A la casa por los tejados

Cuentos, historias, relatos, novelas, reportajes y artículos de opinión que no tengan que ver con la poesía, todo dentro de una amplia libertad de expresión y, sobre todo, siempre observando un escrupuloso respeto hacia los intervinientes.
Moderadores: Hallie Hernández Alfaro y Ventura Morón.

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A la casa por los tejados

por malamor » Vie, 23 Jun 2017 9:49

Hola a todos, soy nueva en este espacio y creo que la mejor forma de saludar es con un cuento.


A la casa por los tejados


A nuestra edad, mi querida Pilar, uno no sabe si hace las cosas ya por rutina o todavía por elección. Me pasa con casi todo. Las tertulias políticas de la radio, la partida de guiñote en el bar a la hora de la siesta o las películas del oeste con su justicia inapelable y sus paisajes desiertos. Con casi todo. Porque observarla a usted sin que se dé cuenta y hacer pajaritas de papel siguen siendo, a estas alturas, las cosas que más me gustan todavía.

Van ya para cincuenta años que la conozco y no me cuesta recordar la primera vez que la vi. Fue en el mercado central. Usted salía y yo apilaba cajas junto al puesto que entonces era de mi padre. Su vestido estampado, su melena roja incendiando la mañana, la cesta de la compra bamboleando en sus caderas. Tuve dudas sobre si estaba ante un ángel o ante un demonio. No me atreví a preguntárselo. Por entonces yo era muy valiente para las cosas de la lucha obrera, pero un crío para las cosas importantes de la vida.

Ahora su pelo ya no es rojo y ha cambiado los vestidos estampados por faldas oscuras y blusas blancas. Pero yo la miro igual, con idéntica sorpresa, como ahora, mientras se toma ante la ventana el primer café del día. Negro, fuerte, con apenas media cucharadita de azúcar. Sonríe, aunque poco, se interesa levemente por algún ruido procedente del tráfico, de allá abajo, de la calle, y responde misiña misiña a nuestra gata, que en la puerta se despereza reclamando su atención.

Se diría que ustedes dos son felices. Aunque, acuérdese, no siempre fue así. Nuestra gata, que yo mismo llevé hasta la puerta de la casa, era fiera y negra y otra vez fiera. La había encontrado en los sótanos del mercado, apenas una nube de tormenta a la que asomaban dos ojos verdes, y necesité a cuatro hombres, tres sacos y cinco cajas para poder atrapar a algo tan minúsculo. Ya entonces le faltaba un trozo de oreja, como recordará, y no perdía ocasión de escapar por los tejados a armar la gresca. Volvía uno o tres días después, con el cuerpo herido y la expresión de que ya había tenido suficiente, pero en cuanto se curaban las heridas volvía a las andadas. Cuántas noches pasó usted en blanco, con las ventanas de par en par, el cierzo ululando entre las asas de los jarrones chinos del salón, esperando su regreso como el de un mal hijo.

El ojo lo perdió después. Usted, mi querida Pilar, lo había perdido antes. Pero eso ya lo sabe.

Quizás porque lo sabe y es algo muy lejano, deja el vaso de cristal en el fregadero, abre el grifo y saca la cucharilla, que tintinea y brilla. Luego la acuesta junto al vaso y va hacia la nevera. La veo depositar en la encimera un manojo de borraja, ponerse los guantes y empezar a limpiarla. Es buen momento para hacer la primera pajarita del día. El médico del ambulatorio, Don Ramiro, dice que esta manía de hacer figuritas de papel va muy bien para la artrosis de mi mano. Lo de que antes de hacerlas escribo en las hojas no se lo he dicho. No es de su incumbencia.

Solo nos incumbe a usted y a mí. Por eso pongo tanta atención primero en cada palabra, luego en cada pliegue, abriendo y plegando, el alma y el papel, las palabras y las alas que habrán de remontar el vuelo, que saldrán al cielo, que lo atravesarán ayudadas por el resonar de las campanas de la basílica dando las doce, y planearán dejando atrás la terraza y la ventana hasta caer junto a sus pies, en el suelo ajedrezado de su cocina. Usted recogerá la pajarita antes de que nuestra gata pueda dar cuenta de ella.

Pensará que es cosa de muchachos jugando. Mirará por la ventana para ver si los encuentra, para invitarlos a subir y recuperar ese trozo de papel alado. Pero solo encontrará los ojos de un viejo que le sonríen y unas palabras. Mi querida Pilar, el gobernador civil nunca supo quién le envió aquella caja de bombones. Ahora usted sabe quién le entregó la caja equivocada.
 
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Re: A la casa por los tejados

por Hallie Hernández Alfaro » Dom, 25 Jun 2017 15:57

Es un cuento precioso, cuidadísimo en sus detalles, con un tono de magia veterano y feliz.

Bienvenida seas a Prosa Alaire; un gusto aplaudir este trabajo tuyo.

Salud y felicidad.
"Yo creo que es una ráfaga sistólica que atiende, aleatoria,
la presencia de algún hilo de belleza, y humedece
con sangre una cámara mustia del cerebro."

Máscara y mandorla, Pablo Ibáñez
 
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