LA TÍA

Cuentos, historias, relatos, novelas, reportajes y artículos de opinión que no tengan que ver con la poesía, todo dentro de una amplia libertad de expresión y, sobre todo, siempre observando un escrupuloso respeto hacia los intervinientes.
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LA TÍA

por Arturo Rodríguez Milliet » Vie, 18 Abr 2014 4:59

Serán cosas de la madurez, de ese temor latente al incontenible avance de los cincuenta. O será, tal vez, la renovada condición de solitario que deja demasiado espacio a los recuerdos. Lo cierto es que esta mañana desperté sorprendido por una tumescencia que hacía tiempo no experimentaba y no sé por qué extraño laberinto asociativo mi memoria me llevó, de un solo tirón, a los años de mi infancia tardía… ¿o a los de mi adolescencia temprana?... ¡qué más da!

Por escasos segundos me pareció percibir un aroma muy particular. Ese tipo de percepciones que la memoria registra como emblema de un lugar que huele a eso y sólo a eso. Se trataba, en esta ocasión, de la casa de la tía.

Era la menor entre los muchos hermanos de mi padre y por todos considerada la oveja extraviada de la familia. En realidad, solo se trataba de una mujer fresca, espontánea y alegre, con un sano sentido de la aventura que la llevó a menospreciar la rigidez y formalidad característica de mi familia paterna.

Igualmente, yo era el menor de tres hijos; pero a diferencia de la tía y en contraste con mis hermanos, fui siempre considerado el hijo modelo, es decir, tan rígido, ecuánime y predecible como se esperaba. Valores todos que confabularon para hacer de mi vida un exitoso e insípido desperdicio.

Durante mi infancia, sólo una cosa me sacaba de mi premonitoria rutina de hijo modelo: las vacaciones en casa de la tía. Siguiendo su espíritu libertario, ella se había unido a otro soñador empedernido de quien se enamoró perdidamente, el tío. Se trataba de un artesano orfebre, diez años mayor que ella, que había alcanzado cierto reconocimiento y suficiente holgura económica para adquirir una extensa parcela en una colina sobre el valle de La Colonia Tovar, donde construyó una acogedora posada. Allí, en medio de aquel paradisíaco paisaje de montaña, estaba la casa de la tía.

Desde mis ocho o nueve años, al terminar las clases, mis hermanos y yo acudíamos al campamento vacacional que organizaba el tío en su posada, una suerte de convivencia ecológica donde igualmente hacíamos excursiones a pie o a caballo, nos bañábamos en riachuelos y practicábamos tiro al blanco con arcos y flechas que el tío nos enseñaba a improvisar; o nos dedicábamos a cultivar el huerto, preparar extravagantes platos vegetarianos y avivar el fuego en el horno de leña donde se preparaba el pan casero y unos deliciosos pasteles de frutas silvestres, bajo las siempre ocurrentes instrucciones de la tía.

Aún recuerdo la ambivalencia de emociones que experimentaba en esos campamentos. Me maravillaba la majestuosidad de la montaña que me rodeaba y sentía la necesidad de aislarme de todos para contemplar el paisaje. Naturalmente, esa práctica sumada a mi hermética timidez, me convertían rápidamente en el raro del grupo y, por consiguiente, en blanco de burlas y bromas típicas de la crueldad infantil.

Ubicándome siempre en estratégicas posiciones que me permitían participar casi sin ser visto en las actividades del campamento, mi atención se centraba la mayor parte del tiempo sobre la tía. Me embelesaba con los gestos que manaban de su rostro y los movimientos que armónicamente fluían de su cuerpo. Irradiaba una mezcla de ternura y picardía con esa sonrisa siempre a punto de la carcajada contagiosa. Su mirada, a la vez plácida y vivaz, tenía ese brillo intenso que sólo dan los ojos grandes y muy negros. Caminaba con agilidad felina, dibujando, con su larga cabellera, un movimiento semejante al de la cámara lenta. Y su olor… a su paso dejaba una delicada estela que para entonces despertaba en mí una desconocida percepción.

