Poemas
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  • Poema colectivo: la catedral surrealista

    Actividad propuesta por J.J. Martínez Ferreiro.

    Cada participante selecciona tres versos de un autor surrealista y los completa con un verso propio

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    30 diciembre, 2018 • Poemas, Revistas • Vistas: 0

  • Selección de poemas de otros autores de Alaire

    Selección a cargo de Hallie Hernández Alfaro

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    30 diciembre, 2018 • Poemas, Revistas • Vistas: 0

  • Selección de poemas de autores asociados en Alaire

    Selección a cargo de Hallie Hernández Alfaro

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    30 diciembre, 2018 • Poemas, Revistas • Vistas: 0

  • Selección de poemas del foro Alaire

    Selección de Rafel Calle

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    18 mayo, 2018 • Poemas, Revistas • Vistas: 0

  • Selección de poemas del foro Alaire

    Selección de Hallie Hernández Alfaro

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    17 mayo, 2018 • Poemas, Revistas • Vistas: 0

  • Selección de poemas

    Selección realizada por: Hallie Hernández Alfaro y Rafel Calle.

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    26 octubre, 2017 • Poemas, Revistas • Vistas: 0

  • Poemas

    Selección de poemas del foro Alaire, por Víctor Mallada y Armilo Brotón

    poemas

    En tus manos 

    Manuel Alonso    

     

    En tus manos,
    por culpa de la nieve,
    un pájaro se posa en una sílaba,
    que no cuenta,
    y entran y se cuelgan,
    como peces brillantes
    los amores más extraños.
    Ángeles huérfanos,
    como bestias hermosas,
    de la mano del amor.
    Cómplices de un invierno,
    muy parecido a un niño.
    Y fiel a su propio espíritu,
    el último suida.
    En tus manos diáfanas, sobreseídas,
    por dinero negro y olvido.

     

     

    La epístola de Sabina

    E.R. Aristy

     

    Según se revelaron los hechos,
    yo, Sabina, una analfabeta,
    poseía – en parte- y en completa colaboración,
    una Biblia, un par de chancletas,
    y los pantis de la vergüenza,
    por si acaso, el diablo tiente,
    y me llevan de emergencia
    a la mano de un doctor.
    ¡ Guay mi mai! Era 1965 cuando los yanqui
    probaron los dulces de Lucinda,
    con la culata de un rifle
    quebraron la vitrina,
    y se ñampiaron- por lo meno- cuatro libra
    de bolas de tamarindo.
    Sabina bien callaíta,
    me colé patio atrá,
    y encontrándono con Rosanita,
    no abrazamo a cantar.
    Las balas sonaban cerca,
    y olía a goma quemá
    !jaleluya! Dio é bueno,
    del mandil manchao
    saqué mi libro santo,
    ¡Jaleluya, Dio é bueno!
    esta ve no fue la niña,
    Sabina fijó los ojo
    en el libro de corintio,
    y leí toíta la letras,
    ¡Jaleluya, Dio é bueno!
    como to una maetra.

     

     

    Frío

    Armilo Brotón

     

    Es verdad que los ojos de viejo
    lloran un palomar helado
    alumbre
    que disuelve la córnea hasta los pies
    dolorosa búsqueda del color
    que el tiempo roba.
    En esa textura de vidrio
    escucho
    se deslizan las palabras
    son arados
    mientras el pensamiento
    abre las venas que el invierno atora
    en un ictus asesino.
    Una taberna abriga
    el viejo llora un relámpago
    que recorre mi cuerpo
    tiene ganas de vivir
    sus manos tiemblan
    su voz se entrecorta.
    ¡Como no vengas me voy!
    Mi mano en su hombro.
    ¿Dónde viejo
    dónde fueron tus aperos
    de sólida muleta enamorada?
    En la herrumbre del vino
    en la esquina de la mesa
    cuando el decanter
    posó un rumor ácido de madrugada
    cuando eran las tres
    y todo sabía a dios
    cuando dos miradas apuntaban
    al cono sur de barlovento
    observando emocionadas
    cómo queda impreso el pasado
    en el mármol líquido
    de un leve y preciso instante.

     

    El tiempo es más terco que los mitos

    Rafel Calle

     

    Conozco dos maneras de juzgarme,
    reírme de mi suerte o llorar hombre abajo.
    Atisbo las virtudes temerarias de un anticiclón
    que, si bien, como todas mis bonanzas, sé que solo está de paso,
    me seduce el carmín de la sangre cansina,
    es un pulso de paz, un preludio afectado
    de antiguallas románticas y modernos equívocos
    en los trémolos hitos del pasado.
    Parece reclamar que acaben mis desganas,
    me pide aventurarnos en la vitalidad de los sentidos;
    dice que el tacto de la vida a veces nos engaña
    por más que decidamos vivir a flor de piel,
    menciona las cosas por sentir que aún siguen intactas,
    el armazón de sueños, la luna de papel,
    la rebelión de las entrañas,
    el aroma de la luz
    de un astro diligente en la evocación del alba.
    Sí, me asegura que todo es veraz, como el vasto vigor
    que sucede en un efluvio de corazones y sábanas.
    Y, yo, sin poder remediarlo, aún temo transmitir las sensaciones de un castillo de arena en la orilla de un azar implacable, bajo un sol de justicia, cuando azuzan las olas y los miedos ancestrales que se muestran sumisos con las almenas informes, las alturas en vilo, los muros sin rigor, deteriorados, o bien, ya derruidos sobre la base que soporta el peso de la tierra, en la gravedad de saber que de tierra es el destino.

     

    Y, sí, el tiempo es más terco que los mitos.

     

     

    Noches de luna llena

    Ramón Carballal

     

    Siempre a la espera de un quizá.

    Esta noche invita la palabra a ser comedia azul,
    brillos de copas, melancolía, faros de neón
    en autos incombustibles…
    Y el camino, el paso como gimnasia rota
    con la sed de los rótulos
    parpadeando en la risa.
    No había un nombre que decir,
    tampoco un cuerpo
    o su refractaria exactitud.
    Era demasiado pronto para el olvido,
    demasiada la luz del artificio
    para que el reloj no inventara
    una historia.
    El látigo de un verbo me indica el sol ausente,
    la salida hacia el claror de la luna sólita.
    Somos tres las pieles sin sombra,
    tu miras,
    yo miro
    ella mira
    el oscuro pozo de los ventanales,
    los pájaros del parque callan
    como músculos de piedra.
    Así comenzará el sueño de una primavera virgen,
    su largo talle, sus medias negras,
    el color impertinente de sus vestidos.
    En la mágica deriva de mi juventud,
    caen los fuegos fatuos igual que luces de mar.
    Hombre de agua soy,
    náufrago o capitán de un barco errante
    ya ido.

     

    La casa del mar

    Javier Dicenzo

     

    Hay una casa en el mar lleno de fantasmas
    mientras el cielo gira en sus dolencias;
    Un fuego alto que el universo
    Quema en cada segundo de los latidos
    Aquellos que fugaron las madrugadas.
    En la casa del mar existen maldiciones
    Potencias que buscan milagros del anochecer.
    Las voces de la soledad van hacia el sur
    Las islas y los imposibles se resguardan
    en la casa hay sangre de dioses inmortales
    de fugitivos días que nunca serán.
    Irrumpen las paredes y espejos
    esas diminutas partículas de sol
    han aparecido imágenes en sus lugares.
    Dicen en las leyendas
    que los relojes tocan los inviernos,
    que esa casa anuncia el Apocalipsis,
    que las bocas nunca fueron siete,
    que nada existe en su alma de casa.
    He decidido siendo un hombre
    ir hacia esas latitudes
    donde lo misterioso ocupa cada lugar.
    A pesar de los dioses
    desisto un destino en esa mansión
    la casa del mar es tenebrosa
    por eso no buscaré mas al viento
    ni el guía que me lleve a esa soledad.
    Ignoro si alguna cruz de mediodía
    padece los fantasmas de la casa de azul.
    Recorreré unas millas hasta la lancha
    crujiré un poco para disimular mi estado
    sobre la historia predicha.
    Esa casa padece un quejido de pájaros suicidas
    es por eso que maldije mi guarida
    es por eso queescribo versos de Baudelaire;
    no puedo contra la incógnita
    de revivir cada día en ese sitio oscuro
    donde las lombrices van y acechan las hendijas.
    Tirados están los murciélagos
    tras la isla perdida en medio de la noche
    los búhos blancos van al campanario.
    Sé muy bien que hace poco el viento
    soplaba la bandera roja de la casa del mar,
    que unas miradas cruzaron el descampado
    que los gritos se escuchaban
    hacia unos espejos
    que reflejaron otro mundo de visiones
    Imposibles de rescatar en el viento.
    Aún así tengo temor
    de nombrar
    la casa del mar sin que se me hiele la sangre.
    Al tomar esta copa de vino en esta habitación
    la espera es otra cosa que no existe allá
    en la casa.
    ( Los colmillos blancos están colgados en una habitación de la casa del mar)

     

     

    Navegando

    Óscar Distéfano

     

    No es el rumbo calculado,
    no es el pilotaje que imprime a la apatía
    la emoción de avistar la lumbre
    creciendo en lontananza.
    Ni los asomos pueblan
    estas horas de duro sol
    donde el céfiro calla inerte
    al garete de nuestras ambiciones.
    Es viva la inquietud,
    es penoso el naufragio
    en la tarea inútil de medir distancias.
    Debería volver
    al punto de partida
    para ajustar los matices del sueño.
    La travesía espera de las nubes
    oráculo de buena singladura:
    vuelos de pájaros,
    el resplandor creciente y la esperanza ciega
    del puerto de jamás llegada.

     

    Ahora

    F. Enrique

     

    You will tell me you love me

    Tonight at noon

    (Adrian Henri)

     

    Tú me dirás que me amas
    esta noche al mediodía.
    Ahora, detenidos en ese murmullo del mar de nuestra vida
    que nos trae los años lejanos que no vuelven a la playa,
    sin poder descifrar la noche que tuvimos
    la primera vez que nos colmamos de besos
    sin pausa, sin cadena.
    Ahora que se nos fue aquel bandolero insolente
    que el niño de la Cuesta imitaba
    con gritos y un caballo imaginario,
    sin aquel edificio sin futuro que nos ocultaba a los ojos de los otros
    cuando se abría tu falda y mis dedos retaban
    los botones de tu blusa,
    sin aquella farola donde leíste
    la declaración de amor que se me pierde
    en la espesura de las rimas,
    sin aquel brillo extraño que descubrí en tus ojos
    y aún tiembla en cada estrella.
    Ahora que la tarde se cierra con los barcos
    que pasan por los sueños en busca de otros mares,
    que los contrabandistas cenan con políticos, banqueros,
    mientras hay abogados que limpian expedientes
    y algunos comerciantes que extienden sus alfombras
    mientras Dios cambia su rostro un poco más cada noche.
    Ahora que la avenida ya no nos reconoce y el alma se estremece
    buscando la juventud que se nos fue con un billete de ida
    sin fecha y sin retorno.
    Ahora que ansío decirte nuevamente que te amo
    como aquellos que soñaban “esta noche al mediodía”,
    decirte que te quiero otra vez en las aceras de tu calle
    como si la palabra, la nube y el deseo
    no se hubieran marchado con los vientos del sur
    sin decirnos adiós, sin hacer la maleta,
    como si el corazón de aquella adolescente con tu nombre en el pecho
    volviera a visitarme y se quedara
    y yo no estuviera en el alambre persiguiendo la luna que quisiste
    como un gato que llora trastornado,
    sin red y sin confianza.

     

    Días

    Marius Gabureanu

     

    Algunos domingos son como romances de entierro
    susurrados por el sordo ente de las campanas.
    Entonces venero la obscenidad del mismo refugio
    como un alma de caracol.
    Algunos sábados son un espasmo dilatado,
    un ocaso acuchillado por garzas.
    Es cuando me siento libre de todos los crímenes
    y mastico el musgo de lamento
    crecido sobre la mueca de la nada.
    Algunos viernes el aire se inquieta
    y vomita más sombras de lo que merezco.
    Y me destierro del pasado, me arranco los cuerpos
    de la telaraña del credo, me vuelvo ateo de mi mismo.
    Algunos jueves llueve y el universo parece que se resume a llover.
    Entonces padezco de lluvia y de lenguas de albatros naufragado.
    Algunos miércoles son el soplo ácido de las primaveras del veneno
    y uno se adhiere al trance de escalofríos,
    uno cree que la salvación es cosa de bruja.
    Algunos martes son el miedo silencioso
    sin gatos y sin calles que olvidar,
    como el galope de las amebas.
    Algunos lunes son esqueletos de domingo
    y un duelo de murciélagos
    advierte que el tiempo devora al tiempo.

     

     

    Papel

    Julio González Alonso

     

    Papel impoluto. El tiempo en los relojes
    y los calendarios sin fechas.
    La mañana es oscura habitación,
    tintero gigantesco que se tragará el día.
    Será el tiempo
    la pluma que escriba la historia en el blanco
    de la memoria; tinta amarga de escritura
    sobre el papel luminoso y la llegada de la muerte,
    alba del último día, última sonrisa,
    fecha última,
    lápida
    de la vida.

     

    Canción virgen

    Hallie Hernández Alfaro

     

    Líbame Hombre,
    afloja el nudo de mi pecho,
    alarga el blanco solsticio
    con este gemido que hace espuma del sí;
    no pares de moldear adagios
    o de hacer música para la sed.
    Líbame Incendio,
    carbonero blues que me consume;
    las horas tardan un abril o más,
    la noche empeña su ardor en los costados
    y el frío ya no tiembla
    ha corrido el verso en la panacea de tus dedos.
    Líbame Amor,
    que nadie
    ha sido antes que tú.

     

    Surf

    Luis M.

     

    Venías con una flor salada en la cara
    y aquella mochila,
    presumida y amaestrada,
    devoto apéndice y jovial
    guardaespaldas de tus andares.

    Y ese océano ineludible
    de tus ojos
    que traía al mismo sol
    bajo su mando,
    derritiendo mi ultra estudiado/insolvente
    guión diario,

    …remolino estelar que desencajaba
    y al segundo se tragaba
    de un solo bocado
    la horma de mis tan trabajadas
    seguridades de tiza
    y cristal caramelizado.

    Venías con un centro comercial
    de feromonas
    emboscando a la estruendosa
    y babeante nidada adolescente
    con la hisca de tus brillos
    y no transparencias afiladas,
    venenosas,
    subrayando a pincel
    esa rima prolífica
    que era tu cuerpo de diosa
    juvenil.

    Solíamos surfear en las orillas
    de aquel instituto,
    para envidias insanas
    de fantasmales y multiclonados
    transeúntes,
    desalados y unicolor.

    Aquella primavera, cuando tú,
    con esa playa en tus labios,
    aliviabas mis prematuras arcadas
    existenciales.
    Entonces espolvoreabas
    tu adictiva y candente seda
    sobre mis alas de zángano azul.
    Alguna vez, también, te llovías
    a mi espalda;
    entonces yo moría varias veces
    (hasta la siguiente cita)
    en un interminable invierno
    de veinticuatro horas.

    Intuíamos el frágil desequilibrio
    de aquellos días
    entre ecuaciones de pétalos impares,
    gramáticas furtivas y silenciosas,
    maremotos familiares
    y otros arrecifes inevitables
    de la edad.

    ¡Cuánto surfeábamos
    en esas tardes de lunas rosas
    que aceleraban mis arterias
    e insuflaban sus palpitantes
    atolones emergentes!.

    ¡Cuánto confluían en mi estómago
    aquellos puertos nocturnos
    y sus tormentas de mariposas carnívoras,
    desinventando los relojes
    tras los inflamables poros
    de nuestro inverosímil reino
    de cera, salumbres y miel.

    Luego volvió el frío.
    Y yo ya solo podía ver
    una aleta de tiburón
    rondando la sopa
    a la hora de la cena,
    una boca de cocodrilo
    dibujada en tus labios,
    que ya no me veían;
    y junto al viejo y seco
    acantilado de hormigón,
    y aquel último rayo de sol
    hincándose en mi pecho,
    me regresaban aquellas náuseas
    de escolar en su primer día
    de colegio.

    Y las olas se desinflaban
    al tiempo de mi risa.
    La playa me gruñía.
    Y otra vez volvía a mi esencia,
    a mi versión original
    de náufrago,
    …o de común -y eterna-
    sardina gris,
    orbitando a coletazos
    entre el tráfico ciego y hambriento
    de la desencantada
    y mate ciudad

    sin mar.

     

    Servilleta de papel

    Roberto López

    A partir de la tercera copa,
    el jardín parecía ubicarse en sus palabras,
    el eco de su voz era quien levantaba muros
    y dibujaba callejones en la noche.
    Magia condensada en pequeñas ampollas,
    el amor como trasunto literario
    discurre en ondas de complicidad
    universalmente aceptadas.
    Abrir, cerrar, trazar rayas y dibujos
    en un panel que simula la noche primordial,
    algo así como si fuéramos los artistas de Nazca,
    los demiurgos de Rapa Nui
    o los Magos de Oriente.
    En medio de los ruidos de siempre,
    los conocidos ruidos que nos erigen y nos crean
    como monstruos, carne consciente,
    en medio -digo- del taller de Penélope,
    que teje y deshace desmenuzando el tiempo de la espera,
    un sutil len de la memoria despechada
    cruza veloz la noche de mi mente acallada,
    abandonado el sebo del ayer,
    la estridente minucia de la herida que otrora ardió en mis venas,
    la delicada red que intuyó un mundo inabarcable
    en la imposible superficie de una servilleta de papel.

     

    Back to Black

    Pablo Ibáñez

     

    Tú vuelves a ella y yo vuelvo a lo negro. 
    Amy Winehouse, Back to Black

     

    Ese César que obscenamente arenga
    sus legiones en víspera de muerte
    desdeña la templanza que hace fuerte,
    la ingrávida quietud que amor devenga.
    El miedo es su razón. Tal vez obtenga
    corona de laureles, roce inerte
    de algún esclavo griego que liberte,
    mas no brillar de ojos que sostenga.

    Tú tampoco dejabas prisionero
    detrás de tu dolor de poetisa;
    tu victimismo dandy era tu acero.

    Es fácil no escuchar si hay parapeto:
    tú vuelves a tu prosa blanca y lisa
    y yo retorno al negro y al soneto.

     

    A sensación

    J.J.M. Ferreiro

    Para crealo todo de novo,
    acantoade o ollo, transgredide
    sangrando a cicatriz do un.
    O mar caeu do ceo.
    A Terra ergueuse dos infernos.
    O home,
    a traxedia e a sensación;
    o vermello da cor, a turbación da imaxe.

    Na pantalla nocturna
    está detido
    o retrinco dun lóstrego.
    Descansa gozoso en se mesmo.

    Versión en castellano:

    Para crearlo todo de nuevo,
    aislad el ojo, transgredid
    desangrando la cicatriz de lo uno.
    El mar cayó del cielo.
    La Tierra se encumbró de los infiernos.
    El hombre,
    la sensación y la tragedia;
    el rojo del color, la emoción de la imagen.

    En la esfera nocturna
    está paralizado
    el jirón de un relámpago.
    Descansa gozoso en sí mismo.

     

    Way Tuli

    Víctor Mallada

     

    Way tuli, way tuli, los niños cantaban
    mientras se mofaban de uno que estaba sin circuncidar
    él era mestizo de blanco y nativa
    wai tuli escuchaba con sorna encendida
    y sólo quería ser como los otros
    un niño normal.

    Un día de junio, con unos amigos
    se fueron al río cercano a bañarse.

    Estuvieron un rato bien largo jugando
    en el agua, saltando desde un cocotero
    y cuando ya estaba medio tiritando,
    el miembro bien recogidito,
    mascando las hojas de una guayaba
    apoyado el prepucio en un tocho cercano
    de un golpe certero de un palo
    sobre una navaja de las de afeitar
    le hicieron el corte que le confería
    ser adolescente como los demás.

    El mismo escupió las hojas masticadas
    sobre aquella herida y en aquel lugar
    se vendó temblando, mordiendo la rabia
    porque le esperaban unos cuantos días
    de andar más despacio, curarse la herida con mucho cuidado
    y poner todo el tacto del mundo para miccionar.

    Pero ya podía ser uno de tantos,
    sentirse orgulloso por haber cruzado
    la verja dificil de la adolescencia
    con la frente inhiesta
    y ya, sin prepucio, enfrentarse a la vida
    sin tener que escuchar con despecho
    las voces que un día cantaran way tuli, way tuli…
    pues era valiente curtido en dolores…
    tan sólo un muchacho…
    como los demás.

     

    Animal palabra

    Rosa Marzal

     

    Un silencio rojo
    te precede.
    Te preceden
    el aullido de perros
    que husmean un rastro de abismo
    en la opacidad de los silencios,
    y bendicen
    la infancia de tus lágrimas.

    Vistes de largo
    las torres de papel
    que me refugian
    de la jauría del tiempo.
    Aligeras
    mi equipaje de tumbas.
    Apareces,
    repentina,
    desnuda..
    profunda.
    Sola en el grito
    de ese látigo
    que viola
    la estación de las esperas.

    -Rugido
    de animal- palabra
    enaltecido por el fango de mis vísceras-

    Centellean las alas de un cometa
    sobre el escaparate del poema
    y las avispas de una muerte lenta
    hieren el candor de la luz
    cuando zumba el barro de tu aura
    en los altares raídos
    de un recuerdo.

    Solsticio de noche
    bajo ubres de llanto.
    Verbos-espada
    desarmando pretéritos;
    palomas de sangre
    sobrevolando un beso suicida
    florecido en el magma de la duda.

    Yo,
    guardiana de los guarismos de tu alma,
    mantengo encendido
    el fuego de tu hálito sagrado.

    Te retengo
    en el barbecho de mi hipocondría.

     

    La penúltima partida

    Gerardo Mont

     

    Oteando
    los yoes que me endosan los cincuenta,
    navegando las lluvias
    del paraguas,las estelas de Machado,
    encalla esta rancia humanidad
    en boga… Cosas del poeta.

    Y un bombín a lo Magritte robo a Sabina
    y discurro en sobriedades con tarjeta:
    del negocio de mi vida
    con fondos del estado;
    de la arcilla de una culpa
    pagada por mis deudos;
    de los miedos recontando en códigos actuales,
    resumiendo las distancias
    en ópticas de fibra… Es lo mismo aquí que allá,
    sin especias de Las Indias.

    Y por si acaso caen otras manzanas
    y alguna Eva se deshoja en la webcam,
    entre los hombres rezagados en mis cómics,
    deidades del flash drive invoco del bolsillo.
    ¡Qué es suficiente computar peces y panes!

    Arreboles de neón en el turbión de la avenida,
    van pactando mis mareas en los cuerpos aledaños,
    a las puertas y a ventanas ataviadas de sus fobias,
    a la afonía de las teclas,
    a esos vértigos de esquinas.

    Y hago el amor en cielos escarchados de botellas
    con mensajes que quizás nadie recoja;
    y hago del vocablo, ritos
    entre dientes, repujando en las piedras
    ojivas para email;
    ajustando estos dioses que soy
    y me vomitan .

    ¿Y quién calzará mis pies de golondrinas?
    ¿Y quién sembrará mi grano de mostaza?
    ¿Por la turbación del puente, se devuelve el agua
    a los cántaros ilesos?

    Googleo en las voces del follaje
    y en las verdades de los álamos umbríos,
    el verbo en el reverso de la historia,
    entre la savia de las fuentes primigenias
    y esta orilla, me rescribe.

    Y en el mármol agrietado
    por los ángeles del pecho,
    este hombre solo
    con la laptop, casi siente,
    casi sueña,
    casi gana su penúltima partida.

     

    Licántropo

    Ventura Morón

     

    No, no todo eso es
    lo que piensas.
    No, no todo eso
    es,

    no.

    Es,
    todo lo que de un día sorbió la luna de mis hombros,
    en aullidos, libre, tras los campos,
    en cruz políglota mis piernas desnudas,
    el beso de piedra bajo las suelas,
    el invierno que no duele,
    un fino olor a sangre
    que me llama,
    y mis dientes gritando antes del alba.
    No soy tan malo, sólo
    el mundo hundió su trémula liturgia en mi corazón de crudo barro,
    y ahora, asoman mis fauces al desequilibrio
    de no ser casi nada, tan sólo
    algo parecido a algún lobo que huye tras tu rastro,
    un humo consistente que toma forma de sombra y garras como adioses,
    un delirio de estrellas conmovidas que se balancean en mi carrera
    hacia tus pasos de seda blanca, transmisora de caminos,
    hacia el lugar donde pueda saciarme con tu recuerdo
    y devorarlo, poco a poco, mientras lloro a la vez tu pérdida,
    y sigo corriendo
    bajo un violento infinito que lanza cometas de preguntas en mi busca,
    que no entiende esta naturaleza animal que me nombra,
    y exhala enredaderas que se cuelan por mi boca,
    para hacerme caer,
    mientras aúllo, sin remedio,
    mientras me cazan
    y nublan este oasis de sentimientos que se deseca
    hasta que llega el innombrable día.
    Entonces, me desentierro, hago
    como si fuera como ellos, astuto, invisible
    recorro metódicos supermercados , aceras desnutridas, la rabia
    que se acumula en los apretados infiernos armados de sus zapatos,
    la naftalina que cuelga de la lengua
    dejando unas palabras densas que huelen
    a olvido.
    Y me digo que debo intentarlo.
    Espero a la madrugada
    mientras se transfigura mi alma en sinestesia,
    voy tomando curvas a la velocidad en que mueren los besos,
    muerdo otras huellas a mi encuentro transformándolas en metáforas de un deseo,
    y acelero con mi camada atravesando grutas de avenidas como destierros,
    dando al mundo un río agrio de evadidos
    que avivan el clamor de la noche inundándola, eufóricos,
    de irrefrenables aullidos,
    mientras mi corazón se bebe el reflejo
    de tu palpitante luna
    en el espejo manso de mi memoria.

