiona un porque
    Para preguntar:
    ¿Por qué me siento mal
    si a veces me siento bien?
    ¿Por qué vivo si tengo que morir?

    El viento preguntón
    le pregunta a las hojas:
    ¿Por qué pregunto? ¿Por qué existo? El porqué.
    Y se distrae
    Yendo sobre las hojas que caen.
    El mundo se derrama.

    Las nubes vuelan sobre la fábrica,
    Alabándola porque ella las creó.
    Entonces le devuelven el favor
    E intoxican a los tiernos animales,
    Que derraman su roja sangre como una bella rosa,
    Que nace en la negra tierra.

    Juan Cruz Bordoy

    ~°O°~

    Aspasia de Mileto

    ¡Hija de Axioco, templa en la belleza
    de tus labios el don de la palabra
    y en tu hermosa oratoria la grandeza
    de la sabiduría toda, labra!

    Haz, Aspasia, que Sócrates acuda
    a visitar el verbo de tu casa,
    ramo verde en la mano y una duda
    que al corazón o a la razón abrasa.

    Portento de hermosura, gracia, ingenio
    en un siglo de gloria para Atenas
    a ti cabe, mujer, desde el proscenio
    representar las más altas escenas,

    que no ha de haber Pericles sin los dones
    del encendido amor de tus pasiones.

    Julio González Alonso

    ~°O°~

    La radio antigua

    Nunca tuve una radio antigua
    de las que se regalan de padre a hijo
    y que, presuntamente, son la mejor tumba de las mariposas
    pero recuerdo a mi padre hablando de una radio así
    mientras se afeitaba en un día de verano
    y enseñándome las mariposas dignas de acabar su vida
    sobre una radio antigua,
    y recuerdo aquel día de verano
    hueco, maldito día de verano
    cuando el cura llegó a nuestra puerta
    y dijo que ya no había espacio para más tumbas
    y que la gente debía tardar en morirse,
    maldito día de verano,
    mi padre se afeitaba con la tranquilidad de los que saben
    que su tumba ha de estar sobre otra tumba
    a la que nadie visita
    y que el viento confundirá el nombre de su cruz con otro nombre
    y la sombra de los nueces será dos veces sombra y doble de amarga.
    Recuerdo aquel día de verano, era un día perfecto para afeitarse
    sin miedo a las cortadas,
    un día perfecto para despedir al ángel de la guarda
    y deshacerse de esas bolas de algodón
    que superaban a las sanguijuelas.
    Sí, recuerdo la fanfarria de silencios
    que llegaba con su canción entrecortada
    desde el norte
    y a las mariposas gordas
    que, de repente, rodeaban mi cuerpo
    como a la carcasa de una radio antigua.

    Marius Gabureanu

    ~°O°~

    Este tiempo que envejece

    Expuse demasiado los rincones, las raíces sin vida.
    Entre palabras fluyó vanidad encubierta,
    y a veces me sentí centro.

    Mostré las huellas del dolor,
    la risa y las muecas que me hizo la vida,
    y vacié el pasado en cántaros de lluvia.
    Todo menos lujuria.

    Pido perdón por empapar con mi tormenta
    corazones solitarios,
    o almas tras belleza sin destino.

    Hoy humea un café descafeinado
    bajo la sombra de la mañana
    y, hundida en el silencio,
    os digo que
    fui feliz en el intercambio de amores,
    de la palabra caldeada en el alma.

    Sobre la cima de este desierto
    miro el mundo
    y me retiro a la tierra de nadie,
    al barco de papel que envejece
    sinuoso en el río.

    No me acogen los dioses,
    se cobijaron de nuestro hacer sin sentido,
    y no tengo ninguna potestad que induzca
    amaneceres de luz.

    El verso acompañó la oscuridad,
    la mía,
    y ahora siento el llanto del mundo.
    No sé cómo afinar los trinos
    de las aves con vida.

    No es fácil crear manantiales
    por eso hay sed y muerte,
    no es fácil abrir fronteras,
    de ahí la soledad.

    Pilar Morte

    ~°O°~

    Levitándote

    Quiero pensar en ti rendida al sueño,
    pensar en ti reducida al sabor de tus axilas,
    a los tangos en la boca de mi madre, como fresas.
    Pensar en ti mientras mi corazón se desarruga ante el espejo,
    ante la serenidad de su mar más turbulento, antítesis del oblivion de los ateos.
    deseo traducirte en mis papilas, mientras sorprendo al lince
    que reposa bajo el párpado, e inhalo tus pequeños labios, tan grandes
    que articulan a veces nuestros límites y otras veces nuestras fugas.

    Pensar en ti como una niña, sin iras o demoras, sin notas extremas,
    Simple, como el frío hipocondriaco que relata tus nostalgias,
    Como un silencio de estertores, como estas horas imparciales
    Que ya superan las glorias cenicientas.

    “Minimaliso” tus sentidos, reduzco tus colores, limito tus fuentes…
    y entonces duermes, como se duermen los violines en sus notas preferidas,
    desdeñando las demás, eternizando una palabra impronunciable.
    Sé de notas, te digo…Escucho las cuerdas
    Que entre los enormes miedos y el pianissimo materno, te dibujan.

    Quiero pensar en ti sin más ruido que tus pasos incorpóreos en mi espalda,
    que mis dedos clandestinos levitándote,
    sin más abrigo que el vértigo disfrazado de tus formas,
    sin más vacilación que no oírte pronunciarme.

    Quieta como la mujer ausente de Neruda, así te pienso,
    sin más deseo que fumarte, que quemarme el labio como un ebrio,
    sumido en la cannabis de tu aroma. No se…, quizás al intuirte regreso a las cavernas,
    quizás dormida solo eres el germen de mis terminaciones sensitivas.
    ¿Qué sueñas? ¿Qué sabes cuando duermes? Así tan quieta ¿olvidas el amor?
    ¿Puedes contar como cuentas en vigilia los segundos?…,¿contar acaso de regreso
    hasta encontrarnos aquel día, cuando nombramos por primera vez
    los nidos en los cuerpos, procediendo simplemente a las caricias?
    Cuentas, así dormida – como novicia asiendo sin sus manos – los acertijos de la vida,
    las flageladas aritméticas del hada, la cábala de los puros.
    revalidas mis ficciones con irrefutables algoritmos.
    tu compleja geometría refuta el alegato que igual química y amor.

    Eres un árbol de colmenas,
    un giro hacia el hogar en la incertidumbre de una esquina,
    pero también una puerta, una pregunta…Por cierto, cada día me sorprendes.
    Tus miembros amputados regresan cuando duermes,
    mientras a mí, aun me duelen las heridas que sin querer te he proferido.

    Los fractales de tu cuerpo me embelesan, como un cumulo de estrellas en la mano,
    como el Aleph a Borges, como el corazón de los dragones nobles a los críos,
    o el espejo de aquel cuento que desmiente vanidades.

    Amarte suele ser una aventura,
    aun si duermes, aun si no escuchas mis mentiras más sinceras,
    porque tus poros permanecen en vigilia,
    y me miran con la misma devoción que te profeso
    cuando digo más allá de las palabras, en silencio
    – por respeto a la calma de tus mareas entreabiertas –
    “te amo”.

    Gerardo Mont

    ~°O°~

    El muro

    Padre mío que estás
    en el muro
    ¡protégeme!
    No duermo. El sueño no sabe alcanzar
    mis lagrimales.
    No duermo, muro santo,
    acúname con la música del mar,
    con un poema que sepa volar
    y roce al contacto de mi corazón
    la punta de una estrella.

    ¡Qué feliz soy en tierra de nadie!,
    ¡qué hermoso este silencio blanco!

    Sin embargo,
    algo golpea febrilmente tu piel,
    dice mi nombre a gritos,
    me atormenta
    el espíritu.
    Su lengua paraliza mi lengua
    cuando me habla de cosas que comprendo…
    Y tengo miedo, Padre mío.
    Entonces araño una oración
    y te reinvento
    mientras escondo mi cabeza en el cielo,
    y trato de acompañar
    la curvatura alada de los pájaros.

    Yo te invoco:
    Madre mía,
    canta muy alto desde el germen
    de tu invisible piedad
    mientras me sueñas;
    que no escuche una sola voz temblar,
    un solo puño de avarienta certeza
    golpeando mi decrepitud,
    desconcertando el llanto silencioso
    con el que bendigo tu Nombre.
    ¿Sabes?
    allá afuera
    se cultivan palabras sobre la dura tierra
    y sus frutos son álgidos, y pesan:
    son pan para los ahorcados,
    leche para la desilusión.
    Y yo solo deseo este plato de negrura
    que aliño con espíritus del aire, con relámpagos de paz
    que atenúan los espasmos de mi desangelado corazón.

    Santificad eternamente esta ceguera,
    Madre mía,
    Padre mío
    que estáis en el muro.

    Rosa Marzal

    ~°O°~

    Los huesos de la luz

    Ocaso derramado en oro;
    el charco del mirar se disipó en la nada.
    En la quietud de las aceras
    el cielo es un brillante pedernal.
    El aire cruje en su vigor de hiel.
    Se encienden los alambres
    y se ensancha la herrumbre de la luz;
    sobre el cemento fértil yacen sus huesos amarillos
    ―la luz tiene los huesos rotos por eso duele;
    su escombro es una asolada cercanía.

    Un rayo de tu imagen atravesó la tarde;
    calcinó la ciudad.
    En ese consumado territorio
    mi carne huele a estrella
    en fusión, a energía racionada
    en cálices calientes.

    Una ventana, un cauce… la espina del deseo
    como una exhalación sensible del perfil:
    La cruz quemada a las orillas de tu piel

    J. J. M. Ferreiro

    ~°O°~

    Detrás de los otoños

    No disipas tus hojas
    en la melancolía del otoño,
    ni te derrochas a los eternos vientos
    ni a la más incitante brisa seductora.

    Tu fértil existencia, tu canto que se adueña
    de toda primavera en cuanto llega,
    reclama su abanico de arco iris
    y el transitar airoso las tardes del estío.

    La diosa Exuberancia se adueña de tus células,
    y florea sobre tu copa
    efluvios de colores; pero no desafías
    la vastedad callada de los prados,
    los infinitos rayos de la muerte,
    la luna en su ovalada pesadumbre,
    pues los favores cósmicos
    no comprenden los límites del alma.

    Sientes el esplendor de la pradera
    desde tus verdes perspectivas,
    desde tus brazos vegetales,
    y recuerdas que la frondosidad
    no avala la arrogancia
    ni migración alguna hacia las nubes.

    Detrás de los otoños
    todo perece siempre.

    Oscar Distéfano

    ~°O°~

    Casa abandonada

    No todos los huesos mueren.
    Lo he visto en las fotografías
    que palidecen en muros desnudos
    hasta fundirse en los desconchones del alma.

    No todo el murmullo acaba
    cuando las venas de la rutina se abren
    y se secan entre el polvo.

    El umbral es un avispero.
    Cruje al trasluz su rostro
    dejando salvajes insectos
    picando las chispas, que flotan,
    en una constelación de olvidos.

    Un ciego parpadeo volátil
    cruza los convalecientes armarios
    susurrando su último desorden.

    Nada queda de la apetencia de los días,
    y sin embargo,
    una hirviente marabunta
    esconde las larvas del renacer
    bajo las rendijas de la vida.

    Ventura Morón

    ~°O°~

    Yo no supe llorar cuando llorabas

    Yo no supe llorar cuando llorabas
    ni supe iluminar tu sombra hundida
    ni sentir la verdad ni la medida
    en el ruego de amor que me dejabas.

    Yo no supe escucharte cuando hablabas
    ni horadé en la hondura de tu herida
    que tocaba el infierno en su caída
    apartando el cuidado que guardabas.

    Solo y perdido siento este lamento
    que no halla consuelo ni clausura
    y no puede olvidarse de aquel día.

    Si no supe vivir en tu tormento
    me merezco el dolor y la locura
    de morir por tus ojos todavía.

    F. Enrique

    ~°O°~

    ¿Acaso tú eres huella de mis versos?

    En la vejez se aprende mejor a esconder
    los fracasos; en la juventud a soportarlos.
    Arthur Schopenhauer
    Yo no sé por qué lloran los sauces
    de mi calle,
    ni por qué el viento escondido en los sueños
    gime en mi voz.

    No sé por qué, ciego a la vida,
    a punto de estallarme el corazón,
    el tiempo va pasando sin la fuerza del nombre
    de mis versos.
    Me estoy viviendo a solas
    mientras las horas me saludan
    cada amanecer,
    pero pasan las noches
    conociéndome olvido, mientras camino
    sobre las hojas secas de mi boca.

    José Manuel F. Febles

    ~°O°~

    Los cafés de París

    Lo primero es, qué buscas en marcharte.
    Con qué acróbatas has decidido justificar tu vuelo.
    De qué abdicas, mientras lamen sus sombras los gatos
    en la noche, y algunas cicatrices
    se nos llenan de cúspides.
    Mira que no es momento de exiliarse
    en reflejos que no saben de estirpes solitarias. Que
    las rosas que dejas, el cielo marinero,
    la luz de madrugada, son de plástico,
    y no recuerdan nada que coagule la vista.

    La rigolé, Café de Flore,
    Boulevard Saint Germain , Rue de Four, a la fin Canettes 46,
    son lunas que hemos hecho poco a poco
    como quien lee un cuento
    que no quiso aprenderse de memoria. Uno de esos refugios
    en los que los otoños
    son la herida de amor de las ciudades.
    Fíjate como cae
    una gota de azul en un vaso de agua. Los cuerpos cambian,
    algo ha cambiado todo,
    pero a nadie le importa saber
    si en ese vaso bebíamos los dos
    y aprendíamos juntos
    a morir con la paz de las estatuas,
    para luego cruzarnos un océano.
    Porque intuirse
    es un puente colgante que se abre,
    y es su rio poder imaginarlo.

    A menudo sucede que la vida
    no es parte de la historia.

    ¡ Garsón, un autre café noir, s´il vous plait!

    Lo ves, no hay miradas perdidas
    que no contengan trazas de juventud.
    Quizás eso nos haga fijarnos en los rostros
    de una forma mejor, menos monástica,
    y traducir los tiempos de un pasado
    cuando la excitación corría
    hasta llegar al fin a serlo todo
    bajo la inmensa cúpula
    que construye, paciente, nuestras horas
    más largas de la noche.
    Y entonces yo dejaba, y tú también,
    que hablase Gil de Biedma.
    Porque en distantes mundos
    también es importante
    que un hombre como otros
    te explique que escribir poesía pertenece
    a esa muerte de limite imposible,
    más honda que la idea de ser niño
    y mucho más absorta que una resurrección.

    Estás dejando pánico en las calles, sobre los desayunos
    de los horarios viejos, linternas de París.
    Y huesos rotos, en un itinerario
    que respira quietud, en el ascenso estelar de los tejados.
    El mundo está luchando por salvarse.

    No sé por qué me dices que te vas.
    Las mesas van quedándose vacías, es verdad.
    Pero tu edad parece más cercana, y hasta ahora
    éramos dos canciones con una misma letra
    que querían poder ser escuchadas
    y perseguir a un rayo
    flotando en la corriente.

    En este espacio tu palabra existe,
    a una hora de aquí
    no sé pensarlo.

    La gente se despide,
    paga su cuenta, retoma sus estilos,
    pero tú quieres irte
    y eso es mucho más pálido, y no conoce
    estancias para contar leyendas.
    Nos conviene mirarnos todavía,
    somos menos si somos muy lejanos.

    Tú ya sabes, el elixir humano de la piel
    soterrado en el cuerpo,
    y que yo he puesto a veces delante de los ojos;
    la indecisión, un gesto, una postura,
    todo lo que es verdad y nos da afecto.

    A duras penas, me quedaré encerrado
    en este sentimiento imperativo
    porque el instante interno
    adquiere desde ahora
    carácter transparente.
    El hombre se acostumbra a disgregarse
    entre lo que le gusta y lo que necesita
    (rara vez coinciden ambas cosas) A que vienen ahora
    tantas muestras de serenidad,
    de las dos eras tú la que
    primero ardía con un brote de luz
    sobre el ancho pacifico del aire,
    la primera en liberar la sintaxis
    y dejar que el sujeto
    matase al predicado,
    ¿acaso ya no es cierto
    que un temblor nunca queda pensativo en la orilla?

    Porque tenerse
    es un puente colgante que se cierra,
    y es su rio poder imaginarlo.

    Manuel Sánchez

    ~°O°~

    La grieta

    A un paso de la penúltima frontera
    con la fatiga a cuestas de tanto ignorarse a sí mismo,
    asomado al futuro por una rendija
    olvida el pan, de tanto ansiar las migajas.

    Sortilegio cromático en espejo de aguamancha
    eran sus sueños de antaño,
    cuando aún respiraba sin necesidad de conceptos
    y su andar lo dictaba la simple inercia del paso primero,
    sin nociones sucintas de elaboradas doctrinas
    ni asociaciones banales con mitologías muertas.

    Hay hambruna de luz, en la ciudad de los grises
    se ahoga el silencio en laberintos de simetría imperfecta,
    ignorada por gárgolas y buitres alguna alondra muere en el suelo,
    sólo un niño llora la fuga de su globo sin vientos.

    Suena el clarín de la guerra inversa
    hay noticias de muertos enterrando a sus vivos,
    pero él… tan sólo se asoma a una mísera grieta.

    Arturo Rodríguez Milliet

    ~°O°~

    Cuentas disonantes

    A mi David

    Me protejo con el sueño me siento dueño de mi silencio.

    De mi silencio no puedes alegar ¿me rebates Prudencio?
    Mi prudencia es el misterio como Séneca sentencio:
    si en la calle hace frío aún me río en la condena
    del Génesis, de la némesis y estiro la cadena.
    ¿Pecado es vivir? Pecado es morir, yo lo elijo
    a mis años, mudo siento que el mundo es rebaño no acertijo.
    ¿Más detalles? No te ralles: es muy claro, no es tan grave,
    la puerta que cierro se abre a mi verso que es la clave.

    Perdonad perdonavidas la verdad no es doctrina
    dudar es la oración que alucina mi retina.
    Vi Damocles en la noche como perro callejero,
    nací,
    llegué, y vencí: con filosofía de César aprendí.
    ¿Te suena esto? No es invento ni portento ni bronca de yuntero,
    tantas formas, tantas normas el cielo se compra sin dinero.
    Con razones sacristanes, no mentiras, la Navidad es putada
    de nada y sin rumbo, sin curro donde el burro es la fachada.

    Y vosotros de rodillas, no me extraña que las tengáis duras.
    No juzguéis no seréis juzgados, no os quejéis dijeron los curas
    y no admito impostura, ten cordura, dijo mi abuela Manuela.
    Villancico que mastico es un rap que dedico a su esquela.
    Sueño que sueño a usuras volar sin mordaza.
    Porque el miedo no me atrapa ni es abrazo ni amenaza,
    el cielo del mañana un dilema que taladro,
    prefiero el suelo, soy el amo, me llaman perro y ladro;
    cuanto puedo, cuanto quiero, no pierdas de vista mi jugada:
    borracho de hachas estridentes -dijo Miguel- de mi boca a la tuya
    ¡qué patada!

    Roger Nelson
    elPerro

    Armilo Brotón

    ~°O°~

    Muerte Virgen

    Conduce su mirada hacia arriba porque alguien
    en algún recodo preguntó por dónde
    se sale sincréticamente de todas las vidas y sólo ahora lo recuerda,
    ahora que no pasa nada. Entonces
    los racimos de círculos son desperdigados desde cualquier vocal;
    cualquier vocal es el viento, la desinencia del aire, y el aire es el volumen
    de todos los cuerpos instigados por la promesa de la desaparición
    como si la desaparición fuese un ente,
    un lunar debajo de la lengua,
    una montaña en la punta de la lengua.
    Aquí estás, cielo,
    te he tocado las manos con el pulgar del pie adentro de la bota,
    me gusta el frío porque rejuvenece el paladar,
    y estoy como reverberando dentro del ojo falso
    de un animal que fue cierto y tuvo su forma incluso
    antes de que su corazón fuese un crisol en que los astros
    ensayan órbitas para perderse en un nuevo centro
    que acaba pareciéndose al lugar desde el que el ser promete sus espacios.
    Belleza, ¿me escuchas?,
    aquí no pasa nada,
    yo repito la inacción con la palma absorta en sus cabellos,
    yo toco su cráneo y mojo mi mano entera
    en una sangre que no pertenece a nadie todavía
    pero cuyo sabor me lava y me pronuncia.

    Bruno Laja

    ~°O°~

    90 años

    …acabo de saber que el edificio en que vivo tiene 40 plantas y que da a 3 calles y a 1 avenida; y es que, entre una especie de niebla densa, en la que he estado inmerso y cegado toda la vida, siempre pensé que mi casa estaba sola y aislada, y que, además, era estrictamente de planta baja; cada vez que salía y cerraba la perta, jamás se me ocurrió pensar en que podría acceder a tales calles o tomar un ascensor hasta el último piso y divisar por completo la ciudad; …e igualmente y de la misma forma, estaba convencido de que la gente que cruzaba ante mi puerta, – que tal vez viniese de un ascensor o se digiriese a él –
    era la misma transitando por la calle, y que por tanto se movía, se alejaba y desaparecía sin más; pero ¿y los ascensores? ¡ah, perdón por este asombro, pero que me dicen de los ascensores…¡ ¡oh Dios mío, gran señor de lavida, que ingenio, que descubrimiento…¡
    como habré podido vivir 90 años sin la menor inquietud,
    sumido en la indolencia, entre 4 paredes,
    y creyendo siempre que el rol de los demás habría de ser también muy similar al mío,
    incluso idéntico; ¡…un ascensor, amigos, un ascensor…¡
    y es que, palpitándome aun, porque ha ocurrido tan solo hace un instante,
    he visto y sentido que rápido, muy rápido, es algo que me elevo hasta el fin del mundo,
    que desde allí arriba me asome y que, de pronto, descubrí el sol, los coches, gente por todas partes, y hasta un rio hermosísimo y limpio que ahora sé que corre justo, justo, al lado de mi casa; …90 años asumiendo que era quimérico abrir, iluminar y transitar por lo imposible; 90 años protegido por candados y resguardando mi casa viva con gruesas cerraduras y altos muros de hormigón, seriamente armados y reforzados;
    y es que nadie, nadie me había dicho cuál era y dónde estaba mi patrón de libertad:
    nadie, que una mujer, o un hombre, fuese un Dios en formación;
    ¡90,90, 90 años…¡

    Antonio Justel

    ~°O°~

    Quietud de seda

    Los pájaros nocturnos inundan con sus cantos la melancolía de la herida. Recuerdan el misterio de las nubes que buscan la belleza. Me asomo a la ventana y contemplo el vacío numinoso que pasa por la calle antes de que el enigma de las horas atraviese el instinto de la niebla. El silencio se abisma en la distancia mientras recuerdo tu rostro sonriente. Todo lo que me ata a tu piel cálida anida entre las sombras de esta quietud de seda. Amo los laberintos de tu cuerpo y desnuda te ofrezco el cofre de mis días. Los sonidos que pueblan las madrugadas blancas son una colección de sucedáneos que aminoran la historia de la nostalgia de los astros.
    Deambulo por rincones de esta ciudad querida que plasma con la lluvia el extravío de todo lo que existe.
    Las hojas caen sin mucho protocolo, sólo porque es otoño… y la hojarasca seca acompaña tristezas desbiográficas que pugnan por salir al horizonte.
    Los pájaros nocturnos son memorias de todos y de todo que graban con sus plumas la liturgia sutil del abandono.
    El tiempo se enamora del amor y capta muy despacio el mutismo de bruma que presiente la visita del ángel protector.

    Ana Muela Sopeña

    ~°O°~

    La Tierra Prometida

    El hombre sale de casa todos los días y anda las calles de la ciudad,
    busca al hombre que sale de casa todos los días y anda las calles de la ciudad,
    anda todos los días, todas las calles, todas las ciudades, todos los países,
    busca al hombre del país, al paisano, al hombre de mundo, anda por el mundo,
    anda las calles, todos los días, anda de calle en calle, va de calle,
    el hombre sale de casa todos los días y anda las ciudades,
    las casas, los países, los mundos, los bares,
    busca al hombre todos los días, las calles a su nombre,
    la tierra prometida.

    Manuel Alonso

    ~°O°~

    El hombre del edificio de la avenida

    Tú, señor del lavavajillas y la recta,
    alma cándida del sofá y rey de sombras.
    Bello durmiente de la galaxia
    y los parches reconfortadores.
    En qué trastero extraviaste la noción
    de ti mismo. Dónde las arenas
    y los planos originales del sueño.
    En qué canal te quedaste a vivir,
    en qué zapatos sembraste montañas,
    en qué bragas buscaste el cielo…
    Y todo para acabar vomitando
    la biblia de la televisión por cable,
    para tapar el horizonte con el ombligo.
    Y si nunca te estiraste con el desparpajo de un dragón
    y si nunca lloraste a tumba abierta,
    si jamás resucitaste veinticuatro días en una semana.
    Ya sabes que los cuentos son mentira
    y que la mentira aliñada sabe a tarta de frambuesa y polietileno,
    pues eres el protagonista de tu cuento.
    Por qué soñar en días de lluvia
    si puedes ser la lluvia entera.
    Ay, triste y valiente pusilánime,
    si no sabes llevar un volcán bajo la piel
    a qué te metes en camisas de altas cumbres;
    porque en un mundo a golpe de silencios y tambor
    has de derrapar guitarras en la sangre,
    llevar playas de coral entre los dedos,
    perseguir rincones desandados y desnudos.
    Nunca los rinocerontes lucieron cascabel,
    nunca las águilas vistieron banderas
    ni amaron en calcetines.
    Te creíste dueño del tesoro,
    te pensaste amo de las llaves
    y no caíste en que las llaves son
    solo entretenimiento de peces,
    simple excusa de portero
    en el edificio de la avenida de los espejos,
    en una casa vacía y sin puertas.

    Luis Muñiz M.

    ~°O°~

    XVIII

    Cuando la veas, dile que estoy bien,
    que baila en mis pupilas el ingenio,
    que escribo sin parar, noche tras noche,
    que forjo mil proyectos de futuro.
    dile que estoy contento con mi vida,
    que pretendo viajar a muchos sitios,
    que casi no me acuerdo de su nombre,
    que no la echo de menos.
    No se te ocurra hablarle de estas sabanas,
    de este pijama azul descolorido,
    de este olor de alcohol y de morfina,
    de mi cabeza calva y amarilla.
    Y que no se te ocurra, sobre todo,
    Decirle que me muero.

    Jerónimo Muñoz

    ~°O°~

    Por si llegara esta noche

    Por si llegara esta noche
    con su mirada blanca y un gorrión dormido,
    con sus manos inversas
    y mi mundo en un frasco ante mis ojos,
    por si me dijera ven a la mitad de un sueño
    y se me quedaran, sin quererlo,
    las ciudades huérfanas de otoños,
    o se presentara, acaso,
    antes de ese arrumaco donde baña la luna
    sus perspectivas vírgenes
    y se hiciera la lluvia en las palabras
    sin haberlas bebido.

    Si no me sobrara el tiempo ya
    para contar insomnios
    y mi piel fuese vidrio condenado,
    o mirara hacia el cielo
    y me nacieran galaxias en los hombros,
    tal vez liberara a los presos que me escoltan el pecho
    y les mostrara
    la cima de ese idioma donde esconde la voz
    sus silencios más largos
    a punto de romperse.

    Les diría
    que fundieran sus gargantas
    para vestir las rosas con tu nombre,
    que te gritaran fuego en los inviernos,
    horizonte en la espera,
    aplastaría sus grilletes
    hasta inventar la materia más pulida
    con que acariciarte,
    una sin recodos donde guardar para luego
    lo que fuera esencia de la risa.

    Les enseñaría a tocarte
    con el abismo y la sed con que contemplan
    los niños el océano,
    con la paciencia rota
    de aquéllos que se buscan a sí mismos.

    Y justo antes de irme
    te hablaría de esas islas donde el tiempo es un árbol
    que cobija el amor de los náufragos
    perdidos en tu cuerpo.
    Allí te esperaría,
    como flor desconocida que llevarte a los labios.

    Mª José Honguero

    26 febrero, 2017 • Poemas, Revistas • Vistas: 0

  • Fantasmas y realidad en la Cueva de Montesinos

    Autor: Julio González Alonso

    La Cueva de Montesinos existe; es uno de los lugares reales de la novela de Cervantes. Lo que en ella ocurrió puede prestarse a interpretaciones de todo tipo; cabría, incluso, una interpretación freudiana de la aventura, similar a la de otras obras literarias, como es el caso de H.P.Lovecraft en Viajes al otro mundo. Ciclo de aventuras oníricas de Randolph Carter. La cueva significa la seguridad del seno materno, según S.Freud. Don Quijote, que en su vida ordinaria de caballero andante está entregado al sueño de soñar,en la cueva cae en el sueño de dormir con ensueños y se sueña despierto. En esta visión del subconsciente se establece una libre asociación de ideas que, una vez afloradas, serán sublimadas. Sabemos que los sueños están hechos de retazos y materiales de la realidad, así que en este soñar de dormir de don Quijote aparecerá Dulcinea en su ser de aldeana, tal y como permanece en el subconsciente, y de ahí la necesidad de negar esa realidad a través del encantamiento.

     

    8 Cueva Montesinos2

    Se ha dicho, incluso, que la aventura en la cueva podría tomarse como un precedente de la moderna espeleología. Y se ha dicho con toda la seriedad del mundo.

    También se quiere y puede ver en esta aventura una parodia del descenso de Eneas a los infiernos. El descenso de don Quijote es en busca de conocimiento, como será encontrar las fuentes de las lagunas de Ruidera y los orígenes del río Guadiana.

    Hay quien interpreta toda esta mágica aventura como una comparación de don Quijote con la figura de Jesucristo, que al tercer día volvió de entre los muertos. En la hora escasa que pudo permanecer don Quijote en la cueva se encuentra con muertos, personajes del Romancero, que parecen vivos, y con Dulcinea y unas pastoras que están vivas, pero aparecen encantadas. Don Quijote, entrando en la cueva a modo de tumba, descenderá a los infiernos, tendrá las referidas visiones y volverá del otro mundo contando lo que vio, aunque de un modo confuso y un tanto inseguro de ello, como se verá más adelante cuando pregunta al mono adivino de Maese Pedro «si ciertas cosas que había pasado en la cueva de Montesinos habían sido soñadas o verdaderas» (II, XXV

    Pero si nos atenemos a lo estrictamente literario, cabe observar cómo Cervantes no se aparta un ápice de la intencionalidad de la obra, que no es otra que parodiar los excesos de las novelas de caballerías y los pasajes de este estilo que solían aparecer en las mismas . El episodio de la cueva de Montesinos transcurre impregnado de un humorismo constante, dándole a la visión que tuvo en ella un matiz de fábula mitológica al estilo de Ovidio y Bocaccio(Martín de Riquer).

    Por encima de las lagunas de Ruidera, cerca del castillo de Rochafrida, pudimos visitar este lugar emblemático reseñado por Cervantes en el Quijote, la misma y famosa cueva de Montesinos, a la que que el caballero andante descendió y, entre otras visiones, como hemos dicho anteriormente, se le apareció la imagen de la misma Dulcinea del Toboso, encantada (II, cap. 22 y 23).

    La cueva puede visitarse fácilmente. Provistos de un casco y linternas nos internamos en la sima abierta en medio del tupido bosque de encinas y, con la imaginación necesaria, pudimos ver in situ lo que pudo ver don Quijote en la inconsciencia de los sueños tras su caída y pérdida del conocimiento. Allí fluye, purísima, el agua que explica y da vida a la leyenda del origen de las lagunas de Ruidera, el sabio Merlín nos deja ver las largas barbas blancas de su rostro y casi podemos oír retumbar su voz en la caverna junto a la dulcísima voz de la dama de los sueños del caballero andante, recostada en las sombras. Todo un conjunto de emociones que vale la pena experimentar. Y soñar.

    Para esta aventura encuentra la ayuda inestimable de otro loco de la erudición apodado el primo, con el que don Quijote se entiende de maravilla. Cervantes, hombre de formación no universitaria, aprovecha para arremeter contra los sabios de su tiempo y su saber erudito. El primo, una especie de don Quijote de la erudición absolutamente chiflado, está escribiendo un libro y tratando de demostrar, por ejemplo, quién fue el primero que tuvo catarro en el mundo. Será precisamente este loco el guía que don Quijote necesitará para su aventura en los mundos subterráneos de la cueva, al modo como ocurriera con el ya mencionado descenso a los infiernos de Eneas acompañado de  la Sibila o la guía de Virgilio en el viaje por los infiernos de Dante, con cuyas obras literarias puede establecerse un cierto paralelismo.

    Llegados al pie de la cueva, don Quijote descenderá a la sima atado a una soga. Media hora más tarde lo sacarán de allí totalmente dormido o inconsciente. En sus profundidades ha visto a Montesinos, a Lanzarote, a la reina Ginebra y muchos más, todos ellos encantados. Luego se encontrará con Dulcinea, también encantada en la figura de una campesina saltando y brincando como una cabra en compañia de dos labradoras, tal y como se las presentó Sancho Panza en su momento. Lo curioso de la situación es la demanda de seis reales que le hace Dulcinea por medio de una de sus acompañantes, lo que le pareció a don Quijote muy extraño porque no comprende que los encantados necesiten dinero. En fin, que le da lo que tiene, que en total alcanza los cuatro reales.

    Para don Quijote y el primo del licenciado la aventura no ha sido un sueño. Para Sancho, sí.

    ¿Y para nosotros?

     

    *Martín de Riquer: Aproximación al Quijote.- Para leer a Cervantes

    *Juan Bautista Avello-Arce: Don Quijote como forma de vida

    26 febrero, 2017 • Poesía, literatura y arte, Revistas • Vistas: 0

  • Con Cernuda y contra Cernuda

    Autores: Cristóbal Loriente y Pablo Ibáñez.

    Donde habite el olvido, 
    En los vastos jardines sin aurora;
    Donde yo sólo sea
    Memoria de una piedra sepultada entre ortigas
    Sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.

    Donde mi nombre deje
    Al cuerpo que designa en brazos de los siglos,
    Donde el deseo no exista.

    En esa gran región donde el amor, ángel terrible,
    No esconda como acero
    En mi pecho su ala,
    Sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el tormento.

    Allí donde termine este afán que exige un dueño a imagen suya,
    Sometiendo a otra vida su vida,
    Sin más horizonte que otros ojos frente a frente.

    Donde penas y dichas no sean más que nombres,
    Cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo;
    Donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo,
    Disuelto en niebla, ausencia,
    Ausencia leve como carne de niño.

    Allá, allá lejos;
    Donde habite el olvido.

     

    Con Cernuda, por Pablo Ibáñez

    Con el paso del tiempo, Luis Cernuda es reconocido como uno de los mejores poetas de la Generación del 27. Carente del tirón mediático de otros coetáneos –Lorca, Hernández…– o de gloria recibida en vida larga –Aleixandre–, la razón de ese reconocimiento se debe exclusivamente a la calidad de su obra. Cernuda no inventó una manera de ser andaluz, ni de ser homosexual, ni de ser antifascista. Fue las tres cosas a su manera digna y discreta, heterodoxa y apasionada, pero ninguna de ellas terminó siendo basamento de su esencia. Ni él lo quiso. Él era poeta. Y de los buenos.

    Porque, al final, ¿qué es lo que debería permanecer de un poeta?¿A quién le importa si Borges creía o no en la democracia, cuántas veces se emborrachó Bukowsky (una o dos), si Pessoa era antisocialista, o a cuántos chaperos se benefició Gil de Biedma? Lo que importa es la calidad de los textos que nos dejaron. Cernuda no tiene más apoyatura que su propia obra. Hablar de su vida, como de la de Juan Ramón, parece aburrido; da la impresión de que ya sólo eso les invalida para ser de los guays.

    Obra monumental la cernudiana. Amplia, diversa, exigente, seria. Recoge la mejor tradición del romanticismo becqueriano –otro crimen— y la instala en el siglo XX. Experimenta con todas las nuevas corrientes de la época y las adapta con éxito a su profunda manera de ver el mundo y el ser humano. La tensión lírica que consigue contraponiendo sus temas de cabecera –olvido/recuerdo, realidad/deseo, el ahora/el paso del tiempo…– resulta siempre notable y en algunos poemas como el que encabeza este artículo, sobresaliente.

    Cernuda: un gran poeta. Es absurdo ir contra esa verdad.

     

    Contra Cernuda, por Cristóbal Loriente

    Estimado Pablo, una vez más he aprendido de ti, porque
    he aprendido a desaprenderte, me distancio de tus argumentos,
    porque soy ajeno a las antinomias que mencionas,
    porque soy ajeno al GRAN POETA,
    porque soy ajeno al poema Donde habite el olvido,
    porque soy ajeno al olvido.

    Me la suda.
    Que me digan que el poeta se sustenta en la calidad de su obra -me la suda.
    Que me digan que es absurdo ir contra verdades, -me la suda.
    Pues siempre he ido en contra de la verdad, lo siento,
    prefiero la heterodoxia, que no produce esencias, es efímera,
    vida.

    El poema “Donde habite el olvido” me traslada,
    a modo de traición, precisamente,
    a esas aburridísimas clases de Literatura Española,
    en la que todos eran grandes poetas -y a la vez-
    grandes desconocidos;
    clases que me alejaron de la poesía y de la
    vida.

    No, Pablo, no,
    no quiero que habite el olvido,
    quiero la presencia, la vida, el amor;
    prefiero la historia de un duro hijo de puta

    26 febrero, 2017 • Poesía, literatura y arte, Revistas • Vistas: 0

  • Teresa de Ávila: : 500 años más allá del místico amor

    Autor: Julio González Alonso.

    Teresa Sánchez de Cepeda Dávila y Ahumada, mujer hermosa, de belleza serena, apasionada, gran imaginación vehemente, luego Teresa de Ávila, Teresa de Jesús por decisión propia y Santa Teresa de Jesús, al fin, nos seduce todavía hoy como ayer, después de los 500 años de su existencia, la de una vida marcada por un objetivo: la felicidad; la suya y la de los demás.

