Relato
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  • Me llamo Alejandro

    Autora: Antonia Mauro

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    5 enero, 2019 • Relato, Revistas • Vistas: 0

  • Me amabas

    MeAmabas

     

    Autor: F. Enrique

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    5 enero, 2019 • Relato, Revistas • Vistas: 0

  • Relato colectivo: el amor

    Autores: Hallie, Guillermo, Marisa, Ramón Carballal, Rafel, Rosario, Jerónimo, Alfonso, Marisa, Ventura, Javier, Marimar, Edgardo

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    30 diciembre, 2018 • Relato, Revistas • Vistas: 0

  • Valjan y el pintor indigente

    Autores: Marimar González y Rafael Zambrano Vargas

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    30 diciembre, 2018 • Relato, Revistas • Vistas: 0

  • En el lugar eterno de tu ausencia

    Autores: Alfonso Alfaro y Hallie Hernández Alfaro

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    30 diciembre, 2018 • Relato, Revistas • Vistas: 0

  • FB

    Autora: Hallie Hernández Alfaro

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    30 diciembre, 2018 • Relato, Revistas • Vistas: 0

  • Un joven cualquiera, primera parte. Capítulo 3

    Autor: Ramón Carballal

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    30 diciembre, 2018 • Relato, Revistas • Vistas: 0

  • Mi lado de tu sombra

    Autor: Alfonso Alfaro

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    30 diciembre, 2018 • Relato, Revistas • Vistas: 0

  • Nostalgia en un acorde

    Autor: Alfonso Alfaro

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    17 mayo, 2018 • Relato, Revistas • Vistas: 0

  • La tela de araña (Microrrelato)

    Autora: Pascua Lira

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    17 mayo, 2018 • Relato, Revistas • Vistas: 0

  • Lo puedes conseguir

    Autor: Manuel Sánchez

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    17 mayo, 2018 • Relato, Revistas • Vistas: 0

  • Destronar al Principito

    Autor: F. Enrique

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    17 mayo, 2018 • Relato, Revistas • Vistas: 0

  • Un joven cualquiera (Primera parte. Cap.2)

    Autor: Ramón Carballal

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    17 mayo, 2018 • Relato, Revistas • Vistas: 0

  • Salle de Bains

    Autora: Marisa Peral

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    17 mayo, 2018 • Relato, Revistas • Vistas: 0

  • Un día cualquiera de íntimo diario

    Autora: Marisa Peral

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    17 mayo, 2018 • Relato, Revistas • Vistas: 0

  • Pequeños textos

    Autor: Macedonio Tracel.

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    26 octubre, 2017 • Relato, Revistas • Vistas: 0

  • Un joven cualquiera (Cap. 1)

    Autor: Ramón Carballal.

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    26 octubre, 2017 • Relato, Revistas • Vistas: 0

  • Miedo

    Autor: María R. Alfano.

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    26 octubre, 2017 • Relato, Revistas • Vistas: 0

  • Ofelia (personaje de Shakespeare)

    Autor: Alfonso Alfaro.

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    26 octubre, 2017 • Relato, Revistas • Vistas: 0

  • Rememorando el olvido

     

    Autor: Ventura Morón.

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    26 octubre, 2017 • Relato, Revistas • Vistas: 0

  • La callejuelas dormidas

    calles mojadas

    Autora: Marisa Peral

     

    Por calles donde la luz se filtra vergonzosa, quizás, de vez en cuando, contaré algún que otro gajo de naranjas prendido en los aleros y balcones de los que cuelgan rastras coloradas de pimientos entre burdas y nobles ropas de trabajo. Son esos lugares apacibles donde curiosas y tímidas ancianas juegan a la brisca sentadas junto a los portones, con una niebla de leña y olor a guiso recio flotando en el ambiente.

    ¡Es un ritual reconfortante el contemplar antiguas celosías y adivinar que, tras el gastado apresto de los encajes, hay ojos inocentes que nos siguen! O presentir, tras las enmohecidas cancelas, patios que son pequeños reinos en los que siempre mandan los rosales para entregar una rosa distinta cada día: las más perfumadas y erguidas, las que resplandecían casi con luz propia o las relegadas, cubiertas con suaves telarañas.

    En el letargo silencioso de las siestas era el aire tan dulce que se saboreaba hasta el cansancio con la apacible necesidad de los conversos. Entre claroscuros jugaban las manos con sombras chinescas y un zumbido de moscas nos recordaba que había llagado la hora de la merienda: ¡limonada con masitas francesas horneadas!

    A veces, cuando la tarde no tiene apenas resplandores, nos sorprendía el viento de poniente. Es como si los visillos se rebelasen detrás de los cristales emplomados. De pronto las calles se colmaban de lluvia. Una lluvia caliente y vaporosa con un susurro placentero y decoroso que le daba al ambiente una tibieza de crepúsculo, la paciencia del remanso, la claridad sumisa del río cotidiano. Y al pasar la borrasca me enseñaron las calles ese fulgor que se volvía espacio y la vida volvía a sus portones y ventanas.

    No he nacido yo para moverme en lujosas avenidas, sino en las callejuelas quietas y sombrías con caminitos y recodos donde también es posible descubrir una estrella.

    30 junio, 2017 • Relato, Revistas • Vistas: 0

  • Número 7

    autobus 7

    Autor: Allen Rambó

    Es buena hora para montarse en el autobús. No es ni tarde ni pronto. Sino la hora del autobús. El número 7. Siempre que lo espero me invade una infantil alegría de victoria. Como el que va a un zoo por primera vez. Tantas especies, tantos animales, tanta crueldad encerrada en una gran jaula con ruedas. Sólo estamos 2 personas esperándolo. Una señora sin rostro, como el que nunca ha visto un atardecer o ha subido una montaña, y yo. Pero eso me da igual. Ella no es quien quiero ver. Lo quiero a él. O a ella. Es como un ángel, sin sexo ni memoria. Y por fin, grandilocuente y puro, llega la gran bestia tallada en acero y aluminio. Se balancea con su ópera de gruñidos y humo negro. Se arrodilla ante mí, sumiso, como pidiéndome por favor que pruebe su esencia de todos los días. El conductor no es partícipe de esta historia. Siempre los he odiado. Intentan amansar a una fiera salvaje de por sí. Pago y entro. No está lleno, pero tampoco está vacío. Unos cuantos escolares con sus retráctiles uniformes, una anciana con la fatal etiqueta de la muerte y la chica pelirroja con lo efímero tatuado en sus ojos. Podría pasarme días hablando de ella. Pero esto no es un poema. Ni un cuadro. Me limitaré a observarla como se hace en los zoos. Me siento en el asiento más próximo al motor de esta máquina, quiero sentir su corazón incoloro. Puede que lo haga como un recuerdo de cuando yo te sentía a ti y tú a mí. O puede que no. Puede que solo sea un último intento de ver que hay alguien vivo. Me siento un superviviente de una gran peste que busca, sin remedio, el inútil roce de lo humano. Hoy solo lo sentiré 2 paradas. Echo un vistazo (esta vez más profundo) de las especies y de la crueldad que escode su gran alma mecánica. Los escolares parece que ya no están. No lo sé, no me interesan. La mujer con la etiqueta de la muerte puede que ya haya muerto. No me importa. La señora que se ha subido conmigo salió volando. Tal vez. Pero la chica. Yo quería buscar a la chica pelirroja. Sólo para buscar un hálito de ti. O si no para buscarte a ti, en unos ojos sin quiebros ni maniobras raras. Unos ojos vírgenes. ¿Es eso lo que buscaré en las mujeres que vea en el autobús el resto de mi vida? No lo sé. Me gusta pensar que tú estás en todas ellas. Sigo sin encontrarla. Los asientos, las ventanas, la música de mis cascos me dicen que nunca existió. Prefiero pensar que ahora es ceniza. Así podré seguir buscándote en los ojos de todas las chicas que vea en el autobús. Pero eso será mañana. Ahora tengo que bajarme y dejar que su carrocería arda. Sé que todos los días, a la hora del autobús, vendrás para desnudar todos tus pasajeros. Y otro día más, sé que me brindarás unos ojos en los que poder buscarla.
    “¿A qué hora pasa el número 7?”

    30 junio, 2017 • Relato, Revistas • Vistas: 0

  • El anciano en la sala de música

    anciano

    Autor: Óscar Distéfano

    La conversación quedó cortada como por una filosa guadaña invisible; y las palabras, las últimas que se pronunciaron, heridas en la abierta garganta, salpicaron deletreadas el espacio para ir perdiéndose como un eco de estupor con el humo de los cigarrillos. El sudoroso olor de los jóvenes en aquella tarde de tórrido verano, contribuían también, al acre olor que despedía el ambiente.

    Las miradas quedaron paralizadas, los ojos derrotados como astros caídos de sus órbitas, las bocas semiabiertas, en el silencio agobiante que se produjo.

