Novela: El amor en los años sesenta (PP1,PP2...PP13...)

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Re: Novela: El amor en los años sesenta (PP1,PP2,PP3)

por Óscar Distéfano » Vie, 10 May 2019 0:13

Ana García escribió:Este relato me ha sumergido en la sociedad burguesa de los sesenta. Muy bien reflejado ese machismo en las relaciones: "Tú conmigo y con nadie más", "no creo en la amistad con el otro sexo"...
La virginidad, el matrimonio, noviazgo... todo muy bien reflejado.
Veremos a ver que pasa con estas familias cuando el rock and roll y el movimiento hippie les invada.
Te felicito.



Gracias, Ana, eres muy amable. Tu comentario me alienta no sabes cómo. Hace unos años me metí en este tema de escribir una novela, desconociendo las terribles trabas que debía vencer. Bueno, las fuí luchando página tras página, y ahora me encuentro dispuesto a publicarlo. Si sigues leyendo, te agradecería cualquier señalamiento o crítica que ayude a mejorar esta historia.

Un abrazo.
Óscar
La improvisación está a un nivel muy bajo en comparación con las ideas elaboradas con seriedad y esfuerzo. (Nietzsche)

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Re: Novela: El amor en los años sesenta (PP1,PP2,PP3)

por Ana García » Vie, 10 May 2019 19:16

Óscar Distéfano escribió:
Ana García escribió:Este relato me ha sumergido en la sociedad burguesa de los sesenta. Muy bien reflejado ese machismo en las relaciones: "Tú conmigo y con nadie más", "no creo en la amistad con el otro sexo"...
La virginidad, el matrimonio, noviazgo... todo muy bien reflejado.
Veremos a ver que pasa con estas familias cuando el rock and roll y el movimiento hippie les invada.
Te felicito.



Gracias, Ana, eres muy amable. Tu comentario me alienta no sabes cómo. Hace unos años me metí en este tema de escribir una novela, desconociendo las terribles trabas que debía vencer. Bueno, las fuí luchando página tras página, y ahora me encuentro dispuesto a publicarlo. Si sigues leyendo, te agradecería cualquier señalamiento o crítica que ayude a mejorar esta historia.

Un abrazo.
Óscar


Yo intenté hace años escribir una novela basándome en un sueño que tuve. Tengo algunos capítulos en mi "baúl", pero tengo un problema: necesito cambiar constantemente de idea porque me aburro. En algún momento intentaré recopilar mis cortos en un libro.
Más tarde volví a intentarlo con otro texto del que tengo unos 6 capítulos. Pero nada, no hay forma. Volvió a pasarme lo mismo. No tengo remedio.

Cuando he comenzado a leer tu cuento me he dado cuenta de tu dominio con los guiones largos. Pocos los tienen en cuenta y a mí me parece muy importante. Dado que tú me das permiso para señalar, quiero dejarte aquí un par de cosas para que las pienses y si son de ayuda para ti yo encantada.

*No se escribe raya de cierre si tras el comentario del narrador no sigue hablando inmediatamente el personaje.

—Dale... Sí... Sí —dijeron todos—.

*Cuando el comentario del narrador no se introduce con un verbo de habla, las palabras del personaje deben cerrarse con punto y el inciso del narrador debe iniciarse con mayúscula: —No se moleste. —Cerró la puerta y salió de mala gana. Si tras el comentario del narrador continúa el parlamento del personaje, el punto que marca el fin del inciso narrativo se escribe tras la raya de cierre: —¿Puedo irme ya? —Se puso en pie con gesto decidido—. No hace falta que me acompañe. Conozco el camino.

—Ponte cómodo —le dijo Ramiro, apuntando con el dedo el sofá a modo de pistola—. Ahí —señalando la cocina— está Carol preparando un jugo. Este calor de mierda nos deshidrata. Mira la hora que es y no afloja… Por suerte la sombra del mango cubre todo el dúplex por la tarde.
Según lo anterior "señalando" debería ir en mayúsculas.
Ramiro y su esposa habían captado el terremoto emocional que estaba soportando Carlos; y quizás por apiadarse de un sentimiento tan genuino, o porque Carol deseaba un novio serio para su amiga —que había cumplido ya los veinte años, y cruzado la línea roja de la soltería —, empezaron a actuar en conjunto, como esas viejas parejas casamenteras de los palacios del siglo dieciocho.
Creo, que por lo mismo despues del guión la palabra que sigue va en mayúsculas.
—Te compraré el helado, solo si ganamos —le prometió Carlos. Estaba sobrecogido por la proximidad de esa mujer fascinante.
Yo colocaría el punto después de ganamos. Y comenzaría con mayúsculas después del guión.

Espero que te sirva de ayuda y desde mi grada te animo a seguir.
Un abrazo.
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Re: Novela: El amor en los años sesenta (PP1,PP2,PP3)

por Ana García » Vie, 10 May 2019 19:19

Ana García escribió:
Óscar Distéfano escribió:
Ana García escribió:Este relato me ha sumergido en la sociedad burguesa de los sesenta. Muy bien reflejado ese machismo en las relaciones: "Tú conmigo y con nadie más", "no creo en la amistad con el otro sexo"...
La virginidad, el matrimonio, noviazgo... todo muy bien reflejado.
Veremos a ver que pasa con estas familias cuando el rock and roll y el movimiento hippie les invada.
Te felicito.



Gracias, Ana, eres muy amable. Tu comentario me alienta no sabes cómo. Hace unos años me metí en este tema de escribir una novela, desconociendo las terribles trabas que debía vencer. Bueno, las fuí luchando página tras página, y ahora me encuentro dispuesto a publicarlo. Si sigues leyendo, te agradecería cualquier señalamiento o crítica que ayude a mejorar esta historia.

Un abrazo.
Óscar


Yo intenté hace años escribir una novela basándome en un sueño que tuve. Tengo algunos capítulos en mi "baúl", pero tengo un problema: necesito cambiar constantemente de idea porque me aburro. En algún momento intentaré recopilar mis cortos en un libro.
Más tarde volví a intentarlo con otro texto del que tengo unos 6 capítulos. Pero nada, no hay forma. Volvió a pasarme lo mismo. No tengo remedio.

Cuando he comenzado a leer tu cuento me he dado cuenta de tu dominio con los guiones largos. Pocos los tienen en cuenta y a mí me parece muy importante. Dado que tú me das permiso para señalar, quiero dejarte aquí un par de cosas para que las pienses y si son de ayuda para ti yo encantada.

*No se escribe raya de cierre si tras el comentario del narrador no sigue hablando inmediatamente el personaje.

—Dale... Sí... Sí —dijeron todos—.

*Cuando el comentario del narrador no se introduce con un verbo de habla, las palabras del personaje deben cerrarse con punto y el inciso del narrador debe iniciarse con mayúscula: —No se moleste. —Cerró la puerta y salió de mala gana. Si tras el comentario del narrador continúa el parlamento del personaje, el punto que marca el fin del inciso narrativo se escribe tras la raya de cierre: —¿Puedo irme ya? —Se puso en pie con gesto decidido—. No hace falta que me acompañe. Conozco el camino.

—Ponte cómodo —le dijo Ramiro, apuntando con el dedo el sofá a modo de pistola—. Ahí —señalando la cocina— está Carol preparando un jugo. Este calor de mierda nos deshidrata. Mira la hora que es y no afloja… Por suerte la sombra del mango cubre todo el dúplex por la tarde.
Según lo anterior "señalando" debería ir en mayúsculas.
Ramiro y su esposa habían captado el terremoto emocional que estaba soportando Carlos; y quizás por apiadarse de un sentimiento tan genuino, o porque Carol deseaba un novio serio para su amiga —que había cumplido ya los veinte años, y cruzado la línea roja de la soltería —, empezaron a actuar en conjunto, como esas viejas parejas casamenteras de los palacios del siglo dieciocho.
Creo, que por lo mismo despues del guión la palabra que sigue va en mayúsculas.
—Te compraré el helado, solo si ganamos —le prometió Carlos. Estaba sobrecogido por la proximidad de esa mujer fascinante.
Yo colocaría el punto después de ganamos. Y comenzaría con mayúsculas después del guión.

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Espero que te sirva de ayuda y desde mi grada te animo a seguir.
Un abrazo.
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Ana García

por Óscar Distéfano » Sab, 11 May 2019 4:15

*No se escribe raya de cierre si tras el comentario del narrador no sigue hablando inmediatamente el personaje.

—Dale... Sí... Sí —dijeron todos—.
Aquí considero correcta tu apreciación. Es un despiste. Conocía y había aceptado esta regla.


—Ponte cómodo —le dijo Ramiro, apuntando con el dedo el sofá a modo de pistola—. Ahí —señalando la cocina— está Carol preparando un jugo. Este calor de mierda nos deshidrata. Mira la hora que es y no afloja… Por suerte la sombra del mango cubre todo el dúplex por la tarde.
Según lo anterior "señalando" debería ir en mayúsculas.

En este caso considero que no existe una normativa rigurosa, pero escritores importantes, como Stendhal, han escrito con este criterio. Además, pienso que si existe congruencia a lo largo de un texto, uno puede crear su propia nomenclatura.

Ramiro y su esposa habían captado el terremoto emocional que estaba soportando Carlos; y quizás por apiadarse de un sentimiento tan genuino, o porque Carol deseaba un novio serio para su amiga —que había cumplido ya los veinte años, y cruzado la línea roja de la soltería —, empezaron a actuar en conjunto, como esas viejas parejas casamenteras de los palacios del siglo dieciocho.
Creo, que por lo mismo despues del guión la palabra que sigue va en mayúsculas.

Mi respuesta es igual a la anterior. Te lo digo con humildad.

—Te compraré el helado, solo si ganamos —le prometió Carlos. Estaba sobrecogido por la proximidad de esa mujer fascinante.
Yo colocaría el punto después de ganamos. Y comenzaría con mayúsculas después del guión.

No me parece, compañera. Lo usual en todas las novelas que he leído es como lo he escrito yo.
De cualquier manera te agradezco el tiempo que le has dedicado a estas observaciones. Soy consciente de las fallas que puedan existir en este relato, a pesar de haberlo repasado muchas veces.

Un abrazo.
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Re: Novela: El amor en los años sesenta (PP1,PP2,PP3)

por Óscar Distéfano » Sab, 11 May 2019 4:28

R. M. Alemán escribió:Hace unos días entré y escribí: ; ¿Y el anillo pa' cuándo? (Jennifer López). Y con la misma lo borré, claro. De broma. Pero no me atreví. Hecho. En recuerdo a mi noviazgo, al que me llevó el capítulo anterior. Cerca de dos décadas después, no fue muy distinto. Claro que viendo el personaje (desde mi pensar) de Carlos (no la cultura de la época) sino sus inquietudes, está claro que las decepciones son por ambas partes (ahora, no por la novela, que sobre esto todavía no se ha pronunciado, es personal). Pues me refiero al capítulo anterior. Si no me implico, no sé comentar.

En este se apagó cualquier recuerdo.

Tu estilo es más clásico. Porque también es muy de raíces. Con un esplendido vocabulario (desconozco muchos), y buen conocedor de la cotidianidad de sus gentes... A quienes haces partícipes, a los que no dejas al margen (como personajes planos). Es lo que te comentaba de Catalina en un comentario anterior, donde ya reflejabas algo de su posible decadencia (más o menos). En cierta forma no relevas la historia a un protagonista. Nos vas mostrando y dando cabida a cada uno de ellos (a esto llamo movimiento), aunque lo hagas a través del narrador. La enriqueces. Y eso que, según parece, no sales de la introducción...



Me parece genial que te impliques. El comentario se vuelve más enriquecedor. En efecto, la idea es darle importancia a los personajes secundarios, y abrir un entorno que sea fiel a los sucesos. Gracias por los conceptos; es muy importante para mí. Saludos, compañera.
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Re: Ana García

por Ana García » Sab, 11 May 2019 17:42

Óscar Distéfano escribió:*No se escribe raya de cierre si tras el comentario del narrador no sigue hablando inmediatamente el personaje.

—Dale... Sí... Sí —dijeron todos—.
Aquí considero correcta tu apreciación. Es un despiste. Conocía y había aceptado esta regla.


—Ponte cómodo —le dijo Ramiro, apuntando con el dedo el sofá a modo de pistola—. Ahí —señalando la cocina— está Carol preparando un jugo. Este calor de mierda nos deshidrata. Mira la hora que es y no afloja… Por suerte la sombra del mango cubre todo el dúplex por la tarde.
Según lo anterior "señalando" debería ir en mayúsculas.

En este caso considero que no existe una normativa rigurosa, pero escritores importantes, como Stendhal, han escrito con este criterio. Además, pienso que si existe congruencia a lo largo de un texto, uno puede crear su propia nomenclatura.