     

    Un fado en la voz

    Pilar Morte

    Traigo la aflicción de los fados,
    el triste corazón debilitado,
    voz del pueblo en su nostalgia,
    acompañando su miseria.

    Llevo adentro de mi alma
    todo el mundo con el canto,
    un océano por agua,
    suave como llega el alba.

    Esta música brota
    para abandonar las sombras,
    anudar a las almas la esperanza,
    y amor al maltratado pueblo.

    Lloro porque me duele la vida
    de la desdicha que arrastra,
    por los sueños que no han muerto
    y que callan por las venas.

    Oh fado, voz del hombre,
    que entonas sufrimiento y pena
    canta dulce en estas horas,
    hunde en la raíz tus notas.
    Oh fado, fado mío,
    tú que habitas la tierra más profunda
    consuela del dolor y de la muerte,
    pon tu mirar sereno a esta condena.

    Oh fado, fado mío
    música del pueblo.

     

    Los hombres de Aia

    José Manuel Saiz

     

    Los hallaron en Aia- le dije. Él
    al fin descansa.

    Eran siete, según
    la crónica de entonces.
    No eran soldados.
    Tampoco eran del pueblo.
    Los enterraron juntos al amparo
    de un hayedo,
    con una piedra encima y una cruz
    hecha con palos.

    Y yo también le dije,
    sin saberlo, pues nunca
    se supo quiénes fueron,
    que el más joven (que Dios
    y ese hombre me perdonen)
    era el abuelo.

    Mamá decía siempre,
    que murió en Aia. Sí, solo eso.
    Como tantos y tantos otros, pensaba yo (y ella
    fingía no saberlo). En un hayedo
    una lápida hoy habla de Manuel y tal vez
    él nunca estuvo allí.

    Esa tumba hace tiempo
    que está vacía. Pero esto…
    ¿ya qué importa?
    Si mamá ya lo sabe, si mi abuelo
    me perdona, si un hombre extraño
    recibe una oración…
    demuestra que el amor
    solo es misericordia.

    Ahora nadie llora.
    Ahora nadie busca.… Y además
    aquellos hombres tienen
    al menos un poema
    que les nombra.

    De sastre

    Josefa Agüera Sánchez

     

    (Para todas la abuelas que eran -y son- unas artistas de la aguja)

    Empiezo por las letras, lo primero.
    No quiero que se pierda una puntada.
    Una vez la inicial esta hilvanada
    el resto van sumándose al reguero.

    ¿Una palabra? Más de lo que espero.
    Mi labor quiere ser recompensada.
    ¿Una frase? La dicha no soñada.
    Mucho hilo para tan poco acero.

    La paciencia me empuja a que persista
    en mi modesto arte de modista
    que hasta el punto final no esta completo.

    Y con esta labor, mi poesía,
    -Pobre infeliz que no lo merecía-
    podrá vestirse un traje de soneto.

     

    29 junio, 2017 • Poemas, Revistas • Vistas: 0

  • Poemas seleccionados del foro Alaire

    Selección de: E.R. Aristy y Óscar Distéfano

    El hundimiento de las pirámides

    Qué extraña distracción tomar asiento
    detrás de las pirámides altivas;
    sentir cómo comienza a removerse
    la arena que sustenta su grandeza.

    Qué síntoma, qué adiós, qué vaticinio
    previene al solitario observador,
    hundido en una silla sin respaldo,
    de la mortalidad de lo inmortal.

    No escucha más que vientos declinantes
    peinándoles la piedra milenaria.

    Qué raro sentimiento compasivo
    convierte el estupor en carcajadas.

    Podría levantarse, golpear,
    chillar como gaviota satisfecha,
    o traspasar la tierra movediza
    y ser como el ajuar que los cadáveres
    se llevan del lugar en que murieron.

    Ramón Ataz

    ~°O°~

    En mí arden pájaros

    No importa irse. Irse vale quizá como quedarse.
    Quizá mas.
    J. R. Jimenez

    DEFINICION Y SUSTANCIA
    Todo se olvida, dices.
    Y el verano, pienso, llegara, como siempre.
    Y el otoño:
    simplicidad perfecta de lo esperado.

    EXPULSADA DE LA MEMORIA

    No te escucho:
    oigo cómo crecen mis uñas,
    cómo el miedo se ha hecho dueño del barrio,
    de la ciudad.

    Cómo se acercan tus pasos.

    O se alejan.
    DE LA CALLE CÉNTRICA DE TU POESÍA

    Vuelves. Crees que todo puedes conjurarlo.
    Como antes.
    Que aún juegas a plantarle batalla a tu abecedario de soldaditos de plomo.

    Nadie está solo cuando a nadie espera, pienso.

    EN ESAS TARDES CANSINAS

    Limosneas mi tiempo. Espera, dices.

    (Sí, aún lo recuerdo: tus dedos encalaban
    la línea del horizonte de mis párpados;
    avaro, el mediodía se enrocaba en las flores del almendro.
    Pasó la lluvia. Y te amé).

    No preguntes: se extravió el futuro.

    LA LUZ INSINÚA LOS GESTOS

    Por eso siempre vuelve, dices.

    «No importa irse. Irse vale quizá como quedarse. Quizá más»
    -pienso-.

    Insinúa esa luz que no se extinguirá nunca.
    Quizá hablas de aquella que asomaba tus ojos
    al borde de los míos, y acallaba instantes
    y derrumbaba límites.
    Olvidas que cada singladura reclama sus olas,
    sus espumas.
    Creo.
    DONDE GRITO TU NOMBRE

    si redescubro espliegos
    y lagartos dormitando a la sombra de las espadañas
    -o transparencias de sol entre las buganvillas-
    y hallo tu comienzo, atempero mi pulso.
    Busco un despertar súbito, silencioso, certero como un disparo
    y asciendo desde la oscuridad a la luz
    camuflada en la mísera condena perpetua del día
    (antes de que la palabra me mate poco a poco:
    cuando le apetezca).

    Si me ha de encontrar la muerte,
    al menos
    que se tome el trabajo de buscarme entre los pájaros que arden en mí
    o en el impronunciable magma de sílabas.

    Blanca Sandino

    ~°O°~

    Lluvia

    De la lluvia amo el brillo
    que deja en la piel de las fachadas.

    A veces furia
    otras calidez,
    beso o ternura.

    La lluvia es un grito
    que se derrama entre las olas del aire,
    su corazón de ángel
    enciende los ríos de la vida,
    su raíz viste de agua
    la memoria de los impermeables,
    el descuido de los paraguas,
    el canto irreal de las alcantarillas.

    Cuando tú paseas vestida de humedad
    hay un eco gris que te sigue
    como una jauría de perros líquidos,
    callados, fieles.

    Me entretiene la redondez y el espasmo
    que la gota huida dibuja en el cristal.

    Veo a lo lejos
    los labios de la gárgola,
    su saliva incansable,
    su acuosa serenidad
    de símbolo.

    Y es en su ferocidad de ráfaga
    donde yo encuentro mi ser,
    desnudo, parado en las esquinas,
    el agua, el viento, la sal
    golpean mi rostro infantil;
    y sé que más allá de este instante de fragor
    hay una bendición que me atrae,
    me doblega,
    me abraza
    con sus tentáculos de ninfa.

    Ramón Carballal

    ~°O°~

    La vida es sueño en llamas

    Sospecho que la vida me reclama
    un poco de la anciana valentía,
    recuperar la ensoñación de llama
    porque es de hielo cada día.

    Y si pretendo vertebrar un mundo
    a la medida del disfraz que pido
    para mutar en Segismundo
    que quiere liberar al reprimido
    buscón de incendios sensoriales,
    habré de convertir la vida en sueño
    que guarde el combustible entre cristales,
    urna, dos brasas y el empeño
    de implosionar su origen de animales.

    De los sueños exploro el prender la consciencia,
    yo y mi obrero del fogón. Y olvido;
    no quiero congelarme en la nieve-cadencia
    que despierta los mantras de las noches en vilo.

    Rafel Calle

    ~°O°~

    Vivir

    Vivir. Seguir morando en la partida
    como el humo en la boca de la hoguera;
    al borde, como el humo, en la ladera
    de la llama que alienta oscurecida.

    Redimir en el fuego cada herida
    abierta al declinar la primavera.
    Ese fuego escondido, brasa austera
    que habitó en el rubor, de amanecida.

    Y límite del mar donde concluye
    -en sueño del azul, su voz de adviento-
    la espuma que, naciente, se diluye,

    dejar al polvo el último fragmento
    de la carne que aún nos constituye
    y erguirse libre,
    interminable,
    al viento.

    Felipe Fuentes

    ~°O°~

    Soy

    Soy el hambre que madruga su sentencia,
    en el olvido y en el antes del sol.

    Soy el verso, la lágrima, la senda.

    Aparezco repetido
    en mascaras
    en juegos de rayuela.

    Amanezco, pero no soy el cimiento.

    Cruzo la puerta y el laberinto,
    Siento la herida, el sino.

    Estoy despierto en la sala de mis condenaciones,
    Por ello huyo de las lágrimas y sus encrucijadas.

    Pero mi jardín se va secando,
    luego abro la puerta y soy
    esto que lees sobre esta hoja.

    Javier Dicenzo

    ~°O°~

    A roza abierta

    Es una paradoja sin sentido
    este cavar el tiempo, a roza abierta,
    minas de soledad entre los ojos
    y, a cambio, no dejar en la senda

    huellas de su pisada taciturna.
    Me asalta en lo profundo de la noche
    su pulso irrefrenable, me lacera
    en la sien como un mínimo martillo.

    No hay nada que parezca más ligero:
    mas como se detiene en las heridas
    a hurgar y hacer más férreo su dominio,

    nada marca su paso lento y firme.
    Sólo esa permanencia en las agujas
    y saber que se fue mientras miraba.

    Josefa A. Sánchez

    ~°O°~

    – Asedio –

    Aúlla la manada desde lo alto del risco,
    el viento acaricia los árboles,
    ríe escondido el diablo
    en su madriguera de sangre.

    La luna baña los barrios,
    sucios haces rompen
    contra ventanas-espejos,
    y mil lentes se enfocan hacia el centro,
    donde los lobos vigilan.

    La avenida es un río furioso,
    desgasta el asfalto las vibraciones,
    se cierran los balcones,
    se tapian las puertas,
    cometas de vidrio surcan los cielos
    y estallan,
    cobardes,
    a escasos metros de la entrada al infierno.

    Suenan los cantos de sirenas,
    agudos, desquiciados,
    desde los cuatro puntos cardinales
    torres de sonido se alzan
    acuchillando palomas
    rumbo al olvido.

    Los nervios se desatan,
    nieve combustible y corazas de arena,
    las calles arden bajo el aguacero.

    Israel Liñán

    ~°O°~

    Risk

    Para inferir en el reino de coltán he olvidado las naves,
    alambique en el zodiaco de la noche.

    Atocha desnuda en flor,
    los andenes, besados por la psicosis de Cupido.

    Para inferirte crucé dígitos en la memoria
    y jugué al milagro terco,
    a colonizar defensas,
    a renacer en modus corazón.

    Tu avance conquistó el funeral del miedo.
    El riesgo mordisqueó neuronas en la carrera;
    pobre adrenalina, pobre historia.

    Para inferirnos ha triunfado el mineral más oscuro.

    Hallie Hernandez Alfaro

    ~°O°~

    Mucho González, poco Ángel

    Pidiendo ayuda a gritos en silencio
    salía del poema hacia la calle.
    Pausaba diez minutos en el atrio, así que remansara
    la tensa inanición de la palabra.

    La brisa del canal soplaba fresca.
    Abría mis entrañas para olerla, sacaba un cigarrillo;
    la noche transitaba sin esfuerzo, algún claxon lejano
    manaba del rumor del universo.
    Fumaba como un niño, libremente.

    Tenía que decir mucho de ti.

    De cómo desalojas la norma cuando pasas,
    del mar de kriptonita en tus pupilas,
    ese mohín cerval cuando calculas,
    las trazas en idioma neardental si te ensimismas.

    Tendría que decir, pero ya sabes
    que hay mucho González, poco Ángel.

    Pablo Ibañez

    ~°O°~

    Desde Blas de Otero

    ” ¿Quién escribe, ¿quién me coge de la mano?
    No es mía ” (Blas de Otero)

    Pero me sirvo de ella, Blas Eterno,
    para esculpir en las rocas todo su nombre,
    aun sabiendo que
    entero su nombre, me cabría en la niña de mis ojos.

    Como el trueno eyacula en la tormenta sin pudores
    y al orgasmo,
    gime al cielo cada uno de los rayos que penetra,
    es su mano,
    Blas del Cielo,
    no mi mano.

    Pero me sirvo de ella, a ras de arena.

    En ofrenda.

    Concha Vidal

    ~°O°~

    El viaje

    El valle estrecho
    que delimitan las cumbres del dolor
    permite vahos de libertad
    que laten aquietados,
    como si la felicidad tan solo fuese
    un lapsus momentáneo
    entre contrariedades.
    Dijo Li Po:
    “Eres bella como una flor,
    Pero las nubes nos separan”.
    ¿Quién podía adivinar que en esas nubes
    viajaban madres imperiosas,
    padres ausentes que de pronto
    sentían la exaltación en la entrepierna
    de una paternidad ausente?
    Así es la vida, la verdad,
    la gran conspiración que nos ocupa
    tantos años.
    Viajamos buscando los oasis
    para olvidar montañas tenebrosas.
    Y, entretanto, el amor
    nos despedaza
    con sus poliédricas cuchillas.

    Roberto López

    ~°O°~

    Ecce Homo

    Porque ¿de qué aprovecha al hombre, si ganare todo el mundo,
    y perdiere su alma?
    JesuCristo

    Hoy desperté sin dios y sin demonios,
    nada más que estas banderas
    colgando de mis venas,
    en la Avenida Las Américas,
    voy a sacarles partido.

    Avanzo hacia donde quiero,
    me valgo de lo que sea,
    a veces dejo hablar al culo,
    de los dos, es él quien mejor besa.

    Hoy sólo hay hombres,
    mujeres y niños,
    ¡sálvese quien pueda¡

    Si me obliga el momento
    al servilismo, fiel complicidad
    de la balanza ciega,
    lo hago, pero no lo sostengo.

    Soy el clérigo ardiente
    del altar Mancebo,
    el watergate del papeleo.

    Que no se me cruce nadie,
    puñal en mano,
    le clavaremos todos,
    ¿traición?,
    ¿a quién culpar?
    ¿a quién se lanza al silencio
    sin pestañear?

    Vendrá dios a colación,
    si me conviene,
    si viene al caso,
    si acaso me hace «el bueno».

    Miserables,
    insípidos,
    ineptos haraposos,
    ¿qué quieren, sueños?

    Mi sueño es de proezas,
    yo sabré invertir en sueños,
    un capital que compre la conciencia.

    No hay límites,
    quiero lucírmela,
    y si no puedo,
    será ojo por ojo,
    y diente por diente.

    Mis razones son muchas,
    mis delirios tantos,
    mi inconformidad,
    como el caldero curtido
    de las instituciones.

    Si no soy yo,
    no es nadie,
    ese es mi más sentido pésame,
    mi cura, mi fiebre,
    la frigidez de todos
    mis estruendosos orgasmos.

    E. R. Aristy

    ~°O°~

    Rasgos

    A grandes rasgos
    puedo decirte que el aire pesa levemente,
    puedo pintarte dormida entre grises nubes,
    puedo cocinarte un pastel de cumpleaños
    en una función de teatro interpretando mi vida en láminas,
    repitiendo acto tras acto los pasos de la razón y los errores
    huyendo en cada soplo de ese aire impensable que, ya te digo,
    levemente pesa.

    A grandes rasgos,
    Atormentado por esta física implacable que me rige cuerpo
    envuelto de pasiones, celofán interior ocupando el espacio
    con misterios que pesan levemente, igual que el aire ausente
    creando ángulos.

    Así, a grandes rasgos, me debilito en cada formación del día
    a la vez que, a grandes rasgos, me configuro.

    Ignacio Mincholed

    ~°O°~

    Desidia.

    Lo despertó la indolencia
    cuando el sueño deja ya de ser un sueño
    y se convierte en pereza que aplatana
    los sentidos después de una meridiana
    distendida, sin agobios.

    No fue el whisky,
    que casi ni lo cataba, ni una comida copiosa,
    los causantes del erguido pensamiento,
    sino el recuerdo de un día y unos dedos
    enlazados con intenciones traviesas.

    Pero, entre tanto sopor, con la tarde a medio hacer
    para colmo de su vicio, le visitó la desidia
    y no quiso terminar el argumento iniciado
    en aras de una moral que le quedaba en el fondo
    de su armario escrupuloso y algo de remordimiento.

    Y es que, a veces, engañándonos un poco,
    hacemos que una desgana vital
    torne el gozo en negligencia
    pensando que es por virtud
    lo que es solo aburrimiento.

    Victor F. Mallada

    ~°O°~

    Anochecer sin ti

    Acabo de perder en este instante
    el tren de la esperanza.

    Hoy se cumple lo cierto de tu augurio:
    Cuando me dejes, cuando por fin no estés conmigo,
    habrá otro anochecer que te recordará el fuego incierto
    que alumbra este crepúsculo; y, entonces, recuérdalo,
    te dolerán las cosas y lugares
    que ahora no te duelen, porque piensas que no fue hecho
    para los dos este camino.

    Recuerdo
    la tarde en la que tú hablabas de nosotros con palabras
    que solo el alma entiende. La penumbra
    cubría lentamente la plaza de este pueblo,
    borrando de la tierra y nuestra vida la última
    sombra de nuestras manos.

    Desde la misma cruz
    que encumbra el campanario,
    en un ocaso igual a este,
    sentimos descender el ángelus sobre las espigas
    doradas de los campos. A lo lejos
    el ángel del silencio apagaba como ahora
    la candela que brilla sobre el mundo
    y, de la misma forma que hoy aquí
    me anudo a tu presagio, esa noche me deshice
    de ti y de tu camino.

    Aquel anochecer te hizo perder
    el tren de la esperanza, y no lo supe. Soy yo
    en este el que lo pierde, y me duelen los lugares,
    las cosas y lo sabes.

    Por eso tengo el alma preñada de nostalgia
    y te hablo en la distancia
    con las mismas palabras de oración
    que, como tú decías, son las únicas
    que el corazón entiende.

    José Manuel Sáiz

    ~°O°~

    El mundo se derrama

    No sé por qué los males se acercan, si el bien también.
    A veces me presiona un porque
    Para preguntar:
    ¿Por qué me siento mal
    si a veces me siento bien?
    ¿Por qué vivo si tengo que morir?

    El viento preguntón
    le pregunta a las hojas:
    ¿Por qué pregunto? ¿Por qué existo? El porqué.
    Y se distrae
    Yendo sobre las hojas que caen.
    El mundo se derrama.

    Las nubes vuelan sobre la fábrica,
    Alabándola porque ella las creó.
    Entonces le devuelven el favor
    E intoxican a los tiernos animales,
    Que derraman su roja sangre como una bella rosa,
    Que nace en la negra tierra.

    Juan Cruz Bordoy

    ~°O°~

    Aspasia de Mileto

    ¡Hija de Axioco, templa en la belleza
    de tus labios el don de la palabra
    y en tu hermosa oratoria la grandeza
    de la sabiduría toda, labra!

    Haz, Aspasia, que Sócrates acuda
    a visitar el verbo de tu casa,
    ramo verde en la mano y una duda
    que al corazón o a la razón abrasa.

    Portento de hermosura, gracia, ingenio
    en un siglo de gloria para Atenas
    a ti cabe, mujer, desde el proscenio
    representar las más altas escenas,

    que no ha de haber Pericles sin los dones
    del encendido amor de tus pasiones.

    Julio González Alonso

    ~°O°~

    La radio antigua

    Nunca tuve una radio antigua
    de las que se regalan de padre a hijo
    y que, presuntamente, son la mejor tumba de las mariposas
    pero recuerdo a mi padre hablando de una radio así
    mientras se afeitaba en un día de verano
    y enseñándome las mariposas dignas de acabar su vida
    sobre una radio antigua,
    y recuerdo aquel día de verano
    hueco, maldito día de verano
    cuando el cura llegó a nuestra puerta
    y dijo que ya no había espacio para más tumbas
    y que la gente debía tardar en morirse,
    maldito día de verano,
    mi padre se afeitaba con la tranquilidad de los que saben
    que su tumba ha de estar sobre otra tumba
    a la que nadie visita
    y que el viento confundirá el nombre de su cruz con otro nombre
    y la sombra de los nueces será dos veces sombra y doble de amarga.
    Recuerdo aquel día de verano, era un día perfecto para afeitarse
    sin miedo a las cortadas,
    un día perfecto para despedir al ángel de la guarda
    y deshacerse de esas bolas de algodón
    que superaban a las sanguijuelas.
    Sí, recuerdo la fanfarria de silencios
    que llegaba con su canción entrecortada
    desde el norte
    y a las mariposas gordas
    que, de repente, rodeaban mi cuerpo
    como a la carcasa de una radio antigua.

    Marius Gabureanu

    ~°O°~

    Este tiempo que envejece

    Expuse demasiado los rincones, las raíces sin vida.
    Entre palabras fluyó vanidad encubierta,
    y a veces me sentí centro.

    Mostré las huellas del dolor,
    la risa y las muecas que me hizo la vida,
    y vacié el pasado en cántaros de lluvia.
    Todo menos lujuria.

    Pido perdón por empapar con mi tormenta
    corazones solitarios,
    o almas tras belleza sin destino.

    Hoy humea un café descafeinado
    bajo la sombra de la mañana
    y, hundida en el silencio,
    os digo que
    fui feliz en el intercambio de amores,
    de la palabra caldeada en el alma.

    Sobre la cima de este desierto
    miro el mundo
    y me retiro a la tierra de nadie,
    al barco de papel que envejece
    sinuoso en el río.

    No me acogen los dioses,
    se cobijaron de nuestro hacer sin sentido,
    y no tengo ninguna potestad que induzca
    amaneceres de luz.

    El verso acompañó la oscuridad,
    la mía,
    y ahora siento el llanto del mundo.
    No sé cómo afinar los trinos
    de las aves con vida.

    No es fácil crear manantiales
    por eso hay sed y muerte,
    no es fácil abrir fronteras,
    de ahí la soledad.

    Pilar Morte

    ~°O°~

    Levitándote

    Quiero pensar en ti rendida al sueño,
    pensar en ti reducida al sabor de tus axilas,
    a los tangos en la boca de mi madre, como fresas.
    Pensar en ti mientras mi corazón se desarruga ante el espejo,
    ante la serenidad de su mar más turbulento, antítesis del oblivion de los ateos.
    deseo traducirte en mis papilas, mientras sorprendo al lince
    que reposa bajo el párpado, e inhalo tus pequeños labios, tan grandes
    que articulan a veces nuestros límites y otras veces nuestras fugas.

    Pensar en ti como una niña, sin iras o demoras, sin notas extremas,
    Simple, como el frío hipocondriaco que relata tus nostalgias,
    Como un silencio de estertores, como estas horas imparciales
    Que ya superan las glorias cenicientas.

    “Minimaliso” tus sentidos, reduzco tus colores, limito tus fuentes…
    y entonces duermes, como se duermen los violines en sus notas preferidas,
    desdeñando las demás, eternizando una palabra impronunciable.
    Sé de notas, te digo…Escucho las cuerdas
    Que entre los enormes miedos y el pianissimo materno, te dibujan.

    Quiero pensar en ti sin más ruido que tus pasos incorpóreos en mi espalda,
    que mis dedos clandestinos levitándote,
    sin más abrigo que el vértigo disfrazado de tus formas,
    sin más vacilación que no oírte pronunciarme.

    Quieta como la mujer ausente de Neruda, así te pienso,
    sin más deseo que fumarte, que quemarme el labio como un ebrio,
    sumido en la cannabis de tu aroma. No se…, quizás al intuirte regreso a las cavernas,
    quizás dormida solo eres el germen de mis terminaciones sensitivas.
    ¿Qué sueñas? ¿Qué sabes cuando duermes? Así tan quieta ¿olvidas el amor?
    ¿Puedes contar como cuentas en vigilia los segundos?…,¿contar acaso de regreso
    hasta encontrarnos aquel día, cuando nombramos por primera vez
    los nidos en los cuerpos, procediendo simplemente a las caricias?
    Cuentas, así dormida – como novicia asiendo sin sus manos – los acertijos de la vida,
    las flageladas aritméticas del hada, la cábala de los puros.
    revalidas mis ficciones con irrefutables algoritmos.
    tu compleja geometría refuta el alegato que igual química y amor.

    Eres un árbol de colmenas,
    un giro hacia el hogar en la incertidumbre de una esquina,
    pero también una puerta, una pregunta…Por cierto, cada día me sorprendes.
    Tus miembros amputados regresan cuando duermes,
    mientras a mí, aun me duelen las heridas que sin querer te he proferido.

    Los fractales de tu cuerpo me embelesan, como un cumulo de estrellas en la mano,
    como el Aleph a Borges, como el corazón de los dragones nobles a los críos,
    o el espejo de aquel cuento que desmiente vanidades.

