Relato colectivo: el amor

Autores: Hallie, Guillermo, Marisa, Ramón Carballal, Rafel, Rosario, Jerónimo, Alfonso, Marisa, Ventura, Javier, Marimar, Edgardo

 

Solitario y espartano, inflige su peso en la moción de los genes. Avaro colisionador del hambre, erige su llanto en la primera sonrisa.

Ni el peso de los genes predispone un óbice con instinto de hambre ni un ramo de flores quiere colisionar contigo, pues te teme desde los inicios si te ve retro.

Llegas ignorándolo todo, desvalido, diminuto y valiente. Y sobrevives a pesar de todo, aferrándote al aroma y al roce de una piel desconocida e imprescindible.

¿Hay algo mas inconstante que tu sombra? Al impregnar de perfumes cálidos el corazón unísono un solo labio recorre la humedad sensitiva. Queda así el recuerdo en el sabor, en la caricia y en la huella de lo que fue canto febril de la noche eterna.

Estás ahí, cuando la oscuridad del arconte dispara los miedos bajo el pulgar de la mentira y derribamos su malsana venia.

Estás en el sudor de una noche herida y en la humedad de una tibia madrugada, calvarios si cerrábamos las ventanas, penitencia con luz recién nacida. Estás en la memoria desprendida de aquello que estremece y desordena los puentes, los árboles y las sábanas.

Amanece con arrugas la sonrisa del alba. Se nos rompió la noche y perdimos el hilo, el duende de las pequeñas cosas y así es imposible hilvanar un sueño.

Háblame con tu voz de poema. Poema, rumor de nubes ágiles, el eco de un torrente azul. Vierte en mí el cántico de tus pupilas. El cántico, la pluma leve, el cielo, los pájaros de luz ensortijada. Rózame con tu mano añil de viento. Viento, suspiro madurado, el mar, frescura de palmeras agrupadas.

Qué lejos quedas en este mapa mudo de nuestro desamparo. Y delante de ti los dones. Una inmensa estepa que abrazas torpe porque empieza todo. Contra la duda alzas tus raíces, contra el tedio lunar de la cicatriz por el dolor asimilado. Y nosotros aquí, en el páramo gris de la rutina. Una y otra vez, y otra vez de nuevo, supimos para qué servías..

Espero inquieta y desgasto el empedrado del patio un día y otro; me empino por la noche sobre el brocal del pozo para ver a la luna mientras duerme en el fondo y te busco a su lado; a veces, me acurruco tras el magnolio chico, reposo pensativa mirando las gardenias y dejo que los ángeles me besen en la sien.

Como en un sueño vienes atravesando estaciones con diluvios de inocencia, vadeando las orillas de las islas de Calamianes.

Llegas al fin, y son tus manos ánforas que colman la sed y hacen que las noches tibias tengan el brillo de las estrellas fugaces.

Estrellas que son un sin fin de vértices malditos de imágenes congeladas… Y mismo así, llegas, y ¿a qué negarte? Si echas raíces en el páramo, te enredas con tu fina seda de hiedra en los ojos que se sacuden el olvido, te balanceas en las cuerdas de la duda llamando al avispero de los sueños hasta que se anega en un inacabable suspiro.

No sabes nada de mercurios falsos ni de alas de madera ni de torres de viento ni de la eternidad de los crepúsculos. No sabes casi nada de poesía. Fijaste tu morada entre sábanas cálidas y te da miedo el juego de la mentira insólita. Ven y conviértete en golondrina diosa y surca junto a mí los cielos de pureza.

Háblame con tu voz, con el grito de espartano, y con el gélido rumor de los días, tu eres la poesía, tu eres la prosa mágica y, solitario, como hembras en el silencio, como el barco que navega en un mundo lleno de castillos, poema, espartano, ligero en la filología de la palabra, hermoso silencio del dualismo en los faunos, espartano, gélido y perfecto, con tus nereidas…

La brisa cae en el oscuro páramo de un lugar, un lugar donde las madreselvas son madreselvas; espartano, gimiente de ese sueño poeta de la noche.

La noche revive cada circunstancia, cada palabra que quedó temblando entre las gotas de lluvia. Vuelves con el canto del viento, con el guiño de una estrella, con el perfume de las flores anónimas, con los sueños del mar que nunca duerme. Ahí estás y te llamo y me encuentras en cada letra del poema y en cada número del reloj de las horas que te acunan con el ciclo de la vida que regresa.

Fuiste origen, enamoramiento, capricho de la hipófisis.

Te he sentido mayor, conquistado por las edades de mi beso.

He visto como esperas, con los dedos en guardia, a orillas del tiempo.

Y adónde irás, con un borbotón de tristeza y estrellas heridas en la frente, adónde sin olas que vuelan con el rumor de las gaviotas. Qué será de ti, sin las raíces de mi corazón y sin rocíos que se multiplican como las algas en el mar, qué sin mi piel. Adónde volaras sin alas y con esta ronquera que trastorna y extermina.

 

Aun así, solitario espartano,

vayamos siempre juntos y ciegos,

volemos hasta el fin del horizonte para conjugarnos .

Tú soñarás conmigo cada noche

y nacerán aromas tibios de nuestros roces.

Hablemos como niños inquietos y te tomaré con gozo.

Te habitaré de espacios y calandrias

eternales,

vivas y desnudas.

 

Acá estoy contemplando cuadros que ni siquiera sabes que he visto, tragando tus letras que ni siquiera sabes si son para mí.

Acá estoy como siempre, deseando percibir el olor de tus encantos. Como siempre detesto husmear donde no estás, porque percibo olores de calles misteriosas y antiguas, de árabes que por aquí pasaron, monumentos y banquetas de un parque sembrado de esperanzas de otros hombres como yo.

Pero al fin vienes a mí con tu sonrisa, propia, natural no finges, eres lo que eres y me abrazas. Abrazos que me delatan, hablan de lo dañado que me ha dejado tu ausencia. Y te pones de inmediato a curar mis heridas, y respiro.

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Publicado el: 30 diciembre, 2018

Filed Under: Relato, Revistas

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