Novela: El amor en los años sesenta (PP1,PP2...PP9)

Cuentos, historias, relatos, novelas, reportajes y artículos de opinión que no tengan que ver con la poesía, todo dentro de una amplia libertad de expresión y, sobre todo, siempre observando un escrupuloso respeto hacia los intervinientes.
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Re: Novela: El amor en los años sesenta (PP1,PP2...PP7)

por Óscar Distéfano » Jue, 04 Jul 2019 12:21

Ana García escribió:Voy por el capítulo 6 y creo que te va a quedar una novela muy lograda, es enorme el cuidado y la limpieza que tienes con el texto. Se nota el mimo, el detalle.
Pintas muy bien el sometimiento de aquellos tiempos, el uso de la belleza para hacer lo que se quiera y otros detalles que marcan una época. Años en los que la mujer se dividía en: casadas, solteronas o monjas. Parece que no había más historias que labrar. Claro está que luego estaba esa parte social, de libertad femenina, que se ocultaba a cal y canto.
Te sigo leyendo .



Esa predicción que haces sobre la novela me ha llenado de fuerzas para seguir y del deseo de no decepcionarte. Corrijo mucho. Quizás sea la razón de la limpieza (un dato que me sirve mucho). Me estoy adentrando en ese mundo que sentí (aunque muy joven) a través de mis mayores y de lo que he aprendido de las anécdotas que quedan marcadas en cada sociedad. También me ha servido el hecho de que soy amante de la poesía de esa época, principalmente la norteamericana (Bob Dylan, Allen Gisberg), de la de Alejandra Pizarnik y Borges, y de tantos otros poemas que retrataron intensamente la revolución social que había llegado. La mujer tuvo, según creo, un papel fundamental en el despertar de la nueva conciencia colectiva, ya que eran ellas las que más atrevidas se mostraban para romper las hipócritas normas, tanto en el modo de vestir como en los comportamientos de la seducción. Aunque es cierto lo que dices, en cuanto que mucho se ocultaba de los ojos del populacho, ante el peligro de la reacción emocional que provoca la ignorancia.
Para mí, Ana, es un honor que me leas. Te considero una persona inteligente, culta, y con un talento admirable, tanto para la creación como para la crítica. Así, pues, este proyecto, gracias a tu participación, ya no tiene marcha atrás.

Un saludo amistoso.
Óscar
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Re: Novela: El amor en los años sesenta (PP1,PP2...PP7)

por Óscar Distéfano » Jue, 04 Jul 2019 12:58

capítulo 8 PP

La mesa estaba dispuesta de una manera sencilla, bien ordenada y limpia, con el mantel y las servilletas de hilo, blanqueados con lavandina y almidonados. La costumbre de respetar la ceremonia del almuerzo; es decir, el horario y las formalidades de la presentación, había sido impuesta por Soledad, y secundada con rigor aumentado por Reinaldo. Utilizando su riguroso mando familiar, exigía un sagrado respeto por el rito (perfeccionado meticulosamente a través del tiempo). Nadie podía sentarse a la mesa una vez que la comida se había servido; y todos, aun Cirila, debían presentarse a la costumbre diaria con pulcritud. (Reinaldo controlaba personalmente que nadie dejara de lavarse las manos y peinarse, antes de sentarse a la mesa.) Matilde era la única que se atrevía a transgredir estas normas paternas. A cada tanto se hacía presente con ropas de dormir y el pelo recogido a los apurones, exteriorizando su eterna rebeldía, sacándole el jugo a su condición de hija consentida, y echando leña en la turbulenta caldera de los sentimientos de su hermano Facundo. (Este tipo de pequeñas injusticias acrecentaba en el espíritu de su hermano la hostilidad que sentía por su padre.) En sus recónditos propósitos, Matilde desafiaba la autoridad paterna, porque buscaba inconsciente y persistentemente el desgaste machista que quería dominarlo todo. Le había penetrado ya la conciencia de desafiar al hombre en todo. A diferencia de su madre, a quien reprochaba su actitud de hipócrita sumisión, ella luchaba por la democracia familiar (en especial por la igualdad del hombre y la mujer, que ella no confundía con los postulados del feminismo extremo). No aceptaba que el hombre, sólo por ser hombre, ejerciese a sus anchas un poder ciego y caprichoso del hogar y del mundo. Odiaba una frase que le había oído decir a su abuela: «Al hombre hay que servirle; las mujeres nacimos para eso». Sus ideales nacían de la renovadora corriente que leía en las revistas extranjeras y en las alborotadoras emisoras de radio que pululaban en el país. Con algunas de sus amigas en el colegio de monjas ejercitaron ya la rebelión a los valores «caducos» de la sociedad.

Reinaldo, que ignoraba por completo la secreta historia del engendramiento, había sentido por Matilde una debilidad rayana en la indulgencia sin límites, en las cuestiones familiares y en el entorno de la casa; pero, esta debilidad suya por su «hija», de permitirle todos sus caprichos, duró hasta que ella cumplió los quince años, cuando Matilde empezó a conocer el «mundanal ruido», y quiso formar parte de la revolución que se gestaba en el mundo. (La lucha más áspera fue cuando su hija pretendió salir sola, sin la compañía de Facundo.) Desde ese momento de adolescente rebeldía, Reinaldo cambió su trato, convirtiéndose en un clásico padre celoso que quería controlar todos los pasos de «su niña». Pero sus sentimientos no habían cambiado: se habían vuelto protectores. Si ella se mantenía dentro de la órbita paterna, recibía más regalos que una diosa pagana; y en su adoración, nunca había reparado en la creciente antipatía hacia él que iba acumulando su hijo Facundo. Su pasividad para con ella violentaba la tolerancia que Facundo sentía por cada escena discriminatoria que presenciaba.

Facundo, aunque hacía un esfuerzo para no demostrarlo abiertamente a los ojos de los demás, el hecho se evidenciaba deplorablemente a través de gestos sarcásticos y débiles reproches. Evidentemente, su amor filial había desaparecido a causa de su espíritu rebelde y del comportamiento injusto de su padre.

Matilde se negaba con persistencia a tomar en serio la rudeza que su padre pretendía imponer. Se pasaba el tiempo desafiándolo, clavando con bromas y caricias «el corazón del monstruo», aprovechando con más obstinación aquellas oportunidades en que éste se encontraba atado de manos. Si no podía conseguir algo que deseaba, debido a la intransigencia de su padre, esperaba, solo esperaba, un tiempo prudencial y volvía al ataque. Su más grande triunfo fue haber logrado el permiso para que un noviecito del barrio llegara por ella, para visitarla oficialmente los martes, jueves, sábados y domingos. A diferencia de su hermano Facundo, era evidente la preferencia de su padre por ella.