    2 Teresa Jesús avila_walls

    Las murallas de Ávila

     

     

    Teresa de Ávila pertenecía a una familia acomodada de judíos conversos o cristianos nuevos. Así como en el caso de Miguel de Cervantes podemos hablar sobre un montón de conjeturas acerca de su pasado judío, la raíz hebrea de la santa de Ávila está fuera de toda duda. Alrededor de 1950, la noticia causó estupor y cierta conmoción. Américo Castro dejó escrito que intuía o encontraba pistas en el estudio de su estilo literario, al que encontraba bastantes similitudes con el de los cristianos nuevos o judíos conversos de la época. Estas sospechas se confirmaron vía documental cuando Narciso Alonso Cortés encontró los papeles en la Real Chancillería de Valladolid que demostraban fehacientemente la ascendencia judía de la familia de Teresa de Jesús.

    Dicho lo anterior, que ni quita ni añade méritos a la obra de Teresa, digamos que su personalidad resultó ser arrolladoramente seductora y apasionada. Ya de niña, leyendo la vida de los santos y los mártires, había ideado escaparse con su hermano a tierra de infieles para sufrir el martirio. Luego, de jovencita, le cogió gusto a las novelas de caballerías de las que fue gran lectora y vivió con intensidad sus amores, batallas, sufrimientos y heroicidades. Todo ello contribuyó a la formación de un lenguaje literario y el modo de abordar, entre otros, el tema amoroso. También la lectura de la obra de San Agustín, como Las Confesiones. Pero la vida religiosa fue lo que cuajó en su alma y acabó siendo monja en contra de la voluntad de su padre. Destaquemos, por encima de todo, el valor que Teresa atribuía a la lectura y las obras literarias, hechas de la palabra, que es la vida y la sabiduría que mueven a la acción, a la que ella se entregó de forma generosa y continuada.

    La formación académica de Teresa de Ávila fue limitada, por lo que debemos hablar de una mujer autodidacta.

    Teresa de Jesús, en su condición de mujer que entiende a las mujeres, se vuelve y revuelve en un mundo totalmente dominado por los hombres y la severa autoridad de la Inquisición, reclamando con inteligencia y seguridad su propia voz desde la obediencia debida. Pero, como comentaba Germán Vega García-Luengos (Santa Teresa de Jesús ante la crítica literaria del siglo XX), a Teresa de Ávila se le daba muy bien hacer que le mandaran aquellas cosas que más quería obedecer. Porque, en el trato personal y directo, parece ser que su capacidad de seducción y persuasión corría, si no más, al menos bien pareja a su belleza. Y, si bien obedeció o que le mandaban, mejor obedeció lo que mandaba su condición de escritora, que fue la pasión de escribir.

    Aquellos juegos de niña de hacer monasterios, de rezar el rosario o pedir limosna, acabaron en pedir limosna, rezar el rosario y hacer monasterios en una sucesión de desafíos para los que la constancia fue herramienta fundamental. Aunque las enfermedades la acorralaron desde joven, éstas solamente afectaron a su cuerpo, no a su espíritu ni estilo de vida, marcado por el humor y el amor. El humor cotidiano y las bromas –a veces pesadas- que gastaba a sus monjas, y un amor místico que empapará toda su obra lírica, sobre la que cabe alabar su arrebatada belleza.

    La poesía lírico-religiosa de Teresa de Jesús se escribe en versos fáciles de una gran originalidad y en un estilo ardiente y apasionado. Sus poemas tienen un indudable acento popular y destacan por su claridad –ella decía: escribo como hablo– incluso al tocar temas complejos como puede ser el de la experiencia mística. Para ello recurre a las comparaciones que extrae de su experiencia y al uso de alegorías o metáforas continuadas para explicar lo inefable y contradictorio, esa desazón de místicos y poetas ante la conciencia de que, según Fray Luís de León, la lengua no alcanza al corazón (Germán Vega García-Luengos). Así, parafraseando a Menéndez Pidal, podemos decir que en su esfuerzo por dar a entender lo incomprensible de la vivencia mística, expresa de forma creativa lo sublime de la erótica amorosa.

    Visionaria impenitente que dice ver a Jesús, visitar el infierno o ver volar ángeles en sus arrebatados éxtasis, trasladará toda su energía espiritual e intelectual a la construcción terrenal de espacios, monasterios, en los que se acogieran a la oración y al amor de Dios, las mujeres. Una vida que, no hemos de olvidar, Teresa la entendía como un medio para hallar la felicidad. Desde su punto de vista, no puede alcanzarse mayor grado de libertad que cuando se es feliz.

    De su obra, resumidamente, destaquemos la parte autobiográfica con, entre otras obras, Las Fundaciones; la doctrinal, en la que destaca Las Moradas y, además de la mencionada obra poética, hay que resaltar el estilo epistolar en sus Cartas, de las que alcanzó a escribir 409.

    Pero, tristemente, y por terminar, el martirio que soñó de niña viéndose descuartizada a manos de los infieles y que –por fortuna- no tuvo que sufrir en vida, lo alcanzó estando muerta y a manos cristianas, o infieles para los llamados infieles por los cristianos. Un mundo, como se ve, todo de infieles según desde qué credo se juzgue a los demás y que, lamentablemente también, 500 años después no ha terminado.

    De modo que, en un ir y venir de su cadáver –encontrado incorrupto y con olor a rosas; un raro y muy lento proceso de descomposición- de Ávila a Alba de Tormes y de Alba de Tormes a Ávila, se va a quedar una mano en esta ciudad, en Alba de Tormes un brazo, un meñique no sé dónde, a Roma llegarán su pie derecho y la mandíbula superior, la mano izquierda acabará en Lisboa, el ojo izquierdo y la mano derecha en Ronda; Alba de Tormes se hará, también, con su brazo izquierdo y el corazón; otro dedo está en París y otro más se encuentra en Sanlúcar de Barrameda. La macabra devoción religiosa parece no tener fin y otros restos y dedos son distribuidos por toda España, gran parte de Europa y América.

    No obstante, importa lo que importa, y después de 500 años de aquel de 1515, sentir la fuerza seductora de esta mujer, su voz femenina y la utoridad del timbre lírico y amoroso de su poesía, no deja de ser sorprendente y alentador, digamos que un milagro en el contexto de la santa, que alienta un futuro de, al menos, otros 500 años. Pero eso ya lo contarán otros.

     

    26 febrero, 2017 • Poesía, literatura y arte, Revistas • Vistas: 0

  • Fondo y forma inseparables

    Autor: Rafel Calle.

    Estimado amigo Óscar Distéfano:

    Opino que forma y fondo son una misma cosa. Como tú, creo que lo importante es el fondo, pero también creo que no hay fondo sin forma, la que sea, tiene que haberla forzosamente. Pienso que fondo y forma son una cuestión de talento transmisor, van unidos porque no puede ser de otra manera. La forma es el vehículo que utiliza la energía transmisora o el talento, y, claro, cuantas más formas se conozcan, más posibilidades de transmisión para el fondo.

    Veamos, se empieza y se termina desde el cerebro. A la hora de crear, no puedes salir de la mente. El escritor, en muchas ocasiones no es capaz de ser consciente de lo que está creando, por la sencilla razón de que el proceso de creación es instantáneo, solo podremos ser conscientes de lo creado, una vez que lo leamos. Para poder leerlo, tiene que haber sido escrito.
    En ese proceso instantáneo, para vestir el pensamiento, nuestra mente recurre al banco de datos donde aguardan las formas. Dado que el cerebro actúa por la ley del mínimo esfuerzo, la forma que elija en cada ocasión, corresponderá a la forma que más conozca, que tenga más reciente y que mejor se acomode a lo que pretenda transmitir.

    Y he ahí el quid de la cuestión. Dependerá de los conocimientos que se tengan de las distintas formas, el que un autor tenga una obra uniforme o una obra pluriforme. Si no se conocen las formas, el autor solo podrá escribir verso multimétrico y, por lo general, de baja calidad rítmico literaria y, sobre todo, estética.

    Cuando hablo de forma, quiero referirme a la escritura y a todos sus aspectos, además de los propios del verso o del versículo, así que, la forma no solo se refiere al tipo de versificación, sino que también comprende aspectos como la gramática. Y digo que fondo y forma son la misma cosa, porque solo puede haber fondo si hay forma, no hay fondo sin forma. Y afirmo que la forma por sí misma carece de importancia, porque puede haber forma sin fondo, o sea, la forma por sí sola no significa nada aunque pueda tratarse de un ejercicio métrico en el caso del verso medido. Por ejemplo: se puede escribir un soneto métrica y rítmicamente perfecto y, sin embargo, de una calidad muy por debajo del mínimo considerable, deplorablemente vacío de contenidos lírico, literario o semántico.

    Dicho esto, una vez que nace la forma, también nace la poesía escrita. Una vez escrita, la forma es como un chicle, se puede alargar, acortar, mezclar… y el fondo siempre será el mismo, es decir, si coges, por ejemplo, un soneto endecasílabo rimado, deshaces los versos y lo conviertes en cualquier otra combinación, aun en versículo, el poema seguirá diciendo lo mismo. Lo único que habrá cambiado serán aspectos estéticos y estilísticos, pero incluso el ritmo será el mismo, salvo en el asunto de la pausa versal.

    Por eso digo que fondo y forma son la misma cosa y por eso digo que una vez escrita, ojo, una vez escrita, no antes, la forma tiene la importancia que tiene y no tiene ni un ápice más.

    Otro tema es que a algunos de nosotros nos guste escribir todo tipo de combinaciones y, por supuesto, me pasa como a ti, el verso medido me encanta, aunque también me gusta el multimétrico o el versículo porque permiten trabajar el lenguaje literario con más libertad, prácticamente sin ataduras, lo cual nos da un lenguaje más completo desde el punto de vista técnico, literario y semántico, es decir, el desarrollo del lenguaje en el verso medido y rimado se tiene que aclimatar a tales circunstancias y ello conlleva una especie de figuras concretas que, al margen de los tropos, son más sencillas porque se aprovechan para cuadrar metro, rima… En el verso multimétrico, la libertad es mucha, puesto que solo hay una condición, la pausa versal, pero es una condición muy asumible por elástica, además con réditos en todos los campos, ya que permite adentrarse en la sintaxis, la semántica, la musicalidad, la estética…, aportando más o menos complejidad y, en todos los casos, elementos renovadores.

    En fin, nosotros, afortunadamente, podemos escribir como nos apetezca, un día escribimos una estrofa clásica y otro día nos da por trabajar de otra manera. Es lo bueno de haber aprendido los recovecos de la versificación.

    Abrazos.

    26 febrero, 2017 • Cartas Forales, Revistas • Vistas: 0

  • Suprimir los signos de puntuación y otras ocurrencias muy perniciosas para los poemas

    Autor: Rafel Calle.

    Creo que es mucho más importante de lo que parece, el hecho de que el poeta no quiera cambiar las reglas gramaticales. A mi juicio, el poeta no está facultado para cambiar las reglas de la escritura, para tal menester, existen otros especialistas.

    Veamos, quizá valdría la pena que a la hora de valorar la importancia de escribir correctamente, tal y como nos han enseñado desde muy temprana edad y tal y como hemos insistido en aprender (perfeccionar) durante toda nuestra vida, tal vez sería conveniente que nos pusiéramos en la piel de los supuestos receptores de nuestra poesía. O salir del ámbito de los poetas y situarnos en el lugar del lector.

    Los lectores, ay, qué pena de lectores, enfrentados a los vaivenes supuestamente ornamentales de los escritores de poemas, por lo demás y en mi opinión, casi siempre tremendamente perniciosos para la propia poesía. ¿A quién le puede extrañar que la poesía sea consumida casi exclusivamente por los propios poetas? Es así y, desde luego, embrollar la escritura a base de suprimir un elemento crucial para la comprensión de lo escrito (signos de puntuación), no parece la solución ideal para ganar lectores de nuestra causa (poesía&cultura escrita). Después, hay un asunto que también me parece importantísimo, esta vez, de cara a la técnica rítmico-literaria, y es la supresión, de lo que sea, pero supresión que significa restar, es decir, no utilizar signos de puntuación significa empobrecer el poema. La técnica literaria necesita a la gramática, pero la técnica rítmico-literaria aún la necesita más, porque es más compleja que aquella.

    Los grandes avanzados de la supresión de las signos de puntuación, fueron los surrealistas de la escritura automática, luego algunos negaron el automatismo, pero se nombraron igualmente surrealistas, puesto que utilizaban el caos sintáctico-literario, aunque no automático y sí intelectualizado, amén de excluir los signos de puntuación, en parte o en su totalidad, negando la puntuación pero añadiendo detalles de sus propias cosechas; por ejemplo, Aleixandre en Espadas como labios, no puntúa pero añade una mayúscula para avisar de que debería haber un punto, con lo cual consigue un conflicto semántico para los lectores, precisamente, en una obra de importancia capital; qué lástima que un autor como Aleixandre sea tan poco conocido y mucho menos comprendido, pero es así y sus experimentos pseudosurrealistas no le ayudaron mucho en este sentido.

    Ahora, vayamos al germen de la poesía, a la sementera que no es otra cosa que la infancia y las juventudes estudiantes. ¿Cómo pueden enseñar poesía los profesores a los niños, si a la hora de leer los poemas, no los entienden ni unos ni otros? Unos se afanan por enseñar las reglas de la escritura, otros por aprenderlas. Y todos deben desentrañar un misterio gramatical a la hora de leer un poema. No basta con la complejidad, polisemia…, tenemos que poner más trabas.

    Son muchos los escritores que tienen dificultades a la hora de puntuar. Y yo me pregunto, ¿por qué algunos poetas cambian a su antojo las reglas gramaticales que son tan trabajosas de enseñar y tan difíciles de aprender? Y, bueno, a un poeta le da por empezar todos los versos con mayúscula; a otro poeta le da por suprimir las comas; al siguiente le da por quitar los puntos; llega otro poeta y sigue con minúscula después de un punto, en fin, un montón de ocurrencias que no tienen nada de positivo y que son una losa muy pesada, un enorme obstáculo para la evolución rítmica, estética y literaria, porque evita su pleno desarrollo. Es curioso que, probablemente al amparo de los grandes autores que alguna vez no puntuaron, surja una gran cantidad de poetas que suprimen los signos de puntuación porque puntúan deficientemente o no tienen clara la forma correcta de puntuar.

    En fin, cuanta más complejidad o riqueza rítmico-literaria, más importancia de los signos de puntuación en el ritmo, la estética o la semántica, aunque los signos de puntuación que faltan estén en el lugar de la pausa versal, ya que ese si bien es el instrumento de supresión más básico, más racional, no por ello es menos perjudicial que los restantes.

    26 febrero, 2017 • Asuntos de Taller, Revistas • Vistas: 0

  • La magia de la existencia

    Autora: María Rodríguez.

    alquimista-fosforo

    ¿Qué es la Alquimia?, pregunto.

    Es el arte de la Transformación, se me responde.

    Los antiguos sabios y magos ancestrales, enseñaban los secretos de la Alquimia para hacer pasar a los mortales de un estado de sufrimiento e ignorancia a un estado de iluminación y dicha. Para moverse en esos estados había que ser fuertes en la Verdad, y alejarse de  juicios duales, que se mueven entre el bien y el mal.

    Un sabio dijo una vez:” La alquimia opera en todo momento; es imposible impedir las transformaciones que se presentan constantemente en todos los niveles de la vida “

    Se cree  que la Alquimia es la transformación de un metal inferior en oro y sin embargo- en realidad – es la transformación personal que sucede y los que más interesa, principal propósito: encontrar la Perfección. Por eso es entendible que esa transformación se dirija hacia el oro, que es el más perfecto de los metales porque no se corrompe, cuando en realidad lo que se busca es la Perfección en el ser humano con lo que significa: liberarse del sufrimiento, la enfermedad, el miedo, las dudas, el temor.

    ¿Cómo conseguir esta alquimia? ” El secreto no está en cómo buscar, sino hasta donde buscar”…. La búsqueda es parte de nuestra propia experimentación, aventuras  personales,  hasta encontrar ese cambio, que se origina dentro de nosotros, lejos de esta personalidad con la que actuamos ahora y que percibimos y elaboramos desde nuestra propia soledad.

    La Esencia es infinita y Una con el Universo, sin límites de espacio ni tiempo y ahí es dónde se encuentra la alquimia,  en cambiar las experiencias de la personalidad por las vivencias cotidianas de nuestro Ser.

    Pero esta Sabiduría de los Magos y sabios ancestros, se perdió cuando llegó la era del raciocinio, que sostiene  que la Alquimia   es imposible, y así fue como esta Sabiduría fue quedando relegada a las historias y leyendas cantadas por los trovadores, en palacios y pueblos. Y las personas  empezaron  a aceptar que eran seres limitados, un conjunto finito de carne y hueso en pequeños rincones de tiempo y espacio.

    Dejaron de recordar que somos flujo de vida propia, Esencia, Amor, búsqueda de perfección en una aventura más allá de lo finito, imposible de limitarla en un espacio o tiempo, aún más allá de la energía y la luz, pues la energía sigue siendo materia   sutil, pero  materia al fin y al cabo, que hemos de aprender a traspasar para llegar al núcleo brillante que anida en nuestro interior. Solo el Silencio interior, nos alumbra dirigiendo nuestros pasos.

    La Alquimia es el acto más creativo que podemos realizar para con nosotros mismos. No nos damos cuenta pero –ya- somos nuestros propios alquimistas, trasmutando constantemente las células sin vida, en la mantenida encarnación viva de nosotros mismos

    Los cuatro elementos – tierra, agua, fuego y aire, se combinan para llegar al mágico producto que es la Vida . El fuego, que no es un fuego visible, ni siquiera un calor metabólico  funde a los otros elementos para crear la existencia, pero ¿podemos destilar el fuego que anima  al resto de los elementos sin vida?

     

    Ahí está la magia de la existencia:

     EL ACTO MÁS CREATIVO Y MÁGICO, que podemos realizar

     

    Artículo basado en el libro  ” El Sendero del Mago”. Deepak Chopra

    26 febrero, 2017 • Artículos, Revistas • Vistas: 0

  • El año sin verano

    Autora: Rosa Marzal.

    En abril de 1815 se registró en Indonesia una de las peores erupciones volcánicas en la historia de la humanidad. La cantidad de gases y partículas liberadas a la atmósfera trajo consigo un cambio en el patrón de la circulación atmosférica que afectó al continente europeo el siguiente año, sobre todo durante la época estival y que comúnmente se conoce como “el año sin verano”. Las consecuencias ambientales, económicas, sociales y sanitarias fueron terribles:

    En Asia se alteró el ciclo del monzón, dando lugar a devastadoras inundaciones. Los caminos se poblaron de refugiados climáticos, campesinos hambrientos que mendigaban comida. Las heladas arruinaron los cultivos en Europa, y en Norteamérica, la sequía hizo otro tanto; en ambos lugares faltaron alimentos. . El frío no remitió siquiera al aproximarse la temporada estival. Hubo nevadas hasta mediados de junio ¡y en Roma cayó nieve rosa! El trastorno climático dejó al hemisferio norte sin verano, y tuvo otro impacto menos conocido: sirvió de catalizador de una de las obras literarias más influyentes de la modernidad.

     

    El año sin verano y el arte.

    Tuve un sueño, que no era del todo un sueño.
    El brillante sol se había extinguido y las estrellas
    vagaban apagándose en el espacio eterno.
    Sin luz y sin rumbo, la helada tierra
    oscilaba ciega y negra en el cielo sin luna.

    “Oscuridad”   Lord Byron.

    En junio de 1816, Lord Byron alquiló la mansión Villa Diodati junto al Lago Ginebra en Cologny, Suiza. Allí pasó los meses de estío junto a su médico, John Polidori, Percy B. Shelley  y su esposa, Mary, hija del filósofo radical William Godwin y  la precursora del feminismo Mary Wollstonescraft; a quien acompañaba su hermanastra Claire Clairmont.

    Para combatir el aburrimiento Byron sugirió que cada uno de los presentes escribiera una novela de terror. El médico de Byron, Polidori escribió la novela “El vampiro”, precursora del vampiro en el que se basó el Drácula de Bram Stoker  y, por su parte, Byron compuso el poema “Darkness” (“Oscuridad”) en el que mezcla nostalgia y melancolía con los tintes apocalípticos y desoladores que se habían asentado entre los más pobres.  Mary Godwin (más tarde Mary Shelley) escribió su famoso “ Frankenstein o el moderno Prometeo”, una de las obras cumbre de la literatura universal,  enmarcada en la tradición de la novela gótica. Explora temas como la moral ciéntifica, la creación y destrucción de la vida, y la audacia de la humanidad en su relación con Dios, temas que siguen interesando a todo tipo de lectores.

     

    turner

    Los icónicos atardeceres de los óleos  de Turner, con esas veladuras que se creían fruto de un defecto en la vista del pintor, tenían en realidad su origen en la atmósfera turbia producto de la ceniza volcánica del Tambora.

     

    26 febrero, 2017 • Artículos, Revistas • Vistas: 0

  • Humanismo y erasmismo en Cervantes y el Quijote

    Autor: Julio González Alonso

     

    El desafortunado lance de Miguel de Cervantes con Antonio Sigura (1568), maestro de obras de la Corte, en el que éste acabó malherido y Cervantes condenado a la amputación de su mano derecha, hizo que el autor del Quijote saliera de España huyendo del castigo y viniera a parar a la Italia del Renacimiento. Una oportunidad para un Miguel de Cervantes joven, perseguido por la Justicia y temeroso de su pasado judío, que hará lo posible e imposible para eludir la sentencia y ocultar con heroísmo, títulos que nunca consiguió e influencias que le valieron poco, la amenaza de su historia familiar.

    Las contrariedades no consiguieron hacer de Cervantes un resentido; antes bien, con una actitud irónica y hasta estoica, se alzará ante cada revés y nos mostrará una actitud positiva sin dejar a un lado la crítica. El humor cervantino es la base inteligente de su escritura. Y a todo ello contribuyeron decisivamente las ideas renacentistas y su paso por Roma, ciudad que, a buen seguro, deslumbraría con su historia y ambiente a nuestro escritor más universal.

     

    No fue nuestro Cervantes hombre universitario. Son bien conocidas sus opiniones sobre muchos de los autores que presumían de haber pasado por la Universidad, aunque la Universidad no hubiera pasado por ellos sino en los aspectos más hueros y artificiosos de la cultura académica. Con una formación equivalente a lo que vendría a ser un Bachillerato Superior, Miguel de Cervantes completó su educación con lo que da la vida y el contacto con el Humanismo y las corrientes reformadoras que se extendían por la Europa de Felipe II.

     

    Así, no es de extrañar que en su obra y especialmente en la novela y el Quijote, no dejemos de encontrar las huellas de su formación y la formulación de sus actitudes abiertas al libre pensamiento. Para una persona crítica con la sociedad de la época y progresista, las ideas humanistas representaban una ocasión de renovación y regeneración de un mundo anclado en lo medieval que se desplomaba y hundía en el teocentrismo. Para un judío converso representaba un ideal de justicia y libertad.

    6 Quijote-Erasmismo

     

    El antropocentrismo se instala así en el pensamiento cervantino. El Quijote, siguiendo el fervor por lo humano del neoplatonismo, apunta a la idealización de la realidad, el reconocimiento de lo natural y lo bello (el deleite que en el alma se concibe ha de ser de la hermosura y concordancia que ve o contempla en las cosas que la vista o la imaginación le ponen delante ), aunque sea desde la locura del personaje y la locura de quienes lo rodean.

     

    El nuevo ideal de hombre, según Castiglione, será el perfecto caballero, es decir, el hombre de armas y de letras. Y en don Quijote se dará esta fusión, calurosamente argumentado –además- a través del discurso de las armas y las letras (I, 37-38), así como la exaltación de un pasado idílico o utópico en el de “la edad de Oro” o “Edad Dorada” (I,11) en el cual, al hilo de lo mejor de la literatura renacentista, expondrá el ideal de un mundo natural de armonía y fraternidad del que la vida pastoril parecía ser el mejor ejemplo.

     

    Efectivamente, el Quijote, como libro de libros, recoge entre sus capítulos novelas pastoriles. Incluso a don Quijote se le pasará por la cabeza la idea de hacerse pastor (II, 67 y 73). La figura humana no ocupará solamente el centro de las creaciones artísticas, pictóricas o escultóricas, sino que desbordará también las páginas de la literatura renacentista.

     

    Uno de los muchos aciertos de Cervantes tiene que ver con el tratamiento que hace del lenguaje en el Quijote; en él encontramos tanto una elaboración culta del lenguaje como una dignificación del habla popular. Otro rasgo moderno de gran proyección en el futuro será su apuesta por el uso de las lenguas vernáculas y su rechazo de las traducciones (I,6.-II,16), con las que será muy crítico, así como el sentido que tiene de lo que es la evolución de la lengua y su enriquecimiento con el uso de palabras nuevas: que el uso las irá introduciendo con el tiempo, que con facilidad se entienden; y esto es enriquecer la lengua, sobre quien tiene poder el vulgo y el uso (II,43). Las lenguas nacionales cobran con Cervantes gran prestigio.

     

    Del erasmismo, encontramos en Cervantes no pocas actitudes. Así veremos desfilar, desde la primera página, su crítica y el rechazo de los libros de caballerías: son en el estilo duros: en las hazañas, increíbles; en los amores, lascivos; en las cortesías, mal mirados; largos en las batallas, necios en las razones, disparatados en los viajes, y, finalmente, ajenos de todo discreto artificio, y por esto dignos de ser desterrados de la república cristiana como a gente inútil. (I,47). El Quijote se escribe, expresamente dicho por Cervantes, para acabar con la literatura caballeresca. Pero no se escribe para rechazar los ideales caballerescos y la imagen del caballero, sino –más bien- para restaurarlos. Le siguen la defensa de la religiosidad interior y el libre pensamiento, el rechazo de las ostentaciones y apariencias engañosas y, cómo no, el rechazo de la idea de cristianos viejos y nuevos. Pero todo lo anterior lo asienta sobre el concepto erasmista de la locura y la denuncia de las supersticiones (I,22-II,9-II,58-II,73), las prácticas corruptas envueltas de actitudes piadosas; por su pluma pasarán los médicos, los comerciantes, el clero y sus vanidades, así como leguleyos y otra suerte de oficios y personajes.

     

    A este respecto las interpretaciones varían según cada época. Lo cierto es que Cervantes escribió de modo que en su tiempo no fuera fácil desvelar el fondo crítico de sus escritos presentándose como cristiano y católico convencido. Y no hay que dudar que lo fuera, aunque sí de un cristianismo de miras amplias y desencorsetado. Antonio López Calle, en “Benjumea y el Quijote como sátira antirreligiosa”, recoge el pensamiento que Nicolás Díaz de Benjumea (1820/1884) expone en “La estafeta de Urganda ò aviso de Cid Asam-Ouzad Benenjeli sobre el desencanto del Quijote” (Londres.1861). Según su punto de vista, el Quijote es “una obra antirreligiosa” con un personaje “racionalista librepensador anticatólico” que será rigurosamente crítico con “las supersticiones y algunas creencias religiosas”, además de “enemigo del clero y de la Iglesia y debelador de la Inquisición”. En su concepción global, Benjumea cree ver en Dulcinea “el símbolo de la libertad de la razón” y en Sancho “un símbolo del pueblo español y, por extensión, de la humanidad” que hará su recorrido “hacia su propia emancipación de la tutela religiosa” a través del instrumento de la educación o la instrucción recibida, que en la novela correrá a cargo de don Quijote.

     

    No puede ser mi intención rebatir éste u otros puntos de vista sobre la realidad última encerrada en el Quijote. Pienso que hay algo de extremismo en las afirmaciones expresadas y que los extremismos quitan más razón que dan. Pero, considerando las corrientes culturales europeas del momento, la situación imperial de España, el dominio de la Iglesia y la historia personal y familiar de Cervantes, de cuanto Benjumea expone hay bastantes cosas a tener en consideración.

     

    Las corrientes literarias erasmistas siguieron dos derroteros. Por un lado y bajo la influencia del humanismo italiano se consagrará la novela pastoril. Por el otro, siguiendo a los movimientos reformistas, aparecerá en España la novela picaresca. Podemos decir que el Quijote participa de ambos aspectos y que desde ambos combate las dos obsesiones de la época: la cuestión social del honor y la de la limpieza de sangre.

     

    Si nos paramos a ver a don Quijote como un prototipo de antihéroe, loco, marginado, buscando arreglar injusticias y “desfacer entuertos”, enfrentado a un mundo que se desmorona, nos daremos cuenta que entronca con el mundo literario de la picaresca. De hecho, Cervantes lo tendrá presenta cuando por boca de Ginés de Pasamonte se referirá al Guzmán de Alfarache, de Mateo Alemán, (I,22) considerándolo tan bueno que hará pequeño al Lazarillo de Tormes. Agreguemos otra característica común con la picaresca como es el carácter itinerante de la novela, siguiendo también el ejemplo de las de caballerías, ubicando su acción en escenarios diferentes en una sucesión de aventuras o la búsqueda de las mismas que poco tienen que ver las unas con las otras si no es por la proverbial inteligencia de Cervantes para hacer girar toda la obra en torno a la personalidad poderosa de su personaje, el hidalgo manchego Alonso Quijano o Quijada el Bueno, alter ego del caballero don Quijote de la Mancha.

    26 febrero, 2017 • Artículos, Revistas • Vistas: 0

  • Entrevistas a los ganadores del II Premio de Poesía Ramón Ataz

    Autora: Rosa Marzal.

    El día 18 de noviembre de 2016 Alaire cumplió nueve años de historia, y qué mejor manera de celebrarlo que vistiendo de gala a la palabra, rindiendo a la vez un homenaje a un gran poeta y entrañable compañero del Foro que ya no está entre nosotros. Para ello convocamos el II Premio de Poesía y Relato Corto Ramón Ataz”.
    Los tres ganadores en la categoría de Poesía: Manuel Sánchez, Sergio Ortíz y Gerardo Mont, han aceptado concedernos las siguientes entrevistas.

    Manuel Sánchez, o la madurez de un poeta cuya cosecha da frutos tan extraordinarios como “ESTANCIAS PROTEGIDAS” el poema ganador del II Premio Internacional de Poesia Ramón Ataz.

    -Qué ha aportado la poesía a la vida de M. Sánchez?
    Diversión, conocimiento del lenguaje. Para mí la poesía es una invitación al ingenio, un reto para conseguir musicalidad entre las palabras y entre las ideas, un camino para alejarme de la vulgaridad. También me permite relacionar lo imaginado con lo real, hasta el extremo de resultarme complicado a veces diferenciar una cosa de la otra. Me ha enseñado a conocer lo que no sé , las profundidades de mi imperfección. A buscar respuesta y explicación al mundo en lugares muy diferentes de los inmediatos. Me ha aportado una notable capacidad de escucha y de interés por la expresión de los demás. Me ha enseñado a distinguir lo fácil de lo difícil, a valorar la originalidad, la sorpresa. Me ha permitido acercarme notablemente a la parte inefable del ser humano. La poesía me ha permitido conocer otras maneras de sentir y de expresar con la escritura, a través de la lectura de otros poetas. Y desde luego me ha aportado placer, muchísimo placer. Leer buena poesía es una manera segura de ser feliz, difícilmente sustituible, en mi caso, por ninguna otra.

    -Dime un autor que haya marcado tu trayectoria poética.
    Esto es sencillo: Gil de Biedma.
    No solo ha marcado mi trayectoria poética, también me abrió la puerta a lo desconocido, a una forma sorprendente de hacer poesía.

    -¿Cuál es para ti la materia prima de un buen poema, sus ingredientes esenciales?
    La empatía con el ser humano. El ambiente creado. La capacidad que tenga de transportarte con las ideas a un mundo distinto del habitual. La frescura y la armonía del relato poético. La cercanía de las palabras al pensamiento intuitivo. La carga de sensibilidad que ponga de manifiesto. El descubrimiento de yacimientos poéticos sorprendentes. La expresión gramatical; sus hallazgos. La musicalidad. El ingenio. La capacidad que tenga para sugerir.

    -Manuel, ¿todo poema debe de pasar siempre por el filtro de la razón?, ¿es preciso comprender para sentir, para emocionarse con un texto poético?
    No , no creo necesario que tenga que pasar por el filtro de la razón. Esta es una cuestión que tiene que ver mucho con el tipo de personalidad del lector. En mi caso, soy un escritor realista y experimento el mayor placer en el encuentro con la idea, por tanto, encontrar esa idea es importante. El mundo irracional produce a veces expresiones con un notable contenido poético que llega a través del lenguaje subconsciente.
    En relación con la emoción, puedo decir que no dudo de que se pueda sentir un tipo de emoción en el terreno de lo irracional; emoción de la misma clase que la que se experimenta al escuchar una sinfonía. Pero si de lo que se trata es de sentir una emoción en el sentido más extendido y habitual del término, entonces es necesario pasar por el despacho de lo racional, porque para emocionarse el cerebro humano necesita previamente hacer una valoración de la circunstancia, y esta solo se puede realizar de manera racional.

    ********************
    Sergio Ortiz, enhorabuena por este segundo premio con el que ha sido galardonado tu “DON PERIGNON” un excelente poema que tienen la oportunidad de apreciar y degustar nuestros lectores.

    -Sergio, es la primera obra que has presentado en este Foro. Haznos una breve carta de presentación. Cuéntanos en pocas líneas quién es Sergio Ortiz.
    Vivo en San Juan, Puerto Rico. Fui maestro de inglés a todos los niveles, incluyendo la universidad. Mi profesión posibilitó que viajara a distintos países de américa latina.  Viví en Perú, Argentina, Honduras y México. Viví en la frontera entre Estados Unidos y México la mayor parte de mi vida. Pinto y soy fotógrafo además de ser poeta. Me retire de la docencia en el año 2000. Nunca me casé, no tengo hijos, pero soy un hombre feliz, muy feliz.

    – ¿Cómo te iniciaste en el complejo arte de la escritura?
    Comencé a escribir poesía en mi adolescencia. Leer y escribir pronto se convirtieron en mi salvavidas.  Mis padres no aceptaban mi homosexualidad, era la época. Con el tiempo eso cambió pero ya yo estaba adicto a los palabras y las metáforas.

    – ¿Eres asiduo de los concursos de poesía?, ¿qué opinión te merecen?
    Este fue mi segundo concurso. Ahora si soy asiduo a los concursos, he enviado poemas como a cinco de ellos en los últimos dos meses.

    – Tres autores indispensables para ti, Sergio.
    Federico García Lorca, ¿qué seriamos los poetas sin él?
    Neruda, por supuesto.
    Sylvia Plath, a quien adoro.
    Me pidieron tres pero son casi una infinidad, pues leo poesía vorazmente.
    ********************

    Gerardo Mont, poeta y prosista de sobra conocido en esta casa de Alaire. Felicidades, querido compañero, “LA HÚMEDA RACIÓN DE LOS DÍAS” viene a poner el broche de oro a una impresionante trayectoria poética.

    -Gerardo, ¿cómo entiendes la poesía, como una catarsis, una forma de vida, de autoconocimiento…?
    Regresando a años atrás, recuerdo que me atrajo la posibilidad de decir de forma condensada y de acuerdo a los estudios de los lingüistas modernos (sus estudios me sedujeron con la posibilidad de un lenguaje diferente), cosas que creo, o he visto, y hasta algunas que quizás no habían sido dichas. Entendía la poesía como una forma de comunicación muy humana y menos racional que las matemáticas por ejemplo, o que la misma prosa. Desde ese punto de vista existía un inmenso horizonte expresivo y comunicativo. Pasado el tiempo, comprendí que el ser humano (no solamente el poeta) quiere ser escuchado y aplaudido o consolado, pero que existe poco interés por escuchar, que la belleza nos deslumbra cuando no es necesario ahondar en ella, y que los rincones que nos exigen pensar o confrontar la parte más oscura de nosotros mismos, no nos son muy atractivos. La poesía entonces, me parece una forma de autoconocimiento (en cuanto expresa la mejor versión del autor o de lo que decide mostrar), de egoísmo (en cuanto el autor se considera la medida de la verdad y la mejor pluma en vida (broma)), de búsqueda de la belleza, aunque los productos propiamente humanos generalmente no lo son, lo que la aleja de la realidad, máxime que generalmente enfocamos la visión desde un ángulo muy personal (yo he intentado, quizás sin lograrlo, condensar múltiples perspectivas en un mismo poema, aunque contradiga con esto el concepto de la “imagen única”). Y también me parece un ejercicio literario, que alcanza, a veces, cierta universalización, cuando logra interpretar en versos, sentimientos o deseos comunes a un buen porcentaje de lectores. Con esto quiero decir, que considero que a pesar de que la poesía constituye un lenguaje muy amplio y de múltiples posibilidades (si aplica el principio de semejanza), se sigue circunscribiendo – esa capacidad comunicativa casi ilimitada – a unas fronteras más o menos predecibles (me incluyo). Por supuesto existen los que trascienden las fronteras…, esos son los grandes (algunas veces).

    -Has comentado en alguna ocasión que estuviste a punto de abandonar la escritura, ¿marcó este hecho un antes y un después en tu forma de afrontar el acto creativo?
    Bueno, marcó un después en el que escribo muy poco, y cuando tomo impulso para hacerlo, lo hago afectado por ese sentimiento de resignación, que me hace poner los pies en tierra y aceptar que habré cambiado o transmitido, muy poco o nada (más lo último) . Esto hace que no pueda evitar considerar la poesía, una tarea bastante infructuosa. Y siguiendo con esta sinceridad con la que contesto y pocas veces me permito, confieso que me considero un aspirante a poeta que agoniza sin haber nacido. Cada vez son más escasas las razones que encuentro para escribir y solamente van quedando las que giran alrededor de una vanidad insana o de una afición, casi adicción, a escarbar en el dolor pasado (lo digo en el contexto, solamente, de mi experiencia).

    -Una ventaja y un inconveniente que perciba Gerardo Mont relativo a la repercusión de las nuevas tecnologías sobre la literatura. 
    La ventaja más importante que encuentro, es el fácil acceso a la obra de muchísimos autores (de renombre o no), a su pensamiento, a sus sentimientos, a sus testimonios como protagonistas o testigos del teatro humano. Esta función es para mí, algo práctico, algo que vino a sustituir mi afición de otro tiempo a las compraventas de libros.
    El inconveniente mayor que encuentro, no es para el usuario, es para los autores que sufren la piratería, y como consecuencia se ven diezmados sus ingresos (única consecuencia que imagino porque sus ideas más bien son puestas al alcance de las multitudes). Se me hace difícil imaginar un inconveniente que me afecte como usuario, pues tengo el control de acceder o no a la información. Pero supongo, que para algunos (en este caso no me incluyo) si es un gran inconveniente, porque ser poeta ya no es asunto de unos cuantos iluminados, sino que ahora se trata, de unirse a un foro de naturaleza literaria, de desarrollar un estilo más o menos propio, y de ser aprobado por un número aceptable de sus miembros, pero además, surgen escritores en ellos, que superan inclusive a los que venden libros. Así pues, las nuevas tecnologías, la reducción de las distancias y el acceso al conocimiento, nos permiten, si así nos place, intentar lo propio, sin limitarnos a ser meros lectores. Recuerdo el tiempo en que Poeta se escribía con mayúscula, como si éste fuese un ser humano excepcional, pero ahora…hasta mí me han llamado así, jeje (broma medio en serio).