Ramiro y su esposa habían captado el terremoto emocional que estaba soportando Carlos; y quizás por apiadarse de un sentimiento tan genuino, o porque Carol deseaba un novio serio para su amiga —que había cumplido ya los veinte años, y cruzado la línea roja de la soltería —, empezaron a actuar en conjunto, como esas viejas parejas casamenteras de los palacios del siglo dieciocho.
Creo, que por lo mismo despues del guión la palabra que sigue va en mayúsculas.

Mi respuesta es igual a la anterior. Te lo digo con humildad.

—Te compraré el helado, solo si ganamos —le prometió Carlos. Estaba sobrecogido por la proximidad de esa mujer fascinante.
Yo colocaría el punto después de ganamos. Y comenzaría con mayúsculas después del guión.

No me parece, compañera. Lo usual en todas las novelas que he leído es como lo he escrito yo.
De cualquier manera te agradezco el tiempo que le has dedicado a estas observaciones. Soy consciente de las fallas que puedan existir en este relato, a pesar de haberlo repasado muchas veces.

Un abrazo.


Me gusta este tipo de intercambio que nos enriquece a ambos. Si al menos te hice pensar en posibles cambios o en no hacerlos me doy por satisfecha.
Un abrazo.
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Re: Ana García

por Óscar Distéfano » Mié, 15 May 2019 12:42

Ana García escribió:Me gusta este tipo de intercambio que nos enriquece a ambos. Si al menos te hice pensar en posibles cambios o en no hacerlos me doy por satisfecha.
Un abrazo.



Celebro estar conociéndote. Eres una persona admirable por el conocimiento, la cultura, la sabiduría, que demuestras con una actitud de plausible humildad. Mi deseo es seguir intercambiando contigo más allá de los meros convencionalismos. Quiero aprender (y comprender) de las cosas que sabes.

Un abrazo de amistad.
Óscar
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Re: Novela: El amor en los años sesenta (PP1,PP2...PP5)

por Óscar Distéfano » Mié, 15 May 2019 13:48

PP5

Corría el mes de abril de 1960. El sofocante calor del verano paraguayo había aflojado lo suficiente como para sentirse la llegada del tiempo templado. Desde el oscurecer empezaba a soplar una brisa fresca y constante que provenía del río, espantaba por completo a los mosquitos luego de que cayera la noche; y podían, entonces, sentarse las familias a conversar en las veredas, en los jardines, y a dormir en los patios sin mosquitero y sin ventilador. Aquella madrugada, en un barrio tranquilo del suburbio de Asunción, en la sobria y sólida casa de la familia Miranda, empezaba un capítulo importante de la historia de sentimientos y pasiones que coincidían con las emociones vividas en esa prodigiosa década del sesenta.


000


«¡Arriba, arriba!», se dijo a sí misma Soledad, mientras se calzaba las zapatillas para levantarse de la cama. A su lado, el marido, cubierto hasta la cabeza con la manta, dormía aún profundamente.
Encendió la luz del velador para ver la hora: eran casi las cuatro y media de la madrugada. Nadie en la casa se levantaba tan temprano, a no ser que algún suceso importante (un viaje, una enfermedad) obligara a la familia a cortar el sueño. Pero Soledad guardaba sobrados motivos que le impedían seguir durmiendo y quedarse un minuto más tendida. Esa noche se casaba su hija Matilde.
La emoción acumulada en las últimas semanas casi no le permitió conciliar el sueño sino a intervalos. Toda esa larga noche de ansiedad estuvo dando vueltas y vueltas en la cama, despertándose con sobresaltos apenas dormía, muy preocupada ante el temor de que tamaño acontecimiento se le viniera encima sin control. Incluso el roce del cuerpo de su marido y las piernas levantadas de éste sobre sus caderas le resultaron incómodos, molestia que nunca antes había sentido. «Mis preocupaciones son ridículas —se repetía como para espantar sus temores—. Todo saldrá bien. No existen razones para que así no sea». Se persignó tres veces antes de seguir reflexionado.
Su responsabilidad era tremenda. De ella dependía el éxito de la fiesta, que todo terminara sin inconvenientes, con la aprobación de sus invitados, que al otro día opinaran con halagos sobre la organización del enlace matrimonial, y que quedara una buena imagen de la familia en la memoria de los allegados del novio, y ante los mismos amigos y parientes. De ella también dependía la tranquilidad espiritual (con los días, los nervios dominaron a Matilde) de su hija durante el incansable trajín que suponía la jornada. Soledad sabía que el esplendor de la belleza se sostiene en un cuerpo sano y relajado; y eso quería para su hija: que no se inmiscuyera en los preparativos de la boda, que descansase lo necesario, para evitar agotamientos que incidieran en dicho esplendor y oscurecieran la presentación deslumbrante soñada para ella.

Siendo Matilde una hija sin dudas muy bella, constatada esta suerte de la naturaleza por numerosas ponderaciones que recibió desde niña, aun por parte de gente sin necesidad de hacer cumplidos, se percibía una actitud de inmodestia en Soledad. Como cualquier madre del mundo, la capacidad de procrear un ser casi perfecto, tan admirado a los ojos de vecinos, amigos, y de gente extraña cuando caminaban juntas por el centro de la ciudad (¡Qué hermosa es esta niña, por Dios!), la embargaba de sentimientos exaltados, casi emparentados con la sublime embriaguez que se sentiría al caminar al lado de una pequeña actriz consagrada.
Además de la emoción por el significado del acontecimiento, le acometió también la lógica satisfacción de una madre premiada con el orgullo de ver concluida con éxito su ardua tarea formativa.
En desmedro de lo que sus padres le habían brindado a ella: suficientes medios económicos pero exagerada flexibilidad en las obligaciones educativas, Soledad, con la tozudez que le nacía de su propia mediocridad como estudiante, exigió y logró que su hija no repitiese su historia y culminase sus estudios secundarios. Le hizo estudiar piano (aunque en vano; pues, gustándole la música, tenía problema de memoria auditiva); y contrató profesores particulares para reforzar sus conocimientos, cada vez que la veía insegura antes de los exámenes escolares. Lo único que no pudo erradicar nunca fue una cierta perversidad que afloraba siempre en el carácter de su hija.
La niña tenía ciertas inclinaciones sádicas. Le gustaba hacer sufrir a la gente que ella consideraba hipócrita; y más aún, cuando llegó a la edad de la pubertad, a los jóvenes que la pretendían. En el barrio se volvieron leyendas las retorcidas maniobras que hacía para dejar mal parados a algunos de los orgullosos galanes que osaron seducirla, asumiendo actitudes antojadizas que a otras mujeres del barrio impresionaban vivamente, creando en ellas el deseo de emularlas. Todos, todos, habían declinado sus soberbias frente a ella. A pesar de los arduos intentos de algunos caprichosos jóvenes, nadie había logrado doblegar, y menos castigar, ese engreimiento femenino (herencia genética más contagio social rebelde de la época). Y, a medida que iba creciendo, su comportamiento de fémina era aún más cruel cuando percibía que algún joven frívolo se acercaba a ella con la única intención de robarle su estado de pureza. Era virgen, y se juró a sí misma que virgen se casaría.

Soledad repetía, cuantas veces se le presentaba la oportunidad: «¡Ah, esta niña, nació con el mismo carácter del padre!», sabiendo solo ella a cuál de los padres se refería.

Aunque Matilde no se casaba con un profesional ya exitoso, marido que siempre Soledad había anhelado para su hija, lo hacía con un buen muchacho, joven brillante, que terminaba de pasar con altas calificaciones el cuarto año de la carrera de medicina; es decir, que en unos pocos años más de empeño, a no ser que se viniera el mundo abajo, Carlos Martínez Carrillo, accedería al codiciado título de médico cirujano.
Soledad pensó, entonces, que sus aspiraciones de figuración social se veían reforzadas con nuevas esperanzas, y en el futuro se dedicaría a una vida atada a la de su hija, donde lo vulgar y lo mediocre, ¡por fin!, la dejarían de acosar. Odiaba pertenecer a la clase social donde se encontraba. Gracias a su hija, abandonaría su vida anodina que tanto detestaba, y a la cual la había arrojado el conformista e inútil de su marido. Estaba completamente segura, más allá de agradecer ciertos sucesos de su vida pasada, que su destino no era envejecer y morir en esa condición social que con ahogo soportaba.
Cuanto más pensaba, más se embargaba de emoción ante la idea de hacerse un lugar en el entorno exclusivo de los novios. Veía a su hija bien educada, refinada en sus modales y en su manera de vestir, con todas las cualidades para convertirse en una esposa distinguida; y a su futuro yerno, bien parecido, de muy decente familia, toda una promesa como respetado marido. ¿No haría feliz semejante perspectiva a una familia que se había debatido siempre en los barrios de la clase media-baja de la sociedad?
Luego de encenderle una vela a la imagen de la Virgen de los Milagros de Caacupé y luego de rezar el padrenuestro y el avemaría, se dirigió al cuarto de la criada, despertándola sin ninguna consideración.
—Levántate, hija. Al que madruga Dios le ayuda —le dijo, mientras daba palmadas en lo alto, como para no dejar dudas de su decisión—; hoy es un día muy especial para todos nosotros. Tenemos mucha, muchísima tarea.
—Ya, ya, tía madrina... Me estás despertando más temprano. No podré rendir bien sin las horas de sueño necesarias —rezongó, Cirila, la criada, restregándose los ojos y demostrando su irritación por la interrupción inusual del descanso.
Se levantó remolonamente, obligada a obedecer a su ama. No obstante, el malhumor desapareció casi en el acto, debido a que a ella también la idea del casamiento enfebrecía, pues adoraba a Matilde desde muy pequeña. Se consideraba a sí misma como la segunda madre (a pesar de la poca edad de diferencia); y en algunos casos de pequeños conflictos familiares, se comportaba como si tuviera más derecho ella sobre Matilde que Soledad. La criada había sido recogida por los Miranda cuando quedó huérfana a la edad de cinco años, y un año después nacía Matilde. Debido a esto, la relación era casi como de hermanas (aunque una hermana mayor sin derechos, sin ningún tipo de privilegios, obligada a aceptar todas las injustas extravagancias de la pequeña), relación que terminó en un reconocimiento de los papeles y en gran afecto, corolario del largo tiempo de convivencia. Psicológicamente, Cirila había madurado más rápido que Matilde, de tal manera que ejercía una autoridad indiscutible sobre su hermana espiritual. Los seis años de diferencia parecían veinte en ciertas situaciones, cuando Matilde se veía obligada a abandonar sus reacciones de niña caprichosa y obedecer las órdenes de la criada. «¡Al baño…, al baño, Mati!... ¡Vas a tomar la sopa; de lo contrario, no hay postre!». Y el respeto nacía también del hecho de que Cirila tenía una paciencia infinita para satisfacer los antojos de Matilde (jugos, dulces a escondidas, juguetes que exigía a sus padrinos comprar para la niña, etcétera). Hasta grande, a veces, en épocas de tormentas o de fríos extremos, Matilde requería que Cirila se fuera a dormir con ella, y siempre lograba este propósito.

Con ambas mujeres bañadas (Soledad se bañaba dos veces por día “al menos en verano”, costumbre que Matilde también adoptó), perfumadas y prestas, se iniciaban los preparativos del día tan esperado: la boda de la niña mimada con el apuesto y prometedor estudiante de medicina.


000


En ese tiempo, Soledad era joven aún y, a pesar de haber parido otro hijo más, conservaba intacta su exótica y madura belleza. El tiempo, lejos de perjudicarla, fue realizando el artístico trabajo de moldear su exuberante cuerpo, hasta lograr un acabado casi perfecto. La sensualidad que despedía su ser, que emanaba de cada poro, se traslucía a través de su forma de caminar elegante, de sus gestos seductores, de sus meneos naturales, casi imperceptibles. Cuando se acomodaba el pelo o la ropa con las manos, mientras sonreía, casi siempre con un dejo de picardía, durante alguna distraída conversación, aun cuando fuera una reunión solo entre mujeres, esa cualidad suya por la cual emanaba seguridad en sí misma, la convertía en una persona atractiva y admirada, llamando la atención de las mujeres y provocando la admiración en los hombres.
A sus treinta y nueve años, rebosante de salud y con la dicha de vivir que le brindaba el equilibrio de sus emociones, podría decirse que Sola (así la llamaban sus amigas, excompañeras de colegio) era una mujer feliz, si es que la felicidad puede definirse como un estado del espíritu en que se siente una constante alegría, un cosquilleo intermitente, como consecuencia de sentirse privilegiada por la naturaleza, y ante el hecho de hallarse en la plenitud de su vida y con todo el futuro por delante: sana, lejos todavía de las vicisitudes de la pérdida de la vitalidad. Ella era una mujer activa, inquieta, diligente y capaz de dar vuelta la casa en un día de arreglo y limpieza; una mujer que cantaba en el baño y amaba las plantas. Su casa era un verdadero jardín botánico en miniatura. Conocía los nombres de todas las plantas ornamentales, y le encantaba dictar clases a sus amigas sobre las características de crecimiento y adaptación de las mismas. En fin, era una mujer que vivía como en un eterno viaje, en un crucero, donde veía a las personas como compañeras vacacionales, que estaban ahí, para pasarla bien, para disfrutar sin regateos del paso del tiempo. Quizás lo único que le hubiera faltado para que su vida fuese idílica era el amor verdadero, aunque la falta de ello tampoco afectaba su buen humor, sus ganas de vivir.