Una mezcla de envidia y rabia contenida me invadía cuando veía a la tía jugando y correteando con los otros niños del campamento; más aún cuando les hacía cosquillas a los más pequeños y salía corriendo para provocar una persecución en la que siempre se dejaba alcanzar para ser ella la víctima de un ataque de cosquillas con las que se revolcaba de risa.

Todas mis estrategias de aislamiento resultaban demasiado evidentes como para pasar desapercibidas a los ojos de los tíos, expertos animadores de campamento. Así pues, en mi ayuda, el tío se esmeraba en hacer reconocimiento ante los demás campistas de las actividades en las que me destacaba; pero en realidad sólo me destacaba en una: los relatos de terror que nos ponían a improvisar algunas noches alrededor de una fogata. Era mi pequeña venganza observar la cara de espanto que ponían mis joviales verdugos cada vez que me tocaba en turno improvisar un relato. Consumía buena parte de las horas del día para idearlo; mientras los demás se limitaban a repetir versiones breves de leyendas muy conocidas, yo me esmeraba en recrear escenas marcadamente terroríficas para mi imaginación infantil, y ponía especial empeño en relatarlas de manera escabrosa e histriónica. Sólo que, con ello, no lograba más que aumentar mi reputación. El raro del grupo.

En cambio, la tía resultaba más efectiva en sus esfuerzos para que no me sintiera relegado. Se limitaba a dirigirme, de vez en cuando y en las ocasiones más oportunas, una mirada cómplice acompañada de un guiño casi imperceptible para los demás. Siempre encontraba algo que decir o hacer para distraer la atención y la risa del grupo, en el momento que alguno de los muchachos hacía una broma sobre mí; incluso, no faltaron oportunidades en las que ella improvisara un comentario gracioso y sin tono de burla sobre el compañero que pretendía molestarme, todo acompañado siempre de esa mirada con la que me brindaba verdadero alivio y seguridad. La dulce tía.

Sin embargo, mi relación con los tíos era distante, sólo los veía durante campamento, siempre rodeados de una muchachada que los adoraba por su carisma. Para mí era difícil acercarme; no me atrevía a abrirme paso entre tantos competidores. Como era de esperar, los tíos también se percataron de eso; fue por ello que en una noche de fogata, después de haber aterrorizado a todos los campistas con uno de mis relatos, el tío fingió un supuesto castigo y -previo guiño cómplice de la tía- me mandaron a dormir solo en la “cabaña del miedo”. En realidad los tíos, haciéndome jurar que guardaría el secreto, me invitaron a disfrutar de un inimaginable privilegio: dormir esa noche con ellos en su casa y en su habitación, donde estaba el único televisor del campamento. Recuerdo esa noche como una de las más felices de mi infancia, acurrucado plácidamente en medio de los tíos; nunca me sentí más protegido que entonces.

A partir de los trece años, las vacaciones las compartiría con toda la familia en viajes interminables que “nos aportarían cosas más importantes para nuestra formación”. En realidad sí me aportaron cosas invalorables pero, aun así, extrañaba el campamento, o a decir verdad, a los tíos.

Durante los años siguientes, entre espinillas y “gallos sueltos”, me convertí en un jovencito un tanto más desenvuelto; al terminar la primaria y pasar al bachillerato, tanto mi facilidad de palabra como mi buen rendimiento académico me dotaron de cierto liderazgo y respeto por parte de mis nuevos compañeros. Logré hacer amistades con el pretexto de los grupos de estudio, en los que me incluían para obtener buenas notas en los trabajos colectivos. Sin embargo, el interés no era el mismo a la hora de invitarme a fiestas o salidas, de alguna manera, seguía siendo el raro del grupo. En medio de todo, había algo que me perturbaba de manera particular, mi dificultad para relacionarme con las muchachas.

