Un joven cualquiera. Segunda parte, cap. 26 a 28.

Cuentos, historias, relatos, novelas, reportajes y artículos de opinión que no tengan que ver con la poesía, todo dentro de una amplia libertad de expresión y, sobre todo, siempre observando un escrupuloso respeto hacia los intervinientes.
Moderadores: Hallie Hernández Alfaro y Ventura Morón.

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Un joven cualquiera. Segunda parte, cap. 26 a 28.

por Ramón Carballal » Dom, 03 Sep 2017 9:42

CAPÍTULO VEINTISEIS

Habían pasado cuarenta días desde el fallecimiento de mi padre y cada cual había retomado su vida ordinaria. Mis hermanas estaban fuera de Coruña, la mayor, Luisa, ejercía de profesora en un instituto de Orense, la que le seguía en edad, Carmen, había conseguido una plaza de médico interno residente en Burgos, donde cursaba la especialidad de psiquiatría clínica. Mi hermano pequeño, Juan, todavía iba al colegio. Aunque hermanos, físicamente no nos parecíamos mucho. Carmen era una muchacha de corta estatura, nariz respingona, muy delgada, alegre, pizpireta, de gustos sencillos, tenia novio con el que hacia una extraña pareja, pues él era enormemente alto, fuerte como las columnas de Hércules, de un moreno uniforme, velloso, con un principio de alopecia que le nacía en la coronilla e iba conquistando territorio poco a poco, de pocas palabras, dichas con tal gravedad que parecían sentencias. Luisa era más seria que Carmen , de talla ligeramente superior a la media, el pelo liso y oscuro que llevaba recogido en una coleta, habitualmente vestía vaqueros o falda larga, sus ojos castaños y rasgados le daban un aire oriental, se arreglaba poco, lectora de libros de bolsillo, en especial los de Alfaguara, el cine de arte y ensayo era su debilidad, no estaba comprometida con nadie, profesaba un feminismo recalcitrante y viajaba al extranjero, contra la opinión de mis padres, siempre que podía. De Juan solo puedo decir lo que diría de cualquier otro niño de trece años, le gustaba jugar al fútbol y coleccionar cromos, era algo tímido y bastante enfermizo, los ojos y la tez claros y el cabello tirando a rubio , que se explicaba-ninguno salvo él tenia los ojos azules- por ser clavado a un bisabuelo mío. Aquel sábado compartíamos comida en la casa familiar. Cada uno ocupó su sitio en la camilla redonda que hacia de mesa, el lugar de mi padre fue repartido de tal forma que un leve desplazamiento de los cubiertos nos daba la sensación de que nada había cambiado, que nuestro sitio era el de siempre, aunque el número de comensales se hubiera reducido. Arrimé la silla de estilo castellano, robusta, cuyo respaldo, como si tuviera esculpida una cara, incrustaba su nariz en algún punto de mi espalda. Todo, pues, estaba en su debido orden, hasta el servilletero de plata, con el nombre de cada uno, se había colocado junto a la servilleta respectiva. Frente a mi tenia el retrato de la abuela Antonia, una pintura al óleo realizada por un pintor poco conocido, de pátina oscura, la retrataba en un primer plano contundente. Su figura fornida se imponía a un paisaje de fondo, tenebroso y sombrío, que, desde luego, no pertenecía a Galicia, sino que se inspiraba, quizá, en algún paraje inhóspito de la Europa central. Curioso retrato en el que ella, con su aspecto agitanado, parecía la dueña del castillo, aristocracia menor del imperio austro-húngaro, tal vez. Bajo el cuadro, una cómoda de roble, muy trabajada, que velaba a su compañera, idéntica, en la perpendicular. Ambas servían como depositarias de vajillas, cuberterías y cristalerías, amén de algunos cajones de uso diario que contenían entre otras cosas las servilletas que íbamos a utilizar. A mi derecha, bajo los alféizares había una máquina de coser Sigma, cuyo pedal se convertía para nosotros en un entretenimiento, y un sofá de culo bajero, estampado. Encima de la camilla, una lámpara de madera de seis brazos, cada uno de los cuales estaba coronado por un soporte con su bombilla correspondiente, que imitaba una vela, con relieves como de cera caliente. Nunca conseguí ver las seis bombillas encendidas a la vez, siempre había alguna fundida. La decoración de la sala se completaba con algunas fuentes de Sargadelos, colocadas armónicamente, y un reloj de pared alemán, en forma de pajarita, con esfera redondeada y manecillas doradas.
En aquel escenario nos reunimos una vez más. El comedor era un nido de luz. Mi madre colocó unas fuentes de fiambres y una bandeja con pan cortado en rebanadas, después se sentó.