    Amarte suele ser una aventura,
    aun si duermes, aun si no escuchas mis mentiras más sinceras,
    porque tus poros permanecen en vigilia,
    y me miran con la misma devoción que te profeso
    cuando digo más allá de las palabras, en silencio
    – por respeto a la calma de tus mareas entreabiertas –
    “te amo”.

    Gerardo Mont

    ~°O°~

    El muro

    Padre mío que estás
    en el muro
    ¡protégeme!
    No duermo. El sueño no sabe alcanzar
    mis lagrimales.
    No duermo, muro santo,
    acúname con la música del mar,
    con un poema que sepa volar
    y roce al contacto de mi corazón
    la punta de una estrella.

    ¡Qué feliz soy en tierra de nadie!,
    ¡qué hermoso este silencio blanco!

    Sin embargo,
    algo golpea febrilmente tu piel,
    dice mi nombre a gritos,
    me atormenta
    el espíritu.
    Su lengua paraliza mi lengua
    cuando me habla de cosas que comprendo…
    Y tengo miedo, Padre mío.
    Entonces araño una oración
    y te reinvento
    mientras escondo mi cabeza en el cielo,
    y trato de acompañar
    la curvatura alada de los pájaros.

    Yo te invoco:
    Madre mía,
    canta muy alto desde el germen
    de tu invisible piedad
    mientras me sueñas;
    que no escuche una sola voz temblar,
    un solo puño de avarienta certeza
    golpeando mi decrepitud,
    desconcertando el llanto silencioso
    con el que bendigo tu Nombre.
    ¿Sabes?
    allá afuera
    se cultivan palabras sobre la dura tierra
    y sus frutos son álgidos, y pesan:
    son pan para los ahorcados,
    leche para la desilusión.
    Y yo solo deseo este plato de negrura
    que aliño con espíritus del aire, con relámpagos de paz
    que atenúan los espasmos de mi desangelado corazón.

    Santificad eternamente esta ceguera,
    Madre mía,
    Padre mío
    que estáis en el muro.

    Rosa Marzal

    ~°O°~

    Los huesos de la luz

    Ocaso derramado en oro;
    el charco del mirar se disipó en la nada.
    En la quietud de las aceras
    el cielo es un brillante pedernal.
    El aire cruje en su vigor de hiel.
    Se encienden los alambres
    y se ensancha la herrumbre de la luz;
    sobre el cemento fértil yacen sus huesos amarillos
    ―la luz tiene los huesos rotos por eso duele;
    su escombro es una asolada cercanía.

    Un rayo de tu imagen atravesó la tarde;
    calcinó la ciudad.
    En ese consumado territorio
    mi carne huele a estrella
    en fusión, a energía racionada
    en cálices calientes.

    Una ventana, un cauce… la espina del deseo
    como una exhalación sensible del perfil:
    La cruz quemada a las orillas de tu piel

    J. J. M. Ferreiro

    ~°O°~

    Detrás de los otoños

    No disipas tus hojas
    en la melancolía del otoño,
    ni te derrochas a los eternos vientos
    ni a la más incitante brisa seductora.

    Tu fértil existencia, tu canto que se adueña
    de toda primavera en cuanto llega,
    reclama su abanico de arco iris
    y el transitar airoso las tardes del estío.

    La diosa Exuberancia se adueña de tus células,
    y florea sobre tu copa
    efluvios de colores; pero no desafías
    la vastedad callada de los prados,
    los infinitos rayos de la muerte,
    la luna en su ovalada pesadumbre,
    pues los favores cósmicos
    no comprenden los límites del alma.

    Sientes el esplendor de la pradera
    desde tus verdes perspectivas,
    desde tus brazos vegetales,
    y recuerdas que la frondosidad
    no avala la arrogancia
    ni migración alguna hacia las nubes.

    Detrás de los otoños
    todo perece siempre.

    Oscar Distéfano

    ~°O°~

    Casa abandonada

    No todos los huesos mueren.
    Lo he visto en las fotografías
    que palidecen en muros desnudos
    hasta fundirse en los desconchones del alma.

    No todo el murmullo acaba
    cuando las venas de la rutina se abren
    y se secan entre el polvo.

    El umbral es un avispero.
    Cruje al trasluz su rostro
    dejando salvajes insectos
    picando las chispas, que flotan,
    en una constelación de olvidos.

    Un ciego parpadeo volátil
    cruza los convalecientes armarios
    susurrando su último desorden.

    Nada queda de la apetencia de los días,
    y sin embargo,
    una hirviente marabunta
    esconde las larvas del renacer
    bajo las rendijas de la vida.

    Ventura Morón

    ~°O°~

    Yo no supe llorar cuando llorabas

    Yo no supe llorar cuando llorabas
    ni supe iluminar tu sombra hundida
    ni sentir la verdad ni la medida
    en el ruego de amor que me dejabas.

    Yo no supe escucharte cuando hablabas
    ni horadé en la hondura de tu herida
    que tocaba el infierno en su caída
    apartando el cuidado que guardabas.

    Solo y perdido siento este lamento
    que no halla consuelo ni clausura
    y no puede olvidarse de aquel día.

    Si no supe vivir en tu tormento
    me merezco el dolor y la locura
    de morir por tus ojos todavía.

    F. Enrique

    ~°O°~

    ¿Acaso tú eres huella de mis versos?

    En la vejez se aprende mejor a esconder
    los fracasos; en la juventud a soportarlos.
    Arthur Schopenhauer
    Yo no sé por qué lloran los sauces
    de mi calle,
    ni por qué el viento escondido en los sueños
    gime en mi voz.

    No sé por qué, ciego a la vida,
    a punto de estallarme el corazón,
    el tiempo va pasando sin la fuerza del nombre
    de mis versos.
    Me estoy viviendo a solas
    mientras las horas me saludan
    cada amanecer,
    pero pasan las noches
    conociéndome olvido, mientras camino
    sobre las hojas secas de mi boca.

    José Manuel F. Febles

    ~°O°~

    Los cafés de París

    Lo primero es, qué buscas en marcharte.
    Con qué acróbatas has decidido justificar tu vuelo.
    De qué abdicas, mientras lamen sus sombras los gatos
    en la noche, y algunas cicatrices
    se nos llenan de cúspides.
    Mira que no es momento de exiliarse
    en reflejos que no saben de estirpes solitarias. Que
    las rosas que dejas, el cielo marinero,
    la luz de madrugada, son de plástico,
    y no recuerdan nada que coagule la vista.

    La rigolé, Café de Flore,
    Boulevard Saint Germain , Rue de Four, a la fin Canettes 46,
    son lunas que hemos hecho poco a poco
    como quien lee un cuento
    que no quiso aprenderse de memoria. Uno de esos refugios
    en los que los otoños
    son la herida de amor de las ciudades.
    Fíjate como cae
    una gota de azul en un vaso de agua. Los cuerpos cambian,
    algo ha cambiado todo,
    pero a nadie le importa saber
    si en ese vaso bebíamos los dos
    y aprendíamos juntos
    a morir con la paz de las estatuas,
    para luego cruzarnos un océano.
    Porque intuirse
    es un puente colgante que se abre,
    y es su rio poder imaginarlo.

    A menudo sucede que la vida
    no es parte de la historia.

    ¡ Garsón, un autre café noir, s´il vous plait!

    Lo ves, no hay miradas perdidas
    que no contengan trazas de juventud.
    Quizás eso nos haga fijarnos en los rostros
    de una forma mejor, menos monástica,
    y traducir los tiempos de un pasado
    cuando la excitación corría
    hasta llegar al fin a serlo todo
    bajo la inmensa cúpula
    que construye, paciente, nuestras horas
    más largas de la noche.
    Y entonces yo dejaba, y tú también,
    que hablase Gil de Biedma.
    Porque en distantes mundos
    también es importante
    que un hombre como otros
    te explique que escribir poesía pertenece
    a esa muerte de limite imposible,
    más honda que la idea de ser niño
    y mucho más absorta que una resurrección.

    Estás dejando pánico en las calles, sobre los desayunos
    de los horarios viejos, linternas de París.
    Y huesos rotos, en un itinerario
    que respira quietud, en el ascenso estelar de los tejados.
    El mundo está luchando por salvarse.

    No sé por qué me dices que te vas.
    Las mesas van quedándose vacías, es verdad.
    Pero tu edad parece más cercana, y hasta ahora
    éramos dos canciones con una misma letra
    que querían poder ser escuchadas
    y perseguir a un rayo
    flotando en la corriente.

    En este espacio tu palabra existe,
    a una hora de aquí
    no sé pensarlo.

    La gente se despide,
    paga su cuenta, retoma sus estilos,
    pero tú quieres irte
    y eso es mucho más pálido, y no conoce
    estancias para contar leyendas.
    Nos conviene mirarnos todavía,
    somos menos si somos muy lejanos.

    Tú ya sabes, el elixir humano de la piel
    soterrado en el cuerpo,
    y que yo he puesto a veces delante de los ojos;
    la indecisión, un gesto, una postura,
    todo lo que es verdad y nos da afecto.

    A duras penas, me quedaré encerrado
    en este sentimiento imperativo
    porque el instante interno
    adquiere desde ahora
    carácter transparente.
    El hombre se acostumbra a disgregarse
    entre lo que le gusta y lo que necesita
    (rara vez coinciden ambas cosas) A que vienen ahora
    tantas muestras de serenidad,
    de las dos eras tú la que
    primero ardía con un brote de luz
    sobre el ancho pacifico del aire,
    la primera en liberar la sintaxis
    y dejar que el sujeto
    matase al predicado,
    ¿acaso ya no es cierto
    que un temblor nunca queda pensativo en la orilla?

    Porque tenerse
    es un puente colgante que se cierra,
    y es su rio poder imaginarlo.

    Manuel Sánchez

    ~°O°~

    La grieta

    A un paso de la penúltima frontera
    con la fatiga a cuestas de tanto ignorarse a sí mismo,
    asomado al futuro por una rendija
    olvida el pan, de tanto ansiar las migajas.

    Sortilegio cromático en espejo de aguamancha
    eran sus sueños de antaño,
    cuando aún respiraba sin necesidad de conceptos
    y su andar lo dictaba la simple inercia del paso primero,
    sin nociones sucintas de elaboradas doctrinas
    ni asociaciones banales con mitologías muertas.

    Hay hambruna de luz, en la ciudad de los grises
    se ahoga el silencio en laberintos de simetría imperfecta,
    ignorada por gárgolas y buitres alguna alondra muere en el suelo,
    sólo un niño llora la fuga de su globo sin vientos.

    Suena el clarín de la guerra inversa
    hay noticias de muertos enterrando a sus vivos,
    pero él… tan sólo se asoma a una mísera grieta.

    Arturo Rodríguez Milliet

    ~°O°~

    Cuentas disonantes

    A mi David

    Me protejo con el sueño me siento dueño de mi silencio.

    De mi silencio no puedes alegar ¿me rebates Prudencio?
    Mi prudencia es el misterio como Séneca sentencio:
    si en la calle hace frío aún me río en la condena
    del Génesis, de la némesis y estiro la cadena.
    ¿Pecado es vivir? Pecado es morir, yo lo elijo
    a mis años, mudo siento que el mundo es rebaño no acertijo.
    ¿Más detalles? No te ralles: es muy claro, no es tan grave,
    la puerta que cierro se abre a mi verso que es la clave.

    Perdonad perdonavidas la verdad no es doctrina
    dudar es la oración que alucina mi retina.
    Vi Damocles en la noche como perro callejero,
    nací,
    llegué, y vencí: con filosofía de César aprendí.
    ¿Te suena esto? No es invento ni portento ni bronca de yuntero,
    tantas formas, tantas normas el cielo se compra sin dinero.
    Con razones sacristanes, no mentiras, la Navidad es putada
    de nada y sin rumbo, sin curro donde el burro es la fachada.

    Y vosotros de rodillas, no me extraña que las tengáis duras.
    No juzguéis no seréis juzgados, no os quejéis dijeron los curas
    y no admito impostura, ten cordura, dijo mi abuela Manuela.
    Villancico que mastico es un rap que dedico a su esquela.
    Sueño que sueño a usuras volar sin mordaza.
    Porque el miedo no me atrapa ni es abrazo ni amenaza,
    el cielo del mañana un dilema que taladro,
    prefiero el suelo, soy el amo, me llaman perro y ladro;
    cuanto puedo, cuanto quiero, no pierdas de vista mi jugada:
    borracho de hachas estridentes -dijo Miguel- de mi boca a la tuya
    ¡qué patada!

    Roger Nelson
    elPerro

    Armilo Brotón

    ~°O°~

    Muerte Virgen

    Conduce su mirada hacia arriba porque alguien
    en algún recodo preguntó por dónde
    se sale sincréticamente de todas las vidas y sólo ahora lo recuerda,
    ahora que no pasa nada. Entonces
    los racimos de círculos son desperdigados desde cualquier vocal;
    cualquier vocal es el viento, la desinencia del aire, y el aire es el volumen
    de todos los cuerpos instigados por la promesa de la desaparición
    como si la desaparición fuese un ente,
    un lunar debajo de la lengua,
    una montaña en la punta de la lengua.
    Aquí estás, cielo,
    te he tocado las manos con el pulgar del pie adentro de la bota,
    me gusta el frío porque rejuvenece el paladar,
    y estoy como reverberando dentro del ojo falso
    de un animal que fue cierto y tuvo su forma incluso
    antes de que su corazón fuese un crisol en que los astros
    ensayan órbitas para perderse en un nuevo centro
    que acaba pareciéndose al lugar desde el que el ser promete sus espacios.
    Belleza, ¿me escuchas?,
    aquí no pasa nada,
    yo repito la inacción con la palma absorta en sus cabellos,
    yo toco su cráneo y mojo mi mano entera
    en una sangre que no pertenece a nadie todavía
    pero cuyo sabor me lava y me pronuncia.

    Bruno Laja

    ~°O°~

    90 años

    …acabo de saber que el edificio en que vivo tiene 40 plantas y que da a 3 calles y a 1 avenida; y es que, entre una especie de niebla densa, en la que he estado inmerso y cegado toda la vida, siempre pensé que mi casa estaba sola y aislada, y que, además, era estrictamente de planta baja; cada vez que salía y cerraba la perta, jamás se me ocurrió pensar en que podría acceder a tales calles o tomar un ascensor hasta el último piso y divisar por completo la ciudad; …e igualmente y de la misma forma, estaba convencido de que la gente que cruzaba ante mi puerta, – que tal vez viniese de un ascensor o se digiriese a él –
    era la misma transitando por la calle, y que por tanto se movía, se alejaba y desaparecía sin más; pero ¿y los ascensores? ¡ah, perdón por este asombro, pero que me dicen de los ascensores…¡ ¡oh Dios mío, gran señor de lavida, que ingenio, que descubrimiento…¡
    como habré podido vivir 90 años sin la menor inquietud,
    sumido en la indolencia, entre 4 paredes,
    y creyendo siempre que el rol de los demás habría de ser también muy similar al mío,
    incluso idéntico; ¡…un ascensor, amigos, un ascensor…¡
    y es que, palpitándome aun, porque ha ocurrido tan solo hace un instante,
    he visto y sentido que rápido, muy rápido, es algo que me elevo hasta el fin del mundo,
    que desde allí arriba me asome y que, de pronto, descubrí el sol, los coches, gente por todas partes, y hasta un rio hermosísimo y limpio que ahora sé que corre justo, justo, al lado de mi casa; …90 años asumiendo que era quimérico abrir, iluminar y transitar por lo imposible; 90 años protegido por candados y resguardando mi casa viva con gruesas cerraduras y altos muros de hormigón, seriamente armados y reforzados;
    y es que nadie, nadie me había dicho cuál era y dónde estaba mi patrón de libertad:
    nadie, que una mujer, o un hombre, fuese un Dios en formación;
    ¡90,90, 90 años…¡

    Antonio Justel

    ~°O°~

    Quietud de seda

    Los pájaros nocturnos inundan con sus cantos la melancolía de la herida. Recuerdan el misterio de las nubes que buscan la belleza. Me asomo a la ventana y contemplo el vacío numinoso que pasa por la calle antes de que el enigma de las horas atraviese el instinto de la niebla. El silencio se abisma en la distancia mientras recuerdo tu rostro sonriente. Todo lo que me ata a tu piel cálida anida entre las sombras de esta quietud de seda. Amo los laberintos de tu cuerpo y desnuda te ofrezco el cofre de mis días. Los sonidos que pueblan las madrugadas blancas son una colección de sucedáneos que aminoran la historia de la nostalgia de los astros.
    Deambulo por rincones de esta ciudad querida que plasma con la lluvia el extravío de todo lo que existe.
    Las hojas caen sin mucho protocolo, sólo porque es otoño… y la hojarasca seca acompaña tristezas desbiográficas que pugnan por salir al horizonte.
    Los pájaros nocturnos son memorias de todos y de todo que graban con sus plumas la liturgia sutil del abandono.
    El tiempo se enamora del amor y capta muy despacio el mutismo de bruma que presiente la visita del ángel protector.

    Ana Muela Sopeña

    ~°O°~

    La Tierra Prometida

    El hombre sale de casa todos los días y anda las calles de la ciudad,
    busca al hombre que sale de casa todos los días y anda las calles de la ciudad,
    anda todos los días, todas las calles, todas las ciudades, todos los países,
    busca al hombre del país, al paisano, al hombre de mundo, anda por el mundo,
    anda las calles, todos los días, anda de calle en calle, va de calle,
    el hombre sale de casa todos los días y anda las ciudades,
    las casas, los países, los mundos, los bares,
    busca al hombre todos los días, las calles a su nombre,
    la tierra prometida.

    Manuel Alonso

    ~°O°~

    El hombre del edificio de la avenida

    Tú, señor del lavavajillas y la recta,
    alma cándida del sofá y rey de sombras.
    Bello durmiente de la galaxia
    y los parches reconfortadores.
    En qué trastero extraviaste la noción
    de ti mismo. Dónde las arenas
    y los planos originales del sueño.
    En qué canal te quedaste a vivir,
    en qué zapatos sembraste montañas,
    en qué bragas buscaste el cielo…
    Y todo para acabar vomitando
    la biblia de la televisión por cable,
    para tapar el horizonte con el ombligo.
    Y si nunca te estiraste con el desparpajo de un dragón
    y si nunca lloraste a tumba abierta,
    si jamás resucitaste veinticuatro días en una semana.
    Ya sabes que los cuentos son mentira
    y que la mentira aliñada sabe a tarta de frambuesa y polietileno,
    pues eres el protagonista de tu cuento.
    Por qué soñar en días de lluvia
    si puedes ser la lluvia entera.
    Ay, triste y valiente pusilánime,
    si no sabes llevar un volcán bajo la piel
    a qué te metes en camisas de altas cumbres;
    porque en un mundo a golpe de silencios y tambor
    has de derrapar guitarras en la sangre,
    llevar playas de coral entre los dedos,
    perseguir rincones desandados y desnudos.
    Nunca los rinocerontes lucieron cascabel,
    nunca las águilas vistieron banderas
    ni amaron en calcetines.
    Te creíste dueño del tesoro,
    te pensaste amo de las llaves
    y no caíste en que las llaves son
    solo entretenimiento de peces,
    simple excusa de portero
    en el edificio de la avenida de los espejos,
    en una casa vacía y sin puertas.

    Luis Muñiz M.

    ~°O°~

    XVIII

    Cuando la veas, dile que estoy bien,
    que baila en mis pupilas el ingenio,
    que escribo sin parar, noche tras noche,
    que forjo mil proyectos de futuro.
    dile que estoy contento con mi vida,
    que pretendo viajar a muchos sitios,
    que casi no me acuerdo de su nombre,
    que no la echo de menos.
    No se te ocurra hablarle de estas sabanas,
    de este pijama azul descolorido,
    de este olor de alcohol y de morfina,
    de mi cabeza calva y amarilla.
    Y que no se te ocurra, sobre todo,
    Decirle que me muero.

    Jerónimo Muñoz

    ~°O°~

    Por si llegara esta noche

    Por si llegara esta noche
    con su mirada blanca y un gorrión dormido,
    con sus manos inversas
    y mi mundo en un frasco ante mis ojos,
    por si me dijera ven a la mitad de un sueño
    y se me quedaran, sin quererlo,
    las ciudades huérfanas de otoños,
    o se presentara, acaso,
    antes de ese arrumaco donde baña la luna
    sus perspectivas vírgenes
    y se hiciera la lluvia en las palabras
    sin haberlas bebido.

    Si no me sobrara el tiempo ya
    para contar insomnios
    y mi piel fuese vidrio condenado,
    o mirara hacia el cielo
    y me nacieran galaxias en los hombros,
    tal vez liberara a los presos que me escoltan el pecho
    y les mostrara
    la cima de ese idioma donde esconde la voz
    sus silencios más largos
    a punto de romperse.

    Les diría
    que fundieran sus gargantas
    para vestir las rosas con tu nombre,
    que te gritaran fuego en los inviernos,
    horizonte en la espera,
    aplastaría sus grilletes
    hasta inventar la materia más pulida
    con que acariciarte,
    una sin recodos donde guardar para luego
    lo que fuera esencia de la risa.

    Les enseñaría a tocarte
    con el abismo y la sed con que contemplan
    los niños el océano,
    con la paciencia rota
    de aquéllos que se buscan a sí mismos.

    Y justo antes de irme
    te hablaría de esas islas donde el tiempo es un árbol
    que cobija el amor de los náufragos
    perdidos en tu cuerpo.
    Allí te esperaría,
    como flor desconocida que llevarte a los labios.

    Mª José Honguero

    26 febrero, 2017 • Poemas, Revistas • Vistas: 0

  • Selección de poemas del foro Alaire

    Selección de Pablo Ibáñez

    Seleccion poemas

     

    Tiempo de andar descalzo

    Pilar Morte

     

    Si me hubieran dicho a tiempo

    que era primordial ser feliz,

    que el cilicio era un masoquismo inútil,

    y me hacía más bella

    una guirnalda de color al cuello,

    que el sexo era en mí como la piel

    y que disfrutar fuera del dogma

    iluminaba los hayedos del alma…

     

    Si no hubiesen puesto la mirada en el no

    para decir que ser era futuro.

    Si el tiempo del camino abierto

    hubiese hablado adolescente…

     

    No se habría escondido el jazmín

    ni cegado el escote para un respirar.

    Habría eliminado

    las serpientes que se enroscaban al cuerpo,

    para poder andar…

    para vivir.

     

     

    El lamento de la criatura

    Ramón Carballal

     

     

    En cada parte de mi hay un pedazo de alma.

    Yo nací de la muerte como la carne de la vida.

    La luz me hirió con su beso amante y yo no

    supe descubrir el don del amor. Todos odian

    su reflejo, todos temen al hombre que no habla,

    todos son yo en la sima de su conciencia. Buscando

    la luz me acerqué a la llama, su lamido de fiebre

    quebró mi piel, encendió el dolor que ampara al

    desvalido. Dicen que no soy la criatura de un dios,

    la obra de la piedad, que no ven en mi nada humano,

    que solo sé ahogar el grito del monstruo. Después

    del desafío llega la ruindad. Búscame, padre, en el

    corazón del bosque, en ese lugar donde no puedas

    saciar tu odio, en la profunda oscuridad del sueño.

     

     

    Floración de lo tenue

    Felipe Fuentes García

     

    A este enclave se asciende por la espiga

    de una escala impalpable.

    En el espacio un hilo sigiloso

    urde la transparencia y enhebra la mirada.

    Abundancia de mies, este es el reino

    de la diafanidad,

    la floración secreta de lo tenue, la imperceptible

    marea que germina en el asombro.

     

    Hoy encaramo el corazón sobre esta lumbre

    para beber la claridad que brota

    de los copiosos surtidores de la altura.

    Fértil, la inmensidad entona un himno

    que limpia las herrumbres del paisaje,

    tempera en un allegro arcano el alma

    y a las sombras despoja de su llanto.

     

    Aquí, en la cúspide del aire, rivalizan

    el frío y mi pobreza. La gran ola celeste

    mece en su seno la bandera de un azul purísimo.

    Es febrero y la luz de los almendros

    nieva mis ojos. Y me ausento.

    En esta lejanía apenas soy

    y todo lo respiro: viento, nube, vuelo, ave…

    Y abrazo en pleamar al mundo

    y me entrego a su hondura

    para dar testimonio de este sorbo de vida.

     

     

    Crédula incertidumbre

    Ventura Morón

     

     

    Déjame creerte,

    no digas nada,

    recoge conmigo los pedazos de asteroides que ha sembrado la duda

    y tráelos al fregadero, déjalos

    que se desangren,

    que se hagan de tierra, que se claven

    entre los guijarros que escupió la noche

    y hagan un sembrado de estrellas

    entre las que pueda pasearme

    descalzo

    cuando sólo quede la lengua del olvido.

     

    Dibuja un cielo para mí,

    lejano, único, circunscrito

    a cada uno de mis miedos, haz que sea grande

    y me trague despacio,

    que no me hable,

    ni me invente un firmamento en el que pueda

    hacer mis limitadas acrobacias

    con mis alas proscritas de hierro,

    haz que sea de barro, que las nubes sean charcos

    para tenderme en ellas,

    que pueda taparme con él

    cuando el frío se enganche a mi voluntad

    y deje una escarcha indolente quemando los apéndices de mi equilibrio.

     

    No vengas a contarme todo lo que ya sé,

    deja que piense

    que hay un río al que caen nuestras palabras

    no dichas,

    y que flotan, como icebergs

    que van a disolverse al mar de nuestro reencuentro.