    – Por último, dime un libro que no hayas conseguido terminar de leer.
    Por Dios, que difícil, son cientos. Ya mencioné que me gusta la lectura y que he sido asiduo a las compraventas. Todo aquel libro que me permitió, después de algunas páginas, adivinar la trama, perdió mi interés y no sumó otro lector a su lista. Pero, por poner un ejemplo (sin mencionar autor), alguna vez, hace varios años, intenté leer algunos libros de corte espiritual, que me parecieron tan lejanos a la realidad humana alcanzable, que ahora no puedo evitar decirle a quién miro con uno en sus manos (si media la oportunidad): “No lea eso, se va a creer especial, y va a mirar hacia abajo a los débiles humanos”. Por último quiero mencionar que me parece gracioso, que ningún conocido aficionado a esos libros considera que ese autor, en buena medida, no se sujeta a sus propios consejos, y que tampoco menciona que él no ha logrado su Nirvana, dejando creer a sus deslumbrados seguidores, que él es el mejor ejemplo de lo que predica. Siempre he creído en algo que llamo “la sinceridad del autor”, aunque supongo que no es conveniente porque el lector espera de éste, convertirlo en su modelo a seguir.

    Gerardo, Sergio, Manuel, muchas gracias, y muchos éxitos más.

    26 febrero, 2017 • A Portada • Vistas: 0

  • Revista Nº16 – Febrero 2017

    9 años_

    Revista Alaire. Nueve años no es nada.

    Edita: Asociación Poético Cultural Alaire.

    www.editorialalaire.es

    info@editorialalaire.es

    Director: Rafel Calle

    Dto. de contenidos: Hallie Hernández Alfaro

    Dto. técnico: Pablo Ibáñez

     

     

     

    26 febrero, 2017 • Revistas • Vistas: 0

  • Los foros de poesía hoy

    Autor: Rafel Calle

     

    Para mí no es una sorpresa que los sitios web se vayan imponiendo como el medio ideal para publicar poemas. Desde el primer día que entré en un foro, supe que acabarían imponiéndose como la mejor y casi la única manera de aprender a escribir poesía y, claro, como el mejor soporte mediático para publicarla.

    Por un lado, la labor didáctica y, por otra parte, el trabajo editorial; he ahí las dos razones fundamentales para la existencia de los foros literario-poéticos. Por consiguiente, caben autores principiantes y autores avezados. Lo ideal es una mezcla de ambos.

    A partir de aquí, se necesita un grupo de autores que escriban bien y que se muestren educados y solidarios. También se necesitan personas que constantemente vigilen el buen funcionamiento del foro. Y, por último, se precisa de gente que ponga su dinero a fondo perdido. Dicho esto, a nadie le puede extrañar que los foros sean sitios muy especiales, muy valiosos y muy necesarios para todo aquel que quiera aprender, mejorar o publicar sus obras, pero también lugares muy difíciles de vertebrar y más difíciles de mantener.

    Un foro de poesía es un auténtico tesoro. Poemas, comentarios, debates, opiniones…, todo a disposición de los lectores aun más allá de nuestros días; cuando no estemos, nuestra obra, nuestras opiniones… perdurarán a lo largo del tiempo como el testimonio de nuestro paso y de nuestro pensamiento. Pepe, Antonio, Juana, María… se habrán ido, pero su paso quedará escrito en el foro que hayan habitado.

    Es por ello que creo que los foros son un importantísimo patrimonio cultural. Cuando pienso que un foro como Poesía Pura pueda dejar de funcionar, me entra una gran congoja. ¡Cuántos y cuántos tesoros poético-literarios alberga en sus entrañas Poesía Pura! Creo que fue en el 2004, entré y me deslumbró. Allí aprendí a dar los primeros pasos en el mundo del poema y allí me obsesioné con la poesía y el medio digital. Espero y deseo que Pura continúe con su actividad.

    Y, bueno, aprovecho para animaros a todos a que dejéis vuestras opiniones en los trabajos de los compañeros y, sobre todo, que los leáis y que también dejéis constancia de ello; no hace falta un gran comentario, basta con unas pocas palabras, porque de este modo se consigue que haya una rotación en las publicaciones.

    También quiero recordar que no conviene elogiar desmesuradamente y menos sin leer las obras; cuando alguien se deshace en elogios hacia un trabajo que tiene poca o ninguna consistencia literaria, demuestra que no ha leído ese trabajo y le hace un flaco favor al autor de turno, porque lo lleva al engaño.

    No hace falta decir que un foro es una editorial. En una editorial lo mínimo que se pide es que se escriba correctamente. Nosotros, en Alaire somos exigentes, pero cada día lo seremos más, de eso que no os quepa duda, porque si hay un cáncer mortal para los foros, no es otro que la falta de pulcritud gramatical en las obras. Ese es el mayor cáncer que puede tener un sitio literario.

    Refiriéndome a Alaire, por un lado, existe un grupo bastante numeroso de autores que muestran altas prestaciones rítmico-literarias y, además, son afectuosamente solidarios con sus compañeros; por otra parte, el nivel medio de calidad rítmico-literaria del foro, está en unos parámetros bastante dignos, de todo lo cual, solo podemos alegrarnos.

    Abrazos.

    4 noviembre, 2016 • Cartas Forales, Revistas • Vistas: 0

  • El ritmo en poesía

    Autor: Rafel Calle

    Para hablar del ritmo en la poesía, creo que debemos partir del ritmo en la escritura, es decir, el ritmo producido cuando la leemos. Si cualquier palabra de dos o más sílabas (salvo preposiciones…) consta de una sílaba tónica y las demás átonas; si el lenguaje escrito tiene muy en cuenta las detenciones (silencios), por medio de los signos de puntuación, etc., tendremos que convenir que la escritura, por básica que sea, tiene un código rítmico: tónica-átona(s)-silencio.

    Ahora bien, cuando hablamos de poesía, lo hacemos de poemas. El poema se diferencia de la prosa básica en que utiliza una variedad del lenguaje llamada lenguaje literario. En la prosa culta o literaria, también se utiliza el lenguaje literario, pero la diferencia con respecto a la poesía se centra en que esta riza el rizo del lenguaje literario -debido a la densidad, complejidad y proliferación de sus recursos- y lo convierte en rítmico-literario, porque aparece una cadena de elementos lingüísticos; eslabón tras eslabón se va vertebrando una cadencia, simétrica o no, mono, poli o multirrítmica, que produce una combinación de sonidos muy emparentada con la eufonía.

    Hablando de poesía, es decir, de poemas, vamos a centrarnos en las cuatro modalidades que existen a la hora de escribir poemas: Poema en verso monométrico. Poema en verso polimétrico. Poema en verso multimétrico. Poema en prosa versicular (versículos).

    Combinación monométrica: En este poema, el ritmo está basado en el lugar que ocupen las sílabas tónicas. La sílaba axial siempre es la penúltima y es la única inalterable (de ahí la alteración silábica aguda y esdrújula al final del verso). Puede ser monorrítmico si los acentos o tónicas coinciden en el mismo lugar en todos los versos, y puede ser polirrítmico si no lo hacen.

    En el verso simple siempre se da la detención al final del verso (pausa versal), mientras que en el verso compuesto, además de la pausa versal, también existe pausa (pausa interior) al final de cada hemistiquio.

    Así pues, en el poema de versos monométricos, está muy claro que las sílabas tónicas se convierten en acentos que marcan el ritmo.

    Si hablamos de verso rimado, el final del verso, es decir, la metría del verso queda doblemente marcada por la pausa versal y por la coincidencia fónica.

    Combinación polimétrica: El ritmo es prácticamente idéntico al del poema monométrico, incluso puede ser monorrítmico.

    Combinación multimétrica: El ritmo lo marca el propio lenguaje del poeta. Puede tener más o menos secuencias rítmicas propias del verso monométrico, del polimétrico y del versículo, en función de variables como, por ejemplo, los conocimientos de métrica y del lenguaje literario, la costumbre, los gustos… El verso multimétrico, comúnmente llamado verso libre, no se diferencia de cualquier otra combinación versal, salvo en que no se premedita, no se tiene en cuenta el lugar que ocupan las sílabas tónicas, ni el número de sílabas que conforman el verso. Sin embargo, en el verso multimétrico, obviamente, también hay sílabas tónicas y, claro está, marcan un ritmo que se verá acotado por los signos de puntuación, por las detenciones por cambio de sentido y por la pausa versal. Así pues, si cortamos el verso multimétrico justamente por cada uno de sus campos sintácticos acotados por las detenciones, se nos mostrará muy claramente el ritmo del poema.

    Es frecuente que el ritmo del verso multimétrico se considere distinto al de los demás versos, pero, en realidad, lo único que cambia es la consciencia rítmica, porque las características del propio lenguaje, del que provienen todos los versos, se encargan de acotar campos sintácticos, semánticos…, idóneos en longitud en el habla normal, que conforman una cadena rítmico-melódica muy emparentada con la de los versos de su misma extensión.

    Para que nos entendamos, al final, el verso multimétrico es o puede ser una combinación de versos, incluso dentro del propio verso, combinados sin rigor métrico, sin la mínima diferencia de dos sílabas entre las metrías.

    Combinación en prosa versicular: Una gran diferencia entre el versículo y el verso se halla en que el versículo no observa la pausa versal.  No existen metrías, es decir, es amétrico.  El renglón acaba a gusto del poeta y solo termina su significado por medio del signo de puntuación. Otras diferencias respecto al verso pueden ser la densidad semántica y la longitud sintáctica, menor en el versículo.  Sin embargo, el ritmo del versículo es o puede ser igual que el del verso multimétrico, salvo en el asunto de la pausa versal.

    4 noviembre, 2016 • Asuntos de Taller, Revistas • Vistas: 0

  • Entrevista: Julio González Alonso, poeta y apasionado del Quijote

    Autor: Armilo Brotón

    Julio1

    Apenas cumplidos los tres años, su familia se traslada a la Pola de Gordón, en la montaña central leonesa. En León terminará el antiguo Bachillerato Superior y Magisterio; es entonces que hace las primeras incursiones en el teatro juvenil, llegando a dirigir el grupo escénico de Magisterio y formar parte en la creación de Grutélipo (acrónimo de Grupo Teatral Libre Popular), agrupación teatral que tendría una larga trayectoria en la escena cultural leonesa. Pronto marchó a Barcelona donde tomó contacto con el grupo teatral Los Cátaros fundado y dirigido por Alberto Miralles. Entré en la Universidad en donde empezó Psicología y además de participar en el mundo del teatro comenzó a hacerlo, también, en la lucha política estudiantil.

     

    Después de pasar unos meses en la ciudad de Oviedo, inmerso en la agitación social de la época, llegó el paréntesis obligado de la entonces obligada mili. De vuelta a Barcelona fueron el trabajo en la escuela, la continuación de los estudios de Psicología y el compromiso político con grupos próximos al PSUC, primero, y luego integrado en la CNT, las actividades que ocuparían su tiempo y vida, hasta que fue desplazado a Vizcaya donde terminó Psicología en San Sebastián (Guipúzcoa) y dió por concluida su actividad política tras la escisión de la CNT en el V Congreso en Madrid, en el que participó como delegado.

     

    Y en medio de todos estos días, escribía. Hubo lugar para amores y desamores, rupturas y encuentros que fueron cuajando lo que hoy es su vida familiar.

     

    En mayo del 2015, gana el II Premio de Poesía Trecembre.

     

    – Julio, ¿qué define mejor a la poesía, un buen vino o un soneto de Garcilaso?

    Julio2

    Son dos aspectos complementarios. El vino representa la experiencia, lo sensorial, la base que sustenta la poesía y de la que se nutre; el soneto de Garcilaso es la expresión de esa experiencia. Podemos degustar poesía a través de ambos canales. Recuerda que Dante Alghieri dejó escrito aquello de que “el vino siembra poesía en los corazones”. Por algo será.

     

    -¿Qué significa la poesía en tu vida?

     

    En este momento representa la oportunidad de expresar mi particular visión del mundo, de la existencia y sus experiencias, de manera equivocada o no. No entiendo la poesía como profesión y ni siquiera ejerzo de poeta, así que mi vida transcurre –afortunadamente- con las mismas complicaciones de las personas que me rodean, los mismos miedos y creo que las mismas dudas e ilusiones. Entre mis necesidades, digamos que se encuentra ésta de escribir poesía de la misma manera que otros tienen la necesidad de escalar montañas, navegar o hacer pajaritas de papel. Creo, no obstante, que la poesía en general –no mi poesía- es una buena herramienta para la convivencia, la comprensión de los demás y que siempre ayudará a hacer posible humanizar y mejorar nuestras sociedades.

     

    -Háblanos del primer poema que te impactó. De su retrogusto. De los versos que te quedaron en la memoria.

     

    Fueron –trato de recordar- versos muy tempranos del romanticismo español, Gustavo Adolfo Bécquer y Espronceda. Los sentimientos y emociones preadolescentes se recreaban bien en la atmósfera de las rimas arrobadas de amor o los versos vigorosos, rebeldes e inconformistas de “la canción del pirata”. A modo de ejemplo, vaya la rima XXI de Bécquer:

     

    ¿Qué es poesía?, dices mientras clavas
    en mi pupila tu pupila azul.
    ¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas?
    Poesía… eres tú.

     

    – Escribía Octavio Paz:

     

    La palabra del hombre
    es hija de la muerte.
    Hablamos porque somos
    mortales: las palabras
    no son signos, son años
    .

     

    A colación de estos versos quiero preguntarte: ¿Para ti la poesía es más memoria o aprehensión del instante?

    Julio3

    Escribía Julio Llamazares, tocayo y paisano:

     

    No existe otra espiral que el bramido del tiempo.
    Amasar la memoria es bondad de alfareros,
    lentitud de veranos en la fabulación.

    (Memoria de la nieve, 1982)

     

    Han pasado bastantes años desde la escritura de estas palabras y las de Octavio Paz, ¡pero qué actuales y certeras resuenan en el alma!

     

    La poesía, en mi opinión, es vida hecha memoria y nutrida de memoria. Todo cuanto pasa por nuestra experiencia se hace memoria y memoria es la alargada mano del pasado y los orígenes, lo que otros construyeron, soñaron y cantaron para nosotros. En el mismo sentido y en otra entrevista de Alaire del año 2008, dejé dicho que “escribo del mundo que me ha tocado vivir, lo que incluye la memoria histórica que legaron mis mayores. El mundo, sigo pensando, es la poesía; la percepción del mundo y el modo de explicarlo. La herramienta para este fin es la palabra y su poderosa capacidad de evocación y de emoción al crear belleza”. ¿Qué ha de ser, a la postre, este mismo intento de respuesta entregada a “el bramido del tiempo”?.

     

    – Me resulta curioso que muchos poetas hayan tenido alguien de su entorno cercano que les contaba cuentos o les recitaba poemas en la más estricta tradición oral de la lírica. No sé si esto tiene algo que ver con el sentido musical que luego adquiere el futuro poeta, pero creo que tiene una importancia fundamental en la creación del gusto en los futuros lectores. ¿Has tenido alguna experiencia de esto?

     

    He tenido muy cercana la experiencia de los llamados “filandones” que se celebraban en los pueblos leoneses. En las largas noches de invierno, rodeados habitualmente por la nieve en las montañas, se reunían en dos o tres casas hombres, mujeres, ancianos y niños. Había juegos, se hilaba o cardaba la lana y se contaban historias al amor de la lumbre, muchas de ellas en forma de romances y coplas.

     

    Aunque no viví estos “filandones”, sí me llegó su magia a través de los testimonios de mis mayores y de las historias que recordaban. En algún caso también recogí estas historias en lengua leonesa en pueblos de Babia o Laciana de boca de personas ancianas, al lado de un café de pota puesto a la lumbre, como Adelaida Valero en La Cueta de Babia allá por los años ochenta.

     

    Creo que, sin duda, mi imaginación ha adornado estas costumbres y las ha idealizado. Pero no puedo sustraerme al poder de evocación de estos recuerdos.

     

    De cualquier modo, no me parece que sea requisito para la adquisición de ese “sentido musical” al que aludes en tu pregunta el hecho de haber participado de estas experiencias. Tampoco sé en qué medida me ha influido a mí; en todo caso, puedo decir que lo recuerdo con emoción.

     

    – ¿Por qué piensas que es más difícil ser lector de poesía que de prosa? 

    Julio4

    La intensidad de las imágenes, los vericuetos emocionales por los que transita el poema, la densidad del verso y las múltiples evocaciones e interpretaciones a las que nos enfrenta la poesía, hacen que su lectura deba ser radicalmente diferente a la prosa. Se trata de una lectura más exigente.

     

    – ¿Qué se podría hacer hoy para que este arte tuviera el impacto de la música o la pintura, por ejemplo, en la sociedad?

     

    Pues no lo sé. Lo cierto es que desde hace seis años participo en la experiencia de llevar, junto a otros compañeros, la poesía a la calle, más concretamente, a los bares. La respuesta, contra todo pronóstico, está siendo excelente y en cada convocatoria reunimos una media de ochenta personas, a las ocho y media de la tarde de los miércoles, en bares diferentes cada vez. A pesar de lo aparentemente poco adecuado del ambiente, sorprende el grado de atención que se consigue y la participación que nos prestan.

     

    Debo decir que –en este caso- se tiende a ofrecer una poesía “más fácil” e inmediata, con un lenguaje más directo, más narrativa, y que la calidad resulta irregular. Pero es una buena manera de atraer a un público que no acudiría a un recital convencional.

     

    Tampoco, por desgracia, este éxito se corresponde o viene seguido de una venta sensiblemente mayor de libros.

     

    – ¿Cuáles son tus claves para leer un poema?

     

    Mi actitud ante la lectura de un poema es la de abandono. Me entrego y dejo llevar. No exijo nada “a priori”; luego, sí, juzgo la experiencia según la calidad de las emociones, el valor de la sorpresa, el poder evocador o la belleza alcanzada.

     

    – Tres libros que nunca me regalarías de tu biblioteca.

     

    Siguen sin encontrar su ocasión el “Ulises” de James Joyce, aunque sí me interesó el Retrato de un artista adolescente. Tampoco Marcel Proust con “En busca del tiempo perdido” tiene suerte; suerte que sí tuvieron “Por el camino Swan” y “A la sombra de las muchachas en flor”.

     

    – Poesía en la mirada, en la boca, en las manos. Prospección distinta del mundo que nos rodea para descubrir los acertijos de la vida. ¿Cuál es la materia prima de la que se alimenta tu poesía, los temas que más te motivan para hacer un poema?

     

    Los temas que me interesan o se interesan por mi poesía son todos los que puedes encontrar en cualquier autor: el amor, el paso del tiempo, la historia, los orígenes, la muerte, dios, las tragedias humanas, la injusticia, la felicidad, las dudas, los miedos, la  tristeza, la amistad la belleza, el dolor y la desesperación y, en fin, todo lo que forma parte de la experiencia de estar vivo y saber que la muerte es el punto final del poema.

     

    – ¿Te diviertes cuando escribes o es una necesidad dolorosa?

     

    No puedo decir que tenga una experiencia dichosa del momento de escribir. Lo vivo con desasosiego, como si hubiera perdido el equilibrio cotidiano, con impaciencia. Me siento secuestrado intentando resolver la necesidad de dar forma a algo que pugna por salir; en este sentido, escribir es como parir, dar a la luz, nacer. Cuando ese nacimiento culmina, recupero la calma, me siento más tranquilo, sonrío.

     

    – ¿Cuándo empezaste a escribir poesía?

     

    Empecé a escribir versos con ocho o diez años. Eran unos versos magníficos, llenos de intuición, musicales, llenos de pareados y ripios, amorosos y tiernos. Así los recuerdo. Luego perdí la inocencia y jamás recuperé aquella frescura. Pero quedaron en la memoria de las cosas buenas.

     

    – ¿Podrías definir tu poética?

     

    No podría. Sé que soy diferente de otros autores en la manera de conducir el poema y de tratar lo relevante de los temas. No me identifico con nadie ni creo poder adscribirme a ningún movimiento o corriente poética. No tengo definición. Todo ello, no obstante, no puede negar el hecho de estar influido por las lecturas habituales e interiorizar mucho de lo bueno que pasa por mis manos, aunque sea de manera inconsciente.

     

    – ¿Qué poetas lees habitualmente?

    Julio5

    Aparte de los autores que publican en Alaire leo poca poesía y casi siempre acabo en los mismos poetas, leídos a sorbos, entre los que se encuentran Blas de Otero, Antonio Gamoneda, Pereira, Antonio Colinas, Caballero Bonald, Luis Cernuda, Vicente Aleixandre, Octavio Paz, Leopoldo M. Panero, Bertolt Brecht, Pablo Neruda, Antonio Machado, Góngora, Quevedo, Juan Ramón Jiménez, Miguel Hernández, García Lorca, Gabriel Celaya, Huidobro, León Felipe, Victoriano Crémer… y otros muchos de los que una extensa nómina la forman poetas leoneses, como puedes ver.

     

    – ¿En qué términos puedes cifrar tu evolución?

     

    Puedo decir que no me siento estancado, lo que me permite presumir que tengo recorrido por delante y que este recorrido discurre en una evolución hacia una poesía enfrentada cada vez más a su esencia, menos prolija en detalles y frases ociosas u ornamentales. Al menos eso creo percibir en los poemas inéditos en los que estoy trabajando que forman parte de dos poemarios muy distintos. De todo este trabajo no he publicado nada en Alaire y no lo haré hasta que los complete. Últimamente participo menos de lo que quisiera en

    Alaire y lo hago con poemas más convencionales, pero que me resultan interesantes, como puede ser la serie de sonetos sobre personajes cervantinos.

     

    – ¿Crees importante relacionarse con otros poetas? Y aquí quiero indagar sobre la trascendencia de una escuela, de un taller, de un grupo de poetas que pueden caminar con unos objetivos mutuos, para terminar con la última pregunta: ¿Qué significa la escuela Alaire para ti, qué te aporta actualmente?

     

    La relación con otros poetas, cuando estos son de calidad, no deja de ser un estímulo, un acicate para la creación. Me gusta, en esa relación, constatar las diferencias de estilo, planteamientos, voz y recursos. Puedo decir que me siento más a gusto, feliz y motivado, cuanto más grande es esa diferencia y, desde ella, me afirmo a mí mismo.

     

    No me identifico con ningún grupo formado o por formar. La riqueza de la relación con otros autores –en Alaire o fuera de Alaire en otros ámbitos en los que me muevo- se traduce en la conciencia de la diversidad a la que soy fiel.

     

    – Gracias, Julio. Como remate, un brindis parodiando malamente a Kavafis:

     

    Para que sigamos disfrutando la vida amigo. Bebamos este vino fuerte, como sólo los audaces beben el placer. Salud.”

     

    Gracias a ti, Miguel Ángel, y tu paciente e inteligente disposición. Acepto, encantado, ese brindis que me ofreces recuperando la cita de Dante del inicio para hacer también el cierre de la entrevista: “el vino siembra poesía en los corazones”. Salud.

     

     

    4 noviembre, 2016 • A Portada, Revistas • Vistas: 0

  • Selección de poemas del foro Alaire

    Selección de Pablo Ibáñez

    Seleccion poemas

     

    Tiempo de andar descalzo

    Pilar Morte

     

    Si me hubieran dicho a tiempo

    que era primordial ser feliz,

    que el cilicio era un masoquismo inútil,

    y me hacía más bella

    una guirnalda de color al cuello,

    que el sexo era en mí como la piel

    y que disfrutar fuera del dogma

    iluminaba los hayedos del alma…

     

    Si no hubiesen puesto la mirada en el no

    para decir que ser era futuro.

    Si el tiempo del camino abierto

    hubiese hablado adolescente…

     

    No se habría escondido el jazmín

    ni cegado el escote para un respirar.

    Habría eliminado

    las serpientes que se enroscaban al cuerpo,

    para poder andar…

    para vivir.

     

     

    El lamento de la criatura

    Ramón Carballal

     

     

    En cada parte de mi hay un pedazo de alma.

    Yo nací de la muerte como la carne de la vida.

    La luz me hirió con su beso amante y yo no

    supe descubrir el don del amor. Todos odian

    su reflejo, todos temen al hombre que no habla,

    todos son yo en la sima de su conciencia. Buscando

    la luz me acerqué a la llama, su lamido de fiebre

    quebró mi piel, encendió el dolor que ampara al

    desvalido. Dicen que no soy la criatura de un dios,

    la obra de la piedad, que no ven en mi nada humano,

    que solo sé ahogar el grito del monstruo. Después

    del desafío llega la ruindad. Búscame, padre, en el

    corazón del bosque, en ese lugar donde no puedas

    saciar tu odio, en la profunda oscuridad del sueño.

     

     

    Floración de lo tenue

    Felipe Fuentes García

     

    A este enclave se asciende por la espiga

    de una escala impalpable.

    En el espacio un hilo sigiloso

    urde la transparencia y enhebra la mirada.

    Abundancia de mies, este es el reino

    de la diafanidad,

    la floración secreta de lo tenue, la imperceptible

    marea que germina en el asombro.

     

    Hoy encaramo el corazón sobre esta lumbre

    para beber la claridad que brota

    de los copiosos surtidores de la altura.

    Fértil, la inmensidad entona un himno

    que limpia las herrumbres del paisaje,

    tempera en un allegro arcano el alma

    y a las sombras despoja de su llanto.

     

    Aquí, en la cúspide del aire, rivalizan

    el frío y mi pobreza. La gran ola celeste

    mece en su seno la bandera de un azul purísimo.

    Es febrero y la luz de los almendros

    nieva mis ojos. Y me ausento.

    En esta lejanía apenas soy

    y todo lo respiro: viento, nube, vuelo, ave…

    Y abrazo en pleamar al mundo

    y me entrego a su hondura

    para dar testimonio de este sorbo de vida.

     

     

    Crédula incertidumbre

    Ventura Morón

     

     

    Déjame creerte,

    no digas nada,

    recoge conmigo los pedazos de asteroides que ha sembrado la duda

    y tráelos al fregadero, déjalos

    que se desangren,

    que se hagan de tierra, que se claven

    entre los guijarros que escupió la noche

    y hagan un sembrado de estrellas

    entre las que pueda pasearme

    descalzo

    cuando sólo quede la lengua del olvido.

     

    Dibuja un cielo para mí,

    lejano, único, circunscrito

    a cada uno de mis miedos, haz que sea grande

    y me trague despacio,

    que no me hable,

    ni me invente un firmamento en el que pueda

    hacer mis limitadas acrobacias

    con mis alas proscritas de hierro,

    haz que sea de barro, que las nubes sean charcos

    para tenderme en ellas,

    que pueda taparme con él

    cuando el frío se enganche a mi voluntad

    y deje una escarcha indolente quemando los apéndices de mi equilibrio.

     

    No vengas a contarme todo lo que ya sé,

    deja que piense

    que hay un río al que caen nuestras palabras

    no dichas,

    y que flotan, como icebergs

    que van a disolverse al mar de nuestro reencuentro.

     

    Cántame al oído

    aunque tengas que irte, aunque ya te hayas ido,

    deja esa lluvia lamiendo mis calles,

    cayendo a las alcantarillas donde el amor nace

    sin pretextos,

    cuelga tu voz como guirnaldas en mi pecho

    y deja que retumbe en el vacío

    de tu ausencia,

    creando un remolino denso en el que pueda cabalgar

    a mi soledad como si fuera

    el último día de los vivos.

     

    No digas nada,

    déjame creerte,

    como si pudieran crecerle primaveras al invierno

    haciendo emerger volcanes

    de pétalos rojos

    que lanzaran un suspiro grana por el cosmos,

    trayendo a mi boca

    la eternidad

    que se detona en un solo beso.

     

    Llena la madrugada las hambrientas aceras

    y a la mentira, dicen,

    no le crecen futuros en racimo, tan sólo

    la inmortalidad superviviente

    que rezuma

    en la piel viscosa

    del recuerdo.

     

    Déjame creerte, no,

    no dudo:

    miénteme

    cuando vengas…

    mas cuando estés

    dime desmesuradas verdades , ¡desmedidas!

    tanto, que venzan

    al pasado y al futuro y sean

    indestructibles, un ahora perpetuo.

     

     

    El poema sin fin

    E.R. Aristy

     

     

    I

     

    Desde antes de mis recuerdos,

    la adversidad me tendió el pie.

     

    De tiempo en tiempo,

    me aislaba en un aura candorosa,

    porque siendo pequeña

    podía mecerme en las pestañas,

    y así viajé por ojos amargos

    y ojos febriles,

    por el desorbitado terror

    de ojos abandonados en las sobras.

     

    Viajé de continuo en ojos ciegos,

    sintiendo los colores como una sensación de vértigo,

    a varios grados de densidad,

    también los colores sufrían dualidad:

    el amarillo era tibio como las manos

    que salen de debajo de la colcha,

    o frío,

    como las manos que cierran los ojos de un hijo muerto.

     

    Hoy quiero recordar las cosas perdurables

    que quedan después de mi tormenta,

    las cosas que aprecio y agradece mi alma,

    y que son un poema sin final,

    sobre todo si tú te animas a participar.

     

    Esas cosas gratuitas hablan por sí mismas,

    yo solo quiero parecerme un poco a ellas,

    y no irme envuelta en el grisáceo rumbo de las pérdidas.

     

    II

     

    Me gusta cuando en abril llueven magnolias,

    y las aceras se cubren de pétalos rosados y blancos

    como los sueños de antiguas novias.

     

    Me gustan los dientecitos de un bebé

    igual que las encías del desdentado risueño,

    ¡qué inocentemente amplia la alegría!

     

    Me gusta ir a casa al final del día,

    me gusta estar en casa y el quehacer

    que conforta a los sentidos holgados,

    la luz de la tarde me fascina verla

    caer como un lienzo sobre el cuadro de la vida.

     

    Me gusta salir temprano y decir Buenos días,

    me gusta Haleh hoy igual que ayer,

    me gusta caminar larga distancia sin pensar,

    me gusta el diálogo dilatado que espera continuar

    no importa cuánto tiempo pase,

    volver e hilar de tus palabras.

     

    Me gustan tantas cosas.

    ¿Volveremos a esa tarde en el jardín?

    ¿Escribirás también las cosas que te gustan?

    ¿Haremos el poema sin fin?

     

     

    Anochecer contigo

    Jose Manuel Saiz

     

     

    Cuánta magia derrama el mundo

    en cada anochecer. La llegada del ocaso tras el día

    difumina la sólida apariencia de las cosas: esa montaña

    de silueta concreta y afilada, se vuelve, en un instante,

    una línea sutil en la hora que declina; este olivo solitario,

    aquel seto, esas ramas retorcidas… parecen, a lo lejos,

    figuras abrazadas de gente que se ama.

    Mi propia sombra, tanto tiempo bajo mi amparo

    se desvanece como un fantasma entre las piedras

    del camino. Lo que hace poco tiempo tenía vida, luz

    y forma establecida, al segundo desconcierta

    confunde y siembra duda.

     

    La vereda donde antes caminaba confiado y con soltura

    es, en esa hora incierta, un angosto itinerario a lo desconocido.

    De pronto, en un momento, la vaga incertidumbre de la tarde

    dará paso a la noche más oscura.

     

    Cuánta magia derrama el mundo

    en cada anochecer, qué ambigua resulta su presencia,

    qué extraña nos parece su metafísica penumbra;

    quién sabrá, a ciencia cierta, cuándo muere

    y cuándo nace, el día y la noche que despunta.

     

    Y tú, querida mía, pálida como un párpado de cera

    pareces una estatua viva en busca

    de asilo entre mis brazos; y tus labios,

    hace un rato brillantes y encendidos,

    piden beber a tientas de ese vaso

    que alienta mi lujuria.

    Alba y ocaso son ángeles sensitivos que encienden

    u oscurecen, según proceda, la luz y las tinieblas.

     

    Cuánta magia derrocha la noche en tu regazo;

    cuánta poesía, cuánto hechizo, cuántas luciérnagas

    durmiendo en tu cintura, cuántos duendes

    emergen de la tierra, en el prodigioso instante en que la tarde

    confunde en un momento, a la roca con el fuego,

    al eco con el viento… y al cielo con tu boca cuando está

    junto a la mía.

     

     

     

    A orillas de Júcar

    Josefa  A. Sánchez

     

     

    (Para los amigos de Colliguilla y en especial para Victor, Pilar y Ángel)

     

     

    Vides ardiendo; en el calor de estío

    respira el campo, boca polvorienta.

    En la orilla del Júcar se sustenta

    un fresco y delicioso escalofrío

     

    Ese lento paseo junto al río

    hace la tarde lentamente lenta,

    como una parva limpia que se avienta

    entre el dorado haz de su atavío.

     

    Todo camina hacia el cercano ocaso:

    los hombres y las cosas. El destino

    se hace redondo en el brocal de un vaso.

     

    Se agota el tramo extremo del camino.

    Estamos ya a las puertas del parnaso.

    La musa nos aguarda. ¡Corra el vino!

     

     

    A Macedonio (segunda carta)

    Marius Gabureanu

     

     

     

    Hola, Carlos. Hoy tuve una entrevista de trabajo.

    Le di como veinte vueltas al edificio, en los minutos que me quedaban

    para hablar con la persona que me iba a ofrecer una nueva vida.

    Entre no encontrar el mechero e intentar ahuyentar los pensamientos negativos

    que caían como la nieve de un mes cualquiera,

    como la nieve del tiempo, como un tiempo que puede helar el alma

    y así ponerle un rostro,

    se me ocurrió arrojarme frente a los taxis que pasaban descaradamente

    llenos de abrigos de la indiferencia, llenos de infidelidades

    pero al final decidí devolver mi cadáver a los buitres de soledad

    que sobrevolaban el balcón de la inexistencia.

    Y así, muerto, pude llegar al primer tren.

    Y había gente muerta como yo, leyendo periódicos de eternidad,

    había enanos que masticaban la gloria de las ventanas que nunca muestran nada.

    Me quise rodear de flores y escogí a los parques de la memoria.

    Todas las cosas del hombre pueden caber en un bolsillo.

    Perdona que no te he respondido a los mensajes hasta ahora

    ¿pero con qué lengua se puede derretir el azúcar del silencio

    cuando las avispas de la noche han encontrado nido en una habitación rentada

    dónde no hay espacio para huir de uno mismo

    y los gestos se vuelven un sarcófago transparente?

    Dos días sin beber fueron demasiado para no escribir una nueva metáfora de la locura.

    Heme aquí, después de diez años trabajando en la construcción,

    creyendo en la nada, como si dios fuera un cenicero

    donde apagar los restos de sonrisas de la infancia.

    La lavadora de los cuervos funciona,

    sigue girando sobre los cielos de mendigo sumisos a esta parte de Londres.

    Ya te dije de las deudas y que había leones con la columna vertebral rota,

    que las fronteras de la dignidad son un rugido inútil

    y los ángeles están escondidos en tarjetas de crédito,

    que hay codigos de la salvación que son tan largos como un miércoles que puede acabar

    con la primavera.

    Mi cuerpo es un cigarrillo formado por el tabaco de todos los engaños.

    Voy a hablar un poco más de mi habitación porque me parece importante describir

    las fauces de la miseria y así decidir el mediodía de un acto de suicidio.

    El pinchadiscos que se arranca los cabellos,

    el idioma de algunos intentos de no sentirme humano,

    de no tener que reportar al vacío

    las mañanas que se masturban

    como queriendo eyacular mi futura ausencia.

    Se vuelve a repetir la densidad de lo inexplicable

    y en la chimenea de los párpados cruje el momento

    cuando por primera vez abrí los ojos.

    No lo puedo definir, es lágrima.

     

     

    La sal derramada

    Julio González Alonso

     

     

    Los nombres que mi boca niega, el hambre

    que los ojos no ven; la dura ausencia en blanco escrita

    al alba de los días. Qué inútil,

    qué vana pretensión el refugio vacío del recuerdo,

    reflejo de agua en el espejo estancado de las aguas.

     

    Inmóvil en el centro del silencio gritas,

    sin voz gritas, sin palabras te nombras

    y adjetivas. Qué amarga saliva

    de besos

    en labios yermos, qué calor frío

    en el hueco del verano, secos los arroyos.

     

    Sólo el viento azota furioso las miradas

    y entre los dedos del tiempo, poco a poco, escapa

    la sal derramada del olvido.

     

     

     

    *Del poemario “Testimonio de la desnudez”(Ex aequo II Premio de Poesía Treciembre.- Fundación Jorge Guillén.- Valladolid,2015)

     

     

    Un gesto

    Rosa Marzal

     

     

     

    Hizo falta un gesto tan solo

    y la negrura se nos cayó de las manos,

    y la palabra salió de su trinchera

    y arrojó su fusil de suicidios.

     

    Tan solo un gesto mío, un gesto tuyo

    unidos para un único destierro:

    y yo que negaba el alma de las piedras,

    y tú, que maldecías la vida, sus amargas escamas,

    tuvimos que arrojar nuestro luto

    y vestirnos de río

    y dejarnos fluir en el hilo de un gesto de plata.

     

    “He aquí las venas de mi silencio

    míralas, ya no sangran,

    ahora pregunto por el niño perdido

    de tu Nombre”

    Y las máscaras dejaron de pegarse a tu piel, a la mía,

    y un latido ciego despertó de su eterno letargo:

    el latido de un animal casi muerto,

    casi descuartizado

    por las manos doloridas del miedo.

     

    Hizo falta mirarnos a los ojos más hondo,

    más en verde,

    más hondo,

    hasta hacernos de vidrio.

     

     

    Buitres en mi jardín

    Luis M. Mariño

     

     

    El día que Supermán se enganchó a la marihuana

    en mi reino descorchábamos caprinos

    desde los campanarios,

    aplaudíamos el acuchillamiento de mamíferos

    astados

    y practicábamos el hara-kiri (en vivo)

    a los cerdos.

