Selección de poemas de los autores de la Asociación Poético Cultural Alaire

Título: Dédalo conversa con su hijo muerto.

Autor: Ramón Carballal.

Yo, el mago y el príncipe, un estigma
cuyo ojo de diamante ciega.

Yo el planeta sin hemisferio, el que inventó
la red de los ventrículos de sal.

Ahora, en mi torpe habitación el cielo se vuelve rojo
pero hay un don y un mapa abierto de banderas y mar.

He aquí la sombra, alguien teje en los ovarios de la pluma
su piel de pájaro y noche.

Mira esa cruz que el horizonte maltrata, en su yermo elixir
las islas se abren como indómitos planetas.

Es así el futuro, un hogar extraño como el rocío y la caléndula,
un viento que acicala los miembros mutilados del azar.

Toma el dibujo (pues no son alas mis esferas
ni mi orgullo tienta la hélices del fuego).

El viaje ama las estaciones, la libertad rompe el color
y en su encendido azul acuchilla las crestas de la espuma roja.

No invites al sol, tu músculo es un alacrán que desafía al nadir,
¡no! las cornisas del aire no son tu templo, ¡no! la efigie
no mide su mármol ni su olimpo.

De pronto la curva de un dios o el hospitalario abril
de una encina.

No hay destino incomprensible, toda vida escribe su verbo
con pétalos insomnes.

¿Esperabas acaso una muerte de sirenas o es que el invierno
se hizo escarcha y sinrazón?

Sólo falta la prontitud del oráculo, la sombra
como un laberinto de espejos, y tu maquillaje
y tus heroicos leones bajo columnas de pálpito.

Yo no sé si hay nubes o sol en mi raíz sin huella,
solo sé de las horas viejas, de su luz y su incógnita,
de ese rostro que hoy me vigila, de tu corazón fósil
sobre el mar donde yo elegí un nombre. ICARO,
icaria, edén.

Título: El Círculo.

Autor: Pilar Morte.

Pronuncio agua
cuando el cántaro suda entre mis manos
y el contenido se derrama de mi boca,
quedando la figura
que disipa el secreto de su fondo.

Digo río y no alcanzo su cauce
mientras se extiende su fluido
ondulando avenidas
de cosechas sin nombre.

Digo asfalto y me sepulta el cielo,
un bullicio baldío, las prisas que me empujan
ante el autobús donde los cuerpos
se miran sin sonrisa
bajo adoquines que expiran a mis pasos.

Todo danza cercano en lejana canción
y extiendo mis dedos por alzar el sueño,
por encontrar colores a la brisa.

Necesito volver al yo,
arrimarme a las hojas tiernas,
humedecer la piel en sus aromas,
ser olmo, termal en los arroyos,
regresar y ser tierra, bancal sereno.

Ya sabes que retorno
envuelta en vibración serena,
aunque me pierda una y otra vez
bajo estrellas de humo,
porque el círculo de sangre
siempre hace volver.

Título: Soneto en blanco.

Autor: José Manuel F. Febles.

¿Por qué tan infeliz? Mas qué tristeza
te llega sin razón por tus caminos.
Pues eres primavera
que avanza sin cesar por su ancho río.

Te late el corazón, revolotea
en reto colosal, soy su testigo;
tú sola eres poema,
sueño de amor, cantar de verde olivo.

Para ese desembarco que nos duele
llegué hasta tu cielo,
ganada la ribera a la corriente.

Allí encontrarás luna, amor, que espere
el día del encuentro,
sonrisas que no mueren con la muerte.

Título: Diógenes.

Autor: E.R. Aristy.

Te acabas,
Te derrites como un suspiro en los labios de los ángeles.
Tu cara ha visto el loco palidecer de la injusticia,
y son tus propias manos las que se enredan
en el infranqueable duelo de las pupilas.