     

    Cántame al oído

    aunque tengas que irte, aunque ya te hayas ido,

    deja esa lluvia lamiendo mis calles,

    cayendo a las alcantarillas donde el amor nace

    sin pretextos,

    cuelga tu voz como guirnaldas en mi pecho

    y deja que retumbe en el vacío

    de tu ausencia,

    creando un remolino denso en el que pueda cabalgar

    a mi soledad como si fuera

    el último día de los vivos.

     

    No digas nada,

    déjame creerte,

    como si pudieran crecerle primaveras al invierno

    haciendo emerger volcanes

    de pétalos rojos

    que lanzaran un suspiro grana por el cosmos,

    trayendo a mi boca

    la eternidad

    que se detona en un solo beso.

     

    Llena la madrugada las hambrientas aceras

    y a la mentira, dicen,

    no le crecen futuros en racimo, tan sólo

    la inmortalidad superviviente

    que rezuma

    en la piel viscosa

    del recuerdo.

     

    Déjame creerte, no,

    no dudo:

    miénteme

    cuando vengas…

    mas cuando estés

    dime desmesuradas verdades , ¡desmedidas!

    tanto, que venzan

    al pasado y al futuro y sean

    indestructibles, un ahora perpetuo.

     

     

    El poema sin fin

    E.R. Aristy

     

     

    I

     

    Desde antes de mis recuerdos,

    la adversidad me tendió el pie.

     

    De tiempo en tiempo,

    me aislaba en un aura candorosa,

    porque siendo pequeña

    podía mecerme en las pestañas,

    y así viajé por ojos amargos

    y ojos febriles,

    por el desorbitado terror

    de ojos abandonados en las sobras.

     

    Viajé de continuo en ojos ciegos,

    sintiendo los colores como una sensación de vértigo,

    a varios grados de densidad,

    también los colores sufrían dualidad:

    el amarillo era tibio como las manos

    que salen de debajo de la colcha,

    o frío,

    como las manos que cierran los ojos de un hijo muerto.

     

    Hoy quiero recordar las cosas perdurables

    que quedan después de mi tormenta,

    las cosas que aprecio y agradece mi alma,

    y que son un poema sin final,

    sobre todo si tú te animas a participar.

     

    Esas cosas gratuitas hablan por sí mismas,

    yo solo quiero parecerme un poco a ellas,

    y no irme envuelta en el grisáceo rumbo de las pérdidas.

     

    II

     

    Me gusta cuando en abril llueven magnolias,

    y las aceras se cubren de pétalos rosados y blancos

    como los sueños de antiguas novias.

     

    Me gustan los dientecitos de un bebé

    igual que las encías del desdentado risueño,

    ¡qué inocentemente amplia la alegría!

     

    Me gusta ir a casa al final del día,

    me gusta estar en casa y el quehacer

    que conforta a los sentidos holgados,

    la luz de la tarde me fascina verla

    caer como un lienzo sobre el cuadro de la vida.

     

    Me gusta salir temprano y decir Buenos días,

    me gusta Haleh hoy igual que ayer,

    me gusta caminar larga distancia sin pensar,

    me gusta el diálogo dilatado que espera continuar

    no importa cuánto tiempo pase,

    volver e hilar de tus palabras.

     

    Me gustan tantas cosas.

    ¿Volveremos a esa tarde en el jardín?

    ¿Escribirás también las cosas que te gustan?

    ¿Haremos el poema sin fin?

     

     

    Anochecer contigo

    Jose Manuel Saiz

     

     

    Cuánta magia derrama el mundo

    en cada anochecer. La llegada del ocaso tras el día

    difumina la sólida apariencia de las cosas: esa montaña

    de silueta concreta y afilada, se vuelve, en un instante,

    una línea sutil en la hora que declina; este olivo solitario,

    aquel seto, esas ramas retorcidas… parecen, a lo lejos,

    figuras abrazadas de gente que se ama.

    Mi propia sombra, tanto tiempo bajo mi amparo

    se desvanece como un fantasma entre las piedras

    del camino. Lo que hace poco tiempo tenía vida, luz

    y forma establecida, al segundo desconcierta

    confunde y siembra duda.

     

    La vereda donde antes caminaba confiado y con soltura

    es, en esa hora incierta, un angosto itinerario a lo desconocido.

    De pronto, en un momento, la vaga incertidumbre de la tarde

    dará paso a la noche más oscura.

     

    Cuánta magia derrama el mundo

    en cada anochecer, qué ambigua resulta su presencia,

    qué extraña nos parece su metafísica penumbra;

    quién sabrá, a ciencia cierta, cuándo muere

    y cuándo nace, el día y la noche que despunta.

     

    Y tú, querida mía, pálida como un párpado de cera

    pareces una estatua viva en busca

    de asilo entre mis brazos; y tus labios,

    hace un rato brillantes y encendidos,

    piden beber a tientas de ese vaso

    que alienta mi lujuria.

    Alba y ocaso son ángeles sensitivos que encienden

    u oscurecen, según proceda, la luz y las tinieblas.

     

    Cuánta magia derrocha la noche en tu regazo;

    cuánta poesía, cuánto hechizo, cuántas luciérnagas

    durmiendo en tu cintura, cuántos duendes

    emergen de la tierra, en el prodigioso instante en que la tarde

    confunde en un momento, a la roca con el fuego,

    al eco con el viento… y al cielo con tu boca cuando está

    junto a la mía.

     

     

     

    A orillas de Júcar

    Josefa  A. Sánchez

     

     

    (Para los amigos de Colliguilla y en especial para Victor, Pilar y Ángel)

     

     

    Vides ardiendo; en el calor de estío

    respira el campo, boca polvorienta.

    En la orilla del Júcar se sustenta

    un fresco y delicioso escalofrío

     

    Ese lento paseo junto al río

    hace la tarde lentamente lenta,

    como una parva limpia que se avienta

    entre el dorado haz de su atavío.

     

    Todo camina hacia el cercano ocaso:

    los hombres y las cosas. El destino

    se hace redondo en el brocal de un vaso.

     

    Se agota el tramo extremo del camino.

    Estamos ya a las puertas del parnaso.

    La musa nos aguarda. ¡Corra el vino!

     

     

    A Macedonio (segunda carta)

    Marius Gabureanu

     

     

     

    Hola, Carlos. Hoy tuve una entrevista de trabajo.

    Le di como veinte vueltas al edificio, en los minutos que me quedaban

    para hablar con la persona que me iba a ofrecer una nueva vida.

    Entre no encontrar el mechero e intentar ahuyentar los pensamientos negativos

    que caían como la nieve de un mes cualquiera,

    como la nieve del tiempo, como un tiempo que puede helar el alma

    y así ponerle un rostro,

    se me ocurrió arrojarme frente a los taxis que pasaban descaradamente

    llenos de abrigos de la indiferencia, llenos de infidelidades

    pero al final decidí devolver mi cadáver a los buitres de soledad

    que sobrevolaban el balcón de la inexistencia.

    Y así, muerto, pude llegar al primer tren.

    Y había gente muerta como yo, leyendo periódicos de eternidad,

    había enanos que masticaban la gloria de las ventanas que nunca muestran nada.

    Me quise rodear de flores y escogí a los parques de la memoria.

    Todas las cosas del hombre pueden caber en un bolsillo.

    Perdona que no te he respondido a los mensajes hasta ahora

    ¿pero con qué lengua se puede derretir el azúcar del silencio

    cuando las avispas de la noche han encontrado nido en una habitación rentada

    dónde no hay espacio para huir de uno mismo

    y los gestos se vuelven un sarcófago transparente?

    Dos días sin beber fueron demasiado para no escribir una nueva metáfora de la locura.

    Heme aquí, después de diez años trabajando en la construcción,

    creyendo en la nada, como si dios fuera un cenicero

    donde apagar los restos de sonrisas de la infancia.

    La lavadora de los cuervos funciona,

    sigue girando sobre los cielos de mendigo sumisos a esta parte de Londres.

    Ya te dije de las deudas y que había leones con la columna vertebral rota,

    que las fronteras de la dignidad son un rugido inútil

    y los ángeles están escondidos en tarjetas de crédito,

    que hay codigos de la salvación que son tan largos como un miércoles que puede acabar

    con la primavera.

    Mi cuerpo es un cigarrillo formado por el tabaco de todos los engaños.

    Voy a hablar un poco más de mi habitación porque me parece importante describir

    las fauces de la miseria y así decidir el mediodía de un acto de suicidio.

    El pinchadiscos que se arranca los cabellos,

    el idioma de algunos intentos de no sentirme humano,

    de no tener que reportar al vacío

    las mañanas que se masturban

    como queriendo eyacular mi futura ausencia.

    Se vuelve a repetir la densidad de lo inexplicable

    y en la chimenea de los párpados cruje el momento

    cuando por primera vez abrí los ojos.

    No lo puedo definir, es lágrima.

     

     

    La sal derramada

    Julio González Alonso

     

     

    Los nombres que mi boca niega, el hambre

    que los ojos no ven; la dura ausencia en blanco escrita

    al alba de los días. Qué inútil,

    qué vana pretensión el refugio vacío del recuerdo,

    reflejo de agua en el espejo estancado de las aguas.

     

    Inmóvil en el centro del silencio gritas,

    sin voz gritas, sin palabras te nombras

    y adjetivas. Qué amarga saliva

    de besos

    en labios yermos, qué calor frío

    en el hueco del verano, secos los arroyos.

     

    Sólo el viento azota furioso las miradas

    y entre los dedos del tiempo, poco a poco, escapa

    la sal derramada del olvido.

     

     

     

    *Del poemario “Testimonio de la desnudez”(Ex aequo II Premio de Poesía Treciembre.- Fundación Jorge Guillén.- Valladolid,2015)

     

     

    Un gesto

    Rosa Marzal

     

     

     

    Hizo falta un gesto tan solo

    y la negrura se nos cayó de las manos,

    y la palabra salió de su trinchera

    y arrojó su fusil de suicidios.

     

    Tan solo un gesto mío, un gesto tuyo

    unidos para un único destierro:

    y yo que negaba el alma de las piedras,

    y tú, que maldecías la vida, sus amargas escamas,

    tuvimos que arrojar nuestro luto

    y vestirnos de río

    y dejarnos fluir en el hilo de un gesto de plata.

     

    “He aquí las venas de mi silencio

    míralas, ya no sangran,

    ahora pregunto por el niño perdido

    de tu Nombre”

    Y las máscaras dejaron de pegarse a tu piel, a la mía,

    y un latido ciego despertó de su eterno letargo:

    el latido de un animal casi muerto,

    casi descuartizado

    por las manos doloridas del miedo.

     

    Hizo falta mirarnos a los ojos más hondo,

    más en verde,

    más hondo,

    hasta hacernos de vidrio.

     

     

    Buitres en mi jardín

    Luis M. Mariño

     

     

    El día que Supermán se enganchó a la marihuana

    en mi reino descorchábamos caprinos

    desde los campanarios,

    aplaudíamos el acuchillamiento de mamíferos

    astados

    y practicábamos el hara-kiri (en vivo)

    a los cerdos.

    Por aquellos años yo dibujaba sueños

    y odiaba a los niños con olor a mierda

    de vaca, que chorreaban hostias

    tras la cerquilla aledaña a un colegio

    de piedra podrida

    (materia de sus progenitores y enlatados cerebros).

    En la primera cadena explotaba

    el espíritu de la paloma

    en doble estéreo e improvisadas distorsiones

    a una sola mano.

    Nuestros padres se emborrachaban

    con vino de rosas

    y aroma de sangres secas,

    solera que hervía

    la bodega de las parroquias obreras

    y la festividad anual de la casa de campo.

    En aquellos años, a nuestros jóvenes mayores

    aún les sangraban los himnos a capela,

    se creían a pie juntillas la pirotecnia libertaria

    y los anuncios musicados de nocilla.

    Ya entonces se fraguaban cambios terminales

    en el córtex de los barrios,

    mientras los negritos del Colacao

    del lejano sur

    se empeñaban en seguir muriendo

    antes de los cuarenta.

    La floreciente dislexia existencial

    ya presagiaba el apocalipsis

    en los imberbes pechos.

    Los camellos de los lacoste

    acumulaban matrículas de honor

    en inDerecho y ciencias políticas.

    Todos remaban hacia el horizonte

    que dictaban el anti-inmovilismo social

    y las feromonas de ocasión.

    Más tarde,

    yo aún aprendía a abrocharme los verbos

    en frecuencia modulada,

    engordando a golpe de uña y lengua

    la lista de mis futuros crímenes contra la humanidad

    y la línea crediticia del Corte-inglés.

    A las estatuas se le cayeron los anillos

    y a otros el reloj del amor

    por las alcantarillas de algún paraíso

    en rebajas…

    Y Supermán, ya desintoxicado,

    estrellaba sus lágrimas de acero

    contra el techo del planetario

    de su vieja ciudad technicolor.

    Allá por mi reino, aún se mojaban los sexos

    y se empalmaban los miembros viriles

    de los machos ibéricos

    cuando algo de cuatro patas doblaba

    el esqueleto

    y derrumbaba su sangre por la tierra;

    pero, por aquel entonces,

    yo aún seguía creyendo en superhéroes

    que fundían con su mirada láser a los malos.

    …Años después

    yo seguía digiriendo padres,

    yo seguía escondiendo venas,

    y yo seguía dibujando sueños…

     

     

    Las bocas y el ciruelo

    Armilo Brotón

     

     

    Desde el Evaristo Corumelo

    ¿Cuál sería el resultado
    de haber salido dos minutos antes
    de tu barriga
    o dos minutos después? ¿Dónde estaría ahora?
    Pero el tiempo es de las ciruelas
    justificación de los pájaros,
    del frío que entra por arriba,
    del golpe de dados que se mete
    por las muñecas de tu nombre.

    Irremisiblemente     ahí está el azar
    escribiendo sus versos,
    menudos como el tempranillo
    que alimenta unas bocas de lumbre.

    Una flor que  no sabe de climas,
    que lleva un frío a destiempo
    y muere
    a pesar de su entrega.
    Lo que tiene que suceder sucede,
    sin más remedio.

    Las manos se congelan como rocas
    pierden la sensibilidad
    y se confunden con una primavera silenciosa.

    Sin más remedio,
    sin nada que hacer.

     

     

     

    Poesía: ¿dónde estás?

    Óscar Distéfano

     

     

     

    Deseo llegar a los versos, ¿voy a los sucesos,

    hablo de la muerte, del sol cuando cae el ocaso,

    voy creando correspondencias y similitudes,

    o hablo de anécdotas personales, de amores ya perdidos,

    hago algo con el cuerpo radiante de mi amada, sus muslos blancos,

    describo el terrible dolor que me causó, abro mi pecho

    para que el mundo vea las pulsaciones de mis sentimientos?

     

    ¿Debo gritar las injusticias, debo cantar a mi país, o debo

    describir los rincones de mi casa, de mi patio, de mi jardín,

    debo filosofar, encontrar gnosis, verdades deslumbrantes,

    debo componer música, melodía de ríos, de bosques,

    ritmos de las noches urbanas, de los paseos lúgubres,

    de las prostitutas, de los mendigos, de los niños de los semáforos?

    ¿Debo llegar al mar, a las arenas, a las espumas, a las sirenas,

    divertirme con las bellezas que hoy están grises y fláccidas,

    llegar a las montañas, a los ecos profundos, a los inviernos,

    a las nieves sobre los prados húmedos, a las primaveras, las flores,

    o entrar en las intrigas de la sociedad, en los conflictos del poder,

    en las guerras interminables, en el cansancio, en el hastío?

    ¿Dónde debo encontrar mi poesía, ese secreto que un gran día,

    indiferente a la ansiedad, al capricho, al tesón, a la experiencia,

    estalla en pleno rostro y en plena conciencia de mi vigilia?

    ¿Debo pactar con Mefistófeles, invocar a los dioses, escrutar

    las estrellas, buscar con mis tecnológicas herramientas?

    ¿Debo exhumar cadáveres de amigos y parientes, gatos y perros,

    o acaso de enemigos, de esqueletos de héroes, cantar sudarios

    de piratas, de peones, de obreros, de lavanderas tímidas?

    ¿Debo indagar en las ideologías, en los puntos de vista

    que destruyen amistades en las tabernas, en los yates?

    ¿Debo regresar a mi infancia, a recoger las rosas de mi madre,

    a exprimir mi memoria y recuperar el ocio infinito, con la lluvia?

    ¿Debo mirar el tiempo en todos los espejos de mi entorno,

    y fragmentar en versos las copiosas mentiras de mi vida?

    ¿Debo verme en el otro espejo: mi subconsciente,

    y galopar sobre potros dorados con cuernos de unicornios

    en los prados azules de las muchachas que juegan al golf

    con sus nodrizas de miradas lésbicas? ¿O quizás, enfermarme,

    para escribir un gran poema sobre las inclinaciones neuróticas?

    ¿O quizás, desordenar mis sentidos con ajenjo y alcaloides?

    ¿Acaso debo entrar en las palabras y enlazarlas,

    visualizando previamente sus únicos destinos, sus manos

    abiertas y extendidas para tocarse, para agarrarse,

    y crear una fusión nuclear de la verdad con la belleza?

     

    ¿Es cierto que esperan ya los poemas todo escritos,

    y que duermen en un reposo intacto, en una espera

    hibernada, como en su tumba de resurrección,

    como si la eternidad fuese su imperio de siempre?

    ¿Es cierto que debo esperar pacientemente si la luz no llega,

    que debo mantener la compostura si reina el caos?

    ¿Es cierto que debo insistir horas y días y semanas

    hasta que la palabra realice su danza amorosa con el silencio?

    ¿Es cierto que un poema oscuro es irrecuperable,

    que mejor es dejar que la mortaja del olvido lo recubra?

    ¿Es cierto que tampoco debo exaltar cualquier vocablo,

    o sobornar con elocuencia, con dicción admirable,

    la perfecta distancia de las sílabas, y la perfecta

    yuxtaposición de imágenes, de metáforas?

    ¿Es cierto que el verso posee vida propia, y voluntad

    para adquirir su definida cualidad, pero existe encerrado,

    y que yo debo saber vislumbrar el destino hacia el ser,

    para cavar con paciencia el túnel de su libertad?

     

    Deseo volar a los versos y, hasta hoy, han huido de mí,

    se esconden en el firmamento, detrás de las estrellas infinitas,

    como si quisieran herirme con indiferencia y des-aire,

    como si quisieran verme caer sobre el buque que surca los abismos,

    sobre la húmeda cubierta, a merced de los marineros

    para que estos se diviertan al verme renguear

    de estribor a babor con mis grandes alas blancas.

     

     

     

    Amanece

    Judit Paz

     

     

    Queden las madrugadas todas, queden albas

    y que el sol se indecida largamente

    antes de culminarse en las alturas;

    se tesele los haces, ralentice,

    nos confiera poder desvanecido,

    desapego indoloro y circunstancia.

     

    No le importe arroparse de infinito

    y alargar sus flirteos con la plata;

    ni mezclar indulgente los azules

    en el filo que acucia el horizonte.

     

    Queden las albas todas

    en los iris,

    armisticio de luz, consciente ocaso.

     

    Quede una noche cierta en la mirada.

     

    Nadie muera los sueños,

    que amanece.

     

     

     

     

     

    — Nocturnation —

    Israel Liñán

     

     

     

     

    Un batir de alas,
    sonoro como las olas del fin del mundo,
    se escurre por las paredes.
    Miro sus grandes pechos y busco
    el equilibrio en el respaldo del taburete.

    La música sitia a los malditos,
    boquean sonidos herméticos,
    The xx,
    Infinity es una oda a los sonidos graves.

    El camarero trae whisky,
    ríe y derrama el dorado tesoro
    sobre su boca abierta,
    siento la presión entre las piernas,
    desvío la mirada mientras me enfrento
    al descenso.

    Sus labios mojados me encienden.

    Un reguero de sudor desciende por su cuello,
    huele a sexo y a rutina,
    excitado
    busco mi sombra en el espejo
    mientras bebo de un trago
    lo que queda de cerveza .

    Intento articular palabra.

    Se levanta,
    sus caderas forman una preciosa curva,
    agonizo al imaginar
    el suave arqueo de su espalda
    sobre el capó del coche.

    Suena Him, Wicked Game,
    y ardes en la pista,
    detengo por un instante el circular movimiento
    del espacio
    y detengo el tiempo,
    floto sobre cabezas de gente sin piel,
    examino sus piernas,
    la perfecta armonía de los muslos
    en mística unión con la vida.

    Mareado vuelvo a la barra,
    Kings of Leon y Sex on fire,
    me muerdo el labio cuando se sienta a mi lado,
    pide otro whisky y me sonríe,
    respiro hondo y eructo.

    Otro macho en celo se acerca.

    En ese instante toco fondo,
    lamo el suelo y maldigo las horas vacías,
    la lentitud lamentable de la agonía.

    En el coche reclino el asiento,
    el frío de la madrugada atraviesa las ventanas,
    cierro los ojos,
    demasiado borracho para conducir,
    demasiado cansado para empotrarme
    contra la mediana de la autopista.

     

     

     

     

     

    Seducción

    Carmen Pla

     

     

     

    Si supiera de dónde vienen los poemas, allí iría.
    Michael Longley

    No nos despreciaba, nos tomaba tal y como éramos,
    como un riachuelo con humo nutridos de desconcierto;
    en una mirada de montaña seguíamos un camino
    y dos estrellas adustas se cruzaban como piernas narrativas,
    el equivalente de la noche cuya llave se perdía,
    la respiración de un rojo hierro, la espina, y un espejo de fiebre amarilla.

    El viento de uno al otro devorando las telas
    jugueteando con la melancolía, ante el cristal y contra el cristal
    una maravillosa idolatría de la vida,
    pulimentados por el brillo como alas que dan vueltas,
    así éramos ,condescendientes ante la muda experiencia
    para satisfacer a la belleza,
    seducidos por un corazón de árbol extasiados por su fruto,
    sin encorvarse, para amar entre parajes provocando la felicidad
    la tinta de piel vulnerable con el rojo de la nube.

    El glorioso encuentro de la dicha
    cuando en las bocas cantan los amantes,
    que sin ser crédulos, éramos agasajados, bellos y rebeldes,
    ante la dinastía de todos los sentidos,
    reptando entre dos convexidades.

     

     

     

    Hoy te escribo

    Maria José Honguero Lucas

     

     

    Hoy te escribo a ti,
    a esa sombra que cuaja entre la lluvia,
    al desliz angosto
    por donde gotean mis sueños más prohibidos.

    Te escribo
    porque quiero invertir las maldiciones
    que te hicieron marisma,
    abrevadero de ansias vespertinas,
    porque quiero olvidarte mientras quiero
    cincelarte en mi pecho desvelado.

    Porque anhelo las noches
    en que un beso de los nunca dados
    erigía mis penumbras
    a la eclosión de una estrella
    o una palabra, infinita en su reverso,
    devanaba el perfil de los océanos.

    Porque siento en los labios
    el prisma enloquecido de tu boca
    deshecha en despertares,
    porque ansío esos versos imperfectos
    engendrados de una sístole conjunta
    y muero, en cada inconsciencia,
    por tu calor firmado entre mis brazos.

    Hay distancias como universos incompletos,
    olvidos a medio hacer,
    retales,
    convicciones de un adicto a la mentira
    o el descenso de un párpado despierto
    y no son suficientes,
    no para un abismo construido con miradas,
    con ladrillos de carne recién hecha
    o para un horizonte pintado entre las ascuas
    de algún invierno roto,
    hay distancias que son como alfileres
    clavándose en la piel en cada pulso
    y te llueven encima, en un respiro,
    su dolor translúcido.

    Por eso te escribo,
    porque hay veces que un destierro
    no vale un camino,
    porque añoro la sed, la muerte cíclica
    que tu amor engendra.

    Y mañana no sé si seré capaz de recordarlo.

     

    Ella…, la noche

    Gerardo Mont

     

    La recuerdo cinematográfica, noche azul de paso lento,
    exhalando volutas de aire frío, hilvanando entre farolas
    la distancia, como diciendo: “a pesar de todo estamos cerca”.
    La recuerdo densa, con muchas cosas en la mente, gesticulando
    cuando nadie la veía, como rogando treguas a los acólitos del miedo.

    (Cuando el viento tañe sus campanas, y una armónica
    lejana apetece los labios de otros tiempos,
    ella, a sí misma se extrae de entre las uñas de la vida
    y toca. “Panes duros”, se dice,
    “otro trago para aprehender más de nosotros.
    Para olvidar que el tiempo no respeta las plomadas”).

    La recuerdo desnuda, erecta, tarareando nocturnos imprecisos,
    con sus ojos grandes inmersos en el lago de la amnesia,
    en sus sombras que poco a poco refutaron la entereza
    con los dislates de antiguos puntos cardinales.

    (Se imagina de cera en las vitrinas, vestida con los trajes
    que paga un mortal adinerado. Y yergue su espalda,
    despliega su plumaje, mientras las moscas de la noche
    le clavan sus ojos como estacas).

    La recuerdo escribiendo nuevos nombres cada ocaso.
    De sus viejos enemigos escogía las iniciales. Reunía las balas perdidas
    en las sienes. Diademas las llamaba. Luego se decía: “La noche tiene orillas.
    Allá…, abundan los refugios. Después del puente de las migas
    las burbujas de otro día, sus notas albas, sus alas tibias”.
    Pero no oteó realmente los finales – tierra firme de los náufragos.