Carmen dijo:
-Mamá, te gustaría pasar unos días conmigo en Burgos. En esta época del año está precioso. La catedral es una maravilla y te llevaremos a comer lechazo, ya verás.
-Tu piensas lo que dices-intervino Luisa-. A ver cuando vas a tener tiempo para atenderla.
-Pues mira por donde, tengo las tardes libres.
-Y por la mañana que pasee sola, no.
-Vamos, no riñáis-dijo mi madre. Gracias por la oferta, hija, pero estoy bien aquí. Ya sabes que no me gusta viajar.
-Yo lo decía porque cambiaras de ambiente, mamá.
-Pero qué sabrás tú lo que necesita ella. ¿Es que estás dentro de su cabeza?
-Luisa, ya está bien-la reprendió mi madre.
-Perdona, mamá, es que estoy un poco nerviosa-se disculpó Luisa.
Yo había empezado a comer y estaba mirando el televisor.
-¿Puedes poner los dibujos?- me pidió Juan.
-Claro, enano-le dije.
Me levanté y cambié de canal.
-¿Qué tal el curso, Sebas?-me preguntó Carmen.
-Bien, con un poco de suerte termino este año. Me queda civil, pero creo que esta vez lo voy a sacar.
-Quien te verá de abogado- dijo Luisa.
-Todavía no se lo que voy a hacer.
-Oye ¿y Matías?. ¿Qué especialidad va a elegir? Dile que si necesita consejo sobre el Mir que me llame-se ofreció Carmen.
-Díselo tú, Carmen, últimamente no le veo mucho.
-¿estáis enfadados?
-no, simplemente no nos vemos.
-¿Y su novia? ¿Cómo se llama?
-Julia
-¿También estudia medicina, verdad?
-Si
-¿termina ahora?
-Desde luego, es bastante más lista que él. Creo que quiere hacer odontología-mentí.
-Vaya, es una especialidad que se está poniendo de moda-dijo Carmen.
-Por supuesto, las nuevas generaciones de médicos se van dando cuenta de que lo más importante en esta vida es el dinero- dijo Luisa con cierta ironía.
-No creo que Julia lo haga por eso-le contesté. Su familia tiene el suficiente dinero para que no se tenga que preocupar de esos temas.
-¡Qué inocente eres, Sebas! No te das cuenta de que el dinero llama al dinero.
-Y qué si es así- dijo Carmen, lo ideal es que la vocación venga acompañada de buenos ingresos.
-eres una materialista, Carmen-dijo Luisa con desprecio.

La comida continuó en estos términos: Juan con sus dibujos, mi madre callada, Luisa y Carmen a la greña y yo, aburrido.