000

A una orden de Reinaldo (leve movimiento de cabeza), Cirila sirvió el almuerzo. Ese día, el ambiente estaba más distendido; se dejó de lado el estricto formalismo, principalmente en lo que atañía a la charla, quedando desplazada la solemnidad de los otros días. Como un oficial que permite la algarabía de su tropa, Reinaldo dio a entender que el relajamiento se hacía como homenaje a la boda (entiéndase bien: no en homenaje a Matilde sino a la boda).
El buen humor se apoderó de todos, incluso del sempiterno señor malhumorado; y en varios momentos de la conversación aflojó la adusta expresión de su rostro, sonriendo (¡oh, milagro!) más de la cuenta, como si de su comportamiento de ese día dependiese la impresión que su hija se llevaría de él. ¿Pretendía, acaso, en una sola actitud a las cansadas, borrar los años de proceder inflexible que casi ahogaron la adolescencia de su hija?
A la derecha de Reinaldo, que se sentaba (lógicamente) a la cabecera, se ubicaba Soledad; a la izquierda, Matilde (en una época ese lugar fue impuesto a Facundo; pero éste, con el correr del tiempo, fue haciendo lo imposible por alejarse de la proximidad de su padre, pues la incomodidad que sentía sentándose a su lado se le hizo penosa); más allá, sentadas una frente a la otra, y con la opción de ocupar cualesquiera de los dos lugares, se ubicaban las hermanas Teresa y Cecilia; y en la otra cabecera, Facundo que, gracias a su persistencia, había alcanzado la conquista de su pequeño trono. Cirila disponía de la libertad de sentarse a la mesa y almorzar con ellos, aunque con la obligación de levantarse cada vez que alguien requiriera su servicio.
Instalada al lado de Facundo, a quien le profesaba un gran afecto, porque éste le festejaba ruidosamente sus disparatadas salidas, Cirila aprovechó el buen humor reinante para romper el silencio.
—Matilde tiene que comer bien ahora, porque a la noche no deberá ya cenar —sonreía pícaramente, mientras observaba por el rabillo del ojo la reacción de Reinaldo. Sabía que, si no afloraba en él la contrariedad, sus palabras tenían el visto bueno, eran aceptadas, y la variación sobre el tema se consideraba un hecho.
—Es cierto –respondió Soledad, sin captar la doble intencionalidad de la idea. Ella simplemente pensó que Cirila se refería al estado emocional que dificultaría la digestión.
Teresa, guiñando un ojo a su prima, se sonrió, mientras pensaba: «no tía, no se trata de eso».
—Matilde tiene que viajar a su luna de miel luego de la fiesta, y si carga mucho el estómago, le puede caer mal —siguió Facundo con la broma, en tanto sonreía al observar que su madre seguía sin percatarse del real sentido del tema. Quedó serio cuando fue bruscamente interrumpido por la voz áspera de su padre.
—¡Basta…, basta de bromas ordinarias! —increpó a todos.

El comportamiento de su hijo era el que siempre le disgustaba más a Reinaldo. Una broma podía ser hecha por mil personas; pero, tratándose de Facundo, siempre le encontraba el lado del mal gusto, ya sea por el tono de voz, por los gestos, o quizá simplemente por la costumbre de pretender que el joven se mantenga como eterno actor secundario de la escena familiar. En verdad, le molestaba las ínfulas de figuración, el sarcasmo que empleaba, el cinismo de no respetar el deseo paterno de mantenerse callado y oscuro. Era un sentimiento que no podía (como tampoco quería) superar, tal vez porque, a esas alturas, se encontraba ya convencido de que su hijo había escapado del estricto sendero educativo que había pergeñado para él. «Este desgraciado no cambiará ya nunca», solía pensar. Facundo, por su parte, consciente de la animadversión de su padre hacia él, juraba que triunfaría en la vida sin ayuda ni orientaciones de su progenitor. «Algún día le haré tragar su rencor hacia mí».
—El matrimonio no es una broma —siguió Reinaldo—. Es una cosa seria. Significa que uno debe cambiar, quiéralo o no, asumir las responsabilidades que implica, el dominio de la voluntad —mientras iba desgranando sus ideas, parecía querer encontrar términos y frases que punzantemente le llegaran al hijo—, el ejercicio de la jefatura de familia; y, más aún, cuando lleguen los hijos, abandonar el egoísmo de seguir buscando los placeres miserables de la vida, solo para uno mismo (seguía mirando, ésta vez, oblicuamente a su hijo).
—Por eso yo digo —interrumpió Soledad—, que ellos no deberían tener hijos hasta tanto Carlos se reciba de médico.
Reinaldo quedó rojo de la indignación. Siempre reaccionaba así cuando su mujer lo interrumpía (cambiando de tema), hecho que permanentemente sucedía, ya que Soledad, dominada por el despiste, nunca dejaba de caer ingenuamente en la impertinencia. Y lo más simpático (que muchas veces hacía reír a todos) de este hecho resultaba de la anunciada caída en la misma circunstancia una y otra vez. Casi veinte años de lucha sostenida le fueron insuficientes a Reinaldo para corregir ese «defecto» de su mujer. La miró con severidad, como un profesor a un alumno maleducado, salpicando de tensión la atmósfera (hecho del cual, Soledad, o no se percató o se hizo la desentendida); pero, al cabo de pocos segundos, teniendo en consideración la efemérides que estaban viviendo, se propuso ser tolerante y dejar para otra ocasión el desagravio de su autoridad (ocasión que se perdería en otras ocasiones).
—Pero, mamá… —replicó Matilde— ¿Cómo puedes decir semejante cosa? Así como tú, yo tampoco querría programar la llegada de los hijos.
Las palabras de su hija inocentemente le abrían la vieja herida. Le perturbó recordar aquel embarazo, precisamente de ella, que casi le costó la muerte social. Sin embargo, consciente de que nadie más que ella en esa mesa conocía el vergonzoso secreto, pudo recuperar rápidamente su naturalidad.
—Bien —dijo Reinaldo, aprovechando el momentáneo silencio creado—, ahora quiero yo terminar de darle mis consejos a Matilde. Sólo me anima el deseo de reforzar lo ya aprendido por ella en esta casa y en el colegio, y estoy seguro que le servirán para su vida futura —se calló unos segundos para cerciorarse de que había ganado la atención respetuosa de todos. Luego, prosiguió:
—Como te decía, hija, más aún cuando vengan los hijos deberás asumir la responsabilidad. Además de voluntad, te hará falta paciencia, mucha paciencia, porque las exigencias son inacabables y diarias. No existe en nuestro sistema social — («empieza a filosofar», pensaba sarcásticamente Facundo) —, no existe una forma práctica de aprender los secretos del matrimonio. Nadie puede enseñarte cómo ser una buena esposa y una buena madre. Esos son aprendizajes que llegan a través de nuestra propia piel; experiencias que nos llegan luego de vivir la vida. Por lo tanto, hija, mi consejo es que busques siempre apoyo en las buenas costumbres, en el ejemplo de tu familia. Desde luego que no te librarás de los momentos de desazón. Debes ser consciente de lo difícil que resulta sortear los primeros años de matrimonio —«¿Años…?», pensó, escandalizada, Matilde—. En el periodo de adaptación deben congeniar dos personas que en el fondo son distintas, dos universos diferentes. Además —prosiguió, mientras observaba con cierta expresión irónica a su mujer, pues pensaba en la influencia genética—, ten en cuenta que tu propio temperamento no es un punto a favor de la armonía. A partir de esta noche, cuando seas desposada por Carlos, tendrás que hacerte de paciencia y buscar congeniar con el hombre que será tu compañero en la vida.
Durante el «sermón» de su padre, aprovechando las veces que éste miraba hacia el techo en busca de mantener la concentración, Matilde guiñaba maliciosamente un ojo a su prima Teresa, como diciéndole: «Qué le vamos a hacer, hay que soportarlo», y las dos se esforzaban por contener la risa. Evidentemente, esa idolatría que llegó a sentir por su padre, había disminuido notablemente en Matilde. ¿Las razones? La pérdida por parte de Reinaldo de su escenario en el cambalache de la evolución. Se comportaba como un conservador caprichoso, que pretendía mantener las reglas de la década pasada, negándose tan siquiera a reflexionar sobre los grandes cambios de todo tipo que se estaban sucediendo en el mundo.
Facundo, apresurándose para meter cizaña, en una búsqueda eterna por desestabilizar la omnipotencia de su padre, lanzó mordazmente esta expresión de doble sentido:
—Por eso no me voy a casar nunca. Estoy pensando en estudiar para ser cura.
—¡Ah, qué hermosa idea, hijo! Es la mejor elección de vida que un hombre pueda hacer. –Soledad creía ingenuamente que su hijo estaba hablando en serio.
Hasta Cirila dejó escapar una sonora carcajada, que se apagó rápidamente ante la mirada censuradora de Reinaldo.