    La recuerdo deslizándose con sus tacones rojos
    por el teclado de las horas, presumiendo las vaguedades del amor,
    el grueso impenetrable de una piel inmune,
    los sueños inconclusos que a la suma nos definen.
    La recuerdo desdeñando dádivas, dándole la espalda
    a la sentencia de hojas secas, con la altivez de los dioses
    que encontraron el oro monoatómico.

    (Cuando acelera el paso, el tiempo parece detenerse
    si bien se alejan los altares. Le queda desnudarse,
    mantener estáticos sus dedos, tácita su pelvis, y con sus ojos desérticos
    negar todas las lágrimas…, exhibir solamente,
    el frío inconsecuente de sus mármoles.

    …Diva de las cajitas musicales, baila los destiempos
    ella sola, y sin embargo, concurrida por todos los delirios).

      

     

    A nuestra amiga Mari

    Manuel Alonso

     

    Cuando se para el corazón de una madre,
    razón primera, fuente de la vida,
    el pulso de la tierra se ralentiza.

    Cuando se para el corazón de una esposa,
    vientre preñado de universos,
    como un cigarrillo se consume el espíritu.

    Cuando se para el corazón de una amiga,
    se levantan todos los teléfonos y se tienden
    todas las manos en las redes sociales,
    para curar las heridas.

    Cuando todas las estrellas de la noche
    y todas las farolas de la ciudad
    se habían apagado,

    Mari también se apagó.

    En mitad del sueño,
    con la luz temprana del sol primero.

    El rocío resbalaba en los pétalos.

    Tuvo buena muerte.

    (aunque siempre temió que fuera así:
    dormía, cuando no estaba acompañada,
    con la luz encendida)

    Buena madre, fiel esposa y amiga siempre de sus amigos,
    dulce y tierna como la primavera,
    ahora vive otra realidad que la renueva,
    antigua morada de la belleza.

    Nunca olvidaremos
    su complaciente sonrisa,
    sus respetuosos gestos comerciales,
    y su genuina y lánguida mirada leonesa.

    Descanse en paz.

     

     

     

    El grito

    Javier Dicenzo

     

    ( A Rafel Calle ) 

    Antes de ti no existía el amor, ni el hambre, ni la soledad.
    El grito en la selva fue el quejido inmenso del futuro.
    Amor, he caminado muchas veces en desiertos.
    Perdido retoño que era piel de mieles.
    Aún, aún con esas manos de Neruda, alas hambrientas.
    El viaje hacia las estrellas será largo
    en la necesidad de besarte, en el aún y el todavía.
    Unas lágrimas caen en el olvido del nunca jamás,
    el grito de la selva es la apasionada letanía,
    soy hombre de panes en la soledad.
    Hoy llueve en los nudos del mar, esos, esos muelles…
    Esos muelles que te abandonaron en el grito, en la piedad del rezo.
    Quieta estás desventurada, agónica, pletórica.
    Allá con el grito, allá en lo turbio, allá en el naufragio
    escucho el grito perdido de los pasos que aquietan la piedad.
    Deseo de mentir…, de labrar las uvas en mis manos, de tu mano.
    ¿Acaso ese grito penetrante y dilucidado es mío más que tuyo?
    Aquelarre de la infancia con chillidos de pájaros dormidos.
    Mis deseos abarcan los mares, la luz, el universo,
    pero tus penas, tus bocas, tus miembros, tus pasos y mis ojos
    todo eso te lo entrego, y el grito en la selva, con venas sangrientas.
    Antes de ti no existía el amor, ni el hambre, ni la soledad,
    solo el naufragio que el dolor fundió en barcos olvidados,
    con las rompientes de ese pozo de los amaneceres…
    Ese ayer.
    Nada de beber y la garganta sujeta a la noche que ciñe el viento del sur.

     

     

    Conversación de los abismos

    Roberto López

     

    En el suelo del bar se pierde su mirada,
    mientras su mano, con vigor, ciñe la copa.

    Se despeñan los ángeles igual que serpentina
    en la Noche de Reyes.

    De vez en cuando, intenta
    una conversación deshilvanada,
    intrascendente nube en un cielo de nubes solitarias.

    En las tabernas, desde la cátedra de su verdad maldita,
    hablan pontífices de la inconsistencia.
    Y en las camas de sábanas de seda
    eyaculan feroces animales que se aferran
    al sexo que los habita
    bajo la advocación de la naturaleza.

    Alguien -por fin- lo llama, alivia
    la extrema indefensión a que su soledad lo ha reducido,
    sale a la calle triunfador,
    de súbito integrado
    a una totalidad que el móvil simboliza.

    Del pensamiento inerte, renacen las cenizas
    de una felicidad acurrucada
    bajo un paraguas demasiado pequeño,
    comiendo pipas una tarde de lluvia,
    cuando los coches eran amables contrapuntos
    de la normalidad.

     

     

    La carta

    Víctor F. Mallada

     

    En la clandestinidad de un baúl desarrapado,
    escondido entre las páginas
    de un libro empastado en piel,
    encontré un sobre añoso,
    con sello sin fechador y la faz de Alfonso XIII.

    El remite… de ultramar;
    dentro, una carta a plumilla,
    con letra tirada, escrita levemente en diagonal
    sobre papel satinado y dos frases lapidarias:

    “Te espero, ya sabes dónde, cuando repiquen al Angelus
    las campanas de San Juan y haya vuelto el Paquebot.
    Quien quiere comerte a besos”…

    Firmado: R del C.

    Busqué en otros recovecos del desván de los abuelos,
    en listas de pasajeros, en registros bautismales;
    pregunté a los familiares sin obtener más respuesta que…
    él era muy buena gente, caballero, reservado
    y que nunca se casó.

    Que volviera de ultramar muy a finales de siglo;
    con dinero y un chaval de rasgos algo tainos,
    un suave acento boricua y muy tímido en la mesa.

    Al chico lo conocí en fotos de mi niñez ya convertido en abuelo;
    contaba muchas historias, sospecho que idealizadas,
    de un Caribe bullanguero perdido por la impotencia
    de una España desangrada.

    (El abuelo nunca me habló de su madre
    y yo nunca le pregunté que quién era, por qué no estaba
    presente en nuestras conversaciones).

    A él lo quise con locura mientras vivió con nosotros
    y, hasta el final de sus días, el autobús era “guagua”
    los “bochiches” cotilleos y las “jumas” borracheras.

    Aún sueño con él, despierto:
    enjuto, pausado, altivo, algo pillo con las damas
    y guardián de su familia hasta, incluso, por encima
    de lo que marca la ley.

    El baúl que había en su casa… era de mi bisabuelo;

    La carta……………………………………… no sé de quién.

     

     

    La herida de Platón

    Hallie Hernández Alfaro

     

    Reducidos a la mitad aquel día de enero
    acecha la cisura en las venas de Platón.
    Vagarás hasta la ruta del tigre
    zarpa de tierra iracunda,
    de par en falta,
    de cabaña rota.

    Solo estarás;
    holocausto de lluvia marmórea
    que retoza en las calles sin luz,
    en los arcos fantasmales,
    en las sirenas de lujuria.

    Sola estarás;
    en la munición de los francotiradores límbicos,
    en su andar apesadumbrado,
    en el barro cáustico que veja el jardín.

    Reducidos a la mitad aquella mañana de julio
    cimbra entre las montañas una lágrima filosofal;
    hipérbole de un solo nombre,
    labrantía de un solo ser.

    Encuéntrame, amor, encuéntrame.

     

     

    El duelo de Corbain

    J. J. M. Ferreiro

     

    Corbain miraba el vestido de Claire
    que el oleaje había devuelto a la ribera,
    pero el cuerpo no estaba;
    disuelto rápidamente, se perdió entre piedras y lodo;
    se reintegró a su estrato correspondiente,
    como un detrito más
    del sueño geológico del planeta.

    Mucho tiempo después,
    cuando el agua se evaporó,
    parecía verla de nuevo
    en esas formas caprichosas que las nubes moldean.
    Sí, todo en ella fue apariencia,
    —se decía Corbain—
    aparentaba un cuerpo que al moverse
    simulaba maravillar otros cuerpos
    y terrores imaginarios.

    Revivía frecuentemente aquella escena imborrable
    que idearon escudriñando en la perversidad:
    Era en Sierra de Lobos.
    Muy adentro del bosque,
    la noche parecía enferma
    y las parejas del amor yacían
    pudriéndose en los cois y en las hamacas,
    destrozados sus vientres sanguinolentos
    por las alimañas nocturnas.

    Durante aquella época Corbain
    fue muy dichoso;
    recordaba que siempre
    que se besaban
    ponían alfileres en los labios.
    Ahora,
    sus lágrimas caían con un ruido ensordecedor.
    Sus manos parecían dos ataúdes de silencio.

    Desde su desaparición,
    fabricaba sus propios días
    o vivía en los ya idos,
    que eran los más inesperados.

    Y siempre solo, nunca se encontraba.
    Tampoco lograba saldar
    haber soñado
    la proporción más dulce de lo suyo,

    eso que le pedía ser
    como la ofrenda de la lluvia,
    por su invasión,
    la humedad acariciadora,
    por su llama de vida, el inmanente trazo,
    por el alimento de tierra interminable
    con el que ella le entregaba el amor…
    y sentía muy íntimamente
    la nieve de recuerdos
    que los días escombraban en sus sienes,
    ese halo de belleza que fulgura
    cuando hasta las palabras sienten.

    Aquella tarde, Corbain recorría
    la orilla de la playa
    pensando en ella,
    y veía como la traza
    de sus caderas, siempre ciegas y balbucientes,
    todavía quedaba esbozada en la arena.
    La imagen de sus chanclas
    y sus gafas de sol tiradas en el suelo,
    abría en él
    una sensación de abandono,
    quieto e irrecuperable.
    Eran objetos vívidos
    con un alma extraplana,
    indiferentes a la salvación eterna.
    Entonces Corbain,
    mirando al mar interminable
    murmullaba despacio:

    “Vengas con las raíces de la sed
    o vengas
    con la tormenta mar adentro,
    con la hierba del frío,
    o en las orillas de la sombra,
    jamás la seda parda de la tierra
    aliviará la herida de tu tiempo”.

     

     

     

    Blanca, el color de infinito

    Rafel Calle

     

    Este es un poema renovado que en su día dediqué a Blanca Sandino. El color del infinito, al que hago referencia, es el título del último poema que Blanca escribió cuatro días antes de su partida.

     

    No sé dónde tus paseos esperan la luz de Cádiz,
    ni en que ocaso del salero sucumbieron los maizales
    a las mañas de tu abuelo que si quería educarte
    te mandaba desgranar Asturias y grano cierto;
    memorias de la verdad en los callos de los dedos.

    Tus manos en la mazorca, manos de niña traviesa,
    desgranaban las victorias del oro de tus dos trenzas.

    El brillo del pelo llora al silencio de la siembra,
    peina la tierra que llora, llora la tierra que peina.

    Pasaba por los portales, era señora y muy cierta,
    eras tú o casualidades de una calma cenicienta
    que explosiona las bondades cuando vence a la tormenta.

    Después de todos los hijos y los nietos que anduviste,
    los versos eran vestigios, fervorosos paladines
    de las causas que han vivido en todo cuanto sentiste.

    La costumbre del retrato donde aguardan tus recuerdos,
    es un presidio del canto, silenciosamente verso.

    Intenso azul de poetas que ahora sin ti son grises,
    ahora grises que versan del tiempo que no tuviste.

    Ante la muda no canta el jilguero de la fe,
    pico y pala y el silencio y la blancura a sus pies.

    El color del infinito es de rojo mercromina
    para curar las mañanas y los sorbos del café
    llagados por el consejo que me diste en tu partida:
    Vive por mí, Rafael,
    sé muy feliz por tu amiga.

    4 noviembre, 2016 • Poemas, Revistas • Vistas: 0

  • Para La Mallor

    ¿Quién eras, antes de ser La Mallor?

    ¿Te conocieron los griegos,
    los fenicios,
    los de Cartago
    o los troyanos?

    ¿Cómo eras antes, a qué olían
    los olivos?
    ¿De qué color eran
    las flores
    de los almendros
    y las encinas?
    ¿De qué color era el mar?

    Hoy, eres tan grande,
    y a la vez tan pequeña…
    Tan vacía… y a la vez tan llena…
    Tan infierno…
    y a la vez tan Paraíso…

    A la salud de tus posidonias
    y envueltos en tus ropajes,
    escanciamos nuestras copas
    frente a tu mar.
    Házael González.
    Escritor.

    16 junio, 2015 • Poemas, Revistas • Vistas: 0

  • PERSONÆ (bocetos I)

    Cada distancia tiene su silencio.
    Antonio Gamoneda.

    PERSONAE (Bocetos I)

    La palabra que envenenó mi boca
    fue la tuya: cada distancia tiene su silencio.

    Quizá no fuera «adiós» la palabra precisa; quizá no fue razón de amor.
    Quizá no era «ternura» la palabra que envenenó mi boca.

    Mas cuando diciembre reclina la cabeza
    bajo un sombrero cónico y pequeño,
    sé que no existe ningún vacío que tu ausencia no colme.

    La palabra que envenenó mi boca
    fue la tuya, allí, en el silencio.
    Y no había sacado tres veces seis, ni mi destino,
    pasaría de nuevo por la misma casilla.
    No era la cárcel -decías-
    sino, decías, la habitación del duende
    que lanzaba sus hechizos a luna.

    La palabra que envenenó mi boca fue la tuya
    (y tu brindis).

    Mío el tablero, y el cubilete, y las fichas;
    el dado, la sombra, y el sonido del hielo contra el vaso.

    Y aún estaba en pie Manhattan.
    y no había bajo todos los cielos este olor a ceniza.
    -sólo ausencias e incertidumbres; y nos quedaba tiempo-.

    Lento éxtasis, aullido atávico de lobos;
    se desalaba tu océano al caer las estrellas: agua dulce para mi sed, amor.
    Para mi sed agua, y luz para la sala límpida y blanca, aquella que fuera
    nuestra: se llena de azucenas y lirios que tus manos alguna vez
    sembraron en mí, en mí
    y en medio de la noche.
    Y en medio de la noche (ay, oscuridad carente de sentido):
    yo, tu tierra prometida,
    yo, que me transformo en jardín de tus divagaciones cuando me abrazas;
    yo, que si te nombro, eres;
    eres cuando ellas caen (lento es el éxtasis, amor) sobre la tierra.

    En la declinación de todos los verbos, enmudeces
    (la vida es una soledad poblada de palabras)
    y se hiela el aullido del lobo en medio de sus fauces:
    viento del Norte, tú. Viento mi boca. Lento, qué lento el éxtasis.
    Blanca Sandino.

    Poeta y escritora.

    16 junio, 2015 • Poemas, Revistas • Vistas: 0

  • Selección de poemas del Foro Alaire

    Los corazones voladores, ahítos de quejidos, buscan un pecho frondoso en el que depositar su amor y sus quimeras.

    Las mentes soñadoras, voraces de crepúsculos, persiguen ese verbo sublime que las eleve por encima de los lodos que salpican.

    Los poetas exploradores, aburridos de diccionarios, exprimen las metáforas hasta encontrar el eco exquisito de su pasión.

    Corazones poetas, mentes poetas y poetas aventureros, densificados en nubes primaverales, dejan su lluvia creativa en el Foro, en donde, gota a gota, palabra a palabra, llega a formarse este torrente, este río de poesía.

     

    Río que lame las orillas de la ciudad y sus miserias entrañables:

     

    Tal vez por eso ahora te encuentro en las esquinas
    con la barba crecida,
    fresco entre los ojos el beso de la vida

    Julio González Alonso

     

    que acaricia las dulces riberas metafísicas del amor:

     

    Toda amor. Toda tú,
    en la breve eternidad de serme
    como se es el agua en las hojas del árbol, así te amo.
    Blanca Sandino

     

    que se interna en la bucólica paz de las praderas remotas del alma:

     

    ¡Que será de estos campos cuando mueras!
    Pastor que te pronuncias en caminos,
    en antiguas cañadas y destinos
    con un rumor de sabias primaveras.

    Adrián Pérez

     

     

    que se expande hacia el interior del poeta en vívida introspección:

     

    Me conozco
    como un lobo en el claustro
    como un claustro
    con un lobo dentro

    Pedro Arguedas Ibáñez

     

    Río de luz poética, de sublime delicadeza culta:

     

    Habitas mi silencio
    con el ardor secreto de palabras tejidas
    en el telar insomne al que yo me sentencio

    Isabel, Rodríguez
    Río de talento que brota de las sienes de un niño que quiere ser poeta sin saber que ya lo es:

     

    El amor y la muerte,
    no se sienten. Se sueñan.

    Juan Cruz Bordoy
    Río de cálidas aguas amorosas que transportan raíces como filos:

     

    Hay noches como látigos de hielo,
    y también hay poemas como cárceles
    que arden entre mis manos
    y son tuyos.

    Viví Flores Massares

     

    Un río de genialidad que transforma la esencia de las palabras convirtiéndolas en espuma poética, innovadora y sutil:

     

    si disparo al vacío las palabras

    … … … … … … … … … … … …

    o permito que equilibren su calma

    para que tú suicides, lentamente,
    su azul significado.

    Rosario Alonso

     

     

    Queridos amigos:

    Vamos a sumergirnos en este río poético. Que sus aguas purísimas nos inunden y nos lleven flotando hacia el mar de la emoción.

     

    EL HABITANTE.

    Pasajero de los trenes suburbanos
    y habitante de todas las calles;

    tu mundo

    la parada del autobús,
    el banco
    verde,
    la sombra oblicua de las catedrales.

    Todavía llevas puestos los zapatos
    que no se te harán viejos mientras dormís, olvidados,
    la noche del barrio gótico hasta el último silencio,

    y luego

    despertarás
    descalzo, como viviste siempre,
    en un puerto encalmado de acribillados diques.

    Alguna vez supiste lo que buscabas
    donde
    buscar es un peligro,
    la asechanza mortal de la libertad anclada
    en el mar que mirabas sin definiciones.

    Tal vez por eso ahora te encuentro en las esquinas
    con la barba crecida,
    fresco entre los ojos el beso de la vida

    y creo que es mentira que ha muerto la bohemia.

    La trampa se ha cerrado. Sí, la ciudad es maldita;
    mas, sobre los tejados,
    tu canto irracional
    encontró los zapatos
    huérfanos de pies;

    ¿qué hacen –nos sorprendes- los zapatos en las azoteas
    y en las aceras los pasos?

    ¿qué hacen –nos respondes- los hombres que se arrastran
    hacia ninguna parte
    en los pasos que encierran sus zapatos?

    Julio González Alonso

     

    Del tiempo también roto

    Toda amor. Toda tú,
    en la breve eternidad de serme
    como se es el agua en las hojas del árbol, así te amo.

    Toda haz, toda envés -como ellas-, así te amo
    Así, y hacia dentro.
    Y circular.
    Y concéntrica.
    Toda yo conteniéndote.
    Y porque te amo así,
    de nuevo te perpetúo en mi memoria:
    hoy, este día idéntico a otro día,
    con azul del mar al fondo
    -más honda que ayer la sombra de mis sueños-
    y el corazón herido hasta el silencio.

    Blanca Sandino

     

    Qué será de estos campos…

    ¡Que será de estos campos cuando mueras!
    Pastor que te pronuncias en caminos,
    en antiguas cañadas y destinos
    con un rumor de sabias primaveras.

    ¿Recordarán tu paso las laderas
    impregnadas de aquellos dulces trinos
    de cencerros, y amores peregrinos
    que nacen cuando brotan las trigueras?

    ¿Verán los tambarices del sesteo
    la penumbra en su vientre, con navajas
    cuando reine el silencio del descanso?

    Bebes la soledad en el careo
    mientras surcas los montes que trabajas,
    y una pupila, yace en el remanso.

    Adrián Pérez

    Me conozco

    Ven
    desempeña el oficio de tu cuerpo
    en el axioma mudo
    de mi garganta abierta.
    Ven
    al beso sacro que arquea su columna
    para que se desplome el tejado de mi lengua
    llena de calumbre
    de tanto mojar dedos para pasar páginas vacías
    de tanto barrer rincones infinitos
    donde el polvo no pesa
    ni se ve.
    A pulso abierto
    a nervadura creciente
    en el raso ilimitado de la piel
    quiero trazar el ojo
    menguante hasta cegarse con el itinerario
    de quien busca perderse en los pasos ajenos
    dentro de la casa
    propia y derruída.
    Me conozco
    como un lobo en el claustro
    como un claustro
    con un lobo dentro
    husmeando al dios y a la oración para matarlos.
    Y sé que  el hambre es la justa redención del animal
    que hace manada de tu sangre
    instinto de tu nombre
    saciedad de tu saliva.

    Pedro Arguedas Ibáñez

     

    P O E S Í A

    A María Rosal

    Yo no lucho contigo;
    ni tampoco eres mía.
    Ni tú me perteneces ni yo te pertenezco.
    Pero contigo al lado se endulza la agonía,
    y cada día nazco
    y cada día crezco
    y cada día canto; y muero cada día.

    Eres una presencia
    serena y silenciosa.
    No me urges, no me mandas, no me impones el verbo.
    Ni me enciendes la rabia ni me ofreces la rosa.
    Eres paciente y lenta.
    Sabes que siempre vuelvo
    al cobijo seguro de tu ala poderosa.

    Callas cuando yo callo.
    Habitas mi silencio
    con el ardor secreto de palabras tejidas
    en el telar insomne al que yo me sentencio,
    donde tejo la herida,
    la destejo, y estallo
    en un clamor de llanto, de furia incontenida.

    Abres cauce seguro
    por donde fluye el hondo
    rumor de agudo enjambre que atormenta mis sienes.
    Me alumbras hasta el fondo
    de mi hondón; me sostienes
    con tu mano de algas; me regalas el día.
    Y aun cuando no te tengo,
    ni tampoco me tienes,
    si alguna vez huyeras, yo no sé lo que haría.

     Isabel Rodríguez

     

    Los sueños.

    Te llevan hasta el cielo
    para bailar en una nube
    llena de alegría.
    Un mundo sin límites,
    y sin problemas.
    El amor y la muerte,
    no se sienten. Se sueñan.

    Lo que tu quieras,
    puedes tener.
    Los afectos, la paz, etc.
    Pero recuerda,
    que es un sueño.
    La dulce brisa se desliza
    sobre los árboles,
    dorados por la sequía.

    Te despiertas y te levantas,
    con suavidad.
    Bueno… no tan despacio.
    Levántate .Mañana o luego,
    volverás a soñar
    con una bolsa de alegría.
    Pero ahora ve a desayunar,
    y a trabajar.

    En la noche te vas a acostar
    con gran felicidad,
    por eso te dormiste rápido.
    Soñaste con amor,
    y con un rocío jugaste
    entre los árboles negros.
    La primavera está allí con la paz,
    y los deseos de amar sin escudos de acero.

    No te rindas de soñar.
    No va a pasar nada, sigue durmiendo.
    Casi es hora de levantarse,
    aprovecha este momento.
    Piensa en algo rápido.
    Se te acaba el tiempo.
    Pero cuando logras pensarlo
    debes levantarte.

    Al hacerlo, refunfuñas
    con cara de puchero.
    Te sientas en la mesa,
    a desayunar.
    Tal vez la próxima noche
    tengas otra oportunidad.
    Juan Cruz Bordoy

     

    Censoras

    “Pero, a su lado y dentro de este amor espiritual que siento por ti, hay también una bestia salvaje que explora cada parte secreta y vergonzosa de él, cada uno de sus actos y olores”.

    De James Joyce a Nora Barnacle
    Hay noches como manchas de pudor
    en medio de los senos.
    Tienen un dedo triste que se afila
    y se enrosca oprimiendo la garganta
    hasta cortar los sueños y quemarlos,
    y alguna vez,
    si hay suerte y casi muertos,
    sólo huyen del calvario los suspiros…

    Yo querría,
    dentro de esos silencios sollozantes,
    engañar al deber con las palabras:
    llamarte Nora entre sudor y espasmos
    y firmar como Jim
    al pie de cada beso rojo o sucio.

    Decir, naturalmente, el deseo que brota
    al roce de mi espíritu y tu voz
    y confunde tus dientes con mi espalda,
    o me hace un hombre fuerte
    capaz de contenerte en lo sensible
    y a vos una mujer, una muy mía,
    como yo me presiento entre tus muslos;
    si al fin, belleza y fuego (vos y yo),
    jamás sabrán de número, de género,
    o de tabúes con tijera en mano.

    Hay noches como látigos de hielo,
    y también hay poemas como cárceles
    que arden entre mis manos
    y son tuyos.

    Viví Flores Massares

     

    Ojos funámbulos

    Qué suerte poseer ojos funámbulos
    y decidir ahora, en este mismo instante,

    si disparo al vacío las palabras
    desde esta cuerda floja que sostengo,
    o permito que equilibren su calma

    para que tú suicides, lentamente,
    su azul significado.
    Rosario Alonso

    1 junio, 2015 • Poemas, Revistas • Vistas: 0

  • Selección de poemas Grupo Texturas

    Siempre han existido escuelas (“Conjunto de caracteres comunes que en literatura y en arte distinguen de las demás las obras de una época, región, etc.”). No solo en las artes, sino en la filosofía, en la psicología, en la medicina…

    El Grupo Texturas no pretende proceder de una escuela determinada aunque, lógicamente, podría encuadrársele en términos muy generales como “Poesía castellana de fin de siglo XX e inicios del XXI”

    Pero esto no indica más que una ubicación cronológica y la adopción de un mismo idioma. En el Grupo Texturas, todo lo demás es pura (y bendita) diversidad.