    Por aquellos años yo dibujaba sueños

    y odiaba a los niños con olor a mierda

    de vaca, que chorreaban hostias

    tras la cerquilla aledaña a un colegio

    de piedra podrida

    (materia de sus progenitores y enlatados cerebros).

    En la primera cadena explotaba

    el espíritu de la paloma

    en doble estéreo e improvisadas distorsiones

    a una sola mano.

    Nuestros padres se emborrachaban

    con vino de rosas

    y aroma de sangres secas,

    solera que hervía

    la bodega de las parroquias obreras

    y la festividad anual de la casa de campo.

    En aquellos años, a nuestros jóvenes mayores

    aún les sangraban los himnos a capela,

    se creían a pie juntillas la pirotecnia libertaria

    y los anuncios musicados de nocilla.

    Ya entonces se fraguaban cambios terminales

    en el córtex de los barrios,

    mientras los negritos del Colacao

    del lejano sur

    se empeñaban en seguir muriendo

    antes de los cuarenta.

    La floreciente dislexia existencial

    ya presagiaba el apocalipsis

    en los imberbes pechos.

    Los camellos de los lacoste

    acumulaban matrículas de honor

    en inDerecho y ciencias políticas.

    Todos remaban hacia el horizonte

    que dictaban el anti-inmovilismo social

    y las feromonas de ocasión.

    Más tarde,

    yo aún aprendía a abrocharme los verbos

    en frecuencia modulada,

    engordando a golpe de uña y lengua

    la lista de mis futuros crímenes contra la humanidad

    y la línea crediticia del Corte-inglés.

    A las estatuas se le cayeron los anillos

    y a otros el reloj del amor

    por las alcantarillas de algún paraíso

    en rebajas…

    Y Supermán, ya desintoxicado,

    estrellaba sus lágrimas de acero

    contra el techo del planetario

    de su vieja ciudad technicolor.

    Allá por mi reino, aún se mojaban los sexos

    y se empalmaban los miembros viriles

    de los machos ibéricos

    cuando algo de cuatro patas doblaba

    el esqueleto

    y derrumbaba su sangre por la tierra;

    pero, por aquel entonces,

    yo aún seguía creyendo en superhéroes

    que fundían con su mirada láser a los malos.

    …Años después

    yo seguía digiriendo padres,

    yo seguía escondiendo venas,

    y yo seguía dibujando sueños…

     

     

    Las bocas y el ciruelo

    Armilo Brotón

     

     

    Desde el Evaristo Corumelo

    ¿Cuál sería el resultado
    de haber salido dos minutos antes
    de tu barriga
    o dos minutos después? ¿Dónde estaría ahora?
    Pero el tiempo es de las ciruelas
    justificación de los pájaros,
    del frío que entra por arriba,
    del golpe de dados que se mete
    por las muñecas de tu nombre.

    Irremisiblemente     ahí está el azar
    escribiendo sus versos,
    menudos como el tempranillo
    que alimenta unas bocas de lumbre.

    Una flor que  no sabe de climas,
    que lleva un frío a destiempo
    y muere
    a pesar de su entrega.
    Lo que tiene que suceder sucede,
    sin más remedio.

    Las manos se congelan como rocas
    pierden la sensibilidad
    y se confunden con una primavera silenciosa.

    Sin más remedio,
    sin nada que hacer.

     

     

     

    Poesía: ¿dónde estás?

    Óscar Distéfano

     

     

     

    Deseo llegar a los versos, ¿voy a los sucesos,

    hablo de la muerte, del sol cuando cae el ocaso,

    voy creando correspondencias y similitudes,

    o hablo de anécdotas personales, de amores ya perdidos,

    hago algo con el cuerpo radiante de mi amada, sus muslos blancos,

    describo el terrible dolor que me causó, abro mi pecho

    para que el mundo vea las pulsaciones de mis sentimientos?

     

    ¿Debo gritar las injusticias, debo cantar a mi país, o debo

    describir los rincones de mi casa, de mi patio, de mi jardín,

    debo filosofar, encontrar gnosis, verdades deslumbrantes,

    debo componer música, melodía de ríos, de bosques,

    ritmos de las noches urbanas, de los paseos lúgubres,

    de las prostitutas, de los mendigos, de los niños de los semáforos?

    ¿Debo llegar al mar, a las arenas, a las espumas, a las sirenas,

    divertirme con las bellezas que hoy están grises y fláccidas,

    llegar a las montañas, a los ecos profundos, a los inviernos,

    a las nieves sobre los prados húmedos, a las primaveras, las flores,

    o entrar en las intrigas de la sociedad, en los conflictos del poder,

    en las guerras interminables, en el cansancio, en el hastío?

    ¿Dónde debo encontrar mi poesía, ese secreto que un gran día,

    indiferente a la ansiedad, al capricho, al tesón, a la experiencia,

    estalla en pleno rostro y en plena conciencia de mi vigilia?

    ¿Debo pactar con Mefistófeles, invocar a los dioses, escrutar

    las estrellas, buscar con mis tecnológicas herramientas?

    ¿Debo exhumar cadáveres de amigos y parientes, gatos y perros,

    o acaso de enemigos, de esqueletos de héroes, cantar sudarios

    de piratas, de peones, de obreros, de lavanderas tímidas?

    ¿Debo indagar en las ideologías, en los puntos de vista

    que destruyen amistades en las tabernas, en los yates?

    ¿Debo regresar a mi infancia, a recoger las rosas de mi madre,

    a exprimir mi memoria y recuperar el ocio infinito, con la lluvia?

    ¿Debo mirar el tiempo en todos los espejos de mi entorno,

    y fragmentar en versos las copiosas mentiras de mi vida?

    ¿Debo verme en el otro espejo: mi subconsciente,

    y galopar sobre potros dorados con cuernos de unicornios

    en los prados azules de las muchachas que juegan al golf

    con sus nodrizas de miradas lésbicas? ¿O quizás, enfermarme,

    para escribir un gran poema sobre las inclinaciones neuróticas?

    ¿O quizás, desordenar mis sentidos con ajenjo y alcaloides?

    ¿Acaso debo entrar en las palabras y enlazarlas,

    visualizando previamente sus únicos destinos, sus manos

    abiertas y extendidas para tocarse, para agarrarse,

    y crear una fusión nuclear de la verdad con la belleza?

     

    ¿Es cierto que esperan ya los poemas todo escritos,

    y que duermen en un reposo intacto, en una espera

    hibernada, como en su tumba de resurrección,

    como si la eternidad fuese su imperio de siempre?

    ¿Es cierto que debo esperar pacientemente si la luz no llega,

    que debo mantener la compostura si reina el caos?

    ¿Es cierto que debo insistir horas y días y semanas

    hasta que la palabra realice su danza amorosa con el silencio?

    ¿Es cierto que un poema oscuro es irrecuperable,

    que mejor es dejar que la mortaja del olvido lo recubra?

    ¿Es cierto que tampoco debo exaltar cualquier vocablo,

    o sobornar con elocuencia, con dicción admirable,

    la perfecta distancia de las sílabas, y la perfecta

    yuxtaposición de imágenes, de metáforas?

    ¿Es cierto que el verso posee vida propia, y voluntad

    para adquirir su definida cualidad, pero existe encerrado,

    y que yo debo saber vislumbrar el destino hacia el ser,

    para cavar con paciencia el túnel de su libertad?

     

    Deseo volar a los versos y, hasta hoy, han huido de mí,

    se esconden en el firmamento, detrás de las estrellas infinitas,

    como si quisieran herirme con indiferencia y des-aire,

    como si quisieran verme caer sobre el buque que surca los abismos,

    sobre la húmeda cubierta, a merced de los marineros

    para que estos se diviertan al verme renguear

    de estribor a babor con mis grandes alas blancas.

     

     

     

    Amanece

    Judit Paz

     

     

    Queden las madrugadas todas, queden albas

    y que el sol se indecida largamente

    antes de culminarse en las alturas;

    se tesele los haces, ralentice,

    nos confiera poder desvanecido,

    desapego indoloro y circunstancia.

     

    No le importe arroparse de infinito

    y alargar sus flirteos con la plata;

    ni mezclar indulgente los azules

    en el filo que acucia el horizonte.

     

    Queden las albas todas

    en los iris,

    armisticio de luz, consciente ocaso.

     

    Quede una noche cierta en la mirada.

     

    Nadie muera los sueños,

    que amanece.

     

     

     

     

     

    — Nocturnation —

    Israel Liñán

     

     

     

     

    Un batir de alas,
    sonoro como las olas del fin del mundo,
    se escurre por las paredes.
    Miro sus grandes pechos y busco
    el equilibrio en el respaldo del taburete.

    La música sitia a los malditos,
    boquean sonidos herméticos,
    The xx,
    Infinity es una oda a los sonidos graves.

    El camarero trae whisky,
    ríe y derrama el dorado tesoro
    sobre su boca abierta,
    siento la presión entre las piernas,
    desvío la mirada mientras me enfrento
    al descenso.

    Sus labios mojados me encienden.

    Un reguero de sudor desciende por su cuello,
    huele a sexo y a rutina,
    excitado
    busco mi sombra en el espejo
    mientras bebo de un trago
    lo que queda de cerveza .

    Intento articular palabra.

    Se levanta,
    sus caderas forman una preciosa curva,
    agonizo al imaginar
    el suave arqueo de su espalda
    sobre el capó del coche.

    Suena Him, Wicked Game,
    y ardes en la pista,
    detengo por un instante el circular movimiento
    del espacio
    y detengo el tiempo,
    floto sobre cabezas de gente sin piel,
    examino sus piernas,
    la perfecta armonía de los muslos
    en mística unión con la vida.

    Mareado vuelvo a la barra,
    Kings of Leon y Sex on fire,
    me muerdo el labio cuando se sienta a mi lado,
    pide otro whisky y me sonríe,
    respiro hondo y eructo.

    Otro macho en celo se acerca.

    En ese instante toco fondo,
    lamo el suelo y maldigo las horas vacías,
    la lentitud lamentable de la agonía.

    En el coche reclino el asiento,
    el frío de la madrugada atraviesa las ventanas,
    cierro los ojos,
    demasiado borracho para conducir,
    demasiado cansado para empotrarme
    contra la mediana de la autopista.

     

     

     

     

     

    Seducción

    Carmen Pla

     

     

     

    Si supiera de dónde vienen los poemas, allí iría.
    Michael Longley

    No nos despreciaba, nos tomaba tal y como éramos,
    como un riachuelo con humo nutridos de desconcierto;
    en una mirada de montaña seguíamos un camino
    y dos estrellas adustas se cruzaban como piernas narrativas,
    el equivalente de la noche cuya llave se perdía,
    la respiración de un rojo hierro, la espina, y un espejo de fiebre amarilla.

    El viento de uno al otro devorando las telas
    jugueteando con la melancolía, ante el cristal y contra el cristal
    una maravillosa idolatría de la vida,
    pulimentados por el brillo como alas que dan vueltas,
    así éramos ,condescendientes ante la muda experiencia
    para satisfacer a la belleza,
    seducidos por un corazón de árbol extasiados por su fruto,
    sin encorvarse, para amar entre parajes provocando la felicidad
    la tinta de piel vulnerable con el rojo de la nube.

    El glorioso encuentro de la dicha
    cuando en las bocas cantan los amantes,
    que sin ser crédulos, éramos agasajados, bellos y rebeldes,
    ante la dinastía de todos los sentidos,
    reptando entre dos convexidades.

     

     

     

    Hoy te escribo

    Maria José Honguero Lucas

     

     

    Hoy te escribo a ti,
    a esa sombra que cuaja entre la lluvia,
    al desliz angosto
    por donde gotean mis sueños más prohibidos.

    Te escribo
    porque quiero invertir las maldiciones
    que te hicieron marisma,
    abrevadero de ansias vespertinas,
    porque quiero olvidarte mientras quiero
    cincelarte en mi pecho desvelado.

    Porque anhelo las noches
    en que un beso de los nunca dados
    erigía mis penumbras
    a la eclosión de una estrella
    o una palabra, infinita en su reverso,
    devanaba el perfil de los océanos.

    Porque siento en los labios
    el prisma enloquecido de tu boca
    deshecha en despertares,
    porque ansío esos versos imperfectos
    engendrados de una sístole conjunta
    y muero, en cada inconsciencia,
    por tu calor firmado entre mis brazos.

    Hay distancias como universos incompletos,
    olvidos a medio hacer,
    retales,
    convicciones de un adicto a la mentira
    o el descenso de un párpado despierto
    y no son suficientes,
    no para un abismo construido con miradas,
    con ladrillos de carne recién hecha
    o para un horizonte pintado entre las ascuas
    de algún invierno roto,
    hay distancias que son como alfileres
    clavándose en la piel en cada pulso
    y te llueven encima, en un respiro,
    su dolor translúcido.

    Por eso te escribo,
    porque hay veces que un destierro
    no vale un camino,
    porque añoro la sed, la muerte cíclica
    que tu amor engendra.

    Y mañana no sé si seré capaz de recordarlo.

     

    Ella…, la noche

    Gerardo Mont

     

    La recuerdo cinematográfica, noche azul de paso lento,
    exhalando volutas de aire frío, hilvanando entre farolas
    la distancia, como diciendo: “a pesar de todo estamos cerca”.
    La recuerdo densa, con muchas cosas en la mente, gesticulando
    cuando nadie la veía, como rogando treguas a los acólitos del miedo.

    (Cuando el viento tañe sus campanas, y una armónica
    lejana apetece los labios de otros tiempos,
    ella, a sí misma se extrae de entre las uñas de la vida
    y toca. “Panes duros”, se dice,
    “otro trago para aprehender más de nosotros.
    Para olvidar que el tiempo no respeta las plomadas”).

    La recuerdo desnuda, erecta, tarareando nocturnos imprecisos,
    con sus ojos grandes inmersos en el lago de la amnesia,
    en sus sombras que poco a poco refutaron la entereza
    con los dislates de antiguos puntos cardinales.

    (Se imagina de cera en las vitrinas, vestida con los trajes
    que paga un mortal adinerado. Y yergue su espalda,
    despliega su plumaje, mientras las moscas de la noche
    le clavan sus ojos como estacas).

    La recuerdo escribiendo nuevos nombres cada ocaso.
    De sus viejos enemigos escogía las iniciales. Reunía las balas perdidas
    en las sienes. Diademas las llamaba. Luego se decía: “La noche tiene orillas.
    Allá…, abundan los refugios. Después del puente de las migas
    las burbujas de otro día, sus notas albas, sus alas tibias”.
    Pero no oteó realmente los finales – tierra firme de los náufragos.

    La recuerdo deslizándose con sus tacones rojos
    por el teclado de las horas, presumiendo las vaguedades del amor,
    el grueso impenetrable de una piel inmune,
    los sueños inconclusos que a la suma nos definen.
    La recuerdo desdeñando dádivas, dándole la espalda
    a la sentencia de hojas secas, con la altivez de los dioses
    que encontraron el oro monoatómico.

    (Cuando acelera el paso, el tiempo parece detenerse
    si bien se alejan los altares. Le queda desnudarse,
    mantener estáticos sus dedos, tácita su pelvis, y con sus ojos desérticos
    negar todas las lágrimas…, exhibir solamente,
    el frío inconsecuente de sus mármoles.

    …Diva de las cajitas musicales, baila los destiempos
    ella sola, y sin embargo, concurrida por todos los delirios).

      

     

    A nuestra amiga Mari

    Manuel Alonso

     

    Cuando se para el corazón de una madre,
    razón primera, fuente de la vida,
    el pulso de la tierra se ralentiza.

    Cuando se para el corazón de una esposa,
    vientre preñado de universos,
    como un cigarrillo se consume el espíritu.

    Cuando se para el corazón de una amiga,
    se levantan todos los teléfonos y se tienden
    todas las manos en las redes sociales,
    para curar las heridas.

    Cuando todas las estrellas de la noche
    y todas las farolas de la ciudad
    se habían apagado,

    Mari también se apagó.

    En mitad del sueño,
    con la luz temprana del sol primero.

    El rocío resbalaba en los pétalos.

    Tuvo buena muerte.

    (aunque siempre temió que fuera así:
    dormía, cuando no estaba acompañada,
    con la luz encendida)

    Buena madre, fiel esposa y amiga siempre de sus amigos,
    dulce y tierna como la primavera,
    ahora vive otra realidad que la renueva,
    antigua morada de la belleza.

    Nunca olvidaremos
    su complaciente sonrisa,
    sus respetuosos gestos comerciales,
    y su genuina y lánguida mirada leonesa.

    Descanse en paz.

     

     

     

    El grito

    Javier Dicenzo

     

    ( A Rafel Calle ) 

    Antes de ti no existía el amor, ni el hambre, ni la soledad.
    El grito en la selva fue el quejido inmenso del futuro.
    Amor, he caminado muchas veces en desiertos.
    Perdido retoño que era piel de mieles.
    Aún, aún con esas manos de Neruda, alas hambrientas.
    El viaje hacia las estrellas será largo
    en la necesidad de besarte, en el aún y el todavía.
    Unas lágrimas caen en el olvido del nunca jamás,
    el grito de la selva es la apasionada letanía,
    soy hombre de panes en la soledad.
    Hoy llueve en los nudos del mar, esos, esos muelles…
    Esos muelles que te abandonaron en el grito, en la piedad del rezo.
    Quieta estás desventurada, agónica, pletórica.
    Allá con el grito, allá en lo turbio, allá en el naufragio
    escucho el grito perdido de los pasos que aquietan la piedad.
    Deseo de mentir…, de labrar las uvas en mis manos, de tu mano.
    ¿Acaso ese grito penetrante y dilucidado es mío más que tuyo?
    Aquelarre de la infancia con chillidos de pájaros dormidos.
    Mis deseos abarcan los mares, la luz, el universo,
    pero tus penas, tus bocas, tus miembros, tus pasos y mis ojos
    todo eso te lo entrego, y el grito en la selva, con venas sangrientas.
    Antes de ti no existía el amor, ni el hambre, ni la soledad,
    solo el naufragio que el dolor fundió en barcos olvidados,
    con las rompientes de ese pozo de los amaneceres…
    Ese ayer.
    Nada de beber y la garganta sujeta a la noche que ciñe el viento del sur.

     

     

    Conversación de los abismos

    Roberto López

     

    En el suelo del bar se pierde su mirada,
    mientras su mano, con vigor, ciñe la copa.

    Se despeñan los ángeles igual que serpentina
    en la Noche de Reyes.

    De vez en cuando, intenta
    una conversación deshilvanada,
    intrascendente nube en un cielo de nubes solitarias.

    En las tabernas, desde la cátedra de su verdad maldita,
    hablan pontífices de la inconsistencia.
    Y en las camas de sábanas de seda
    eyaculan feroces animales que se aferran
    al sexo que los habita
    bajo la advocación de la naturaleza.

    Alguien -por fin- lo llama, alivia
    la extrema indefensión a que su soledad lo ha reducido,
    sale a la calle triunfador,
    de súbito integrado
    a una totalidad que el móvil simboliza.

    Del pensamiento inerte, renacen las cenizas
    de una felicidad acurrucada
    bajo un paraguas demasiado pequeño,
    comiendo pipas una tarde de lluvia,
    cuando los coches eran amables contrapuntos
    de la normalidad.

     

     

    La carta

    Víctor F. Mallada

     

    En la clandestinidad de un baúl desarrapado,
    escondido entre las páginas
    de un libro empastado en piel,
    encontré un sobre añoso,
    con sello sin fechador y la faz de Alfonso XIII.

    El remite… de ultramar;
    dentro, una carta a plumilla,
    con letra tirada, escrita levemente en diagonal
    sobre papel satinado y dos frases lapidarias:

    “Te espero, ya sabes dónde, cuando repiquen al Angelus
    las campanas de San Juan y haya vuelto el Paquebot.
    Quien quiere comerte a besos”…

    Firmado: R del C.

    Busqué en otros recovecos del desván de los abuelos,
    en listas de pasajeros, en registros bautismales;
    pregunté a los familiares sin obtener más respuesta que…
    él era muy buena gente, caballero, reservado
    y que nunca se casó.

    Que volviera de ultramar muy a finales de siglo;
    con dinero y un chaval de rasgos algo tainos,
    un suave acento boricua y muy tímido en la mesa.

    Al chico lo conocí en fotos de mi niñez ya convertido en abuelo;
    contaba muchas historias, sospecho que idealizadas,
    de un Caribe bullanguero perdido por la impotencia
    de una España desangrada.

    (El abuelo nunca me habló de su madre
    y yo nunca le pregunté que quién era, por qué no estaba
    presente en nuestras conversaciones).

    A él lo quise con locura mientras vivió con nosotros
    y, hasta el final de sus días, el autobús era “guagua”
    los “bochiches” cotilleos y las “jumas” borracheras.

    Aún sueño con él, despierto:
    enjuto, pausado, altivo, algo pillo con las damas
    y guardián de su familia hasta, incluso, por encima
    de lo que marca la ley.

    El baúl que había en su casa… era de mi bisabuelo;

    La carta……………………………………… no sé de quién.

     

     

    La herida de Platón

    Hallie Hernández Alfaro

     

    Reducidos a la mitad aquel día de enero
    acecha la cisura en las venas de Platón.
    Vagarás hasta la ruta del tigre
    zarpa de tierra iracunda,
    de par en falta,
    de cabaña rota.

    Solo estarás;
    holocausto de lluvia marmórea
    que retoza en las calles sin luz,
    en los arcos fantasmales,
    en las sirenas de lujuria.

    Sola estarás;
    en la munición de los francotiradores límbicos,
    en su andar apesadumbrado,
    en el barro cáustico que veja el jardín.

    Reducidos a la mitad aquella mañana de julio
    cimbra entre las montañas una lágrima filosofal;
    hipérbole de un solo nombre,
    labrantía de un solo ser.

    Encuéntrame, amor, encuéntrame.

     

     

    El duelo de Corbain

    J. J. M. Ferreiro

     

    Corbain miraba el vestido de Claire
    que el oleaje había devuelto a la ribera,
    pero el cuerpo no estaba;
    disuelto rápidamente, se perdió entre piedras y lodo;
    se reintegró a su estrato correspondiente,
    como un detrito más
    del sueño geológico del planeta.

    Mucho tiempo después,
    cuando el agua se evaporó,
    parecía verla de nuevo
    en esas formas caprichosas que las nubes moldean.
    Sí, todo en ella fue apariencia,
    —se decía Corbain—
    aparentaba un cuerpo que al moverse
    simulaba maravillar otros cuerpos
    y terrores imaginarios.

    Revivía frecuentemente aquella escena imborrable
    que idearon escudriñando en la perversidad:
    Era en Sierra de Lobos.
    Muy adentro del bosque,
    la noche parecía enferma
    y las parejas del amor yacían
    pudriéndose en los cois y en las hamacas,
    destrozados sus vientres sanguinolentos
    por las alimañas nocturnas.

    Durante aquella época Corbain
    fue muy dichoso;
    recordaba que siempre
    que se besaban
    ponían alfileres en los labios.
    Ahora,
    sus lágrimas caían con un ruido ensordecedor.
    Sus manos parecían dos ataúdes de silencio.

    Desde su desaparición,
    fabricaba sus propios días
    o vivía en los ya idos,
    que eran los más inesperados.

    Y siempre solo, nunca se encontraba.
    Tampoco lograba saldar
    haber soñado
    la proporción más dulce de lo suyo,

    eso que le pedía ser
    como la ofrenda de la lluvia,
    por su invasión,
    la humedad acariciadora,
    por su llama de vida, el inmanente trazo,
    por el alimento de tierra interminable
    con el que ella le entregaba el amor…
    y sentía muy íntimamente
    la nieve de recuerdos
    que los días escombraban en sus sienes,
    ese halo de belleza que fulgura
    cuando hasta las palabras sienten.

    Aquella tarde, Corbain recorría
    la orilla de la playa
    pensando en ella,
    y veía como la traza
    de sus caderas, siempre ciegas y balbucientes,
    todavía quedaba esbozada en la arena.
    La imagen de sus chanclas
    y sus gafas de sol tiradas en el suelo,
    abría en él
    una sensación de abandono,
    quieto e irrecuperable.
    Eran objetos vívidos
    con un alma extraplana,
    indiferentes a la salvación eterna.
    Entonces Corbain,
    mirando al mar interminable
    murmullaba despacio:

    “Vengas con las raíces de la sed
    o vengas
    con la tormenta mar adentro,
    con la hierba del frío,
    o en las orillas de la sombra,
    jamás la seda parda de la tierra
    aliviará la herida de tu tiempo”.

     

     

     

    Blanca, el color de infinito

    Rafel Calle

     

    Este es un poema renovado que en su día dediqué a Blanca Sandino. El color del infinito, al que hago referencia, es el título del último poema que Blanca escribió cuatro días antes de su partida.

     

    No sé dónde tus paseos esperan la luz de Cádiz,
    ni en que ocaso del salero sucumbieron los maizales
    a las mañas de tu abuelo que si quería educarte
    te mandaba desgranar Asturias y grano cierto;
    memorias de la verdad en los callos de los dedos.

    Tus manos en la mazorca, manos de niña traviesa,
    desgranaban las victorias del oro de tus dos trenzas.

    El brillo del pelo llora al silencio de la siembra,
    peina la tierra que llora, llora la tierra que peina.

    Pasaba por los portales, era señora y muy cierta,
    eras tú o casualidades de una calma cenicienta
    que explosiona las bondades cuando vence a la tormenta.

    Después de todos los hijos y los nietos que anduviste,
    los versos eran vestigios, fervorosos paladines
    de las causas que han vivido en todo cuanto sentiste.

    La costumbre del retrato donde aguardan tus recuerdos,
    es un presidio del canto, silenciosamente verso.

    Intenso azul de poetas que ahora sin ti son grises,
    ahora grises que versan del tiempo que no tuviste.

    Ante la muda no canta el jilguero de la fe,
    pico y pala y el silencio y la blancura a sus pies.

    El color del infinito es de rojo mercromina
    para curar las mañanas y los sorbos del café
    llagados por el consejo que me diste en tu partida:
    Vive por mí, Rafael,
    sé muy feliz por tu amiga.

    4 noviembre, 2016 • Poemas, Revistas • Vistas: 0

  • Viaje al interior de la poesía

    Autor: Guillermo Cuesta

    Viaje al interior de la poesía

    Poesía es una fórmula literaria que se caracteriza por ser la más pura manifestación que la palabra acopla al sentimiento, a la emoción y a la reflexión intimista del ser humano, en torno a la belleza, al amor, a la vida, a la muerte… tanto si está escrita en prosa como en verso.

     

    A partir de esta definición y en consecuencia la POESÍA será:

    Épica: si aplica su narración, descripción y diálogo a hechos legendarios o históricos, con la finalidad de alabarlos y exaltarlos. En su concepción y textura intervienen generalmente versos de longitud considerable. Como ejemplo de lo aquí expuesto se puede resaltar La Ilíada, de Homero.

    Dramática: si es una composición versificada, creada para ser representada teatralmente. Desarrolla, por lo tanto, un hecho o situación o un conjunto de ellos alrededor de un tema sobre el que expondrán su arte y representación los distintos personajes. La poesía dramática podrá convertirse en comedia, tragedia o drama según el tono y resultados de la misma:

    Comedia: se desarrolla con diversión y gracia, desenlace feliz.

    Tragedia: exposición de porte serio con personajes nobles e ilustres en el que destaca un protagonista rendido a la fatalidad y a lo funesto.

    Drama: representación escénica de hechos tristes o desgraciados entre los distintos personajes de la obra literaria.

    Sófocles y Esquilo dieron auge a estos subgéneros descritos.

    Lírica: si la poesía se componía para ser recitada musicalmente y con el acompañamiento de la lira (de ahí el nombre) era la expresión de la subjetividad, ajustándose a la métrica, medida y ritmo. En la actualidad se define como poesía lo que desde hace tiempo era considerado composición lírica.

    Coral: si la poesía se aplicaba a un conjunto de voces (recitada en grupo) dentro del discurrir poético se denominaba coral ya que era entonada y recitada en coro, en muchos casos como cántico a los dioses.

    Bucólica: si ampara y acoge la idealizada celebración de los paisajes y ambientes de la vida pastoril. Como ejemplo disponemos de Las Bucólicas de Virgilio y los Idilios de Teócrito. Todas estas variantes de la poesía exigían que hubiera una inspiración que dio en llamarse Musa para las artes y las ciencias desde que en las culturas grecorromanas se las consideraba diosas inspiradoras. El termino de Musa se consideraba en sentido figurado para describir a la mujer amada o a la que trae la inspiración en las formas de expresión cultural..

     

    Evolución histórica del término o concepto

    Grecia

    En tiempos de Platón, siglos V y IV a. d.C, la palabra poesía abarcaba el concepto de literatura. Poiesis significaba «hacer», en un sentido técnico, y se refería a todo trabajo artesanal, incluido el que realizaba un artista. Tal artista es el poietés ‘creador, autor; fabricante, artesano; hacedor, legislador; poeta’, entre las múltiples traducciones que otorga la palabra. Consecuentemente, poiesis era un término que aludía a la actividad creativa en tanto que supone actividad y otorga existencia a algo que hasta entonces no la tenía. Aplicado a la literatura, se refería al arte creativo que utilizaba el lenguaje.

    La poesía griega se caracterizaba porque era una comunicación oral representada ante un auditorio realizada por un individuo o un coro con acompañamiento instrumental.

    Platón divide la concepción poética en imitativa, no imitativa y épica bajo la concepción filosófica de las dimensiones metafísicas. De esta primera clasificación platónica, se desprende el origen de la vinculación del género poético con la característica enunciativa de la presencia de la voz del autor. Por lo demás, el uso del verso no era en esos momentos relevante, por cuanto la literatura antigua se componía siempre en verso (incluidos los escritos teatrales).

    Como se ha señalado, Platón lleva la literatura al contexto de un tratamiento referido a determinados problemas filosóficos.

    Fue Aristóteles quien, por primera vez, afrontó la elaboración de una teoría literaria independiente. Su obra clave es Poética (c. 334 a. C). Aristóteles introduce, en primer lugar, un elemento novedoso en la descripción de la poesía, al tener en cuenta que, al lado del lenguaje representativo de la imitación cabe la aplicación de armonía y ritmo.

    Distingue, al igual que Platón, entre narración pura (ditirambo) y narración alternada (épica)

    La poesía, siendo una de las manifestaciones artísticas antiguas, se vale de diversos artificios o procedimientos: a nivel fónico-fonológico, semántico y sintáctico o del encabalgamiento de las palabras, así como de la amplitud de significado del lenguaje.

    Para algunos autores modernos, la poesía se verifica y adapta en el encuentro con cada lector, que otorga nuevos sentidos al texto escrito. De antiguo, la poesía era también considerada por muchos autores una realidad espiritual que estaba más allá del arte según esta concepción. La calidad de lo poético trascendería el ámbito de la lengua y del lenguaje. Para el común de los mortales la poesía es una forma de expresar emociones, sentimientos, ideas con las que la imaginación se expande.

    Aunque antiguamente, tanto el drama como la épica y la lírica se escribían en versos medidos, el término poesía se relaciona habitualmente con la lírica, que, de acuerdo con la Poética de Aristóteles, es el género en el que el autor expresa sus sentimientos y visiones personales. En un sentido más extenso, se dice que tienen «poesía» situaciones y objetos que inspiran sensaciones arrobadoras o misteriosas, ensoñación o ideas de belleza y perfección. Tradicionalmente referida a la pasión amorosa, la lírica en general, y especialmente la contemporánea, ha abordado tanto cuestiones sentimentales como filosóficas, metafísicas y sociales.

    La metáfora y su imagen suponen la construcción de una realidad semántica que, acoplada al significado unívoco, da sentido a otros alternancias extrañas y distintas o distantes.

     

    Historia

    Las primeras testimonios de poesía escrita aparecen en los jeroglíficos egipcios unos 2500 años a. de C. Son cantos de trabajo y religiosos representados en tablas cuneiformes. Tanto el poema de Gilgamesh, obra épica de los sumerios, como la Ilíada o la odisea de Homero suponen que eran textos para trasmitirlos oralmente y que eran una recopilación de historias y episodios anteriores.

    Las narraciones orales eran en verso ya que ese método era agradable al oído y permitía recordar los textos con mayor facilidad.

    El primer poeta posterior a Homero que se adaptó a los motivos y reglas de la poesía fue Hesíodo (Los trabajos y los días). La poeta Safo, nacida en la isla de Lesbos, fue autora de obras para celebraciones nupciales.. Anacreonte escribió sobre la juventud y los placeres de la mesa. Calino de Efeso y Arquíloco de Paros, crearon la elegía. Arquíloco inventó el verso yámbico y se expresó con sátiras. Píndaro alcanzó la cima lírica coral dedicándose a la alabanza de los participantes en los juegos olímpicos.

     

    Roma

    Roma creó su poesía basándose en los griegos. La Eneida, de Virgilio, se considera la primera obra maestra de la literatura latina, y fue escrita pocos años antes de la era cristiana, al modo de los cantos épicos griegos, para narrar las peripecias de Eneas, sobreviviente de la guerra de Troya, hasta que llega a Italia. La edad de oro de la poesía latina es la de Lucrecio y Catulo, nacidos en el siglo I a. C., y de Horacio (maestro de la oda), Propercio y Ovidio. Catulo dedicó toda su poesía a una amada a la que llamaba Lesbia. Sus poemas de amor, directos, simples e intensos, admiraron a los poetas de todos los tiempos.

     

    La Silenciosa Poética de China y el legado de Confucio

    Entre las grandes civilizaciones del mundo la china es la cultura más antigua, a pesar de adversidades y represiones. La clave de esa fortaleza reside, sin lugar a dudas, en las ideas del filósofo Confucio, trasmitidas a través de la música, la poesía, la caligrafía, la pintura…

    El legado que aportó Confucio supone un descubrimiento de ideas relacionadas con las leyes del universo y la relación del hombre con la naturaleza. La libertad, decía, consiste en la búsqueda de la verdad. El liderazgo debe depender de la moral y no de otras circunstancias o disposiciones.

    El Concepto de los poemas silenciosos se obtiene de la fusión de la poesía y la pintura. Dentro de un poema hay una pintura y dentro de una pintura, un poema.

    El gran arte en China formaba parte de la vida cuotidiana. Los invitados presentaban en reuniones culturales pinturas a los compañeros, que a su vez expondrían oralmente un poema que hiciera referencia a la pintura. Esto demuestra que las reuniones eran no para matar el tiempo, sino para aplicar y extender cultura.

    Toda la parafernalia expuesta era como un gran conjunto cultural a estudiar, desarrollar y representar.

    La combinación entre pintura y poesía era muy apreciada. Unos versos o un poema servían para empezar a desarrollar imágenes y pinturas. Con ello se reducían las limitaciones propias de las partes con lo que el conjunto obtenía ventajas específicas.

    Las pinturas disponían de cualidades líricas en un reino poético, pudiendo dejar partes del cuadro vacías, para que fueran ocupados por la imaginación de los presentes.

     

    La Poesía japonesa y la Naturaleza

    Desde el momento mismo del nacimiento de la poesía en Japón, ésta se impregna con humildad del numen de la Naturaleza. No se miente al afirmar que todas las formas poéticas, la mayoría de los poemas y las muchas generaciones de poetas llevan implícitos la marca inefable de la Madre Naturaleza. Para el bardo japonés resulta muy difícil renegar de la flora, de la fauna o de los elementos de su país, ya que renegar de éstos sería renegar también de sí mismo.

    Tanka

    Tanka o waka es el poema de 31 sílabas japonés. Es una de las formas poéticas niponas por excelencia, ligada a la vida relajada de las cortes Heian. Se estructura en cinco versos de cinco, siete, cinco, siete y siete sílabas respectivamente.

    Haiku

    Posterior cronológicamente al tanka y, sin duda, deudor de él, el haiku está formado por tres versos de cinco, siete y cinco sílabas respectivamente (se constata que coincide con la estructura de los tres primeros versos del tanka). Según algunos estudiosos , el haiku ideal ha de mostrarnos dos ideas contrastadas: una sería la de trasmitirnos el lugar o el momento en el que se realiza la acción (kigo) y la segunda lanzarnos un breve y profundo concepto filosófico o moral para la reflexión después de su lectura.

     

    Los trovadores

    La poesía trovadoresca y galante se originó en la Provenza, al sur de Francia, y fue el antecedente de la riquísima producción de los poetas italianos del sigloXIII, como Dante Alighieri y Guido Cavalcanti. Poco más tarde, Petrarca llevó a su máxima expresión el llamado “dolce stil nuovo” (dulce estilo nuevo), con su poesía amorosa dedicada a su amada Laura.

     

    Características técnicas de la poesía

    La métrica

    El arte de combinar rítmicamente las palabras no es lo único que distingue a la poesía de la prosa, pero hasta mediados del siglo XIX constituía la mejor forma de diferenciar ambos usos del lenguaje. La versificación tiene en cuenta la extensión de los versos, la acentuación interna y la organización en estrofas.

    La rima

    Es la coincidencia de las sílabas finales en versos subsiguientes o alternados, Representa otro elemento del ritmo, igual que la aliteración, que es la repetición de sonidos dentro del verso, como en este de Góngora: «infame turba de nocturnas aves», donde se repite el sonido ur y también se juega una rima asonante en el interior del verso entre infame y ave. La rima es consonante cuando coinciden en dos o más versos próximos todos los fonemas a partir de la vocal de la sílaba tónica. Es rima asonante cuando solo coinciden las vocales.

    La poesía en lengua castellana se mide según el número de sílabas de cada verso, a diferencia de la poesía griega y de la latina, que tienen por unidad de medida el pie, combinación de sílabas cortas y largas (el yambo, la combinación más simple, es un pie formado por una sílaba corta y otra larga). En la poesía latina los versos eran frecuentemente de seis pies.

    Por el número de sílabas, hay en la poesía en lengua castellana versos de hasta 14 sílabas, los alejandrinos. Es muy frecuente el octosílabo en la poesía popular, sobre todo en la copla. Las coplas de Manrique se basan en el esquema de versos octosílabos, aunque a veces son de siete, rematados por un pentasílabo. A esta forma se le llama «copla de pie quebrado». La irregularidad silábica es frecuente, incluso en la poesía tradicional. Por ejemplo, en poesías de versos de once sílabas se pueden encontrar algunos de diez o de nueve.