Matilde se veía más hermosa que nunca. Sus verdes ojos parecían resplandecer con más intensidad en aquel soleado mediodía. Se parecía mucho a su madre, en las facciones del rostro, en ciertos gestos afectados, y en la sonrisa que le nacía fácil, natural; aunque, la educación mejorada, la picardía (de la cual carecía Soledad) para entender al vuelo las frases de doble sentido, y su naturaleza de joven exenta de grandes sufrimientos todavía, le brindaban una personalidad más interesante que la de su madre. Carlos debería considerarse afortunado de ganarse para esposa a una mujer que sería una permanente exhibición de belleza para sus privilegiados ojos; aunque, el hecho de la compañía de tan delicado ser, conllevaba, al mismo tiempo, un compromiso peligroso pues, como a las flores de un jardín, la duración de la belleza y la exhalación del perfume, dependerían exclusivamente del cuidado.
—El que no sepa observar las reglas de la sociedad —dijo Reinaldo, mirando —¡otra vez!— maliciosamente a su hijo—, jamás podrá formar una familia honorable. —Luego, como pareciendo recordar, prosiguió:
—¡Eh, Matilde!, ¿vivirán, finalmente, con nosotros?
Ella miró a su madre con complicidad, para luego responder con evasiva a su padre:
—Estamos en eso, papá.
Reinaldo entendió que era una aprobación, pero Matilde quiso decir que el tema estaba todavía en estudio.
—¡Matilde! —gritó Soledad, cuando ésta se dirigía hacia su cuarto—. No te olvides que a las tres tenemos que visitar al padre Giménez. A las tres tenemos que estar en la parroquia. A las tres en punto.
—Sí, mamá. No puedo olvidarme de eso.


000


Creo que no he descrito todavía el lugar especial donde vivían Cirila y las primas en casa de los Miranda. Era una construcción en el fondo del patio (el terreno total era de quince metros de frente por cuarenta de fondo; así, pues, existía terreno suficiente para que Soledad apartara el hábitat de la «servidumbre» del de su familia.) con dos habitaciones, un baño pequeño, sin cañería de agua caliente (en invierno calentaban el agua en la cocina y se bañaban en palangana), y un área de lavandería y tendedero de ropas. En una de las piezas dormían las hermanas Teresa y Cecilia, y la otra le correspondía a Cirila. A veces, por las noches, se escuchaban las canciones a capela que Cirila entonaba cuando se sentía espiritual, necesitada del legítimo afecto de una familia biológica. En estos meses fue que ella tomó la decisión de presentarse en el concurso de canto que organizaba la emisora de radio Guaraní. A escondidas de Soledad se inscribió para participar con la canción mejicana La media vuelta. Desde un mes antes de la competencia, Cirila se pasó cantando todo el santo día esa música, una y otra vez, hasta tal punto que Cecilia (otra romántica empedernida) se aprendió la letra de memoria, acompañando también ella a Cirila en su locura repetitiva. En toda la casa retumbaban, todos los días previos a la competencia, estos edulcorados versos:

Te vas porque yo quiero que te vayas,
a la hora que yo quiera te detengo,
yo sé que mi cariño te hace falta
porque, quieras o no, yo soy tu dueño.

Yo quiero que te vayas por el mundo
y quiero que conozcas mucha gente,
yo quiero que te besen otros labios
para que me compares hoy como siempre.

Si encuentras un amor que te comprenda
y sientes que te quiere más que nadie,
entonces yo daré la media vuelta
y me iré con el sol cuando muera la tarde.

Hasta el mismo Reinaldo empezó a tararear la canción y a pronunciar algunos de los versos que más se le habían pegado, pero luego, faltando tres días para la competencia, se arrepintió y prohibió que Cirila y Cecilia siguieran cantando. A esas alturas, Cirila soñaba ya todas las noches viéndose en el escenario cantando y derramando mares de lágrimas que buscaban impregnar de credibilidad a su interpretación (y la verdad es que, el día del concurso, a una cantidad sorprendente de personas sensibles le corrieron lágrimas por las mejillas).
En aquel concurso Cirila encontró el primer gran amor de su vida (no correspondido) en un cantante que también participaba en la competencia. El hecho de enamorarse con tanta facilidad, cuando un hombre apuesto se fijaba en ella (ya sea de puro curioso), fue una debilidad de su carácter que la llevó a lo largo de su vida a tener nueve hijos de distintos padres todos.
El falso galán, al ver que Cirila (con seudónimo: Dorita Gómez), cantaba más que bien (única rival verdadera), apeligrando su opción, buscó seducirla con el propósito de manipularla para hacerla renunciar a la carrera. (Hasta los organizadores del concurso odiaban la idea de que una mujer morena, petisa y feúcha, ganara la competencia.); pero, Dorita, quien amaba más la música que a los hombres, prefirió cortar, ahí, en el instante, esa pasión que le regalaban (de cualquier manera, si ella perdía, el interés del hombre no duraría), y ganó el concurso dejando en segundo lugar a su despechado carilindo. Y hasta para sorpresa de Cirila, el hecho de haber ganado el concurso, de escucharse por la radio su voz en toda la ciudad, de haberse ganado una popularidad que excedió los pronósticos, el carilindo volvió a la carga, otorgándole el mejor premio: una tórrida pasión que duró lo que duró sus tres meses de fama, pero suficiente para hacerla ver el lado iluminado de la vida.