    En sus ocho integrantes, hay analogías más o menos lejanas, que los lectores serán los primeros en advertir. Pero, sobre todo, diversidad, gran diversidad en el enfoque de la vida, en la elaboración del acto poético, en los objetivos estéticos que se marcan, en la utilización de vocabularios diferentes, en la forma particular de cada uno de sentirse poeta.

    Porque la poesía, siendo una, es infinita, es múltiple, es irreducible a una única concepción, es indefinible. Veamos ocho poéticas, todas igualmente adscritas a ese denominador común de la búsqueda de la belleza.

    En J. J. M. Ferreiro nos encontramos con una exaltación de la metáfora, la cual domina todo su quehacer poético. En él, los símbolos adquieren un sonoro hermetismo que se deshace en la inmensidad del poema. Sus metáforas tienen vida propia e impresionante originalidad:

    Hay una impalpable arena en el olvido,
    donde residen todas las cosas fragmentarias:
    el cuero de unos ojos,
                 espejos diluidos,
                             aves sin tránsito…

     

    En Sara Castelar Lorca, la poesía se sublima en imágenes evocadoras de una extraordinaria delicadeza, y entre ellas, entre tanta y tanta imagen insospechada, aparece, de vez en vez el aserto filosófico, fruto de una madurez intelectual y poética:

     

    Qué generosidad la del olvido
    que nunca se recuerda tristemente.

     

    En Alonso de Molina, la poesía unas veces cobra vuelos de vivaz gorrión, con sencillez de ángel, y otras, con densidad de gaviota, planea suavemente sobre concepciones poéticas profundamente humanas, propias del poeta que vive y siente y palpita:

     

    En cada esquina crujen espantapájaros
    mirando inciertos, sin saberse muertos,
    la perversa sangría de las sucias trincheras
    que veneran estatuas e hieren a sus ídolos

     

    Rafel Calle es el poeta del ritmo y la densidad. Su poesía cobra siempre una profundidad que roza lo metafísico y que, decididamente, se adentra por los oscuros senderos de un lirismo que oscila entre el yo que es y el yo que sueña. Oscila entre el dolor y el amor, siempre contenidos en un vaso de excelencia:

     

    Si bien no quiero ser cobijo de fantasmas, la mente ha de sufrir
    de terrores nocturnos, en cuanto se me rinda el soñador amable
    que perdura en el gen de mi lirismo.  

     

    Jerónimo Muñoz no pudo hacer caso a la recomendación de Rilke: “Si puedes no escribir poesía, no la escribas”. Escribe y escribe, “malgré lui”, en ocasiones, narrativo, en otras, lírico, en algunas, disfrazado de metáforas crípticas, pero siempre intentando el amor universal:

     

    Desde la orilla del mar puedo divisarte en la nube, acariciar
    uno a uno los fragmentos de tu imagen fértil, besar
    las escamas fulgentes de tu piel nocturna y fácil.

     

    Benjamín León es el poeta de la palabra. Elige escrupulosamente su exquisito vocabulario hasta el punto de que cada sintagma, cada palabra casi, ubicada en su pulcro contexto, es ya, de por sí, un poema:

     

    Un escondite gris huye despacio en la tiniebla; un cuerpo, un grito, un rayo de la sed,
    queriendo ser futuro.

     

    Luis Oroz es el poeta artífice. Engarza con delicadeza de joyero sus siempre novedosas imágenes y consigue, una y otra vez, sorprender y emocionar. De sus poemas brotan, como de dulces hontanares, ríos de poesía dotados de fuerza próvida  y auténtica personalidad:

     

    Me importas demasiado…
    es por eso que escribo y me transformo
    en un acorde inútil de tu música.

     

    Pilar Iglesias es una poeta que no solo emplea su talento sino, también su inteligencia. Su poesía adquiere la consistencia del pensamiento más profundo pero tiene el innegable don de conferir delicadeza y ternura a los temas más recónditos que su mente contempla:

     

    ¡Oh, sílex deslabiado
    que alimentas sentencias de ventisca. Deja
    tu azul de metileno
    extramuros de la dársena que habito!

     

    J. J. M. FERREIRO               Hoy he muerto

     

    Hoy he muerto
    y me acerco a la tierra recordando el presente;
    la disciplina de la sombra
    es sereno equilibrio.
    La zozobra de la nada impregna la lluvia,
    la libertad de un corazón sin prisa,
    como un barco paciente ante el tedio oceánico.

    Hoy he muerto
    y ahora no recuerdo cosas para soñar.
    Hay una impalpable arena en el olvido,
    donde residen todas las cosas fragmentarias:
    el cuero de unos ojos,
    espejos diluidos,
    aves sin tránsito…
    Aquí
    se abre el túnel;
    la plomada del pensamiento atraviesa sus cauces
    y cuelga la memoria su palabra ocelada;
    su hálito se agita sin fulgor
    …sus lánguidas ballenas
    devorando la krill de los significados.

    Hoy he muerto.
    Qué aburrido este jueves por la tarde
    en la eternidad de los signos
    ¿qué óxidos
    corroerán sus bronces?

    Hoy he muerto.
    Tardía, encumbrada en el delirio,
    se desnuda la carne
    de sus huellas herméticas.

    Duele esta pleamar de párpados abiertos.

     

    SARA CASTELAR LORCA                      La sal

    Ya tus ojos se escoran al recuerdo
    como una mordedura a la certeza
    de perfilar la llaga,
    mujeres como barcos
    mujeres como cieno
    mujeres como anguilas
    nombrándose en los surcos
    que jamás se indultaron de memoria.

    Y entonces el dolor fue poco
    y se tiñó de rancio la amargura
    y el amor fue un extraño rodando en las palabras
    y en el inmenso duelo murió un ángel.

    Qué generosidad la del olvido
    que nunca se recuerda tristemente.

    Tengo la espalda ciega
    tan inmóvil que apenas me sostiene
    la sombra en que se cubre,
    terriblemente fría,
    ya no basta la luz para abrigarme.

    La tristeza es de sal
    igual que las estatuas.

     

    ALONSO DE MOLINA                   Entren sin llamar

    Secos labios aquel amanecer vacío,
    sin razón ni virtud, el infinito
    desgarró calendarios vulnerando fronteras;
    como la piedra que rompió las mentiras
    tu silencio, carnal, profanó mi piel de negaciones.

    En los tiempos inciertos de los torpes orillas
    sus pezones besaba y la miel de su boca
    inmiscuida en excesos reclamaba el tequila;
    franco, pródigo clítoris que en las noches promiscuas
    acaparaba orgasmos empapando el coraje;

    no se acallan las voces de los recién nacidos;
    sus lloros, verbos aclamados como cánticos
    de lirios, amapolas asfixiadas, mordazas
    sin juicio ni valor golpeando imprecisa la oración
    que preclara se extiende como el agua.

    En cada esquina crujen espantapájaros
    mirando inciertos, sin saberse muertos,
    la perversa sangría de las sucias trincheras
    que veneran estatuas e hieren a sus ídolos

    estallen, entren sin llamar

    arrinconen las cosas que nadie les dijo,
    atraviesen los vínculos de las pasiones,
    rompan las fotos, exoneren sus recuerdos
    y condenen también la historia

     

    RAFEL CALLE                    Teoría de un soñador amable

    Yo sé que mi genética se rinde
    a manos de su parte soñadora, turbia fecundación
    de un ensueño sin nombre que hipnotiza a la célula sensata.

    Alba del organismo aventurero que invade la región de la cordura,
    en un atroz combate con el núcleo objetivo que quiere equilibrar
    lo que ve y lo que intuye que vendrá, en el fiel de la importancia.

    En esa lid el aire enriquece momentos y entretiene neuronas
    que no entienden lo oscuro, oxígeno venial que nutre a los románticos;
    el pozo de la sed  que tienen las ideas, rendido el intelecto, antes de modelarlas.

    Si bien no quiero ser cobijo de fantasmas, la mente ha de sufrir
    de terrores nocturnos, en cuanto se me rinda el soñador amable
    que perdura en el gen de mi lirismo.
    Unida al sueño de vivir soñando,
    seguramente morirá la tesis que fusiona el destino con el karma.

     

    JERÓNIMO MUÑOZ                              PLAYAS

    El mar se lanza  vehemente sobre las bocas sólidas

    exhibiendo sus colmillos y sus cadenas quebradas.

     

    Es entonces que te abrazo con más recelo, con más angustia,

    y destruyo las estatuas que se acercan a gemir ofidios.

    Es entonces que me abandono a la sabiduría infinita de tus cabellos,

    que me deslizo impuro por el plano inclinado de tus uñas

    saturándome de todas tus alas. Ah, tus espesores.

     

    El mar, carente de naranjas, privado de ojos abiertos,

    desdeñoso de cuanto ignora, es muerte terminada.

    Es dilución del veneno eleático que te alimenta.

     

    En la orilla del mar puedo morirte lentamente,

    con precisión de mártir y náuseas de reptiles.

    Morirte o descenderte en las espumas elementales.

     

    Desde la orilla del mar puedo divisarte en la nube, acariciar

    uno a uno los fragmentos de tu imagen fértil, besar

    las escamas fulgentes de tu piel nocturna y fácil.

     

    El mar avanza cruel, ávido de tus azahares y de mis hijos.

     

    BENJAMÍN LEÓN                                           013

    Ya pertenezco al frío y a la sombra.

    Un escondite gris huye despacio en la tiniebla; un cuerpo, un grito, un rayo de la sed,
    queriendo ser futuro.

    ¿En qué menguante rosa el tiempo escapa?

    ¿De qué metal las hondas luces caen, para ascender al nudo del quebranto?

    El fuego abre su tropa en la espesura
    mientras la noche lanza su ruido desatado.

    Pájaros del intenso abrigo,
    uvas recién formadas del amor.

    Agua de luz tu cuerpo en los metales.

     

    LUIS OROZ                                      DEPRESIÓN

    Me importas demasiado…

    es por eso que escribo y me transformo
    en un acorde inútil de tu música.
    No creas que te obligo a imaginarme
    herido entre tus párpados,
    es más bien tu dolor, como una hormiga,
    que va arrastrando dudas 4 veces más grandes
    para poder vivir
    un invierno que nunca llegará.
    Me importas demasiado…
    y aunque no te conozco, soy el único
    que no se va a asombrar cuando sonrías.

    Porque todo tu cuerpo es una boca
    esperando besar mi pensamiento.

     

    PILAR IGLESIAS DE LA TORRE                QUISIERA NO APURAR EL CÁLIZ

    Alguien dijo
    en la ignorancia del peso inmarcesible,
    espiral como catálogo, en clave de adjetivos….y
    sin embargo,
    esas cualidades, condena tatuada
    en la frágil estampa de mi cuerpo. Quisiera
    no apurar el cáliz
    y dejar la primavera a su albedrío…..Pero
    arde
    la conciencia
    en zarza inagotable.
    Gasté
    todas las preguntas y ancianos son
    mis pensamientos.
    De un rocío encanecido que derrumba
    el párpado más osado del jardín.

    ¡Oh, sílex deslabiado
    que alimentas sentencias de ventisca. Deja
    tu azul de metileno
    extramuros de la dársena que habito!
    ¿Cómo llegar
    al fondo de tu prisma
    contándote el eslabón de mi muñeca?

    No, no es miedo. Es
    la derrota
    de las capas del vestido…..souvenir ajado
    de mí misma
    sobre aquel comienzo ya tan lejos…….Detalle egipcio
    para un jeroglífico irresoluble.

    1 junio, 2015 • Poemas, Revistas • Vistas: 0

  • Selección de poemas Grupo Texturas

    Cada poema es una aventura emocionante; el poeta explora, se pierde, cae muchas veces en una trampa de dudas movedizas, encuentra rastros, persigue el origen de una voz que retumba en la selva de la mente.
    El poema ofrece su exotismo y el poeta rompe las palabras con su látigo negro.  Comienza una aventura inolvidable…

    el poeta encuentra la belleza y la sugiere,

    (No fue en ciudades ni paraísos
    que postrado a tus pies, extendido en estatuas,
    el perdón pronunció tu nombre por mi boca)
    Alonso de Molina

    arrastra la complicidad hasta lugares infinitos,

    (Está claro que juntos
    pisaremos los astros de la acera,
    esa luz que se aleja hundiéndose en los charcos)
    J. J. M.  Ferreiro

    ocupa espacios que existen pero no se ven,

    (Habitar en el curso de una mente sedante, columpiando los sueños
    que no son concebidos, converger en el cruce de las bocas sin lengua…)
    Rafel Calle

    sabe mirar el mundo con los ojos cerrados,

    (Los príncipes se apagan a esta hora
    en que la luz acude)
    Benjamín León

    y conoce el final mejor que nadie.

    (Y, a pesar de la tentación del abandono
    a la eterna paz de la frialdad silícea,
    siento
    que continuarán mis huellas…)
    Pilar Iglesias de la Torre

    Es el valor de todo aquello que nos hace humanos,

    (…ni podría la muerte arrebatarme algo
    que tú no me hayas dado)
    la visión que clarifica el pensamiento,

    (…de mar el mar, de mar el cielo, todo,
    la lluvia, el malecón, las barcas, las casillas,
    el faro, las gaviotas, los sucios pabellones,
    todo azul, sin perfiles, todo mar…)
    Jerónimo Muñoz

    y  esa  libertad con la que encierra en un poema toda la ignorancia de la tierra.

    (…yo necesito compartir contigo
    la exactitud del miedo,
    la carente razón de mi silencio
    más allá de las letras)
    Luis Oroz

    Adentrémonos con ellos en el misterio de la palabra escrita, encontremos allí nuestra arca perdida y habremos escapado de todos los peligros.
    Porque huir no siempre es de cobardes…

    Luis Oroz.

    TU CORAZÓN QUE DESCENDÍA DEL MÍO  (Alonso de Molina)

    En Sevilla las nubes no perdonan
    el ciclo matemático de las estaciones.
    Inmersa en su discurso de luz,
    con su rumor de aguas, Valencia
    acogió sin reservas nuestra huida.
    No fue Granada en sus rincones
    ni con sus laberintos Córdoba;
    no aconteció en Madrid, ni  Málaga
    rubricó nuestro amor con su quietud de olas.

    No fue en ciudades ni paraísos
    que postrado a tus pies, extendido en estatuas,
    el perdón pronunció tu nombre por mi boca.
    Mi falta de bondad, mi escasez de ternura.
    Las fechas olvidadas,
    los bolsillos rotos de pasión.
    Las heridas sin intención de dolor,
    la no necesidad de ti.

    Tu corazón que descendía del mío,
    mi corazón que se rompía temblando.
    Mi vida, aplastada en las aceras

    A MI HERMANA  (J. J. M.  Ferreiro)

    Nos tocamos el humo de las manos,
    y se endurece
    en un obelisco del gesto.

    Está claro que juntos
    pisaremos los astros de la acera,
    esa luz que se aleja hundiéndose en los charcos.
    Está claro que la memoria
    es nuestra,
    y son nuestros los destinos contrariados,
    pero también, variados tránsitos
    razonablemente felices.

    La vieja casa nos espera abierta
    sobre una mirada reciente
    ―es ella quien nos mira;
    nosotros somos
    su espontánea trascendencia.
    Su efímera memoria, quizá no transmisible.

    No espero algún tesoro de los cuerpos que fueron.
    Pero acuérdate,
    nuestros nombres serán la luz
    que desde aquí siempre fue nuestra.
    Serán el mar
    con la sangre que lo conduce
    a través de sus reverberaciones.

    Sí, desde aquí seremos
    nosotros mismos,
    con una insistencia sonámbula.

    EN LAS INGLES DE UN ALMA  (Rafael Calle)

    Refugiar los anhelos en las ingles de un alma, mientras buscas la esencia
    de los tactos que añoras; incidir en el cuenco de una mano
    de hembra que aprieta con ternura el valor del silencio,
    cuando quieres hablar y no nacen palabras.

    Habitar en el curso de una mente sedante, columpiando los sueños
    que no son concebidos, converger en el cruce de las bocas sin lengua,
    perdida por lo angosto del camino, cortada en un azar de paso, miserable.

    Y resurgir en la ansiedad del eco que silba referentes en las ruinas del tigre,
    felino de garganta cautiva en una selva de mudez  transgresora y vulnerable
    a la caza furiosa del más leve rugido.

    Tratar de adivinarnos en el límite de los senos que se alzan caudalosos;
    y al despertar la aurora replicante ser dos niños hablando del olvido.

    AMANECER DE CAMPOSANTO (Benjamín León)

    Amanecer de camposanto:
    qué soledad más cierta.
    Los príncipes se apagan a esta hora
    en que la luz acude.
    Entre las piedras va mi voz,
    doblándose en las calles de este duelo
    que no se extingue.
    El frío no pretende ser
    pero es un litoral abierto,
    un cáñamo esperando la ventisca
    después de haber caído,
    después de haber llorado con el hielo
    de todas las ausencias.
    Amanecer aún;
    color que se resguarda y que aproxima
    el frío y la ternura
    donde la noche fue,
    donde el silencio fue,
    donde tu cuerpo estuvo.
    Pero la soledad es larga y nos convoca
    en su jilguero libre
    que nos contiene. No tenemos patria,
    quizás nunca tuvimos,
    pero este campo lleva nuestros nombres
    poblándose en su ropa y en su alero;
    y no tenemos agua que nos calme
    mientras el día ignora sus medallas
    y no recuerda despertar
    el sueño abarcador de nuestra sombra.

    EL MATRAZ DEL UNIVERSO  (Pilar Iglesias de la Torre)

    Es barrido lineal, esta amplitud del léxico
    de interface depuesta a la vendimia
    en variable calculada
    para cumplimiento global, de un determinado ciclo evolutivo.

    Consustancial el marchitarse, como se marchitan las estrellas,
    desde el epicentro vulnerable de su íntegra estructura. Todo es tránsito
    en el versátil pentagrama del matraz del universo…..Lo sé.

    Pero, es canción que me lacera
    en su resbalar agónico. Y pienso, en escribir el límite
    de la tendencia al rojo del espectro. Radiación
    asíntota a mis manos
    por mucho que respire, el cianhídrico ritual de la costumbre.

    Miro el ocaso con nostalgia
    en su desmadejado exanguinarse,
    acariciando la retina, el gradiente grana, de su gasa extracorpórea.
    Y, a pesar de la tentación del abandono
    a la eterna paz de la frialdad silícea,
    siento
    que continuarán mis huellas,
    cohabitando del dialéctico raíl,
    hasta la extenuación postrera de la sombra.

    PERTENENCIA (Sara Castelar)

    Y deseo vivir, porque si muero
    sentiré vergüenza de las lágrimas de mi madre.

    Mahmoud Darwish
    Dame sólo una vida nuevamente
    caudal del río que en tu pecho guarde
    mi nombre tan pequeño
    un segundo que reste mi historia a tus arrugas
    de sonoro cristal, de tierra soñolienta.

    Quiero habitar los surcos de la encina
    donde abrazar el trigo
    y acariciar tus lágrimas
    para que tú me hables
    desde la tierra rota que te esculpe.

    Amo cada lugar donde escuché tu llanto
    donde amasaste el hambre
    donde avanzó la infancia,
    cada sonido es grito que te nombra.

    Debo vivir para que tú respires
    para ensanchar los signos de tu vientre
    sobre el dolor del mundo
    y regresar de ti como la aurora
    el íntimo milagro que no cesa.

    No puedo devolverte alguna herida
    que no te pertenezca
    ni podría la muerte arrebatarme algo
    que tú no me hayas dado
    cuando eras de viento, extrañamente
    ligera y generosa.

    Aunque tú no lo sabes,
    ya tengo edad para sentir vergüenza.

    RELIGIÓN AZUL (Jerónimo Muñoz)

    Trasladaba mi cuerpo, paso a paso,
    por el gris malecón de piedra antigua,
    carcomida por lluvias pertinaces
    y oleajes atroces. Era un atardecer.
    Llovía débilmente como era habitual.
    Allá en la lejanía, sólo bruma,
    nubes bajas que anulan horizontes
    haciendo parecer al cielo mar,
    un mar constante, fresco y esponjoso…
    Fue una revelación: todo de mar;
    de mar el mar, de mar el cielo, todo,
    la lluvia, el malecón, las barcas, las casillas,
    el faro, las gaviotas, los sucios pabellones,
    todo azul, sin perfiles, todo mar,
    un mar omnipotente, inmaterial,
    un infinito vientre del que nace la vida,
    el principio esencial del universo,
    mar sutil, aeriforme, respirable;
    y, en medio de ese mar, mi cuerpo dócil,
    tan tenue, tan etéreo, tan ligero,
    que también con el mar se confundiera.
    ¡Sí! ¡Seguro! También mi cuerpo era de mar.
    ¿Cómo no lo pensé desde el principio?
    Un pedazo de mar, con piel de mar
    que no delimitaba mi contorno
    sino que me fundía con el todo.
    Era una religión, me daba cuenta:
    un mar eterno, un mar omnipresente,
    una moral difusa y sin aristas,
    un credo simple y líquido, creíble.
    Y el dogma principal estaba claro:
    El mar nunca es el mar, sino la nada.

    NO TENGO UNA TRISTEZA QUE ME SOBRE   (Luis Oroz)

    No tengo una tristeza que me sobre,
    ni una sola razón para nombrarla
    en un lugar sin letras,
    no recuerdo
    qué grieta de mi edad es la que deja
    pasar este pretérito imperfecto.
    La presa que retiene
    la líquida verdad de nuestro tiempo
    tiene fugas también bajo los párpados.

    Soy el temblor de una memoria fértil,
    la imprevista explosión de una sonrisa
    que escupe como magma sus recuerdos.

    Pero nada me sobra,
    hay que guardarlo todo en este cuerpo
    que comprime a latidos nuestra vida.
    Hay que guardarlo todo…
    hasta el fugaz consuelo
    que queda en el espíritu del daño.
    O es que acaso
    ¿no llevas siempre cerca
    alguna foto viva del que ha muerto?
    No tengo una tristeza que me sobre,
    pero puedes quedarte…
    yo necesito compartir contigo
    la exactitud del miedo,
    la carente razón de mi silencio
    más allá de las letras.

    1 junio, 2015 • Poemas, Revistas • Vistas: 0

  • Selección de poemas Foro Alaire

    Las palabras escapan, resbalan de la mente y nos ayudan a entender un poco más, balbucean o agitan su experiencia entre nosotros, se trasladan a un poema y cobran nueva vida, respiran el oxígeno de todas las preguntas, invaden la memoria con su escama de tinta y retuercen su trazo entre las manos de un lector despistado.

    Las palabras demuestran su latido en los dedos heridos de un poeta,

    (…se rompen contra el suelo
    en un goteo monótono, tristísimo.
    Y tú ya no pareces el que fuiste.)
    Ana Bella López Biedma

    hay una claridad imprescindible que crece en su inocencia.

    (Demasiados espejos y siempre
    una luz convirtiéndolos en noche.)
    Ramón Carballal

    La madurez llega e impone su ley con una incontestable presencia.

    (…pues la razón es causa y consecuencia
    de una especial manera de comprender la vida)
    Julián Borao

    Es posible saberse dentro de ella, la palabra te busca y te domina.

    (…eres, qué remedio
    pero al cabo, tan sólo estás con vida
    si me lleno de sed…)
    Federico Rubial

    Aprende a reinventarse, a cruzar la frontera de lo dicho.

    (Apenas la luz revienta
    tinieblas y recovecos,
    surges plegando las alas
    y desplegando los huesos…)
    Esteban Granado

    Los lugares se encienden a su paso, defienden su propio ecosistema.

    (…en el profundo pubis de los árboles
    que extienden sus relámpagos de lluvia
    por la arena,)
    Adrián Pérez

    También el dolor es capaz de arrancar sus temores y devolverlos violenta y lúcidamente.

    (y te nazcan serpientes en los ojos,
    que sus bífidas lenguas te envenenen
    el silencio, la vida y el olvido.)
    Sandra Ignaccolo

    Casi siempre queda una especie de eco, algo que solo la poesía puede sostener…

    (Míranos: siempre fuimos quien nos amó hasta odiarnos.
    Aún nos siento temblar en la espesura.)
    Viví Flores Massares
    Así es la palabra, dulce y cruel.
    Hoy las saqué de su contexto y mordieron mi voz al pronunciarlas, porque nadie quisiera vivir en un lugar que no es su casa.
    Por eso les devuelvo su latido.
    Para que respiren en su pequeño mundo, para que muevan ágilmente su emoción, como un pez de ilusiones en un mar de poesía.
    Sin duda, líquidas, las palabras esperan un anzuelo inocente.

    Luis Oroz.

    Pasen y vean…

     ARRUGAS EN EL ALMA   (Ana Bella López Biedma)

    Tus manos tienen hoy olor a escarcha.
    Y deben estar frías, hace tanto
    que no siento tus dedos…

    Tus ojos moribundos
    se quedan en un punto tras de mí
    lejano e invisible, tu mirada
    me rompe, me devora, me traspasa.

    Me hablas, tus palabras,
    se cuelgan un instante de tu boca,
    se rompen contra el suelo
    en un goteo monótono, tristísimo.

    Y tú ya no pareces el que fuiste.

    Y no es por el invierno de tus canas,
    ni por los desperfectos
    que el tiempo provocó en tu maquinaria.

    Es porque amaneció
    y tú tenías arrugas en el alma.

    EL PASILLO   (Ramón Carballal)

    Demasiados espejos y siempre
    una luz convirtiéndolos en noche.
    Voy a describir un pasillo largo:
    a los lados tiemblan cuadros
    como pasatiempos de un niño
    manco. Aunque no se escuche
    un balón pisa la calle,
    aunque nadie lo vea
    un teléfono conversa solo.
    No he contado las puertas
    que miran hacia dentro
    ni he podido fijar el color
    en su punto exacto de locura.