    Las estrofas (grupos de versos) regulares, de dos, cuatro, cinco y hasta ocho versos o más corresponden a las formas más tradicionales. El soneto, una de las más difíciles formas clásicas, se compone de catorce versos, generalmente endecasílabos (once sílabas), divididos en dos cuartetos y dos tercetos (estrofas de cuatro y de tres versos), con distintas formas de alternar las rimas.

    La alternancia de sílabas tónicas (acentuadas) y átonas (sin acento) contribuye mucho al ritmo de la poesía. Si los acentos se dan a espacios regulares (por ejemplo, cada dos, tres o cuatro sílabas), esto refuerza la musicalidad del poema. Mantenida esta regularidad a lo largo de todo un poema, se logra un efecto muy semejante al del compás musical.

    La poesía del siglo XX ha prescindido en ocasiones de la métrica regular y, sobre todo, de la rima. Sin embargo, la aliteración, la acentuación y, a veces, la rima asonante, mantienen la raíz musical del género poético.

     

    Actualidad

    El ruso Roman Jakobson habla del lenguaje poético indicando que el mensaje forma parte del poema. Consigna que en la función poética del lenguaje el eje sintagmático (orden gramatical del discurso) se proyecta sobre el eje paradigmático (selección léxica). El estadounidense Ezra Pound en su libro El arte de la poesía indica que el poeta es responsable social de moldear la realidad. En la misma obra describe Pound la fanopea, manejo de la imagen; logopea, discurso del pensamiento poético y melopea (manejo del ritmo y la eufonía. Los poetas Kahn y Laforgue a fines del siglo XIX introducen la versificación libre, liberando así al verso de las restricciones de la métrica y la rima. Esto implica para el poeta un arma de doble filo, por una parte lo libera de los cánones, pero, por otra parte lo coloca frente a la responsabilidad de que el poema nazca generando su propia forma rítmica y eufónica tomando en cuenta solo la finalidad de su propia expresión. Parecería que los criterios para saber si un texto es o no es un poema se han diversificado. Ya no priva la expectativa de clasificar en sonetos, liras, décimas, etc. sino la percepción del fenómeno poético encarnado en lenguaje. Actualmente, con la apertura de la experiencia histórica como un repertorio susceptible de ser reciclado en nuevas combinatorios, muchas de las formas clásicas se han retomado con un sentido abierto.

    El papel que juega la poesía en el siglo XXI, se encuentra ligado al avance tecnológico y científico. Surgen nuevas corrientes de Poesía, nuevas formas de manifestación, como la metapoesía, biopoesía, la poesía ecológica, la poesía virtual, transmodernista, entre otros, además de que asistimos a una renovación o por lo menos un reemprendimiento de ciertos vanguardismos y estéticas críticas, como la poesía de la conciencia.

    El Día Mundial de la Poesía fue proclamado por la Conferencia General de la Unesco y se celebró por primera vez el 21 de marzo de 2000. Su finalidad es fomentar el apoyo a los poetas jóvenes, volver al encantamiento de la oralidad y restablecer el diálogo entre la poesía y las demás artes (teatro, danza, música, etc.).

    4 noviembre, 2016 • Poesía, literatura y arte, Revistas • Vistas: 0

  • Carlos Edmundo de Ory

    Autora: Rosa Marzal

    Carlos E

    “La vida es una letra de inmenso corazón

    que levanta sus brazos frágiles hacia arriba

    clamando de continuo

     

    ¡La vida es una Y! “

     

     

    Inquieto, asilvestrado, infantil, hondo, tremendamente singular y creativo, Ory mostraba su ser “poeta mago” en casi todo, desde la variedad de su amplia poesía hasta su indumentaria bohemia, pasando su amor al “happening”. Así define el poeta Luis Antonio de Villena a uno de los autores vanguardistas más singulares y revolucionarios del panorama poético español del siglo XX.

     

    Carlos Edmundo de Ory nace en Cádiz el 27 de abril de 1923. Hijo del poeta modernista Eduardo de Ory, fue fundador, junto a Serneti, del Postistmo (contracción de postsurrealismo), un movimiento que buscaba ser el resultado de todas las vanguardias literarias precedentes. Su propuesta era expresar la realidad quebrando el lenguaje convencional y reconstruyendo un universo poético propio; pero su producción literaria no solo se centró en el ámbito de la poesía vanguardista, fue también epigramista y traductor, sonetista y poeta del amor metafísico. Entre 1955 y 1967 fija su residencia en París donde trabaja como bibliotecario en la Maison de la Culture, lo que le lleva a fundar, tirando del hilo de la contracultura, el Atelier de Poésie Ouverte (A.P.O.).

     

    Entre sus poemarios destacan: “Metanoia”, “Poesía abierta”, “Soneto vivo”, “La flauta prohibida” y su antología “Música de Lobo”, “Aerolitos” (proposiciones en las que fragmenta la realidad para reconstruir el pensamiento: “la risa es el sexo del alma”, “los recuerdos son la salud de la enfermedad de vivir”…)

     

    Carlos Edmundo de Ory fallece en Amiens (Francia) el 11 de noviembre de 2010. Su obra, ignorada por mucho tiempo, ha cobrado gran valor en nuestros días, siendo traducida a diferentes idiomas.

     

     

    EROS TREMENDUM

     

    En la noche del sexo busco luz

    y encuentro más y más oscuridad

    sin tiempo sobre el tuyo cruz con cruz.

     

    Subo y bajo y gravito mi testuz

    cae sobre el muro de tu atroz ciudad

    sin puertas donde al fin me da mitad

    de entrada a la tiniebla un tragaluz.

     

    Mantel mi espada cubre los manjares

    mis brazos y mis piernas son a pares

    con los tuyos en forma de escorpión.

    4 noviembre, 2016 • Poesía, literatura y arte, Revistas • Vistas: 0

  • Memento mori (striptease)

    Autor: Fran Ríos

    strip-tease JACQUES POITRENAUD, 1963

    Pilar se desnuda en el pasillo.

     

    Se queja de los zapatos. Siempre se queja. Jamás prescinde. Ni de los zapatos ni de los lamentos.

     

    ¡Qué calor! Dice mientras va dejando resbalar las florecitas del vestido, que llegado ya a la habitación se independiza y cae sobre una silla, invertebrado y satisfecho.

     

    Espío la metamorfosis de Minerva a Venus Púdica. Ella curva la espalda. Lo hace para que yo sepa que sabe que la miro.

     

    Luego entra en el baño. Oigo ruido de grifos, de agua y de frascos de vidrio que se rozan. Oigo la melodía que ella canturrea.

     

    Luego sale y soy un marciano.

     

    Al verla lo he olvidado todo. Mis datos. Mi miopía. Mi ascetismo. Mi calle cuesta abajo. Mi esta mañana. Mi mañana por la mañana.

     

    Soy el Majabhárata escrito del revés. El Hermitage exhibiendo fotocopias.

     

    De nuevo en el pasillo me sonríe. A veces baila, sólo un estribillo, de Britney Spears. La acompaña con su arpa un arcángel cuya orden de castración se traspapeló.

     

    Soy Atahualpa. Mi habitación llena de oro no me sirve para escapar de la tersa y absoluta monarquía de sus nalgas.

     

    Su femineidad es oxígeno. Junto a ella, impasible, Eva monda la manzana, Grace Kelly se desprende de los guantes y el sombrero, Sofonisba mezcla ocres y amarillos, Clara Campoamor discute con Lerroux, Alfonsina salta desde el muelle, Imperio Argentina canta “bien se ve”, María de Magdala se folla al sanedrín, Bonnie Parker huye por una carretera de Kansas…

     

    Pilar está desnuda y el Vesubio envidioso me manda un email amenazante. Y tras él clama el mismo Lucifer, rabioso del pecado que le usurpo.

     

    Finalmente es Dios quien apartando dos cúmulos nimbos, molesto por el escándalo, asoma medio cuerpo y me lo recuerda;

     

    -Eres mortal, me dice.

     

    -Ahora no, le respondo señalándola.

     

    Entonces él la mira; Pilar en cueros, distraída y bañada en la luz húmeda del sábado.

     

    Dios disimula. Sé que está impresionado. Después vuelve a poner las nubes como estaban.

     

    -Está bien, humano, vive mientras puedas.

    4 noviembre, 2016 • Relato, Revistas • Vistas: 0

  • Puzzle

    Autora: María José Honguero Lucas

    puzzle__

    Hoy he comprado un puzzle en blanco, sin dibujo, sin vida, sin nada excepto sus piezas, un montón de partes engarzadas con las que volverse loco a conciencia. Anoche lo pensé y esta mañana, al mismo levantarme, me he dirigido a la papelería de la esquina, ésa que regenta la chica que dices que te aborrece, aunque yo nunca he comprendido muy bien el porqué. Conmigo ha estado bastante simpática, incluso cuando he tenido que repetirle un trío de veces lo que quería. Sí, señorita, quiero un puzzle en blanco, me da igual el tono, la textura y hasta el sonido, solo blanco y roto en un millón de pequeños pedazos.

    Quizás si hubiese tenido el detalle de echarme un ojo en las entrañas lo hubiera captado a la primera, pero está claro que el envoltorio hace mucho.

     

    Al final lo he conseguido, aunque te lo dan montado. Es extraño, uno tarda la vida en reconstruirse a sí mismo y ella me lo ha dado entero, incluso a lo lejos parecía no tener fisuras, ni cicatrices, ni el leve rastro salado de una mísera lágrima. Estaba intacto, impoluto y casi brillante, y me ha dado tanta rabia que lo he tirado al suelo allí mismo para que encontrara sus raíces. La chica me ha mirado con una mezcla de pánico y lástima y yo le he regalado una media sonrisa y me he largado de allí con mi castillo de naipes derrumbado en una bolsa.

     

    Eran las nueve y diez de la mañana, quizás si hubiese sido domingo me hubiera tirado en el sofá para ver nada en la tele, pero hoy lunes es distinto, es día laborable y no tenía más labor que cementar aquel manojo de fichas dentro de algún contexto.

    No me tomes por un loco, o hazlo si quieres, ya no importa, simplemente me resultaba imprescindible hacerlo, tener la potestad de poner orden con mis manos para imaginarme por un instante que aquellas insignificantes piezas eran los apéndices sueltos de mi alma.

     

    He empezado por poner el marco, dicen que hay que hacerlo así, por eso lo he hecho, porque yo nunca he hecho un puzzle en mi vida, me falta paciencia y me sobran nervios, un marco blanco sobre el rojo aterciopelado de la alfombra. Del resto casi no puedo contar nada y podría decirte mil cosas, desde las veces que me he levantado para dar un paseo por el salón y reencontrarme con mi cordura hasta las otras tantas que he salido a respirar al balcón, podría enumerarte también todas aquellas que he pensado en ti y los cientos que te he echado de menos. Podría decirte que casi fracaso en mi construcción al haber empapado algún que otro cimiento con un hilo de llanto absurdo, al escucharte entrar por la puerta sin escucharte, y que he estado a punto de mandarlo todo al carajo marcando tu número y colgando al instante. Pero todo eso son gajes del oficio de reconstructor y al final he conseguido tranquilizarme y evitar las ansias inoportunas, aunque esa paz, amor mío, ha durado bien poco.

     

    El puzzle estaba casi terminado, desde fuera hacia dentro, como dicen que hay que hacerlo, con todos sus trozos iguales puestos en su sitio, casi un lienzo perfecto para repintar sobre la alfombra roja que, justo en el centro, asomaba con su rojo chillón por la ausencia de una pieza. No una pieza corriente, no, exactamente la del centro, el epicentro, el origen de todas y cada una de mis desgracias.

     

    Un corazón rojo y palpitante sobre la nada más pálida y solitaria.

     

    Son las tres de la madrugada y no he conseguido encontrarla, se habrá caído en la tienda o se habrá perdido a propósito, da igual, la cuestión es que no la tengo, que mi puzzle está agujereado como yo mismo y que mi voluntad es mínima para los remiendos.

     

    Lo que importa ahora, como ayer, es que nada importa y que lo único que me anima a conducir a ninguna parte es este amor inmenso que aún te guardo en los bolsillos.

     

    Un beso.

     

     

    Semifinalista cartas de amor Rumayquiya 2012

     

    4 noviembre, 2016 • Relato, Revistas • Vistas: 0

  • El encargo

    Autor: Ramón Carballal

    elEncargo

     

    Se coló en la fiesta por equivocación. Las dos casas eran idénticas. Sus fachadas de ladrillo rojo, la disposición de los arriates, el porche, la misma puerta con el llamador dorado en forma de mano. Cualquiera se hubiera confundido. Él llevaba un pedido hecho por un tal señor x . Por lo que supo más tarde se trataba del libro de poemas sin tapas que el comprador había adquirido en una reventa de artículos usados que los niños del barrio habían ubicado entre dos naranjos de la calle. Allí, en aquella exposición heterogénea de cosas olvidadas, el señor x, debajo de unos tebeos del Capitán Trueno, descubrió las hojas amarillentas y deslucidas de un poemario anónimo. Con curiosidad leyó los versos incompletos, las desgarradas vivencias y los gritos angustiosos de un alma encadenada. Aquel ejemplar debía tener por lo menos cien años, la edición desornamentada mostraba las tripas resecas de un animal momificado.

    -Oye niño ¿te puedo hacer una pregunta?

    -Claro, señor-contestó un muchacho regordete.

    -¿De dónde has sacado este libro?

    -Ah! ese. Creo que lo trajo Bernardo-dijo señalando a un crío flaco que estaba sentado sobre una caja vacía.

    El señor x se dirigió hacia aquel esqueleto vestido con camiseta a rayas.

    -¿Has traído tú este libro?-le preguntó.

    -Sí, señor.

    -¿Por cuánto lo vendes?

    -No es mío. ¿Ve aquella librería que hay allí, después de la tienda de comestibles?, es de mi padre. Si quiere saber algo de ese libro pregúntele a él.

    -¿Cómo se llama tu padre, chico?

    -Se llama Javier-dijo el muchacho mostrando una fila de dientes separados.

    El señor x tomó el libro y al cogerlo se le desgajó en dos pedazos, la encuadernación del lomo amenazaba con diluirse en pegamento acuoso y unos hilos de cuerda colgaban, cual bigotes de gato mal engominados, en el sitio donde alguna vez debieron lucir las cubiertas, al tacto era viscoso y a la vista disconforme con lo que usualmente se considera un digno ejemplar de su género. No obstante, el señor x, al palparlo, sintió una fuerza irresistible que le llamaba a poseerlo. Se dirigió hacia la fachada de la tienda, que estaba pintada en un color verde océano, la madera levantaba escamas y las letras descabalgadas del rótulo parecían un mal cuadro surrealista. Giró el pomo de la puerta suavemente y traspasó el umbral con la compañía sonora de un tintineo anunciador. En una estancia escasamente iluminada vio a un viejo andrajoso que se entretenía ordenando en los anaqueles una pila de libros por riguroso orden alfabético. Desde la escalera de tres peldaños el anciano giró su tronco y por encima de las gafas le dirigió una mirada aviesa.

    -¿En qué puedo servirle?-le preguntó.

    Al decirlo se le cayó por accidente una libretita abierta que el señor x se apresuró a entregar a su dueño. Antes de hacerlo le dio tiempo a observar que su nombre estaba escrito con letras grandes en una lista borrosa.

    -Gracias-dijo el anciano, guardando presuroso la libreta en uno de los bolsillos de su mandilón.

    -Verá, es por este libro o lo que queda de él. Me gustaría saber quién es el autor y si tiene usted algún otro ejemplar en mejores condiciones.

    -Déjeme ver-dijo el anciano palpando los restos del naufragio-. Si, esto es una antología de un poeta muy poco conocido. Estuvo en la guerra civil y se volvió loco. Murió en un manicomio proclamando que era Dios. Había luchado en el bando nacional. Quizá ya no le interese tanto…

    -Me interesa lo mismo-dijo el señor x algo molesto-. Es poesía sin ideología. Es la belleza por la belleza o el arte por el arte, además, la política no me interesa.

    -En ese caso le diré que tengo otro ejemplar, pero ese pertenece a mi colección particular y no está en venta.

    -Le pagaría muy bien por el suyo, si está en buen estado.

    -Le repito que no está en venta, ese libro tiene un valor sentimental para mí y no lo venderé a ningún precio.

    -Bien y qué me dice de éste ¿En cuánto lo tasa?

    -Le voy a dar dos precios, tal y como está le cobraría un euro, si desea que se lo restaure le cobraré quinientos euros.

    El señor x miró las hojas de papel traslúcido y ordenó tajantemente:

    -Encuadérnelo de nuevo.

    Cinco meses después, el niño escuálido que vendía objetos de segunda mano, se dirigía a grandes pasos hacia la dirección que figuraba en el envoltorio de un paquete rectangular que llevaba bajo el brazo. No sabía qué es lo que transportaba, recibió el mandato de su padre, acompañado de una moneda de cobre -algo poco habitual- y una reconvención sobre la fragilidad del contenido, que en realidad era una advertencia velada para que llegara a su destino sin demorarse en tonterías. “No te preocupes, papá, confía en mi”-le había dicho con rictus de adulto. Cuando llegó a la casa, se paró ante el buzón de la verja y confirmó el número del destinatario. “Es aquí”- se dijo convencido. No vio timbre alguno y se decidió a empujar el enrejado haciendo fuerza con el hombro. Ante su sorpresa el macizo portón de hierro cedió sin dificultad. Un camino de arena dividía en dos mitades el jardín que aquella tarde de primavera estaba especialmente florido. El niño respiró con deleite el aroma de las flores, antes de continuar hasta la puerta de la casa y detenerse de nuevo bajo el pórtico. Del interior llegaba un rumor de voces entrelazadas y un chocar de copas constante. Debía tratarse de una fiesta. Y lo era. El niño se sintió cohibido. Mientras permanecía quieto ante la puerta abierta, dudando en cumplir su misión, notó el empujón de un invitado que lo catapultó hacia dentro, donde un lacayo, completamente calvo, vestido con una levita verde y guantes blancos, le preguntó cortésmente a quién debía anunciar. El crío, aturullado ante el lujo que adivinaba y la solemnidad pretenciosa del sirviente, optó por entregarle el paquete sin saber qué decir. El hombre lo tomó entre sus manos y lo agitó como si esperara que el sonido del interior le diera la clave del contenido. Nada pudo oír, y después de un “gracias” lacónico, pidió al muchacho que esperara. Cerró tras él la puerta y se dirigió al salón principal en el que la orquesta afinaba los instrumentos para el baile que empezaría en breves minutos. Dos enormes arañas de cristal colgaban del techo, grupos de personas elegantemente ataviadas bebían en copas de bohemia o atrapaban con gracia canapés en bandejas de alpaca, los sirvientes serpenteaban entre los invitados como ensayando el baile oficial que pronto daría inicio. El criado no encontró allí al anfitrión y subió la escalera de mármol que se enroscaba como un bucle caprichoso entre los cabellos lacios de una vieja dama. Por fin dio con el señor z en la biblioteca.

    -¿Da su permiso?- interrogó con exquisitos modales

    El hombre, de sienes plateadas, levantó la vista del último best- seller de novela histórica que leía con agrado y tardó un segundo en regresar de aquel remoto tiempo al presente.

    -¿Qué es lo que me decía, Augusto?

    -Un muchacho acaba de traer este paquete- dijo el criado acercándose.

    Su amo estaba tan enfrascado en la lectura, que le dijo indiferente:

    -Déjelo ahí, sobre esa mesa

    -Muy bien, señor-obedeció Augusto.

     

    Si el señor z hubiera adivinado el contenido de aquel paquete le habría dedicado toda su atención, pues se trataba de un libro cuyo valor material era incalculable. Eso y solo eso, es lo que hubiera atraído al señor z, un individuo habituado a los negocios y a la especulación. La poesía, ni la entendía ni le gustaba. Es muy posible que el niño, con toda su buena disposición hubiera errado al elegir el destino. La casa vecina era tan sombría en comparación con ésta, estaba tan arropada por árboles de frondosas copas y setos sin límite de altura, que no era fácilmente visible. Ningún signo manifestaba su presencia, era la hermana tímida frente a esta otra que se desvivía por hacerse notar. De haber podido comparar las dos, la intuición infantil habría obrado y le hubiera indicado que la dirección correcta era la gemela derecha, tan silenciosa, tan diluida en el paisaje que diríase que su verdadera vocación era la de edificio fantasma. Fue una suerte que el adinerado señor z , embebido en su novela histórica, solamente mirara un momento aquel paquete, para avisar seguidamente a su mayordomo, tocando malhumorado la campanilla, e indicarle que se habían equivocado y que aquello no era para él; el niño al salir de la casa y cerrar el portalón se dio cuenta de la existencia de la otra vivienda, ajada, triste, una cenicienta de la construcción, que, no obstante, emitió alguna especie de señal que el muchacho creyó interpretar. Por fin, apercibido de su equivocación, desanduvo los pasos, llamó de nuevo y le explicó a Augusto lo que había pasado. El lacayo no se extrañó, era frecuente la confusión, de hecho ya lo sospechaba nada más lo vio, pero no estaba dentro de sus funciones tomarse las atribuciones de decidir sobre lo que debía admitirse o no. Augusto se movió, esquivando el gentío que disfrutaba con la fiesta: música, conversación y tocamientos; algunos, los más habituales a las fiestas, osados en su exceso de confianza, le daban órdenes sobre las que Augusto se hacia el desentendido. Al entrar de nuevo en la biblioteca observó que el señor z había cambiado ligeramente su posición en el sillón, ese cambio consistía en cruzar la otra pierna y en iniciar el paladeo de una copa de coñac.

    -Señor, el niño ha vuelto, dice que se ha equivocado de casa, que ha sido un error, que el pedido era de la casa del al lado.

    El distinguido hombre de negocios hizo un gesto displicente, con el que indicaba a Augusto que se retirara y no le molestara más. El buen mayordomo, ducho en las artes de la servidumbre, entendió en seguida que podía devolver el paquete. Era eso lo que realmente esperaba que su amo consintiera. Al llegar al umbral de la puerta le dijo al niño:

    -No te has equivocado solo que este libro no es para el señor z, es para mí. Yo vivo en la casa de al lado.

    -¡Ah!- es lo único que acertó a decir el muchacho.

    -Fui yo quien se lo compró a tu padre. No es extraño que no me hayas reconocido, para salir debo adoptar otra apariencia-le aclaró.

    Augusto rompió el papel de estraza y descubrió un ejemplar ricamente encuadernado en cuero y con letras de oro, las tapas eran robustas, las hojas diáfanas y levemente perfumadas. Era una magnifica edición de una Biblia incunable que él creía haber perdido para siempre cuando incendió la casa de sus padres. Augusto no pudo reprimir que los ojos se le aguaran, el niño lo observó y le preguntó extrañado:

    -¿Por qué llora?

    El criado le respondió:

    -Este libro tiene un valor inapreciable para mí, en él se relata la historia de mi infancia.

    -Pero señor, mi padre me dijo que era poesía

    -Y lo es-contestó Augusto orgulloso- , solo que yo entonces no lo sabía.

    El crío se encogió de hombros y antes de despedirse extendió la mano y le dijo:

    -Me debe usted quinientos euros. Es lo que cobra Dios por su trabajo.

    Augusto sacó un talonario de cheques, escribió con bonita caligrafía la cantidad pactada y firmó con su nombre verdadero: Luzbel.

    4 noviembre, 2016 • Relato, Revistas • Vistas: 0

  • Anecdotario infame de la Villa y Corte

    Autor: Vicente Fernández Cortés

    Anecdotario

     

    LAS CLASES DE ESPAÑOLES SEGÚN D. PÍO BAROJA*
    Corría el año 1904 y aquella tertulia, que había abierto el gallego Valle-Inclán en el Nuevo Café de Levante, hervía por las noches
    con la flor y nata de los intelectuales de la Generación del 98 y los artistas más significados, entre ellos Ignacio Zuloaga, Gutiérrez Solana, Santiago Rusiñol, Mateo Inurria, Chicharro, Beltrán Masses o Rafael Penagos.

    Y aquella tarde noche del 13 de mayo de 1904 el que sorprendió a todos los presentes fue Pío Baroja. Porque cuando se estaba hablando de los españoles y de las distintas clases de españoles, el novelista vasco sorprendió a todos y dijo:

    – “La verdad es que en España hay siete clases de españoles… sí, como los siete pecados capitales. A saber:

    1) los que no saben
    2) los que no quieren saber
    3) los que odian el saber
    4) los que sufren por no saber
    5) los que aparentan que saben
    6) los que triunfan sin saber
    7) los que viven gracias a que los demás no saben.
    Unamuno y Benito Pérez Galdós aplaudieron a Baroja. Sobre todo por el último punto. Estos últimos se llaman a sí mismos “políticos” y a veces hasta “intelectuales”.
    (*Reseña tomada de Internet)

    Baroja

    ¡Genial Baroja!

    En el variopinto panorama literario español siempre han existido figuras destacadas en el campo de la dialéctica despiadada. Citando a escritores de reconocido ingenio se me viene a la cabeza aquella anécdota protagonizada por su enemigo íntimo D. Ramón María del Valle Inclán a propósito de la asistencia de éste al estreno de un melodrama infumable firmado por el entonces reciente premio Nobel, José Echegaray. Este ingeniero y tecnócrata de éxito (fue ministro de Fomento durante el turbulento reinado de Amadeo I de Saboya) era tan mal escritor y tanto rechazo causaba en la grey intelectual de la época que tuvo que padecer las burlas más encarnizadas de sus colegas. El caso es que en un momento de la función en que se ponderaba a la heroína, su partenaire declamaba con histriónica dicción: ¡tiene cuerpo de seda pero nervios de acero!. Valle, que estaba atento a la escena en la primera fila, no debía de tener esa noche el cuerpo para metáforas y con toda la retranca que sólo los llamados a la gloria se pueden permitir se encaramó al proscenio y en posición de arenga vociferó solemne: ¡Eso no es una mujer, es un paraguas!. Os podéis imaginar la carcajada unánime del respetable. El “viejo idiota”, que así llamaba don Ramón al eminente matemático, allí presente, debió pensar que la tierra, en aquello de tragarse a las personas, procede con intolerable falta de oportunidad. No le faltaba razón a Umbral cuando aseguraba que sus gafas, más que gafas, eran como un doble monóculo de doble impertinencia.

    Irascible y pendenciero fue víctima de una querella criminal tras haber protagonizado un alboroto en la Carrera de San Jerónimo con D. Miguel de Unamuno y el mismo Baroja.
    Antes de la comparecencia, su abogado le había prevenido con reiteración de la debida compostura a observar en presencia de la autoridad judicial.
    En los preliminares del procedimiento, el magistrado, siguiendo el protocolo habitual, le interrogó por su nombre, solicitud que fue satisfecha sobre la marcha por el demandado.
    La pregunta siguiente consistió en conocer su oficio para incluirlo en el sumario:

    -Soy escritor, señoría.
    -¿Sabe leer y escribir?, le requirió el juez.
    -No, señoría
    -Me extraña la respuesta.
    -Más me extraña a mí la pregunta

    Me imagino el desapacible sobresalto de su letrado. Les aseguro que de haber sido éste que les cuenta quien le asistiera habría dado el caso definitivamente por perdido y acercándome al estrado hubiera zanjado sin compasión: Solicito para mi defendido la pena capital con carácter irrevocable.

    Lo que no pue sé, no pue sé y ademá e imposible.

    Esta rotunda e irrefutable conclusión, frase de culto en los cenáculos más castizos de la tauromaquia, es propiedad exclusiva del famoso espada Rafael Guerra “Guerrita”, hombre más experimentado en lides taurinas que en sutilezas retóricas. Por suerte, tras el brutal ataque que lo confinó a las puertas de la extinción, el denostado pleonasmo sobrevivió milagrosamente al atropello y hoy por hoy continúa siendo un recurso estilístico a disposición del escritor que desee enfatizar un argumento.

    Al rey Alfonso XIII (como a toda la realeza) le entretenía abatir a tiros a todo bicho viviente que se moviera por las dehesas, perversión que solía satisfacer en uno de los cotos que poseía su buen amigo el marqués del Mérito por tierras de Córdoba. Invitado “Guerrita” a una de esas carnicerías apareció a caballo embutido en una llamativa pelliza zamorana enriquecida en su pechera por exóticos festones rojo púrpura. Una vez en presencia del monarca y tras los saludos de rigor Su Majestad le comentó con gesto campechano:

    Rafael, cuando te vi venir de lejos le pregunté al marqués: ¿quién es ese señor que se aproxima a galope tendido con ese atuendo colorado? ¿No será un obispo?

    Respuesta del “califa”: Majestad, ¡qué obispo ni que cuerno, en lo mío yo soy el Papa!

    Abundan las anécdotas en esa etapa prodigiosa. Otra divertida es aquella atribuida a la arrogante y casquivana Emilia Pardo Bazán. Mujerona de complexión cetácea pero de afilada pluma no le tembló el pulso para publicar una irónica semblanza del también Nobel, bujarrón ilustre, don Jacinto Benavente. Refractaria al eufemismo y trabucando una conocida fábula de Samaniego escribió en la gaceta literaria de mayor tirada de la Villa y Corte: “Hermosa cabeza pero…sin sexo”. No tardó el famoso autor de Los intereses creados en replicarle en el mismo rotativo: continúe usted, señora, continúe “…dijo la zorra al busto”.

    Al bueno de D. Jacinto nunca le faltaron detractores inclementes con su palmaria orientación sexual. Se cuenta que una vez, disfrutando de su habitual paseo matinal por el madrileño Paseo de Recoletos, un par de perdonavidas, machos ibéricos ellos, se plantaron delante de él y con toda la mala leche que suele destilar la intransigencia homófoba le advirtieron desafiantes: nosotros no dejamos pasar a los maricones. A lo que respondió impasible el dramaturgo sorteando al enemigo en una media verónica gloriosa: pues yo sí.

    Y recuperando la acera siguió caminando tranquilamente hasta el café Gijón.

    Célebre fue la caótica relación amorosa que mantuvieron la Pardo Bazán y Benito Pérez Galdós en sus años mozos. En cierta ocasión, ya marchitos los amoríos y flagelados por una juventud abolida quiso el destino que se cruzaran en unas escaleras. D. Benito subía lentamente con el natural sofoco que su avanzada edad le imponía cuando se apercibió de la presencia de su antigua amante que comenzaba a bajarlas. La desahogada gallega debía de albergar algún resentimiento inconfesable porque ni corta ni perezosa y sin el menor recato se le antojó espetarle: Adiós, viejo chocho.
    Es de suponer que de manera inmediata cayera en la cuenta de su desatino pues como suele decirse así se las ponían a Fernando VII y más teniendo por delante a una de las mentes más brillantes del parnaso español.
    Para escapar de la implacable réplica del novelista, se precipitó escalones abajo con toda la celeridad que le concedían sus maltrechas caderas pero aún así le dio tiempo a escuchar en la distancia la trémula voz de su anciano amigo:

    A diós, cho cho vie jo.

    O aquella del mismo don Pio con Rubén Darío. Sabéis que éste era de Nicaragua y de ascendencia indígena mientras que la de Baroja lo era de industriales de la panadería (Viena Capellanes, café que aún existe y donde yo mismo ordenaba mis apuntes de universidad en mis años de estudiante). Pues bien, en un arrebato de guasa inmisericorde, al de Metapa se le ocurrió soltar esta perla sobre su colega: “Pío Baroja es un escritor con mucha miga, se ve que es panadero”; a lo que contestó raudo el vascongado: “Darío es un poeta singular; tiene buena pluma, se nota que es indio”

    En fin, queridos y desocupados lectores, ya veis que en aquel convulso ambiente del Madrid de principios del siglo XX no todos los escritores se llevaban todo lo bien que pudiera inferirse de su egregia condición de intelectuales de pro.
    Es cierto que el mundo ha cambiado desde entonces pero para bien o para mal el ser humano persevera en su terca singularidad excluyente.

    Y es que como sostenía Tomasi de Lampedusa en Il Gatopardo, es necesario que todo cambie para que todo siga igual.

    4 noviembre, 2016 • Artículos, Revistas • Vistas: 0

  • Entrevistas Alaire: Manuel Alonso, Víctor F. Mallada, Armilo Brotón

    Autora: Hallie Hernández Alfaro

    Entrevistados: Manuel Alonso, Víctor F. Mallada, Armilo Brotón.

    Tres escritores de poesía, visionarios diferentes del multiuniverso creativo, compañeros de Alaire y hombres de buena lid.

     

    Manuel: Tu poeta es amplio, abarcador, sensible a ultranza; ¿cuéntanos cómo fueron tus primeros pasos en el mundo de las letras?

    Motorola RAZRV3x 85.97.80R 2009:03:10 15:12:59

    Mis primeros pasos en poesía fueron en Barcelona, en la revista Peliart, pero antes ya había escrito poemas en el bachiller, en León. Siempre me atrajo la poesía y las bellas artes, la pintura, escultura, música, (soy un músico frustrado). Considero que en todas ellas hay poesía, y a través de cada una se transmite. Sin embargo, no tengo ningún antecedente familiar. Mi padre era ferroviario y yo funcionario del Estado. Actualmente me dedico a la docencia. Imparto clases de Derecho Penal y Procesal. Volviendo a la poesía te diré que para mi es un mundo, mejor dicho, un universo que se expande como el nuestro y no llegamos nunca a definir, sino simplemente a sentir, que ya es bastante, y nos proporciona o nos trata de mostrar el camino de la belleza, en sus múltiples formas. El momento de la creación es único e irrepetible, solo transferible por medio de la plasticidad del sentimiento, primero en el corazón de uno y después en el lector de poesía, o el que contempla un cuadro de Sorolla.   

     

    Víctor: La música ha sido una expresión constante en tu vida; ¿cómo ha influenciado su ejercicio en el alumbramiento de tus versos?

    Victor Mallada

    Para mí, la poesía tiene un alma musical desde el inicio y, cuanto más se desentienda de sus orígenes menos “lírica” será. Entiendo que la poesía puede y debe explorar nuevas expresiones, nuevas formas de manifestarse, pero nunca debería olvidarse de su alma original.

     

    Armilo: Nacido en la Madre España y viandante en otras latitudes; ¿qué peso han tenido los “traslados físicos-mentales” en la obra de tu Miguel?

    Armilo Brotón

    Bueno antes que nada agradecerte la deferencia de este menage a trois con dos grandes para salvar el honor poético de mis churros y sobre todo, por definirme como un hombre de buena lid. Te haré llegar cumplidamente el soborno prometido.

    Entrando en la respuesta: Total y absoluto. Mi vida es movimiento y el movimiento es mi vida. Mis temas son cosmopolitas por mi forma de entender y pasear el mundo. Para mí todo es relativo. El tema tratado en el poema puede tener origen en Perú, México, España, Italia. Miguel es un pirata. Parasita a una serie de hombres y mujeres que ha ido encontrando a lo largo de su vida: Armilo, Roger, Remedios, Renato y algunos más que ni yo sé de dónde son.

    Sinceramente la poesía no es un suceso fundamental en mi vida. Por ejemplo, considero más interesante descuartizar la poesía del prójimo: Siempre entre los restos queda algún verso comestible.

     

    Manuel: León es uno de los lugares en el mundo donde la poesía es complicidad de casi todos. ¿Qué autores leoneses han sido determinantes para tu formación?

    Los autores leoneses que más han influido en mí son Antonio Gamoneda, Julio Alonso Llama zares, Colinas, Juan Carlos Mestre, por este orden, aunque hay muchos más, ya que como sabes, León es una tierra muy hermosa, cuna de brillantes poetas.

    Me gusta el existencialismo, lo que habla del hombre, de su origen, supervivencia, etc. Me apasiona la poesía urbana, los quehaceres cotidianos.

    Antonio Gamoneda es mi Maestro, un día me ayudó a ponerme la chaqueta, después de una charla que dio en la Fundación Sierra Pambley y le dije que lo que más me había llamado la atención de su persona, además de su poesía, era su aspecto físico, me parecía un ferroviario.

    El comenzó a reírse al hacerle esta observación. Yo siempre sentí predilección por los ferroviarios, pues mis antepasados lo fueron, mi padre, abuelo, bisabuelo. A mi abuelo lo mató el tren en Santander. Estaba tan habituado a andar entre los vagones, pues era enganchador, que no se percató de que el tren estaba haciendo maniobras y lo atraparon y aplastaron los topes. Yo tenía 8 años y recuerdo cuando mi madre me fue a buscar a la escuela de la Hermandad Ferroviaria y me dio la noticia. La última frase que me dijo mi abuelo fue “estudia”.

     

    Víctor: Amante de los vinos de gran estirpe, con el idioma de Lord Byron como segunda lengua, conocedor de múltiples y lejanas culturas. ¿Qué personajes literarios han marcado en tu “yo escritor” un antes y un después?

    En mi caso, Hallie, no hay un “yo escritor”, sino una persona con múltiples aficiones, como tocar la guitarra o hacer música para los amigos (mi última composición es una nana); cuidar de una viña, desde la poda de invierno a la vinificación del mosto cosechado; cultivar unas pocas pero muy buenas amistades y, muy de vez en cuando, escribir algún poema.

    De los años mozos me quedan gratos recuerdos de leer a Rabindranath Tagore en las traducciones de Juan Ramón Jiménez y Zenobia Camprubí. Más tarde descubrir a los místicos españoles: “Mil gracias derramando, pasó por estos sotos con presura”… y más recientemente leer a compañeros de Alaire o escuchar poemas cantados por Serrat, por Sabina, Paco Ibáñez…

     

    Armilo: Tus poemas son piezas ingeniosas y contundentes; me encantaría que nos contases cómo vives ese proceso creativo? ¿se podría hablar de un pacto entre la razón y la emoción?

    No. La razón tiene poco o nada que ver en ellos más que mi pasión por la filosofía. Yo diría más bien que la intuición, algo de emoción y un grado alto de vino me llevan a ensartar, cuando no estoy deprimido, tres o cuatro palabras coherentes.

    La idea viene de lo que me rodea: una lectura, un detalle, una provocación de mi musa. Un primer verso desencadena el tsunami: hago un boceto rápido, a veces muy automático y después de un tiempo releo y voy puliendo hasta que me gusta.

    Creo que la forma de percibir que tenemos cada uno es la que determina la originalidad del poeta. Luego está su estado emocional y sus circunstancias culturales. La intención también es muy importante. La mía es siempre ir un poco más allá de lo evidente, buscando la extrañeza.