CAPÍTULO VEINTISIETE

Echaba de menos el mar. Aprovechando que el domingo se iluminó con el sol de una primavera que anunciaba el verano, encaminé mis pasos hacia el lugar donde la arena se besa con el agua. Era una forma romántica o poética de decirlo, porque aunque el día estaba claro, el viento, como solía ser costumbre, soplaba con fuerza, convirtiendo la superficie del mar en una cabellera rizada en continuo movimiento, un vaivén que ese mismo viento reforzaba poniendo crestas blancas sobre las olas, que, complacientes, acompañaban el rítmico acariciar de la marea. El domingo, en sus horas tempranas, cuando las humanas conciencias duermen, es una boca abierta, un corazón entregado al merodeador solitario. Esta ciudad es una península ganada al mar, pero aún conserva en ciertos lugares el lado salvaje, la naturaleza soberana, por encima de los designios del hombre. Uno de esos lugares es el Orzán, donde la ciudad enseña su cintura y se hace más vulnerable a los arrebatos conjuntos de mar y aire. Allí, parece como si el embate de las olas le hiciera adoptar un ademán de recogimiento defensivo, una postura antinatural. Esta sensación es más perceptible en los días de invierno, cuando el temporal azota con furia las avanzadas del paseo y escarba hasta las entrañas de la playa, para convertirla en roca erosionada, un solo bloque granítico que emerge por encima de la alfombra de arena, vencido y desnudado, y esas minúsculas partículas que antes descansaban apacibles, de repente son proyectiles, que girando en los remolinos del agua escupen su desacuerdo sobre el urbanismo minimalista que pretende complementarla. Sin embargo, este domingo no buscaba causar heridas, sino repararlas. Era cómplice y no verdugo, por eso, a medida que avanzaba por este paseo, estrecho como un pasillo doméstico, me sentía más relajado y dejaba que el rumor del mar, con su melodía repetida, fuera mi compañía, como si de un coro de roncas sirenas se tratara , cerrando de vez en cuando los ojos, siempre con la aguja del faro de Hércules indicándome el Norte; hasta que la inercia me situó, callejeando,a las mismas puertas de San Amaro, el cementerio público que se bautiza en el mar. A la entrada arbolada, me detuve ante un puesto destartalado, donde un niño gitano vendía flores. Ofrecía crisantemos, la que llaman margarita del dolor, y claveles blancos. El chaval me animó:
-anda payo, cómprame una docenita-dijo señalando los crisantemos.
-¿los vendes por unidades?-le pregunté.
-claro, hombre, yo te vendo lo que tú quieras.
-dame tres de cada-señalé primero los claveles y luego los crisantemos.
-da mala suerte mesclarlas, payo.
-es igual.
-lo que tú digas-hizo un ramo que ató con un cordel. Después de cortar con habilidad el tallo de las flores, me lo entregó, enfundado en un papel de periódico.
-¿Cuánto es?
-Son cien pesetas.
Entré en el cementerio, que a esas horas estaba poco concurrido. Bajé las escaleras y avancé mirando de frente hacia la bahía brumosa. El cementerio no era una cuadrícula perfecta de la que partieran calles lineales de trazos regulares, era más bien caprichoso en su disposición, un dédalo fúnebre. Yo no sabía exactamente a dónde dirigirme, recordaba vagamente, por el entierro de mi padre, en qué lugar podía estar el nicho. Recorrí unos cincuenta metros, para torcer luego a la izquierda, bordeando un panteón marmóreo coronado por dos angelotes. Busqué entre las lápidas, hasta que di con ella: Familia Aguilar Pérez. Era muy sencilla, no tenía ornamentos, ni recordatorios ni fechas. Ni siquiera se había contratado el arabesco de la inscripción. Deposité las flores con mimo, inmediatamente se torcieron hacia un lado, porque el florero, amplio, estaba concebido para una mayor ocupación, intenté recolocarlas, pero era inútil. La mañana se había encapotado, no tardaría en empezar a llover. Eché una última mirada alrededor y me reconforté pensando que, a fin de cuentas, si me comparaba con ellos, yo no estaba tan solo.