    Hasta los Beatles parecieron titubear en aquel pasaje de “Lady Madonna”, cuando la silueta del anciano apareció entrecortada por la hoja de la puerta.

    Frente a la intermitente fuerza del ventilador, la otra hoja fue abriéndose lentamente, desprendiendo un gemido cansado y sin final. Y se vieron los ojos del viejo hombre aparecido, más azules que el cielo, más cansados que el de Cristo en el Gólgota. Era su apariencia la de un gladiador vencido, agonizando sobre las arenas, que buscaba revertir la incoherencia del orden existencial.

    El cuerpo de hombros caídos y de piernas dobladas sobre sus rodillas, soportaba estoico el viejo traje de hilo color marrón desteñido que probablemente lo había utilizado por última vez veinte o treinta años atrás; y que hoy, luego de haberlo meditado mucho tiempo (de lo cual disponía en su monótona existencia), luego de haber madurado la idea durante meses, decidió ponérselo. Y probablemente, también, para expresar en aquel último lenguaje disponible, el deseo de recuperación de su latir humano. No era un pedido demente que exigía el título de Napoleón, sino el grito del alma en el cuerpo derruido, el clamoroso gemido del hombre enfermo, del hombre marginado en la senectud que, dolorosa e injustamente, era empujado hacia el abismo de la soledad y el abandono.

    Nadie pudo soportar el estrujo de aquella presencia, de aquella cabeza canosa casi pelada, de aquellas manos temblorosas y arrugadas, de aquel rostro enjuto y triste que expresaba décadas de sol y lluvias, de risas, llantos, odios y pasiones definitivamente idos. Ninguno tuvo el coraje de sostener la mirada. Todos bajaban los ojos hacia las frías baldosas, y el más sensible se cubría el rostro disimuladamente con los brazos.

    Un cigarrillo iba quemándose entre los dedos inmóviles.

    Terminó la música en el tocadiscos automático, y ello sumió a los hombres en un silencio insoportable. Se oía, tan sólo, el aullido lejano de un perro callejero. Se hacía difícil hasta respirar. Algunos detenían momentáneamente el ritmo de sus respiraciones, por temor a los resoplidos.
    A pesar del trabajo persistente del ventilador, los jóvenes sudaban copiosamente. Los sudores se deslizaban en los rostros, por las mejillas, y nadie se atrevía a secárselos.

    Luego, cuando todo inducía a pensar que el ambiente iría a estallar en cualquier momento, se escuchó como un débil quejido que parecía nacer de la entraña misma de la tierra. Entonces, las miradas se alzaron, tal vez animadas en que todas las hicieran juntas, y vieron que unos inseguros dedos trataban de enjugar las lágrimas que se desprendían del mismo cielo. Las pupilas acuosas parecían mundos que sangraban transparentes. Fuera de toda duda, se advertía que aquellas retinas seguían imprimiendo las imágenes de muchachos vigorosos, con sus torsos desnudos, escuchando música; la guitarra descansando sobre un sofá; los vasos, el humo, los pósteres de grupos de rock famosos pegados en la pared, los libros en la pequeña biblioteca; es decir, la imagen del desparpajo de la juventud. Tal vez esos ojos veían ya, no ese momento, sino el suyo propio, el de sus veinte años, el de su propia juventud para siempre perdida.

    Todo fue doloroso y patético.

    Cuando uno de los jóvenes –el dueño de casa- se levantó y dijo: “-¿qué haces aquí, papá? Vamos, te llevo de regreso a tu cuarto”, los otros quedaron perturbados y paradójicamente aliviados por la visión de aquella figura humana en decadencia que se alejaba.
    Uno de los jóvenes, el que siempre ensayaba pensamientos filosóficos, murmuró: “La vida es un relámpago en el tiempo eterno”.

    30 junio, 2017 • Relato, Revistas • Vistas: 0

  • El monje de “El mercenario”

    Autor: Dark Moon Walker.

    Tal vez sepas que los escritores nos inventamos todas las historias que contamos, incluso las que son ciertas, ya sea por proteger la intimidad o integridad de sus involucrados, porque la realidad es tan dura que queremos suavizarla, porque, por el contrario, la exageramos para denunciarla o, simplemente, porque desde nuestros cerebros hasta las letras que escribimos están nuestros recuerdos; y estos no son del todo fiables. Razones por las que pueda que ahora no creas la siguiente historia; pese a cierta. Pues, de seguro, la verdadera trama de este relato, ocurrió en algún sitio, cuyo nombre nunca supe, a un tipo tal cual hay miles. Por lo que no nombraré lugares ni el nombre real de quién me contó la historia por la que, ahora, me invento la siguiente. O tal vez, quién sabe, pueda que nunca lo sepas y te esté mintiendo en todo; y sinceramente.

    El caso fue que, hace tiempo, conviví por unos meses con ciertos mercenarios muy nacionalistas, aunque ellos se llamaban militares, más promovido por este afán mío de documentarme que por involucrarme con ellos. Y porque, por esos azares de la vida (aunque el azar no existe), no me quedó otra salida más consecuente que vivir con ellos, pues siempre he sido de economía más bien pobre.
    Eran tres y, todo hay que decirlo, militares de élite, pertenecientes a dos fuerzas especiales militares del país en el que resido, aunque todos se habían formado en la misma base. Por su trabajo habían viajado a muchos países y, bien pagados, a otros tantos habían ido por su cuenta. Eran grandes y fuertes, todos tenían tatuajes, aunque ninguno visible a simple vista, y, al menos dos de ellos, eran groseros y fanfarrones. La verdad es que eran groseros, bien groseros, pues suele ser una característica de los miembros de estos cuerpos militares especiales, y es que pasan mucho tiempo a solas con su unidad en condiciones inclementes, con lo que esa es su forma de animar al que se ha caído, al herido, al débil, o a sí mismos.

    Por esta deformación profesional primero me llamaron “Gafas”, luego “Letritas”, después me llamaron “Pico de Oro” pero por último decidieron tácitamente llamarme por mi nombre; cosa que les agradecí, y les agradezco.

    Mas no hablaré de los tres, pese a que me contaron todos muchísimas historias, me centraré sólo en uno, el de mayor rango e inteligencia, aquel que hablaba varios idiomas con corrección y de forma educada; y a quien yo llamaba “Jefe”. Aquel al que sólo me referiré en esta historia como “El mercenario”.

    Lo podría llamar “El militar” pero creo que se ajusta mejor el otro nombre ya que entre los mercenarios y los militares sólo veo una diferencia. Y es que el militar, si le conviene, mata a sus enemigos mas, el mercenario, si puede, mata los enemigos de otros. Y este caso, el que ahora os cuento, se ajusta más a lo segundo que a lo primero. Aunque nunca hablé de esto con “El mercenario” ni con ninguno de los otros dos, ni en sus borracheras más sinceras, que fueron muchas y con diversas drogas. Y, aunque tampoco creas esto, no se los dije más por pena de ellos, por lo que podrían pensar de sí mismos con tal idea, que porque aún tenía que vivir allí; y me podían inflar a golpes.

    En una de esas noches en las que los cuatro estábamos ebrios, a las tantas de la madrugada, cuando uno de ellos estaba follándose a una en su cuarto, el otro estaba inconsciente en el sofá y “El mercenario”, sentando a mi lado, haciéndose un porro, me contaba no sé qué de las prostitutas vietnamitas y porque ellos entraban de tres en tres a los burdeles. “El mercenario”, aquel hombre alto, musculoso, fuerte, de mirada dura y ancha mandíbula; se me echó a llorar.

    Fue un llanto extraño, no por la impactante imagen de ver a aquel hombretón llorar, sino porque, simplemente, en silencio, sin proferir ningún sonido, le empezaron a caer mansas lágrimas desde sus ojos que recorrieron su moreno rostro hasta gotear por su barbilla, enmudeciéndolo de repente, y haciendo que desenfocase su vista.

    Recuerdo que, en ese momento, por mi ebriedad y natural sensibilidad, me dio por extender una mano y con su dorso secar las lágrimas que ya caían desde su barbilla, tras lo que me espetó un seco: “¡¿Qué haces?!” Pregunta a la que yo respondí mintiendo, diciendo que iba a mojar el porro.

    Pasó un tiempo callado, hasta que terminó de hacerse el porro y empezó a relajarse fumándolo, instante en que me hizo una extraña pregunta para la situación en la que nos encontrábamos pues, como quien pregunta si sabes la verdad de un secreto, me dijo: “¿Crees en Dios?” A lo que no respondí pues de inmediato continuó hablando.

    Me contó que él antes no creía pero que empezaba a creer, por lo que le pregunté a qué se debía el cambio y, tras mirarme seria y fijamente a los ojos, como sopesando si me reía de él o si era conveniente contestarme, en el breve espacio de tiempo que duró aquel porro, me contó la verdadera trama de esta historia.