Tus manos se llenan del espanto que deja el paso absurdo del tiempo
y te marchitas entre las flores siderales de un ocaso maldito,
sin tregua, avanzas al borde del infinito
y te suicidas lanzándote al fuego de las estrellas
que cruzan los espacios;
memorias que descienden a un infierno bendito.

Quieres morirte en tu encierro,
no hablar de todo aquello que te delata
cuando fumas compulsivamente,
aquello tramontano y vulgar que nos une
en la médula del miedo.

Te malogras, Diógenes,
con esos aires de poeta mohoso
crispas las neuronas de los que sienten
que sus percepciones son indestructibles,
ven acá, mi buey, mi amigo.

Título: La evolución de las estirpes.

Autor: Rafel Calle.

Huele a miserias de la pluma ajada
cuando un cisne se mece
en la metamorfosis que avalará su límite,
la estampa se degrada,
el pico palidece,
la presunción de los fracasos finge
a la vez que se aviva un imperio de escamas,
sólo colas, son peces
que sufren el furor de las olas hostiles
si rulan en silencio o gritan y avasallan,
al calor de los vuelos o la mente
que resume las alas imposibles.

El volar se ha resuelto en canallada,
no consigue el indulto del lago decadente
que tratará de herir lo enhiesto de los cisnes
en las formas de ser invertebradas,
la rectitud se tuerce,
la levedad es insufrible
o el cuello de las aves se curva a bofetadas.

Surge la evolución del tránsito a la farsa,
se forma un microclima de necrosis latente,
las bandadas acosan una estirpe de peces
que quisieron volar; algo tan imposible
como que tengan escamas los cisnes.

Título: Corbain en la campa nada de los cuartos.

Autor: J. J. M. Ferreiro.

Como si de una voz
se tratase, Corbain florecía
en pétalos extraños y extrañas procreaciones;
crecimiento,
descubrimiento,
conocimiento,
las imágenes nuevas,
las nuevas cristalizaciones.
Sus manos regresaban de otro mundo.
Tenía la mirada vertical
y el pie desnudo hundido en el sudor.
Con el dedo meñique,
limpió los desperdicios del tiempo ensangrentado
que manchaban los bordes del reloj.
Se puso el traje con la novia dentro,
y al descender las escaleras
su sombra se desvaneció,
pero luego, afuera,
hacia la esquina donde los campos de fresas,
regresaba de nuevo, tímida e inclinada,
con el Sol casi muerto.
Muy lentamente iban ocultándose todos los ruidos,
solo quedó
el de la luz tardía al rozar las calles desiertas
y el de los pájaros posados en los cables
que siempre se reclinan al vacío
con el estruendo de una catarata.
Quedaron también ataúdes
de tonos alcanforados,
con olores plomizos y desvencijados
por un aire, tan silencioso,
que parecía
querer secar las luces
de todos aquellos años atascados en la campiña.

Fue entonces cuando,
de repente,
la campanada de los cuartos
rompió
el opaco cristal del día.

Título: Canto a la vida.

Autor: Ricardo Serna G.

A la vida le pregunto, con ternura, me pregunto,
cuándo los mágicos espejos se abrirán
deshojando las caricias, desgastando las palabras
del abandono:
extraño sentimiento de dolor a oscuras.
Cuándo la melancolía tocará el torrente de la distancia,
del sonido del silencio, con el latido que disfraza
de lluvia las lágrimas de un corazón con canto extraviado.
Por qué soy esclavo de las alas del tiempo
cuando las sonrisas nos dejan; por qué
me das el agua de la certeza sin vientre que se resbala
por las ramas del fruto; por qué,
cuándo, el ángel cruzará la luz más clara y
encenderá las miradas que rocen mis miradas.

A la vida la amo, con ternura, me amo
con ese corazón que libera los misterios
que me hacen dueño de las heridas que llaman a la puerta,
de ese efímero hambre que suavemente corona las horas,
las piezas del sudor y carne del reloj descompuesto
mientras la quebradiza nota se convierte en espera;
con esa dicha del recuerdo presente
que me aprieta las manos con la fiebre del delirio
y hace madurar el toque predilecto de la resignación.