Mientras todos mis compañeros hablaban de novias, besos y caricias robadas de diverso alcance, yo me limitaba a ser el buen compañero que prestaba sus apuntes a cambio de un simple mohín de coquetería. Nunca me arriesgué a averiguar qué otra cosa podría haber detrás de tales mohines; el terror me paralizaba ante la sola idea de que pudiesen ocultar alguna intención de burla. Cosa que terminaba por ocurrir cuando me veía traicionado por un exagerado rubor o una voz trémula que contrastaba con la fluidez que mostraba durante mis intervenciones en clase.

Poco después de cumplir los dieciséis años, mi madre falleció. Un cáncer brutal apagó su vida al cabo de pocos meses. Para entonces, mis hermanos ya estudiaban en sendas universidades fuera del país y yo quedé viviendo solo con mi padre. Pese a ser su hijo predilecto, el duelo redujo nuestra relación a prolongados silencios, donde cada uno intentaba disimular su dolor para no afectar al otro. Torpe e infructuoso mecanismo; sólo condujo a que cada uno se hundiera más en su íntima tristeza. Cuánto me arrepiento hoy de no haber llorado abiertamente sobre su hombro y cuánta falta me hizo no haber escuchado también su llanto.

Con semejante dolor a cuestas, mi tarea para lograr una mejor socialización se tornó más complicada. Ya no sólo tenía que lidiar con mi irracional miedo al ridículo; ahora, por añadidura, tendría que luchar contra la indignación que me causaba inspirar lástima. Así que, paradójicamente, surgió de la nada una nueva actitud que comencé a esgrimir como arma de defensa: la arrogancia. Dejé de ser el compañero complaciente, me torné competitivo y hasta hiriente con quienes hasta hacía muy poco me sentía intimidado. Nunca más me ruboricé ante mis compañeras, a quienes comencé a tratar con cierto desenfado, lo que para mi sorpresa produjo un mejor trato de ellas hacia mí, sólo que para entonces no me sentía interesado en ello.

Ese mismo año, al terminar las clases, mi padre me participó tajantemente que por razones obvias no habría viaje y que la tía me había invitado a pasar las vacaciones en su casa. Creo que se trataba de la oportunidad que esperaba para explayarse en su dolor y para mí representaba un buen pretexto para hacer lo mismo. Al subir a mi habitación, luego que mi padre me notificara su decisión de aceptar en mi nombre la invitación de la tía, me asaltó una incontenible necesidad de llorar. En ese momento, había recordado aquella noche bajo el cobijo de los tíos; al fin, una vez más, tendría la oportunidad de sentirme protegido.

Un par de semanas más tarde me encontraba en camino hacia la Colonia Tovar. Mi padre había quedado en encontrarnos con la tía en un conocido restaurante del casco turístico del pueblo, donde almorzamos bajo el severo hermetismo que se había hecho habitual entre nosotros, pero además, con una sorpresiva e inusual parquedad por parte de la tía.

Luego de una muy breve sobremesa, mi padre emprendió el camino de vuelta y la tía y yo nos dirigimos a su casa que quedaba en una colina a unos quince minutos del centro del pueblo. Yo esperaba que durante ese trayecto la tía recuperara su habitual jovialidad y entusiasmo, asumiendo que su actitud hasta ese momento hubiese estado influenciada por la severidad y rigidez de mi padre. Pero no; durante todo el camino sólo me hizo un par de preguntas muy generales y apenas me tocó la cabeza para alborotar ligeramente mi peinado, cosa que antes hacía con mucha más intensidad, hasta dejar mi cabeza y la de mis hermanos convertidas en verdaderos nidos de pájaro.

Aunque un tanto extrañado por ese cambio en su actitud, el silencio, lejos de incomodarme, resultaba un confortable refugio para mi fobia social, así que recurrí a lo de siempre, callar. Aprovechando que la mirada de la tía se concentraba en la tortuosa carretera que conducía a su casa, me dediqué a observarla; fue entonces cuando noté que sus cambios iban más allá de su actitud. Conservaba su dulce sonrisa pero ya no tenía la misma alegría, siempre al borde de la carcajada.