    Él me dijo que se la habían contado, que le había pasado a un conocido pero, los silencios que tuvo mientras me contó la historia, aquellos momentos en los que perdía la vista, se llevaba el porro a los labios y era cuando se daba cuenta de que ya estaba apagado. Aquellos extraños y largos momentos en los que brillaban sus ojos pidiendo más llanto; no me dejaron duda alguna de que era él quien había vivido todo aquello.

    Creo que me lo contó a mí porque, aunque esto tampoco te lo creas, la gente suele contarme sus intimidades, supongo que pensando que, no siendo para ellos mal tipo, si yo no les censuro, si no los juzgo o los critico; lo que hicieron estuvo bien.
    Me lo contó a mí y en voz baja, con voz impersonal, hueca, porque tenía que contárselo a alguien. Así, de un tú a tú, sincero, sin uniformes ni galones. Me lo contó a mí y de esta manera porque hay secretos que matan; y matan literalmente. Me lo contó a mí, simplemente, porque, por muchas razones, yo estaba allí y le escuchaba. Me lo contó a mí y, pese a que fue hace muchos años, y nunca lo he escrito y a nadie hablado; yo ahora a ti te lo cuento.

    Las fuerzas especiales militares trabajan siempre en toda zona de conflicto bélico, sea o no oficialmente. Cuando es oficial lo denominan “operaciones especiales” y, cuando no es oficial, “guerra no convencional”. Estas “operaciones”, tanto oficiales como no oficiales, son de multitud de tipos según su objetivo. Así las hay de reconocimiento, para recabar información sobre el enemigo comunicándose con contactos nativos, las de sabotaje de objetivos militares, las de formar la milicia o cuerpos de seguridad nativos (a lo que llaman algunos, en argot militar, “multiplicar”) o, simplemente, matar a alguien en particular. Y, esto último, fue la misión que le encomendaron a “El mercenario” y a otro militar. La misión que me contó.

    Alrededor de un año antes de esa conversación que tuvimos “El mercenario” y yo dicha noche, como ya dije, lo mandaron a él y a otro a matar a alguien, un dirigente político, en un país extranjero. Los motivos, que por años investigué después, fueron bien sórdidos; crear inestabilidad política e iniciar un nuevo conflicto armado para lo de siempre. Destruir un país con el negocio de la guerra y hacer negocio después con su reconstrucción. Cosa que bien sabía “El mercenario”; pues de tonto no tenía nada.
    La misión se llevó a cabo como todas las misiones de alto secreto, con sumo celo, bien estudiadas, sin dejar ningún cabo suelto. O eso trataron, pues aquellos mandos militares, los que planearon la misión, no sabían nada sobre el alma humana; por lo que jamás la tuvieron en cuenta.

    Así, en el mayor de los secretos militares (aquellos que jamás son reconocidos ni en sus victorias ni en sus fracasos) “El mercenario” y el otro militar viajaron en avión, por separado y como turistas, hasta un país. Desde donde viajaron a otro país en un helicóptero militar de una autonomía de vuelo de doscientos kilómetros con el que, de esta manera, de doscientos en doscientos kilómetros, desde base militar a base militar, volaron sobre todo éste segundo país hasta la frontera de un tercero; lugar en el se encontraba su objetivo.

    Una noche, pese a que el tiempo no acompañaba, pues era la época de lluvias de la zona, tras que sus mandos se enteraran de que su objetivo no andaba lejos, les ordenaron a él y al otro tomar sus equipos que, según “El mercenario” me explicó con mucho detalle, contaba esa vez con un fusil de francotirador, un arma voluminosa y pesada, que utilizaría su compañero. Supongo que me lo explicó con tal detalle para distenderse, para tratar en algo de quitarle gravedad al asunto hablando de naderías que le entretenían mientras buscaba el valor para seguir hablando.

    De esta forma me explicó que esa noche, “El mercenario” y el otro, saltaron con cuerdas sobre la selva de ese tercer país desde un silencioso helicóptero que voló a tan baja altura, para evitar los radares, y en tan oscura noche, que en una ocasión, tras chocar las ruedas del pequeño helicóptero con las copas de los árboles, según sus propias palabras, casi se van todos a la mierda.
    De esta manera entraron clandestinamente en el país, sin insignia en sus uniformes ni identificación alguna, portando equipo procedente de multitud de países; bajo el más absoluto secreto. Y una insistente lluvia.

    “El mercenario” me contó que el descenso del helicóptero fue complicado, pues no sólo fue esquivando árboles y bajo una fuerte lluvia, sino que cayeron sobre una pendiente llena de lodo por la que se deslizaron, cayendo al suelo más de una vez, dando vueltas aparatosamente junto a su pesado equipo. Hasta que llegaron a terreno más llano.

    Allí se orientaron y empezaron a hacer camino por horas, sobre blando barro y bajo una lluvia persistente. Sus órdenes eran buscar la aldea donde se encontraba el objetivo, aldea que se hallaba a unos veinte kilómetros de su posición, vigilar apostados en una loma cercana, desde donde se podía divisar perfectamente la aldea, coordinados por radio con sus mandos a la espera de la descripción del objetivo, asesinar a su objetivo, caminar a marchas forzadas treinta kilómetros hasta el punto de evacuación donde un helicóptero los recogería; y olvidar todo el asunto.

    Caminaron los dos, por estos motivos y de esta manera, por muchos kilómetros hacia dicha loma pero la lluvia no sólo insistió sino que aumentó de tal forma que se les hizo impracticable el camino por lo que, tras haber visto por el trayecto una cueva, decidieron regresar y refugiarse en ella. Mas la cueva estaba habitada.

    Pues en ella vivía un viejo monje, un anciano ermitaño y ciego. Según lo que me contó “El mercenario”, al anciano se lo encontraron de pie y sonriente, apoyado en un palo, que le hacía las veces de bastón. Me dijo que tenía unos ojos brillantes, muy brillantes y oscuros, esas arrugas de los ancianos amables y una sonrisa de dientes tan blancos que, en conjunto, daba la sensación que era un niño sucio y no un anciano vestido con harapos.

    Cuando entraron el anciano no más les sonrió con esa sonrisa espontánea que tienen a veces los niños, mientras les brillaban sus ciegos ojos, y les hizo alegres ademanes para que entraran, señalando una pequeña hoguera, invitándoles a calentarse. “El mercenario” y el otro, tras registrar toda la cueva, mientras el anciano se afanaba en hacer una infusión para sus invitados, resolvieron quedarse allí hasta que amainara la tormenta y así volver a hacer camino hacia su objetivo. Y allí, en ese momento, tras que el anciano les sirviera una infusión, que ninguno de los dos tomó, y se sentara frente a ellos con sus manos sobre su rústico y pequeño bastón, sin dejar de sonreírles; empezó la discusión. La discusión que tuvieron “El mercenario” y el otro sobre qué debían de hacer con el anciano.

    “El mercenario” opinaba que simplemente debían dejarlo atado y con una mordaza, pues siendo ciego no podía describirlos y ya que los dos se hablaban en inglés y con diferentes acentos, pues ambos procedían de países muy distintos, no podría dar ninguna información útil sobre ellos, más que eran extranjeros; cosa que nada importaba pues, tras matar a su objetivo, todos deducirían que habrían sido extranjeros. Sin embargo, el otro opinaba que era mejor matarlo para no correr riesgos. Algo a lo que se refirió por dos veces como “divertirse” con una sádica sonrisa en su rostro y tocando con una mano su puñal de combate. “El mercenario” insistió en que no era necesario matar al anciano, pues, tal cual era, no era peligro alguno para la misión. Mas el otro continuó opinando que era mejor matarlo.

    Y así se pasaron discutiendo acaloradamente durante casi dos horas ante el silencioso, sonriente y ciego anciano hasta que la lluvia paró de repente y se hizo un patente silencio en la selva. Momento en el que el otro, sin dejar de sonreír con sus dientes y labios pero mirando de una forma grave y oscura, se dirigió al anciano sacando su puñal de combate. “El mercenario” le dijo que parase, el otro no le respondió y continuó su camino moviendo el puñal como si cortara el aire, sádico y divertido, mirando al anciano que no dejaba de sonreírles. Pero, cuando se acercó al anciano, éste, sin dejar de sonreír ni levantarse de su asiento, cual niño contento, le propinó dos fuertes golpes con el palo, uno en la mano y otro en el diafragma, lo que casi provocó que el otro dejara caer el puñal y que perdiera casi por completo la respiración; haciéndolo retroceder. Motivo por el que el militar, lleno de ira, cuando recobró el aliento, profiriese un “ahora si me voy a divertir” y se dispusiese de nuevo a matar al anciano. Y posiblemente lo hubiera matado si el “El mercenario”, en un acto visceral e irreflexivo, movido por sus propias pasiones, por su ego y por su odio, no hubiese sacado su pistola y le hubiese pegado un tiro en la nuca al otro. Un disparo que, amplificado por la cueva, sonó por la silenciosa selva, resonó, patentemente, durante muchos kilómetros, alertando a todos los que lo escucharon. Y, cuando se acabó de propagar el sonido, para sorpresa de “El mercenario”, el anciano, aún sonriente, le dijo en inglés: “Buen chico.”