A la vida le pregunto, con ternura, me pregunto…

Título: Dulcemente olvidada.

Autor: Cecilia Martos.

Suave viento que a solas me embelesa
no sabe el huracán que llevo dentro
cuando soy de la noche el mismo centro
a pesar de la niebla tan espesa.

Y soy roca de mar, ola traviesa,
la misma tempestad de tu epicentro
y aunque nunca lleguemos al encuentro
te dejo el corazón y el alma impresa.
Más allá del instante está la vida
como un salvoconducto de ilusiones
con su mejor metáfora y sin verso.
Después nada, me siento confundida,
efímera palabra, sin razones,
donde el tiempo resulta tan perverso.

Título: Autoelegía.

Autor: Julio González Alonso.

Ya eres luz de universo, negrura del espacio
en carne abierta de amapolas. Vienes
como incendios de primaveras
a mi nombre de sílabas de aire
a mi boca
y tomas mi voz y mi palabra.

Miro el paisaje, los árboles bebiéndose las nubes;
respiro con tu noche la soledad umbría,
callada sombra de los abesales.

Veo alzarse la lluvia
y llorar el silencio que ya eres,
ausencia toda, plomiza densidad del pesimismo,
memoria en espirales
de voces esparcidas al viento de las horas,
matraz de la existencia a polvo reducida
y besos ya sin labios, y bocas ya sin hambre.

Siento el peso de la vida que me falta, la muerte que te sobra,
la negra luz que nos envuelve y torna
cenizas de la nada.

Ya somos canto de alondra peregrina.

Ya eres
fugaz aroma de higueras y de sueños
en círculos de agua, soplo que mece el junco de tu risa
entre los carrizales.

Título: Suspiros al viento.

Autor: Mario Martínez.

¿Adónde viento vas? ¿Qué secas hojas
arrastrará la furia de tu enfado?
¿Dónde ocultas tu voz cuando cansado
de tu soplo voluble te despojas

y en un atardecer de nubes rojas
respetas de la calma su peinado?
¿Dónde quedó el perfume que robado
de la tierna corola que deshojas

desnudó la fragancia desbordada
de mi flor de pasión? Dime qué esconde
tu cálido temblor cuando te inspiro,

el arrullo sutil que en la alborada
estrena libertad, y dime dónde
vas a sembrar de amor este suspiro

DEL SUEÑO Y EL AMOR.

Autor: Juan Fionello.

Como si por aguardarte inquieto hubieras de girarte más deprisa,
me tienes aquí apostado, espalda contra lecho, en tu espera.

Así tuviste siempre al sacerdote de tus versos,
si no en casa, mudado al amparo de los árboles de siempre,
como si por aquello tu presencia se alargara
tras tus horas,
ese breve espacio del tiempo que le dieras.

Abandona tu silencio guardaespaldas,
vuelve a las voces y escucha:

Aún habrá madera o hierba que te adore,
a pesar de que mi cama trepadora se te escape de impaciencia
y duerma al fin y al despertar, estés delante.

Título: Nana sentimental. Para el hijo que nunca tuve.

Autor: José Manuel Sáiz

Cierro los ojos…
Te siento.

Sabes que podrías llegar a ser
aquella realidad que hiciera más grande
el horizonte de mi pequeño mundo.

Sí. Yo puedo imaginarte.

Puedo sentirte frágil, vulnerable;
entregado al amparo inabarcable de mis brazos.

Te imagino sonriendo, sabiéndote amado; que duermes
reconociendo mis besos, mis manos… pensando
que te tranquilizas luego al susurro de mis palabras.

Podrías tener -es tan fácil imaginarlo- una madre
cautiva de tus gestos, de tu sollozo… Ella y yo,
a tu lado.
Pero abro los ojos y no estás. (¿Acaso eso importa?)