Aunque mantenía su silueta delicada y bien contorneada, era obvio que había perdido algo de peso; sus mejillas lucían ligeramente caídas al igual que la piel de sus brazos que otrora lucían firmes y turgentes; tenía unas discretas ojeras apenas disimuladas con el poco maquillaje que solía utilizar y su piel se mostraba menos bronceada de lo habitual. En este punto dejé de observarla. Una cruel asociación se cruzó por mi mente al evocar los primeros cambios que mi madre sufrió cuando la enfermedad comenzaba a hacer estragos en su cuerpo. Mantuve la mirada fija en el camino por unos minutos, hasta que un suave contacto me sacó del ensimismamiento, era la tía, secando una lágrima de mi mejilla. Justo entonces reapareció en su rostro lo que sin saber había extrañado tanto en los últimos años, aquella mirada cómplice acompañada del guiño que ahora no tenía por qué disimular. Al final de un solemne silencio, llegamos a casa.

Luego de dejar el auto en la amplia cochera que estaba en un margen del camino y por fuera del muro que delimitaba el perímetro frontal de la posada, traspasamos la reja del portal y comenzamos a bajar por la estrecha senda escalonada que serpenteaba entre pequeños jardines sembrados de calas y amapolas, culminando, a unos diez metros por debajo del nivel de la carretera, en una gran explanada que se abría a un extenso jardín, cercado al fondo por un barandal de madera que fungía de mirador, desde el cual se dominaba todo el valle que anida el pueblo de la Colonia. Por fuera de dicha cerca, descendían múltiples senderos que conducían a varias terrazas colina abajo, donde se ubicaban el gran comedor y las cabañas de la posada. En el otro extremo de la explanada se hallaba la casa de los tíos y a uno de sus lados una edificación más pequeña donde el tío tenía su taller de orfebrería, separado de la casa por un puente de madera que permitía cruzar un pequeño pozo de agua, formado por la corriente represada de un riachuelo que bajaba desde lo alto de la montaña.

Al cruzar la explanada hacia la casa me percaté que todo había cambiado. Los jardines lucían descuidados y llenos de hojarasca; se había liberado la pequeña represa y donde antes estaba el pozo sólo corría un delgado hilo de agua; los árboles frutales muy cargados y sus frutos desperdiciados en el suelo; algunos maderos de la cerca se habían desprendido y lucían enmohecidos al pie del barandal. En el huerto sólo había unos pocos cultivos y faltaban todas las plantas de especias y yerbas aromáticas que le daban aquel olor tan especial.

El interior de la casa resultaba aún más desolador, nada de aquella pulcritud y orden que recordaba de mi breve visita años atrás. En la mesa sin recoger, había una botella de vino a medio terminar y un vaso con un aro vino tinto adherido a su fondo. Otra botella casi vacía estaba en un pequeño y desordenado escritorio que daba a un gran ventanal, y una tercera en la mesita de noche de la tía.

Evidentemente, ese año no habían abierto el campamento y apenas había dos o tres parejas de turistas alojadas en las cabañas. El silencio era sobrecogedor y el paisaje ya no parecía tan hermoso y distante; más bien lucía bucólico y amenazante, como a punto de entrar por el ventanal para devorarte y hacerte parte de él.

Fue entonces cuando noté su ausencia ―¿Dónde está el tío? ― pregunté. Luego de una breve pausa la tía me respondió, con notable sorpresa pues me suponía enterado. El tío se había marchado hacía poco menos de un año. Sin mayores explicaciones, la había dejado a ella, a la posada, a su taller de orfebrería, al pueblo y, quizás, también al país. Nada más dijo. Al cabo de un rato eran mis temblorosos dedos los que secaban una lágrima en la mejilla de la tía.