    Tras ello, impactado, “El mercenario” abortó la misión, enterró el cadáver del otro junto al equipo de éste en la selva, caminó hasta el punto de evacuación, comunicó por radio que habían sido casualmente sorprendidos por unos milicianos mientras se dirigían a la loma, que sólo él había conseguido sobrevivir. Y fue evacuado de allí en helicóptero.

    Cuando terminó de contarme todo esto, “El mercenario” me preguntó sin mirarme, sin querer mirarme, con un hilo de voz, casi musitando: “¿Crees que hizo bien mi amigo? ¿Que tenía razón el anciano?” Yo no le contesté, simplemente, tomé de su mano el porro apagado, lo encendí y, tras inspirar largamente por la nariz y exhalar con mi aliento un suspiro lleno de humo, mientras fumaba, embriagado por las drogas que había tomado, a esas horas de la madrugada y embargado por mis propias emociones y ego; comencé a llorar en silencio, extrañamente, sin proferir sonido alguno.

    Sé que lo más seguro es que no me creas pues soy escritor, por lo que pensarás que sólo es una impostura, un invento, que “El mercenario” no existe, que nunca ha existido, y aún menos los monjes ancianos, ciegos y ermitaños que saben defenderse y hablan inglés; pero lo cierto es que esta historia es tan cierta como mis propios recuerdos.
    O tal vez no, quién sabe, pueda que nunca lo sepas; y tan sólo mienta…

    Aunque, realmente; qué más da.

    26 febrero, 2017 • Relato, Revistas • Vistas: 0

  • Matar la Omertá

    Autor: Pablo Ibáñez.

    Tu bata respira la cocina y el pasillo de la misma manera que entonces, madre, pero tus pasos son ahora cuidadosos y meditados, de pingüino. Has perdido brío, es normal. Calientas el café en la misma encimera de granito negro, acaso ya un poco macilenta por el paso del tiempo, y tu conversación sigue siendo reposada y gráfica, incluso al adentrarnos en revelaciones mucho tiempo postergadas.

    — Pero tú no eras Borderline. Lo dijo un psiquiatra de Madrid, muy reputado.

    Estiras un brazo lentamente al azúcar de las baldas; me levanto y te ayudo. Tengo miedo y vergüenza: he venido a que me cuentes qué paso hace muchos años, qué recuerdas, si la leyenda que bulle en mi cabeza contiene realidad. Yo ahora estoy mal y no sé por qué. Yo no sé si hablar en crudo del pasado es bueno o no, si es justo o no. Dicen que sí —ese terapeuta tan serio y tan caro…—, yo no sé.

    — Mamá, ¿conservas el cuchillo?

    De repente suena el timbre del portal, siempre has tenido suerte en estas lides. Un técnico que viene al ascensor, no sé qué pasa, ha venido ya dos veces. Prefieres concentrarte en esas cosas del día a día, es normal. ¿Yo qué hago aquí?

    Detrás de la ventana está lloviendo suavemente. La calle se parece a la de entonces, más pequeña. Han construido un bloque de viviendas enfrente, en el solar que estuvo condenado de maleza muchos años. Un perro monstruoso protegía la verja de lanzas herrumbrosas, yo pasaba por delante cada día hacia el colegio. Me enseñaba los dientes desde dentro y me ladraba sordamente, bestialmente, me buscaba los ojos con sus ojos llenos de odio.

    — ¿Te acuerdas de Rodrigo?

    De repente te muestras animada, me sirves un café, intentas rebajar mi gravedad azucarándola, anegar un pasado dudoso con un presente mío que entiendes muy brillante. Gracias madre.

    —Tu padre siempre decía que llegaría lejos. Está de reponedor en el Día de la esquina.

    Un día cogí un pequeño cuchillo de la cocina y lo escondí en la maleta del cole. Al pasar por delante de la verja, abrí la maleta, saqué el cuchillo y comencé a acuchillar los dientes de aquel maldito perro. Notaba la manga del jersey ensangrentándose, pero el perro no cedía en su odio, ladraba y ladraba, intentaba morderme desesperadamente y yo acuchillaba y acuchillaba su hocico, el metal afilado crujía al golpear en calcio, perforaba sus enormes encías torpemente. Sus ojos odiaban y odiaban, totalmente enloquecidos, y los míos también. Y aquel policía de barrio se aburría mucho, era el jefe, estaba deseando acción contra alguien débil. Me apartó de la verja, tiró el cuchillo y se cebó en mí a golpes. Su uniforme olía a naftalina, el perro no callaba.

    — Cariño, fue hace muchos años… Aquello ya pasó. Tu padre ya no puede recordarlo, ya no puede recordártelo en silencio en cada una de sus miradas de decepción. Has salido de aquello, has sobrevivido. Dorita la del quinto me dice siempre lo alto y lo guapo que estás, y lo educado, lo elegante, qué buen mozo. Olvídalo.

    Madre, me has dado un beso en el umbral, una sonrisa cariñosa y cómplice. Afuera sigue lloviendo suavemente; la calle es la misma de entonces pero nosotros hemos cambiado. Yo he cambiado. El mundo ha cambiado, y quizá no quiera o no sea capaz de asimilarlo en algún recodo de mí mismo. Una brisa de otoño remonta la avenida y azuza las agujas de aguacero. Respiro unos minutos el portal, me arropo el loden y camino lentamente hacia la noche.

    26 febrero, 2017 • Relato, Revistas • Vistas: 0

  • Mi noche de espanto a lo Chéjov

    Autor: Gerardo Mont.

    Al norte, la ciudad abre su mejor sonrisa: casas de lujo, edificios modernos, servicios múltiples y exclusivos, como dientes bien tratados, adornan la zona de los ricos. Al sur, los colores se van degradando, acercándose a las tonalidades de la miseria y el vicio: salas de masaje con final feliz, cantinuchas, sodas sucias, moteles de baño compartido y de divisiones a media altura entre los cuartos, donde se entremezclan los gemidos, logrando ráfagas de placer fingido muy parecidas al dolor o a la desesperanza de aquellos que, tendidos en la acera, no son más que el crudo testimonio de que siempre hay daños colaterales en los negocios lucrativos. Hacia el este, asciende el asfalto hacia otra provincia, dejando desperdigadas las tiendas de precio moderado y las económicas americanas que exhiben ropas de marca, usadas, y de tallas desproporcionadas para físicos, digamos reservados – que no quieren llamar la atención de otras especies –, pero nada que un par de costuras no pudieran corregir. Hacia el oeste las ventas callejeras, la avenida principal, el tráfico infatigable, las presas continuas y extenuantes, las multitudes que acuden a sus buses como a su última esperanza, soñando con sueños que se cumplen. Y yo allí en el medio como un punto que no sabe con quién tiene que tomar partido.

    Mi amigo circunstancial, al que yo llamo Aznavour porque cada vez que viene al país, a observar aves y mujeres, empalaga el edificio con la música del famoso trovador, me había dicho un par de horas atrás, en un español terriblemente francés, con gárgaras incluidas: “Creo que su ami ggo Ricagdo mug-rió”. “¿Y porqué lo cree?”, pregunté de inmediato demasiado sorprendido. “Pogque hagbía un ¿fég-retro? en su apagtamento y mugcha gente que me degcía: mug-rió Ricagdo”. Luego desapareció tras su puerta, como por arte de magia, aunque le hice evidente mi deseo de continuar interrogándolo. Mi corazón se movía como una mujer al ritmo del perreo. La noche anterior yo había soñado que mi amigo yacía rígido y amoratado en un gran cajón, tan grande como un congelador de cantina; y en el contexto de mi afición reciente por lo paranormal, la adrenalina me gritaba que así, tan pronto, me estaba haciendo receptivo.
    A pesar de la terrible noticia pude pensar que eso de la elegancia y la respetuosa manera de conducirse del francés es otra mentira, de esas que llevan sólo la intención de enfatizar nuestros descuidos y carencias tercermundistas; roles perpetuados por el cine que sólo muestra la cara amable y romántica de aquellas naciones europeas y la triste y miserable de nuestros países.

    No sé por qué razón mi mente, no obedecía a mi intención de concentrarme en el lógico y necesario dolor que me tendría que tener clavado, dado el reciente deceso de mi gran amigo Ricardo. Aunque como siempre, tuvo poco tino aun para su última despedida, así que no debía esperar mucho sentimiento por su ausencia, máxime que había muerto precisamente en lunes, cuando ni las gallinas ponen.