No te conozco. No me conoces.
Tampoco necesitas decirme nada.
Sabes que me basta pensar en ti, cerrar los párpados,
para sentir ese amor del que te hablo. Después
el cielo se abrirá para nosotros.

Quisiera llamarte por tu nombre, guiar tus pasos;
quisiera darte vida sobre este lienzo de papel
y arroparte con cada verso en un alarde de cariño.

Podría fácilmente -sólo tengo que desearlo-
¡llegar a quererte tanto!
Luego tú podrías -romperías mi corazón-
decirme que nadie ama una imagen transparente…

Pero yo podría amarte así. Sí,
yo podría.

(Para eso hijo mío,
………………pequeño mío,
……………………sólo tienes
que nacer).

Título:

Autor: Javier Dicenzo.

La libertad se muere en ciudades de barro
donde los hombres viven despertando mañanas
para cantar canciones con los cuerpos de octubre
enamorando lirios de celestes otoños.

La libertad revive pescadores del campo
en los azules ríos donde nacen los peces
alimentando aves con fragancias de abejas
que van preñando flores como madres jardines.

La libertad con árboles ensombrece los días,
aquellos lunes largos entre hojas de bosques,
donde amanecen tardes, unas luces de invierno,
luces de invierno tenues alumbrando las calles.

La libertad más libre en los puertos de Europa,
va con los barcos verdes a ocultarse por mares,
con caracolas nimias hermosean la playa
donde se pierden solos esos sueños con cantos.

Título: El difícil parto de un poema.

Autor: José Luis Preciados.

Gota a gota se vierte la memoria
sobre la palidez de un pergamino
si acosada por fiebres de zarzales,
allá donde nacen los equívocos,
no germinan volutas de laurel.

En este mundo incólume a los gozos,
el ámbar que arrebata los instintos
es canto de las hiedras amarillas.

¿Qué importan los remotos horizontes,
los latidos ardientes de los lirios
o el vértigo del párpado caído,
si el cordón umbilical de los sueños
derrama la voz de su soledad
sobre la yerma tierra de los astros?

Nada brilla en el fondo de las sienes
como una caracola de cristal
buscando la sonrisa de sus ecos,
ni despliega sus alas la palabra
en el cauce delgado de la noche
sin la antorcha que viste las ojeras.

Todo es sosiego si al cruzar las horas
afloran los paisajes como espejos
en el pozo secreto de las luces,
porque ya sin temor a los eclipses
enarbola su léxico cautivo
el rostro cavernario del amor.

Con los candados abiertos, sin miedo,
un venero de lunas y gorjeos
alumbra su distócica eclosión
sin el llanto de viejas cicatrices.

Es tiempo de nubes y de pájaros
con zapatos calzados de poemas.

Título: APUNTES.

Autor: DANIELA MIÑO.

Por accidente
ignoramos la confesión.

Y todo era pan dentro de la bestia del olvido.

Y dudamos de Dios
y lloramos
y nos quemamos la lengua
y salimos a correr a través del río
mientras sucedía la noche.

A veces sangraban las ventanas.
-Lo peor de todo
-dijo-
es que algún día vas a dar frutos.

Inventamos algunas tareas
para silenciar los berrinches del pensamiento,
por inercia descubrimos la enfermedad de las noches
y la paciencia de la sed en las avenidas.

Luego todo volvía a tener la edad de un paraguas
mientras se conjugaba la derrota con el insomnio.

Colapsó el mundo en una crisis sin bandera,
ni agujeros en la lluvia,
ni vos,
ni palabras,
ni círculos.

Yo volví a ser traspasada de a sorbos,
y jugaba a caminar
y a fumarte,
con sólo sacarme los ojos.

Título: De valses, de giros y de olvidos

Autor: Alejandra Goerne

“Es en una esquina de la música
en donde nace un verso
para danzar con el recuerdo”
Y en la armonía de una nota
donde se pesca la nostalgia
del tiempo ido”
Volteretas de alas

en el mismo ángulo

el recuerdo

el olvido

se quiebran

por la misma

esquina

se doblegan

al instante

prematuro

en donde

pesco

tu nombre

en la distancia.