    SI DE UN ATARDECER    (Julián Borao)

    Si de un atardecer
    en el invierno blanco,
    refugio de estaciones
    que bajo el frío manto de la nieve
    se hiciera,
    fuese el recuerdo sueño,
    romántica cadencia
    de violines rimados con el viento
    cautivo entre las cumbres,
    y si esa musical sonoridad del aire y del sentir
    fuese el perpetuo flujo
    de una luz duradera e inasible,
    de un colectivo amor que se renueva
    y canta en el silencio helado de febrero,
    tal vez la orografía del lugar,
    la evolución cambiante del paisaje
    que muere en cada etapa
    (contemplado en sus ciclos
    más o menos distantes)
    dibujaría un marco y un rumbo diferentes
    a los ojos de aquel
    que mientras mira crea y se recrea
    sin encontrar razón a sus quebrantos,
    pues la razón es causa y consecuencia
    de una especial manera de comprender la vida,
    de una fugaz manera de entender lo ignorado,
    de un conceptuar los sueños que se olvidan
    para hacerlos fiables, más concretos incluso
    y más presentes
    en la desorientada evocación del tiempo.

    VIENE   (Federico Rubial)

    Que si a tal me habrás visto disparando
    acodado en el cieno

    y al hilo, babeas, olfateas, tiendes lazo
    como fanal en cristo, que muere y resucita

    por tí llevo mis muertos a beber
    lívido fénix

    transitándome de púas el coraje
    me robas mansedumbre

    sombra a mi nevero
    pan para mis pájaros

    eres, qué remedio

    pero al cabo, tan sólo estás con vida
    si me lleno de sed
    si no apago la lámpara

    EL SUEÑO ETERNO (Esteban Granado)

    Apenas la luz irrumpe,
    naces como un sueño eterno;
    amaneces, simplemente,
    altos la frente y el pelo,
    alta la nube gloriosa
    que te perfuma de lejos.

    Caes una vez, te levantas
    y vuelta a caer del cielo,
    desconocida y terrible,
    como una estrella sin pecho,
    como una región profana,
    una religión del pueblo,
    una invasión de colores
    sobrecogidos de negro.

    Apenas la luz revienta
    tinieblas y recovecos,
    surges plegando las alas
    y desplegando los huesos,
    discípula de la luna,
    pero maestra del suelo,
    alumna desesperada
    del cósmico mandamiento,
    profesora de tormentas,
    catedrática de truenos,
    aprendiz de corazones
    tiernos como el mío tierno.

    Doctora en desesperanzas,
    diplomada en darme celos,
    en tu paso religiosa
    y acrobática en tu vuelo,
    dormida en sendos laureles,
    embriagada de luceros,
    discreta en tu fantasía,
    fantástica en tu discreto
    revolucionar el mundo
    a partir del pensamiento.

    Ardes de pura en tus piernas
    y en tus agujas de hielo,
    terso horizonte que hubiera
    remontado el firmamento.

    A trancas con el vestido
    y a barrancos con el tiempo,
    ¡cuerpo de seda impalpable,
    línea de consentimiento!
    (menos debida a los ojos,
    que son vida de un momento,
    que a la fanática gracia
    que te circula por dentro).

    Nervios levantando olas
    de agradecido silencio,
    olas izando estandartes
    sobre huracanes de miedo.

    Labios que quieren ser labios
    sólo en la parte del beso,
    ajenos a las palabras,
    privados de buen consejo,
    cercenados de delirio,
    al tedio, llevados presos.

    Labios de menta y canela
    rosas de tímido injerto,
    aceitunados de fresa,
    de ceniza, cenicientos;
    labios que son precipicios
    por donde se caen los versos
    y los besos se suicidan
    y las palabras son ecos.

    (Ojos que comen aparte,
    manos que pierden el vuelo,
    antebrazos, brazos, hombros
    caídos y contrahechos,
    cuerpo que me dice hombre,
    alma que me dice muerto,
    voces que no dicen nada
    que desconozca el recuerdo.
    Ojos que evitan tu rostro
    como si fuera el infierno.
    ¡No saben nada los ojos
    que han visto a Dios en su reino!).

    Manos que a fuer de inocentes
    perdieron tacto y perdieron
    el vuelo zigzagueante
    y el que depende del viento,
    la delicada caricia
    que viene a decir te quiero
    y la que dice te amo
    y viene a decir lo siento.

    Manos de fuerza inaudita,
    dedos que doblan el hierro,
    nudillos demoledores,
    palmas que dibujan fuego.
    Manos henchidas de sangre,
    desorbitadas de aliento,
    que a fuer de ser mariposas
    son hachas que dicen ¡hiero!
    y hieren porque las hachas
    carecen de sentimientos.

    Piernas de mármol tallado
    -¡piedras en mis hondos versos!-
    coleccionistas de espacio,
    autodidactas del cuerpo,
    ebrias de sangre caliente
    y sortilegio moreno,
    abanicadas de curvas
    desde los muslos completos
    a las plantas tropicales
    y los decimales dedos.
    Rectas en su caminar,
    -que no puede ser más recto-
    desafiando las leyes
    que rigen el movimiento,
    gráciles, firmes, esbeltas,
    prietas de músculos nuevos,
    propietarias de su rumbo
    por vergeles y desiertos,
    por valles y cordilleras,
    por paraísos e infiernos.

    Piernas por antonomasia,
    gacelas de altivo cuello,
    enérgicas en su encanto,
    lánguidas en su misterio,
    derivadas de la lumbre
    sagrada de los portentos,
    desnudas bajo la falda
    y casi bajo el sombrero,
    pero vestidas de rojo
    luego de piel para adentro.
    Descritas para saberse
    vistas por ojos de ciego,
    definidas en su altura,
    divididas en su centro…

    ¡Qué cerca estoy de nombrarte
    y cómo me cuesta hacerlo!,
    pues te venero por diosa
    cuando por mujer te quiero,
    y si de rosa te trato
    sé que con tal tratamiento
    desmerezco la hermosura
    de un mechón de tu cabello.

    Cómo me cuesta vestirme
    de lobo siendo cordero,
    sin fauces para morder
    ni voz para rugir fiero,
    sólo con un par de labios
    para predicarte el verbo,
    con esta lengua de esparto
    inclinada hacia el lamento
    y esta manera de hablarte
    callando más que diciendo.

    ¡Qué cerca estoy de quererte
    con un corazón de acero!
    -égida de hielo fuerte
    forrada de crudo invierno-,
    de los que no se derrumban
    al primer abatimiento,
    de los que laten con férrea
    disposición al tormento,
    incluso bajo la noche
    rotunda del cementerio,
    y vuelan haciendo eses,
    buitres en pluma de cuervos.

    Un corazón con cadenas,
    aterido, helado, gélido,
    un témpano colosal
    flotando en medio del pecho.

    ¿QUÉ SIENTEN LOS POETAS?   (Adrián Pérez)

    No sabrás lo que sienten los poetas
    cuando el crepúsculo sacude el llanto
    que reflejan los ojos de la noche,
    cuando el mar se estremece con sus olas
    y una voz agoniza en el silencio
    de cada náufrago que entierra el alma
    por las oblicuas luces del cemento.
    No sabrás lo que sienten los poetas
    que caminan por campos solitarios
    mientras embriaga el aire el pensamiento
    mecido entre partículas de tierra,
    entre hojas caídas con el luto
    que se agolpa en los párpados sin sueño,
    en el profundo pubis de los árboles
    que extienden sus relámpagos de lluvia
    por la arena, esa misma arena fértil
    que albergará los versos nunca escritos
    por la pluma del cuervo que recorre
    el blanco corazón de las sandías
    cuando sufre un agosto sin el agua.
    No sabrás lo que sienten los poetas
    cuando llega el ocaso de los besos,
    y una luz se marchita junto al iris
    por cada sorbo añejo de esperanza
    que se esfuma en un vaso de ginebra,
    cuando ciñen su alma en el silencio
    de cada nube, cuando se estremecen
    por los pájaros muertos, por la lluvia
    que acompaña en sus noches sin destino
    mientras muere el neón como una estrella.
    Nunca sabrás que sienten los poetas
    cuando una lágrima recorre el rostro,
    y el corazón se oprime en dos abrazos,
    en la aurora invernal de un aeropuerto.

    INEPCIA  (Sandra Ignaccolo)

    (a Oliverio Girondo)

    Que a partir de esta noche llores todo
    el dolor, que tu llanto huela a estiércol
    y te nazcan serpientes en los ojos,
    que sus bífidas lenguas te envenenen
    el silencio, la vida y el olvido.

    Que mi nombre te oxide la memoria,
    que deambules sin rumbo y somnoliento
    mendigando piedad a los semáforos.

    Que la angustia te obligue a declararte
    muerto en vida, y no puedas huir de ella,
    y se rían de vos las cucarachas.

    Cuando digas amor, vomites odio
    que tus poros apesten a egoísmo,
    que la tierra se funda en tus entrañas
    y que nadie te quiera en absoluto.

    Pero cuando desees suicidarte
    que la onda marítima te escupa
    y la brisa, te salve de la muerte.

    TIEMPO IMPERFECTO  (Viví Flores Massares)

    Si tal vez, de todas esas cosas que no amo
    yo me amase,
    y me creciera un vientre tras los párpados
    de donde renacerme
    y dejar el cubil de las tormentas…
    Si entonces, de este olvido
    en que me vivo, acaso como un eco
    de un futuro distante
    que ya ha pasado pero nunca llega
    a absolverme de sueños,
    me encontrara en mi piel sin las espinas
    para verme a los ojos
    y decirte:
    estuve en ti, estuve sosteniéndote
    los huesos cuando el frío
    te mordía en los labios,
    y estuve en las caricias de la muerte
    pues yo era su lengua despertando en tu cuello
    los suspiros y yo quien susurraba
    palabras para el llanto y el gemido
    desde el fangal preñado de cenizas
    que arranqué de tu pecho.

    Jamás te dejé solo.
    El tiempo es una hiena que no sabe que ríe y que no sabrá nunca como llega a las venas
    un temblor de gacela que lo mira, oculta en la espesura de los sueños.
    El tiempo desconoce como sube el aroma del miedo a las pupilas y desata los fuegos esenciales
    del hambre y de la sed, para nutrir la vida con la muerte.
    El tiempo es una hiena que admite en la carroña su espíritu cobarde, y no sabe que sólo
    son migajas caídas de las fauces victoriosas y puras del que toma el destino entre sus manos y se ríe del tiempo
    con los labios aún tibios de placer y de sangre.

    Y si, tal vez, de todas esas cosas que yo amo
    tú me amases
    sin el desdoblamiento del latido,
    sin confundir mi nombre en el follaje
    de todas las palabras que no soy,
    entonces no creciese
    esta espalda de hierro hasta rodearme
    y ceñirme al silencio…
    Si acaso te encontrases,
    en mí, como una boca que me habita
    desde la piel al alma y tus infiernos
    se abriesen a mis pies para fundirnos
    en una sola esencia calcinada,
    me vieses en tus ojos
    y pudieras decirme:
    yo era la caricia que aliviaba tu frente,
    el grito y las heridas, yo las voces
    que hundían tu cabeza en la locura.

    Jamás te dejé sola.

    El tiempo es una hiena que no sabe que ríe, y no supimos nunca que dejamos el instinto vital entre sus dientes.
    Míranos: siempre fuimos quien nos amó hasta odiarnos.

    Aún nos siento temblar en la espesura.

    1 junio, 2015 • Poemas, Revistas • Vistas: 0

  • Grupo poético Texturas

    El grupo poético “texturas” se caracteriza por su amplitud de miras, los estilos tan dispares no hacen más que corroborar que en poesía no hay verdades absolutas.
    La personalidad del autor trasciende y roza sin palabras, la palabra.
    La percepción lo es todo,

    (Aunque también es luz lo que sujetan
    unos ojos cerrados)

    Luis Oroz
    hay lugares que solo existen en la mente, pero tan reales como tú,

    (Qué habitación de olvido las palabras.)
    Benjamín León
    lugares increíbles que alimentan el ansia de sentir.

    (un jardín de laureles sospechosos,
    el zumo del silencio.)

    Rafael Calle
    A veces basta el verso para decirlo todo,

    (Sentir que no es posible decir nada.
    Sólo amar en silencio.)

    Jerónimo Muñoz
    y los caminos son solo una excusa para encontrar la huella que nos une.

    (….Extraña forma
    de acercar el pensamiento y sentir vocablos mudos
    sobre el hilo que pliega y despliega la distancia.)

    Pilar Iglesias de la Torre
    Un territorio peligroso que el poeta recorre a pesar de todo.

    ¿Quizá el abismo nos golpee
    con la nada absoluta de su hielo?

    J.J.M.Ferreiro
    La luz se vuelve trazo descifrable,

    (El ojo es la palabra que regresa.)
    Sara Castelar
    y nos queda la certeza de un mundo imaginario.

    (Somos estampa sin razón de huída)
    Alonso de Molina
    Así… desde esta soledad multiplicada, nos vamos alejando de todo lo que creíamos saber, nada es verdad si no llega a mirarse,
    después… solo un poema.

    Luis Oroz.

     

    POEMAS GRUPO TEXTURAS

     

    LOS HUECOS DEL CIELO  (Luis Oroz)

    Estéril la costumbre de enterrarse
    en los huecos del cielo,
    de morirse despierto en las ventanas
    expirando la última nostalgia,
    ese mundo que cruza de puntillas
    sobre la realidad.

    Aunque también es luz lo que sujetan
    unos ojos cerrados,
    y la muerte,
    esa duda que pasa respirando tu sombra.

    Así, tan sin sentido,
    besamos a la ausencia y regresamos
    al goce del no ser, a los estímulos
    de un mundo hecho de tiempo y de distancia.

    Luego…
    una nube que pasa convertida en escombro
    nos devuelve a la vida,
    y el poema demuestra con sus letras dobladas
    que allí no quedó nadie,
    que nadie va a escucharte mientras vivas
    arañando el silencio de la tumba.

    76    (Benjamín León)

    Que si te amé, preguntas en el duelo,
    mientras la fauna extingue su andadura.

    La rosa y el jardín, el surco herido,
    la suave inmensidad y el abandono,
    la cárdena ciudad de tu inocencia.

    Qué habitación de olvido las palabras.

     

    EL NECTAR DE LA DUDA (Rafael Calle)

    No sé decir verdades duraderas
    porque siento que soy
    la duda temeraria,
    el pájaro que emigra al sur de los conceptos,
    en una itinerante decisión
    de ideas animosas, al bies de la esperanza.

    No sé si tarde, pero sé que llegan
    mil colibríes libando
    el néctar de la flor desarreglada,
    en una tradición de polen roto
    y picos kilométricos sin rumbo
    alimentándose de mis estambres.
    El néctar del sabor de las entrañas.

    Perdido en ordenar cuanto sucede,
    solo queda ordenarme la añoranza
    en el cosmos fatídico de los saldos punibles;
    restas y divisiones a cuchillo,
    multiplicando vedas,
    acrecentando el ansia, despedazando flores.
    ¿Qué podría quedar de jardines geniales
    en una resistencia de flor estrafalaria?

    Si existe el duende de la paz ansiosa
    puede ser el momento de buscarlo,
    ahora que la duda me entorpece,
    ahora que se mueven los fantasmas.

    Son los escalofríos
    que asombran mis certezas, el pulso más inhóspito
    del ave y su arrogancia,
    un jardín de laureles sospechosos,
    el zumo del silencio.
    Respuestas sin palabras.

    Con un temblor que asume la duda sostenible,
    en los presentimientos
    se despereza el alba.

     

    CUERPO CERCANO (Jerónimo Muñoz)

    El deleite de un cuerpo muy cercano,
    cuerpo de fe, de credos sin vehemencias,
    cuerpo en derrame, manso, en rendición.
    Deleite de unos ojos sin cordura
    que traslucen su esencia luminosa,
    mi esencia, la del cosmos infinito.
    Deleite de una mano muda, abierta,
    airosa, como un pétalo en la sombra,
    dedos que tocan, leves, que se adentran,
    que llegan a rozar mi pensamiento,
    lentos, emancipados del sudor.
    Cuerpo que fluye, tácito en su entrega,
    piel desbordada, músculos que arden,
    perfume de palomas somnolientas,
    turgencia de una fruta en madurez,
    color de los ancestros, sangre viva.
    Un cuerpo cercanísimo y silente,
    claudicado, poseso, posesivo,
    que se da sin razón, flor de una aurora.
    Un cuerpo denso, tierno, verdadero.
    Un cuerpo palpitante, tan cercano…
    Sentir que no es posible decir nada.
    Sólo amar en silencio.

     

    ALEACIÓN DE MÚSICA  (Pilar Iglesias de la Torre)

    Se desahoga el cielo
    multiplicándose en tinta sutil que se diluye
    en sierpe clandestina de suspiros. Y es el ansia
    de robar protagonismo, a los elfos que se esconden
    tras la puerta mágica del sueño….Extraña forma
    de acercar el pensamiento y sentir vocablos mudos
    sobre el hilo que pliega y despliega la distancia.

    Aleación de música lejana, en susurro vocalizas,
    para el marchamo identificativo de mi nombre,
    adjetivándose la piel, de un mordisco de poniente.

    Habitas el berilo de las nubes,
    en un por si hoy, humedecen el alma los sintagmas
    y mece la isobara su ternura, en el parpadeo de la atmósfera.
    Tan añorado el clima del abrazo,
    que teje el viento tu postura, arenándose y ciñendo,
    como un etcétera cristalino, los paisajes. Mientras,
    recuerdo de qué está la noche urdida,
    en la última luz de la farola. Ya es el alba.

    Corsario del enigma, el espacio me devuelve los apenas
    en un salivar el símbolo
    desde la altísima circunscripción de los anhelos,
    desmigándose………..Acuarela en súplica
    rezando al pie, de un desbordado parabrisas.

     

    PRESENCIA DE ÍTACA (J. J. M. Ferreiro)

    “Pide que el camino sea largo….
    con avidez aprende de los sabios…
    Que Ítaca siempre en ti sea presente”
    Del poema “Ítaca” de Constantino Cavafis.
    No te envilezcas
    en el inútil trato de los días.
    El viaje es el pulso de tu deslumbramiento;
    en sus cauces discurre
    el valor sabio de las horas.

    ¿Por qué la angustia,
    el terror elocuente de los labios
    ante la extraña condición?
    ¿Acaso el alma vagará en desgracia
    por esos territorios?
    ¿Quizá el abismo nos golpee
    con la nada absoluta de su hielo?

    Acércate en la sombra
    a la expansión de tu vïaje.
    Ten firmeza ante lo desconocido.

    Que Ítaca siempre en ti sea presente.

    EL DESPERTAR (Sara Castelar)

    Amanecer.
    La rama tiende su delgado perfil
    a las ventanas, cuerpo, de tus ojos.
    ……

    Adviene, advienes
    cuerpo, el día.
    Podría el día detenerse
    en la desnuda rama,
    ser sólo el despertar.

    José Ángel Valente
    Hay un estertor de aves en el sándalo
    sumido en la belleza
    de la misión dormida
    donde la noche siembra su perfume
    y nace una mirada casi exacta
    al cuerpo que sostiene en su dominio.

    El ojo es testamento en lo inasible.

    Ya casi tiembla el día
    en las aristas dóciles del aire
    que fueran singladura del reposo.
    Herido desde el talle hasta la sombra
    el rictus de la aurora se esclarece.

    Despierta, sí, como de nácar dulce
    la caléndula esgrime su figura
    sobre el color del sueño,
    como esperado brote sobre el frío
    amanece, la exuberante médula
    de todo lo que aflora en la alborada.

    El ojo es la palabra que regresa.

    Las lenguas desenvainan su rubor
    para agrietar de sones los dinteles,
    aún nos queda tiempo
    para morir al alba.

    NO SÉ, SI ACASO, AYUNARME EL MUNDO (Alonso de Molina)

    “Nos han elegido para morir durante la caída,
    sin saber que el abismo es un nido donde esperan las llaves”
    Ignacio Bellido

    Seguirá igual la vid, la rama del olivo,
    los cúmulos de fechas, los mensajes ignotos,
    las repuestas ocultas.

    Persistirán en paz las inciertas páginas
    de los nirvanas consagrados, absortos,
    en las promesas próvidas del esfuerzo.

    Somos estampa sin razón de huída,
    descendiendo sin suerte, exonerada,
    a la oceánica úlcera del rencor;
    presencia incierta, sospechosa,  quebrada
    sin derecho a mutar, estación abstracta,
    faltos de signos que cobijen los comas;

    afirmo que no alcanzo, me cuesta llegar,
    no acierto como hombre a rescribirme,
    ni encuentro un plano espacial donde en mi hogar
    se acomode la piedra con equilibrio;

    mirar atrás,  no sé si me hará feliz
    o sin memoria el tiempo chantajeará
    los calendarios en la cruz de mi tiempo;

    no sé, si acaso, ayunarme del mundo
    y germinar latente, sin sahumerios,
    sin el remiendo impúdico del orgullo.

    29 mayo, 2015 • Poemas, Revistas • Vistas: 0

  • Selección de poemas Foro Alaire

    Hay poemas que dejan tras de sí una especie de “destiempo”.
    Tal vez el poeta no sea más que un alquimista capaz de transformar en oro las palabras,
    un loco que busca saciar una sed infinita.
    Aquí traemos solo una muestra del talento poético que puebla el foro poético Alaire, mentes que siguen creyendo en la poesía como el mejor método para extraer el jugo de la vida.

    Poetas y poesía que buscan su verdad, el hilo conductor que les haga creer que es posible olvidar esos nombres, saber que detrás de la palabra hay universo que se extiende más allá de los ojos, más allá de la propia poesía.
    (No me digas tu nombre,
    que el amor es tan frágil como lo es la palabra)
    Susana Palma
    Una lucidez que se ensancha en la estrechez del verso.
    (No quiero un nombre.
    Así empieza la muerte.)
    Pedro Arquedas Ibáñez 
    Nada es pequeño o grande, la percepción  se rompe en el instinto,
    (Necesito una gota,
    solamente una gota
    para iniciar el mar)
    Juanmi Jerónimo
    y  todo cobra sentido en la coherencia de la ilógica.
    (Que sea la palabra un vértigo desnudo,
    un asalto cercándome en la espera,)
    José Manuel F. Febles
    Una historia contada con sensibilidad poética es una puerta abierta a los sentidos.
    (Ha llegado la hora.
    Ella sabe, lo sabe, que no tiene retorno
    la senda de la sangre,)
    Isabel Rodríguez
    Una vieja ventana por la que llega el aroma eterno de la calle.
    (A diez pasos de la nada,
    con la húmeda verdad de las palomas,
    en la taquigrafía de los despertadores…)
    Ramón Carballal
    Hay una transparencia de la idea que deja ver las venas del presente.
    (Porque pudiera ser
    que no bastaran ya las horas de la vida)
    Julián Borao
    Y el poeta se acaba… desaparece unido a su palabra.
    (Yo no elegí ser sombra,
    noche indeleble bajo la piel clara)
    Viví Flores massares
    El instante pasa y el poema se queda sujetándolo, un colgante en medio del vacío,
    el oro de un alquimista que nunca sentirá que lo ha logrado.

    Disfrútenlos…

    Luis Oroz 

     

    UN SEGUNDO DE VIDA (SUSANA PALMA)

    Acércate despacio, suavemente,
    como si fueras brisa vespertina
    que quisiera endulzar mi rostro con la sal
    arrebatada de tu mar en calma.

    Abril se ha detenido, amor, para nosotros,
    y el sol se ha puesto adrede
    para encender de luna nuestro anhelo
    y dejarnos a solas con la luz
    exigua de una noche improvisada.

    Deja que tu silencio me desnude,
    que resbalen tus ganas por mis hombros
    como lluvia de pétalos de sol.
    No me digas tu nombre,
    que el amor es tan frágil como lo es la palabra,
    y aquí, tú y yo no somos más que dos estaciones
    que el destino ha querido acoplar con su grácil
    y opulenta maestría.

    Deja que te presienta en la distancia.
    Sé que estás deseando arraigar en mi boca
    para siempre, lo sé, que tus manos no alcanzan
    a sembrar de recuerdos mi cintura.
    Pero yo ya te llevo en mi interior
    y te siento tan mío que no alcanzo a entender
    las rosas del invierno ni el frío del verano.
    Debe ser que tan sólo
    un segundo de vida
    nos separa.

    CONTRA EL TIEMPO (PEDRO ARQUEDAS IBÁÑEZ)

    No quiero un nombre.
    Así empieza la muerte.
    Y en vida niego la hierba de mi tumba
    apretando la brizna contra el pecho.
    Y digo no
    al acervo
    al enjambre
    al reloj
    de dunas o de olas
    porque el  arco del péndulo
    no abarca todo el aire que respiro.
    Y aquí mi propia hoz
    para segar de todo vientre
    la mies maldita
    la máscara aplacando
    el rostro que no tengo.
    No quiero un nombre.
    No habrá palabra ni genealogía
    en la voz de mis ojos.
    Así desafío
    sagrado
    natural
    la férula del número y la vértebra.
    Así
    no hay destino en el paso
    sólo hombre
    semilla contra el tiempo.

    UNA GOTA (JUANMI JERÓNIMO)

    Necesito una gota,
    solamente una gota
    para iniciar el mar
    y atrasar los relojes al instante
    y la noche a la niebla matutina.