Ante mi total perplejidad, no sé si por largos segundos o por breves minutos, la tía me tendió los brazos apoyando su cabeza contra mi pecho. Ya no era ese abrazo firme y vigoroso que solía dar después de un sorpresivo ataque de cosquillas; ahora se trataba de ese tipo de abrazo con el que te piden que sostengas por un rato el peso muerto de un cuerpo vencido… de un alma herida. Luego, simplemente, me invitó a ver la televisión. En el único televisor que había en todo el campamento.

Los primeros días transcurrieron con una lenta monotonía. Repuse los maderos de la cerca, comencé a retirar la hojarasca y los frutos caídos del jardín, le brindé algunos cuidados al huerto y, con pequeños troncos y piedras, traté de reponer la represa para recuperar el pozo. Mientras tanto, la tía me observaba desde su pequeño escritorio pegado al ventanal, donde pasaba largas horas, no sé si escribiendo o simplemente garabateando en un papel para acompañar con alguna acción sus pensamientos. Al final de la tarde, cuando caía el sol, nos tumbábamos en su cama a ver la televisión hasta la hora en que me retiraba a mi cuarto. Una noche, cuando me disponía a hacerlo, la tía me dijo: ―No hace falta que te vayas, mi niño. Quédate ― y así lo hice.

Al cabo de pocos minutos, dio media vuelta en la cama dándome la espalda y se quedó dormida. Al profundizarse su sueño, comenzó a desplazar su cuerpo hacia atrás, como buscando dónde acuñarlo, hasta que se topó con el mío y amoldó su silueta en acoplamiento perfecto con el perfil de mi costado.

Boca arriba, como estaba, permanecí inmóvil. Difícil describir lo que experimenté cuando noté la turgencia de uno de sus glúteos apoyado en mi cadera y el exquisito roce de sus piernas contra una de las mías; sólo recuerdo un fuego abrasador en mis orejas y la melena de ella, que cubría parte de mi pecho, saltando al ritmo de mis latidos, tan acelerados y sonoros que terminaron por despertarla. Súbitamente, se incorporó sorprendida de su nueva ubicación en la cama y aún confundida se volteó para mirar hacia donde yo estaba; sonrojado, con los ojos exorbitados por la vergüenza y una muy notoria prominencia en el centro de la sábana que comenzaba a mostrar una delatadora mancha viscosa.

Después de unos segundos eternos, ella sonrió y me dispensó una dulce mirada indulgente. Acto seguido, se levantó de la cama retirando la sábana y se dirigió hacia el vestier donde demoró algún tiempo. A su regreso, con la sábana de reemplazo, ya no vestía la larga franela de algodón grueso que usaba para dormir, ahora lucía una aterciopelada dormilona color violeta de tirantes muy finos y amplio descote que la cubría hasta el tercio superior de sus muslos. En una de sus manos traía una pequeña toalla humedecida con agua tibia y acercándose a mí, con gestos infinitamente dulces, me despojó del pijama y limpió mi cuerpo de los fluidos que me avergonzaban, mientras me miraba a los ojos invitándome a permanecer en calma.

Me arropó medio cuerpo con la sábana limpia y se acostó a mi lado, apoyó su cabeza sobre mi hombro izquierdo con el resto de su cuerpo muy próximo al mío y comenzó a susurrar suave y melodiosamente a mi oído, como pidiendo silencio, mientras acariciaba acompasadamente mi pecho, hasta relajarme por completo. Tal sensación duró muy poco; después de unos minutos volví a encenderme de pies a cabeza, mis latidos se aceleraron y una nueva tumescencia se hizo notoria, sólo que ya no me avergonzaba. Ella, al notar tan claras señales, se aproximó aún más y cruzó su pierna izquierda sobre las mías, desplazándola suavemente. Luego de varias contorsiones de su muslo entre los míos, se incorporó ligeramente y con un solo movimiento se liberó de la dormilona dejando expuesta su total desnudez.

