Carta a un rehén - ii - Saint-Exupéry

Cuentos, historias, relatos, novelas, reportajes y artículos de opinión que no tengan que ver con la poesía, todo dentro de una amplia libertad de expresión y, sobre todo, siempre observando un escrupuloso respeto hacia los intervinientes.
Moderadores: Hallie Hernández Alfaro y Ventura Morón.

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Carta a un rehén - ii - Saint-Exupéry

por F. Enrique » Vie, 07 Jun 2019 12:29

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Yo me decía entonces: “lo esencial reside en algún lugar en el que se ha vivido. En las costumbres. En la fiesta familiar. En la casa de los recuerdos . Lo esencial es vivir para el regreso...” Y me sentía amenazado en mis entrañas por la fragilidad de los polos lejanos de los cuales dependía. Corría el peligro de conocer el verdadero desierto, y empezaba a comprender un misterio que me había intrigado durante mucho tiempo.

He vivido durante tres años en el Sahara. He soñado como tantos otros con su magia. Cualquiera que haya conocido la vida en el Sahara, donde todo es, en apariencia, soledad y pobreza, añora, sin embargo, esos años como los más hermosos de su vida. Las palabras “nostalgia de la arena, de la soledad, del espacio” no son más que fórmulas literarias que no explican nada. Pues aquí, por primera vez, en un barco atestado de pasajeros hacinados los unos contra los otros, me parecía entender el significado del desierto.
Ciertamente, el Sahara no ofrece, hasta donde se pierde la vista, más que arena uniforme, o más bien, ya que las dunas son escasas , unos lechos pedregosos. Allí nos sumergimos permanentemente en las condiciones propias de la rutina. Sin embargo, divinidades invisibles construyen una encrucijada de caminos, pendientes y señales, una articulación secreta y vívida. Entonces ya no hay uniformidad. Todo encuentra su norte . El propio silencio se diferencia de otro silencio.

Hay un silencio de paz cuando las tribus están tranquilas, cuando la noche nos ofrece su frescura, cuando parece que se descansa con las velas plegadas en un puerto apacible. Hay un silencio del mediodía cuando el sol hace que los pensamientos y los movimientos se aletarguen. Hay un silencio engañoso cuando el viento del norte decae y la presencia de insectos arrancados como el polen de los oasis del interior anuncia la tormenta del este cargada de arena. Hay un silencio de complicidad cuando se sabe que una tribu lejana está inquieta. Hay un silencio de misterio cuanto se entrelazan entre los árabes sus indescifrables conciliábulos. Un silencio tenso cuando el mensajero tarda. Un silencio agudo, durante la noche, cuando se contiene la respiración para escuchar. Un silencio melancólico cuando se recuerda a la persona que se ama.

Todo se orienta. Cada estrella señala una dirección verdadera. Todas se convierten en la Estrella de los Magos. Cada una de ellas adora a su propio dios. Esta señala el camino de un pozo lejano de difícil acceso. Y la distancia que te separa de ese pozo es tan inmensa como una muralla. Aquella señala la dirección de un pozo agotado. Y la propia estrella parece seca. Y la extensión que os separa del pozo sin agua no tiene pendiente alguna. Otra estrella sirve de guía hacia el oasis desconocido que los nómadas te han cantado, pero que la disidencia te prohíbe. Y la arena que te separa del oasis es como el césped de un cuento de hadas. Alguna otra señala aún la dirección de una ciudad blanca en el sur, llena de sabor, al parecer, como un fruto cuando se muerde. Otra, la del mar.

En fin, unos polos casi irreales imantan este desierto desde la lejanía: la casa de la infancia que sigue en pie en el recuerdo, un amigo de quien no se sabe otra cosa excepto que es un amigo.

Así te sientes con energía y vivificado por el campo de fuerzas que te atraen o te rechazan, te solicitan o se te resisten. Y aquí estás, bien asentado, determinado y fundamentado en el centro de las direcciones cardinales.

Y como el desierto no ofrece ninguna riqueza tangible, como no hay nada que ver ni escuchar en el desierto, se ve uno obligado a reconocer, ya que la vida interior lejos de languidecer se fortifica, que el hombre se siente alentado, en un primer momento, por impulsos invisibles. El hombre se rige por el Espíritu . En el desierto valgo lo que valen mis dioses.

Por eso si me sentía rico en direcciones todavía fértiles a bordo de mi triste crucero, si me sentía en un planeta aún lleno de vida, era gracias a algunos amigos que había dejado atrás en la noche de Francia y que comenzaban a ser esenciales para mí.

Francia no era decididamente para mí una diosa abstracta ni un concepto histórico, sino un cuerpo al que me aferraba, una red de lazos que me regía, un conjunto de polos que fundamentaba las inclinaciones de mi corazón. Yo experimentaba la urgencia de sentir, más sólidos y perdurables que a mí mismo, a aquellos a quienes necesitaba para orientarme. Para saber adónde volver. Para existir. Todo mi país residía en ellos y por ellos vivía en mí mismo. Para quien otea un continente mientras navega, éste llega a ser solo el resplandor de algunos faros. Un faro apenas mide la distancia. Simplemente su luz se mantiene en los ojos. Y todas las maravillas del continente residen en esa estrella.

En este momento que Francia, como consecuencia de la ocupación total , se ha paralizado en el silencio con todo su cargamento como un navío con las lámparas apagadas del que no se sabe si aún resiste a los peligros de los mares, es por esto que la suerte de cada uno de aquellos a los que amo me atormenta más aún que una enfermedad que hubiera contraído. A consecuencia de su fragilidad me doy cuenta de que estoy amenazado en mi esencia .

Aquel que esta noche está presente en mi memoria tiene cincuenta años. Está enfermo. Es judío . ¿Cómo va a sobrevivir al terror alemán? Para imaginar que aún respira necesito creer que el invasor ignora su existencia, protegido en secreto por las bellas murallas de silencio de los habitantes de su pueblo. Solamente entonces creo que sigue vivo. Solo entonces, al deambular a lo lejos en el imperio de su amistad que no tiene fronteras, se me permite no sentirme un emigrante, sino un viajero. Pues el desierto no está allí donde se piensa. El Sahara tiene más vida que una capital y la ciudad más rebosante se vacía si los polos esenciales de la vida se descargan.
¿Qué vida te espera? ¿Quién se te acercará ahora?
¿Quién te mirará pensando que eres bella? ¿A quién vas a querer?
¿De quién serás? ¿A quién besarás y le morderás los labios?

(Catulo - Carmen VIII- Variación - F. E. León)
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Re: Carta a un rehén - ii - Saint-Exupéry

por Hallie Hernández Alfaro » Lun, 10 Jun 2019 11:53

Hermoso texto, Enrique; la frecuencia alta de cada reflexión es un sorbo que invita a imaginar en nuestros propios desiertos.

Gracias por tus aportaciones, amigo; un abrazo.


PS: todavía no ha llegado tu libro, lo espero con ilusión.
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