Su marido, Reinaldo Miranda, un eterno empleado de una empresa exportadora de maderas a la Argentina, déspota en el gobierno familiar, enfermo de celos y autoridad, dejaba, sin embargo, debido al tiempo que estaba obligado a otorgar a su trabajo, ciertos resquicios de libertad, que eran muy bien aprovechados por Soledad, con mucha prudencia y no menos fogosidad.

Ella no amaba a su marido (nunca lo amó), aunque sentía por él una profunda gratitud. Agradecía al destino haber recibido de él una vida cómoda (sin problemas económicos, y no como los tantos que conocía del barrio y de su misma familia), y por nada cambiaría las comodidades que le brindaba su pequeño mundo. Su marido viajaba mucho, en cierta forma era tolerante, y costaba muy poco trabajo complacer, ya que sus exigencias domésticas y sus ansias de dominio familiar se limitaban a atacar las cosas irregulares que veía, sin injusticias —a excepción de algunos castigos infligidos a su hijo—, sin ahondar mucho sobre sus movimientos en investigaciones e interrogatorios; y sus necesidades sexuales eran tan débiles, que costaba muy poco sacrificio saciar. Nunca había tenido problemas graves con él. Problemas comunes a toda pareja, sí, pero solo aquellos que surgen mientras se van acomodando los caracteres de los cónyuges. Nunca esas peleas llegaron a la falta de respeto (Él las evitaba, cedía, se callaba). Ella tenía una fe indestructible en Dios que le brindaba el equilibrio espiritual para sentirse una mujer realizada.

Reinaldo siempre se comportó como un marido responsable y sacrificado. Careciendo de fortuna, se le deben reconocer los méritos de una protección económica decorosa que siempre brindó a su familia. La casa comprada con préstamo bancario, gracias a su intachable conducta laboral y financiera; la convencional educación brindada a sus hijos, enviados a los mejores colegios privados y católicos de la ciudad; la satisfacción permanente de los caprichos vanidosos de su mujer, quien sin contemplación de ninguna laya, se ejercitaba en la gimnasia de gastar en las tiendas y peluquerías (veleidades que Reinaldo mismo incentivaba, porque su ego se satisfacía en exaltar la causa de sus celos); todos estos esfuerzos que requerían tenacidad y convicción matrimonial, eran triunfos inobjetables logrados a lo largo de su vida.

Las ropas también constituían un capricho importante de Soledad. Hizo historia en el barrio un par de vestidos acampanados, de colores claros con motas oscuras, escotados a la moda. Viéndola caminar con elegancia dentro de su vaporoso vestido, con su buen humor, su risa contagiosa, parecía como que era ella la única que no sufría del calor agobiante que asolaba la ciudad. La modista del barrio, Nadia, le cosía las ropas no exigentes; pero, ante un acontecimiento como el casamiento de su hija, recurría a otra modista más capacitada del centro. Otros atuendos que le resaltaban las hermosas caderas eran el pantalón palazzo (pata de elefante), que ella había visto lucir a Katherine Hepburn en una vieja película Historias de Filadelfia (1940), y el famoso pantalón capri de Brigitte Bardot, que le daba una imagen de turista, de extranjera desinhibida.
Usaba el pelo un poco por debajo de los hombros, y un colorete rojo fuerte que se veía desde tres cuadras. Se peinaba en la peluquería Ana que, luego, por recomendación de Soledad, pasó a llamarse peluquería Aniuska («Lo exótico siempre llama la atención», había dicho Soledad a la peluquera). Utilizaba un peinado corriente; pero, luego de ver la película La gata sobre el tejado de zinc, se quedó encantada con el pelo corto de Liz Taylor, y decidió cortarse para parecerse a ella. Esta peluquera, Ana, era una mujer feúcha, de unos treinta años, que le había desvirgado a Facundo, una siesta, en el baño de su peluquería, aprovechando que éste se había ido para cortarse el cabello. Luego fueron amantes unos seis meses, hasta que la relación se acabó por aburrimiento.
La belleza de Soledad era, sin lugar a dudas, un regalo para los ojos de su marido. Verla todos los días en la intimidad, durante la rutina del baño, acto que siempre llevaba a cabo por las noches, antes de acostarse (aunque en verano lo hacía también por las mañanas), constituía para él una de las delicias más caras de la vida matrimonial. Observar a su mujer a la salida del baño, desnuda, sin pudor, trajinando por el cuarto, hurgando en el ropero y en la cómoda, entregada al rito sensual de arreglarse y empaparse de lociones, antes de dormir o antes de salir, dejando a la vista los redondos y aún firmes senos, las caderas voluptuosas, las nalgas pronunciadas y las bien torneadas piernas, creaba un inmenso y secreto orgullo varonil en Reinaldo. Y aunque estas tentaciones casi nunca desembocaban en actos sexuales, el hecho parecía no tener importancia, ya que el sentimiento de propiedad, de ser dueño de semejante belleza, le bastaban para sentirse satisfecho, más bien como espectador que como protagonista. Además, el rostro anguloso, los ojos verdosos, la piel alabastrina, la imponente estatura (ella era más alta que su marido unos centímetros, hecho que creaba una evidente incomodidad en él, en especial cuando salían a cenar en los restaurantes del centro), cualidades que se sumaban a su cuerpo escultural, hacían de Soledad una mujer que llamaba la atención en cualquier parte, aun en aquellos lugares como los casinos y las grandes fiestas, donde es común ver a las mujeres más hermosas de una ciudad. Y de este hecho, Reinaldo era muy consciente, sabiendo que despertaba la envidia y la lascivia de no pocos hombres. En lo más profundo de sus pensamientos, se sentía afortunado (y hasta pensaba que sin merecerlo) de ser dueño de un preciado tesoro exclusivamente suyo.
Para completar la descripción del carácter vanidoso de Soledad, toda vez que la ocasión le permitía, explicaba que su apellido original era compuesto: Le Fort y no Lefort, y que por ignorancia de los escribientes del registro civil le habían asignado el actual. Esto la molestaba muchísimo, porque ella decía que su abuelo estaba emparentado con un famoso médico francés de nombre: René Le Fort.


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¿Por qué, entonces, siendo Soledad tan bella y distinguida, se había casado con un hombre insignificante, oscuro y, además, pobre?
La historia empezó cuando Soledad Lefort era muy joven, de apenas diecisiete años de edad. Luego de iniciado su debut social, asistía a cuantas fiestas se organizaban en los clubes sociales; y debido a su carácter caprichoso de hija única, fue abusando de las libertades que conquistaba gracias a sus constantes reclamos, berrinches y pataletas. En el círculo de sus amistades y conocidos, también se comportaba con absoluta imprevisión, sintiéndose la reina del barrio, como si el mundo girase a su alrededor. Hasta que, un día, tropezó con un seductor que veía a las mujeres como víctimas para aumentar el número de sus conquistas sexuales. Soledad, ante la posibilidad de vivir un amor verdadero, cayó en las garras del insensible demonio, quien la desfloró sin ningún remordimiento, se sació en ella cuantas veces quiso; y para colmo de todos los males, la abandonó, dejándola embarazada.
Aquel traspié sentimental fue un duro golpe para la familia; aunque, luego de aplacar los sentimientos de venganza por temor al escándalo, todos buscaron una solución al problema. A instancias de una tía que vivía con ellos, consideraron la posibilidad del aborto, solución que fue descartada muy rápido, debido a los sentimientos profundamente religiosos que la madre de Soledad había inculcado a la familia. Entonces, alguien con muy buen criterio ofreció la brillante idea que solucionaría el problema: desposar a Soledad con su eterno pretendiente del barrio, Reinaldo Miranda, un apagado empleado, humilde, de aspecto y modales no muy felices, con la única virtud en su haber de amar a Soledad y estar dispuesto a cualquier sacrificio por ella. La desilusionada joven, aplastada por la magnitud de su falta y sobrepuesta al susto de la proposición, luego de varios días de crisis nerviosa, de tenaces reclamos familiares que la hicieron consciente de su condición de descarriada, terminó por admitir que dicha solución era la única que podría salvar el honor de la familia y devolver a su vida el sentido de la normalidad.

Reinaldo Miranda, conocido de infancia de los Lefort desde mucho antes de las manifestaciones de la pubertad, había rondado la casa y los lugares que frecuentaba Soledad, con la pretenciosa y mal disimulada idea de ganarse el favor sentimental de la bella vecina. Siendo él doce años mayor que ella, el síndrome de Lolita que se apoderó de él cuando Soledad tenía doce, trece y catorce años, se transformó, más tarde, en un normal sentimiento de amor sincero y cortés. A lo largo de todos esos años, tuvo un estoico comportamiento, soportando todo tipo de vejámenes y humillaciones, haciéndose el desentendido ante los desdenes de la mujer amada, e insistiendo con sus ridículos regalos insinuantes.
A través de ese largo tormento de espera, el tozudo pretendiente fue testigo de los cambios que el tiempo iba operando en su inalcanzable Soledad. Conoció a cada uno de los cortejantes; y así como sufría con cada relación sentimental que ella iniciaba, gozaba cuando éstas se rompían (a veces lograba introducirse en las maquinaciones que llevaban a terminar tal o cual amorío).
Y para ir conquistando el entorno familiar de su amada, hacía todo tipo de favores en la casa: de plomero, de electricista, de jardinero y hasta de mandadero, estrategia que, por supuesto, siempre le rindió sus frutos.
En medio de todas las tempestades de la corriente existencial, Reinaldo Miranda, como un heroico marino, siguió navegando con el único objetivo de su vida: anclar en el puerto que su corazón clamaba. Casarse con la mujer que adoraba era su razón de ser, el norte de su vida. Que el azar del destino lo haya favorecido o no, carecía de importancia. El cómo y el porqué de aquel triunfo repentino no despertaban su curiosidad, ni siquiera llamaban su atención; al contrario, tanta era su sorpresa ante el sueño inalcanzable hecho realidad, que se negaba a sí mismo cualquier análisis. Pensaba, incluso, que cualquier soplo indebido podría desvanecer la mágica atmósfera que por fin lo envolvía, y le aterraba la idea de que la gran posibilidad del matrimonio fuese tan sólo una broma o, en todo caso, una locura pasajera de la familia Lefort. Así pues, la única brújula que conocía era la que señalaba el cotidiano vivir con la mujer que lo trastornaba. Compartir los momentos de intimidad y rutina, crear una familia como la sociedad manda y mostrarse orgulloso ante su círculo y ante el barrio como esposo de tan esplendorosa mujer, era un sueño que los avatares de la vida estaban por convertir en realidad.

Casi siempre resulta inexplicable para la mente cómo la suerte o la fatalidad, súbitamente, tuercen los destinos humanos; y lo difícil se vuelve fácil y viceversa. Existen personas que se sacrifican toda la vida por una meta, y mueren sin alcanzarla; otras, sin embargo, a veces sin proponérselo, logran grandes privilegios en la vida. Así, también, personas que emprenden el camino del sacrificio, de la lucha, pueden lograr sus propósitos, no como resultado de esa lucha, sino por causas fortuitas y ajenas; y otras, de llevar una vida que pareciera encaminada a la conquista de los objetivos, puede caer víctima de inesperada desgracia. En el país era conocido el caso de un comerciante que, luego de trabajar toda su vida como un burro, se hizo de un considerable patrimonio que le posibilitó la apertura de un local nocturno bailable a todo lujo y que, en el día de la inauguración (tal el destino cruel del Titanic), fue devastado por un trágico incendio que mató a treinta personas. El pobre hombre fue a dar con sus huesos a la cárcel (la salida de emergencia se había encontrado clausurada), amén de perder en las batallas judiciales su fortuna. Solo los dioses saben darnos las respuestas que impidan matarnos los unos a los otros o enloquecer ante la incongruencia y la impasibilidad con que se determinan los destinos humanos.