CAPÍTULO VEINTIOCHO

Anoche tuve un sueño. Una mujer me habló de esta manera: “los cuatro jinetes del Apocalipsis son fantasmas que susurran al oído consignas que el inconsciente cumple. Son cuatro o son ocho, hay quien dice que ha visto a un batallón de jinetes flamígeros desollar el alma de todo un pueblo: a unos les han arrancado el corazón, a otros les han sorbido el tuétano de los huesos, a algunos les han robado los sesos donde guardan sus recuerdos, a los privilegiados les han arrancado las uñas de los pies para hacer con ellas una sarta de abalorios ungulados que llevan colgada al cuello para sacralizar su significado; a la mayoría, simplemente les han visitado en todos y cada uno de sus sueños para que no descansen jamás. Esta es la pena mas leve. Eres mayoría, tu premio es pedrea, debes contentarte con los sueños compartidos en donde las imágenes del horror son fotogramas de películas proyectadas sobre un muro blanco. El blanco es la falta de color, la virginidad, el negro es la oscuridad, la sima donde el inmolado se zambulle, pasa por un tubo que se estrecha hasta que se atora y no puede dar marcha atrás; el negro es el color de los suicidas a los que no se permite el arrepentimiento, el rojo no es sangre, el rojo es sol rojo, germinación, siembra en el corazón doliente, el rojo es la esperanza ,no el verde, el rojo te llama para cubrirte con la púrpura como si fuera un ungüento que te hiciera invulnerable, la sangre no es roja sino gris porque grises son los pensamientos de los hombres, pero la sangre que ve verde se vuelve verde, es un axioma científico, preguntad por ahí, seguro que hay sesudos investigadores que os lo confirmaran. Los cuatro jinetes del Apocalipsis no entienden de colores, la muerte lleva un manto para cubrir su esqueleto, es esto lo que le importa, no le importa que el manto sea negro, la peste mide sus conquistas en centímetros de piel, la piel no tiene color, las llagas tampoco, la guerra quiere ser la aurora perfecta, la que recibe la mañana con el estrépito de los cañones y es que estamos confundidos al no sentirnos cohetes que disparan risas aniquiladoras, el hambre es la reina del mundo, ama tanto su osamenta, que la calavera bruñida susurra palabras de amor que se convierten en amorosas bacterias, voraces termitas del dolor que descarnan los huesos. Los cuatro cabalgan como si fueran solo uno, sus caballos ,aunque no lo creas, son arlequinados y sus jinetes, aunque no lo creas, son ciegos y tuertos al mismo tiempo, sus instrumentos de desdicha son hisopos encantados que rocían gotas de furia sobre la inocencia desprevenida, sus conquistas son despojos de la caridad humana, herencia de la innoble conciencia de los poderosos que entrega a los débiles para contentar a esta bestias que no hacen distingos entre servidor y servido”. Aquí acabó el sueño.
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Re: Un joven cualquiera. Segunda parte, cap. 26 a 28.

por Hallie Hernández Alfaro » Lun, 02 Oct 2017 7:48

Muy bien plasmados, Ramón. Me impresiona la creación de los escenarios, su vigencia en el recuerdo, su capacidad de hablarnos tan profundamente. También sobresale la riqueza del mundo del pensamiento, de la interioridad cultivada.

Un lujo contar con tus trabajos, amigo.

Abrazos.
"Yo creo que es una ráfaga sistólica que atiende, aleatoria,
la presencia de algún hilo de belleza, y humedece
con sangre una cámara mustia del cerebro."

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Re: Un joven cualquiera. Segunda parte, cap. 26 a 28.

por Ramón Carballal » Mar, 03 Oct 2017 18:21

Hallie Hernández Alfaro escribió:Muy bien plasmados, Ramón. Me impresiona la creación de los escenarios, su vigencia en el recuerdo, su capacidad de hablarnos tan profundamente. También sobresale la riqueza del mundo del pensamiento, de la interioridad cultivada.

Un lujo contar con tus trabajos, amigo.

Abrazos.

Muchas gracias, Hallie. Es un lujo que me leas. Abrazo grande.
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