000


Cuando Reinaldo no viajaba al aserradero y tenía que hacer oficina en Asunción, no rompía su rito de comer en ayunas dos dientes de ajo con una cucharada de aceite de oliva. Había leído, hacía años, que era un alimento con grandes beneficios para distintos órganos del cuerpo, como los riñones, la vejiga y el hígado; y asimismo, que beneficiaba el sistema circulatorio, muy bueno para mantener en equilibrio su presión alta. El problema que se creaba con esta costumbre era que Soledad no soportaba el olor fuerte que su marido despedía.
—Hoy hueles peor que nunca —le dijo Soledad, con sincera aversión por el olor que despedía su marido—. Generalmente, no suele ser así. ¿Acaso no masticaste la rama de perejil? ¿Tomaste tu vaso de leche?
—¡Claro que sí! Quizás fueron dientes muy grandes o de alguna planta muy bien abonada los que consumí.
—Es que ese olor a azufre te sale por los poros—siguió quejándose ella.
—Mira, Soledad —le dijo él, hace más de quince años que consumo ajos en ayunas, y no entiendo cómo no has aprendido a tolerarlos. Te he dicho desde hace años que deberías tú también acostumbrarte a comer ajos. Aporta numerosos beneficios para la salud, principalmente, en tu caso, para eliminar los problemas nerviosos, para combatir la depresión y elevar tus defensas.
—Estás loco. Es muy desagradable su olor. Solo me gusta en las comidas.
—Bien, bien, mujer… Agregaré yogures para combatir el mal olor.
Este tipo de conversación habrán tenido ellos incontables veces. Él seguía consumiendo todos los días sus dientes de ajo, y ella a cada tanto le reclamaba su mal olor. Quizás a Soledad, ese continuo reclamo le servía para convertir esa costumbre en una «debilidad», así como hacen muchas esposas ante un marido que tiene el vicio del tabaco o el alcohol, para hacerlos sentirse en falta y negociar en desventaja algún antojo material.

Reinaldo, para no «molestar» a Soledad, se levantaba temprano, preparaba su mate que sorbía mientras trajinaba por la cocina y el baño, y salía de su casa sin desayunar, para ir al trabajo donde, a las ocho y media de la mañana se presentaba una señora que llevaba las empanadas de carne y de pollo, tortillones de papa, los sándwiches de milanesa, de huevo con tomate y mayonesa casera, los villarroás de huevo y de patitas de pollo, milanesas de mondongo, y abundante mandioca (que no se cobraba), en un canasto de mimbre, protegidos por un blanco mantel de algodón. Reinaldo, quien estaba ya atacado por la diabetes y la hipertensión, a causa de comer todos los días durante veinticinco años esa comida frita y grasosa, comenzó a sentir dolores de estómago; y su incómoda situación física se complicó cuando empezó a sufrir de eructos y espantosas flatulencias, hasta que una madrugada, un agudo dolor en la boca del estómago lo despertó.
—¡Soledad! ¡Soledad!, despierta por favor —le clamó a su mujer.
—¿Qué te pasa? —le preguntó ella, sobresaltada.
—Parece que tuve un infarto. Me duele y me arde el pecho. Llama un taxi y llévame al hospital —decía Reinaldo, realmente asustado.
El alboroto que se armó en la casa, y el trajín de salir disparando al hospital y regresar casi al amanecer, con la noticia de que eran los gases los que habían creado esos dolores, repercutió severamente en su imagen de hombre fuerte y dominante. Facundo hacía todo tipo de comentarios jocosos sobre el «infarto» de su padre.

Llegados a este punto es necesario aclarar algo para la buena comprensión de esta parte de la historia. A Reinaldo lo ascendieron a gerente administrativo el día que cumplió cincuenta y dos años. Dado que la pericia adquirida sobre el funcionamiento de la empresa era amplia, su nuevo cargo le hacía sentirse como un pez en el agua. En su larga carrera dentro de la compañía había pasado por todas las postas del proceso de comercio e industrialización de la madera, desde la tala de árboles por los hacheros, el transporte con carros alzaprimas estirados por yuntas de bueyes hasta la «planchada» (barrancos a orillas del río Ypané), la preparación de la jangada sobre maderas livianas como el cedro o sobre tambores vacíos sellados, y el envío en esas improvisadas balsas, con los jangaderos y sus largas tacuaras, hasta la ciudad de Buenos Aires, en una odisea que duraba semanas (Reinaldo había hecho uno de esos viajes en su juventud). Los troncos que no eran aprobados por los inspectores enviados desde la Argentina para su exportación, eran llevados al aserradero de la empresa, donde los trozaban para diferentes usos dentro del país; y si resultaban ser maderas duras, se destinaban exclusivamente para la producción de durmientes para vías de ferrocarril o parquets, que eran exportados directamente a Europa y Asia.
Los patrones de Reinaldo estaban preparando su jubilación para dentro de tres años, porque ahí estaría cumpliendo los treinta años de servicio y aporte al seguro social; y como estaban en conocimiento de los problemas de salud del fiel empleado, querían prevenir cualquier complicación que perjudicase los intereses de la empresa, y aprovechar para un recambio en el recurso humano (amén de traspasar sus conocimientos a otro empleado más joven). Cuando a Reinaldo le comunicaron estos preparativos, pudo percibir que su nuevo cargo no era un reconocimiento a su trayectoria sino una tramoya que buscaba eliminar la dependencia que la empresa tenía de él, y el entusiasmo que sintió en un primer momento por su nuevo puesto mermó considerablemente, hecho que creó un círculo vicioso, pues sus jefes pensaban que la merma se debía a problemas de su estado físico que estaba repercutiendo en su capacidad de mando, por lo que se felicitaron a sí mismos por habérseles ocurrido la tan buena idea de encaminar la baja. «Ya no soy útil para ellos», pensó el desilusionado empleado.
De ahí que esos problemas estomacales bien pudieron tener su causa en la preocupación por tener que jubilarse. Lo último que quería en el mundo era irse a su casa para no hacer nada; sería como perder lanza, escudo, yelmo y coraza, para seguir combatiendo en los campos de la vida.
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Re: Novela: El amor en los años sesenta (PP1,PP2...PP8)

por Ana García » Vie, 12 Jul 2019 18:58

Acabo de leer el cap. 7 en el que veo a la madre dominante, la que cambia al padre por el hijo, la que teme la soledad por encima de todo.
Supongo que has formado un árbol genealógico de los personajes que entraran en a novela. Primero nos presentas su forma de ver la vida y después sabremos los porqués de sus actos.
Un placer de lectura.
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Re: Novela: El amor en los años sesenta (PP1,PP2...PP8)

por Óscar Distéfano » Vie, 12 Jul 2019 21:41

Ana García escribió:Acabo de leer el cap. 7 en el que veo a la madre dominante, la que cambia al padre por el hijo, la que teme la soledad por encima de todo.
Supongo que has formado un árbol genealógico de los personajes que entraran en a novela. Primero nos presentas su forma de ver la vida y después sabremos los porqués de sus actos.
Un placer de lectura.



Estoy en deuda contigo (no he podido aún devolverte la gentileza de leerme). No sabes lo importante que te has vuelto para mí. Aparte de la admiración que te tengo como poeta y prosista, ahora nace en mí un sentimiento de gratitud enorme, debido al estímulo que me produce tu apoyo en la construcción de esta novela. Más que nunca estoy decidido a concluir este trabajo. Y esta convicción te la debo a ti.
Te comento que la novela tiene la mitad de mi vida en bosquejos, escrituras y reescrituras. He desarrollado una escaleta que va enriqueciéndose en la medida que surgen las ideas; y es este patrón el que me ayuda a no confundir los tiempos, los caracteres de los personajes, y la ubicación de la historia en la época correspondiente.