De esta manera, cuando el accidente de Soledad se tornó conciencia familiar, y todos los miembros, luego del análisis exhaustivo de la situación, comprendieron la gravedad y la urgencia de la restauración del honor mancillado, aceptaron sin remilgos la solución que maduró en la mente colectiva: el casamiento de Soledad con el oscuro y poco agraciado vecino, Reinaldo Miranda.

Y sin que lo supiese nunca, el insignificante empleado asumió la paternidad de la niña Matilde. La prematura fecha de nacimiento tampoco hizo dudar al padre sustituto, pues lo atribuyó a causas naturales (siempre creyó que su querida hija Matilde era sietemesina). Para ello, los padres de Soledad, en contubernio con la vieja partera del barrio, se encargaron de organizar el parto casero, negándose con firmeza a las proposiciones de Reinaldo de acceder a la asistencia sanatorial, posibilidad que le brindaba su seguro social.
La madre de Soledad, defendiendo la costumbre antigua de los nacimientos, había dicho:
—¡En el hospital público, no! Estamos más seguros en la casa. Todos sabemos el pésimo servicio que prestan esos corruptos. Yo no permitiré que mi hija sufra los maltratos de las enfermeras prepotentes e ignorantes, ni la humillación de las antesalas. Y además, corremos el riesgo de pescar alguna infección hospitalaria en ese chiquero.
Las blancas mejillas de la mujer se encendieron de indignación. Su crispación, sin embargo, no conllevaba tintes políticos ni ideológicos. Solo decía eso porque consideraba que eran los subalternos quienes caían en la tentación del comercio clandestino de los insumos y los medicamentos de los hospitales del estado. Ella siempre tuvo una buena impresión del gobierno, porque los sucios negocios licitatorios se hacían al más alto nivel, sin que la opinión pública se enterara, gracias esto a las indulgencias compradas sin rubor alguno a los periodistas especializados en cubrir este tipo de noticias. Solo de vez en cuando saltaba alguno que otro escándalo en las primeras páginas de los todopoderosos medios impresos; pero, estas campañas, más bien, se debían a rencillas entre grupos mafiosos empotrados en las cumbres del poder. Todos los dueños de periódicos, sin excepción, estaban conectados, aunque más no sea a través de la publicidad, con dueños de empresas que licitaban en los llamados de compras para el estado, por cuya razón utilizaban sus medios de prensa como armas de disuasión.
Un sanatorio privado era muy costoso, casi inaccesible para ellos en aquellos tiempos. O, en todo caso, aumentar la deuda familiar hubiese hecho realidad la onerosa opción; opción financiera suicida y descartada, por supuesto.
Resuelto así, con practicidad, el embarazo, los allegados respiraron aliviados cuando el problema fue superado con la ceremonia del matrimonio, religioso y civil; y enterrado en profundos fosos de sus memorias aquel desagradable suceso, devolvieron a Soledad la posibilidad de reiniciar su vida, sin que su reputación se viera afectada en lo más mínimo.
La experiencia ganada con aquel susto convirtió a la niña embarazada en la más prudente de las mujeres.


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Matilde tenía un hermano, Facundo, que acababa de cumplir los diecisiete años, la edad para el servicio militar obligatorio; pero él ni por Cristo deseaba hacer ese servicio. Consideraba una pérdida de tiempo ir a ponerse a las órdenes de compatriotas más ignorantes que él. Recordaba un artículo en el periódico La Tribuna sobre el caso de unos niños, que abrazaban la fe de los testigos de Jehová, y fueron expulsados de su escuela por haberse negado a saludar a la bandera de su país, ya que de acuerdo a sus creencias aquello constituía un acto de idolatría. Pero en Paraguay no se hacía mucho escándalo por esta cuestión; si eras un objetor podías comprar tu libreta del servicio militar en el mercado negro, donde te exoneraban con el argumento de algún impedimento físico o por tu calidad de hijo de sostén. Esto sucedía siete años antes que el famoso boxeador Muhammad Alí (uno de los objetores más emblemáticos de la década), en 1967, se negara a alistarse en las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos y rechazara participar en la guerra de Vietnam. Soledad le consiguió el dinero (monto correspondiente al salario mínimo de un mes), y así pudo eludir dos años de esclavitud (como lo definía él); mientras, Reinaldo, estuvo a un paso de denunciar la corrupción que posibilitó esa desobediencia civil. A toda costa quería que su hijo cumpliera con el servicio. Y no le entraba en la cabeza que un ciudadano pudiera rebelarse contra el estado. No le hubiese afectado en nada si a Facundo le apresaran para enviarlo a alguna prisión militar en los confines del chaco o en la isla-cárcel de Peña Hermosa.
—Para hacerse hombre —le dijo a su mujer—. Tú serás la responsable de que este animal nos salga torcido.
—Un día de estos me vas a hacer enojar —le respondió ella—. Tú eres el que no lo dejas en paz. Lo tratas como si no fuera hijo tuyo. ¿Cuándo vas a parar con este acoso absurdo?
—¡Eh!... Al final, yo soy el culpable de su tilinguería.
—¡Por supuesto que eres responsable de la educación de tu hijo! Pero…, no quiero hablar más del tema. ¡Me enferma! —Soledad se mandó mudar. Con su hijo era una leona. Se liaría en una pelea con cualquiera.

Lo cierto es que, Facundo, ya libre de este compromiso social, continuó con su vida disipada. Ante la falta de horizonte existencial, carente de meta, el aburrimiento era la tortura diaria que debía combatir. Su madre y su hermana Matilde eran las únicas personas que no perdían nunca la paciencia con él.
La improvisación está a un nivel muy bajo en comparación con las ideas elaboradas con seriedad y esfuerzo. (Nietzsche)

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Re: Novela: El amor en los años sesenta (PP1,PP2...PP5)

por R. M. Alemán » Mié, 15 May 2019 20:30

La narración es magnifica. (Soy más condensada, ji, ¿o jo? -sonrisa-) Y muy de la época, sí. Sigue fiel en su equilibrio, a que sepamos de cada uno de sus componentes. No sé si por ellas, las mujeres, me vino a la mente el concepto "muñecas rusas". Me esta resultando como lo seriales de mi época: "Falcón Crest, Dinastía,... les esperaba como agua de mayo, no me perdía uno... Un gusto, Óscar. Abrazo
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Re: Novela: El amor en los años sesenta (PP1,PP2...PP5)

por Ana García » Vie, 17 May 2019 20:36

Me gusta la fluidez del relato, la descripción de los pantalones ha estado muy bien y has contado los cuatro puntos interesantes de la historia familiar, Eso no hace llegar a la boda con conocimiento de la saga familiar y de cómo se lo montan.
Si te apetece puedes mirar este apunte:

Con ambas mujeres bañadas (Soledad se bañaba dos veces por día “al menos en verano”, costumbre que Matilde también adoptó), perfumadas y prestas, se iniciaban los preparativos del día tan esperado: la boda de la niña mimada con el apuesto y prometedor estudiante de medicina.

Verla todos los días en la intimidad, durante la rutina del baño, acto que siempre llevaba a cabo por las noches, antes de acostarse (aunque en verano lo hacía también por las mañanas),

Yo creo que lo del baño es una repetición y, además algo contradictorio: o se baña todos los días dos veces o solo lo hace en verano.

Como ves, son cosas que no tienen mucha importancia, pero que yo las veo.
Ya me dirás.
Un abrazo, como tú dices, de amistad.
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Re: Novela: El amor en los años sesenta (PP1,PP2...PP5)

por Óscar Distéfano » Vie, 17 May 2019 21:45

R. M. Alemán escribió:La narración es magnifica. (Soy más condensada, ji, ¿ojo? -sonrisa-) Y muy de la época, sí. Sigue fiel en su equilibrio, a que sepamos de cada uno de sus componentes. No sé si por ellas, las mujeres, me vino a la mente el concepto "muñecas rusas". Me esta resultando como lo seriales de mi época: "Falcón Crest, Dinastía,... les esperaba como agua de mayo, no me perdía uno... Un gusto, Óscar. Abrazo



Gracias, amiga. Es muy importante para mí tu comentario. Me brinda fuerzas para seguir con este relato, cuya congruencia es el más fuerte reto.

Un abrazo grande.
Óscar
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Re: Novela: El amor en los años sesenta (PP1,PP2...PP5)

por Óscar Distéfano » Vie, 17 May 2019 21:49

Ana García escribió:Me gusta la fluidez del relato, la descripción de los pantalones ha estado muy bien y has contado los cuatro puntos interesantes de la historia familiar, Eso no hace llegar a la boda con conocimiento de la saga familiar y de cómo se lo montan.
Si te apetece puedes mirar este apunte:

Con ambas mujeres bañadas (Soledad se bañaba dos veces por día “al menos en verano”, costumbre que Matilde también adoptó), perfumadas y prestas, se iniciaban los preparativos del día tan esperado: la boda de la niña mimada con el apuesto y prometedor estudiante de medicina.

Verla todos los días en la intimidad, durante la rutina del baño, acto que siempre llevaba a cabo por las noches, antes de acostarse (aunque en verano lo hacía también por las mañanas),

Yo creo que lo del baño es una repetición y, además algo contradictorio: o se baña todos los días dos veces o solo lo hace en verano.

Como ves, son cosas que no tienen mucha importancia, pero que yo las veo.
Ya me dirás.
Un abrazo, como tú dices, de amistad.



Antes que nada, debo agradecerte tu participación en este posteo. Tú sabes lo sufrido que es crear en soledad. Quiero decirte que cualquier observación que me hagas lo tomaré con mucha responsabilidad. Este detalle del baño es así como lo dices. Luego de meditarlo puedo decirte que tienes razón. Me abocaré a la tarea de hacer las correcciones necesarias. Mil gracias, de nuevo.

Un abrazo.
Óscar
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Re: Novela: El amor en los años sesenta (PP1,PP2...PP5)

por Óscar Distéfano » Dom, 02 Jun 2019 14:17

Capítulo 6 PP


Matilde, la siempre bienhumorada Matilde, la bella del barrio, admirada y adulada por los vecinos desde muy pequeña, la ahora reina de Carlos, se levantó a la media mañana, cuando las exigencias de la limpieza invadieron sus dominios. Sin embargo, lo hizo sin quejarse, pues había dormido con un sueño profundo y reparador, para despertarse con los pensamientos danzando alrededor de la idea del casamiento. Era dueña de un carácter muy animado, con una alegría de vivir inmensa, una simpatía natural que le hacía regalar sonrisas a todo el mundo, una forma simple de ver las cosas, que le guardaba de no complicarse con preocupaciones absurdas del infierno adulto. Pero todos sus allegados sabían que no podía abusarse de su bondad porque, cuando le clavaban con alguna malquerencia, se defendía atacando con uñas, golpes y alaridos. La bella novia despedía por todos los poros el ansia de vivir y la energía vital que nace de la juventud y de la belleza.
Para no ser perfecta, debido a estas sobreprotecciones recibidas, se volvió una joven caprichosa y con inclinaciones un tanto tiránicas (influyó también el ejemplo de Reinaldo), por no decir sádicas. Los chicos eran, en mayor grado, las víctimas de sus pequeñas crueldades. Una vez, cuando tenía trece años —la edad en que se estaba despidiendo de la niñez—, luego de una copiosa lluvia nocturna que cubrió el empedrado con arena lavada, organizó un concurso que consistía en hacer castillos de arena con sus murallas. Estaban unos cinco chicos de su edad, dos de ellos a punto de cumplir los catorce, todos acuciados ya por los escarceos del instinto.
—Al que haga el castillo más lindo, el que más me guste, le permitiré que me dé un beso —dijo con su mejor sonrisa seductora.
Todos aceptaron encantados, y se pusieron manos a la obra con febril voluntad. La emocionante actividad duró más de media hora, hasta que ella, dominada por su diablo burlón, les dijo:
—¡Tontos! —luego de girar, encaminarse hacia su casa, riéndose a carcajadas.