Después de la prolongada humedad del primer beso, continuó con un sublime ritual erótico. De nuevo me miró a los ojos y con un par de gestos me indicó que debía permanecer inmóvil, concentrado en las sensaciones que comenzaría a despertar en cada uno de mis sentidos, en cada milímetro de mi piel. Con sinuosa sensualidad y ternura me brindó caricias que me elevaron a niveles de placer que nunca más volví a experimentar.

Llegado al punto de mi máxima embriaguez, giró sobre mi torso, se dejó caer sobre su espalda y con mis manos comenzó a explorar todo su cuerpo. Reguló la intensidad y el ritmo de mis caricias hasta encontrar el punto exacto y luego, jadeante, se entregó a ellas, incitándome a más con cada contorsión de su cuerpo. Extasiado, contemplaba cómo respondía su piel a mis caricias; cuando un espasmo de placer le hizo arquear levemente su espalda, su abdomen se excavó aún más y sus pechos alcanzaron la posición precisa para dibujar su absoluta redondez, coronados por diminutos y erguidos, muy erguidos pezones. En esa postura, sus nalgas se afincaron más sobre la cama delineando de manera perfecta sus caderas y con los pies apoyados en punta, se elevaron sus muslos para ofrecerse generosamente. Aproximé mi mejilla y mi boca entreabierta a uno de ellos y por su cara interna lo besé en toda su extensión, hasta el pliegue final, mientras mis manos la asían firmemente apretando contra mi cara la fuente de aquel olor recién descubierto. No recuerdo, en toda mi vida, haber experimentado ninguna sensación más intensa.

El resto de la noche transcurrió en la misma tónica. No hubo placer ni secreto en su cuerpo o el mío que no descubriera entonces. Ella me había brindado el más intenso ritual de iniciación que pudiese imaginarse. Una experiencia sublime cargada de absoluta sensualidad y ternura, extrañamente desprovista de lujuria o primitiva genitalidad.

Nunca más tuvimos sexo después de esa noche. Sólo un discreto pudor en las miradas. Por absurdo que parezca, a partir de entonces, y como nunca antes, ella fue mi tía, y yo para ella el hijo que nunca tuvo. Muchos años me tomó resolver semejante paradoja.

En medio del profundo dolor que le había causado el abandono del tío y de la soledad en que se vio sumida, evocó, tal vez, la imagen de aquel niño asustadizo que una vez cobijaron en su lecho, intuyó su dolor por la muerte de su madre y quiso, de nuevo, rescatarlo. Encontrar consuelo volcando en él toda su ternura. Abrumada como estaba no habría tomado en cuenta los años transcurridos y esperaba la llegada de aquel niño y no la de un muchacho que ya la superaba en estatura; ya no podría cobijarlo en su seno ni consentirlo con mimos complacientes; aunque yo, por mi parte, los anhelara intensamente.

No sé si por pura intuición o por sabiduría, en sólo segundos ella fue capaz de interpretar exactamente lo que me había ocurrido aquella noche. Con altruista benevolencia, decidió liberar al muchacho de los demonios del deseo, rompió las barreras que lo distanciaban y sólo así pudo rescatar al niño, como una madre universal, en la absoluta simbiosis que sólo brinda el dolor compartido.

A partir de entonces, dormimos siempre juntos. Las más de las veces le asaltaba el llanto y yo me abrazaba a su espalda, amoldándome a su posición fetal, mientras ella apretaba mi mano contra su pecho, como cualquier náufrago se aferraría a un madero. Otras veces, era yo quien lloraba y ella quien me abrazaba.

Así transcurrieron las seis semanas restantes, en plácida intimidad familiar, brindándonos mutua protección y compañía. Por unos días, nos vimos envueltos de nuevo en el aroma del pan recién horneado en casa, desaparecieron las botellas de vino a medio terminar, el jardín adquirió parte de su esplendor de antes y la montaña dejó de acosarnos tras el ventanal, recuperando su majestuosa y serena distancia.