Estoy a tu disposición para lo que mandes.
Un asaludo de amistad.
Óscar
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Re: Novela: El amor en los años sesenta (PP1,PP2...PP8)

por Óscar Distéfano » Vie, 12 Jul 2019 22:34

Capítulo 9 PP


En el año 1955 Carlos tenía diecisiete años y seguía siendo virgen. A esa edad esta situación lo tenía ya preocupado. En los corros de todos los días (en el colegio y en el barrio), sus amigos se pasaban alardeando de mujeres y de sexo, se jactaban de sus hazañas amorosas, contaban sus historias eróticas, manifestaban abiertamente sus performances con muchachas que todos conocían, y él tenía que quedarse callado y disimular su castidad. Y no es que padeciese de una falta de interés por las mujeres, no; al contrario, definitivamente se sentía heterosexual y con ansias de alcanzar su hombría. Llegó a ese estado de incómoda masculinidad casi sin darse cuenta, quizás por una cuestión de timidez, o por una falta de «valentía» en el momento clave en que debía actuar, o por no animarse a beber tres o cuatro vasos de cerveza para conseguir el coraje suficiente, o como consecuencia del comportamiento de su primer amor, Julia (dos años menor que él), una chica menudita que vivía a tres cuadras de su casa, hermana de sus amigos Osmar y Omar (no eran mellizos), con quien desde dos años atrás mantenía ya encuentros muy íntimos (se acariciaban desnudos en la casa cuando nadie estaba), pero con quien nunca había llegado al acto sexual por oposición tajante de ella. Y no es que no haya forzado el bloqueo. Dos veces recibió terribles arañazos en la espalda, mordidas en los brazos, contusiones de todo tipo, que solo le sirvieron como «pruebas irrefutables de sus victorias carnales» frente a sus amigos. Dos años estuvo calentando la relación, hasta que vino un amigo suyo a desvirgar a Julia en el día menos pensado. El esfuerzo que él realizó todo el tiempo no le sirvió de nada; al contrario, le favoreció a su amigo Chiquitín (un tipo flacucho, feo, de piel oscura, de familia muy humilde, carente de buena educación).
—Pero…, ¿cómo hiciste? —le había interrogado, cuando su amigo le comentó el hecho, extrañado, extrañado y sorprendido —. ¿Cómo lo lograste, si yo estuve procurando durante meses y meses?
—Hiciste un buen trabajo de ablande —le dijo Chiquitín, riéndose de su propia broma —. Solo te faltó forzar un poco más la embestida. Hay mujeres que, para no sentirse culpables de ceder, necesitan experimentar una especie de violación.
Al contrario de lo que podría esperarse —que Carlos se enojara—, éste se sintió admirado de la forma pacífica en que su amigo había logrado vencer las defensas de su amor de siempre. Además, se sintió como un imbécil, como el único culpable de lo sucedido; y, por más que, un año más tarde él también pudo alcanzar la gloria de la cópula con ella («te debía ésta», le había dicho ella), nunca se perdonó a sí mismo no haber sido el primer abanderado de aquel desfile concupiscente en que se convirtió la vida sexual de Julia. Ese fue el momento más amargo de su vida juvenil. Y se le reveló la naturaleza inestable de la mujer. «Infinitas veces te ha dicho: te amo, y mira lo que ha hecho», le atizaba su demonio sarcástico. Se le rompió el corazón y, por una cuestión de orgullo varonil, tuvo que romper con ella, sin solucionar su problema de castidad. Pasó casi tres meses doblado en su cama, hasta que un día se liberó como de una herida cicatrizada de aquel malsano sentimiento.
Por suerte para Carlos, ya curado, ya libre de su relación torcida con Julia (él había creído que se trataba de un amor puro), un día, su amigo Monchi, también de diecisiete años, hijo de una familia adinerada del barrio, propietaria de una fábrica de fideos y de tres estaciones de servicio (de cuyas cajas se apropiaba para sus gastos a escondidas de su padre), gordito entonces (muy gordo después), que por entonces padecía ya de una incipiente adicción por la comida, y que tenía la costumbre de invitarlo a él a comer (le acomplejaba comer solo), en horarios entre las comidas normales de una familia, bifes o milanesas a caballo con papas fritas (su perdición), le invitó una tardecita para ir a lo de las putas, a un prostíbulo que había conocido la semana pasada. Le dijo que él se encargaría de todos los gastos, que no se preocupara de nada.
—Pero, Monchi, te confieso que soy virgen —le dijo Carlos, con la intención de adelantarse a cualquier divulgación posterior por boca de alguna puta.
—Tranquilo, amigo, yo me desvirgué a los quince años (dudoso dato), y recién la semana pasada tuve mi «segunda vez», cuando «hacerme la paja» me estaba volviendo loco, porque cada día crecía mi calentura.
Fue una experiencia bastante agradable para Carlos. La prostituta que le tocó en suerte era muy amable, muy comprensible, nada fría. Tenía unas tetas enormes (le comentó que se hacía confeccionar sus corpiños porque no encontraba en plaza sus medidas). Cuando Carlos le confesó que era casto, ella fue muy tolerante y delicada, «muy gente», en su trato con él, como si le hiciera sentirse nuevamente romántica embadurnarse con la inocencia.
Así como era virgen, encima tenía que adaptarse a esos enormes pechos que nada tenían de eróticos, sino más bien le parecían un fenómeno de circo, un espectáculo que servía para el asombro antes que para la estimulación sexual. «Dios mío –pensó Carlos-, ¿es esto real?» Le dio la impresión de que iba a acostarse con alguna prima de una mujer «barbuda», carente de femineidad. Pero, de cualquier manera, su comportamiento, su paciencia de ella, hizo que Carlos «se hiciese hombre» con normalidad, sin ningún tropiezo o dificultad. Se sintió muy contento de haber completado su ciclo masculino. Se había sacado un gran peso de encima, y siempre agradeció a su amigo Monchi el favor que le hizo. «Para eso están los amigos», le dijo una vez este, en uno de esos reconocimientos.
Pero, así como fue agradable la experiencia, fue también un poco desagradable. Luego de la consumación, cuando se estaba higienizando, recordó la eyaculación precoz que había sufrido («Muy rápido, carajo»), y descubrió la llamativa irritación de su glande que, aunque no le pareció grave en aquel momento, sí le preocupó porque se trataba de una vagina bastante distendida la que había causado el problema. «Hablaré de esto con el tío Pablito cuando venga», se dijo a sí mismo, tranquilizándose con respecto al asunto.
Cuando, luego de algunos meses, el tío Pablito llegó a Asunción, Carlos se cargó de coraje y le comentó abiertamente su problema.
—Estoy casi seguro que te provocaste esa irritación, no solo por el sexo que tuviste, sino también por la masturbación, que produce resequedad y, por ende, facilita las lesiones. Te recomiendo mucha higiene, lava tu parte con jabones neutros que contengan glicerina; también puedo recomendarte té de manzanilla, zumo de hojas de guayaba, crema de aloe vera, que ayudan contra el ardor y la irritación, pero no descartes la idea de visitar un médico, porque tengo un amigo que tuvo que circuncidarse para solucionar su problema.
—¿Y te comentó cómo le resultó la circuncisión? — A Carlos le interesó esa viabilidad.
—Sí, me comentó. Me dijo que el cambio fue radicalmente favorable.
—¿Y por qué se asocia la circuncisión con el judaísmo? —preguntó Carlos, teniendo en cuenta esa creencia popular de que tal práctica significaba una conversión a esa religión, una traición a la religión católica.
—Puras estupideces —le respondió el tío Pablito—. ¿Qué tiene que ver un problema de pene con la religión?