    Un día para volver a la realidad, era el lunes, para calentar motores e iniciar el rutinario viaje del burócrata hacia los viernes por la tarde. No era un día para morir, sino para otro maldito principio, como el de un zombi, que hasta días después decide tomarse algunas energéticas para blandir sus gruñidos e intentar con ellos la imposible coherencia del mensaje. Para colmo de males caía una noche fría y una terrible bruma hacía sentir los cuerpos en la calle como tras un muro, o en otra dimensión y eso se traducía en un bloqueo parcial de mis nuevas habilidades, y aunque lo intentaba no lograba captar, sino, leves impulsos, tenues percepciones entremezcladas con mi lógica preocupación, ya no por el muerto, pero sí por los vivos, por lo que yo tendría que decirles, para parecer coherente y sensible.

    El lunes, definitivamente, no era un día para morir. Quién querría morir un lunes, si espera, como sé que lo esperaba mi amigo, que muchos asistan a la vela con una alegre versión de “los dolientes”: con lágrimas, pero con mucho que decir respecto al muerto. Yo hubiera preferido, en el peor de los casos, un fin de semana, que aunque hubiera estropeado planes previos, o interrumpido algunos tragos, la lengua, por decirlo de alguna manera, hubiera estado más ligera…, capaz de sacar los ases de la manga, porque sin duda aquel “vicho”, así lo requería desde el otro lado, donde le hubiere tocado en suerte, estar.

    Bueno, y allí estaba yo, recostado al poste del alumbrado, intentando planificar mi ascenso hacia el departamento de esa esquina, que reniega de los puntos cardinales y que así, a la deriva, trazaba en mi mente una noche de espanto a lo Chejov, con féretro en la sala, y la mierda de una trama macabra de muertos y sus formas de morir, con las que pretenden engañar a sus amigos, haciéndoles creer que antes de aquello estaban vivos… Aunque en honor a la verdad, no recordaba bien la trama del famoso cuento y casi estaba seguro de que no iba por allí, a mi mente le daba, en ese mal momento, por hacerse la interesante ante la inminente necesidad de subir aquellas gradas y robarle un buen tanto de protagonismo al muerto… Y mal, no podía concentrarme para no caer en los excesos de un llorón que no acepta la inevitabilidad de la muerte, pero tampoco en los del impasible, tan cercano a lo inhumano, tan político.

    Miré al segundo piso, las sombras parecían espectros a la luz de las lámparas y al ritmo de ese metal tan pesado que escuchaba en vida o más bien ingería como una droga. La escena para alguien que le conocía tan bien como yo, no era nada extraña, pues solía decir en vida: “A mi muerte quiero metal y un ambiente de tragos y luz baja para que los compas me sientan a su lado y en su ambiente”. Creo que él no consideró que tratándose de un muerto, se colarían los malos y los buenos vecinos, alguno que otro enemigo, para gozar de aquello, los compañeros de trabajo y no pocos vampiros del estado, de esos que eternizan los linajes políticos a cambio de un buen puesto. ¡Qué de vibras encontradas debía haber allí dentro!

    En los minutos subsiguientes hice un mayor esfuerzo por concentrarme, pero no logré imaginar una postura adecuada y aún menos un discurso. Las manos entre las bolsas del pantalón me harían parecer un tonto, pero mis manos sueltas y nerviosas harían ademanes que de seguro, serían contrarios el apropiado sentimiento. Mi mente, entonces, decidió divagar en las muchas perspectivas que apuntaban a la esquina. Extrañamente en Ricardo, como en su apartamento, también confluían todos los índices. Como burócrata choricero había amalgamado alguna fortuna, recibiendo untadas de dudosos extranjeros, que le permitía ser bien aceptado en los clubes exclusivos del norte, en sus fiestas privadas y en sus submundos de excesos, digamos elegantes; pero como divorciado andropaúsico, rodaba desvergonzadamente en los excesos, digamos poco elegantes, del sur; y como uno de ellos, al sur o al norte, siempre era el alma de la fiesta. Además, aunque venía del este, de aquella otra provincia, más rural, más apacible, cuna de algunos próceres, abordaba siempre su apartamento por las congojas del oeste, bien acongojado.

    Encendí un Marlboro mentolado, aunque estaba dejando de fumar pues ya había calado en mí, eso de, “fumar mata”. Sentí un placer indescriptible, casi sexual, pero cuando ya había terminado con un jalón de a pulmones llenos, me sentí culpable. Sin embargo, me consolé pensando que la muerte de mi mejor amigo lo ameritaba, y encendí el segundo. Me gustó observar como las volutas de humo se mezclaban con la niebla, la usurpaban, pero luego se perdían en ella. En ese momento, aquello me pareció sexual, también, y con la culpa a flor de piel, froté mi cabeza y pensé en la muerte de Ricardo, en las posibles razones del deceso.

    Barajé primero, los clásicos motivos: Accidente, suicidio y homicidio. Por supuesto, era casi imposible imaginar que un hombre de edad media, deportista y mujeriego incorregible, pudiera decir adiós, así como así, de manera natural, a un mundo al que amaba y escurría.

    Sus ancianos padres, de acuerdo a mis cavilaciones, llorarían con certeza un accidente. “Sin duda – dirían –, habrá preparado la leche con veneno para algún gato, y su estado etílico y el hambre habrían hecho el resto. Desde niño jugaba a darles muerte. ‘La venganza del ratón’, solía llamar el juego. Pero era sólo un juego, él era incapaz de una maldad premeditada”.
    Claro, yo asumí que siendo Ricardo tan predecible, tendría que haber muerto de algo así, como con leche envenenada. Una muerte sin garbo, cinematográficamente trillada, como todas sus bromas, y terriblemente estúpida como su sentido del humor… Por Dios, mi mente aún divagaba. Recordé los malos ratos que me hizo pasar, burlándose simuladamente de mi raquítica conversación, de mi manera de quedarme ido y llenar mi boca con cerveza para aparentar –según él – que era algo más que un vegetal, porque tenía movimientos voluntarios. Aunque la realidad es, que voluntariamente escojo para mí, un perfil bajo, que encubra mis intereses y capacidades, para no involucrarme en esas estupideces que llegaron a cansarme después de algunos años: jugar de técnico de fútbol avezado, de un don Juan con muchos pluses, de gran aventurero y millonario, o de gran cantante en los Karaokes y cosas por el estilo, que todos en el grupo vomitaban de los demás compañeros, pero perpetuaban, asintiendo con una risa sorprendida, para recibir en consecuencia, el mismo trato cuando les llegara el turno de exagerar lo propio.

    Por esa razón, por burlarse, un par de meses atrás yo le había acertado un puñetazo en el rostro, que de inmediato se le inflamó y poco después fue tomando, color de golpe en serio, con el ojo correspondiente, rojísimo del rebote, para completar el cuadro. Desde ese día, no sólo él, sino que todos me trataban con más consideración y a veces abordaban temas de mi interés en los cuáles yo era la última palabra (fácil ante su absoluto desconocimiento). Sin embargo, a pesar de su nuevo y excelente trato, yo había acumulado tal rencor, que un solo golpe no lo podía haber desahogado, aunque tuve que aprender a disimular, para aparentar la nobleza y el temple cristiano que yo profesaba cuando, como ya dije, de vez en cuando abordábamos mis temas sobre ciencia, o más recientemente, sobre temas paranormales y espirituales.

    Pero ahora, yo tendría que ser convincente, pues de seguro alguien tan aferrado a lo terreno, aún vagaría entre esas cuatro paredes observándonos, añorando su fama de hombre de mundo, los halagos, sus excesos. Lo imaginé con su maldita risita de entre dientes, mirándome y luego mirando a los otros, queriéndoles decir quién sabe que barrabasadas del que llamaba mejor amigo. Casi le doy gracias a Dios por habérmelo quitado del camino, pero desistí a mitad del intento, avergonzado. Entonces sentí una especie de miedo premonitorio caminándome en la espalda, mientras se entremetía un flash de mi memoria que me hizo recordar como algunos meses antes, el primo de una prima, llamado Josúa, tras tomarme las manos, me advirtió que debía cuidarme, que no debía involucrarme en asuntos paranormales en los que yo no fuera completamente imparcial. Quise hacer caso a la advertencia y no pecar de necio.

    Bueno, pero cuando uno divaga, divaga. Retomé las posibilidades clásicas y consideré la perspectiva que de seguro asumirían los hermanos: por su parte jurarían que habría mano criminal. Quizás algún dinero del que ellos aún no estaban enterados, habría sido el móvil (nos es natural a los humanos la ambición), y vivir en los lindes de una vecindad patibularia, habría sido su desgracia. “Con un revólver en la cabeza, cualquiera se la juega a ingerir veneno, para luego vomitar, tomar leche pura como loco, o correr al hospital si tiene chance”, diría la hermana menor de los tres hermanos vivos, la cirujana, tan bella como engreída.