Ni siquiera a su madre permitía el avasallamiento de su privacidad. Era una tigresa en celo para defender su territorio íntimo. A veces, cuando alguna de sus primas, queriendo conocer sus códigos de vida, sus aventuras amorosas, sus preferencias musicales, tocaba algún cuaderno suyo o abría el cajón de la mesita de luz donde guardaba su diario, Matilde reaccionaba hasta con grosería, sin importarle que el intento de profanación fuese hecho por alguien con quien un minuto antes estaba riendo amistosamente. Ni el poder de su padre lograba traspasar los límites territoriales que ella había creado. Era reacia a aceptar consejos, y tapaba sus oídos si pretendían cambiarle algunos de sus principios modernos. Y si la insistencia iba más allá de una recomendación suave, se volvía terca hasta la exasperación, capaz de sostener que el blanco era negro. A pesar de sus juveniles años, había logrado hacerse de una personalidad enérgica, sabiendo ya qué cosas quería de la vida y qué sueños anhelaba del futuro.
Sus ropas de entrecasa consistían en prendas muy livianas y escasas (a veces culotes de seda). Y la costumbre de andar descalza y con los largos cabellos despeinados, contribuían a darle un aire de libertad y rebeldía. La sensualidad que emanaba de su cuerpo cuando, por ejemplo, ayudaba a su madre en las tareas del jardín (en short apretado y blusa corta), volvía loco a alguno de los jóvenes que pasaba frente a la verja de calle.
La inminencia de su casamiento no producía en ella un cambio de sus hábitos, ni de su conducta en general, como suele suceder con muchas mujeres (y por qué no, con hombres también) que, varios días o meses antes de la boda, sienten malestares, inapetencia, vómitos, a raíz de los destrozados nervios ocasionados por la tensión. Para Matilde el matrimonio no carecía de importancia (desde luego, había sido criada para eso), aunque tampoco lo consideraba como un hecho determinante para la vida de una mujer. Leía en las revistas cómo la «nueva mujer» mostraba un aire de libertad, autosuficiencia y gran autoestima. Es más, odiaba esa forma escandalosa en que algunas mujeres veneraban esa institución, que esperaban con ansiedad llegar a esa instancia; y si por los avatares del destino, no se les daba, se sentían discriminadas por la voluntad del cielo, maldecían sus malas suertes, y asumían el hecho como el gran fracaso de sus vidas. Las solteronas («¡Ay la tía Chimina, la pobrecita, se ha quedado soltera!») constituían una raza aparte, y eran miradas como sospechosas de lesbianismo, o tildadas de poseer agrias o asexuales naturalezas; aunque, hubo casos en el país, de mujeres que se enamoraron de hombres casados y vivieron como amantes clandestinas durante toda su vida sexualmente activa.
A Matilde le entusiasmaba la idea del casamiento, de convertirse en madre, y le animaba ese paso a una nueva etapa que se le ofrecía por delante, donde ella aprendería a ejercer su madurez, a trazar su propio rumbo en la ruta de la navegación existencial; pero no se moría de ansiedad por alcanzarlo, ni sentía miedo de no alcanzarlo, ni rogaba para que la boda se realizase según el plan de la familia. Ella se dejaba llevar por los acontecimientos, y quemaría esa etapa con serenidad, sin considerar que Carlos la estaba haciendo un favor casándose con ella (como pensaban las viejas matronas del país). En este sentido, agradecía a su madre por haberla inculcado el bienestar espiritual que brinda la conciencia de sentirse «humildemente» bella, y la seguridad en sí misma. Ella rechazaba el concepto generalizado de la sociedad de que los veinte años era una edad límite para casarse. Más aún, como la edad para entrar en la mayoría de edad era, según la ley, de veintidós años, se tenía el perverso criterio de que casarse, por ejemplo, a los veintiún años (edad en que ella se casaría), se consideraba un enlace tardío, una suerte del destino, ya que casarse siendo mayor de edad admitía la fuerte sospecha de tratarse de un matrimonio a la desesperada, a los apurones, mirado por la sociedad con antipatía, con suspicacia; es decir, trasmitía la idea de un casamiento por conveniencia, carente del sentimiento del verdadero amor. La edad ideal para casarse se consideraba de diecisiete a diecinueve años para la mujer, mientras que para el hombre de veinticinco a treinta años.


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—Si tú amas a un hombre y ese hombre no te quiere, hija, no tienes que preocuparte nunca —le decía su madre—. Él es el único que pierde. La vida siempre te da una revancha. —Esta seguridad en sí misma no era simple retórica; era una convicción sostenida por su belleza y fuerte personalidad (ella no murió de amor por el padre biológico de Matilde, a quien, a pesar de seguir amándolo, lo rechazó en varias ocasiones luego de haber roto con él).
Matilde estaba muy enamorada de su Carlos (ciega, sorda y muda) y se sentía segura con respecto a los sentimientos de él. No existían motivos para dudar de que las cosas no fuesen a terminar «colorín colorado». ¿Acaso no era, entonces, lo más sensato dejar que el río corriese con normalidad sus cálidas aguas? ¿Por qué martirizarse en imaginar cadalsos y hogueras? ¿No resulta saludable y humano sentirse optimista y soñar siempre entre sábanas de seda y con su príncipe azul a su lado?

Soledad, en cambio, se preocupaba hasta de la despreocupación de su hija. La tensión nerviosa que se inició unos largos meses atrás con el cambio de alianzas, manifestada en unos dolores de espalda que requerían diarios masajes por parte de su marido, alcanzó en esos días su punto álgido, cuando una terrible jaqueca la tuvo a maltraer. El casamiento de su hija, para nada se comparaba con aquel desacierto suyo, llevado a cabo a los apurones, donde no tuvo el tiempo necesario (con el embarazo encima) para vivir y disfrutar de los preparativos de una boda.
—Es como si mamá fuese la novia —comentó Matilde a su padre, mientras reían ambos de las idas y venidas de Soledad.
—Ni en su propia boda la he visto tan nerviosa —comentó Reinaldo.

Para Matilde lo importante era lo que vendría después y no lo que fuese a suceder la noche de bodas. ¿Qué era la ceremonia, después de todo? Nada más que el clarín anunciador de la batalla. El sacrificio que se hace por los amigos y parientes, para que a nadie se le ocurra ningún tipo de blasfemia o deseos de llamar a los pájaros de mal agüero.
Una de las victorias efectivas que le brindaría el casamiento sería su independencia del yugo paterno. De toda su vida filial, principalmente de los últimos cinco años, le quedaban bastantes recuerdos amargos (exagerando un poco, por parte de ella). La autoridad paterna, que no se manifestaba con la misma severidad que con su hermano Facundo, tuvo, sin embargo, un recrudecimiento debido a la edad que le tocaba vivir a Matilde. En toda su pubertad y adolescencia, ella soportó deseos doblegados, diversiones frustradas y castigos injustos, que la llevaron a sostener heroicas luchas internas para mantener por su padre la simpatía incondicional que sintió a lo largo de toda su niñez. A pesar de compartir los principios de la decencia cristiana, fruto de la cerrada educación religiosa recibida, en varias ocasiones llegó a rebelarse contra algunas imposiciones de su padre que le parecieron ridículas y exageradas. Comparándose a sí misma con los otros jóvenes de su edad, se había visto marginada con injusticia de esas distracciones sanas de las cuales la mayoría gozaba; y no pocas veces, un sábado a la noche, quedó derramando lágrimas a mares en la soledad de su cuarto.
Una vez casada, ya no soportaría ese celo enfermizo, esa desconfianza agria que demostró por todos los jóvenes que se le habían acercado hasta que llegó Carlos a su vida. Sabía que las nuevas circunstancias le ofrecerían grandes facilidades para alcanzar la dicha necesaria. No sentía ni una pizca de rencor por su padre, al contrario de su hermano quien, a la vista de todos, detestaba a su progenitor; pero, tantos años de intransigencia, de mostrar una odiosa frialdad, de no ceder ni ante los clamores más sagrados de una joven, se había acumulado en ella una cierta reticencia al cariño. Ya no corría a sus brazos cuando éste regresaba del trabajo, ya no festejaba con risas sus ridículos chistes, ya no se consideraba la «hija mimada de papá».

Cuando niña había desarrollado un fuerte complejo de Electra, una rivalidad con su madre a raíz de que Soledad se sentaba en las rodillas de Reinado a pedido de éste, y Matilde rechazaba mirar esas escenas, tal es así que a la edad de seis años, llegó a decir a su madre «voy casarme con él». El mismo Reinaldo tuvo que hacer un doloroso esfuerzo para eliminar de su hija esa fijación afectiva (por esta razón habíamos dicho que Matilde exageraba un poco con sus quejas).

No recordaba haber besado a su padre en forma espontánea desde hacía mucho tiempo. Sólo lo besaba en las fechas festivas de la familia, donde el beso en la mejilla era una obligación. En los últimos años, su padre había dejado de ser su ídolo indiscutible (pudo ver algunos vicios de autoridad en él). Pero, por suerte para ella, apareció otro admirable hombre en quien depositar sus muestras de cariño, de ternura, que rebozaba de su corazón.


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No quiero dejar de narrar un hecho significativo como parte de esta historia. El 16 de noviembre de1959 [Carlos recordaba bien esta fecha, porque fue dos días después del espantoso crimen de la familia Clutter en Kansas (EEUU),que todas las emisoras no se cansaban de comentar, historia que se convertiría unos años más tarde en la famosa novela A sangre fría], faltando menos de cuatro meses para la boda, un lunes, día en que Carlos no concurría a la casa de Matilde, se le ocurrió ir a visitarla, quería verla, la extrañaba; y, al doblar la esquina ya llegando a la casa, se topó con el Mercedes del ex, estacionado frente al portón, y vio a ambos charlando, claro que a uno y otro lado del portón, pero a Carlos le cayó como un balde de agua caliente sobre la cabeza presenciar esa escena. Sintió una ira furibunda que no pudo contener. Se bajó de su auto, cerrando la puerta con un portazo que hizo temblar a Matilde.
—¡Matilde! ¿Qué hace este hombre aquí? —Ella se puso pálida. Su mirada era suplicante.
—Te voy a explicar, mi amor… por favor, no te pongas así…
—¿No me dijiste, acaso, que le habías dicho para que no te moleste más, y que me querías a mí?
—Sí, claro que sí, y eso le estaba diciendo de nuevo —decía Matilde, a punto de desmayarse.
—Bueno, pues dile por tercera vez, aquí, ahora, frente a mí, y sin pronunciar su nombre… ¡Vamos!
Matilde, ya con lágrimas en los ojos, no sabemos si por la humillación o porque nunca la habían tratado con tan severa determinación (los ojos de Carlos despedían odio, rencor, ira, ganas de matar).
—Ya te dije que no me molestes más —dijo, dirigiéndose al tipo—. Yo amo a este hombre —señalando a Carlos— y voy a casarme con él.
Ahí, Carlos, se abalanzó sobre el tipo, lo empujó hacia su auto, mientras le gritaba en tono desmedido:
—¿Ya oíste, imbécil?... ¡Desaparece de acá, maldito pelotudo! ¡Si te vuelvo a encontrar por este barrio, te voy a meter un plomo en la sien!
El tipo desapareció para siempre. Jamás Carlos supo más nada de él.
—Mira lo que has hecho. ¿Quieres que me vaya? ¿Quieres deshacer el compromiso? ¿Qué es lo que quieres. —Carlos hizo un amague como que iba a marcharse. De un salto, ella se puso frente a él, le tomó de la cintura, le besó en el pecho, mientras le imploraba:
—No, no, mi amor. No te irás a ningún lado. Tu lugar es acá, a mi lado. Te juro que me tomó desprevenida. Perdóname. Te puedo explicar todo.
—Vamos a la sala a hablar —dijo él con seriedad—. Había un poco de teatralidad en su comportamiento, aunque lo hacía de adrede: necesitaba poner punto final a ese asunto, crear el máximo susto posible en ella, no dejar dudas de que cualquier cosa se podía negociar entre ellos, pero nunca la infidelidad.
—Llegó de improviso —empezó a explicar Matilde, mientras se sentaba en el mismo sofá que Carlos—. Yo estaba regando el jardín. Cuando me percaté, ya se había bajado del auto acercándose al portón.
—¿Cuánto tiempo tardaste hablando con él?
—Déjame que te siga contando, y tú mismo te darás cuenta de cuánto tiempo estuvo frente a mí —Matilde estaba muy nerviosa. Se sentía como la sospechosa de un crimen que no había cometido.

—¿Qué haces aquí? —le había dicho yo.
—Es que necesito hablarte de algo serio —me había respondido él.
—No, no tenemos nada de qué hablar. Ya te dije que no me molestes más; y, además, ahora estoy comprometida. Voy a casarme con Carlos.
—De eso quería hablarte. Por favor, no te cases; cásate conmigo.