Lo concreto es que este hecho le impidió asumir el papel de macho alfa con que tanto había soñado, pues mostró, a medida que pasaba el tiempo, una sensibilidad muy revelada. Las mujeres le sonreían, le incitaban, y él fue desarrollando el temor de ser vilipendiado por «bajo rendimiento».


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Recostado en su cama, el día de su boda, solo en la habitación que guardaba tantos recuerdos de su infancia y adolescencia, Carlos se debatía en una dualidad de sentimientos. Por un lado, sentía el cosquilleo de la aventura matrimonial, circunstancia que la vida le otorgaba como fuente generadora de dicha y prosperidad; mientras, por el otro, le acometía una sensación de desamparo, como un repliegue de su ángel de la guarda (diciéndole: «¡Uf!, de aquí en adelante, la tarea será más pesada para nosotros»). A pesar de lo mucho que ya le habían hablado sobre los detalles vivenciales del matrimonio, un leve temor, alimentándose de su inexperiencia, de la falta total de conocimientos reales de cómo manejar una familia, iba creciendo en él al paso de los minutos. Recordaba a su padre, pensaba en su futuro suegro, y en ninguna de las dos historias de vida encontraba un ejemplo a seguir. No eran estos hombres los que hubiese podido emular. Se sentía solo como un cachorro de tigre defenestrado en medio de un páramo acechante.
Carlos estaba realmente preocupado. Se repetía a sí mismo: «Casarse es un paso serio en la vida de cualquier hombre». Por momentos parecía debilitarse su voluntad, y le acometían ganas de obstaculizar la ceremonia, de posponer la fecha, de seguir los consejos de su madre; pero, más allá del tumulto que se armaría en ambas familias (aunque Catalina quizás aprobase una insolencia así); más allá de su crisis emocional, el pensar en una vida sin Matilde, a quien realmente amaba, se convenció de quitarse esos pensamientos ridículos y dejar que los acontecimientos siguieran su curso ya trazado. Esos pensamientos eran solo voces de demonios que pretendían impedir su inminente dicha.
«Apurar la hombría»: recordaba estas palabras de su madre. En el fondo, quizá tuviese algo de razón. Es cierto; desde hacía un tiempo venía imaginando el cuadro de su rutina futura, donde el cuerpo desnudo de su bella esposa paseaba con naturalidad frente a sus ojos, y él era dueño de modificar las escenas a su antojo. «¡Ser hombre realizado de una vez por todas, carajo!», pareció ser la idea motora que había sospechado Catalina. Catorce meses de noviazgo con bloqueos eróticos insensatos había acrecentado al máximo su apetito venéreo (¿para qué negarlo?).

Matilde se casaba con él sin haberse entregado sexualmente durante el noviazgo; y no es que él no lo haya intentado, pero fueron todos intentos infructuosos que siempre chocaban contra la muralla infranqueable. Suponía, entonces, que se casaba con una mujer virgen, que era verdad lo que Matilde le había confesado, una razón más para influir poderosamente en su determinación, no solo por la jactancia varonil, sino porque estaba convencido de que él la educaría a su manera en las cuestiones de la carnalidad. Él crearía con ella el hábito sexual propio, solo de ellos, con su estilo, su sello, su grado de fogosidad, sus ritmos, como un lazo que los uniera aún más. Al comparar el proceso de Julia con el de Matilde, se percató de que eran casos muy diferentes. Con Julia no se concretó por culpa de una falla suya: había entrado en el círculo vicioso de una eterna previa con una torpe utilización de las manos, de los dedos, y también se debía al sincero miedo al dolor que la muchacha sentía ante cada inminente penetración; en el caso de Matilde, la connotación tenía, evidentemente una génesis religiosa que luego se convirtió en convicción social. A muchas amigas suyas les había sucedido que luego de entregarse, fueron vilmente abandonadas. Y se juró a sí misma que eso a ella no le sucedería, que prefería quedarse a vestir santos antes que entregarse a un hombre siendo soltera. De toda la revolución sexual que se vivía en esa época, lo que más detestaba era que se considerase al sexo como un pasatiempo más, como una distracción, como un juego que se había desprendido del sentimiento.


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Aproximadamente un mes antes de la boda, Los amigos Ramiro y Carlos en compañía de Carol y Matilde, decidieron hacer un viaje en moto, para visitar una cascada impresionante que existía a ciento cincuenta kilómetros de Asunción: el Salto Cristal, con una majestuosa caída de agua cristalina, donde uno podía, luego de maravillarse con la imagen de esa caída, aislarse del gentío, subiendo o bajando por el curso, para disfrutar de un picnic íntimo y vivificador. Era un domingo. Ramiro era dueño de una Harley-Davidson 1959 (le apasionaban las motos), y le pudo conseguir otra, con un amigo, a Carlos para el paseo. Hicieron el trayecto a velocidad crucero, disfrutando del aire libre y de la brisa (conste que se encontraban en un febrero caluroso) y de los paisajes exóticos por la carretera que conducía al famoso salto. Muy cerca del paradisiaco lugar, aguas abajo, había un balneario con un buen restaurante.
Luego de disfrutar una jornada espléndida, cuando se encontraban de regreso y estando a mitad de trayecto, en un lugar inhóspito, se abatió sobre ellos un aguacero súbito y copioso que los empapó por completo. Era un suceso no previsto, ya que el tiempo no había presentado en ningún momento indicios de que eso fuera a suceder. Es más, una hora después parecía como si nada hubiera pasado: el sol se mantenía en su lugar brillando con la misma intensidad que antes de la lluvia. Lo que sí se sentía con agobio era el vaho que subía del asfalto y las espinillas de agua que lanzaban los neumáticos. Bueno, pero así es el trópico. Al llegar a un caserío encontraron un hospedaje, y alquilaron un cuarto para cada pareja. Como ese día, Matilde, llevaba un short y una blusa de algodón, de tela muy fina, al hacer contacto con el agua, las prendas se volvieron semitransparentes, se pegaron a su cuerpo y se podía apreciar en su entera magnitud las líneas de su cuerpo, hasta los más ínfimos detalles. Y lo peor para el deseo exacerbado de Carlos era que ella se movía con absoluta naturalidad, sin tratar de esconder ni taparse ni hacer ademán alguno de pudor ante su semidesnudez.
Por suerte, encontraron en el baño dos toallas bastante amplias, con agradable olor a flores de jazmín, cáscara de limón y orégano (oliendo y oliendo llegaron a esta conclusión). A Carlos, quien estaba acostumbrado a ver gente roñosa en los hospitales, le sorprendió este delicado detalle de las toallas limpias y aromadas. Matilde salió del baño envuelta en el toallón, con las ropas torcidas, casi secas, y Carlos hizo lo mismo. Pusieron sus prendas a secar con el ventilador, y luego se acostaron en una misma cama (a pesar de que había dos en el cuarto) con intenciones de esperar mientras charlaban sobre la boda, sobre la vida futura, y se acariciaban.
Carlos ya no daba más. Trece meses esperando vencer las vallas que ella seguía sosteniendo, le parecía demasiado tiempo. Pensó que ese era un momento adecuado para intentar una vez más vencer las malditas vallas. Empezó con los besos y caricias que siempre ella permitía; pero, cuando pretendió adentrarse en las profundidades del deseo, ella lo contuvo decididamente.
—Pero si estamos a las puertas de casarnos, mi amor. ¿Por qué así?
—Una cosa es el casamiento, y otra lo que quieres. Un deseo no lleva al otro.
—Déjame acariciarte un poco, Matilde. —Hizo un intento de meter la mano bajo la toalla, pero ella se negó rotundamente a seguir con el juego, y le dijo:
—Ten paciencia conmigo, mi amor, ¿cuál es el apuro si en verdad me quieres? Estarás acostumbrado a otro tipo de mujeres más liberales; pero, así como dice mi mamá, yo no acepto la revolución desesperada, la apertura loca, aspirar esos vientos de libertinajes que nos llegan; no estoy ansiosa por ser una mujer moderna. En el presente me ves acostada aquí a tu lado y sé que aprecias lo que soy; pero, así también, si seguimos juntos, en el futuro me verás lo que seré entonces, esa que quiero que también aprecies. Por eso, y porque te amo con sinceridad, mi responsabilidad es cuidar la conciencia de la Matilde del futuro. Quiero que mañana te sientas seguro y orgulloso de mí.
No había caso. Este argumento lo desarmó. Insistir significaría crear una atmósfera desagradable entre ellos, comportarse como un vicioso sexópata. Carlos fue muy consciente de ello. Gracias a un gran esfuerzo pudo controlar sus arrebatos; replegó su instinto ante la idea de que, en verdad, faltaba muy poco para la boda. Sabía que tenerla como él querría solo era cuestión de pocas semanas (¡treinta días!). Sabía que en poco tiempo más aplacaría el deseo ferviente de verla desnuda todos los días, año tras año, de recibir la inocente ofrenda de la primera noche, y el placer de intervenir como un pequeño sol en la maduración de la fruta. «Una vida con ella y después morir en paz», se decía, convencido de encontrarse frente a la mujer de su vida, fuente inagotable de su dicha futura. «Debo dejar de hacerme el loco y ser más cauteloso», se increpó a sí mismo.