Título: Así te quiero

Autor: Josefa Sánchez

Así te quiero yo. Total. Sincero.
Con tu dolor a cuestas. Con tu historia.
Yo no quiero una piedra sin memoria
en que esculpir un cuerpo hermoso y huero.
Te quiero con tus lágrimas. Te quiero
con tu risa y tu gesto de victoria.
Te quiero con un pie puesto en la gloria,
o sumido en el más hondo agujero.
Te quiero con tu fuerza y tu flaqueza.
Con tus ternuras y con tu fiereza.
Te quiero así, rayano en lo absoluto.
Sin más miserias y sin más riqueza.
Como un rayo de luz en mi cabeza
y ofrecido a mi boca como un fruto.

Título: Cantos de Erato

Autor: Isabel Moncayo

Hay en este prólogo un suspiro enamorado,
palpita el corazón su vendimia solazada.

Tus manos de cítara
desvisten mis cantos de Erato
y los eriales se colman de aromados manzanales,
me recorres despacio
trepando enredadera coronando mis girasoles
con el racimo cálido de tu lengua,
-anidan en pétalos las golondrinas-
alojando en mi vientre licores de malvasía.

En la embriagada vereda de tu mies sembrada
un retoce de besos de la fontana de tu boca
anticipa la danza de la primavera.

Y soy dogal de muslos en tu cintura de barcarola
cuando despeinas las estrellas que dormitaban en mi playa.

Al compás del deseo tu excelsa hermosura
se desgrana en vaivenes que redimen las acacias,
brotando al unísono la flor de los cerezos.

Título: Cuarto Meguante

Autor: Miguel Alcantud

Eres niña aunque corones lunas,
flor de aurora aunque te enredes hiedra,
embravecido mar, aunque remanso,
tormenta y huracán aunque peines trigales,
aunque duermas.

En mi llano incendias aún,
y arrasas,
aún pasas al galope,
desbocada.

Me gustas tempestad, ola infinita,
y navegarte herido por tu furia,
y sentir los azotes de tu galerna
arañando las esloras fatigadas de mi otoño.

Me gustas libertad, locura, infierno,
carne de estío y grito desgarrado,
ensangrentado amor,
y desafío.

Me gustas piel desnuda
y pechos de alabastro,
y manos de anaconda reptando entre los olmos,
y muslos de presidio
hirviendo con mi herida, besando mis llanuras
con la boca partida de tu sexo.

Me gustas deslizada
por entre mis caminos,
detenida en mis campos,
en el rocío, empapada en los versos
de mis entrañas,
erguida como el aire,
eterna, como el cielo de agosto.

Eres niña,
aunque me duela sentirte desbordada
en el cuarto menguante de mi cuerpo.

Título. Quiero aprender

Autor: Antonietta Valentina

Enséñame a decir así, poemas puntiagudos
Con aristas redondas y sutiles paisajes
Tan dulcemente deliciosos
Que no hieran al otro
Que nadie salga herido…
Que la bruma y la brisa se peguen a mi piel
Como el rocío a la flor en madrugada límpida
Sin fuegos, sin armas, así salvajemente dulces

Que no se me retuerzan las palabras
Y los versos sean libres
Como la libertad que anhelo al que está del otro lado del mundo
Y terriblemente sufre, como un perro rabioso
abandonado en el camino

Que el líder nefasto o el dueño de cualquier holocausto
Se mezan en mis letras antes de dormir
Y que cuando despierten, cambien la tierra que creen suya
De un solo suspiro se suspendan los cohetes, los fusiles
Y que la crean capaz de albergar almas libres
Lejos de toda miseria, lejos de guerras
Y se riegue la paz que nunca he visto
y que sea anestesia a tanto dolor ” de otrora”…

Y me dirán: ilusa vendedora de versos
Y no es verdad, solo quiero aprender