Y cuando me estaba diciendo que no creía en mi relación contigo, porque era muy nueva, y que él siempre me quiso, y bla, bla, bla…, llegaste tú. Eso fue todo lo que pasó. Te lo juro —le aseguró Matilde, mientras se cruzaba los dos dedos meñiques.
—¿Eso fue todo?
—Sí, mi vida. Eso fue todo.
—Pues, ahora júrame que nunca más me harás pasar estos malos ratos.
—Te juro, te juro —decía Matilde, sin dejar de cruzarse los dedos.
A partir de ese incidente con el ex, Matilde sintió que su admiración por Carlos se había triplicado. Ella interpretó la reacción de él como el espejo de su sentimiento; es decir, que esa locura pasajera era locura de amor por ella. Le sorprendió; jamás se imaginó que un hombre la amaría así con tanta convicción y vehemencia. Entonces, esa demostración de infinito amor (capaz de matar por ella), espantaron a los últimos diablillos que trataban de impedir que ella se abandonase con todo su ser a ese amor que le había nacido por gracia del destino. Su dicha fue completa a partir de entonces. Era la dicha necesaria para llevar a cabo un enlace conyugal. Ahora, sí, estaba más que segura de haber encontrado al amor de su vida, a su príncipe azul.
Y por otro lado, la demostración constante del amor de Matilde, hizo aumentar cada día en Carlos esa embriaguez que sintió desde el primer momento en que la conoció (a su princesa, su reina, su diosa).


000


—Mi amor, ¿quieres ir al cine mañana? —le dijo Carlos a Matilde. Era un sábado.
—Sí, sí —respondió ella—. Invitemos a Carol y Ramiro.
—Bien. Yo me encargo. Ahora que ya no hace tanto calor, iremos a la siesta (Carlos ya disponía de su auto. Era un Peugeot 403 con carrocería tipo Berlina, modelo 1955, que había sido importado de Francia).
—¿Sabes qué película están pasando?
—En el cine Victoria podremos ver Lo que el viento se llevó y Cantando bajo la lluvia.
—Lo que el viento se llevó ya la he visto dos veces; pero, no importa, me encanta, quiero volver a verla —dijo Matilde, entusiasmada.

Sonaba en la radio Ansiedad, en castellano, en la peculiar versión de Nat King Cole, quien pronunciaba con mucho esfuerzo el castellano; aunque, ese mismo detalle le daba su magia.
—Me encanta ese cantante —comentó Matilde. A nuestros hijos les haré estudiar piano. A mí no se me ha dado.
Ella había escuchado mucha música desde muy joven. Su padre le regaló el primer tocadiscos del barrio, y cada dos o tres semanas le compraba un long play de los artistas que ella elegía. En cuanto a literatura, leyó bastantes novelas clásicas románticas. Sus preferidas eran Ana Karenina , Orgullo y Prejuicio, Cumbres borrascosas, aunque también leía novelas rosas, casi todas de Corín Tellado (desaconsejadas por las monjas debido a su exagerado romanticismo). Tenía una necesidad compulsiva de leer antes de dormir (por lo menos tres o cuatro páginas). Pero estas lecturas, más bien, le servían como pasatiempo, para la distracción; por eso, cuando terminaba de leer una historia, antes que cayera en el aburrimiento, volvía a empezar otra. No leía para ganarse el podio de la intelectualidad.

A Carlos, sin embargo, no le volvía loco la música (siempre pensaba en el problema de su madre). Era duro para el ritmo. No tenía oído musical. No podía afinar ni Cumpleaños feliz. Su mente estaba puesta en el estudio. Jugaba bien al ajedrez. Leía muy poca literatura clásica. Dos o tres libros habrá leído en su adolescencia, exigido por su profesor de literatura: El conde de Montecristo, dos o tres novelas de Julio Verne, El tesoro del presidente de Paraguay de Emilio Salgari, una curiosa novela que muestra una visión favorable de Paraguay y de Francisco Solano López, algo raro en la Europa de entonces, ya que la historia siempre la cuentan los vencedores. Más bien se inclinaba por los periódicos, libros de medicina, el Reader's Digest de punta a punta, algunas novelas de vaqueros de Marcial Lafuente Estefanía, o de detectives…Lo que sí le encantaban eran las novelas y películas de gánsteres de la época de Al Capone.

En el cine, ese lugar semioscuro donde las personas logran desprenderse de la constante «mirada de Dios», se produjo lo que revelaría la gran diferencia que existía en sus idiosincrasias, el choque de dos mundos opuestos (no necesariamente irreconciliables) que, quizás, se hace necesario para experimentar el éxtasis y el martirio de la existencia: el idealismo y el realismo. Antes de continuar deseo repetir hasta el cansancio que Matilde y Carlos sentían un amor sincero y profundo entre ellos. Por favor: que no quede dudas de esto. He dicho «idealismo contra realismo»; pero, más bien, lo que deseo expresar es «romanticismo y su opuesto». Muy a pesar mío, no he hallado una palabra que defina el antirromanticismo (de que no es el realismo estoy más que seguro).
Lo cierto y lo concreto es lo que ha sucedido en el cine. Carol y Ramiro se sentaron a una distancia que preservaba la intimidad de ambas parejas (con inteligencia); y, así fue, que Matilde y Carlos se hallaron sentados en un lugar muy íntimo, muy propicio a desentenderse de las películas que estaban pasando, para dedicarse a saciar las exaltaciones de la pasión que los desbordaba.
Es raro pero comprensible: Matilde se dejaba llevar por la pasión, le encantaba abandonarse a los besos, a las caricias de Carlos. Podría estar horas besándose con él, acariciándole el rostro, los cabellos, besándole el cuello, entrelazando sus manos con las suyas, dejando que él le susurrara al oído frases que no entendía porque la piel de gallina se apoderaba de todo su cuerpo; pero, pero…, cuando Carlos pensaba que ese estado de casi trance le permitía el acceso a zonas erógenas explícitamente sexuales, Matilde bloqueaba toda intromisión. Nada de pretender palparle los senos o meter la mano entre las piernas, o sobre la piel desnuda debajo de la blusa. Aparecía una línea roja que Carlos no podía pasar. Era como si Matilde repitiese lo que sucedía en el filme: besos, besos y más besos, y nada más que besos. Lo que le sucedía ¡era todo tan intenso, tan excitante y tan difícil de entender! Era increíble, después de todo, la fortaleza de su conducta para sostener sus principios éticos. Mucho después, cuando Carlos, luego de forcejeos inútiles, se había rendido a la evidencia de la compostura que se le permitía tener, admiró aún más a su futura mujer, y se sintió feliz ante la conciencia de que se casaría con una mujer virgen. Lo que Carlos ni imaginaba era el esfuerzo que podría costarle convencer a Matilde de que su visión sobre el erotismo era el verdadero camino que debía transitar el futuro matrimonio. Se tranquilizó. Pensó que le sería muy fácil llevar a su novia, una vez casados, a los territorios de su propia concepción sobre la experiencia sexual.


000
E

Matilde estaba convencida de que su enamoramiento surgió de un «amor a primera vista»; pero ese día en el cine, sintió como que a Carlos le movía un encaprichamiento por hurgar en su intimidad; y sintió un miedo repentino de que el sentimiento de él no fuera sino una mera atracción física, un deseo de tenerla como objeto de exhibición, tal como había sucedido con su pareja anterior. «¿Qué quiere de mí: un amor duradero o una aventura amorosa? ¿En verdad me ama, o cree que me ama?» Ella buscaba un compromiso a largo plazo, un amor permanente, perseverante, a prueba de las locas tentaciones del instinto. Lo que menos deseaba en el mundo era que Carlos confundiera el deseo sexual con el sentimiento del amor.
No se podía negar que había una atracción fuerte entre ellos, una «química del amor», un interés potente que experimentaba el uno por el otro, las ganas que tenían de abrazarse y besarse, el afecto que se demostraban. Sin embargo, luego de la experiencia pasada en el cine, Matilde, cada vez que Carlos se acercaba a ella más de lo habitual, con intenciones eróticas, sentía una mezcla de turbación, nerviosismo y excitación, agradable por cierto, pero al mismo tiempo incómoda.
Pero, luego de dos meses, cuanto más avanzaba el noviazgo, Matilde se tranquilizó, el vínculo fue creciendo, se hizo más fuerte, compartían pensamientos y sentimientos (pequeños secretos) que no compartían con nadie más, crecía la complicidad entre ellos. Ella experimentaba esa sensación de intimidad que la hacía sentirse apoyada, cuidada, y la confianza iba convirtiéndose en un componente esencial de la relación. Matilde solo quería seguir al lado de él; y, a pesar de aquella confusa diferencia sentimental en el cine, y de ciertas rencillas propias de toda pareja, no admitía su futuro lejos de ese hombre a quien consideraba un regalo del destino. Tenía absoluta fe de que su matrimonio sería dichoso.
Última edición por Óscar Distéfano el Sab, 22 Jun 2019 13:37, editado 1 vez en total
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Re: Novela: El amor en los años sesenta (PP1,PP2...PP7)

por Óscar Distéfano » Sab, 22 Jun 2019 13:33

Capítulo 7 pp

Aun en el día de su boda, Carlos seguía sosteniendo con Catalina, su madre, la pugna porque no era tratado por ella como hombre de hecho y de derecho, en las puertas de emprender el camino hacia la vida matrimonial. Le costó mucho sacrificio llegar a la decisión de luchar contra su madre por ganarse su independencia, romper las cadenas que lo ataban a ella desde que tuvo uso de razón.
.
Durante los diez meses que trascurrieron desde que conoció a la familia Miranda, se fue acumulando gota a gota en la percepción de Catalina, la idea de que el matrimonio no le convenía a su hijo. Muchos factores justificaban su desacuerdo. Si bien carecía ya de la patria potestad para imponer su voluntad, buscó en cada ocasión que se le presentaba persuadir a su hijo de desistir de sus planes. Después de unos meses de oposición violenta a la idea del matrimonio (con ofensas de todo tipo, irrepetibles por su impiedad), la tenaz madre cambió de táctica al ver cuán inútiles habían resultado sus insistentes agresiones. El hecho de ver a su hijo más decidido que nunca, suavizó sus métodos de coacción —aunque sin abandonarlos—, buscando hasta el último día convencerlo de que el matrimonio no le convenía en absoluto, que le haría trastabillar en sus estudios, para convertirse en causa de una segura desdicha (y una carga económica extra para ella). Pero lo que en verdad aterraba a Catalina era el hecho de que Carlos se marcharía lejos de su vida. Sin rubor alguno, demostraba su predilección por él frente a Hugo. La buena de Manuela siempre había condenado esa injusticia afectiva, y trataba por todos los medios a su alcance de equilibrar el desamparo maternal que sufría el hermano menor. Existían diferencias determinantes en los comportamientos de los hermanos. Hugo era más reacio al contacto físico con su madre; y, Carlos, por el contrario, la abrazaba y la besaba casi todos los días, le gustaba acostarse con ella en la cama matrimonial, ocupando el lugar que había sido de su padre, charlando horas con ella, a veces tomados de las manos, a veces abrazados, y en más de una ocasión quedándose a dormir a su lado, en los días de tormentas cuando ella se quejaba de sentir miedo.
—Carlos, hijo, aún estás a tiempo para retroceder. No debes preocuparte por el qué dirán; puedes desentenderte del compromiso. No pienses que la gravedad de los preparativos o la ofensa que pueda significar para la familia de la muchacha, sea un motivo suficiente para no dar marcha atrás. —La viuda se entusiasmó con la idea de creer que su hijo podría encontrarse obligado a casarse por haber dado su palabra—. ¿Cuántos casos no conocemos de hombres que han dado media vuelta en el mismo atrio? El posible escándalo que se podría crear con tu retractación, no debe ser jamás un impedimento; y para apaciguar el bochorno, es mejor que desistas antes de que la novia se vista y llegue a la iglesia. Tu felicidad, tu futuro son más importantes que todo eso. Mañana, cuando las cosas se enfríen, agradecerás al cielo haber tomado la correcta decisión… ¡Por favor, hijo! Prométeme, al menos, que reflexionarás, que pensarás al respecto en estas últimas horas que te quedan de hombre soltero.