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Carlos sobrellevaba, desde aquella su primera experiencia sexual, el problema físico-sicológico que lo guardaba hasta ese día como un molestoso secreto: las irritaciones del glande. El sufrimiento durante y luego de cada acto sexual se volvió esporádico solo gracias al permanente tratamiento que hacía con los remedios naturales y el cuidadoso aseo. A cada tanto sufría los siempre molestosos ardores, pero aprendió a utilizar condones (no le gustaban) y cremas que facilitaban enormemente su gestión viril. Y su otro problema, el de la eyaculación precoz, seguía apareciendo indefectiblemente en cada acto (con el uso del condón mejoró el tiempo de aguante). Una vez, casi se murió de vergüenza cuando no pudo contenerse estando con una compañera en la sala de su casa en ausencia de sus padres, a quien había conquistado luego de unos seis meses de insistencia. Luego de ese acto abortado, nunca más ella quiso nada con él). Debido a estos problemas, jamás podía repetir en una misma noche el goce, mientras sus amigos siempre se jactaban de hacerlo dos y tres veces, sin ningún impedimento. Era consciente de que se encontraba frente a una deficiencia que, por suerte, la castidad de Matilde no percibiría, ya que ella no tenía forma de hacer comparaciones. Indirectamente, haciéndose pasar por un supuesto amigo del que buscaba sanar aquel trastorno, había averiguado con un profesor suyo de facultad, las características y posibles soluciones de su mal. Éste le había dado un claro panorama diciéndole que había que extirpar el prepucio; es decir, hacerse una circuncisión para eliminar la extrema sensibilidad de la cabeza del miembro.
—Una vez libre y aireado el glande, el roce con los calzoncillos se encargará de dejarlo para mil batallas, y solucionará ambos problemas que te aquejan —le había dicho el galeno, con sonrisa cómplice que no pudo tranquilizar al joven estudiante, ya que debía sortear para ese efecto un calvario social por la divulgación de su secreto, además de no tener claro todavía las consecuencias somáticas.
Pero Carlos, no sólo por negligencia o vergüenza, fue postergando la intervención quirúrgica y, llegado el día de su casamiento, seguía soportando la pesadumbre de la irresolución. La circuncisión tenía para él, más allá de otros factores, connotaciones religiosas. Creía que era una práctica ritual exclusiva del judaísmo («Si te haces, te conviertes», algo así); y, aunque luego se informó y supo que otras religiones también lo practicaban, le costaba desprenderse de tal prejuicio, lo cual le causaba un motivo más de vacilación. Por otro lado, Carlos había estudiado profundamente su problema, apelando a los libros de la biblioteca de la facultad; y, según lo estudiado, le quedó un cierto temor ante las consecuencias negativas posoperatorias. Ante la duda académica, consultó con un médico alternativo, quien le aseguró que no era necesaria una intervención quirúrgica, que tratara de evitar las tantas historias que le metían en la cabeza. «Una cosa es hacerte al poco de nacer y, otra muy distinta, a la edad tuya. Conozco casos de infecciones graves», le había dicho el médico naturista.
—La mutilación siempre es motivo de preocupación —le dijo—. El dolor, ardor y enrojecimiento, se trata con una receta en base a manzanilla, vinagre de manzana, hojas de guayaba y gel de aloe vera, y debes mantener el miembro seco y limpio, usar ropa interior de algodón, no quedarte nunca con ropa sudada en tu cuerpo y no utilices ropa ajustada. Le dio las indicaciones de cómo hacer el tratamiento, y la verdad es que siempre le fue bastante bien cuando respetaba estas recetas.
Él no era un hombre muy seguro de sí mismo. Varias experiencias con mujeres, que le avergonzaban, hacían tambalear, en no pocas ocasiones, su autoestima. Aquel hecho que marcó con fea cicatriz su carácter, cuando en forma pusilánime permitió que su amigo de su primera juventud (Chiquitín), aprovechando un caprichoso proceder suyo, se acostara con su novia (el primer gran amor de su vida), fue determinante para sus primeras batallas seductoras. El dolor que le causó aquella alegre traición, nunca más le devolvió esa hermosa ilusión de creerse el sultán del harén. Empezó a transitar por el mundo como se caminaría por un campo minado.
Todo esto le preocupaba. Por lo que ella le había asegurado, se casaría con una joven casta (hasta ese momento, nunca se había acostado con una virgen), y sabía que se encontraría con la grave dificultad de la penetración. ¿Qué iba a suceder si el dolor lo bloqueaba? A pesar de que todo ese día se estaba haciendo el tratamiento natural en su casa, no estaba tranquilo respecto al rendimiento satisfactorio que pudiera tener en la luna de miel. Imaginando que la circuncisión era realmente la única solución a su problema, maldecía no haber sido lo suficientemente corajudo para sobrepasar las chanzas de sus compañeros, el embarazo ante su familia, los ridículos impedimentos religiosos, y resolver su problema en el mismo hospital de la facultad. Ahora era ya tarde. La única alternativa que le quedaba, si el problema se volvía insuperable, era comentárselo a su esposa en la noche nupcial, o inventar algún motivo valedero que impidiese despertar sentimientos de lástima en ella. Después de todo, se tornaría ridículo ventilar un problema tan suyo y viejo, un problema que jamás se atrevió a confesar ni a su propia madre. «Veremos qué pasa —pensó—. Tampoco es un problema que no se pueda sobrellevar».
Las horas que pasaban iban apretando el nudo de la emoción que sentía en la garganta. «Voy a casarme y superar todos los problemas que se presenten», se decía, como para darse ánimo. «¡Fuera, malditos demonios! Las cosas sucederán para mi suerte». . . «¡Fuera, malditos demonios! ¡Fuera, malditos demonios!»…
Se levantó, decidido a dejar de cuestionarse. Hizo unas cien flexiones y otros ejercicios diversos, se dio una ducha fría, y fue a integrarse a la conversa familiar. La boda era para él un hecho esperado e irreversible.