     

    Manuel: Siempre he afirmado que el derecho y la poesía son/pueden ser fuente de agua hermana (en ambos se necesita el idealismo y la pasión); ¿cómo has podido llevar ambos mundos en tu mirada literaria?

    Querida Halle, el derecho y la poesía, no tienen nada que ver, uno es conservador, la otra transgresora, cuando entra en vigor una norma, ya ha nacido una nueva modalidad delictiva.

    La poesía es refrescante, pero absorbe, como el regazo de una madre. Te persigue siempre, allí donde te halles. Y como un malnacido, no es agradecida. Pero no es humana, es un camino que no acaba nunca, lleno de preguntas, presagios y de vez en cuando, alguna respuesta que sólo Dios conoce.

     

    Víctor: ¿qué novelista española contemporánea recomendarías a nuestros lectores?

    María Dueñas. Su novela “El tiempo entre costuras” me enganchó desde el principio y casi la termino de un tirón.

     

    Armilo: ¿Cómo te gustaría que fuese la difusión de poesía en la próxima década?

    Tal como hacía mi abuela. Alrededor del fuego. Trabajando la palabra, el sonido, la imagen, gesticulando. Sería una especie de performance. Algo que ya estaba inventado hace mucho tiempo. Me gustaría que en todos los centros comerciales del mundo hubiera un espacio para hacer fuego y sillas alrededor y que fuera un foro continuo de poesía.

    Pero esto es una quimera así que, siendo más práctico, te diré que me gustaría que fuera a través de los terminales telefónicos que hoy todos portamos. A través de Apps, aplicaciones de software que nos permitirán en cualquier momento leer un poema según nuestro estado de ánimo. Porque la poesía es sólo una de las manifestaciones de la energía. Esta idea la saqué de un cuento de la poeta Tigana y se la robé.

    No podría seguir pensando en la poesía sin el libro, pero es que soy viejo y maniático.

     

     

    Manuel: dime una frase que -a través de los años- te siga pareciendo tremendamente inspiradora.

    La frase que más me ha impresionado, desde la infancia, es “yo soy el que soy”, de Dios. Yo sin saberlo la escribía en un papel sobre el pupitre cuando tenía 10 años. Después supe que la decía Dios, y me quedé asombrado y perplejo cuando lo descubrí. Es decir, yo, inconscientemente escribía dicha frase mecánicamente a muy temprana edad, sin saber el significado. Muy lejos de considerarme Dios, yo solo me considero un animal que a veces razona. Pero fue una frase que perdura en mi memoria.

     

    Víctor: Cómo crees que podríamos conservar/ preservar la cultura del Gran Miguel de Cervantes? ¿quizá la implementación de una materia obligatoria desde el jardín de infantes?

    A mí me da mucha envidia viajar por el Reino Unido y darme de bruces con tantas ocasiones de recordar al gran Shakespeare, desde su supuesta casa en Stratford-Upon-Avon hasta el “Globe”, en la margen derecha del Támesis a su paso por Londres.

    En general, los españoles no sabemos apreciar lo que tenemos, y no es tema de llenar el currículum de materias obligatorias, sino de tenerle más cariño a los nuestros y demostrarlo, a todos los niveles, desde las administraciones públicas hasta en el más mínimo gesto de reconocimiento personal.

     

    Armilo: dime dos cosas sin las que no pudieras ni quisieras vivir.

    Eso es algo que para mí no tiene duda: el vino de mi amigo Marcelino Serrano y una hembra hermosa que como Sherezade me recite poemas, a la luz de un candil, antes de irnos a deshacer la cama y saborear en su boca los últimos versos.

     

     

    Amigos, ha sido un honor compartir este espacio. Mil gracias por vuestra atención.

     

    Hallie Hernández Alfaro

    Agosto, 2016.

    3 noviembre, 2016 • Entrevistas, Revistas • Vistas: 0

  • Entrevistas Alaire: Rosa Marzal, Luis Muñiz, Ramón Carballal

    Autora: Hallie Hernández Alfaro

    Entrevistados: Rosa Marzal, Luis Muñiz, Ramón Carballal.Tres poetas únicos en su estilo, finísimos arquitectos de la palabra, miembros del proyecto Alaire y humanos de gran valía. Hoy sentados a la mesa para dialogar sobre los caminos enrevesados y sutiles del universo poético. Qué el buen café, el vino, el agua fresca, la inspiración y la amistad nos acompañen siempre.

     

    Rosa: ¿cuándo y cómo supiste de la gran escritora qué te habita?

    Rosa Marzal

    Escribir fue una necesidad para mí desde siempre, especialmente desde la adolescencia, aunque no era en aquella época una voraz lectora. Puedo decir que realmente descubrí la poesía ya de adulta, a través de los talleres de escritura creativa que impartía el poeta Manuel Puertas. Allí no solo aprendí ciertos aspectos técnicos indispensables y, por supuesto, a dejar fluir la imaginación, sino que me fui familiarizando en la lectura de grandes poetas.

     

    Luis: tu creatividad lleva inteligencia a manos llenas, ¿cómo te enfrentas a la misión del poema?

     Uff, qué pregunta más complicada, jeje. Supongo que me “enfrento” de la misma manera que cualquier otro poeta. Pienso que cada poema supone un reto nuevo y distinto, cada uno con la dificultad que uno quiera crearse e influenciado por el estado anímico del momento. Personalmente escribo porque me divierte y en parte también por un impulso que me lo puede provocar desde un estado de ánimo determinado hasta una noticia del telediario. Simplemente espero que me surja la “inspiración” (por ejemplo con un verso inventado) y a partir de ahí la mente tiene que ponerse en el “modo on” poético y dejarse “flotar” creatíva y libremente. …En cualquier caso confieso que retoco mucho mis trabajos hasta que me siento satisfecho con el resultado.

     

    Ramón: diría que naciste con algunos poemas ya escritos. ¿Cómo recuerdas esa primera necesidad de vivir en las letras?

    Ramón Carballal 2

    Pues yo diría que con nostalgia porque al principio la lectura es un deslumbramiento. Lees y lees hasta que en algún momento surge la necesidad de expresar por escrito lo  que sientes. Y lo haces con toda la inocencia y la ilusión del mundo. Luego los resultados son los que son -qué le vamos a hacer- ya que ser un buen escritor es muy difícil.

     

    Rosa: ¿qué autores/autoras han influido en tu quehacer literario?

    Una asimila e integra inconscientemente aquello que le emociona, lo que “toca el alma”. La lista de autores y poemas que me han marcado y que podría mencionar es muy amplia: desde Juan Ramón Jiménez, Lorca, Miguel Hernández, a Pizarnik, Celan, Leopoldo María Panero, A. Gamoneda…

     

    Luis: ¿te definirías como un lector apasionado?

    Soy apasionado en todos los aspectos de mi vida, a veces demasiado para mi gusto (la pasión puede enturbiar la lucidez). Como lector lo soy absolutamente, pero al escribir creo que hay que controlar esa pasión; está bien provocar el apasionamiento del lector mas no regalarla “excesiva y gratuitamente”.

     

    Ramón: ¿la tierra gallega es un cultivo de sensibilidad y bellas artes. Qué escritor/ra clásico o contemporáneo ha hecho mella en tu bagaje literario? Puedes nombrar más de uno/a.

    En mi juventud me influyó mucho el pensamiento de Albert Camus. En poesía me gustan los autores de la generación del 27. Leo con frecuencia a los poetas de la llamada poesía de la experiencia(Garcia Montero, Felipe Benítez, Vicente Gallego..) Podría citar también a Blanca Andreu, Pere Gimferrer, Aurora Luque, Blanca Varela, Luis Muñoz, Leopoldo Maria Panero, Pablo Neruda…en fin hay mucho donde elegir.

     

    Rosa: tu sentido del ritmo es admirable. ¿Sientes que la interacción en los talleres poéticos -sean virtuales o presenciales- han hecho crecer la calidad de tus trabajos?

    Jamás me planteo imponer un ritmo determinado al poema. Simplemente surge al comenzar a escribir. Es algo curioso; es instintivo, casi mágico. Podría decir que el poema impone su propio ritmo. En cuanto a los talleres poéticos, por supuesto, creo que son fundamentales para cualquiera que desee aprender a escribir. En mi caso, me han permitido y me permiten seguir evolucionando, mejorando en muchos aspectos.

     

    Luis: ¿qué cambio sustancial harías en el mundo editorial si eso fuera posible?

    Si te refieres relacionado con la poesía no creo ser capaz de inventar nada nuevo en cuanto a su funcionamiento, promoción o nuevas tecnologías, además no soy muy conocedor del mundo editorial.

     

    Ramón: ¿qué dirías a los muy jóvenes poetas de habla hispana?

    Que lean de todo y especialmente poesía. Eso les dará un poso sobre el que plasmar sus propias experiencias. Me parece complicado que seas un buen poeta si antes no has sido un buen lector. Y que tengan constancia y voluntad de aprender. El de poeta es un oficio en el que siempre se está aprendiendo.

     

    Rosa: ¿qué novelista español y ampliamente conocido invitarías para dar una charla en Alaire?

     

    Me hubiera encantado haber podido entrevistar a José Luis Sampedro, no solo por su trayectoria literaria, sino por su lucidez y humanidad. Lamentablemente ya no podrá hacerse posible. También admiro a otros excelentes autores como Javier Marías o Rosa Montero. Sería todo un lujo poder contar con cualquiera de ellos.

     

    Luis: ¿cómo sientes la digitalización de la obra poética y qué autores clásicos han escrito algo en tu propia historia como poeta?

     

    La poesía, como todo, tiene que ir con los tiempos. Pero como ya te he dicho yo soy un   poco antiguo en cuanto a las nuevas tecnologías, y lo que me gusta prefiero tenerlo en papel y en una librería, jeje.

    Respecto a tu segunda pregunta la verdad es que hasta hace pocos años mi cultura poética era muy limitada. Solo había leído a los más clásicos. Después he leído todo lo que podido conseguir y encontrar, y ha sido mucho, y también ha sido mucho y muchos lo que me han influenciado hasta hoy. Por decir uno de mis autores favoritos me gusta bastante Wislawa Szymborska, pero siempre he dicho que soy más de poemas que de poetas..

     

    Ramón: ¿cómo percibes la educación literaria que se imparte en los colegios nacionales? ¿Harías alguna sugerencia al respecto?

    La veo como muy pobre. En España se estudian casi exclusivamente los autores que suelen caer en la selectividad (prueba de acceso a la Universidad) que son siempre los mismos (los clásicos, generación del 98, del 27). Mi primera sugerencia sería aumentar en lo posible el número de horas, aunque tal y como están los planes de estudio lo veo difícil. Sería interesante realizar actividades paralelas como clubs de lectura. Fundamental me parece a mí, la ilusión del maestro y lo que sea capaz de transmitir a sus alumnos.

     

     

    Amigos y compañeros, mil gracias por vuestra gratísima presencia.

     Un placer inmenso estar aquí.

     

    Hallie Hernández Alfaro, julio 2016

    3 noviembre, 2016 • Entrevistas, Revistas • Vistas: 0

  • Revista Nº 15 – Noviembre 2016

    Portada

    José Manuel Sáiz, Julio G. Alonso, Víctor F. Mallada, J. J. M. Ferreiro en el café Comercial. Madrid 2013.

    Edita: Asociación Poético Cultural Alaire.

    www.editorialalaire.es

    info@editorialalaire.es

    Director: Rafel Calle

    Dto. de contenidos: Hallie Hernández Alfaro

    Dto. técnico: Pablo Ibáñez

     

    3 noviembre, 2016 • Revistas • Vistas: 0

  • Selección de poemas foro Alaire

    Algo de nuestro tiempo (Julián Borao)

    Ese tiempo fue el tiempo de las lámparas rotas,
    fue el tiempo del impulso que fragmentó lo intacto,
    la noticia del aire y sus compases,
    el grito en el vacío que nadie reprodujo
    confuso en un silencio seccionado y absurdo,
    como si cada historia no fuese de repente
    sino el frágil decurso del espasmo común
    que inclinó la balanza hacia el abismo.

    Fue ése quizás el tiempo que nunca perseguimos,
    el tiempo de la luz.

    Tal vez exista aún su ser incierto,
    tal vez en las promesas que no fueron
    exista la razón de su hipnotismo.
    Como si fuera nuestro ese lugar
    que hoy permanece
    atado a nuestras vidas.

     

    ¿Es posible volver al hogar? (Ramón Carballal)

    No es un palacio ni un cromo ni un vendaval de zafiros.

    Crece la infancia con un balón de mercurio,
    crece con pasillos de hembras rosadas,
    se extiende como el cansancio del leopardo
    y la rugosa piel de la herida,
    acampa en habitaciones sin luz
    y dorados de terciopelo en la sangre vespertina.

    Tengo memoria, tengo la araña que baja a su nido,
    a reconocer su lecho, su arbitrario crisol, su herrumbre.

    La casa, el hogar,
    su silencio se eleva como una llanura de sutiles auroras
    y retorna a las grecas de un suelo sin edad,
    a los paisajes de qué dentaduras,
    en medio de qué música,
    tan lejos del grito de los caballos verdes.

    Duermen los ecos en su narciso de hojalata;
    encuentro gestos, preguntas, pómulos de nieve.

    Y todo eso, amigo, no es más que el regreso.

    Regreso (Aubriel Camila de la Prad)

    1
    ahora es hora de arcángeles en silencio
    de palomas de hielo
    en campanarios sin nubes
    es hora de veladuras
    sobre los matices inquietantes de la noche

    2
    sin embargo tus ojos
    zona de enigmas
    donde se guarece mi imagen completa
    a lo largo del tiempo

    3
    atravieso ventanas de niebla candente
    levísimos puentes
    para llegar al recuerdo de mí misma

    4
    nunca habité espacios serenos como parques
    ni perspectivas quietas
    sólo sé de aullidos en noches de lobos
    de abedules sedientos
    de preguntas al filo del abismo
    de eternos desabrigos

    5
    pero es la hora
    la misma de siempre
    la hora en que las campanas
    deshacen mi nombre en el viento
    y vuela en cenizas a tus manos

    6
    Hombre de sueños como hogueras
    en tus ojos se desnudan
    todos mis misterios

    7
    ahora es hora de mirarte
    entrar sin miedo en el territorio fractal
    de tus pupilas
    y completarme
    para siempre.

    Luna     (Marcos de la Mancebía)
    Como vana ilusión de enamorado,
    de eterno selenita,
    acudes tú,
    refugio de la atroz esquizofrenia,
    con tu pálida llama de dulzura,
    a romper el hechizo
    que sellé en sortilegio con Erato.

    Fénix perecedero, que perturbas
    la cordura que anuda mis sentidos
    al anhelo febril de ser un dios,
    no asocies el rencor a mis palabras,
    porque eres tú
    dulce sueño en mis noches de lunático.

     

    Alzar el canto  (Pilar Morte)

    Hemos rodado cuesta arriba tras el metal prohibido,
    y el viento hizo temblar la luz, indagando
    la vibración que curte la piedra, el fuego escondido.

    Recuperamos el sentido de un dios que se crea,
    el agua contenida en el cántaro, la lluvia de lo real.

    Descorremos el velo y la flor se abre cálida,
    entonando su música, que afino con ella,
    -sinapsis con la piel sus pétalos de seda-
    y dejo de ser yo para adentrarme en el todo,
    quebrando el reloj, el perfil que define.

    Un segundo es bastante para ver lo inefable,
    la armonía del caos, el trascender del paso.
    Un segundo alcanza la cima, y estremece
    a la paloma en vuelo que descubre la altura…y canta

    Inmutable  (Hallie Hernández Alfaro)

    Estabas allí, en el rúnico limbo de la tarde
    con las manos acribilladas de mayo
    y Werther enfundado en las cenizas.
    No tardé en reconocer la pira inconclusa de miel fatua
    el aullido ronco del lobo que huye,
    esa voz que avivaría por décadas el osario de mis nanas.
    Seguías allí, como el faro disidente que migra con el tiempo
    cicatrizando, una por una, las heridas de Pandora.
    Olvidé que eras el labio ferroso que agota las nupcias,
    el atrio ajeno de lluvias, la tumba adolescente de mis perdones.
    Has vuelto a mirar el pecho de Lotte, despojado de cisnes
    y todavía callas, cuando hablo de amor.

    Todo es tan breve que no os dais ni cuenta  (Jaume Vendrell Kyuss)

    Breve como un bocado de libertad.
    De amplitud que se resiste a extraerle al viento
    la coreografía sin trayectoria de sus cálidas melenas.

    Breve como el instante de arroz
    que deja huérfano al cuenco
    en la boca que anhela luciérnagas.

    Tan breve como el pigmento de la acuarela
    soterrada bajo el folclore iracundo del agua.

    Breve como el lapso
    que arranca cuervos de vuestro duelo
    en forma de vocablos virtuales sin sentido.

    Como la botella de vino cuando me pongo.
    Como la noche que da paso al ruido de las horas,
    al rugido que unta la goma desde el sueño hacia el asfalto,
    de la lengua hasta el insulto que a nuestros pies aguarda.

    Todo es tan breve hasta que deja de serlo,
    que la hoja del puñal avanza y avanza
    por el viaducto que cuelga de la carne
    y no os dais ni cuenta.

    Para que…

     

    El lector  (Carmen Iglesia)

    Me gusta que en tu boca tiemble el agua
    porque, cuando haces líquido el idioma,
    las palabras se vierten fuera de los renglones
    y el mundo se sumerge en un papel.
    Mientras hablas de libros,
    irrumpe en la memoria la voz de los ausentes
    -eres como un olvido que el tiempo desordena,
    como un sorbo de lluvia en Marrakech-.
    Manchas de sal todos los nombres
    y encierras el temor en un cuaderno;
    mientras lees, tu tiempo se hace charco.

     

    Desde el límite del recuerdo hasta la religión de sus brazos (Marian Ramentol)

    A mi madre, que ya siempre será de agua.

    Los besos póstumos nacieron para doler,
    y a mi me grita el vientre cuando te dejo mojada
    y vuelvo a la vida dentro de tus ojos acabados,
    flotantes como tu cuerpo para siempre.

    Esos ojos de gesto tan pequeño, sonríen
    desvestidos bajo la bisagra de los párpados.

    Con la hipoteca de agua
    que nunca acaban de pagarle al mar,
    llevan el mundo en el aire,
    callados como lluvia en la arena de julio,
    como incendios bellísimos,  catedrales feroces,
    inviernos confundidos en los siglos de unas manos,
    y la sangre despierta subida al caballito de lo vivo
    o lo muerto.

    Yo la veo y la mirada se anticipa
    desde el límite del recuerdo hasta la religión de sus brazos,
    donde las calles olvidan los bordillos, el tiempo
    nortea más allá de las conjugaciones del horizonte
    y las nubes desnudas
    ofrecen velocísimas sus labios sin cielo,
    apretados.

    Me quedo suspendida, grave,
    una isla dormida sobre el margen izquierdo del milagro,
    sin partos de frambuesa y sin verdades.

    Con las cicatrices creciéndose hacia atrás,
    clavando alfileres en el origen del misterio,
    espero de nuevo esa carne triste, súbita,
    amada sobre el frío de una soledad perfecta,
    blanca y eternamente suave
    durante el norte de todas las horas que me queden.

    La poesía ha muerto  (Esteban Granado)

    Dicen que ha muerto el arte de caminar el mundo de puntillas
    sin sublevar la permanente melancolía del tiempo,
    su despótica tristeza.

    Dicen que ha muerto el arte de romperse, el arte de caer y revolcarse,
    el don curioso, el presagio honorable, la diestra de dios padre
    o el color de la tierra del olimpo:

    que ha muerto alanceada y torturada
    tiroteada en un motel de carretera
    apuñalada por el joven bruto
    envenenada con tacón de aguja
    que ha muerto ahorcada en su corbata sedicente
    sublimando su célebre fatiga

    (y hasta Nas dice que el hip-hop ha muerto, con una rosa negra entre las manos).

    La poesía ha muerto.

    Dicen que sonreía recitando el poema y chocaba las copas con el rictus encima,
    vestida de domingo, con el justo perfume, el maquillaje justo
    y las justas alhajas titilando su pátina de abril,
    que rimaba cursiva y flagelada, al margen de las páginas,
    y se dejaba llevar por la fortuna oscureciendo su gloriosa cabellera

    (y luego, en un suspiro,
    que el hedor a eternidad se extendía por los desabrigados horizontes
    colapsando bandadas de garzas invernales,
    y que la sangre, en su contorno inabarcable,
    era un líquido huérfano y era el reflejo azul de un río bravo).

    La poesía ha muerto, pero está dormida,
    es libre de rodar o de pedir asilo,
    libre de sacrificar el copioso rebaño de Calíope
    o de enmendar la plana al propio firmamento

    (y algunos dicen que su tumba es frágil como una plataforma de rocío,
    como una formación de hojas de hierba).

    21 septiembre, 2015 • Poesía, literatura y arte, Revistas • Vistas: 0

  • El papel de los militares en la Transición democrática

    Se trataba de hombres todavía jóvenes, posiblemente demasiado para llevar el tipo de traje con  el  que pasaban revista.  Seguro que por momentos se sintieron ridículos con aquella corbata y la gabardina que habían comprado al tomar posesión., con el intento de marcar un ritmo al caminar que agradase a jefes y oficiales, con esa forma de alzar  el mentón y enderezar el brazo al avanzar… Volvían a ver uniformes verdes, boinas negras y gorras de plato,… el pensamiento retrocedía a la tensión y las ganas de agradar, a la instrucción del Campamento de Milicias y el ensayo de la jura de bandera. Para ellos la vida había pasado a gran velocidad desde todo aquello, tan rápido que los recuerdos estaban borrosos y los hábitos aprendidos se estaban olvidando.  Por momentos, podía ser que temieran que el paso que intentaba ser marcial resultase ridículo y  que el crujir de los zapatos recién estrenados se oyese hasta en la grada que cerraba la explanada.

    Tras las compañías en formación de firmes permanecían alineados viejos carros de combate de origen estadounidense.   Uno de los hombres de traje sonrió al pasar ante el viejo conocido, el mismo modelo de tanque que cuando era alférez de Milicias.  Era material obsoleto, ya usado en Corea, totalmente  inútil para una guerra moderna.  Con todo, cada tanque pesaba cincuenta toneladas y tenía un cañón de 105mm.  Estaba claro que no serviría para una guerra exterior pero si  para dominar en pocas horas  una ciudad.  Se había visto en  Santiago de Chile, en Buenos Aires, en Valencia,… por muy poco no había ocurrido en Madrid. La sonrisa se  fue desvaneciendo del rostro del político dejando en su lugar una mueca de inquietud: los tanques servían para aplastar toda resistencia civil, para eso seguían  activos y precisamente por eso las bases de la División rodeaban Madrid.

    Los carros tenían una misión y él tenía la suya así  que dejó de marcar ese paso marcial que, de olvidado, resultaba ridículo, venció los viejos temores y continuó su revista de tropas firme pero sereno,  demostrando que el poder civil a partir de ese día dirigiría a esos hombres tan acostumbrados a ordenar pero también a obedecer.

    Así   quedó recogido el momento en las fotos de la prensa:  unos dirigentes políticos muy jóvenes con pelo todavía demasiado largo, con la apariencia extraña que les daban  aquellos trajes tan poco habituales en ellos pasando revista con aire solemne a generales que  podrían ser sus padres.

    Este sería el final de la historia.  La formación de un gobierno con un abrumador apoyo popular tras las elecciones generales de 1982 y las reformas acompañadas del reciclaje profesional de los mandos producto del ingreso de España en la OTAN terminaron con una tradición de protagonismo militar en la vida política que se remontaba a doscientos años atrás.
    UN MODELO MILITAR ANÓMALO.

    Todo se resume en una pintura mural: dos hombres con vestidos desarrapados y caras torradas por el Sol están luchando.  Las caras expresan resentimiento,  inquina de plumas blancas teñidas de rojo en el corral de gallos, de perros que mueren con la mandíbula rígida sobre el cuello del contrario, de odio tal que verter la sangre no es malo cuando el enemigo ya riega con la suya los terrones cuarteados por el Sol.

    Podemos llamarlo cainismo, una palabra con la que los libros de historia de España del S. XIX, se referían a la culminación de los males patrios. Era una manera de reducir a concepto el devenir de una época en la que las diferentes opciones políticas, las luego llamadas “dos Españas,” se enfrentaban sin conseguir prevalecer e implantar un modelo político de forma definitiva.  Se hablaba de la lucha entre Abel y Caín como defecto nacional y ahí cabían los que gritaban “viva la Pepa” y  los serviles que replicaban “vivan las caenas”, los progresistas y  los moderados, carlistas y republicanos.

    Goya, sordo y hastiado del país, lo había reflejado de una forma más directa: rasgos agitanados de los que adoraban los románticos europeos que nos visitaban en busca de patillas, bailaoras, bandoleros y  miseria ajena; ojos que acometían con ese  brillo de navaja con que miran las bestias acosadas; saña, sudor y el perenne paisaje de estepa desolada por sequías  y contiendas, de tierra que no da pan.  Los dos peleadores cuentan con un tosco instrumento de contienda, un garrote o cachiporra: ese es el Ejército.

    Desde el S. XIX el modelo militar español se había caracterizado por ser radicalmente diferente del de otros países europeos, caso de Gran Bretaña o Francia.  Allí el Ejército se considera  un instrumento de la política exterior del Estado, quedando apartado de tareas  como el orden público y sin siquiera concebir la posibilidad de decidir por la fuerza de las armas la situación política.

    En España la imposibilidad de las distintas opciones políticas de poder contar con la fuerza necesaria para construir un determinado modelo de Estado dio lugar a la búsqueda de un apoyo que pudiese decantar la situación política a su favor.  Ese apoyo fueron los mandos militares.  El resultado fue un siglo diecinueve de inestabilidad, pronunciamientos militares, ejercicio abusivo de las funciones de orden público y los llamados “espadones” como árbitros del juego político.
    Al comienzo del siglo XX el problema parecía superado.  La fórmula restauradora de Cánovas concebía al monarca como militar y jefe del ejército importando la fórmula prusiana del “Rey soldado” como medio para asegurar la estabilidad del régimen frente a la tradición golpista del siglo anterior.  La abstención militar del juego político duró justo el tiempo en que el sistema turnista funcionó.  A partir de ahí, la vuelta de la debilidad política y la descarga en la clase política de la responsabilidad de los fracasos militares en las contadas acciones exteriores de la época (Desastre del 98, Annual,…) hace que los militares desarrollen una ideología en la que se atribuyen el papel de elemento más limpio de un país en decadencia por la mala actuación de la clase política.  El proceso culminó con el  propio rey implicado en un golpe de Estado que, tras crear grandes esperanzas de regeneración, terminó por caer en el descrédito arrastrando en su derrumbe al propio monarca.
    La II República arrastró en su polarización a los propios militares y así un sector del ejército cayó en una ideología reaccionaria que llegaba a una identificación del Ejército como la parte más pura de la nación, como su misma esencia.  Esa polarización sería uno de los elementos desencadenantes de la Guerra Civil.

    EL EJÉRCITO FRANQUISTA.

    Habían untado el pelo de brillantina y recortado el bigote, el ordenanza estaba planchando el uniforme, en pocas horas desfilarían ante el Generalísimo por las calles del Madrid vencido.  Tres años de barro y frío, de camaradería y virilidad.  En unos meses tendrían que reincorporarse a las facultades: Anatomía, Química Orgánica, Derecho Romano, paseo a la salida de clase y rondas de la tuna.  Después vendría una cómoda vida en un país pacificado, el sentar cabeza con una enamoradiza compostelana y educar hijos, la misa de doce, un destino de secretario de juzgado o médico de pueblo, de tertulia de rebotica y Adoración nocturna.  El coronel les había comentado que casi no había mandos, que el Caudillo les daría la oportunidad de seguir su carrera en ese Ejército que conquistaría un Imperio.  Más barro o tal vez arena, nieve o calores del desierto y luego otros desfiles bajo el Arco de la Ciudad Universitaria como oficiales victoriosos en Gibraltar, en Marruecos, en Orán,…en Rusia.

    Desfilaron orgullosos por un Madrid donde las pancartas de “No pasarán” habían desaparecido sustituidas por un mar de manos alzadas.  Aquel día lucía un Sol radiante para el joven  ejército de la Nueva España.  Fonseca seguía triste y sola, abandonada por los que desfilaban, por los que murieron, por los presos y exiliados,…,  alejada por esos tres años que marcaron tantas vidas, demasiado lejos.

    Así nació el Ejército de la longeva dictadura del general Franco, un ejército por una parte viejo, en el sentido de que sigue manteniendo la mentalidad reaccionaria, vocación interior y  autoconciencia de esencia nacional propia de tiempos antiguos, con elementos radicalmente nuevos.  Entre estos últimos la nota fundamental es que el ejército franquista no era una fuerza militar al servicio del Estado sino al servicio del régimen y, más especialmente de su cabeza: Franco.  Estaríamos casi ante un ejército personal que debía fe ciega a su “caudillo.”

    Este papel debe ser explicado atendiendo a una serie de rasgos como composición, actitudes, papel en el Régimen, prerrogativas, medios e imagen social.

    Por su composición, se trataba de un ejército creado “ex novo”: durante la Guerra Civil la mayor parte de los mandos militares habían sido fieles a la República lo que implicó un vacío de jefes y oficiales que se cubrió recurriendo a los estudiantes universitarios como oficiales de baja graduación.  Posteriormente se les permitió continuar en la vida militar en condiciones de ascenso muy ventajosas.  Esos jóvenes oficiales de complemento que participaron en el llamado Desfile de la Victoria, treinta años después constituían la auténtica columna vertebral de las Fuerzas Armadas y su adhesión a la figura de Franco era absoluta. El franquismo no los había hecho héroes en la conquista de un imperio colonial o en la derrota del comunismo pero les había dado una sólida carrera profesional, un estatus social, las costumbres de cuartel como forma de vida superior a la de los civiles y, por encima de todo, los recuerdos de cuando siendo muy jóvenes ganaron una guerra a las órdenes del Caudillo. Frente a la politizada oficialidad anterior a la Guerra ahora se contaba con mandos caracterizados por un culto extremo a la jerarquía.

    Al mismo tiempo, el ejército franquista fue utilizado como instrumento de adoctrinamiento de la población en los valores del régimen por medio de la institución del Servicio militar.  Si en cualquier ejército de reemplazo el servicio militar suele implicar un instrumento de inculcación de valores patrióticos, en este caso “nacionalización” se identificaba con obediencia absoluta al régimen, así como disciplina y sumisión a la jerarquía  social, apatía y valores tradicionales.

    A partir de los años cincuenta la tradicional actuación del Ejército en materias de orden público cedió terreno a las instituciones civiles, lo que llevó a un alejamiento de los militares de la lucha directa contra las llamadas “fuerzas subversivas” aunque sus características y despliegue sobre el territorio seguían haciendo que realmente solo resultaba apto para controlar una sublevación a gran escala.

    En otros aspectos como salarios, la realidad era que la oficialidad estaba muy mal pagada, lo que se compensaba con prestigio social inculcado por el régimen, mientras que su armamento era completamente obsoleto (esto en parte producto no sólo de la falta de enemigos exteriores sino también del aislamiento internacional del régimen franquista).

    Por último hay que tener en cuenta que, pese a la adhesión inquebrantable, la desconfianza del dictador contribuyó a aumentar su falta de operatividad a fin de evitar cualquier posible golpe de estado contra el Régimen.  Se dice que si una unidad mecanizada tenía carros de combate, el combustible y la munición estaban en manos de otras unidades.  Esto daba lugar a que todo levantamiento debía contar con la participación de varios jefes militares y sería facilmente detectado en la fase preparatoria.
    LA TRANSICIÓN: MENTALIDAD DE LOS MILITARES.

    En la transición democrática la gran mayoría de la alta oficialidad y jefes de las FFAA corresponden al tipo que puede denominarse “conservador”.  Éste es el ejemplo de militar típico del régimen anterior: disciplinado, con culto a la jerarquía,… franquista hasta la médula pero también consciente de que tras la muerte de Franco debería haber ciertas reformas.  Esas reformas estaban en buenas manos ya que el Jefe del Estado es el sucesor elegido por el propio Franco, militar y nueva cabeza de las FFAA. Además los protagonistas del proceso político (Suárez, Fernández Miranda,…) son miembros de la elite del régimen franquista y todas las reformas se hacen sin romper el ordenamiento jurídico anterior.  En todo caso, la situación política y social del país no les gusta, preferirían volver atrás pero Franco está muerto y el deber de un militar es acatar el orden establecido.  Sólo tomarían el poder si se lo ordenase el Rey o la situación política del país fuese desesperada.

    Con todo, el estamento militar no es uniforme y existirán otras actitudes ante el proceso político en marcha:

    a) Ultraderechistas: Eran pocos pero resonantes y considerados por sus compañeros como leales a los que la fidelidad extrema al Régimen anterior les hacía olvidar valores como la disciplina.   Por sus colaboraciones en periódicos como El Alcázar o El imparcial aparentaban tener un peso  importante en las filas militares.  En realidad en los cuartos de banderas se les apreciaba pero no se les apoyaba.

    b) Liberales: Escasos pero situados en los altos niveles del estamento militar.  Su idea de Fuerzas Armadas era semejante a la de los países de la Europa democrática.  Militares de este grupo como el general Díez- Alegría o Gutiérrez Mellado no eran bien vistos por sus compañeros ya que estaban alejados de su orden de valores y en las antípodas de su visión del Ejército.

    c) Demócratas: Muy pocos y  de baja o media graduación. Estaban encuadrados en la Unión Militar Democrática. Resultarían represaliados por su actividad y la gran mayoría abandonarían las armas.  Para sus compañeros eran el símbolo de que, como en Portugal, la subversión estaba entrando en las FFAA.
    ACTUACIÓN MILITAR EN EL PROCESO: El ejemplo de la legalización del PCE y el problema de fondo.

    Los  rasgos del militar de tipo “conservador” marcarán la actuación del estamento en el proceso de Transición. Así lo habitual es que ante una decisión política poco popular en el ámbito militar los discursos y arengas destaquen la disciplina y el acatamiento de las normas como valor castrense.  En segundo lugar, el papel de los militares es siempre reactivo, nunca tienen iniciativa.  De hecho, se toma una decisión política y los militares se encuentran con ésta ya tomada sin que puedan imponer la revocación de la misma.  Además su propio orden de valores les impide que actúen como colectivo organizado con capacidad de anticipación y veto de la acción política.

    Un caso palmario de actuación en este sentido es la legalización en 1977 del Partido Comunista de España.
    La legalización pudo comenzar con un hombre que fuma ante la televisión.  Al otro lado de la nube de Ducados pasan los féretros en blanco y negro. El hombre aparta la mirada para contemplar el círculo que acaba de formar espirando humo. Su mujer se queja de que cada vez fuma más y come menos, de que si sigue así pronto abandonará este mundo.  El pensamiento se desplaza al lugar a donde se dirigen los féretros, a las palabras “cementerio civil”.  Siente que el término civil acompañando a cementario  añade soledad,  abandono,  desamparo del que duerme sin el consuelo de la Fé.

    En la televisión se ven puños en alto y ramos de flores con forma de hoz y martillo. Mientras enciende un nuevo pitillo advierte el contrasentido de cortar flores para honrar la memoria de las vidas segadas, de podar para conmemorar una vida que se fue.

    En medio de la nube de humo el cortejo avanza silencioso, los rostros demuestran emoción pero no hay aspavientos  ni se escuchan gritos, nadie se altera.  El fumador piensa en los ultraderechistas en los entierros de asesinados por ETA o el GRAPO, en como interrumpen el incipiente descanso de los fallecidos, en los intentos de agresión a las autoridades, en los insultos al vicepresidente del Gobierno.

    Apaga bruscamente el negro en el cenicero, aplasta el filtro.  Tiene que tomar pronto la decisión.  Les transmitió por Gutiérrez Mellado o por Pita que nunca legalizaría a los comunistas pero se acabó el dar largas…tiene que hacerse ya. Pronto habrá elecciones generales y el Partido tiene que estar legalizado.  Carrillo se pasea por Madrid con total impunidad, los líderes europeos le insinúan que sin el PCE España no será una democracia real y justo ahora aparecen los del búnker y asesinan a esos abogados en la calle  Atocha.  Los generales tendrán que aceptarlo si lo hace por sorpresa, si no hay vuelta atrás. El mejor momento será en un momento de parálisis, cuanto pueda actuar él sólo,…en  plenas vacaciones de Semana Santa.

    Da una fuerte calada al Ducados que encendió sin darse cuenta.  Sí, está siempre preocupado y fuma demasiado.  Los niños le dijeron ayer: “Papá, desde que eres Presidente cada día fumas más.  Mamá dice que así te  vas a ir pronto al Cielo”.  ¡Vaya con Amparo asustando a los críos!  Por un momento mira como el humo sube en espiral llevando consigo una pequeña parte de su alma de fumador compulsivo, después baja la mirada para contemplar como los ataúdes entran en el cementerio. En el cementerio civil. La duda lo asalta, tendrá que consultárselo a Tarancón: ¿A dónde van las almas de los mártires del materialismo?
    Tanto para los ministros militares como para toda la cúpula militar esa actuación de Adolfo Suárez fue una auténtica traición personal. El resultado fue la dimisión del Ministro de Marina, almirante Pita da Veiga y un comunicado de los jefes militares en el que afirman que la legalización “ha provocado una repulsa general en todas las Unidades del Ejército.  No obstante, en consideración a intereses nacionales de orden superior, admite disciplinadamente el hecho consumado”   Este caso es el ejemplo más destacado de la dinámica de actitud reticente pero disciplinada, titubeos de las elites políticas ante la posible actitud del Ejército y la actuación final de éste meramente reactiva, sin capacidad de presionar o vetar la toma de decisiones.

    Por último, un aspecto relacionado es la actuación de los políticos ante un estamento militar que sabe que no simpatiza con la evolución política. Tanto los gobernantes como los dirigentes de la oposición tendrán en cuenta la necesidad de no herir la susceptibilidad de los militares y para eso  procurarán no tomar nunca decisiones bruscas ni declaraciones explosivas, no actuar de forma radical contra los ultraderechistas, no inmiscuirse en la autonomía interna de los militares y  compensar las decisiones impopulares en el ejército por medio de aumentos en los presupuestos de Defensa.