Se encontraban sentados a la mesa para el almuerzo, en compañía de Hugo, que con sus quince años no mostraba el menor interés por la conversación, y la criada Manuela, que luego de servir con experimentados movimientos la sopa de entrada, se situó en una esquina con su espartana postura, a la espera de las órdenes para seguir sirviendo lo que la señora le ordenara. Había llegado la fecha aciaga para Catalina: 9 de abril de 1960.
—¡Mamá…! ¡Mamá!... ¿Cuántas veces tengo que decírtelo? Ya lo he pensado infinitas veces. ¡Amo a Matilde! Estoy enamorado de ella, y esta noche será mi esposa. Y hoy, a las tres de la tarde, iremos a confesarnos con el padre Giménez. Tú deberías acompañarnos y confesarte también, así como lo hará Soledad.
—¡Pero si eres tan joven! ¿No te das cuenta del terrible error que cometerás? —insistía Catalina. ¿Era amor a su hijo o miedo a la soledad? Carlos, a diferencia de Hugo, siempre había tenido mucha paciencia con su madre. Tenía la costumbre de tratarla como a una niña a quien, en broma, se la incentiva en su capricho—. No estás preparado ni emocional ni económicamente para tamaño compromiso (era como si le pareciera exiguo el patrimonio que ya le había entregado a su hijo).
Siempre sostuvo repetidamente lo que habían acordado aquella noche de la entrega de alianza (y nadie discutiría su decisión), que la herencia correspondiente a los bienes de ella, se la repartirían ambos hermanos después de su propia muerte. Ante esta realidad veía que la herencia de Carlos, recibida de su padre, apenas le alcanzaría para comprarse una casa; o, en último caso, para financiar sus estudios y su establecimiento posterior, teniendo en cuenta que esos dos años que le faltaban para terminar sus estudios, significaban apenas el comienzo de su carrera, ya que la práctica y la especialización le llevarían como mínimo otros tres años (aunque con la paga por parte del estado).
—¿Qué estás diciendo, mamá? Todos sabemos que el casamiento no depende de esas cosas sino del amor. ¿En qué siglo estás viviendo? ¿Cuántas personas que se han casado ya mayores, han fracasado estrepitosamente? ¿Y cuántas han logrado ser felices casándose en plena juventud? En cuanto al dinero, ya me las arreglaré —dijo esto, adoptando un tono que contrastaba con la expresión dura de su rostro. Carlos sabía que su parte de la herencia, materializada en más bienes que en dinero contante, le daría la razón a su madre más temprano que tarde. De igual manera, como todo joven que cree en la rueda de la fortuna, remató—: me las arreglaré, si tú no quieres ayudarme.
—Siempre dijiste que te casarías después de los treinta —seguía reclamando Catalina.
—Cuando dije eso no conocía a Matilde. Hoy me retracto decididamente.
—Eres ingrato —se quejó amargamente la porfiada señora, apretándose la cabeza. Era su arma favorita: hacerse la víctima; aunque, en este caso, de nada ya le serviría. Cuando alguna situación la sobrepasaba, invariablemente se enfermaba, apelando a su eterno problema arterial. Pero, esta vez, Carlos se mostraba dispuesto a asumir la responsabilidad ante cualquier posible desgracia. Si su madre tenía que recibir un ataque de apoplejía porque él se casara, lo asumiría y no postergaría su casamiento sino el tiempo estrictamente necesario para atenderla. No evidenciaba el menor atisbo de alarma.
—Siempre quisimos, tu padre y yo —dijo Catalina, como un argumento más, sacando a relucir la memoria del finado—, lo mejor para ti. Nos hemos sacrificado para brindarte la mejor educación; nos esforzamos para que no te falte nada, a diferencia de la mayoría de los niños del barrio; y mira la forma en que nos pagas. Ahora, ella es quien recibirá todos los beneficios, los frutos del árbol que con tanto amor planté y cuidé.
—«Ella» se llama Matilde, mamá… No es bueno que pienses de esa manera. ¿No estás siendo un tanto egoísta? Yo sólo quiero ser feliz. No creo que casarme signifique ir a la guerra a morir... Viviremos en la misma ciudad, estaremos siempre juntos.
—No es lo mismo. Te alejarás de nosotros. Te llenarás de excusas para no visitarnos; y, cuando vengan los hijos, estarás definitivamente en otro mundo.
—No seas drástica, mamá. Será todo lo contrario. Te visitaremos cada fin de semana. ¿Por qué te empeñas en hacerme sentir mal? Hoy es un día muy importante en mi vida… ¡Vamos, mamá, no opaques este gran momento… ¿Acaso no estuviste también tú enamorada?

Manuela (había soportado con estoicismo durante meses este tipo de charla) seguía atendiendo la mesa, impertérrita como siempre. Aunque sentía afecto y respeto (más aún por la condición de futuro médico) por Carlos, jamás osaba asumir posturas en las esgrimas verbales de la familia. Sabía que, tarde o temprano, ellos arreglaban sus diferencias, «y queda una después mal con Dios y con el diablo». Por esta razón, como una sordomuda, daba a entender que no eran de su incumbencia ni el reclamo agresivo de Catalina ni la postura firme de Carlos. No mostraba ni siquiera un interés teatral por cuanto sucedía. Ella existía solamente para servir, atendiendo que nada faltase, que su ama no reprochara su conducta, que nadie tuviese que estirar demasiado el brazo para alcanzar alguna panera o fuente de la mesa. Su única predilección, «su hijo», era Hugo.

Hugo, al igual que Manuela, tampoco seguía el hilo de la conversación. En su fuero interno, gracias a lo escuchado intermitentemente, tomaba partido a favor de su hermano; pero, por supuesto, que jamás manifestaría abiertamente su opinión. No dudaba que su madre se sentiría hondamente ofendida si osaba hablar. Sólo esperaba la orden de levantarse, para ir corriendo a su cuarto a leer la hermosa enciclopedia que le habían regalado en su cumpleaños, a practicar con su guitarra, a ocuparse de sus habituales distracciones. A través de esa hermosa colección llena de imágenes y entretenidos relatos, conoció el mundo; y a partir de ahí soñaba con viajar alguna vez a Europa.

La madre se sentía muy desilusionada. Su tozudez parecería un chiste a los ojos de un extraño; pero, no, no era así; su angustia era real. Desde un principio se sintió capaz de desbaratar esa obsesión que a su hijo se le había metido en la cabeza. Ahora se percataba de que su autoridad perdía significativamente dominio sobre él; y este hecho, más que ningún otro, la atormentaba. Veía claramente que su Carlos era una causa perdida, aunque no era el caso de perderlo sin oponer las últimas fuerzas persuasivas. Y para calmar los demonios que se reían de aquella rebelión, se prometió a sí misma no cejar en su lucha. Las cosas no terminarían ahí, y la tal Matilde, tarde o temprano, aceptaría que así, tan fácilmente, no se apoderaría de su querido hijo.
Llegó, entonces, a la conclusión de que le convenía apaciguar los ánimos, recuperar la armonía y aceptar esa primera batalla perdida que le infligía el destino. No dudaba de que el tiempo le concediera la razón, revirtiendo la penosa realidad. Lo palpitaba, no sabía bien porqué; pero, luego de conocer a Matilde, la premonición del fracaso matrimonial de su hijo se instaló en su espíritu. Dos cosas no le gustaban de ese compromiso: la calidad social de la familia (más bien, la humildad financiera), y un cierto desborde de voluptuosidad que notó, no precisamente en la muchacha, sino en Soledad. Después de todo, ¿quién era la tal Matilde? ¿Qué clase de gente conformaba su familia? En honor a la verdad, era una mujer hermosa, con una prestancia que enorgullecería a cualquier hombre, y se vestía con cierto buen gusto (aunque muy moderna. Odió ese provocador vestido negro que llevaba el día en que la conoció); pero, más allá de estas consideraciones, no tuvo dudas de que le faltaba estilo, esa natural distinción de las familias de clase (Catalina envejeció con la amarga resignación de no haber alcanzado sus sueños juveniles. En una de las paredes del comedor había colgado una vieja fotografía suya, sonriendo en la nieve, vestida con los atuendos para esquiar, recuerdo de un viaje a Bariloche). Pensaba que a Matilde le faltaba la genuina y singular gracia de una mujer de alcurnia, la cuna que otorga a la gente un sello especial, la prosapia que eleva sobre lo vulgar y distancia de los seres mediocres que nacen en cualquier parte. Por más bella que fuese (al fin de cuentas, la belleza es un privilegio que se pierde, no sólo a causa del tiempo sino de la costumbre. «La belleza se vuelve invisible en la rutina de la convivencia»), tarde o temprano, este tipo de gente termina revelando su verdadero rostro, cae en la ordinariez de las peleas ofensivas, y termina derrotado por las exigencias de la vida honorable. Catalina siempre decía: «las personas vulgares carecen de honor, no tienen condición».
—Está bien, hijo…Haz lo que quieras. Yo sólo te decía porque me preocupa tu juventud. Me hubiese gustado que concluyeras tus estudios, te consolidaras en tu profesión, para luego emprender la circunstancia del matrimonio. No pensaba en otra cosa. Pero ya que tu decisión es indeclinable, la acepto, y voy a ayudarte en todo lo que sea para salvar la reputación de nuestra familia. No permitiré que nadie piense que estás desamparado. Sin embargo, quiero que tengas siempre presente la intuición de tu madre: la única persona en el mundo que te quiere de verdad. Tengo mucho miedo de que tu sentimiento no sea sino deslumbramiento por la belleza de esa chica, ganas de apurar la hombría; miedo de que, mañana, cuando la pasión se vaya debilitando, cuando a través de la convivencia diaria salgan a relucir los verdaderos caracteres, las incompatibilidades insalvables, te arrepientas y tengas que volver a mí, para llorarme que te has equivocado. Además, no olvides que la vida privada influye poderosamente en el éxito social de las personas. No en vano se dice: «Dime con quién andas y te diré quién eres» o «Detrás de todo gran hombre hay una gran mujer».
—No te preocupes, mamá: ¡jamás me separaré de Matilde! Ella es la mujer de mi vida. Prefiero morir antes que llegar a eso.

La convicción de Carlos parecía sincera. No podía jurar que conocía bien a su futura esposa, ya que si bien fueron catorce los meses que duró el noviazgo, no consideraba un tiempo suficiente para conocer todos los detalles de su personalidad. Además, se sabe que en etapa de noviazgo, tanto el hombre como la mujer, esconden ciertas facetas que les avergüenzan, mostrando a toda hora la careta de lo que pretenden ser. Había escuchado por ahí que «solo después de casado verás a tu mujer con cara lavada». Pero, aun así, el amor que sentía, y el amor de Matilde que aseguraba poseer, le daban la certeza de que todo iría a resultar según sus sueños. Pensaba que la felicidad de su hogar futuro dependía exclusivamente de su voluntad, predisposición que le sobraba. «Amar a Matilde —pensó— será siempre lo más fácil del mundo».
—Para el matrimonio —insistía con impertinencia Catalina—, se debe tener la garantía de una conducta incuestionablemente decorosa. Y sucede, mi hijo, que la decencia es algo innato en las familias: no todas nacen con esa suerte.
—¡Mamá, estás ofendiendo a Matilde…!
—De ninguna manera. Sólo trato de abrirte los ojos, Carlos. Yo no hablo mal de ella; lo digo en forma general. No creo que en otra ocasión volvamos a hablar de este tema. Quiero que seas realista y veas el mundo tal cual es. Y a fin de cuentas, ¡soy tu madre! ¿Conoces realmente a esta mujer? Me has dicho que tiene veintiún años; ya no es, entonces, una muchacha maleable, dócil, respetuosa de la figura masculina. Prácticamente tienen la misma edad; y con los tiempos que corren, las mujeres se han vuelto altaneras, y se creerá con derechos igualitarios que solo llevará conflictos a tu relación.
El diálogo parecía interminable. Hugo sentía ya, a esas alturas, un soberano aburrimiento. La silla le quemaba las asentaderas, pero sabía que no podía levantarse sin el consentimiento de su madre, y soportaba con estoicismo el esfuerzo que ésta hacía por convencer a Carlos.

Manuela, como una estatua, parada detrás de Catalina, esperaba la orden —que no llegaba nunca— de retirar la mesa.