    Los amigos, sin duda, no estarían de acuerdo. “Un suicidio, es lo que aquí ha pasado – dirían –. Con todos los enredos que este man tenía, cualquiera agarra a martillazos el reloj”. “Que si qué, no entiendo como no lo hizo antes. Tres pensiones, una güila preñada y deudas de juego y droga a más no poder, a cualquiera le dan un buen motivo. ¿No creen?”.

    Yo por mi parte llegaría de último, dándole un matiz propio a la cosa: “Todos tienen la razón. La leche preparada para envenenar un gato, sería el detonante de esas ganas de suicido, pero en el momento preciso para evitarlo, habrían llegado los acreedores, tan violentos como inmisericordes, y lo habrían obligado a beber la leche del animal, como una manera de humillarlo. Y ante el pronto efecto, de la fuerte dosis del veneno, habrían desistido de dispararle para mirarlo sufrir un rato”. De inmediato recapacité, el mismo frío en la espalda me advirtió que Ricardo esperaba lo mejor de mí.

    La noche se volvía tétrica, la bruma era tan densa que imaginé que podría untarme el dedo y chuparla, pero que esa noche tendría un sabor amargo. Me abstuve. El féretro en el centro, la escasa luz, esas voces guturales del heavy metal y el punk rock, convertían la escena en un ritual satánico, con sacrificio y todos los ingredientes ¿Cómo no se me había ocurrido antes? Por respeto al muerto que aún vagaba en la estancia, sacudí de mi mente el pensamiento.

    Una prostituta al otro lado de la calle me distrajo. Era hermosa, con tacones y una falda corta sin excesos, bien entallada. “Con este frío – pensé –cómo anda con las piernas descubiertas. Claro, ella sabe lo que tiene… Pero –recapacité – no parece una prostituta ¿qué hace allí entonces, de ese lado del mundo, sola y tan elegantemente vestida?”. Pude notar, entonces, que miraba hacia la ventana, como preguntándose qué pasaba, y yo que andaba un poco sexual después de varios días de ayuno involuntario, crucé la calle (extrañamente me sentí inseguro), le ofrecí un cigarrillo y fuego a la vez. Aceptó con un gesto que decía ¿y por qué no?, y sin más me puse a explicarle que había un muerto, uno que merecía estarlo por patán, pero que era mi mejor amigo. Ella paró los ojos, se recostó contra la pared flexionando una rodilla. Interpreté esa flexión como un lenguaje corporal, una invitación al acercamiento. Adopté la misma postura al lado y le conté todas las horribles acciones de mi amigo muerto, su manera de burlar a las mujeres (y a cuantos podía), cosa que ninguna, fuera cual fuera su condición, merecía. A esa distancia tuve un mejor panorama del interior y pude observar cómo, ritualmente quizás, se acercaban de uno en uno al féretro, corrían la tapa – deduje por el movimiento a pesar de que me daban la espalda –, y luego la cerraban para volver a su lugar. Ella se mostró demasiado receptiva, entonces le pregunté: “¿Qué haces aquí, a esta hora?”. “No, nada, sólo pasaba y me quedé mirando. No soy prostituta, por si acaso”, contestó. “Bueno, no lo pensé, por si acaso. Y también sólo miraba, porque no sé qué hacer, ni que decir. Tal vez puedas ayudarme…”

    Acto seguido la invité a una cerveza en el bar más próximo, como ha treinta metros hacia el sur. Y como dicen por allí, una cosa condujo a otra. Fuimos a un motel muy próximo. Ella una mujer desconsolada por alguna razón que no quiso decirme y yo necesitado de una piel tibia, que alejara ese frío que expiden los muertos y envuelve a los suyos los primeros días.

    Antes de despedirse con un beso en la mejilla, me dijo: “Sabes, estoy embarazada, aún no se me nota, ¿verdad?”. “No, no se te nota. Para nada”, le respondí y ella continuó: “Estuvo rico, sabía a venganza”. “Por qué”. “Por el malparido que me preñó”. De súbito tomó hacia el norte a toda marcha, yo la seguí a alguna distancia hasta llegar de nuevo al poste. Entre flashes de su maravilloso cuerpo, reflexioné sobre lo que me había aconsejado. Al fin, me decidí a ascender.

    ¡Por Dios!, cuando llegué a la escalera, un par de conocidos, casi amigos, gritaron hacia arriba: “Llegó Ricardo”. Me pareció de mal gusto, un irrespeto para los verdaderos dolientes, que aunque serían muy pocos, merecían consideración; y no sólo por gritar, sino por llamarme con el nombre del difunto, doblemente desacertado. De esas cosas yo si tenía cuidado, porque a mi manera de ver, sin ser profundas, mantienen la sociedad más o menos cohesionada. Seguí ascendiendo lentamente, el cuerpo de la hembrita titilaba entre mis dudas. Al llegar a la puerta, me faltaba el aire, como si hubiese ascendido varios pisos rápidamente. Sentí una debilidad en las rodillas, fruto quizás, de esos pensamientos encontrados que se agolparon en mi mente. Hasta el miedo asomó su nariz fría, inconsecuente.

    Ingresé lento, de acuerdo al plan que me había trazado, todos se habían alineado delimitando el camino ineludible hacia la muerte. De fondo los gritos guturales a un volumen moderado, las luces más tenues de lo que había imaginado y la terrible (así me pareció en el momento) ausencia de sus padres y hermanos. “¿Habría pasado algo entre ellos de lo cual yo no estaba enterado?, me pregunté. “Ya habrá tiempo para indagar en los detalles”, me contesté. Las miradas penetrantes también acosaban mis rodillas, bajé aún más el paso y mire hacia ambos lados con el mejor gesto de pesar que pudo dibujar mi rostro. Pensé que serían adecuadas algunas lágrimas, pero éstas, no me obedecieron.

    Antes de descorrer la tapa, puse la mano sobre la misma…, no sé, quizás para ser consecuente con mi nueva nota parasicológica.
    De pronto un grito cortó el silencio, como un bisturí que expone las entrañas. Un torrente de ideas sanguíneas probó mi salud cardíaco al máximo. Allí estaba, desencajada, la hermosa mujer de la que me había despedido minutos antes. Se tendió sobre la tapa maldiciendo la desgracia de haber conocido a Ricardo, y de que así porque así, la dejara con su hijo en las entrañas y el mundo encima.

    La abracé procurando mi mejor abrazo, puro, sincero, solidario, pero solo quise besarla. Mientras lloraba en mi pecho, no pude evitar que mi mente se desbocara nuevamente. Imaginé a Ricardo herido, ingiriendo su diabólica medicina, con la que él pretendía “ambientar” a sus amigos. Muy a pesar de mi voluntad, sentí una enorme satisfacción y quise sacarle el dedo al espectro que sin duda precedía aquel rito espectral de desencantos y malicias. Permanecí sumido como en una burbuja con ella aferrada a mí y yo a ella algunos minutos. Quise eternizar aquel momento, pero ella miró hacia todos lados y me soltó con el gesto de alguien que se lanza al vacío. Una rockera que yo no conocía la tomó de las manos y la sentó en una silla. Tuve entonces que confrontar el rostro de aquel “vicho”, en mi interior ya no podría llamarlo amigo. “Ojalá estés ardiendo en el infierno”, le dije entre dientes mientras descorría la tapa.

    Alguien subió la música al máximo, los vidrios retumbaron y todas las luces se encendieron. Mayor susto jamás me había llevado. Tras la distracción redireccioné la mirada a punto del desmayo.

    ¡Latas de cerveza entre hielo, eso era lo que había en el féretro, no más que eso! El maldito féretro era una gigantesca hielera, muy al estilo de ese estilo de todos los presentes.

    Había caído otra vez… y todos se burlaban. Simulé como mejor pude, ya con lágrimas de risa en los ojos, ya con maldiciones. Al voltearme estaba mi maldito amigo con sus brazos abiertos y me tendí sobre ellos abrazándole, como él a mí, con toda fuerza. Sobre el hombro miré los ojos de la mujer clavados en los míos. Sólo ella no reía.

    26 febrero, 2017 • Relato, Revistas • Vistas: 0

  • Memento mori (striptease)

    Autor: Fran Ríos

    strip-tease JACQUES POITRENAUD, 1963

    Pilar se desnuda en el pasillo.

     

    Se queja de los zapatos. Siempre se queja. Jamás prescinde. Ni de los zapatos ni de los lamentos.

     

    ¡Qué calor! Dice mientras va dejando resbalar las florecitas del vestido, que llegado ya a la habitación se independiza y cae sobre una silla, invertebrado y satisfecho.