    Y sólo necesito
    mis manos y mis ojos
    para buscar las líneas del presente,
    para encender los puntos suspensivos
    de un horizonte en llamas.

    El humo me devora,
    me atrapa en las señales de sus labios,
    en su idioma secreto de sed viva.

    Y una gota, tan sólo una gota de azar
    podría construir de nuevo un puente
    que cruzara de sur a sur la niebla
    en los ojos que miran un orgasmo,
    en la boca que grita otro destierro
    para hacerse de agua,
    de agua solamente,
    de aljibes en tu pecho.

    LA PALABRA Y EL OLVIDO (JOSE MANUEL F. FEBLES)

    De todas las palabras que se pueden decir
    con la lengua o la pluma, las más tristes son estas:
    “Hubiera podido ser distinto”
    Joseph Heller

     

    Que sea la palabra un vértigo desnudo,
    un asalto cercándome en la espera,
    las sílabas remeras de una estrofa
    sin voluntad de olvido.

    ¡Cómo ha sido de abriles su memoria
    cuando va el corazón entero
    con la alegría errante de alborozos
    sin que el silencio sea sombra
    en el umbral de su carne!
    La palabra enredándose en los labios
    mordiéndome la boca -volar rompiendo el aire-.

    Como si fuera la razón de todo
    es esclava de su nombre, urticaria del tiempo,
    cómo una sarga aserrada
    para clamar sus gritos en el costado
    de su cárcava tristeza.

    El momento vendrá de sus manos
    y ha revuelto la herida con su presencia,
    pero no tiene cita, ni hora…
    y no puede dejar la desollada noche
    hacia otro lado de mí,
    como un poema que se escribe sin versos.

    TRASMUTACIÓN   (ISABEL RODRIGUEZ)

    Mientras estaba ofreciendo donativos
    quemando incienso en las aras, vio
    presagio! ennegrecerse los sagrados
    convertirse en impura sangre los
    vinos.

    Virgilio
    Eneida, Canto IV
    “Dulce como este vino es el amor”

    Alza Dido las últimas ofrendas,
    quema el último incienso
    y colma hasta los bordes la recamada copa
    de un vino oscuro y dulce.
    Y presenta a los dioses aquel vino sagrado
    mientras ardientes lágrimas
    le surcan las mejillas desoladas
    y bajan por su cuello,
    perdiéndose en su seno, de dolor traspasado
    por la herida de Eneas.

    Todo ha callado en torno:
    las voces de marinos aprestando las naves,
    el ruidoso ajetreo
    de remos y de velas en la agitada playa,
    los cánticos que entonan implorando a los dioses
    un viento favorable,
    un aliento benigno sobre su nueva empresa.

    Han partido las naves,
    han cesado los cantos y ya tan sólo el eco
    lejano va quedando
    de las dulces palabras en los labios de Eneas,
    tan dulces como el vino que en las noches de fiebre
    y de amor derramado
    saboreaban juntos como un néctar divino,
    que vertía en sus venas un fuego inextinguible,
    eterna llamarada
    de amor sin retroceso.

    “Dulce como este vino es el amor”.

    Y ella se recostaba sobre el pecho de Eneas,
    ya su única patria,
    ya su solo tesoro, ya toda su certeza.

    “Dulce como este vino es el amor”…

    Vuelve Dido los ojos a la ofrendada copa;
    ve rebosar el vino de los dorados bordes.
    Mas, como en un presagio
    funeral y sombrío,
    el dulce vino rojo se torna oscura sangre
    que empapa los ropajes
    espléndidos del tálamo,
    las ropas y las armas del héroe fugitivo,
    que abandonadas yacen
    sobre el lecho vacío.

    “Dulce como este vino es el amor”.

    Ha llegado la hora.
    Ella sabe, lo sabe, que no tiene retorno
    la senda de la sangre,
    que el vino transmutado le muestra su destino.
    Y la espada de Eneas
    hunde en su tibio seno con rigor implacable,
    y exánime se tiende sobre el que ayer fue tálamo
    y hoy pira funeraria.

    Y corren confundidas ambas sangres,
    las sangres inocentes de la vid y la reina,
    unidas por el mismo destino de abandono.
    Las últimas ofrendas
    se consumen calladas sobre un ara de fuego,
    mientras expira Dido
    con el nombre de Eneas en los labios exangües.

    “Dulce como este vino es el amor…”

    VOY RECOGIENDO ESPEJOS (RAMÓN CARBALLAL)

    Yo no te conocí junto al mar. Fue
    en el asfalto, entre paredes rugosas
    como de piel adoquinada,
    donde se abrieron tus fuentes.
    A diez pasos de la nada,
    con la húmeda verdad de las palomas,
    en la taquigrafía de los despertadores
    que, lentamente, deshacen tu lluvia
    voy recogiendo espejos, versos de ala rota.

    PUDIERA SER (JULIÁN BORAO)

    Pudiera ser, tal vez pudiera ser
    que llegara el otoño, tras un verano intenso,
    y una mano desnuda construyese
    el detalle que la emoción ansía
    y un corazón hablara
    fecundando las sedas de las hojas
    como en una canción que acompasara
    el ritmo de la tierra.

    ¡Oh detalles inmensos de goces diminutos!

    Y así, como algo estremecido,
    llegáramos airados
    a la esencia de nuevas claridades
    que fueran el reposo
    de tantas experiencias y fatigas.

    Porque pudiera ser
    que no bastaran ya las horas de la vida,
    que la ceguera ingenua
    de cada intromisión en la torpeza
    fuera el pesado lastre que nos queda
    cuando recomponemos esos pactos
    que hacemos con la historia
    de todo el sufrimiento que hubimos de vivir.

    ¡Oh imágenes absurdas del dolor!

    Y sin embargo el cieno templa nuestros cuerpos,
    se impregna en cada poro
    como un fiero invasor,
    se vuelve compañero indispensable
    de la rutina incómoda y paciente
    de todos los instantes cotidianos.

    Aleja esa invasión,
    describe audacias, repara en los cuidados
    de lo que has de saldar, bebe tu suerte.

    Pero no te recojas,
    no cierres la sonrisa,
    vuelve a posar tus manos generosas
    en los hombros del mundo,
    anhela, sí, este otoño que ahora se avecina,
    porque pudiera ser
    que no hubiera lugar para nuevas promesas
    si torpemente miras a otro lado,
    que no pudiera haber más esperanza
    dejándote llevar por esa desgraciada indiferencia
    que  no atiende zozobras
    y desprecia el susurro

    que tu latido siente cuando lo necesitas
    escarbando penumbras en tu emoción vacía.

    UN ARCO IRIS (VIVÍ FLORES MASSARES)

    La crisálida en mí cierra los ojos.
    Hay cielos que no alcanza su pupila de miedo,
    y decide soñarlos.
    Para crecer las alas me falta el horizonte,
    el color de mi sangre amaneciendo
    despegando del gris de la apatía.
    Me faltan los jardines que pisoteó la vida
    como si aquellas flores
    no hubiesen merecido sobre el rostro
    la caricia suavísima del viento
    o de mis manos torpes, aferradas al frío.
    Me reconozco frágil.
    Ni la roca, ni el fango, ni el abismo
    al que arrastro los pasos
    irguieron totalmente las murallas
    ni corrieron los velos piadosos del olvido
    sobre cada retazo de inocencia.
    La crisálida en mí vuelve a dormirse
    después de cada beso que roba de un poema.
    Hay mil bocas besándome en el alma
    y no saben que existo,
    y no saben que tejo capullos de colores
    en que escondo mi ausencia de matices,
    mis terrores chiquitos y asesinos,
    niños rapaces que alimento a llanto.

     

    Yo no elegí ser sombra,
    noche indeleble bajo la piel clara,
    hueco nostálgico que impide el brillo
    de la luz propia, si es que hubiera fuego
    alguna vez, quien sabe, en esta tumba.
    Pero si puedo, aún, volar sin alas
    colgándome en las crines de algún verso
    y ver el sol subiendo al horizonte,
    y acaso… un Arco Iris tras las lágrimas…

    29 mayo, 2015 • Poemas, Revistas • Vistas: 0

  • Selección de poemas Foro Alaire

    Paseo Pereda (Mari Cruz Agüera)

    Aquí me tienes hoy,
    gata en celo que surca tus tejados.
    Las olas que humedecen balaustradas
    me salpican los dedos.
    Voy arriba y abajo por la calle
    de luz intensa y tuya
    mientras persigo entre los adoquines
    ese rastro de aromas que dejaste.
    Aquí, sobre este banco de sol tibio,
    se le cayó a tu boca algún silencio
    -aún retozan en él alas de ángel-.
    Y este color henchido de lavandas
    tuvo que florecer sobre tus ojos.
    Sí, me parece verte allá a lo lejos
    reír en las buhardillas,
    mientras dejas caer sobre mi pecho
    gorrïones ardientes de tus labios.
    Quiero trepar, huir hasta tu cuerpo,
    enmarañar mi piel entre tus manos,
    pero me quedo aquí, gata a la sombra
    de este jardín que vibra como agosto.

    CEMENTERIO DE PÁJAROS (Julio González Alonso)

    Amanecen
    revuelos
    de pájaros; aquellos, los mismos que anidaron
    años de pantalones cortos y vestidos con lazos
    perfumados
    de las misas de domingo, torres
    de campanario,
    hoyos de guá en juegos de canicas;
    aquellos
    que alzaron en los picos
    la extenuada soledad
    de la memoria
    de la infancia y me pregunto
    dónde abandonaron sus alas el aire,
    en qué rincón murieron
    y dejaron el último latido temblando entre las plumas
    de la breve primavera.

    Retornan
    vuelos
    de pájaros –los que cruzaron atrevidos cielos
    de juventud-
    a la extremada nostalgia del recuerdo,
    soles de veranos,
    cuerpos abrazados
    y amarilla miel en las colmenas
    de los besos. ¿Y en qué lugar
    murieron? ¿Quién los vio la última vez?
    ¿A dónde fueron?

    Volaron
    los pájaros
    y multiplicaron
    el clamor de sus cantos en los nidos de otoño; ¿pero dónde
    dejaron
    el batir frenético de sus alas? ¿Dónde
    murieron todos?

    Y miro
    hoy
    los pájaros
    en revuelos ruidosos en mi torno; tal vez –me digo-
    aquellos, los mismos que me digan
    a qué lugar
    conduce
    el leve último vuelo
    de los días
    de invierno.

    DONDE UNA NUBE SE DESTIERRA (José Manuel F. Febles)

    ¿Qué harías tú si tu memoria estuviera
    llena de olvido?

    Antonio Gamoneda

    Donde una nube se destierra,
    los últimos jilgueros
    del otoño,
    con la garganta rota, vuelan
    hacia la incertidumbre de la memoria.

    Arado el cuerpo y sin respuestas,
    confuso en el dominio de los tiempos,
    vida no soy, Atlántida deriva de mis
    fondos.

    Ahora queda la sombra del árbol
    -vacío el hueco de mi nombre-
    bajo el sol que no brilla,
    huella muerta,
    los labios agrietados de mi boca.

    NI EL SOL ERA TAN NUESTRO (Federico Ruibal)

    Qué certeza nos queda del abrigo,
    del sol contra los barcos, del regazo
    tan frío ya de madre,
    la hermandad con el mar, los belfos en mi perro.

    Qué de cierto, bajo el barro
    tomado de los labios,
    del olor de la tierra, si el frío de las cumbres
    se trepa ya a mis huesos,
    desatando el planto poderoso
    que vigila, desde la cruz al alba,
    el gálibo fatal de mi infortunio.

    Que es pájaro heridor, y que me barre
    a plomo las lamas de metal,
    y me apartó de la edad de los jarabes,
    del cuento y de la lámpara, la grama y el cordero.

    Es tarde. Ya no queda
    casi pecho a recibir con los disparos.
    Ayer mismo firmé, con la sangre que apuntaban mis deberes,
    un límite finito a tanta luz absurda.

    El sol, funesto y sucesivo,
    va borrando las sendas.

    Hasta el viento me engañó:
    prosigue en fuga.

    RESUCITANDO (Blanca Sandino)

    Aún es posible poner un toque amarillo Van Gogh
    -de girasol, de lirio-
    al brillo de la luna recostado en el quicio de la noche;
    romper, entre tu yo y mi yo,
    las máscaras que ocultan
    deshilvanados silencios y palabras.

    Aún es posible hallar, en este palpitar de nido abandonado
    (cálida, intacta soledad eres,
    me has dicho, de brillante plumaje)
    el temblor que al son de tus augurios agita mi corazón de bosque.
    De bosque enamorado del sol,
    del aire, de la vida.

    Aún es posible que percibamos en otro amanecer recién nacido,
    casi vestido ya de primavera,
    acurrucado entre el paño y el forro del bolsillo
    -luchando por librarse de los nudos de un pañuelo-,
    aquel adiós que un día fuera mío,
    que un día fuera tuyo,
    que un día fuera nuestro.

    Y aún será posible que me sueñes, me sientas, presientas, me adivines
    -entre amarillos Van Gogh de girasol y lirio-
    surgiendo en el primer rayo de sol de tus mañanas,
    como la soledad: intacta.

    «El grito» expresionista: luminosa, vertical, concéntrica a tu vida,
    con mi piel aún por estrenar,
    allegada a cada esquina de tu alma, a cada orilla,
    y enredada como una serpentina entre tus círculos,
    una vez y otra vez y otra vez: resucitando en ti.
    Resucitando.

    TODAS LAS MANOS (Santiago redondo Vega)

    Todas las manos tienen
    una deuda pendiente con el mundo.

    Una deuda que asuma las distancias
    oxidadas y grises de todas las cadenas
    que sin romper partieron a encadenar olvidos.

    Y queda en cada hombre
    un poso de indolencia por la vida,
    -malherido y culpable-
    de gestos que pensamos y no hicimos,
    de aquellas intenciones que no se consumaron
    en el preciso entramado
    de los hechos precisos.

    Y se nos murieron
    millones de minutos –cobardes-
    en las manos huecas de los desfiladeros
    abiertamente vacíos de esperanza,
    desperdiciados, oscurecidos, yermos.

    Y es que sólo los propósitos no bastan
    para apaciguarnos las conciencias,
    ni siquiera los buenos deseos
    son armas para el duelo
    si no llegan a empuñarse
    -banderas fehacientes-
    contra la indiferencia.

    Hay como mínimo dos mundos
    -si no miles-
    diametralmente hirientes y enfrentados;
    el de quienes rebosan desprecios de abundancia
    y el de quienes rebuscan famélicas miserias,
    y ni unos ni otros son
    química pura.

    Como auténticos cobardes
    sólo supimos callar tanta ignominia.
    ¡Callemos! –nos dijimos-
    en tanto no seamos nosotros esas víctimas
    ¡callemos!
    para seguir viviendo mansamente.

    Y atrás – latentes- se nos fueron quedando
    sin un rasguño apenas
    todas las afrentas, todos los desmanes, todas las injusticias, todos los desprecios.

    Y a todas las palabras
    -como a frágil cometa irrelevante-
    acabó por hurtárnoslas el viento
    dejándonos desnudo y malherido
    el fango de Utopía.

    Todas las manos tienen
    una deuda pendiente con el mundo.

    UNA FORMA DE LUZ SOFISTICADA (Esteban Granado)

    Hay un cierto crepúsculo inmediato
    que prorrumpe en aplausos delirantes.
    Hace fuego, es un fuego que no quema,
    sino embruja, evapora, desfallece,
    sino que se figura
    una forma de luz sofisticada.
    Hace Luna, es de noche
    -cielo aparte-.
    Reverdece la tierra el pan secreto,
    corona y cáliz de mi sangre tibia.
    Hay, por cierto, un ocaso
    de mil amaneceres diferentes.
    ¿No lo sientes vagando en torno de tus sueños?

    EN TRÁNSITO (Néstor)

    Aún sigo
    el caer de una hoja desde el árbol anónimo,
    rescatando gaviotas (de infantiles momentos)
    evocando naranjas, luminosas y amargas,
    odiando los candados y las palabras huecas.

    Perdí tantas distancias heridas por destino,
    sepulté tantas risas bajo tierras ajenas
    cargando en la mochila cada uno de los miedos,
    que podría mi médula vacilar su disputa.

    Pero pienso en las horas que aún permanecen vírgenes
    en las puertas abiertas
    en las alas dispuestas
    en ángeles armados con sus justas balanzas
    en la aurora que pinta su quietud, aguardándome
    y dejo andar mi paso
    -discípulo de tantos-
    sobre todas las huellas.

    28 mayo, 2015 • Poemas, Revistas • Vistas: 0

  • Selección de poemas Grupo Alaire

    SABERTE ME RESULTA INEVITABLE   (Rafael Calle)

    No podrás entender mi pensamiento
    porque ni yo consigo descifrarme.

    Soy una dicotómica manía,
    seguramente tonta;
    se asusta cuando hablan de cariño
    y sin embargo vive pensando en abrazarse.

    Yo persigo la esencia evolutiva
    al borde complicado
    de la duda indudable.

    Así, mi lado diestro me asegura
    que sólo me equivoco cuando afirmo.
    … que siempre va mejor
    si decido callarme.

    Tú representas el sentir celoso
    de la mente que rula en la edad vigorosa,
    la condición de hembra insospechada.
    Alas de intermitencia
    del ave disconforme
    (con la banalidad)
    que anida en territorio de los ángeles.

    Yo vengo del humano desastroso
    con los sueños que piden un milagro;
    tú caminas la senda de las hadas.
    Indemnes todavía tus sueños primordiales.

    Estar en libertad comprometido
    es la fe del experto en retiradas.
    Una doctrina de perfil hipnótico
    prisionera en el templo donde reza el cobarde.

    Yo lo sé.
    Pero existes.
    Y lo sé.
    Saberte me resulta inevitable.

    GIRAMUNDOS (J.J.M.Ferreiro)

    Gira la tarde
    y se incendia en tu vientre.
    Giran el polvo y la acidez del limonero.
    Giran tus ojos verdes en la celda de las voces
    de las muchachas amarillas
    en sus vestidos apretados.
    Da vueltas el Otoño
    sobre las nalgas de otro siglo.

    Giran y vuelan
    las velas en las naves,
    el motor de los vientos
    las hojas de la piel
    … tus serpentinas.
    Giran los tiempos de los vinos
    en tus labios de almendra.
    Gimen todas las voces en tu frente.
    Da vueltas la premura de tu tacto
    en el rescoldo de mis dedos.
    Golpea la pasión
    al borde de tus muslos.
    Giran las casas y sus cosas,
    la mansedumbre de tu nombre,
    el tigre del olvido.
    Giran los vendavales de las almas,
    la lluvia toda; todo el hielo.
    Dan vueltas los terrenos del animal oscuro,
    sus minerales,
    sus dientes en cuchillo.
    Giran los paladares en sus cielos de azúcar,
    las ciudad en sus goznes de ceniza,
    los mares en la boca de los peces.
    Gira la flor solar
    y se desvirga por los campos.
    Giran los astros en su origen;
    la pira de sus médulas.
    Danzan los esqueletos de los dioses
    en esta tarde
    que se detiene al fin
    y cabecea muy cansada
    sobre las sombras aún calientes.

    EL MIEDO (Benjamín León)

    El miedo está en los ojos:
    en el rincón del iris que se avienta
    y muere por la noche.
    Los niños ya se esconden bajo el puente,
    el cuerpo de la sombra
    abre su llanto hermoso ante el silencio
    y elige su temblar oscuro.
    Las alas de la muerte se avecinan
    y con la bruma envuelven mi abandono
    para esculpir el miedo.
    Sujeto el llanto entonces
    y caigo en el dolor de mis carencias;
    lleno la voz de muertos que se nombran
    y escribo en la tiniebla de los ojos
    para nacer de nuevo.
    Las faunas se aproximan,
    surgen gemidos hondos en la calle:
    de pueblos que se extinguen,
    de hermanos cuyos cauces exiliaran,
    de mis pequeños hijos extirpados
    y echados a los ríos.
    El miedo está en la gente y en sus días,
    en el dolor del mundo que amanece
    y en la expresión de un dios que va muriendo.

    LAS FRONTERAS  (Sara Castelar)

    Cayeron de mi pecho nubes rojas
    conteniendo la forma del olvido
    y todas las suturas de la sangre.

    Sobre la voz llovieron continentes
    como soldados de tristeza estéril
    y se manchó la música en los labios
    de la nación sin nombre,
    en mi pequeño corazón de tierra.

    Te hablo desde las fronteras sordas
    que siempre anuncian vida
    en este lado opuesto de los ojos
    y sucedes despacio
    como sucede el cielo sobre el mundo.

    ¿Qué palabra sostiene el porvenir
    de nuestro hogar sin patria?

    Me exilio de los pájaros del hambre
    donde se forja el odio
    y me sumo a los años de tu espalda
    en añoranza impropia de los vivos,
    la eternidad es vid de camposanto.

    Al Mariyya. Espejo del Mar  (Alonso de Molina)

    Forjada en tres culturas, tres raíces,
    un ave se colgó de los misterios
    versado en los arcanos que ocultaba
    el árbol cardinal de sus cimientos.

    Una luz en su eje milenario
    como alzado en un cuadro de acuarelas
    precedía en el rumbo de los sueños
    esa cota de piedra complaciente
    adherida a la crónica del mundo

    Una imprecisa sensación de gozo
    mantiene en sus aristas con prudencia
    el fascinante enigma de un contraste
    sostenido en la calma del paisaje.
    Ese trozo de piel que nos regala
    persevera envolviéndonos selectos,
    desde los pies al interior del pecho
    de armonía en su entrega ilimitada
    con un pacto de hechizo permanente.

    De arena viste intrínsecos secretos;
    las sales son sus aguas, sus montañas
    serenas coronando la memoria
    de su mar, de su gente de sus huellas

    ÁRBOLES (Pilar Iglesias de la Torre)

    Parece imposible, pero hay árboles
    que se acuestan con el lomo retorcido
    y no por ello dejan de existir.

    …..Por más que el alacrán
    inyecte su ponzoña
    o, el escalpelo diseñe labios en la piel…….Por más
    que se urdan cacerías
    apuñalando contrafuertes
    o se intente encarcelar
    la insurrección,
    encontramos pilares integrados
    por el diccionario de la ética
    inmunes al pretexto, irreductibles
    jinetes de palabra.

    Y, aunque concluya erróneamente la perfidia,
    que todo el mundo tiene un precio
    y se puede corromper
    con óxido el acero…….yo he visto
    surgir los todavías
    en antítesis clara de derrota
    y grabar el simbolismo en escarlata
    sobre vetas de diamante,
    cuando presagiaban pitonisas,
    ceniza en las ideas.

    Si hay, si existe un ábaco
    que cohesione los preámbulos,
    buscadle en la cubierta malherido, mas
    de sílex en el centro,
    como sucinto enrejado de constancia,
    cuyo pulso apuntala sobre sí,
    los puntos cardinales de la brújula.

    …..Por eso, lejos del vestíbulo
    que lixivia el extravío,
    hay troncos cincelados
    aún en férrea erosión por los murciélagos,
    que crecen en la noche, nodrizas del instinto.

    RETIRADA (Jerónimo Muñoz)

    Ya no queda ni un eco en este páramo
    desde que se ha nublado el cántico del viento
    y la desidia oprime los arbustos marchitos.
    El débil resplandor que se aminora
    anuncia cesaciones, desenlaces bermejos,
    humillación de espacios, cosecha de confines,
    caducidad de límites que ya no ciñen aire
    (fronteras de la nada y sus neblinas).
    Recuerdo las perpetuas mañanas transparentes
    en las que los jilgueros volaban atrevidos
    detrás de sus arpegios de vapor y de vértigo.
    Recuerdo aquellos cielos, remotos y teóricos,
    cuyas iras mezquinas no lograban tachar
    las risas de los labios húmedos y accesibles.
    Y recuerdo las lluvias, los fermentos amargos,
    la dulzura insolente, las llamas respiradas.
    Ahora me encamino con sosiego hacia las nubes,
    hacia la fresca sombra de los astros.
    Renuncio a la engañosa eternidad, a sus canciones,
    a sus brillantes luces de hojalata;
    renuncio a cualquier voz que no sea pura,
    al estruendo falaz del fluido sucio,
    al sonido discorde de las carnes vehementes.
    Sólo quiero encontrar un pecho o flor,
    un residuo, un vestigio, una reliquia
    de sangre inmaculada.

    UNA VIDA SIN TI  (Luis Oroz)

    Estábamos dispuestos a querernos
    para toda una muerte…
    yo pensaba en la cara que pondrías
    cuando vieras las cosas que te escribo,
    cuando sintieras en tu propia carne
    el látigo amarillo del silencio.

    El tiempo puso nombre a los extraños
    y aprendimos a vernos
    con la invidente claridad del loco,
    descubrimos el ámbar de las cosas
    que no se pierden porque nunca han sido,
    la cruda realidad de lo irreal
    en la fingida eternidad de un verso.
    Así nos conocimos…
    quizá hasta el punto de sentirnos uno
    y desandar el sueño de los tristes.

    Aquella dualidad definitiva
    ha mordido mis dedos.

    No hay espejos que pongan en la cara
    la soledad que crece en los paréntesis
    de una vida sin ti,
    y hay heridas que vierten la costumbre
    de no ser escuchado.

    Así es la soledad cuando comparte
    la emoción de una risa que no existe,
    así muere un poeta…
    por eso ha de quererse locamente
    para toda la vida.

    28 mayo, 2015 • Poemas, Revistas • Vistas: 0

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