Cuando regresé a la rutina de las clases, yo había cambiado. Nada de lo que antes me perturbaba parecía estar presente; en un principio me sentí como un anciano entrando a un jardín de infancia. Me parecían tan banales las actitudes de los compañeros que antes me intimidaban; había surgido en mí una sensación de seguridad que ahora me daba todas las ventajas. Al cabo de poco tiempo, fluía en mi entorno con absoluta naturalidad.

En la proximidad de las vacaciones decembrinas le sugerí a mi padre la posibilidad de visitar a la tía. Por única respuesta, mi padre arqueó su ceja izquierda con un inusual gesto de solemnidad (incluso en él). Me tomó firmemente por el brazo, me condujo a su estudio y me sentó en el sofá que usaba para leer; se sirvió media copa de brandi que se bebió en dos tragos, se sentó a mi lado y posando su brazo sobre mis hombros, como para hundirme aún más en el sofá, me confió lo que, al parecer, había decidido reservarse no sé por cuánto tiempo.

Después de muchos giros y evasivas que no conducían a nada, papá llegó finalmente al punto. Hacía tres semanas que los vecinos de la tía, extrañados por no saber nada de ella en varios días, decidieron forzar las puertas de su casa… donde hallaron su cuerpo.

Sólo dos de las tías mayores acudieron al pueblo para sus exequias. A su regreso, se encerraron en el hermetismo característico de la familia y no dieron detalle alguno sobre las circunstancias de su muerte. En lo sucesivo, cada vez que alguien mencionaba el nombre de la tía, ambas abrían al máximo sus ojos en clara señal de censura. Por alguna razón, se estableció el acuerdo tácito de borrar toda memoria sobre su vida o su muerte.

A partir de entonces, me encerré de nuevo en mí mismo; y nunca, hasta hoy, volví a hablar de ella… mi dulce tía.
Última edición por Arturo Rodríguez Milliet el Vie, 18 Abr 2014 19:12, editado 1 vez en total
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re: LA TÍA

por Gerardo Mont » Vie, 18 Abr 2014 19:04

Me ha encantado tu relato estimado compañero. La serenidad de los paisajes sirve de fondo a personajes muy bien trazados y bien hilados hasta un final inesperado. El autor confronta el mito dándole un giro muy interesante al relato, logrando que el lector se involucre (que deje de ser solamente un expectador pasivo) para luego conducirle inteligentemente a un desenlace inesperado y bien logrado. Excelente trabajo, mis aplausos, estimado poeta. Un gran abrazo.
"Para saber que sabemos lo que sabemos, y saber que no sabemos lo que no sabemos, hay que tener cierto conocimiento" (Nicolás Copérnico)
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por Hallie Hernández Alfaro » Dom, 20 Abr 2014 14:15

Arturo, acabo de leer tu relato (extraordinario trabajo literario-emocional) y no he podido contener un par de lágrimas. Buenas, eso sí, muy buenas; de ésas que se agradecen profundamente por recordarnos la vida, la afluencia de la sangre en las arterias, las venas palpitando con valentía y pureza.

El relato es muy profundo; se mueve, intercala épocas, edades mentales, riesgos, aprendizajes; y se encumbra en el paisaje encantador de la colonia alemana con frío, selva negra, galletitas de mantequilla y caballos (introduzco mi recuerdo en tus divinos ambientes). Además hay una sanación extraordinaria en cada párrafo, una corriente de humanidad incansable, reconocible, muy amplia. La introspección a la que se procede es dulce, universal, amable. Ésto hace de la narración un producto mundano, suavísimo, ejemplar.

Ojalá tuviera yo poderes editoriales; ya estaría tramitando la publicación de varios relatos tuyos y de los compañeros.

De pie, emocionada y agradecida, para los aplausos, señor creador.

Un abrazo y un beso grande.
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por Arturo Rodríguez Milliet » Dom, 27 Abr 2014 10:16

Muchas gracias, Gerardo, por tomarte el tiempo y por la generosidad de tus comentarios. Es muy gratificante saber que te ha gustado mi relato.