    Dentro de esta tónica general de relación entre militares y civiles los tres elementos o acontecimientos esenciales que provocarían la aparición de la dinámica anterior serían la ya vista legalización del Partido Comunista de España (PCE), el surgimiento del Estado de las Autonomías (que implica abrir el camino a las reclamaciones nacionalistas y el abandono del centralismo para acercarse al modelo de distribución territorial de la II República) y finalmente el problema terrorista vasco que actuó de forma especial contra los militares, creando una situación de tensión continua en la que los militares acataron la estrategia antiterrorista de los gobiernos de UCD pese a preferir métodos más expeditivos.  Realmente la violencia terrorista es el gran problema de fondo.  Es posible que la legalización de la fuerzas de la oposición o la descentralización del Estado fueran asumidos sin grandes problemas si se realizaran en un contexto de paz política y social. Por el contrario, el comenzar un proceso de apertura política en medio de una vorágine de asesinatos políticos de la que precisamente los militares (incluyendo Guardia Civil y Policía Armada) son objetivo prioritario hace pensar que los gobiernos en minoría de la Unión de Centro Democrático son incapaces de hacer frente a la subversión. Llevando el argumento más allá, decisiones políticas como la legalización del PCE o el nacimiento de las autonomías para los militares son ejemplos de una claudicación progresiva frente a los enemigos de la patria.
    EL GOLPE DE ESTADO DEL 23-F DE 1981.

    Si durante todo el proceso de democratización el peligro de la innovación militar había pendido sobre la sociedad española, la amenaza se materializó al fin con el intento de golpe de Estado de febrero de 1981.  Este va a ser el punto de inflexión de esta historia, el momento en que una rebelión militar pudo truncar la naciente democracia pero a la vez la ocasión que demostró el fracaso de la añeja vía del pronunciamiento.
    Su evolución y protagonistas es bien conocida por todos ya que, aparte del recuerdo que la mayoría mantienen de los acontecimientos,  las distintas cadenas de televisión programan reportajes especiales y documentales cada aniversario.  Como en una película varias veces vista conocemos a los buenos y a los malos, el argumento y la conclusión en forma de juicio militar pero, como hechos procedentes de la realidad y no de un guión cinematográfico, sabemos que muchas piezas del rompecabezas siguen ocultas.

    Si algo nos enseña en sus  formas el golpe del 23-F es la vigencia de los rasgos más característicos de la España diferente y exótica que tanto gusta a los descendientes de Washington Irving y Merimée.  Recobraba  España su papel de singularidad en la civilizada Europa: el país de la faria y el brandy de cantina cuartelera, del bandolero serrano y el guitarrero de cuadro del primer Manet.  Reaparecía espectacularmente ese rasgo de orientalismo que los alemanes o británicos admiraban en el valor del torero y despreciaban en su fanatismo y ausencia de valores democráticos ignorando, eso sí, el papel que los dirigentes políticos de sus países habían ejercido en los doscientos años de tragedia hispana.

    La aparición del teniente coronel y sus hombres entre taco viril y disparos a ritmo de trote del caballo de Pavía nos mostraron los rasgos más propios de una época que parecía superada o de un lugar lejano.  Realmente Tejero parecía un personaje  propio de tierras de bananero y cafetal, de latifundistas y guerrilleros, de machismo y calor húmedo, de viejos coroneles que vegetan esperando una pensión e inquietantes oficiales adiestrados por la CIA.  Aquel día se vio como una parte de España continuaba siendo más cercana en valores y mentalidad política al siglo XIX y los países que había contribuido a crear que a la Europa occidental de finales del S.XX.  Por suerte, esta vez ganó la otra España.

    En todo caso, del pronunciamiento fracasado podemos extraer consecuencias positivas y negativas para la salud del proceso democrático.

    Así podemos considerar como positivas el hecho de que los golpistas no tienen realmente un proyecto político común.  De hecho, los ultraderechistas  Miláns y Tejero pretenden imponer el poder del Ejército por medio de una Junta Militar siguiendo el ejemplo chileno o argentino.  Por el contrario, el general Armada plantea un gobierno de concentración de todas las fuerzas políticas presidida por él mismo.

    Otro aspecto positivo es que los golpistas causaron una impresión personal pésima y el juicio posterior se convirtió en un espectáculo poco honorable de sálvese quien pueda a costa de quien sea.

    Por último es esencial  considerar el hecho de que tanto entre el conjunto de la población española como entre las fuerzas políticas (obviamente dejando de lado fuerzas políticas simplemente testimoniales) el rechazo a la intentona fue absoluto.
    El elemento inquietante a tener en cuenta es el hecho de que los distintos capitanes generales no se movilizaron a favor del golpe simplemente por disciplina.  Si el Rey en ese momento les ordenase apoyar a los alzados no tendrían el menor escrúpulo en hacerlo. Esto demuestra el desprecio absoluto que los mandos tienen al orden constitucional y el hecho de que para destruir el orden constitucional pueden recurrir incluso a un artículo de la propia Constitución, el polémico 62 que hoy  interpretamos en un sentido de “jefatura honorífica” pero que expresamente  establece que el mando supremo de las FFAA corresponde al Rey.

    LA CONCLUSIÓN DEL PROCESO.

    El fin del protagonismo militar en la vía pública se produjo a partir de 1982  con la llegada del PSOE al poder, con esa revista de las tropas y vehículos de la División Brunete con la que comencé a redactar este trabajo y que resultó un símbolo de que las cosas estaban cambiando.

    Podemos considerar las siguientes razones como causa de la desmaterialización de los fantasmas involucionistas:

    – La  victoria por mayoría aplastante del PSOE, una fuerza de izquierdas, demostraba a los militares que formaban parte de una sociedad con una mentalidad absolutamente distinta a la suya e impedía cualquier pretensión de presionar a un gobierno con apoyo de la opinión pública y escasa simpatía por la intromisión militar en la vida civil.

    – El triunfo electoral daba paso a un gobierno que, si bien no era el que más les gustaría, tendría estabilidad para abordar los problemas del país, comenzando por la violencia terrorista.

    A partir de ahí, los nuevos gobiernos socialistas emprendieron la labor de sumisión total del estamento militar al poder civil, afrontando así la radical transformación de un ejército con vocación interior a un modelo enfocado a  la defensa externa.  Eso implicó una gran reducción de efectivos del Ejército de Tierra, modernización progresiva de los medios técnicos y supresión radical de la autonomía del estamento con respecto a unos mandos civiles que, antes de este momento, sólo ejercían un poder teórico sobre los Jefes de Estado Mayor.

    El paso de los años hizo el resto y así los jóvenes militares que imaginé desfilando en un Madrid vencido hace años que pasaron a la reserva cuando no a la residencia de ancianos o, con graduación incluida, a la esquela del ABC.  Los sustituyeron oficiales mucho más técnicos y menos politizados, más preocupados por la puntuación de unas maniobras que por una situación política en la que tampoco ningún contendiente los requería para actuar como garrote.  Sí, el  tiempo ha pasado tan rápido en España que los jóvenes dirigentes que pasaban bandera a las tropas están semijubilados presidiendo patronatos de fundaciones o acomodados como conferenciantes de lujo, de tal modo que de aquel político que fumaba demasiado sólo queda un cuerpo enfermo: su alma ya acompaña  a los abogados de Atocha y a Tarancón en el sueño de los justos.

    La culminación del proceso fue la progresiva adaptación de las Fuerzas Armadas a un nuevo  modelo centrado en la tecnología y la eficacia en el combate al que estaban obligados ante la adaptación a la OTAN.  A partir de ese momento y hasta hoy las FFAA han realizado una espectacular transformación a un modelo de intervención exterior siendo capaces de realizar también el cambio del tipo de ejército de reemplazo propio de un contexto de guerra fría a un  nuevo planteamiento de fuerza militar profesional centrada en la intervención en áreas lejanas tanto en situaciones bélicas como de auxilio humanitario.

    El balance de esa actuación es un ejemplo de esfuerzo personal y profesionalidad que exorciza el espectro ecuestre de Pavía y el tal vez bienintencionado espíritu de Primo, que acalla los  berridos ramplones de Tejero y la  fantoche verborrea de Queipo de Llano.  Un modelo de FFAA propio de un Estado democrático que quita toda posibilidad tanto a la minoría que sueña con un pasado sólo para ellos glorioso como a los que desde  fuera contemplan al país con esa pública condescendencia que encubre el íntimo desdén.  En definitiva, el camino de los ejércitos en la España actual parece haber culminado en la radical abstención de los asuntos públicos característica de las democracias avanzadas.

    Anselmo Lorenzo Pascual.
    Licenciado en Derecho. Profesor de Geografía e Historia

     

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    BIBLIOGRAFÍA:
    -Agüero, Felipe: Militares, civiles y democracia.  La España postfranquista en perspectiva comparada, Madrid: Alianza Editorial,1995.
    -Busquets, Julio: Militares y demócratas, Barcelona: Plaza &Janés, 1999.
    -Cardona Escanero, Gabriel: El problema militar en España, Madrid: Albor Libros, 2005
    -Fernández López, Javier: El Rey y otros militares.  Los militares en el cambio de régimen político en España (1969-1982) Madrid: Editorial Trotta, 1998.
    -Lleixá, Joaquim: Cien años de militarismo en España, Barcelona: Editorial Anagrama,1986.
    -Muñoz Molina, Antonio: Ardor guerrero,  Madrid: Alfaguara, 1995.
    -Tusell, Javier: La transición española a la democracia, Madrid: Historia 16,1999

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  • El camino de Santiago 2ª parte

    LOS PASOS ENCONTRADOS

    “Si algo sucede una sola vez, no tiene porqué volver a suceder; si sucede dos veces necesariamente sucederá una tercera”. Pavlo Cohelo. El Alquimista

    En agosto de 1993 Pilar y yo hicimos la Ruta Jacobea desde Roncesvalles a Santiago de Compostela en bicicleta de montaña. Catorce años después repetimos parte de la experiencia junto a su hermano Patricio que la inició en el año 2005 con la intención de realizar varias etapas cada año hasta completarla probablemente en el 2008 o 2009. En aquella primera ocasión en 1993, a Pilar y a mí nos incitaba el afán de superar un recorrido de 800 km que nos atraía más por la dificultad física y técnica que por su significación religiosa o entramado cultural.

    Buen Camino Peregrino
    1253220630Un cuatro de agosto, a las 05:00 de la madrugada emprendimos viaje partiendo desde Arboleas, pequeño municipio al norte de la provincia de Almería,  hacia Logroño para continuar El Camino justo donde lo dejó Patricio en agosto del 2005.
    Aproximadamente sobre las 14:00, ya en tierras riojanas, mientras buscábamos un lugar donde almorzar la radio anuncia el Año Machadiano en Soria. Unas águilas sobrevolaban a nuestro paso bajando el puerto de Piqueras a unos 55 km. de Logroño; nos detuvimos en un confortable asador, Venta de Panzares, donde pudimos degustar un excelente asado mientras desde el interior del establecimiento divisábamos el lindante arroyo y las águilas sobrevolando el riachuelo donde tras el almuerzo remojamos los pies.

    Ese primer día pasamos la noche sobre un improvisado colchón en un polideportivo municipal, fuimos bien recibidos por Gonzalo, el hospitalero, un sevillano regordete, barba blanca y edad avanzada que según nos comenta ha recorrido varias veces El Camino; el hospitalero sevillano nos aconsejó al respecto y nos dio todo tipo de facilidades para pernoctar y dejar el coche en el recinto del polideportivo hasta nuestro regreso ocho días después. Por la tarde-noche visitamos el centro histórico de la ciudad –el mismo Gonzalo en tono bromista nos aconsejó tener cuidado en caso de optar por realizar la “senda de los elefantes” porque todo el que la hace acaba “trompa” por la abundancia de bares y tasquitas-.
    Arrullados mis huesos en los cuerdos recodos
    apestaban las horas

    yo le gritaba al mundo
    delegando en los sueños que anduvieran por mí
    a explorar de la vida sus inciertas esferas

    Corrían las agujas
    los minutos pasaban

    y asombrados mis huesos
    golpeando su aplomo desataban  amarras
    enjuto como cáscara arrugada
    salté firme a la tierra
    las zancas enojadas hacia atrás caminando
    con mi incómoda música en la historia y el tiempo
    regresando a las lirios y a la hiedra
    Paciente
    el Camino aguardaba nuestros pasos
    Tiritaban los dientes en la canícula de agosto
    Logroño. Relevancia cultural en el Camino de Santiago

    1253220650Logroño es una ciudad agradable para el viajero, rica en historia y tradiciones que se conservan desde la Edad Media, por sus calles empedradas han transitado durante siglos comerciantes, artistas y peregrinos conformando un nudo de relevancia cultural y estratégica en el Camino de Santiago. El río Ebro atraviesa su casco urbano y cuatro puentes comunican la ciudad, siendo el más antiguo el Puente de Piedra, también denominado Puente de San Juan de Ortega, en referencia a la capilla que existía en su margen izquierda. Es uno de los símbolos de Logroño y lugar de entrada del Camino de Santiago a la ciudad. Deambulando por la rúa Vieja, nos topamos con la Fuente del Peregrino en la rúa Barriocepo que nos volveríamos a encontrar al día siguiente pues es paso obligado para la salida de la ciudad siguiendo las flechas amarillas del trazado Jacobeo. Así y  todo durante el paseo por el casco viejo de Logroño pudimos observar el estado decadente y maltrecho en parte del recorrido que hicimos. En la Taberna Portales, en la calle del mismo nombre junto a la Catedral Santa María de la Redonda (siglos XV-XVIII), comimos un bocata con una cerveza y para regresar compramos en una heladería de la misma calle Portales un helado que fuimos comiendo de regreso al improvisado albergue en el polideportivo. A las cinco de la mañana la gente ya empieza a rebullirse, se zarandean dentro de los sacos sobre los improvisados colchones, se palpa la inquietud a esas horas de la madrugada y poco a poco los peregrinos vamos iniciando la etapa del día, para nosotros la primera desde hacía varios años. Mochila en la espalda, nos aguardan 28,3 km. hasta nuestro siguiente destino, Nájera.

     

    Foto 1. Puente de Piedra. Logroño
    Foto 2. Fuente de los Peregrinos. Logroño

    Imágenes cedidas por Pilar González. www.enlabuhardilla.com

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  • Réquiem, según el caníbal

    Algún día todos tendrán que seguir al caminante.
    José Luis Calva Zepeda

     

    I.

    Seguramente Thomas Harris habría esbozado una sonrisa si la noticia que ese día, estremecía a la ciudad de México, hubiera sido la puesta en escena de su célebre obra: The Silence of the Lambs. No fue así, la nota era tan roja y real como los crímenes confesos del ciudadano Chikatilo, quien ostentaba un título en literatura, mismo que había obtenido graduándose en un curso por correspondencia.

    En medio de una vorágine de flashes y preguntas, aparecía el jefe de la policía local, manifestando con suficiencia la captura de José Luis Calva Zepeda, presunto responsable de asesinato. Nada de especial tendría la roja nota de esos reporteros si, Calva desde el primer instante no hubiera sido encontrado en flagrancia; y si colgados dentro del clóset del departamento que investigaban, los guardias no hubieran encontrado los restos humanos de su última novia.

    Días antes, los vecinos, molestos por el hedor que provenía del departamento de Calva, habían denunciado a las autoridades la actitud sospechosa del habitante de esa vecindad de la colonia Guerrero, un antiguo barrio en el centro mismo de la ciudad. Ya había oscurecido, cuando la policía llamó, identificándose previamente a su puerta; el alarmado hombre, crispado de nervios y miedo, no tenía opción, jaló las cortinas y miró abajo, calculó casi seis metros desde la última cornisa y se lanzó por la ventana hacía la calle.

    Aturdido, se levantó tambaleante y miró de frente, no había tiempo que perder. El Eje Uno Norte, es una serpiente atiborrada de automóviles, en sus aceras se instalan cientos de barracas de madera y tela, donde el mercado negro hace grandes negocios con los artículos de contrabando que allí se expenden. El operativo policiaco era importante y a las afueras del departamento, ya esperaba un grupo de uniformados  a la expectativa. Al ver que un sujeto se despeñaba desde la ventana del sospechoso inmueble, le gritaron preventivamente, le ordenaban que se detuviera, José Luis Calva no hizo mayor caso y se arrojó al tráfico.

    Fue un lance desesperado e inútil, en ese mismo instante circulaba a toda velocidad un distraído automovilista que, sin percatarse del lance de Calva, terminó arrollándolo y expulsándolo hacia la acera. El hombre después de ser lanzado al aire, cayó sobre el filo del pavimento. Su complexión atlética le permitió resistir el golpe del guardachoques del auto, pero en la pirueta contra el parabrisas se fracturó el cráneo y se desplomó sangrante.

    Apresuradamente intentó incorporarse, pero la vista se negaba a presentarle imágenes lúcidas. Las luces multicolores de los puestos comerciales de la avenida terminaron por confundirlo. En ese instante el cuerpo de policías, llegaba a toda prisa a aprehenderlo.

     

    II.

    Sentada en la jardinera, apuraba hacia sus labios un maltrecho cigarrillo, exhalaba con impaciencia evidente aquél flaco carrujo de aromático humo de marihuana. Sus largas piernas apenas cubiertas por una minúscula falda de piel, sujetada por una brillante pretina, se balanceaban a un lado y a otro. Por el extremo de la contra esquina, al verla, levanté mi brazo agitándolo para llamar su atención. Ella correspondió de igual forma y se levantó del frío cemento de la jardinera, para ir a mi encuentro. Era una sexoservidora ya entrada en los treinta y tantos; usaba peluca rubia, aunque ella misma era rubia, alta, esbelta, de ojos verdes. Lo primero que me dijo fue que no quería ver su nombre publicado, que no quería que nadie más se enterara que ella había sido la última persona que había estado con La Jarocha, antes de ser encontrada muerta, mutilada y depositada en una vieja maleta, sobre el camellón de una avenida de la ciudad.

    -Esa noche-, relató la rubia –llegó La Jarocha, bien contenta, porque se había ido a comprar unos vestidos bien cachondos, de esos que tanto le gustaba ponerse para la chamba. Allí en la esquina de Insurgentes y Puebla, en la mera glorieta, está la tienda de ropa. Hay de todo: vestidos de policía, de enfermera, de sirvienta, de bombera, de gatúbela, muy chidos, muy lucidores…-

    En ese momento me interrumpe el mesero del Vips para tomarnos la orden; dejando de lado la carta, ambos pedimos sólo café, aunque su mirada se fija maravillada sobre la cubierta glaseada de los pastelillos. Antes de continuar su relación me pide el dinero acordado para la entrevista –son quinientos város manito, ya vez que es lo que dejo de ganar por estar aquí, chismeando…-, discretamente le extiendo bajo la servilleta un billete que ella guarda sin prisa entre sus senos.

    -Pos ya te digo, andaba rechinando de nueva La Jaro, y me modeló, dio sus vueltas y yo cagándome de la risa le di un par de nalgadas, porque no pude resistirme a su enorme culísimo. Así estuvimos cotorreando un rato hasta que me dijo que iba a dar un voltión por San Pablo, porque allí hay unos hoteles, de ésos, de los “piojito”, pero que sacas buen váro en menos de quince o veinte minutos. Ya vas güey, ya vas güeya, le dije y yo me volví con las otras compis que ya encendían la estufa de esa noche, así le decimos “estufa”, pero es un tambo de fierro que rellenamos de basura y echamos lumbre, para calentarnos, nos calentamos antes que los clientes- y soltó con pudor, la rubia doble, una risa tibia, y triste.

    La mañana después a esa fogata, la policía acordonaba el paso de contra-flujo que divide los dos sentidos de la avenida Tlatelolco. Alrededor de una maleta mal cerrada, se desbordaba un charco de sangre y las miradas de los vecinos y paseantes curiosos que, apenas podían contener unos guardias. Era un hecho inédito y espantoso en la historia de la nota roja, aún para los viejos detectives de la procuraduría; acostumbrados a convivir con el crimen y la tortura cotidiana.

    -Yo vi al hijo de la chingada, llevaba una chamarra negra y unos pantalones désos que traen muchas bolsas en las piernas, antes de llegar a la esquina, le hizo la parada a un taxista y la agarró del brazo, le dijo algo que la hizo reír a la pobrecita, y luego se metió con él, nunca la volví a ver-.

     

    III.

    Verónica salió apesadumbrada de la clínica, tenía tres hijos que dependían de ella y bien sabía, que el sueldo que ganaba, era por demás insuficiente para poder sufragar los gastos de una neurocirugía. El médico había revisado sus análisis y le diagnosticaba cavernoma cerebral. Los dolores eran intensos y la ansiedad insoportable; una taquicardia le invadía las extremidades y la piel le escaldaba de manera tal, que aún rascándose con ímpetu y rabia, no cesaba ese deseo de arrancarse con las uñas esa insufrible sensación. En ese trance, Juan Carlos, vecino y amigo de ella, la encontró en el autobús que la llevaba de vuelta a casa. La escuchó y la miró con sincera compasión, al percatarse que su amiga de la infancia temblaba sin control, ante la idea de dejar a sus hijos huérfanos y desvalidos.

    Esa misma noche, tocaban con insistencia a la puerta de Verónica. Apenas se divisaba por una rendija en el muro, la tenue luz de la calle. Preguntó quién llamaba, contestó una voz amable y familiar y, ella abrió. Era Juan Carlos y otro hombre, bien parecido, de sonrisa distinguida y acogedora. Su amigo de la infancia le presentó a su acompañante, le dijo con gran satisfacción que estaba conociendo al mejor curandero del mercado de Sonora, era herbolario y místico sanador de males. Según Juan Carlos, el hombre era un experto santero y que, seguramente, encontraría la cura para la extraña dolencia que le aquejaba.

    José Luis Calva Zepeda, le extendió la mano para saludarla, ella hizo lo mismo. Al momento, el curandero le señaló galantemente lo hermosos que eran sus ojos. -Sin embargo- le advirtió, -tienen “un daño”, un trabajo que alguien te ha hecho, pero no te asustes, para remediar eso he venido aquí, para traerte paz-. La mujer, sintió un alivio casi inmediato ante la presencia de ese hombre tan educado y tan seguro de las palabras que profería.

    Semanas después Verónica le confesó a su madre que hacia ya tiempo salía con ése hombre. Se presentaba todas las tardes en punto de las seis, en la esquina de la farmacia donde trabajaba como dependienta, -me lleva flores, me lleva una hoja doblada de papel, y cuando la abro, siempre lleva escrito un poema-. La sonrisa de la madre, al escuchar el ilusionado relato de su hija, pronto se desvaneció. Una semana más tarde, la chica caminaba cabizbaja, casi no hablaba, a los niños tan sólo les llamaba con monosílabos, su mirada perdida y nublada contrastaba con la fotografía de una Verónica sonriente, con la fotografía de ese portarretratos que descansa sobre un sencillo mueble que su desconsolada madre aún conserva.

    Al poniente de la colonia Xaltipac, en el suburbio de Chimalhuacán, corre lentamente un canal de aguas negras, una fétida nube cubre continuamente las calles de ese barrio olvidado. Cierta mañana, el enterrador del panteón municipal, encontró dos cajas de cartón, perfectamente apiladas una sobre otra. Pensó que se trataba de la basura que los vecinos contiguos dejan por doquier. Luego se acerco y vio cómo de una ceja de la caja superior, sobresalía un paño o vendaje teñido de sangre amoratada. Las moscas se daban un festín sobre el suelo de tierra donde goteaba esa melaza púrpura. Con la punta metálica que llevaba consigo, abrió la ceja y ya no pudo jalar más la punta, se había atorado con el contenido. Jaló de nuevo con tanta fuerza, que las moscas azuzadas volaron por doquier como un enjambre de sombras.

    Unas horas más tarde, el panteón municipal estaba lleno de curiosos vecinos, de policías mal uniformados, mal encarados, de cámaras de televisión que no cesaban de apuntar sus lentes de aumento hacia las cajas que, a menos de veinte metros abrían sus vientres al sol, exponiendo su terrible contenido.

    Cuando el médico forense llegó, los obesos policías apenas tuvieron tiempo de incorporarse de las tumbas donde descansaban; dio algunas indicaciones mientras se colocaba los guantes de látex. Otro hombre con bata, le extendía pequeños frascos con reactivos para tomar huellas dactilares y una brocha de cerdas muy suaves. En bolsas transparentes de plástico fue depositando las partes humanas de un desconocido, hasta que al sujetar entre ambos forenses el tórax de la víctima, pudieron reconocer el sexo entre una tupida costra sanguinolenta. Se trataba de una mujer de complexión media, seccionada con escoriaciones presumiblemente de un objeto dentado, posiblemente una sierra de carpintería.  Los peritos en criminalística no esperaron a enfocar sus cámaras fotográficas hacia el hallazgo. Un policía masculló unas palabras a su compañero. Parecía otro caso más, de los otro cinco conocidos asesinatos descubiertos en esa misma zona, hacía unas semanas atrás.

    Uno de esos asesinatos, se asemejaba mucho al modus operandi del “descuartizador del Bordo”, como había llamado la prensa local, al presumible responsable de esos bárbaros crímenes. En la central forense de Ciudad Neza, los investigadores habían resguardado partes desolladas de una joven adolescente que había hallado un taxista, quien circulaba en la zona aledaña a la colonia Xaltipac, justo en la avenida Bordo de Xochiaca, donde se localiza el tiradero de basura o, relleno sanitario, mas grande de la zona metropolitana de la ciudad. La joven presentaba una serie de golpes en el rostro, a decir del jefe de médicos, había sido un crimen pasional: “por experiencia, puedo decir que esa clase de contusiones se presentan en casos bien identificados de parejas sentimentales, que se ciegan de odio al atacar a sus amantes”;  pero, la chica era una adolescente de trece o catorce años, no había consistencia en las elucubraciones del médico. Al parecer era la coartada oficial, para encubrir la verdad, que un merodeador asesino rondaba esos barrios marginados y que, la policía del municipio y más aún, la policía de toda el área metropolitana era incapaz de detener.

     

    IV.

    Rápidamente el hombre cizallaba las rodajas de cebolla en la tabla de madera, era evidente su habilidad con el cuchillo de hoja ancha, con la mano derecha sujetaba la cabeza de la cebolla, mientras que con la mano izquierda lanzaba repetidas veces la navaja reluciente, dejando caer el peso completo de su brazo sobre la tabla, al tiempo que deslizaba hacia atrás los dedos con que sujetaba el aromático bulbo. Una vez que terminó con las cebollas y tomates verdes, deslizó hacia la sartén el contenido de la madera, y el aceite que ya se calentaba, lanzó pequeñas gotas calientes hacía fuera. Una mujer sentada en el sillón junto a una blanca mesa, miraba con devoción la faena del hombre, se imaginaba que el resto de sus días comería y comería hasta hartarse, con los platillos que su poeta le prepararía. No parpadeaba el hombre, su mirada brillante se asemejaba a ésas gotas de aceite hirviente que expulsaba la sartén al contacto con el tomate. Sus labios no saboreaban, no gozaban el aroma cálido que llegaba a sus fosas nasales; en cambio sí sonreía, era la suya una sonrisa larga, pronunciada, perfectamente coordinada con la imagen reflejada del aceite que crujía en sus ojos. Repentinamente algo recordó, el hombre soltó la sartén en la negra parrilla y dejó saltear el contenido mientras buscaba en la alacena que se encontraba a su lado un condimento desconocido para su acompañante. Hurgó con la aprensión de no encontrar el frasco que por un momento casi pasaba por alto. La mujer cariñosamente le pregunta qué es exactamente lo que busca, qué forma o color debería tener. El responde con una voz que no parece salir de sus labios sino de su nariz. Sus fosas nasales insuflaban con rapidez y su frente de pronto arrugada se vio poblada de gotas frías, de sudor: “putísima madre, no la hallo, no la hallo, chingado frasco aquí lo deje hace una semana”. La mujer se consternó al escuchar semejantes palabras, no es que no las conozca, no, no es que nunca las haya pronunciado ella misma, lo que ocurre es que su pichón, su poeta, su amado paladín las pronuncie en un instante que tan románticamente estaban pasando.

    En ese momento hincado sobre la alacena, había ya vaciado casi todo el mueble, en el piso se mezclaban frascos de vidrio con cintas de tela adhesiva con los nombres de sus contenidos. Uno de estos frascos rodó inesperadamente a los pies de la mujer. Solícita lo levantó del piso y lo acercó a la mesa que bordeaba la pared del departamento de José Luis Calva Zepeda. Con extrañeza miró como la frente de su amado se bañaba con perlas de sudor, pronto tomó una servilleta de papel y se colocó en cuclillas para limpiarlo. El hombre esquivó la mano de ella –como eres pendeja –gimió- quítame esta madre de la frente. Ella retrocedió al instante y se levantó con sorpresa y miedo. El se incorporó y miró que la sartén expelía humo y un picantísimo olor a quemado. Giró la perilla del quemador y sentándose en el borde de la mesa, echó inesperadamente a llorar. Al principio emitió un bajo sollozo que progresivamente se fue convirtiendo en un dolido quejido de lágrimas –todo lo eché a perder, con una chingada, todo, solo quería hacerlo perfecto, prepararte una sorpresa linda, digna de ti –dijo para la mujer quien no salía del azoro, de la indignación de la reacción previa de su amado, indecisa no sabía si consolarlo o darse la vuelta y azotar la puerta al salir y volver a casa.

    El hombre tosió ligeramente y secándose el llanto se dirigió a las ventanas para correr las cortinas y los cristales, el humo se disipó lentamente hacia la calle. De reojo miró que la mujer había tomado su bolso y una chamarra negra imitación de piel y, disponiéndose a salir del departamento. José Luis dio dos grandes zancadas para alcanzarla y sujetarla firmemente del brazo, luego la bordeó por la cintura y la estrechó contra su pecho. Se miraron fijamente, luego de un silencio repetidamente le suplicó perdón por su anterior actitud; ella reconsideró, pensó que tenía frente a sí a un gran hombre, sensible y perfeccionista y que eso era todo. La mujer abrió de nueva cuenta su bolso y sacó un pañuelo absorbente, limpió el rostro humedecido del poeta y amorosamente lo besó una y otra vez. La sangre de José Luis galopaba en su interior sin freno, sentía el calor que le invadía de nuevo el cuerpo entero, luego, acercó su boca contra la de ella, la besó con el maxilar completamente abierto, los labios de la mujer quedaron dentro de la boca del hombre, podía sentir una lengua sellándole los labios y unos dientes apretándole el rostro. Las manos de José Luis comenzaron a acariciarle iracundamente los brazos, la espalda, la nuca, el cuello, ésos dedos parecían agujas calientes que exploraban su cuello; él sintió la palpitación de la sangre que recorría por la vena yugular de la mujer, sintió el flujo candente y vital que le excitaba; sin desprender sus labios, sus manos comenzaron a apretar y apretar con rigidez el cuello de la mujer. Entonces, el poeta, mordió sin respirar siquiera, mordió con una ira inexplicable que le inyectaba las venas del rostro enrojecido. La mujer no comprendía lo que ocurría, ante la falta de aire intentó desprenderse las manos del hombre, desprenderse de esa boca que la asfixiaba y la hería con esos dientes duros que se hincaban salvajemente en su rostro. Los pulmones de la mujer estaban a punto de estallar ante el esfuerzo de exhalar una bocanada de aire que no llegaba. Frías lágrimas corrieron por su rostro. Luego perdió el conocimiento, el hombre sintió como el cuerpo de ella se tornaba flácido, tibio, inerme, luego un ligero espasmo, hasta que finalmente cedió. Su corazón dejó de latir, sus ojos desorbitados miraban hacia fuera; el hombre lloraba.

    V.

    Tendido sobre el escenario, un fardo de paja forrado de papel brillante de color rojo, era la única escenografía que había solicitado José Luis, quien daba estrictas indicaciones al tramoyista. Juan Carlos obedecía sin contradicción, acercaba un alto banco de madera y afinaba frente al fardo un micrófono reluciente. Las luces, las luces cabrón –le impelía el hombre que vestía una negra capa de tela raída. El tramoyista subía y bajaba de la escalera para darle gusto a su maestro. Frente al escenario se dibujaban ordenadas las filas de mesas y sillas que habrían de ocupar los asistentes.

    Dubitativo, el dueño del café Deja-Vu iba de un extremo a otro, entre los pasillos de las mesas, reflejando un nerviosismo que contrastaba con la lúdica placidez del hombre de la capa. Finalmente se decidió y se acercó a intercambiar unas palabras. Inquirió al actor sobre las condiciones del cover: “Quedamos de no cobrar nada güey, cincuenta város es mucha lana para los clientes asiduos y, quién sabe si llegue gente, la situación está muy pinche como para pagar eso…”. El actor y dramaturgo ni siquiera permitió que terminara la censura, le dio una palmada diciendo:”No hay tos mi hermano, la gente es agradecida y sabe que el arte cuesta, al menos, cobrarás las entradas de mi madre y mi hermana que sí vendrán”. Dicho esto, se dio la vuelta y continuó dando instrucciones al tramoyista. Al tiempo Juan Carlos daba pequeños golpes al micrófono para probar el volumen del sonido, insatisfecho con sus resultados volvió hacia José Luis. La mirada de su maestro, era la mirada severa y condescendiente de un padre, que le decía con ternura “no seas pendejo, y abre los graves, ajusta el ecualizador automático, sin eco”. Agachando la mirada Juan Carlos, cesó su frustrado intento, al fondo el dueño del café le gritaba que ya venía el muchacho que se encargaba del sonido. Juan Carlos se retrajo y volvió una vez más la mirada hacia su maestro, esta vez los ojos del poeta se perdieron en la oscuridad del escenario, sus labios mascullaban un ensayo del papel que interpretaría, un personaje más bien flojo, poco trabajado, un monólogo que parecía una memoria panegírica sin contenido espiritual. Sus gesticulaciones y sus movimientos discordaban del texto, aún con ello, el actor se saboreaba cada vez que terminaba una frase, como si fuera una interpretación excelsa.

    En un momento, el actor dejó sus ensayos finales y con los ojos desorbitados, se dirigió severamente al tramoyista, había olvidado un elemento importantísimo tras bambalinas, la razón central y vital del éxito de esa tarde: “cabrón, cabrón” –decía lamentándose al punto de derramar un profuso llanto-, “se te olvidó poner la canasta de frutas y la botella de aguardiente al Santo, así como lo solicitó el Santo”. Aterrorizado, Juan Carlos apenas pudo balbucear monosílabos para justificarse. El santo niño de Atocha, era el santo patrón dominante del culto de los dos hombres, así como José Luis había sido iniciado en el rito de los ciento un caminos de la santería orisha, él había sido apadrinado por el poeta y le debía los favores del santo que también lo había elegido. De esta manera, ambos hombres sostenían una unión tan sólo indisoluble por la muerte.
    VI.

    Frente a la sucursal del BBV de la avenida Sullivan esperaba de nueva cuenta a la sexoservidora rubia. Debajo del puente que cruza el Circuito Interior, un chico vendía el diario vespertino, los titulares hablaban del caníbal: “muerto por su propia mano”, aseguraban las autoridades del penal donde había sido detenido, mientras su caso se investigaría para su proceso y enjuiciamiento.

    Inesperadamente unas manos rodearon mis ojos, suavemente, la esencia de un perfume rancio se posesionó del aire que respiraba. “Adivina, adivinador”, decía mientras reía la rubia, detrás de mi. “Se mató, ¿supiste?” me dijo sin quitar las manos de mi rostro. “Dicen que se ahorcó él mismo con las agujetas de sus zapatos” continuó informándome del suceso. “Bien merecido lo tiene el cabrón ése, ¿no crees?”. Si me sueltas, podría responderte –dije girando mi cuello para librarme de sus perfumadas manos-.

    Una, dos, tres veces sonó el timbre del teléfono de la oficina del subteniente de la policía. En torno a una mesa, otros dos hombres, oficiales también, sostenían cinco cartas cada uno, en el centro de la mesa un cenicero desbordaba los filtros de las boquillas de innumerables cigarrillos ya calcinados. Uno de los hombres alcanzó a halar el auricular: ¿quien?, una voz se escuchó temblorosa por la bocina. “Habla el Jota-ce, ¿está mi comandante?”, el oficial cubrió la bocina con la palma de su mano y dirigiéndose al jefe le dijo:”es su chivato mi sub, que le tiene un caso”. Es mi putita, ese pinche madrina –replicó el jefe-. “¿Qué chingados quieres, cabrón?, y más vale que ahora si sea buena, porque ya te traigo entre ojos pinche puto de mierda”. No, mi sub, no se enoje, es sobre lo de las muchachas que encontraron en El Bordo, otro taxista vi a un compa de su ruta y dice que el sospechoso vive por el rumbo de Mosqueta…”

    Conteniendo la respiración hasta colgar el teléfono, sin dejar terminar el reporte de su soplón o “madrina”, el jefe finalmente soltó la respiración. De inmediato bajó los pies de la mesa y abotonó su camisa, mientras se colgaba la corbata, decía para sus adentros: “esta es la buena, concuerda con el dato de los vecinos, ahora si hijos de la chingada, se acabó el Sub, porque yo sé, que me dicen sub, sub desarrollado, como si ellos fueran tan altos, hijos de su pinche madre, a ver qué dicen ahora, que gane la promoción, mendigos envidiosos”. Acto seguido, el jefe dio instrucciones a sus subalternos. Quiero un nueve en Mosqueta y Eje Uno Norte, posible cincuenta, nadie se mueve hasta que yo llegue.

    Finalmente, la rubia cedió y bajó sus manos. Te llamé porque quería enseñarte una foto de La Jarocha –decía mientras miraba su extrañamente blanca dentadura- aquí la traigo galán. Que gentileza, ¿puedo verla? –respondí. Ah, nooo, te la vendo, ya ves que nada es gratis en este mundo, mira, los del Alarma me ofrecieron quinientos, pero por ser para ti te la dejo en trescientos varitos. Contrariado le repliqué: “es mucho dinero por una foto, además, somos amigos, ¿o no?”. Divertida, echó reír estruendosa, mientras reconsideraba: “no aguantas nada, nada más te estoy checando”. Enseguida extrajo de un sobre una tarjeta de papel fotográfico, la tomó devotamente, como si fuera una imagen religiosa, y la levantó a la altura de mi rostro. En la imagen, una pareja de mujeres jóvenes en lencería, se abrazaban voluptuosamente, una de ellas era la rubia, sin peluca, con el pelo muy corto. La otra, La Jarocha, era una mujer blanca con pelo teñido de rojo, con una mirada alegre y pícara. Al fondo en el templete, detrás de una cortina, a contraluz se alcanzaba a apreciar una sombra, la silueta de una persona de pie, y el haz neón que descansaba sobre el cuerpo de las mujeres. ¿Y dónde les tomaron esta foto? –pregunté, sin dejar de escudriñar el papel. “En una fiesta de suinguers, nos contrataron para dar un show, lesbian, y lo hicimos muy bien, hasta luces y sonido usaron, fíjate, atrás de la cortina había un monigote que leía no sé qué madres de réquiem”.