Catalina, en medio de la feroz contienda interna por aceptar lo irremediable, y a pesar de admitir (de boca para afuera) la inminencia del casamiento, en lo más hondo de sus pensamientos seguía negando la realidad. Estaba segura de la locura que llevaría a cabo su hijo. La experiencia le mostraba que las cosas hechas de ese modo, a las obsesiones, sin buen análisis del proyecto, por el mero hecho de dar gusto a las pasiones, a la taranta de apresurar la hombría, no concluiría en un matrimonio feliz. No en vano se recomienda prudencia y sensatez para los emprendimientos importantes de la vida. Cada día es un «quemar las naves» que exige la conciencia de lo irreversible; de lo contrario, uno se encuentra invariablemente ante problemas que requieren soluciones desesperadas, que conducen a otros problemas más graves aún. «¿Por qué, Carlos, está tan firme en su intención de casarse? — pensó Catalina—. ¿Estará embarazada la muchacha?». Se guardó estos pensamientos. Temía un enojo insuperable de su hijo en caso que no fuera real la sospecha.
Pero estos razonamientos eran en vano. Bien sabemos que la juventud no se nutre de la experiencia ajena. Quiere vivir su propio infierno, antes de aceptar cómo son las cosas en la vida. Lógica y retórica, siempre serán inútiles herramientas para la sed de transformaciones que tiene todo joven. Ahí estaba Carlos dispuesto para el matrimonio, sordo a todo silogismo.
Como una luz de esperanza y último recurso, a Catalina se le ocurrió la idea de mantener a su hijo a su lado.
—Entonces, ¿vivirán en casa de Matilde? —preguntó, con evidente intención de proponer un cambio de idea. Desde meses atrás, Matilde y Carlos habían llegado al acuerdo de que vivirían en una de las casas de sus padres, hasta que él se recibiera.
—Así es, mamá, en casa de Matilde. Fue lo último que hablamos. Bien sabes que, antes que termine mis estudios y trabaje, no estaré en condiciones de afrontar gastos de alquiler y manutención sin la ayuda de ambas familias. —Carlos ya no creía poder contar, aparte de la herencia que le correspondió de su padre, con algún tipo de ayuda extra y sustanciosa por parte de su madre. Y ella le respondía con evasivas cada vez que él intentaba obtener alguna promesa de su parte, más aún ahora que estaba abiertamente en contra del casamiento.
—¿Por qué no vienen a vivir con nosotros? —siguió preguntando, Catalina—. Aquí no tendrán gastos. Yo me encargaré de todo. Así podrás estudiar tranquilo. En la casa de Matilde vive más gente. Aquí estarán mucho más cómodos, sin barullo que te impida concentrarte en los estudios… Tenemos habitaciones disponibles. Te prepararemos una buena sala de estudios. Puedes traer compañeros para estudiar. Por lo menos hasta que te recibas. ¿Qué te parece?
—No me disgusta la idea —dijo él, para gran alegría de Catalina—; sin embargo, debo acordarlo con Matilde. Si ella no acepta, tampoco podré aceptarlo yo. Además, ya me comprometí con los Miranda. Veremos si me puedo echar atrás..., porque realmente me parece una idea buena. Además, tanto Matilde como yo, creo que estamos mentalmente preparados para sacrificarnos estos dos años, pues al recibirme ya podré optar por un sueldo del estado a cambio de una pasantía por los hospitales públicos.
Catalina no dijo ni mu. Temía perder la seductora esperanza que su hijo le brindaba. Y además, nació en ella una idea que apaciguaría bastante su empecinada actitud: «prefiero a mi hijo separado que casado», pensó. Este pensamiento significaba toda una estrategia de lucha futura.
Cuando se levantaron de la mesa, estaban hablando ya de los preparativos, del traje de casimir inglés que se encontraba colgado en espera de su dueño, de la fiesta, de todo cuanto atañía al magno acontecimiento.
—Gracias, mamá —dijo Carlos, dando por hecho que su madre abrazaba su causa—, mientras, sonriéndole, le regalaba un beso.

Lo cierto es que Carlos, con su actitud indecisa, hizo que ambas familias se prepararan para albergarlos. En este tipo de situaciones siempre tuvo esa falta de conciencia para no prever los perjuicios que podría causar a los otros. Él solo pensaba en sus conflictos, en sus dilemas, sin considerar nunca las expectativas de las demás personas. En este y en otros sentidos era bastante egoísta (o despistado), y podría acarrear no pocos problemas en su relación de pareja si no tomaba conciencia de ese defecto suyo.


000


A las tres en punto estuvieron en la casa parroquial, donde ya les esperaba el sacerdote español para confesarlos y brindarles una corta prédica sobre la sexualidad en el matrimonio católico. Al final, ni Soledad ni Catalina quisieron acompañarlos. Como estaban obligadas a comulgar esa noche, quizás se confesarían unos minutos antes de la boda. Siempre había servicio disponible en la capilla para ello.
—Ahora que se han confesado y están listos para recibir la sagrada eucaristía, si están de acuerdo, me gustaría brindarles algunos puntos de vista de la iglesia y míos con relación al sexo en un matrimonio católico —dijo el padre Giménez, a modo de introducción.
—Claro que sí, padre —dijo Carlos, mientras Matilde asentía con la cabeza.
—Bien, iremos al grano, sin ruborizarnos —les dijo el sacerdote.
El padre Giménez era famoso (y muy querido por periodistas y políticos contreras) en el país por sus ideas revolucionarias, tanto en política (ya estuvo preso una vez por unas declaraciones subidas de tono a favor de los ribereños evacuados por la crecida del río Paraguay) como en otros aspectos sociales y de la vida privada. Irritaba su actividad eclesiástica al gobierno y a la clase conservadora de la sociedad. Su ideología progresista que buscaba «despertar a los pobres» era una causa de profundo odio hacia su persona en los sectores de la oligarquía radical. Su condición de extranjero le daba una cierta protección, aunque escasa, porque no tenía el respaldo del embajador español; si bien empezaron las movilizaciones de oposición al gobierno por parte de trabajadores y estudiantes, España se encontraba sumida en la más dura dictadura franquista. Al padre Giménez ya le habían amenazado con la deportación. Como en la época de Maquiavelo, los gobiernos de Latinoamérica utilizaban el destierro (exilio, para los más modernos) como arma importante de sus guerras políticas. Stroessner se mofó y expulsó (a la manera de Stalin) a varios de los que lo colocaron en el poder y estableció un sistema de persecución selectiva que hizo del miedo su principal herramienta de poder. Realmente en el año 1960 se respiraba en Paraguay un aire de terror, por la que la templanza de aquel sacerdote se consideraba como un paradigma de valentía, de resistencia ante la dictadura que se veía venir con todo el peso de la voluntad imperialista que caía del norte.
—Voy a ser franco con vosotros. La iglesia no tiene un criterio común en muchos aspectos de la sexualidad; pero, existen dos puntos en que sí estamos todos de acuerdo, y es en el tema del adulterio y de la concupiscencia, que viene a ser lo mismo que la pornografía. «No cometerás actos impuros», dice uno de los mandamientos. Estas prácticas están explícitamente prohibidas por la Biblia, y es pecado aunque exista consentimiento por parte del otro cónyuge. Y dentro de esta prohibición debemos considerar el sexo grupal, que algunas organizaciones de jóvenes y sectas practican en los EEUU.
—En síntesis —prosiguió con propiedad—: hay pocas cosas que sexualmente hablando jamás estarán permitidas a una pareja casada: practicar el «intercambio de pareja» o el «incluir a una tercera persona», el famoso ménage à trois que los franceses pusieron de moda, evidentemente, eso es adulterio. El adulterio es un pecado, aún si tu esposo/a lo permite, lo aprueba o aún participa en ello. Y la pornografía, que invoca a... la concupiscencia, el sexo en su más tajante carnalidad (o animalidad), los deseos de la carne, los deseos de los ojos..., y es por ello que es condenado por Dios. Aparte de estos dos puntos, no hay nada en la Escritura que específicamente prohíba a un esposo y esposa practicar entre ellos, mientras sea de mutuo consentimiento. Aunque debemos admitir que constan algunos puntos en que existen disparidad de criterios. Entre estos puntos controversiales podríamos citar el que los esposos no deberían tener relaciones anales, porque se considera una práctica contra natura, ya que este es un órgano de desecho y no de placer («Orinar también es un deshecho», pensó Carlos). El sexo oral también ha sido altamente controversial en la vida de la iglesia, ya que algunos cristianos la aprueban y otros la condenan. Y por último, lo que me viene en mente es que los esposos no deberían hacer uso de vibradores, que se han puesto muy de moda en los últimos años, porque existe el peligro —dicen— de ir degenerando de una práctica en otra, hasta terminar quizás en hechos aún más mecánicos que eliminarían el afecto como parte esencial de la relación sexual. Pero yo, personalmente, me inclino por creer que estos puntos tienen que ser guiados por la conciencia de cada uno de los cónyuges. Ahora bien, ninguno debe ser alentado o forzado a hacer algo con lo que no se sienta cómodo o piense que está mal. Si el esposo y la esposa concuerdan en que quieren tratar algo (por ejemplo: sexo oral, diferentes posiciones, juguetes eróticos, etcétera), entonces la Biblia no da ninguna razón por la que ellos no puedan probarlo.

En un momento en que una señora —de esas piadosas que andan todo el tiempo rondando las iglesias— llamó al padre Giménez para comentarle algo, interrumpiendo el parlamento virtuoso, Carlos recordó una anécdota desagradable que le había sucedido cuando niño en una excursión a un balneario que habían hecho los alumnos del sexto grado del colegio Salesiano, bajo la guía de un sacerdote (padre Bordón), que se pasó todo el tiempo acosándolo sexualmente; y si no le pasó nada fue porque las enseñanzas de su madre le brindaron la herramienta para defenderse: fue a vestirse y se mantuvo a una distancia preventiva del monstruo. Sabía que, rodeado de sus compañeros, se encontraría ciertamente a salvo. Y si no se volvió anticatólico fue porque su madre le había dicho: «Hijo, la iglesia no tiene la culpa de las acciones de sus miembros. No puedes condenar a la iglesia, así como no puedes condenar al gobierno porque muchos de sus miembros sean corruptos».
—Y para concluir mi recordatorio, les deseo exhortar —siguió el cura— a que busquen la dicha necesaria para mantener en armonía vuestro matrimonio, un estado de satisfacción que se logra de dos maneras: una, renunciando a un comportamiento sexual egoísta, cuando uno de los cónyuges exalta su propio placer; la otra, cuando el cónyuge trata de ser feliz haciendo feliz a su pareja. Es obvio que el egoísmo se opone a la vida conyugal; y que, tarde o temprano, dos personas egoístas que buscan el placer sexual cada uno siguiendo su instinto, terminarán en un distanciamiento físico y en un fracaso de conexión espiritual. Para ser felices, deben buscar vivir bajo la gracia de Dios. Esto es, en líneas generales, lo que puedo aconsejarles.
—Gracias, padre —Dijo Matilde, visiblemente emocionada por las palabras del sacerdote. Ya sabía ella que el adulterio era el peor pecado, la mayor falta que puede cometer un cónyuge, y ahora le quedaba claro que la otra gran falta era tener sexo sin amor (hacer el amor sin amor), el sexo por el sexo; y este lúcido recordatorio de esa ley sagrada por parte del padre Giménez, le hizo crecer en el alma la alegría por haber tenido la convicción de llegar virgen al matrimonio. Le parecía que su sueño de ser retribuida con la dicha conyugal como premio a su perseverancia en castidad, iba por buen camino. Se sentía una futura esposa agradable a los ojos de su Dios y de su novio.

Carlos también agradeció al hombre de Dios, y se retiraron con cierto grado de paz espiritual. Matilde era creyente con fe; Carlos, por su parte, quizás por ver morir todos los días a gente abandonada por Dios, amén de aquel recuerdo desdichado de su padre, caía a veces en el agnosticismo, aunque regresaba nuevamente a su fe. Ese día de su casamiento, se encontraba listo para comulgar y sentirse un católico de verdad. No obstante, le comentó a Matilde el suceso con el padre Bordón, porque necesitaba liberarse totalmente de aquel mal recuerdo.
—Tú, mi amor, eres mucho más católica que yo —dijo Carlos, mientras regresaban a la casa de Matilde— Creo que soy más cuestionador de las enseñanzas de la Biblia.
—Esto que me acabas de contar es terrible. Agradezco al cielo que no haya sido más grave —trató de consolarlo Matilde.
—Yo, sinceramente, creo que algunos entran en el mundo eclesiástico, porque ya se reconocieron más pederastas que homosexuales.
—No exageres, mi amor—dijo Matilde. Yo creo que los sacerdotes
buenos son mucho más que los malos.
—No sé. Tengo mis dudas… El celibato es, antes que un bien para la iglesia, un martirio que debe soportar un hombre. Fíjate que en las religiones donde sus pastores se casan y forman familia, los abusos de este tipo casi no existen, o existen mucho menos.
—Pero, es nuestra religión, mi amor, tiene muchas doctrinas buenas, y ha hecho innumerables cosas positivas por la civilización.
—Bueno, es mejor no seguir hablando de religión —dijo Carlos, abrumado por las incongruencias que le llovían de las enseñanzas recibidas en su educación católica.
La improvisación está a un nivel muy bajo en comparación con las ideas elaboradas con seriedad y esfuerzo. (Nietzsche)

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No critiques lo que no puedes entender. (Bob Dylan)



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Re: Novela: El amor en los años sesenta (PP1,PP2...PP7)

por Ana García » Dom, 23 Jun 2019 19:39

Voy por el capítulo 6 y creo que te va a quedar una novela muy lograda, es enorme el cuidado y la limpieza que tienes con el texto. Se nota el mimo, el detalle.
Pintas muy bien el sometimiento de aquellos tiempos, el uso de la belleza para hacer lo que se quiera y otros detalles que marcan una época. Años en los que la mujer se dividía en: casadas, solteronas o monjas. Parece que no había más historias que labrar. Claro está que luego estaba esa parte social, de libertad femenina, que se ocultaba a cal y canto.
Te sigo leyendo .
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