Un gran abrazo, amigo.
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por Arturo Rodríguez Milliet » Sab, 03 May 2014 17:32

Como siempre, Hallie, inmensamente agradecido por la bondad de tus palabras y tu agudo ingenio para descubrir los más minimos detalles en mis ariesgadas líneas. Estoy saliendo a Barcelona para visitar a mi hijo durante un par de semanas, así que estaré un tanto alejado del foro por estos días, pero no podía irme sin antes dar respuesta a tus cálidos comentarios.

Un fuerte abrazo.
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por Hallie Hernández Alfaro » Mar, 17 Mar 2015 22:37

Sube para deleite de todos.

Un abrazo enorme, amigo.
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Re: LA TÍA

por Arturo R Milliet » Mar, 08 Sep 2015 21:10

Saludos queridos amigos,

Después de múltiples e infructuosos intentos por ingresar al foro, luego de su remodelación, me ví forzado a registrarme de nuevo ya que no hubo forma de que reconociera mis señas anteriores. Sirva la oprtunidad para enviarles a todos un cordial saludo, pronto espero poder frecuentar estas paginas con la regularidad de antes.
Un muy fuerte abrazo.-

Arturo Rodríguez Milliet.
 
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Re: LA TÍA

por Hallie Hernández Alfaro » Vie, 11 Sep 2015 14:32

Aquí te esperamos, amigo. Gracias por la notita.

Abrazo enorme.
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Re: LA TÍA

por Arturo Rodríguez Milliet » Sab, 02 Abr 2016 13:27

Saludos a todos, hoy nuevamente hago intentos por recuperar mi cuenta
a la cual nunca más pude acceder desde que actualizaron la pagina,
espero tener exito en este intento.
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Re: LA TÍA

por Hallie Hernández Alfaro » Dom, 20 Nov 2016 10:49

Arriba con la indiscutible belleza.
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Re: LA TÍA

por Óscar Distéfano » Dom, 28 Jul 2019 15:32

Realmente, apreciado compañero, tu relato me ha sobrecogido. Veo una extraordinaria maestría en el planteamiento, en la descripción de los personajes y en el desarrollo argumental. Te encuentro con vena de novelista, amigo. En verdad, esa escritura pausada, sin apurar los acontecimientos, se presta a encarar una larga historia, y creo que lo harías muy bien, toda vez que te insuflaras de paciencia. El lenguaje es elegante, culto, donde se aprecia un vocabulario de alta escuela. La descripción psicológica de los personajes es honda (hasta el tío, con su papel secundario) asume un importante lugar dentro de la historia. Si algo corregiría (si la historia fuera mía) es el comportamiento sexual de la tía. Mi mente lectora no entiende por qué la tía solo quiso entregarse una vez a las delicias del sexo. ¿No hubiera sido inolvidable un tiempo de sexualidad completa? Bueno, creo que me estoy excediendo; sé que la realidad no se puede cambiar. Solo digo lo que he sentido, lo que me hubiera gustado que sucediera. En fin, amigo, te felicito por este excelente texto que has escrito, comparable con los memorables cuentos de Guy de Maupassant. Mi felicitación.

Un abrazo grande.
Óscar
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Re: LA TÍA

por Ana García » Jue, 08 Ago 2019 19:31

Esta historia, Arturo, me ha atrapado desde la primera línea. Imaginería literaria con los tiempos comparable a Juan de Juni en escultura. Sin fisuras.
Muy ágil la lectura y con el drama justo.
Dos personas que pasan el duelo juntos. Eso une para toda la vida (si lo sabré yo), aunque la de la tía fuera tan corta. La franja de dolor es tan diferente en cada persona que vi el inevitable suicidio o el dejarse ir.
Me atrapó la ternura y delicadeza en el acto sexual. La madurez del joven y el consuelo, dulce, que aporta la tía.
Muy bien descrito el cambio de humor, de alegría a tristeza y dolor, de ambos.
Te felicito.
Quien posee mujer e hijos ha entregado rehenes a la fortuna. Francis Bacon.
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