000


Horacio llegó de Buenos Aires al barrio, haciéndose cruzar el río Paraguay por «paseros». Había dejado sus valijas en la casa de una humilde señora que vendía empanadas y yuyos en la frontera, luego de prometerle una buena propina por el favor. Por recomendaciones de sus amigos desistió de la idea de registrarse en un hotel, hospedaje, casa de familia o cualquier lugar donde la policía llevaba a cabo controles estrictos de extranjeros que ingresaban al país. Lógicamente que traía un pasaporte con nombre falso, pero prefirió no quemar todos los cartuchos de entrada; así, pues, más bien estaba buscando un lugar menos llamativo, necesitaba alquilar un lugar independiente que no fuera controlado estrictamente por la policía. Encontró un departamento (más bien era la parte de servicio doméstico de una casa que los dueños aislaron para renta con unos metros de muros) cuya dueña no le había pedido ni contrato ni documentos, porque él le había entregado la suma correspondiente a seis meses de alquiler.
—¿De qué parte de Argentina es usted?
—Soy porteño. De Buenos Aires soy, señora —le respondió él.
—¡Ah, la grande y hermosa Buenos Aires. Dicen que es la París de Sudamérica.
—Más bien la Italia, diría yo —dijo el joven—. Yo mismo soy descendiente, por parte de mi madre, de tanos.
—¿Y qué le trae por estos pagos, joven?
—Mi bisabuela era paraguaya y vengo a buscar parientes, si es que los hay.
—¿De qué pueblo?
—De Curuguaty
—¡Ah! —dijo la señora— Es el lugar donde vivió exiliado el general Artigas.
—Conozco la historia —dijo a su vez Horacio—. Me dijeron que mi bisabuela le había servido al General.
—Pero, qué bueno… Me gusta, mi hijo, que vengas a buscar tus raíces. Por lo visto que fuiste muy bien educado por tus padres.
A Horacio, el barrio le gustó mucho por la calma que reinaba todo el tiempo. No lo asustó, tal como le habían prevenido algunas personas consultadas; al contrario, se enamoró de él. Le gustaba volver por la noche y caminar por sus calles sin encontrar a nadie malintencionado a su paso. Era uno de los pocos barrios que no tenía patrullaje policial nocturno, probablemente porque ahí vivían concentrados casi todos los malhechores de toda clase, y la policía no deseaba remover el avispero, por temor a que el panal se dispersara por otros barrios. También convendría aclarar que en el lugar actuaban más bien «descuidistas» y pequeños rateros que no alcanzaban a provocar el interés policial, porque eran casos que se solucionaban entre vecinos con la venia de la autoridad. Y Horacio andaba de aquí para allá con tranquilidad, porque era un experto karateka.
A Horacio, de cuyo rostro y hábitos pronto se acostumbraron los habitantes del barrio, le gustaba el color de la noche (con escasas bombillas eléctricas), ese infinito de oscuridad luchando con la luz de la luna que se desparramaba por las fachadas de las casas y por las piedras de las calles. Le gustaban las sombras que se creaban a partir de cosas que se elevaban. Las madrugadas claras, trasparentes, con olor a flores (muchos jazmines), de los múltiples jardines que abundaban cuadra tras cuadra. Parecía que la gente había nacido con los mismos gustos, que todos estaban impulsados por el mismo gen de conquistar una vida sin mala leche. El caso es que Horacio se adaptó rápidamente a la forma de vida de esa gente, y se dedicó a respetar para ser respetado. Con un perfil bajo, bajísimo, evitó meterse en cualquier tipo de discusión con nadie. Al contrario, se hizo querer rápidamente porque era un guitarrista admirable y cantante de voz afinada, aunque no resaltante. Su único inconveniente como artista era que no tenía como repertorio ninguna música paraguaya, y el paraguayo cuando se emborracha en una peña ya empieza a pedir temas de Emiliano R. Fernández y otros compositores que escribieron en guaraní casi puro. Inconveniente que fue muy pronto subsanado. Unos tres meses le llevó defenderse bastante bien en varias guaranias y polkas en castellano, evitando todavía meterse con el engorroso idioma guaraní. Pero su especialidad era el tango, música que también gustaba al paraguayo medio.
El caso es que se puso a convivir con muchas ganas de conquistar la calma que necesitaba para hacer lo que vino a hacer en el Paraguay, sin que ninguno sintiera la necesidad de interrogarlo más allá de la curiosidad convencional.
La improvisación está a un nivel muy bajo en comparación con las ideas elaboradas con seriedad y esfuerzo. (Nietzsche)

La poesía se atrofia cuando se aleja demasiado de la música. (Ezra Pound)

No critiques lo que no puedes entender. (Bob Dylan)



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Re: Novela: El amor en los años sesenta (PP1,PP2...PP8)

por Ana García » Dom, 14 Jul 2019 18:19

Óscar Distéfano escribió:
Ana García escribió:Acabo de leer el cap. 7 en el que veo a la madre dominante, la que cambia al padre por el hijo, la que teme la soledad por encima de todo.
Supongo que has formado un árbol genealógico de los personajes que entraran en a novela. Primero nos presentas su forma de ver la vida y después sabremos los porqués de sus actos.
Un placer de lectura.



Estoy en deuda contigo (no he podido aún devolverte la gentileza de leerme). No sabes lo importante que te has vuelto para mí. Aparte de la admiración que te tengo como poeta y prosista, ahora nace en mí un sentimiento de gratitud enorme, debido al estímulo que me produce tu apoyo en la construcción de esta novela. Más que nunca estoy decidido a concluir este trabajo. Y esta convicción te la debo a ti.
Te comento que la novela tiene la mitad de mi vida en bosquejos, escrituras y reescrituras. He desarrollado una escaleta que va enriqueciéndose en la medida que surgen las ideas; y es este patrón el que me ayuda a no confundir los tiempos, los caracteres de los personajes, y la ubicación de la historia en la época correspondiente.

Estoy a tu disposición para lo que mandes.
Un asaludo de amistad.
Óscar


Lo más difícil es mantener los tiempos, no correr en pos de otra idea sin acabar la anterior. Eres muy hábil en ese punto. Cuando termines la novela me gustará ver ese organigrama familiar.
Deuda saldada con los siguientes capítulos.
Ánimo, compañero.
Un abrazo.
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