     

    Espío la metamorfosis de Minerva a Venus Púdica. Ella curva la espalda. Lo hace para que yo sepa que sabe que la miro.

     

    Luego entra en el baño. Oigo ruido de grifos, de agua y de frascos de vidrio que se rozan. Oigo la melodía que ella canturrea.

     

    Luego sale y soy un marciano.

     

    Al verla lo he olvidado todo. Mis datos. Mi miopía. Mi ascetismo. Mi calle cuesta abajo. Mi esta mañana. Mi mañana por la mañana.

     

    Soy el Majabhárata escrito del revés. El Hermitage exhibiendo fotocopias.

     

    De nuevo en el pasillo me sonríe. A veces baila, sólo un estribillo, de Britney Spears. La acompaña con su arpa un arcángel cuya orden de castración se traspapeló.

     

    Soy Atahualpa. Mi habitación llena de oro no me sirve para escapar de la tersa y absoluta monarquía de sus nalgas.

     

    Su femineidad es oxígeno. Junto a ella, impasible, Eva monda la manzana, Grace Kelly se desprende de los guantes y el sombrero, Sofonisba mezcla ocres y amarillos, Clara Campoamor discute con Lerroux, Alfonsina salta desde el muelle, Imperio Argentina canta “bien se ve”, María de Magdala se folla al sanedrín, Bonnie Parker huye por una carretera de Kansas…

     

    Pilar está desnuda y el Vesubio envidioso me manda un email amenazante. Y tras él clama el mismo Lucifer, rabioso del pecado que le usurpo.

     

    Finalmente es Dios quien apartando dos cúmulos nimbos, molesto por el escándalo, asoma medio cuerpo y me lo recuerda;

     

    -Eres mortal, me dice.

     

    -Ahora no, le respondo señalándola.

     

    Entonces él la mira; Pilar en cueros, distraída y bañada en la luz húmeda del sábado.

     

    Dios disimula. Sé que está impresionado. Después vuelve a poner las nubes como estaban.

     

    -Está bien, humano, vive mientras puedas.

    4 noviembre, 2016 • Relato, Revistas • Vistas: 0

  • Puzzle

    Autora: María José Honguero Lucas

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    Hoy he comprado un puzzle en blanco, sin dibujo, sin vida, sin nada excepto sus piezas, un montón de partes engarzadas con las que volverse loco a conciencia. Anoche lo pensé y esta mañana, al mismo levantarme, me he dirigido a la papelería de la esquina, ésa que regenta la chica que dices que te aborrece, aunque yo nunca he comprendido muy bien el porqué. Conmigo ha estado bastante simpática, incluso cuando he tenido que repetirle un trío de veces lo que quería. Sí, señorita, quiero un puzzle en blanco, me da igual el tono, la textura y hasta el sonido, solo blanco y roto en un millón de pequeños pedazos.

    Quizás si hubiese tenido el detalle de echarme un ojo en las entrañas lo hubiera captado a la primera, pero está claro que el envoltorio hace mucho.

     

    Al final lo he conseguido, aunque te lo dan montado. Es extraño, uno tarda la vida en reconstruirse a sí mismo y ella me lo ha dado entero, incluso a lo lejos parecía no tener fisuras, ni cicatrices, ni el leve rastro salado de una mísera lágrima. Estaba intacto, impoluto y casi brillante, y me ha dado tanta rabia que lo he tirado al suelo allí mismo para que encontrara sus raíces. La chica me ha mirado con una mezcla de pánico y lástima y yo le he regalado una media sonrisa y me he largado de allí con mi castillo de naipes derrumbado en una bolsa.

     

    Eran las nueve y diez de la mañana, quizás si hubiese sido domingo me hubiera tirado en el sofá para ver nada en la tele, pero hoy lunes es distinto, es día laborable y no tenía más labor que cementar aquel manojo de fichas dentro de algún contexto.

    No me tomes por un loco, o hazlo si quieres, ya no importa, simplemente me resultaba imprescindible hacerlo, tener la potestad de poner orden con mis manos para imaginarme por un instante que aquellas insignificantes piezas eran los apéndices sueltos de mi alma.

     

    He empezado por poner el marco, dicen que hay que hacerlo así, por eso lo he hecho, porque yo nunca he hecho un puzzle en mi vida, me falta paciencia y me sobran nervios, un marco blanco sobre el rojo aterciopelado de la alfombra. Del resto casi no puedo contar nada y podría decirte mil cosas, desde las veces que me he levantado para dar un paseo por el salón y reencontrarme con mi cordura hasta las otras tantas que he salido a respirar al balcón, podría enumerarte también todas aquellas que he pensado en ti y los cientos que te he echado de menos. Podría decirte que casi fracaso en mi construcción al haber empapado algún que otro cimiento con un hilo de llanto absurdo, al escucharte entrar por la puerta sin escucharte, y que he estado a punto de mandarlo todo al carajo marcando tu número y colgando al instante. Pero todo eso son gajes del oficio de reconstructor y al final he conseguido tranquilizarme y evitar las ansias inoportunas, aunque esa paz, amor mío, ha durado bien poco.

     

    El puzzle estaba casi terminado, desde fuera hacia dentro, como dicen que hay que hacerlo, con todos sus trozos iguales puestos en su sitio, casi un lienzo perfecto para repintar sobre la alfombra roja que, justo en el centro, asomaba con su rojo chillón por la ausencia de una pieza. No una pieza corriente, no, exactamente la del centro, el epicentro, el origen de todas y cada una de mis desgracias.

     

    Un corazón rojo y palpitante sobre la nada más pálida y solitaria.

     

    Son las tres de la madrugada y no he conseguido encontrarla, se habrá caído en la tienda o se habrá perdido a propósito, da igual, la cuestión es que no la tengo, que mi puzzle está agujereado como yo mismo y que mi voluntad es mínima para los remiendos.

     

    Lo que importa ahora, como ayer, es que nada importa y que lo único que me anima a conducir a ninguna parte es este amor inmenso que aún te guardo en los bolsillos.

     

    Un beso.

     

     

    Semifinalista cartas de amor Rumayquiya 2012

     

    4 noviembre, 2016 • Relato, Revistas • Vistas: 0

  • El encargo

    Autor: Ramón Carballal

    elEncargo

     

    Se coló en la fiesta por equivocación. Las dos casas eran idénticas. Sus fachadas de ladrillo rojo, la disposición de los arriates, el porche, la misma puerta con el llamador dorado en forma de mano. Cualquiera se hubiera confundido. Él llevaba un pedido hecho por un tal señor x . Por lo que supo más tarde se trataba del libro de poemas sin tapas que el comprador había adquirido en una reventa de artículos usados que los niños del barrio habían ubicado entre dos naranjos de la calle. Allí, en aquella exposición heterogénea de cosas olvidadas, el señor x, debajo de unos tebeos del Capitán Trueno, descubrió las hojas amarillentas y deslucidas de un poemario anónimo. Con curiosidad leyó los versos incompletos, las desgarradas vivencias y los gritos angustiosos de un alma encadenada. Aquel ejemplar debía tener por lo menos cien años, la edición desornamentada mostraba las tripas resecas de un animal momificado.

    -Oye niño ¿te puedo hacer una pregunta?

    -Claro, señor-contestó un muchacho regordete.

    -¿De dónde has sacado este libro?

    -Ah! ese. Creo que lo trajo Bernardo-dijo señalando a un crío flaco que estaba sentado sobre una caja vacía.

    El señor x se dirigió hacia aquel esqueleto vestido con camiseta a rayas.

    -¿Has traído tú este libro?-le preguntó.

    -Sí, señor.

    -¿Por cuánto lo vendes?

    -No es mío. ¿Ve aquella librería que hay allí, después de la tienda de comestibles?, es de mi padre. Si quiere saber algo de ese libro pregúntele a él.

    -¿Cómo se llama tu padre, chico?

    -Se llama Javier-dijo el muchacho mostrando una fila de dientes separados.

    El señor x tomó el libro y al cogerlo se le desgajó en dos pedazos, la encuadernación del lomo amenazaba con diluirse en pegamento acuoso y unos hilos de cuerda colgaban, cual bigotes de gato mal engominados, en el sitio donde alguna vez debieron lucir las cubiertas, al tacto era viscoso y a la vista disconforme con lo que usualmente se considera un digno ejemplar de su género. No obstante, el señor x, al palparlo, sintió una fuerza irresistible que le llamaba a poseerlo. Se dirigió hacia la fachada de la tienda, que estaba pintada en un color verde océano, la madera levantaba escamas y las letras descabalgadas del rótulo parecían un mal cuadro surrealista. Giró el pomo de la puerta suavemente y traspasó el umbral con la compañía sonora de un tintineo anunciador. En una estancia escasamente iluminada vio a un viejo andrajoso que se entretenía ordenando en los anaqueles una pila de libros por riguroso orden alfabético. Desde la escalera de tres peldaños el anciano giró su tronco y por encima de las gafas le dirigió una mirada aviesa.