    Dicho esto, la rubia introdujo de nuevo el papel en el sobre, volvió a mirarme: “¿de veras crees que se suicidó?”, moví la cabeza negativamente. Ella dejó salir libre un sonoro suspiro, se colgó el bolso al brazo y echó a andar poco a poco, volviendo la vista me dijo: ¿no te interesa un trabajo de chulo?, en vez de pagarte, creo que terminarías pagándome a mí –propuso, riéndose divertida. Unos pasos más adelante, cerca de una caseta telefónica, un automóvil de lujo aparcó al lado de ella, la ventanilla posterior bajó y la figura de un hombre se inclinó hacia fuera, ella murmuró unas palabras y, entonces, levantando los pies como una bailarina de ballet hizo un graciosos giro, dejando apreciar sus bien formadas piernas, luego la portezuela del auto se abrió, ella volvió a mirarme a lo lejos y guiñándome el ojo, agitó suavemente la mano, diciéndome adiós.

    21 septiembre, 2015 • Poesía, literatura y arte, Revistas • Vistas: 0

  • Sancho Panza. Aproximación al personaje.

    La posteridad, y la decisión última del autor, han hecho que conozcamos el Quijote con el nombre exclusivo del caballero andante; pero no es menos verdad que la figura de Sancho Panza, negada en el título, es compañía imprescindible del Caballero de la Triste Figura en cualquier tipo de representación gráfica o escultórica que se precie. Nunca, al referirse a la inmortal obra cervantina, aparecerá don Quijote solo; y podría decirse más, no entenderíamos la figura del ingenioso hidalgo sin la compañía del gracioso escudero.

    El personaje de Sancho se incorporará a la novela en el capítulo VII de la primera parte, pero ya en el capítulo IV don Quijote habrá puesto en él sus mientes nada más comenzar la novela. La del alba sería, y saliendo de la venta contento, gallardo y alborozado por verse y creerse armado caballero por el ventero en la larga noche de su primera salida, cuando cae en el pensamiento de los consejos que el susodicho ventero le diera en orden a viajar abastecido de las cosas necesarias, como dineros y camisas, y determinó volver a su casa y acomodarse de todo, y de un escudero, haciendo cuenta de recibir a un labrador vecino suyo, que era pobre y con hijos, pero muy a propósito para el oficio escuderil de la caballería.

    Si la imagen de don Quijote se acomoda a la del loco ingenioso, la apariencia de Sancho responde al prototipo del hombre campesino sin formación ni otra pretensión que la de subsistir en medio de la pobreza ancestral en la que se encontraban los labriegos de la España del siglo XVII. Cervantes puso la misma atención en la apariencia física del escudero que en la del caballero de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, alto de cuerpo, estirado y avellanado de miembros, entrecano, nariz aguileña y algo corva y los bigotes grandes, negros y caidos. Recordemos que en el Quijote nada es arbitrario y, efectivamente, es más que probable que Cervantes conociera y siguiera las pautas marcadas por Huarte de San Juan en su obra Examen de ingenios (1575) para describir al hombre de temperamento rico en inteligencia y en imaginación, de carácter colérico y melancólico y propenso a manías, como cabalmente cuadra a la catadura de don Quijote . Del mismo modo, el aspecto de Sancho Panza, robusto, rollizo, de corta estatura y de temperamento sanguíneo, tranquilo, observador y socarrón, se corresponde exactamente con el tipo de personaje que Cervantes quería desarrollar, el rústico que le diera la réplica a don Quijote en los abundantes diálogos que aprovechará para contraponer las veleidades caballerescas de don Quijote con la realidad abrupta que representa Sancho. Dos visiones –como subraya Martín de Riquer- sobre el mismo mundo que pisan ambos personajes, llenas de contrastes: locura y sensatez, cultura y rusticidad, ingenuidad y picardía, que toman asiento en dos figuras también contrapuestas: el recio y enjuto caballero y el escudero gordo y chaparro; el uno a lomos de un escuálido rocín, y el otro subido a su borrico.

    Los primeros rasgos de la personalidad de Sancho Panza los encontramos dibujados con nitidez en el encuentro de ambos (I-VII), en el cual don Quijote le propone el oficio de escudero, cosa que medianamente entiende Sancho en qué consiste, siendo como es, tal y como textualmente se dice,  un labrador, hombre de bien –si es que este título se puede decir del que es pobre-, pero de muy poca sal en la mollera. El caso es que, con promesas tan peregrinas como la de poder llegar a ser gobernador de una ínsula, arcaísmo que ya no se usaba en el siglo XVII y del que Sancho desconocía su significado, pero comprendiendo perfectamente el privilegio y la ventaja de de lo que significaba ser gobernador, Sancho le da a entender a don Quijote que acepta el trato y, pese a no gustarle a éste la idea de acompañarse de un asno, le pone en aviso del día y la hora de la partida, encareciéndole que no olvidara llevar alforjas, cosa que no olvidará Sancho, además de la bota de vino que agrega por cuenta propia. De este modo, puestos en camino y yendo Sancho sobre su jumento como un patriarca, con sus alforjas y su bota, lo primero que éste le recuerda a don Quijote es su promesa de una ínsula, asegurándole que por más grande que ésta fuera, él sabría gobernarla.

    El optimismo desbordante de don Quijote contrasta con la suspicacia de Sancho; así, ante las dudas que le asaltan de que su mujer Teresa Panza pudiera llegar a ser reina, rebaja las expectativas a llegar a ser, como mucho, condesa, mientras que don Quijote le dice que lo que haya de ser lo encomiende a Dios, pero –agrega- no apoques tu ánimo tanto, que te vengas a contentar con menos de ser adelantado.

    A lo largo de la novela, los personaje de don Quijote y de Sancho irán evolucionando, tanto en su actitud, como en la interpretación que en cada momento hacen de la realidad, observándose una quijotización paulatina de Sancho Panza que corre pareja con una visión de la realidad menos deformada por parte de don Quijote. Durante toda la primera parte de la novela el caballero enfrentará la realidad desde la locura, conformándola al mundo de los libros de caballería. Don Quijote expresa, entiendo, el desconcierto de una sociedad renacentista inmersa en una profunda crisis de valores; de este modo, los anhelos de reforma, progreso y bienestar, son puestos en práctica apelando a la acción y el compromiso como forma de ejercer la búsqueda de los cambios necesarios para encontrar las nuevas claves que explicaran el mundo que pugnaba por abandonar definitivamente el medievo. Sancho Panza,  en medio de este cambio, aun no entendiendo las razones últimas de su amo, sí cree que puede resultarle de alguna utilidad confiando, en último caso, en que la acción liberadora ejercida por don Quijote daría sus frutos. Sancho confía  en el valor de la cultura, de la que él carece pero que reconoce en el hidalgo y convecino al que sirve, y seguirá en la compañía del caballero andante aunque vea que los molinos de viento son lo que son y no lo que pretende que sean don Quijote, de quien apostilla que este hecho no lo podía ignorar sino quien llevase otros tales en la cabeza. Pero la quijotización de Sancho ha comenzado ya y avanzará de forma imparable hasta conseguir la ínsula prometida que, como expresión simbólica de los cambios necesarios para una nueva sociedad, se consagrará en el cambio personal, la culturización y el compromiso intelectual que alcanzará con los ideales de don Quijote. No es solamente la reivindicación del derecho a ejercer las funciones de gobierno de un plebeyo, como representa en la práctica el gobierno de Barataria, sino que, por encima de las burlas de los condes y el acierto de las acciones de gobierno ejercidas por Sancho, él se sabe, finalmente, en posesión de las herramientas que le proporcionaron la cultura y el aprendizaje bajo la influencia de don Quijote. Estas herramientas le darán la ocasión de saberse dueño de sí mismo y saberse instrumento del cambio social en una toma de conciencia progresiva, lo que significará el triunfo de don Quijote, justo cuando él mismo se abandonará al dominio de la razón y la lucidez en la interpretación prosaica de la realidad, ya postrado en el lecho de muerte.

    La evolución del personaje de Sancho se hace patente  de forma notable y claramente  perceptible en su lenguaje, como podemos comprobar ante la inminente tercera salida de don Quijote (II-V). La expresión renovadora y transformadora de la palabra, elemento cultural de primer orden, es cada vez más evidente en nuestro personaje, que elabora discursos y razonamientos al estilo de los usados por su amo, lo que suscita sorpresa, asombro y confusión en su mujer Teresa Panza, la cual afirma no entenderle cuando habla de tan rodeada manera  desde que se hizo miembro de la caballería andante. Pero Sancho le replicará con razones que el mismo don Quijote hubiera suscrito, permitiéndose, incluso, corregir a su mujer tal y como él mismo es corregido por don Quijote; de este modo, cuando Teresa Panza cede a las pretensiones de su marido sobre el futuro de sus hijos y le dice: Y si estáis revuelto en hacer lo que decís, Sancho Panza, con reposada autoridad le replica: resuelto has de decir y no revuelto.

    La escisión producida entre Sancho y su mujer alcanza en ésta a reivindicar el apellido de soltera, pues parecía costumbre tomar el del marido una vez casada la mujer. Así, ante el paisaje de cambios pintado para la familia, Teresa  rechaza los mismos de manera contundente con palabras del siguiente talante: Siempre, hermano, fui amiga de la igualdad, y no puedo ver entonos sin fundamentos. Teresa me pusieron en el bautismo, nombre mondo y escueto, sin añadiduras ni cortapisas, ni arrequives de “dones” ni “donas”; Cascajo se llamó mi padre; y a mí, por ser vuestra mujer, me llaman Teresa Panza, que a buena razón me habían de llamar Teresa Cascajo. Lo que deja muy a las claras la desconfianza que la embargaba en mudar de estado en los términos que Sancho le propone.

    En el mismo estilo oratorio, Sancho define el objeto de su segunda salida con don Quijote, tercera para el caballero, dirigiéndose a su mujer:

    …porque no vamos de bodas, sino a rodear el mundo, y a tener dares y tomares con gigantes, con endriagos y con vestiglos, y a oír silbos, rugidos, bramidos y baladros; y aun todo esto fueran flores de cantueso si no tuviéramos que entendernos con yangüeses y con moros encantados.

    Resulta tan evidente este cambio en Sancho Panza que, incluso, se sugiere en dos ocasiones y entre paréntesis, la posibilidad de que este V capítulo de la II parte sea apócrifo. Cambio que, como se observa, se trasluce en una interiorización progresiva por parte del escudero de los planteamientos de don Quijote, actuando ante Teresa Panza con el mismo convencimiento con que él ve actuar al mismo don Quijote.

    Así como existen precedentes del Quijote en otras obras literarias, muchas de las cuales fueron totalmente desconocidas por Cervantes, también podemos encontrar un claro precendente del personaje de Sancho Panza en el libro de caballerías español el Caballero Cifar, el cual, con seguridad, Cervantes no llegó a conocer nunca; en él aparece también un escudero que acostumbra a mezclar en sus conversaciones refranes y sentencias con no pocas divertidas ocurrencias que lo hacen extremadamente gracioso. Pero si en alguna obra encontró alguna inspiración Miguel de Cervantes para sus personajes y el estilo de su novela, ésta es, sin duda alguna, la novela caballeresca catalana Tirante el Blanco, de Martorell (1460). No sólo no será salvada del fuego esta obra en la pira en la que hicieron arder las novelas de caballerías que formaban la biblioteca de don Quijote, sino que tras los elogios sobre la obra, encontraremos similitudes con la misma en el Quijote; sobre todo, el depurado humor, el uso frecuente de refranes, el recurso a los diálogos familiares y coloquiales, la aparición de una gama de personajes representativos de la sociedad de la época con sus servidumbres y grandezas y, sobre todo -como acertadamente subraya Martín de Riquer- porque trata las aventuras de un héroe de medida humana que lleva a cabo sus andanzas por tierras hispanas.

    Se percibe, no obstante, una diferencia notable en la quijotización de Sancho respecto a la actuación de don Quijote cuando estaba imbuido de su pasión caballeresca y liberadora; porque así como don Quijote conforma la realidad a su visión idealizada y la realidad es el mismo mundo idealizado que él proyecta, Sancho acomodará la realidad a la visión idealizada de la cual espera sacar algún provecho solamente para dar consistencia a las creencias de don Quijote, de tal modo que cuando afirma ver a Dulcinea en cuerpo de princesa y acompañada de hermosas doncellas no deja de estar viendo a tres campesinas manchegas; cosa bien diferente en don Quijote que cuando asegura ver gigantes, o ejércitos, o monstruos, los ve en lugar de molinos, rebaños de ovejas u odres de vino. Sancho aprende que este tipo de recursos son útiles y sirven en el mundo de don Quijote, y lo alimenta para sostener dicho mundo, del que espera grandes ventajas y del que aprende constantemente.

    Pero al igual que en el encuentro con los Duques, Barataria fue una experiencia real para Sancho, aunque significó todo un gran engaño, para don Quijote fueron reales todas y cada una de sus aventuras por él imaginadas y vividas. Detrás de cada realidad, la de Sancho y la de don Quijote, existe la poderosa motivación del deseo. El asunto adquiere mayor importancia cuando Sancho interioriza esa capacidad y descubre su ínsula Barararia personal, momento en el que el escudero se sabrá dueño de su destino y capaz de transformar la realidad.

    Es en esta parte de la obra donde la quijotización de Sancho parece irreversible y llega a creer a pies juntillas cada una de las experiencias vividas en el ambiente cortesano recreado por los nobles. Don Quijote, que ya había empezado a ver ventas y no castillos, no tiene que imaginar nada en el contexto en que se halla, pues se corresponde puntualmente con la versión literaria que tenía del mismo. Es Sancho el que se toma toda la puesta en escena por verídica y actúa en consecuencia, ocasión que le dará para hacer una gran demostración de su sentido común y buen arte para el gobierno, conviertiendo Cervantes el episodio en una crítica de la ambición y reflexionar –en palabras de Martín de Riquer- sobre la amarga conclusión de que un gobierno perfecto y justo no pasa de ser una utopía.

    A partir de este momento y tras la laboriosa y meticulosa elaboración de la novela, la evolución de Sancho será imparable y será el personaje el que guiará en la escritura la mano de Cervantes hasta su final, cuando al pie del lecho de muerte del caballero andante, éste le pide perdón por haberlo entregado a lo descabellado de su aventura y ponerle en la ocasión de parecer también loco. Entonces, Sancho, le replicará pidiéndole que no se muera, porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir, sin más ni más, sin nadie que le mate. Ante la solicitud de Sancho de volver al campo, esta vez para hacerse pastores y encontrar desencantada a Dulcinea, se impondrá el alter ego de don Quijote:
    -Señores –dijo don Quijote- vámonos poco a poco, pues ya en nidos de antaño no hay pájaros hogaño. Yo estuve loco, y ya estoy cuerdo: fui don Quijote de la Mancha y soy ahora, como he dicho, Alonso Quijano el Bueno.

    La curación casi repentina de la locura de don Quijote poco antes de morir parece plausible y se explican algunos de estos casos en la psiquiatría actual, de tal modo que Cervantes probablemente consultaría a alguna autoridad en la medicina de la época, y por otro lado nos demuestra, una vez más, ser un gran conocedor del alma humana y de las enfermedades mentales.

    Pero, a partir de este momento, Sancho Panza sabe que su vida está enteramente en sus manos y que él mismo puede y debe ser dueño de su destino, sin poder evitar ya a estas alturas que el recobrado Alonso Quijano el Bueno concluya con su testamento, y muera.

    Julio González Alonso.

    21 septiembre, 2015 • Poesía, literatura y arte, Revistas • Vistas: 0

  • Ursula Wölfel

    URSULA WÖLFEL
    1922 (RFA). Maestra.
    Sus obras de marcado contenido social han sido traducidas a más de quince idiomas;
    Premiadas una por una y en su conjunto.

    “Si sabes meditar, observar y conocer
    Sin ser escéptico;
    Si sueñas, y los sueños no te hacen esclavo;
    Si piensas, sin ser sólo pensador…
    Entonces,
    serás hombre, hijo mío.”

    Rudyard Kipling
    En un posible muy certero puedo afirmar que el libro sobre el que pergeño estas letras, cayó en mis manos hace veinte años, manchado de hollín y ceniza resoplada.
    Tras un incendio en la biblioteca del colegio donde trabajaba  mi madre, fueron llegando a casa libros ennegrecidos, entre ellos un título: Campos verdes, campos grises.

    En la introducción ya se advierte con letras grandes y espaciadas, que las historias que  nos van a ser contadas son ciertas, y por eso resultan incómodas.
    En la lectura nos sumerge, la autora, no en un preparado fantástico de esos que gustan a nuestros niños (y a nosotros no es más fácil que entretengan su mente sin porqués más allá de esos concentrados de varitas mágicas), sino en una realidad a secas, parca, sin muchas explicaciones, sin edulcorantes…
    Por ser verdaderas, estas historias no suelen tener un final feliz.
    Al leerlas, se nos plantean muchos interrogantes que cada uno resuelve a su modo, con su edad, con su mundo de suelo firme.

    Ursula Wölfel escribe sin moralejas, sin didactismo y sobre todo sin aburrir; a pesar de hablar de cosas como la marginación,  la guerra,  la opresión, hambrientos, alcohólicos… el secreto seguramente estribe en mostrar de cada personaje su esbozo psicológico, que hace que llegue al pensamiento y se convierta en un significado a través de la emoción.

    Cuando hablamos de literatura infantil, olvidamos que la infancia no debe estar higienizada del mundo real, de ese mundo que eriza la piel y lacera el alma.
    Desproteger a nuestros niños, a nuestros muchachos, no significa traicionarlos;
    tampoco me debo a la idea de crearles una cuna utilitarista aséptica.

    Leyendo Campos verdes la razón se invierte, porque estos se señorean sobre los Campos grises y, en el mundo de color crematístico suele ser bien al contrario;
    Luego se nos representa “Un país semejante”, donde no se puede decir lo que se piensa, ni se puede saber todo aquello que uno sabe.
    Qué tremendo silogismo para un niño, qué fuerza vital para su desarrollo.

    No podría decir la impresión que tuve la primera vez que me paseé por estos campos, ni qué muesca dejaron en mi conciencia; sólo decir que las primeras lecturas deben forjar una voz propia sobre el mundo circundante: que nuestros olvidados no sean nuestro futuro.

    21 septiembre, 2015 • Poesía, literatura y arte, Revistas • Vistas: 0

  • Enrique Pérez y “La extensión”: un habitar los espacios

    “palabras no destinadas, como las palomas de después,  al sacrificio de la comunicación”
    María Zambrano
    La extensión, ese lugar donde las palabras comienzan a coincidir con lo remoto, donde los espacios se encuentran para descubrirnos en otros, en uno mismo elevado a la instancia que hace posible la comunicación en lo dicho y lo callado, ahí, es donde nos lleva Enrique Pérez Arco con su último poemario que lleva ese nombre y en el que nos invita a comprender, desde la perspectiva del que observa y se siente parte de la observancia, ese discurrir de la palabra en el estrato más íntimo y revelador de la naturaleza humana…lo no visible: “he llegado al instante azul de la noche/ he abierto la puerta muy despacio/ y desnudo, entre las telas colgadas/ he cruzado mi cuerpo hasta el principio/ dispuesto a no regresar.”

    Este poeta granadino, afincado en Madrid, nos habla desde el verso metido en otra piel, un tercero necesario para completarse, esa otra piel que hace del poeta un legado de sí mismo y que es capaz de extenderse, a pesar del tiempo y los lugares, que nos llevan, en muchas ocasiones a una extraña incomunicación en la poesía, con todo el contexto que envuelve ese problema metafísico del exilio de la palabra poética del que ya se percataran hace años poetas como Rilke y Eliot  y que después retomara Paul Celan, al que Enrique Pérez vuelve en sus lecturas, dada la implicación de su obra con los fundamentos de la obra de éste, donde expresa el sentimiento existencial de lo absurdo de la vida moderna y la imposibilidad de comunicación:

    “La búsqueda del ser que poética y filosóficamente ha estado muy ligada al tema del tiempo y su fugacidad, hoy en día considero que tiene más que ver con el tema del espacio, la búsqueda de otro espacio más respirable en todos los sentidos, en el que sea posible y necesario convocarnos unos a otros, quizá a costa de percibir con más claridad nuestra desnudez y nuestro desamparo, y entonces desde ahí poder sentirnos más iguales, más cercanos. La poesía, que contiene  algo de ese espíritu de convocatoria, pues se completa a sí misma en la recepción del lector, nos permite un conocimiento y un acercamiento distinto a nuestra realidad, un conocimiento más sensible que se abre hacia un espacio interior, hoy cuando parece que nuestra manera de vivir hace demasiado hincapié en los objetos y en su posesión.”

    Años pasaron antes de que este poeta se topara con el taller de escritura de Andrés Mencía y junto al colectivo Patrañas decidiera volver a esa sencillez infinita  de la que se hace eco en sus poemas y que le ha llevado a ” La extensión”, publicado por la Editorial Patrañas en la colección  Poetas Cronopio, 2006, en la cual, también encontramos títulos tan sugerentes como : ” Galápagos de California” de Emma de Coro, “La cinta de Moebius” de Jesús Malia y “Cuando una espátula enseña los gavilanes” de Alfredo Poyo, una colección de poesía que apuesta por autores nuevos y que ofrece la posibilidad de expresión a formas novedosas que van aflorando en las periferias de los círculos oficiales de difusión, toda una empresa que ya ha obtenido muy buenos resultados, desde su comienzo con la publicación del libro “De vuelta en Palestina”, de Luis Roldán y que ahora se lanza nuevamente, este mes de Febrero con la novela” La multitud silenciosa” de  Francisco Ruiz Carrasco.
    El devenir de la escritura de Enrique Pérez le ha inclinado largo tiempo hacia la prosa poética y la versificación fuera de todo canon, tan sólo la palabra apoyada en la escritura libre y nunca encasillada más que en un ritmo interno que el poema se adjudica en su origen, en el desarrollo del acto creativo:

    “Voy por donde me lleva la intuición, el sentido me pide a veces cierta división, con vistas a facilitar la lectura, y sobre todo es la “oralidad” y el ritmo del poema, que debe seguir creo yo una especie de ritmo interior. Celan, al que llegué a través de Valente hace tiempo, pero al que vuelvo ahora con más interés,  hablaba del poema como oración, aunque creo que no en el sentido que yo quiero darle, de ritmo interior.”

    A pesar de los años que separan a este poeta de su entorno natal en Andalucía, de los montes que rodean una juventud rural, en Íllora, a pocos kilómetros de donde naciera Federico García Lorca, su palabra nunca ha dejado de incidir en ese medio, en la condición de este entorno sureño y arraigado a las costumbres y a las personas que han marcado una forma de ser y habitar el mundo: “ El hijo se los llevo colgando como pájaros/ cazados, mientras su dedo más frío se dormía/ sobre una memoria rebosante de cereal.”

    La memoria es el elemento unificador que va dando cuerpo a una obra que nos habla desde cada sensación, desde esos espacios que se van quebrando al tiempo que producen el milagro de la reconstrucción en el lector, en su nueva forma de respirar. Estos destellos podrían recordarnos a la música de Webern y su quebradizo ritmo, esos espacios respirables de intimidad donde la palabra casi llega a destruir su significado para componer y componerse: “Crece el esparto y hay hombres/ que tejen cestos al atardecer./Y hay rincones,/ como axilas del mundo,/ donde siempre huele la retama.”

    Y es en esa memoria donde el poeta se deja ver con mayor desnudez, donde va abriendo las sensaciones al lector de una forma tan sencilla como evocadora, porque hay un motor ineludible donde el recuerdo es la forma de combustión más fuerte, donde compone, como ya dijera Claudio Rodríguez, esa “nueva alianza” con el presente del poeta, con su temblor y las diferentes geometrías del bosque que llenan la existencia en la palabra, en la vida que se puebla de noche y de frío, pero que late a cada destello de la oscuridad:

    “La posibilidad de la poesía surge para mí  de un impreciso destello exterior, muchas veces recuperado a través de la memoria, materia sensible en cualquier caso, que roza o despierta alguna fibra del interior. A partir de ahí, el poema es para mí una búsqueda. Búsqueda o desvelamiento de realidad o de otra realidad, búsqueda también de un  conocimiento distinto al  racional, búsqueda de belleza y de un extraño placer, pero  durante la escritura de este libro ha sido fundamentalmente búsqueda de otro espacio, de otra respiración.”

    La búsqueda sea, posiblemente, la que lleve a Enrique Pérez a “La extensión”, a ese terreno en el que todo puede ser la puerta y también puede ser la llave, porque los espacios habitados por el silencio hablan de lo que conocemos pero no definimos y es ahí, en el lugar extendido, donde se le pone nombre y música y una sencilla anatomía del alfabeto que construye para recorrerse sin trabas ni estridencias, tan sólo en lo esencial del aire y sus contornos, y aquí recuerdo las palabras de Valery, cuando decía que un poema nunca se termina si no que se abandona, podría ser la razón por la que los textos de Enrique Pérez dejan esa sensación de continuidad en el lector, de extendida complicidad con el sentir que nos acerca y nos congrega a los mismos pulsos. Pudieran ser sus poemas, estos delicados trazos de  abandono.

    Homero

    Recogió la dicha de las baldosas
    de la calle, mojadas por una lluvia fugaz,
    y se la llevó como un pájaro,
    como un tazón caliente
    entre las manos del invierno.

    Ni lo vieron desaparecer por la esquina,
    bajo la farola, pisando el círculo
    amarillento de la luz con sus palabras.

    Los ladridos, encerrados, pegaban su hocico
    a los cristales, porque el olor estaba fuera,
    donde el aire movía los trapos del balcón.

    La ciudad, desierta, tirada en medio de la calle,
    respiraba el frío hinchando con lentitud
    sus ropas húmedas, boca arriba,
    bajo la cúpula negra del pensamiento,
    pisada, herida por sus huellas,
    como si una bota le hubiera dejado
    palabras calientes en el cuello.

    Era aquella belleza toda una extensión de pozo
    donde nadie lo había visto hundirse.

    Cuando amaneció y dejaron salir a los perros,
    ya no pudieron encontrar el rastro.

    21 septiembre, 2015 • Poesía, literatura y arte, Revistas • Vistas: 0

  • Blade Runner

    BLADE RUNNER

    La ciencia ficción ha sido desde sus orígenes un género ligado a la serie B, que se exportó del cómic al cine allá por los años 30. Tim Burton hizo popular la figura de Ed Wood, el paradigma del director mediocre y sin un duro que se las ingeniaba de cualquier manera para crear un película infumable con ínfulas pseudo científicas. Fue, sin duda, la mejor interpretación de Johnny Depp, que consiguió enternecer al espectador con las cuitas de un realizador que, si bien tenía un talento innato para sacar el máximo partido al escaso presupuesto de que gozaban sus filmes, era del todo inconsciente de las limitaciones de su ingenio.

    Lo que pocos saben es que, en realidad, la ciencia ficción nació para el celuloide pocos años después de patentarse el cinematógrafo. El pionero en estas lides fue el gran Georges Méliès, un creador único que, cuando los Lumière aún seguían dando a su invento una función meramente documental, él ya era consciente de su increíble potencial. En el año 1901 rodó “El viaje a la Luna”, una explosión de imaginación que retomaba la línea trazada por Julio Verne. Años más tarde dirigiría joyas tales como “El Melómano” o “El Reino de las Hadas”. Ningún director (con la única excepción de Kubrick) ha cuidado tanto del resultado final de sus obras como él, que tenía la costumbre de pintar los negativos para dar una pátina de color a elementos tan llamativos como el fuego o el agua.

    En la década de los 20, Fritz Lang alcanzó una de las cumbres de la ciencia ficción con la conspicua “Metrópolis” (1926), una película cuya influencia a nivel artístico ha llegado hasta nuestros días. El ambiente opresivo de una ciudad con altos edificios y calles angostas, tan connatural al expresionismo, se tomó prestado en filmes como “Matrix” o “Dark City”. La importancia de “Metrópolis” es tal que hasta el momento tiene el mérito de ser la única película declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Está claro que en esa decisión pesó no poco su mensaje marcadamente marxista y mesiánico.

    Unos años más tarde, y antes de embarcarse a EE.UU. ante el auge del III Reich (Lang rechazó la proposición de Goebbels de convertirse en el director del Instituto de la Cinematografía del Nacionalsocialismo), el genial director austriaco, en colaboración una vez más con su esposa y guionista Thea von Harbou, dejó para la posteridad otra excelente película: “La mujer en la Luna” (1929), que es conocida, además de por su valor cinematográfico, por haber sido la fuente de inspiración para la NASA a la hora de hacer la cuenta atrás en el lanzamiento de las naves espaciales. Estas películas tan megalómanas nunca se habrían realizado sin el respaldo de la UFA Films, la mayor productora por aquel entonces a nivel mundial, y cobijo de todos los cineastas expresionistas curtidos en el Teatro de Berlín de Max Reinhardt.

    Sin olvidar “La invasión de los ladrones de cuerpos”, de Don Siegel, no fue hasta el año 1968 cuando se volvió a plantear una película de ciencia ficción con más aspiraciones que las de epatar a un público adolescente ávido de marcianos y platillos volantes. Con “2001: Una Odisea del Espacio” Kubrick reinventó el género, dotándolo de una profundidad de la que carecía. Por más que muchos se empeñen en ver en ella una película huera y grandilocuente, “2001” es la conjunción más notable que se ha producido nunca entre tres artes: el cine, la literatura (con “Así habló Zaratustra”, de Nietzsche) y la música (con la pieza homónima de Richard Strauss). Este filme es más que una elipsis memorable; es mitología del celuloide.

    Kubrick había puesto el listón muy alto en este género, pero hete aquí que llegó Ridley Scott, un director que sólo contaba en su haber con un filme (“Los Duelistas”, basado en un relato de Joseph Conrad), y en un período de tres años rodó dos obras maestras: “Alien, el octavo pasajero” (1979) y “Blade Runner” (1982). Es difícil encontrar en la biografía de algún cineasta un despegue tan fulgurante como éste, y también es difícil que a un inicio tan prometedor le suceda una trayectoria entreverada de fracasos estrepitosos (“La tormenta blanca”, “La teniente O´Neill”), películas menores (“1492: La Conquista del Paraíso”, “Hannibal”) y películas que, pese a ser buenas, no están a la alturas de sus primeras creaciones (“Thelma y Louise” y “Gladiator”).

    Ridley Scott se definió a sí mismo como un mercenario y, como tal, está al servicio del que más paga. Su talento está fuera de toda duda, pero su desmedida ansia pecuniaria ha sido un obstáculo para que su carrera fuera más sólida. Toda película es un producto, pues aspira a obtener unos beneficios, pero un director debe jerarquizar sus intereses en función de sus ambiciones, ya sean intelectuales, sociales o simplemente mercantiles. Scott se decantó por esta última senda, y con ello se echó a perder. No obstante, tiene un dominio del medio audiovisual tan acendrado que aún sigue siendo capaz de crear obras relevantes. Por si fuera poco, sus inquietudes (y su bolsillo, que nunca le abandona) también abarcan otros campos, como la publicidad, donde es un consumado maestro. Basta ver el anuncio que ideó para la marca Apple para darse cuenta de su prodigiosa imaginación. Conmemorando el año en que se cumplía la apocalíptica profecía lanzada por George Orwell, asestó un duro golpe a Microsoft convirtiéndolo en el Gran Hermano de la célebre fábula futurista “1984”.

    “Blade Runner” es una adaptación de la novela de Philip K. Dick “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?”. Este escritor se ha hecho muy famoso en los últimos tiempos, pues sus obras han servido de inspiración a películas como “Desafío Total” o la más reciente “Minority Report”. Pasa por ser uno de los autores más destacados del género de ficción, junto con Ray Bradbury y Aldous Huxley. Existe unanimidad a la hora de designar a su primera novela citada como su mejor creación. No es “Fahrenheit 451”, y tampoco contiene las reflexiones filosóficas y el halo poético de su adaptación, pero es una novela muy recomendable.

    Si antes hablaba de la influencia de “Metrópolis”, la de “Blade Runner” no es menos notable. Ridley Scott introdujo la novedad de fusionar dos géneros, la ciencia ficción y el filme noir, creando así un híbrido muy sugerente. La incorporación de la voz en off de Rick Deckard dota al personaje de una introspección psicológica que, a la postre, deviene el armazón sobre el que se asienta el filme. Pero las huellas del cine negro no se quedan aquí. El ambiente por el que se mueven los personajes, la ciudad de Los Ángeles en el año 2019, está impregnado de una neblina mefítica producida por la lluvia ácida. En los despachos predomina una oscuridad rasgada por los haces de luz que penetran a través de los intersticios de las persianas. Los ventiladores giran sus aspas con una cadencia tan perezosa como los movimientos de los personajes. La gabardina de anchas solapas es la indumentaria más repetida. Los personajes tienen rostros inexpresivos (el visaje que compone Harrison Ford no dista un ápice del de Humphrey Bogart en “El halcón maltés”).

    Analizar la estética de “Blade Runner” daría para un capítulo aparte, pero eso ya lo han hecho otros antes que yo, y considero que tiene más interés discurrir sobre el significado de sus imágenes. La clave para entender esta película está en el ojo, en ese ojo que mira al espectador en el arranque del filme y en cuyo iris se ven reflejados los destellos luminosos de las explosiones que sacuden el cielo macilento de la urbe. La importancia del ojo está subrayada por la cantidad de veces que aparece en primer plano: el ojo de los replicantes que se someten al Test de Voight-Kampff , el ojo del búho de Rachel, los ojos del fabricante Chew, los ojos del Doctor Tyrell que Roy Batty hunde en sus cuencas, los ojos de Pris que Batty cierra en señal de dolor por su muerte, etc. “Blade Runner” es un tratado sobre la visión, en la línea de la “Dioptrique” de René Descartes. El ojo procesa alrededor del 80% de la información de nuestro entorno. El ojo es señal de vida, pues cuando se bajan los párpados, o se está muerto o se está dormido (que no es sino la forma de estar muerto en vida). A los replicantes se les escapa la vida, que es lo mismo que decir que están perdiendo la vista. Roy Batty declama en su epitafio: “He visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser… Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir”. ¿Hay en la Historia del Cine una frase más profunda y que a la vez resuma con tanta claridad el sentido de la película en que se enmarca? Los ojos, que en el caso del Nexus 6 eran prestados, le sirvieron para acumular experiencias. Por medio de ellos se sintió vivo, él que era un replicante (en la novela se les conoce con el nombre de andrillos). Es de una belleza empírea que una lágrima pueda arrebatarte la memoria, porque, no lo olvidemos, el ojo está conectado al cerebro mediante el nervio óptico, y el recuerdo y la memoria son nuestra identidad. Sin recuerdos no somos nada. Un androide necesita de vivencias, aunque sean espurias, como en el caso de Rachel. ¿Quién podría vivir sin un pasado? Resulta terrorífico pensar que un día podemos despertarnos y, de pronto, echar de ver que no sabemos quiénes somos. Los replicantes coleccionaban fotografías (Deckard era un replicante, eso huelga decirlo) porque les servían para inventar historias acerca de su vida. Por otra parte, todos tenemos la necesidad de trascender nuestra propia existencia para dejar una huella indeleble en los que nos rodean; todos necesitamos que, a nuestra muerte, se nos recuerde. Ése es el origen de todas las relaciones humanas: la amistad, el amor, el odio… Los sentimientos son los medios que tenemos a nuestro alcance para lograr que las personas que nos sobrevivan guarden un recuerdo de nosotros. Al final, todos viviremos en los recuerdos de nuestros seres queridos, en su memoria o en una fotografía ajada por el paso del tiempo.

    “Blade Runner” es uno de esos extraños casos en que un reparto no muy destacado se pone de acuerdo para conseguir la interpretación de su vida. En este sentido, mención aparte merece Rutger Hauer, que nos impresionó a todos con su caracterización del prócer Roy Batty. Su porte hiperbóreo y majestuoso, con esa expresión de melancolía y crueldad, nos ha brindado secuencias inmarcesibles como cuando recita a William Blake o cuando salta el precipicio que le separa de Deckard con una nívea paloma oprimida al pecho, y cuyo vuelo en libertad simboliza la migración de su alma y la liberación del detective. No obstante, siempre se le recordará por su epitafio, por esa célebre frase que todos los amantes del cine conocen de memoria. Después de “Blade Runner” trabajó en un par de películas de una calidad aceptable: “Los señores del acero” y “Lady Halcón”. A partir de ahí, sólo ha intervenido en películas de medio pelo o productos televisivos grises y adocenados.

    Sean Young ha tenido una trayectoria paralela. En su caso, ni siquiera se puede decir que participara en ninguna película digna.

    Harrison Ford ha sido el que ha tenido una carrera más brillante, pero más por el nombre de las películas en las que ha intervenido que por sus interpretaciones. Sin lugar a dudas, Rick Deckard fue el personaje que marcó su vida profesional.

    No podía acabar esta crítica (que más aparece un ensayo) sin hablar de la música que acompaña a las imágenes. Vangelis compuso para “Blade Runner” una de las mejores bandas sonoras de la Historia del Cine. Nunca un saxofón sonó tan bien como en el Love Theme que se oye cuando Deckard está sentado frente al piano con una mirada ausente. El End Title es famoso, entre otras cosas, porque sirvió a Informe Semanal de sintonía. Vangelis y Scott volvieron a juntarse unos años más tarde en “1492: La Conquista del Paraíso”, y, una vez más, el compositor heleno creó una obra sublime.

    “Blade Runner” fue un estrepitoso fracaso en su día. Los críticos la vapulearon y el público le dio la espalda. Es el vivo ejemplo de que lo valioso sólo es aceptado años después de su estreno. Para quien esto firma, “Blade Runner” es, sin ningún género de dudas, una de las tres mejores películas jamás realizadas.

    Óscar Bartolomé Poy.

    Crítico cinematográfico, escritor y poeta.

    18 septiembre, 2015 • Poesía, literatura y arte, Revistas • Vistas: 0

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