    -¿En qué puedo servirle?-le preguntó.

    Al decirlo se le cayó por accidente una libretita abierta que el señor x se apresuró a entregar a su dueño. Antes de hacerlo le dio tiempo a observar que su nombre estaba escrito con letras grandes en una lista borrosa.

    -Gracias-dijo el anciano, guardando presuroso la libreta en uno de los bolsillos de su mandilón.

    -Verá, es por este libro o lo que queda de él. Me gustaría saber quién es el autor y si tiene usted algún otro ejemplar en mejores condiciones.

    -Déjeme ver-dijo el anciano palpando los restos del naufragio-. Si, esto es una antología de un poeta muy poco conocido. Estuvo en la guerra civil y se volvió loco. Murió en un manicomio proclamando que era Dios. Había luchado en el bando nacional. Quizá ya no le interese tanto…

    -Me interesa lo mismo-dijo el señor x algo molesto-. Es poesía sin ideología. Es la belleza por la belleza o el arte por el arte, además, la política no me interesa.

    -En ese caso le diré que tengo otro ejemplar, pero ese pertenece a mi colección particular y no está en venta.

    -Le pagaría muy bien por el suyo, si está en buen estado.

    -Le repito que no está en venta, ese libro tiene un valor sentimental para mí y no lo venderé a ningún precio.

    -Bien y qué me dice de éste ¿En cuánto lo tasa?

    -Le voy a dar dos precios, tal y como está le cobraría un euro, si desea que se lo restaure le cobraré quinientos euros.

    El señor x miró las hojas de papel traslúcido y ordenó tajantemente:

    -Encuadérnelo de nuevo.

    Cinco meses después, el niño escuálido que vendía objetos de segunda mano, se dirigía a grandes pasos hacia la dirección que figuraba en el envoltorio de un paquete rectangular que llevaba bajo el brazo. No sabía qué es lo que transportaba, recibió el mandato de su padre, acompañado de una moneda de cobre -algo poco habitual- y una reconvención sobre la fragilidad del contenido, que en realidad era una advertencia velada para que llegara a su destino sin demorarse en tonterías. “No te preocupes, papá, confía en mi”-le había dicho con rictus de adulto. Cuando llegó a la casa, se paró ante el buzón de la verja y confirmó el número del destinatario. “Es aquí”- se dijo convencido. No vio timbre alguno y se decidió a empujar el enrejado haciendo fuerza con el hombro. Ante su sorpresa el macizo portón de hierro cedió sin dificultad. Un camino de arena dividía en dos mitades el jardín que aquella tarde de primavera estaba especialmente florido. El niño respiró con deleite el aroma de las flores, antes de continuar hasta la puerta de la casa y detenerse de nuevo bajo el pórtico. Del interior llegaba un rumor de voces entrelazadas y un chocar de copas constante. Debía tratarse de una fiesta. Y lo era. El niño se sintió cohibido. Mientras permanecía quieto ante la puerta abierta, dudando en cumplir su misión, notó el empujón de un invitado que lo catapultó hacia dentro, donde un lacayo, completamente calvo, vestido con una levita verde y guantes blancos, le preguntó cortésmente a quién debía anunciar. El crío, aturullado ante el lujo que adivinaba y la solemnidad pretenciosa del sirviente, optó por entregarle el paquete sin saber qué decir. El hombre lo tomó entre sus manos y lo agitó como si esperara que el sonido del interior le diera la clave del contenido. Nada pudo oír, y después de un “gracias” lacónico, pidió al muchacho que esperara. Cerró tras él la puerta y se dirigió al salón principal en el que la orquesta afinaba los instrumentos para el baile que empezaría en breves minutos. Dos enormes arañas de cristal colgaban del techo, grupos de personas elegantemente ataviadas bebían en copas de bohemia o atrapaban con gracia canapés en bandejas de alpaca, los sirvientes serpenteaban entre los invitados como ensayando el baile oficial que pronto daría inicio. El criado no encontró allí al anfitrión y subió la escalera de mármol que se enroscaba como un bucle caprichoso entre los cabellos lacios de una vieja dama. Por fin dio con el señor z en la biblioteca.

    -¿Da su permiso?- interrogó con exquisitos modales

    El hombre, de sienes plateadas, levantó la vista del último best- seller de novela histórica que leía con agrado y tardó un segundo en regresar de aquel remoto tiempo al presente.

    -¿Qué es lo que me decía, Augusto?

    -Un muchacho acaba de traer este paquete- dijo el criado acercándose.

    Su amo estaba tan enfrascado en la lectura, que le dijo indiferente:

    -Déjelo ahí, sobre esa mesa

    -Muy bien, señor-obedeció Augusto.

     

    Si el señor z hubiera adivinado el contenido de aquel paquete le habría dedicado toda su atención, pues se trataba de un libro cuyo valor material era incalculable. Eso y solo eso, es lo que hubiera atraído al señor z, un individuo habituado a los negocios y a la especulación. La poesía, ni la entendía ni le gustaba. Es muy posible que el niño, con toda su buena disposición hubiera errado al elegir el destino. La casa vecina era tan sombría en comparación con ésta, estaba tan arropada por árboles de frondosas copas y setos sin límite de altura, que no era fácilmente visible. Ningún signo manifestaba su presencia, era la hermana tímida frente a esta otra que se desvivía por hacerse notar. De haber podido comparar las dos, la intuición infantil habría obrado y le hubiera indicado que la dirección correcta era la gemela derecha, tan silenciosa, tan diluida en el paisaje que diríase que su verdadera vocación era la de edificio fantasma. Fue una suerte que el adinerado señor z , embebido en su novela histórica, solamente mirara un momento aquel paquete, para avisar seguidamente a su mayordomo, tocando malhumorado la campanilla, e indicarle que se habían equivocado y que aquello no era para él; el niño al salir de la casa y cerrar el portalón se dio cuenta de la existencia de la otra vivienda, ajada, triste, una cenicienta de la construcción, que, no obstante, emitió alguna especie de señal que el muchacho creyó interpretar. Por fin, apercibido de su equivocación, desanduvo los pasos, llamó de nuevo y le explicó a Augusto lo que había pasado. El lacayo no se extrañó, era frecuente la confusión, de hecho ya lo sospechaba nada más lo vio, pero no estaba dentro de sus funciones tomarse las atribuciones de decidir sobre lo que debía admitirse o no. Augusto se movió, esquivando el gentío que disfrutaba con la fiesta: música, conversación y tocamientos; algunos, los más habituales a las fiestas, osados en su exceso de confianza, le daban órdenes sobre las que Augusto se hacia el desentendido. Al entrar de nuevo en la biblioteca observó que el señor z había cambiado ligeramente su posición en el sillón, ese cambio consistía en cruzar la otra pierna y en iniciar el paladeo de una copa de coñac.

    -Señor, el niño ha vuelto, dice que se ha equivocado de casa, que ha sido un error, que el pedido era de la casa del al lado.

    El distinguido hombre de negocios hizo un gesto displicente, con el que indicaba a Augusto que se retirara y no le molestara más. El buen mayordomo, ducho en las artes de la servidumbre, entendió en seguida que podía devolver el paquete. Era eso lo que realmente esperaba que su amo consintiera. Al llegar al umbral de la puerta le dijo al niño:

    -No te has equivocado solo que este libro no es para el señor z, es para mí. Yo vivo en la casa de al lado.

    -¡Ah!- es lo único que acertó a decir el muchacho.

    -Fui yo quien se lo compró a tu padre. No es extraño que no me hayas reconocido, para salir debo adoptar otra apariencia-le aclaró.

    Augusto rompió el papel de estraza y descubrió un ejemplar ricamente encuadernado en cuero y con letras de oro, las tapas eran robustas, las hojas diáfanas y levemente perfumadas. Era una magnifica edición de una Biblia incunable que él creía haber perdido para siempre cuando incendió la casa de sus padres. Augusto no pudo reprimir que los ojos se le aguaran, el niño lo observó y le preguntó extrañado:

    -¿Por qué llora?

    El criado le respondió:

    -Este libro tiene un valor inapreciable para mí, en él se relata la historia de mi infancia.

    -Pero señor, mi padre me dijo que era poesía

    -Y lo es-contestó Augusto orgulloso- , solo que yo entonces no lo sabía.

    El crío se encogió de hombros y antes de despedirse extendió la mano y le dijo:

    -Me debe usted quinientos euros. Es lo que cobra Dios por su trabajo.

    Augusto sacó un talonario de cheques, escribió con bonita caligrafía la cantidad pactada y firmó con su nombre verdadero: Luzbel.

    4 noviembre, 2016 • Relato, Revistas • Vistas: 0

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